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Soy una sombra camuflada en la oscuridad de estos parajes desolados, un ruido enfermizo esperando su chance para romper el silencio con estas ganas enfermas de lastimarlo que le tengo. Soy una bestia salvaje agazapada en un rincón de este ambiente frío y húmedo que solo puede ser el resultado de algún clima adverso amenazando a este pequeño pueblo, pero vanamente pues no hay desastre natural que se iguale a lo que ya devino, la calamidad mayor y el pesar eterno que dejarán los lamentos de esta mortandad. Los cráneos rotos, las tripas brillosas, los ríos carmesí por las calles vacías y silenciosas. Es un espectáculo, no quiero confusiones, me esforcé mucho en que esto tenga una estética, una de esas que los pervertidos, los místicos, hípsters y hasta poseros verían por internet y calificarían de subversiva, incluso para los más gore del público morboso que se bebe esta clase de escena como un sediento se afana del agua.

Así lo he planificado y ha salido perfecto. Un atardecer sangrante con brillos naranjas dominan un cielo que exhibe nubes solamente en sus contornos, mismas que delatan a la lluvia que eventualmente llegará a lavar la delicia carmesí que he creado. Este pueblo, entre blanco y café con leche, ha sido usado como canvas de una pintura. Las calles empedradas fluyen dinámicas gracias a las emanaciones de sangre que por ellas corren en distintas direcciones y sentidos, a veces chocando afluentes, a ratos creando lagunillas preciosas e inertes, sin ninguna vibración, como para que contrasten con el movimiento constante de los ríos oscuros que le dan dinámica a mi cuadro ¿puede algo movedizo ser un cuadro? En este caso sí, no solo porque mi cuadro tiene esa vida entre las piedras, sino porque también funciona desde varias perspectivas con sus ornamentos que la delimitan a esas formas geométricas que tanto fascinan a la gente y para las que he usado de todo. Dientes, cabellos, ojos, intestinos, riñones, uñas, cuerpos enteros y desnudos cuyas pieles crean una paleta de colores tan humanos y asombrosos en equipo con todos esos miembros cercenados, que solo me queda agradecer a cualquiera sea el dios verdadero por estas condiciones climáticas que propiciaron el color del atardecer y también trajeron esta falta de viento, este frío ligero que haría temblar a estos pueblerinos si les quedara vida en sus ojos para experimentar las maravillas del temor al clima.

Los huesos han servido como los contornos del gran dibujo que he diseñado mil veces en arena, en crayones, al óleo, en computador, el diseño que me fascina y me atrapa, que nunca ha bastado y siempre he sentido incompleto, al menos hasta que el contorno de fémures, húmeros, costillas, tibias, radios, peronés, vertebras, clavículas, falanges y kilómetros de intestinos gruesos y delgados terminaron de dibujar el complicado diseño de formas atípicas e interconectadas que representan una de esas ideas que solo las personas complejas y profundas comprendemos y que la gente más sencilla suele mirar con falso respeto o sincero desprecio. Un diseño que ha exigido que mi sierra y cuchillo trabajasen arduamente para cerrar las pequeñas partes de un todo que algunos sabrán apreciar desde el lado espiritual y otros del estético, ese lado tan falto de moral.

El interior humano es más rico en contrastes de lo que jamás imaginé. Al principio pensé que serían colores oscuros y rojizos, pero a medida que mis uñas escarbaban en los cuerpos inertes de toda esta gente fui descubriendo rosado, café, beige, blancos grisáceos, turquesa y diferentes matices de negro que al ser mezclados con la tierra, el pasto, el concreto de las veredas, el mostaza de algunas paredes y el blanco de otras, además del color de la madera en los árboles y los arcaicos postes de luz han dado una gama muy variopinta y preciosa a lo que he adornado con el manejo de las luces artificiales y la mencionada luz natural que tanto ha contribuido a esta expresión de mi alma.

