Posts etiquetados ‘eufemismo’

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Ella es una gordibuena de peligrosas curvas que me ha guiñado el ojo y luego, casi inevitablemente, hemos terminado en su cuarto, en casa de sus padres, intentando no hacer ruido y riendo ante nuestra estrepitosa falla en ello. Tiene ojos grandes y cabello castaño, se mueve mejor que yo en este asunto del juego previo y, hasta, retrasa el acto, como si con esa histeria quisiera matarme con una espera desgraciada. Cuando, por fin, empieza a quitarse sus pantaletas color naranja claro, lo hace de espaldas, agachada, como presumiendo de la casi perfecta redondez de la figura en forma de corazón que puedo apreciar cuando sus manos tocan el suelo. Y entonces, sin motivo, me viene a la cabeza la imagen de un durazno.

Pocos admiten los devaneos de la cachondez interna. A veces pasa que vemos un jugoso durazno, o un plátano recién pelado, quizá una cerveza explotando y expulsando espuma por doquier, o escuchamos un llanto plagado de gemidos que nos recuerdan a otro tipo de gemidos que llegan durante la intimidad de una buena follada y, por lo general, nos preguntamos: “¿qué me pasa?”, sea porque la situación no amerita que pensemos en sexo o porque, tal vez, pensamos que lo hacemos demasiado. Bien puede pasar que aceptemos, o no, dichos pensamientos, pero eso no quita que siempre están ahí y que llegarán en momentos insospechados, pues a la cachondez le importa poco cuan apropiada es su presencia.

Lo gracioso son las situaciones que esto genera. A lo apropiado lo dejamos pasar por su condición de niño bueno y legal, pero es cuando nos calienta el llanto, o le vemos lo sexy a una fruta, o cuando una erección perturba el curso de actividades que poco, o nada, tenían que ver con cualquier acto sexual, es ahí cuando nos da por levantarnos el estandarte de lo inapropiado y, encima, darnos palo con su mástil. Pero eso no solo pasa por esa tendencia santurrona de la presión social y la dichosa decencia, todo eso también es atribuible a que nos hemos olvidado de la picardía.

Es un juego, nada más. Los más se escandalizan si es que la cachondez los asalta en plena escena dramática, cuando la protagonista de la película se está muriendo y el pelmazo de su enamorado, al que le queda corto el rol de príncipe azul, se desvive en lágrimas. “¿Por qué esto me está excitando?” se preguntará, al igual que lo harán la publicista negociando un contrato, el abogado cocinando un bife, la abuela leyendo el libro de su nieta, el padre yendo al colegio de su hija, un político diciendo la verdad, o una jovencita cuidando ancianos. Y será un por qué tortuoso y cargado de dudas, apuntando como revólver bien cargado a la cabeza de sus certezas y amenazando con acabarlas. Ni siquiera tiene que ser continuo, ni constante, a veces no es más que un relámpago de pensamiento que impresiona tanto al que lo ha concebido, que después la duda se hace fuerte y abrumadora, tanto que da paso al miedo y a muchas muletas que, en realidad, evitan que caminemos. Humanos, demasiado humanos.

Hay un sabor dulcemente delicioso en reírnos de la cachondez. En mirar un durazno y encontrarlo parecido a alguna parte de la biología de otra persona, en reír con aquellos que ríen sonrojados ante alguna frase desafortunada, de algún desubicado que no sabe que decir “dame de tu mayonesa” puede suscitar chistes burdos, simplones y, hasta, los mal catalogados, chistes infantiles. Pero ¿y qué? Seguro, toda exageración aburre y los chistes, o los pensamientos, morbosos tienden a salirse de control con relativa sencillez (¿será que son como el sexo al que evocan, en este sentido?), pero bien controlados, y acompañados de una sana picardía, traen más risas que otra cosa. Risas que hasta podrían convertirse en curiosidad, en el descubrimiento de nuevos placeres o novedosos fracasos. Que importa, nada les quita lo bailado. Mejor dicho: “lo reído” y, aun mejor dicho, “lo gozado”.

Se señala con el dedo al humorista soez, se lo llega a calificar de inmoral por valerse del mismo descaro con que los santurrones entierran sus pensamientos impuros y proclaman pureza, o exigen respeto faltando al mismo, encerrados en su idea “solo yo estoy en lo correcto” y empeñándose en seguir las reglas de libros escritos, o no, que determinan, en perversos absolutismos, qué sí y qué no, qué bien o qué mal. Pero repito: es un juego. Vale la pena ver que sale de él. Puede ser bueno, malo, divertido, aburrido, fatal o una gloria, la cosa es dejar surgir al pensamiento, mirar con una sonrisa al durazno y darle un pícaro mordisco. Quizá así se calienten las cosas.

 

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La oficialidad está ahí para hacernos creer que dentro las entrañas de la civilización no se esconden mecanismos violentos no menos espeluznantes que una película snuff. Cuando salimos, cada día, de nuestros hogares rumbo al inevitable cumplimiento de la rutina (o deber, como le dicen en círculos más militarizados), de repente no notamos la cantidad de velos que se nos impone en orden de no notar el nivel de primitivismo con que funcionamos. Nos convencen de que el mundo funciona como un reloj suizo y que solo los degenerados son aquellos que hacen sus chanchadas para afear al mundo.

