Posts etiquetados ‘Esperanza’

The Pathology of Nowhere

 

 

Resistir implica la conciencia de un hastío de algo en específico. Resistir es tomar una acción en contra de cualquier cosa, más allá del porqué y para qué (mismos que pueden variar de persona a persona, de grupo a grupo). En medio de los anestésicos de la sociedad actual, el concepto de resistencia se hace extraño y débil. Por un lado no hay motivos, ni objetivos claros (no hay gran lucha que nos radicalice, ni opresor demarcado al cual asesinar) que nos hagan desear romper con el status quo. Por otro lado, la subjetividad individualista que trajo el postmodernismo, además del boom del confort, hacen que el planteamiento de salir de los límites se nos antoje una especie de incomodidad equiparable a salir de cama en un día frío, lluvioso y feriado. Si a esto sumamos a la moldeada actitud de la actual generación hedonista, sin ideales y poco pensamiento crítico, que prefiere renunciar a los porqués existencialistas (esos grandes complicadores de la vida), en beneficio de los para qués funcionalistas e ideas de caridad asistencialista, es polémico afirmar, como haré yo, que aún es posible resistirse al sistema hoy en día.

 
Complicado. Difícil. Lento. Improbable. Si bien es posible darle todos estos calificativos a semejante intento de verbo, también es necesario salvaguardarnos de todo tipo de extremismos. No cabe duda que pensar en términos tan simplistas es atractivo por fácil (otro problema de la actualidad), lo que hace que negar la posibilidad de resistencia sea abandonarse a una sola chance, como si el mundo fuese escueto. Cosa que no es, por mucho que así lo diga Coca-Cola y todas las marcas del mercado que nos venden placer, confort e ideas de completitud y felicidad (en un doble mensaje que, también, nos evidencia como vacíos, superfluos e incompletos). El mercado es así, se vale de nuestros complejos para chupar toda la sangre posible, convenciéndonos de anestesiarnos con pensamientos de bienestar y realización relacionados a cuanto tiene uJust don'tno, y cuanto le falta por tener. Eso se suma a otras anestesias que, pese a la globalización, nos alejan de enfrentar realidades como la guerra y la hambruna, que están menos promocionadas, por los medios, que las películas ¿no nos enteramos antes sobre la nueva película de Iron Man, antes de informarnos de cómo continúa (o cómo empezó) la situación de la franja de Gaza? Esto no sorprende en una generación criada en la única creencia del individualismo, tan propio de la postmodernidad, que invita a la letanía: “Yo soy yo. No hay nadie como yo. Soy un hermoso copo de nieve.”, repitiéndola hasta la creencia y permitiendo la proliferación de un egoísmo extremista, que ayuda a poner velos a incómodas realidades ¿quién, que esté seguro de ser bueno, vería necesario cambiar? ¿Quién, que se crea feliz, completo y funcional, arriesgaría reflexionar sobre hambrunas y otras bajezas, a costa de su propia sanidad y funcionalidad? ¿Cómo se sale de una lógica tan centrada en lo que se cree cada quién que es su bienestar?

 
El hastío parece algo improbable en medio de tanta novedad. Nos bombardean con nuevas tecnologías, novedosos conocimientos, chismes, películas y demasiados etcéteras que brillan con esa obviedad cegadora que fulgura nuestros ojos. Sin embargo el hastío es ese fenómeno inevitable por el cual las cosas se presentan como brillosas. Se ha vuelto tan común, hastiarse, que cada día nos deben sorprender con cosas “originales”. El problema no está en que nos hastiemos, sino en que no nos lo admitamos y prefiramos seguir en aquella rutina tan conocida, en esa seguridad cálida que brinda creer en absolutismos.

 
Y los absolutismos son fuerzas que caen bajo el peso de sus inestabilidades. Incluso en algo tan obvio como la cicatriz que dejará la postmodernidad. La ruptura de la lógica moderna exige replanteamientos espirituales, renuncias tecnológicas y crisis existenciales. Es sabido que las formas de control del mercado, globalización y postmodernidad apuntan a alimentar vacíos. Juego peligroso, puesto que es el mismo vacío quién desemboca en una incomodidad e inconformismo que nos harían dudar de hasta el más abrumante absolutismo. Y es que la completitud, según Lacan, es imposible. Ningún humano, neurótico, está satisfecho, ni puede estarlo. Si la probabilidad del hacer y el azar lo permiten, esta insatisfacción empujará a la resistencia porque, más que creer, las personas disfrutamos de quejarnos y rabiar, o conformarnos pensándonos completos. Bien llevado, o explotado, se puede inflamar al fuego buscando quemar la apatía individualista de nuestra conformidad. Bien direccionado se puede hacer del hastío el motor, la excusa, para revolucionar la forma de pensar en la actualidad.