A nadie le importarán estas personas. Ni siquiera investigarán quién los mató y destripó y regó por todo el que fuera antes un pueblo vivo y movedizo, habitado por gente que se conocían bien los unos a los otros, sumergidos en una rutina que apuesto adoraban con cada fibra de sus simplonas existencias. Ni siquiera miraran dos veces hacia los horrores que sus ojos ignorantes verán en el reguero de cadáveres y dudo que nadie se dé la molestia de llegar hasta este rincón olvidado con un helicóptero para ver el gran cuadro que he creado. No importa. “De verdad, que no” le afirmó al aire mientras me bañó en el río para sacarme del cuerpo los gajes del oficio de pintor y veo la estela de la pira incendiaria que corona mi creación con su brillo azul y naranja, efecto de los materiales con que fabrican toda la ropa que usé para alimentar las flamas y que generarán el humo que alertará a las autoridades del pueblo más próximo a que enfrenten esta leve desestructuración de sus realidades, apelando al orden paupérrimo que brindan las autoridades. Calculo que llegarán en el zénit de mi cuadro, cuando el humo negro de mi pira naranja se eleve en el cielo pintado de ese azul blanquecino del anochecer, las luces de los postes que no destruí harán juego con la del sol moribundo y las pocas estrellas tempraneras estarán jugando con los matices humanos, internos y externos, acomodados con primor. Los más inteligentes podrán adivinar los métodos utilizados, quizá verán más allá que los ojos necios y sabrán reconocer la obra de un solo par de manos y no tomarán el camino fácil de achacarle todo a un ejército de psicópatas. Porque eso dirán de mí, que soy un psicópata y yo reiré en el anonimato, dejando ir este momento poco a poco hasta que no quede memoria.

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¿Cuál es el triunfo de los feos? En realidad no sabría si es tanto un triunfo como una ventaja, pero sigámosle el juego a esto del triunfo. Fetichistas condenados, empiezo por los feos porque ellos aprenden primero a mirar, después a contemplar y, finalmente, a observar con detalle no tanto por gusto como por revancha pues, a los feos, no hay quien los vea. Apenas miradas, eso es todo lo que obtienen y lo cierto es que ellos mismos lo comprenden, lo perdonan y hasta lo justifican. Saben que harían lo mismo, aun si se tratara de mirarse a sí mismos. Esclavos de las excusas de una sociedad de consumo, los feos y las feas miran lo que se antojan, contemplan lo que desean e idealizan en el trayecto, y observan todo aquello que no son y que, a veces, querrían ser.

La sociedad los refuerza y hasta los apoya con esa terrible tendencia de hacer primar lo estético para mejor vender y mejor ser comprado. Eso no nos extraña porque la sociedad se sostiene de esta manera, en esas mentiras inventadas para “nuestro bien” que nosotros les creemos porque no queremos que se caiga enterito el teatro de la civilización. Después de todo ¿no somos nosotros quienes inventamos esas mentiras, para algún día contárnolas como si no hubieran sido nuestra idea? Por eso los feos observan y se antojan, mientras que los lindos se dejan observar y se incomodan (por eso es que los regulares pretenden, mal y a medias, ser de cualquiera de estos dicotómicos bandos). Sin ese baile, sus identificaciones perderían sentido, sus preguntas serían otras y sus actuales certezas se irían por el mismo caño por el que desaparecen las defecaciones nuestras de cada día. ¿Cuándo se ha visto, en tierra de puro desconocido, que quien fuera se detenga a contemplar a un feo? Lo común, lo regular que le dicen, es pillar una de esas muchas características que nuestros instintos, normados por la sociedad, nos dicen que tenemos que chequear y nos perdemos en esa esquiva y regalada gana de disfrutar de instantes de superficialidad. Nada de malo hay en la muchacha con los ojos fijos en las pantorrillas de un atractivo chico con short, o en el crispamiento interno de los hombres cuando un cuerpo llama a su interés para posarlo en el todo de una mujer que su mente clasificó como preciosa. El problema no está en que miremos, el problema está en los filtros que nos imponen y que nosotros reforzamos.

Pero sigamos. A sabiendas de que todo ojo posado en ellos no estará ahí más que unos segundos, los feos aprovechan y lo ven todo desde una posición privilegiada que, simplemente, los atractivos no son propensos a alcanzar. Tal como buitres de mirada aguda, los feos circundan el anonimato y cuando no contemplan, observan cada detalle del objeto deseado – porque no hay forma de entrar en juegos superficiales sin volvernos todos objetos – y no siempre, pero casi invariablemente, caen en la trampa de enterarse que pueden mirar sin mucha consecuencia ni censura y hasta con más detalle que personas notorias por sus ventajas estéticas. Descubren, sin querer, que esa es su función. Mirar, contemplar, observar para imaginar a qué tanto sabe la gloria de estar al otro lado, conscientes de la complicidad de los observados, quienes se molestan al descubrirse observados, envaneciéndose secretamente de confirmarse habitantes del lugar donde el pasto es más verde y nada se parece a ese espacio en que habitan los feos, y que pueblan de vicios como la ilusión, probablemente intentando superar la amargura de la realidad antes de descubrir su verdadera ventaja: la segunda vista.