 
Las carnicerías están llenas de testimonios a ello ¿no es, acaso, muy cómodo que la carne nos llegue ya troceada y bien muerta, en lugar de llegarnos vivita y coleando? ¿no serían mayoría los vegetarianos si para comer carne tuviésemos que, repentinamente, conseguirnos al cerdo y matarlo con nuestras propias manos? Y no solo eso, damos por sentado que si la sociedad no se cae es porque los sistemas legales y de control son los buenos de la película que nos mantienen a salvo de cualquier Guasón o Nefastófeles que pudiese aparecer.

 
La ilegalidad avala la legalidad ¿cómo si no podríamos pintar al “bueno” de blanco y al “malo” de negro? Necesitamos de esa dualidad donde lo correcto es algo que merece ser preservado por encima de todas las cosas. Y si bien hay normas y reglas que apuntan a causas dignas, incluso nobles pero sin hipocresía, hay otras que son como eufemismos: maneras de delinquir pero dentro los rangos oficiales de la legalidad. Esto permite que veamos a famosos ladrones narrar sus fechorías en los medios de comunicación (otros agentes del eufemismo).

 
“Es nuestro deber, como ciudadanos, denunciar cualquier falta, aunque quien la haga sea un amigo mío” me dijo un amigo muy querido, un poco recuperándose de los efectos del delicioso licor frutado que venden en estos lares, un poco sacando las uñas por las convicciones que mueven su mundo. Postulaba, mi amigo, que cada quien debe poner su granito de arena para Es fácil callar a un policia por Daniel Uriaque el mundo sea un lugar mejor. Y si bien yo apoyo completamente la lucha por un mundo más justo (aunque, a ratos, equitativo suena mejor), debo decir que no se puede decir esas palabras (y encima creerlas) sin una carga candorosa en el propio fuero interno.

 
Incluso me atrevo a llamarlo ceguera. Pero una voluntaria, de esas en que uno se pone solito la venda antes del fusilamiento. Y no nos culpo, después de todo en país de ciegos, el tuerto se arranca el ojo sano. Ninguno de nosotros podría vivir en la sociedad si estuviésemos totalmente conscientes de cuanta matufia se orquesta por detrás. Nos gusta ver a nuestras autoridades como personas justas, dignas de ser seguidas e incapaces de las atrocidades que los reos han cometido. Incluso cuando los pintamos como la misma estafa de siempre a la que nos vemos sometidos ¿no es esa una forma más de legimitizar? Asimismo, preferimos pensar que el reo se está pudriendo en la cárcel y no está jugando billar mientras ve los partidos de la Champions durante una orgiástica parrillada en que tanto policías y ladrones se olvidan que la gente se cree el cuento del bueno y el malo.

 
Se dice que la necesidad tiene cara de hereje. Pero eso solo se dice desde una oficialidad religiosa. Lo cierto es que la necesidad es la única regla universal y, a veces, la excusa más utilizada. Todo “bueno” y algunos “malos” terminan por justificar sus medios con tan bella coartada. De alguna manera sentimos lastima por el “bueno” que tiene que traficar con los “malos”, pero del “malo” nos indigna que tenga acceso a ciertas comodidades que quienes son culpables de crímenes grandes contra la sociedad no merecen. No defenderé a criminales, ni sus crímenes puesto que no soy de esos que se creen que en el fondo somos todos “buenos”, aun peor no soy de quienes defienden lo indefendible. Pero tampoco, y por lo mismo, podría callarme ante la satisfacción de quienes se creen “buenos” por creer que el sistema es justo, que la sociedad no es una juntucha de hipocresías y mentiras que nos venden en orden de evitar el desorden. No es uno más “bueno” por hacer gala de sus eufemismos, así como tampoco lo es por creer los de los demás.

 
Lo importante es entender que “buenos” y “malos” somos todos. Siempre, y al mismo tiempo. Podemos convencernos que nuestros caminos son menos chuecos que otros, pero en el fondo todos actuamos en las mismas áreas grises morales y legales. Si los pensamientos nos condenasen, ningún infierno podría dar cabida a tanto huésped de sus calabozos. Habría, también, que entender que el candor de los “buenos” no siempre trae consecuencias positivas para todo el mundo. O que no todo acto maligno es castigado, por mucho que se lo haya denunciado.

 
Es cierto que para vivir en paz se tiene que recurrir a un entuertamiento voluntario. Pero de ahí a enceguecerse para creernos el cuento del bien y del mal, es demasiado. Podrá ser más simple, más cómodo lanzarnos a condenar a quienes rompen las normas de manera tan obvia y reprochable, o incluso a quienes no cumplen con ciertos requisitos tontos de la tan mal llamada “normalidad”, pero no caigamos en la trampa de creer que todo lo que brilla es de oro o, que es lo mismo, que todo aquel que se viste de “bueno” o de “malo” necesariamente lo es.

 

Foto por Niki Nickey (Nicole Llanos)