 

 

The Pathology of Nowhere

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Las ilusiones se pagan caras. Uno pone demasiado de sí mismo en esperanzas, quizá cuerdas, quizá idiotas, pero esperanzas al fin y al cabo. Las encontramos, las criamos, las alimentamos, les damos lumbre, techo, atención y cariño en la ingenua espera de que nos traten bien cuando crezcan, alimentándonos de su esencia para poder creer que hay algo más allá de la basura del día a día. Para poder escapar al obvio maltrato de los pesimismos y los derrotismos, para ignorar sus pintas extravagantes y medio góticas que alejan a quienes gustan vestirse de la puta “pureza” del color blanco.

 
Lo malo de las ilusiones y las esperanzas es que son fáciles de concebir y, encima, son más fértiles que conejos. Se empieza con una y, sin saber cómo, se termina teniendo mil, de las cuáles cinco son sanas, tres son productivas y una es posible. Solo una termina por darnos un poco de lo que quisimos inicialmente, y ni siquiera exactamentaaaawe así. Lo que recibimos de lo que esperamos es, indudablemente, menos de lo que jamás nos atrevimos a imaginar. Y aunque nos duele, lo recibimos agradecidos, como sedientos viajeros bebiendo agua sucia. Arrodillados y sumisos, nos humillamos agradecidos ante nuestras esperanzas que nos miran como las mascotas suyas que somos y sonríen con una confianza improbable en un ser humano. Y somos felices con semejante oprobio.

 
Lo más terrible es que les agarramos un cariño extraño. De esos intensos cargados de ternura y bienestar. Casi como adoptar a un cachorro tierno y suavecito que nos mira desde su inevitable estado indefenso y se ampara, sin querer, en esa su belleza cándida para que lo cuidemos, alimentemos y queramos en orden de no dejarlo morir ¿qué clase de monstruo mata cachorritos? Ya, cuando menos lo esperamos, las queremos, a las ilusiones y esperanzas, demasiado como para dejarlas ir. Y no quieren irse, aún cuando la vida se encarga de reducir sus probabilidades de existencia, las esperanzas se mantienen y se agarran con uñas y dientes a nuestros pensamientos.

 
Ver la verdad de las esperanzas no es sencillo. Si nos quitamos los velos de bienestar que nos trae el creer en algo, las esperanzas no se parecerán a tiernos cachorros sino a demonios grotescos que nos seducen con sus artes de ilusionistas, se aferran a nuestros pensamientos y nos violan con esa delicadeza imposible del optimismo y los lindos pensamientos. Uno no sabe que lo violan, que lo agreden y lastiman, disfrutándolo sin querer, pidiéndole más, a gritos, a sus muchos violadores. Nadie quiere admitirse como un abusado por sus propias esperanzas, nadie quiere pensarlas como dañinas, especialmente cuando se cumplen y nos dan un hermoso efecto placebo con tan solo un poco de lo que esperábamos.

 
Imagino que habrá más de una persona que saltará ante estas aseveraciones. Mentiras, exageraciones, pesimismos las llamarán y se refugiarán en las cálidas faldas de sus esperanzas y optimismos. Obvio. Nadie quiere enterarse que lo que creen que les hace bien, en realidad les hace mal. A ningún padre le gusta escuchar, y de pasob94f19dcfdd8e6e2322a7db7b9c3c92b-d5hqsqp admitir, que su hijo es un tarado sin gracia, ni talento más que poder recordar que debe respirar para mantenerse vivo. Y a duras penas. Tampoco nos gustaría que alguno de nuestros muchos mesías nos confesase que todo lo que ha predicado ha sido una elaborada farsa para hacerse de dinero ¿quién soportaría el sonido de sus confesiones? ¿Quién realizaría el conteo de suicidas decepcionados, desamparados sin sus esperanzas?

 
Pero seamos sinceros. Las necesitamos. Las esperanzas son como las palabras: traicioneras, sensuales, mentirosas, confusas pero imprescindibles dadas sus funciones. Sin palabras no hay formas de “comunicarse”, sin esperanzas no hay forma de seguir, de creer, ni de verle el lado luminoso- el dichoso silver lining, como en la genial novela de Matthew Quick The Silver Linings Playbook– que al fin y al cabo nos sirve para mentirnos y así darnos la capacidad de continuar sin que duelan mucho las verdades.