Rodeados de desconocidos, los ojos siempre se posan en los aventajados. Entrando en materia, y dicho de otra manera, uno no “chequea” a quien más asco le da sino a quien mejor encaja con lo que se tiene comprado acerca lo hermoso y, una vez encontrado, seguimos con disimulo a todo aquel que nos provoca algo de deseo, sin reparar que en el proceso se procura obviar todo aquello que en esos parámetros no encaja. Casi como un filtro que censura, o mejor dicho elimina, lo desagradable. Sin embargo, es así cómo obtienen su libertad los feos, que más que disfrutarla, y no adrede, la hacen su ama y señora, se esclavizan a ella, siempre deseando ser obviados de esos filtros y un día de esos figurar en los mapas, los radares, los pensamientos de aquellos que los ignoran. Es en esa libertad esclavizadora que dan cuerpo a sus pasiones secretas y, a veces, se esfuerzan por sobresalir, por importar, diferenciarse de ese grupo que tanto mira y nunca es mirado. Y sin querer algo se revela para algunos pero no ellos, algo que se gesta en sus traumas, sus deseos y sus medidas estéticas para ser aceptados que generan las actitudes que adoptan desde el esclavismo de querer pertenecer y la excéntrica libertad de estar siempre en el anonimato. Y es, justamente, por eso que un día un par de ojos que barrían el espacio en busca de algo hermoso se tropiezan con algo tan atípico que ningún filtro puede eludir.

De pronto los observados quieren observar y no saben cómo. Después de una vida que les dejó la costumbre de vivir distraídos por la belleza, gozando el enviciante placer de saberse ídolos de altares secretos, se enfrentan a la novedad de ese bizarro antojo de mirar lo que nunca miran, picados por la curiosidad que despertó alguna de estas excentricidades que usan los feos para esconderse. Esto puede, o no, ser una crisis para cualquiera de ellos, así como pueden, o no, notarlo. Eso no lo sabemos y no nos compete ¿Por qué diablos nos meteríamos a fingir que sí, cuando ni siquiera sabemos si no pertenecemos al tibio reino de los regulares? Lo más probable es que pasemos vidas enteras achicando lo descomunal e ignorando si somos de los feos, de los lindos, de los regulares, siempre cayendo en creernos algo que no somos y perdiéndonos de cosas tan gratificantes como el vuelo de ser observado, el viaje de observar o los triunfos secretos que todo ello implica.

Basado en un “chequeo” real

Había sido un día caluroso y desgraciado. La canícula se había hecho notar desde la mañana, hasta unos momentos previos al atardecer, luego el sol se había perdido tras nubes grises de amenazadora lluvia. Joaquín Ballesteros esperaba por un taxi desde hacía ya media hora. Su paciencia se agotaba en la espera, ahí apoyado contra un poste de luz viendo toda clase de transportes pasar llenos hasta el tope mientras se fumaba un cigarrillo. La luz gris del atardecer daba una especie de luminosidad trágica al momento. Como una nostalgia ploma con sus nubes negras, y la humedad de una lluvia inminente y los vientos fríos y fuertes que parecían disculparse por el sofocante sol que había torturado a la ciudad temprano aquel día.

Joaquín miró a ambos lados de la larga avenida. Los autos venían a montones por ambas vías, la de subida y la de bajada. No había nadie alrededor, lo cual era raro al tratarse de una avenida principal, aunque no tanto cuando Joaquín re analizó los nubarrones de lluvia en el cielo. Quizá toda la gente estaba en los taxis que él deseaba abordar. Joaquín se dio la vuelta y se observó en un vidrio. “Carajo- no pudo evitar pensar cuando su reflejo le devolvió una mirada triste- ¡qué feo que soy!”. Se analizó por un rato más sin poder evitar detenerse a menospreciar sus peores detalles físicos y quedarse pensando en sus peores defectos como persona. Se sentía enfermo de aquella autocompasión sobre su poco atractivo, pero de algún modo era inevitable. Al menos aquel día no había podido evitar sentirse como una basura, una piltrafa humana que para colmos no poseía ningún atractivo físico. Quizá no era cierto, quizá sí lo era. No importaba si lo era, solo como se sentía.

El fuerte resoplido del viento lo devolvió a la realidad. Notó que tras el vidrio, el dueño de una tienda lo miraba con extrañeza, picado quizá por la forma tan fija con que Joaquín miraba su reflejo. De seguro creía que lo miraba a él. “Tonto” pensó Joaquín sin saber si se refería al dueño de la tienda o a sí mismo. Estaba enojado, quizá porque la vida no salía como esperaba, quizá por la gente de mierda que le declaraban guerras injustas- pero no por ello un tanto inmerecidas-, o quizá le frustraba que recién se hubiese ocultado el odioso sol, para dar paso a ese hermoso clima frio. Quizá le enojaba que ya se le hubieran acabado los puchos, o que no hubiese plata para más. Lo cierto era que Joaquín no recordaba haberse sentido más desgraciado en su vida. Eran dramas tontos, pero reales en su cabeza. Era un eterno lloriqueo por estupideces sin valor. Pero luego ya no pudo recordar que era cuando la vio adelante.