 
Solo puedo dar un sano consejo: no siempre es el lado luminoso de las cosas lo apropiado para enfrentar al mundo -de nuevo, lean a Matthew Quick- puesto que a veces necesitamos, también, usar la óptica del lado oscuro para poder comprender ciertas cosas. Además que ya es suficiente con que nuestros demonios nos persigan y torturen como para que, encima, alimentemos el hambre de las esperanzas e ilusiones –cuídense de embusteros como Coelho- cayendo en ese desesperado agujero de que luminoso siempre es bueno. No siempre, y si no me creen comparen el Parachutes de la etapa pesimista de Coldplay con el de su etapa más optimista: el Viva la Vida! No hay donde perderse, el Parachutes gana por knock-out en el primer round.

No hay como darle otro nombre que no sea frustración. ¿No es ese acaso el nombre que le damos a una espera vana? Sentado espero una respuesta que no llega y, por supuesto, esta respuesta es más que simplemente eso. Involucra, o mejor dicho encierra, el deseo de una ilusión, el querer algo con toda tu alma pero quererlo como caído del cielo, aceptador ciego de quién uno es, como un regalo inmerecido que, sin la más mínima duda, aceptamos como lo más justo. La paga a tantos clavos en nuestras crucifixiones. Pero cuando nos quedamos sin lo que aguardamos, no sabemos a quién atribuir la culpa, y es entonces que caemos en la salvaje libertad de señalar con el dedo al cielo para evitar que ese mismo dedo apunte a nuestro propio cuerpo, después de todo ¿A quién le gusta ser culpado de sus derrotas? Eso sería como revolcarse enfermizamente en la propia mierda, con el perdón de los finos respecto a lo vulgar. Y quienes así se revuelcan lo hacen porque encuentran un gusto martirizante en comer de sus propias heces, o son de esos que, a punta de una terrible pistola invisible, se sienten obligados a hacerlo.

¿Qué tiene la esperanza que se hace como un vicio? ¿Será debido a que es una falta social execrable? ¿O será que por ser la característica de los sancionados, quienes no saben tomar las cosas con medida, termina por volverse una tendencia victimaria que salva del pecado? La esperanza hecha vicio se hace una lepra interna. Es una ponzoña de las peores, la más deliciosa y contra la que menos se nos advierte.Cualquiera sabe que la Coca Cola puede acelerar el nacimiento de una diabetes, que el alcohol puede destruir las pocas neuronas que tiene, o que las drogas lo van a endeudar con algo más que solo dinero y no por eso dejaremos de gastar por gusto o necesidad.

(Dinero, otro vicio que nadie condena.)

A la esperanza nos la promocionan, la vende desde el predicador más anónimo hasta el famoso más privado de privacidad. La esperanza tiene adeptos desperdigados por donde sea. Los ves en los valores de diferentes religiones, en las charlatanerías de los libros de auto ayuda, en el podio de sabiduría absoluta de los psicólogos, en el fondo de una fría botella de chela, en las palabras de un amigo que no desea contaminarse con tus lágrimas, o incluso en una mano extraña que desea cumplir su cuota karmática con algún acto “altruista”. La esperanza hecha vicio sabe a gloria, lo asciende a uno a pedestales más altos que los tronos arrogantes de la religión y de la ciencia, es una sensación mejor que la droga más desconectadora y hasta es más sabrosa que un orgasmo en una noche de sosiego. Y aun con tanta propaganda nadie se anima a decir que, ya después, el cuerpo se malogra con tanta espera, la mente se ha atrofiado de puro cuento que uno mismo se cuenta y que la ilusión sigue ahí, bailando arrepentida y a la fuerza con la frustración.

Es un vicio perverso el de esperar. Tal vez sea más correcto decir el de ilusionarse, pero toda ilusión en el fondo es una espera. Y quienes están enviciados con ello son espernibles bembos o, más procazmente, despreciables estúpidos demasiado conscientes del veneno que se inyectan, de la peligrosidad de soñar. Quien toma el camino del soñador está lo suficientemente desesperado como para creerse cualquier mentira. ¿Qué tan fácil es negar que quienes esperan en realidad solo desean mentirse? ¿No es la mejor mentira la espera eterna de algo justo o, cuando menos, bien merecido? El vicioso de esperanza se deja vencer por un deseo suicida. Es seducido por un impulso de muerte ornamentado de cosas bellas, recontra ca(r)gado por mentiras de felicidad. Su único momento cuerdo: la frustración. Esa espera que se ha ganado el calificativo de vana, ese dolor que se vive como el más maldito, esas lágrimas porque se nos acabó el veneno para nuestro suicidio.