Era una mujer. Como no iba a serlo con esa piel nívea, con aquel pelo rubiorojizo que flameaba junto a la corriente de aire de la calle. La iluminación gris de aquel escenario contrastó con no solamente ese cabello, sino con toda ella. Una muchacha de baja estatura, flaca pero robusta, de senos y piernas redondas, vestida con corto vestido de verano blanco y tacones que dejaban ver sus uñas perfectas. Sus enormes ojos verdes como círculos brillaban mirando hacia el frente y hacían juego con sus boca redondita rojísima que parecía pintada pero que iba así au naturel como demostrando que los ornamentos naturales si existen. Joaquín abrió la boca y se quedó con expresión imbécil mirándola como a una aparición. Joaquín se maravilló con el brillo naranja de la muchacha, desde sus cabellos que resaltaban su presencia entera, hasta el ancho cinturón naranja que cubría su redonda cadera, o los dibujos de cascaras de naranja que plagaban su vestido y le daban más color a la oscuridad del atardecer nuboso.

“Me cago que mina más hermosa” alcanzó a elucubrar Joaquín en su cabeza ante la aparición de la chica. Esta seguía cruzando la calle cuando una ráfaga de viento sopló con mucha fuerza, haciendo que su vestido blanco de cascaras de naranja ondease como una bandera, jamás levantándose, nunca revelando más que una pequeña porción de sus piernas blancas y sedosas, pero moviéndose como si estuviese a punto de volar, de levantarse y permitir a Joaquín ver si es que sus bragas eran también naranjas. Pero nunca sucedía. El viento soplaba con extraña furia, y ni así cedía el vestido de verano. La chica sonreía. La gloriosa belleza posó su ojazos verdes en el asfalto, cerrándolos ligeramente mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro. Una sonrisa amplia y pícara que enmascaraba una especie de vergüenza ridícula. Joaquín no podía creer que veía un poco más de lo que el brevísimo vestido dejaba ver de por sí, quizá no era mucho más pero si era lo suficiente para que Joaquín sintiese que sus pantalones le apretaban a la altura de su entrepierna.

La aparición de pelo rubiorojizo pronto reparó en el mal vestido Joaquín. Sus brillosos ojos se posaron en la estúpida mirada de Joaquín, quien no pudo menos que sentirse angustiado, casi asaltado por una especie de herida de muerte. Pero ni así logró quitar la expresión estúpida de su rostro, sino que la siguió mientras caminaba elegantemente haciéndose más sensual a cada paso, más imposiblemente bella. El corazón y la entrepierna le palpitaron a Joaquín, cuando la mujer de los ojos verdes pasó detrás de él, pero no se dio la vuelta para mirarla mejor. Aprovechó el breve segundo para respirar y perder la expresión de tonto, pero no pudo calmar su notable erección con la misma facilidad. Por un momento Joaquín Ballesteros se preguntó porque semejante reacción, tan desmedida, tan precipitada, tan atípica por una mujer. Pero no tuvo más que girar la cabeza para verla marcharse y responderse sin esfuerzo que la mujer rubiarojiza lo ameritaba.

Sus manos delgadas, sus muslos suculentos, sus nalgas redondas aun notorias tras el vestido, la maraña liza de su bizarramente precioso y llamativo pelo. Y el alma de Joaquín a punto de escaparse cuando la muchacha giró la cabeza sin dejar de caminar, su angustia profunda cuando ella sonrió con los ojos mostrándole su amplia dentadura en un gesto embriagante que implosionó en un beso de esos labios rojísimos que la chica mandó mirándolo a los ojos. Una angustia temible se apoderó de él, mientras la muchacha retornaba la cabeza a su pose original y se arreglaba el pelo con una de esas delgadas manos. Rascándose con un dedo, haciendo parecer que invitaba a Joaquín a perseguirla. Pero Joaquín se quedó dubitativo, congelado en el lugar, creyéndose un pobre loco que imaginaba cosas, pensó que una mina tan candente y bella no podía ser real. Fue ahí que reparó en el dueño de la tienda saliendo apresuradamente a su puerta para quedarse como idiota mirando a la belleza rubiarojiza alejarse. Fue ahí que Joaquín supo que no estaba loco.

Solo quedaba caminar calle arriba e inventar una patética excusa para hablarle. Solo necesitaba decir un par de palabras incómodas y sabía que conseguiría algo, pero antes debía mover un pie detrás del otro en dirección a ella, intentando ignorar que ahora todos los taxis pasaban vacios, y que incluso frenaban cerca suyo como invitándolo a entrar y alejarse de aquella ilusión rubiorojiza.