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Separarse de la especie por algo superior, no es soberbia es amor

Gustavo Cerati, Adiós

En un círculo imperfecto están sentados cuatro jóvenes estrafalarios. Tres son varones y la última es, obviamente, una mujer. Están repartidos de forma que si alguien, o dios, hubiese estado mirándolos desde arriba, la figura resultante habría dado más la impresión del contorno interrumpido de una estrella contra el pasto descuidado que la de un círculo como ellos pretenden. Dibujar esta figura, concretada casi con naturalidad, sin que ninguno tuviese que decir nada, los distrae de fijarse en el paisaje tupido por un exceso de árboles frondosos, todo apretujados los unos contra los otros que forman, ellos sí, un círculo perfecto alrededor de un vasto claro. Da la impresión de que el único color presente es el verde maleza del pasto que se siente un poco más suave en las hojas de los árboles, un verde que desde varias perspectivas se come al café corteza de los troncos y al blanco y el amarillo de alguna flores escondidas en la tupida maleza, dando una abrumante sensación de armonía unidimensional, como si tan solo existiese un color en este mundo poblado por insectos. El sol brilla con el magro fulgor de las 7 de la mañana, cubierto por algunas nubes grises que van a desaparecer en el transcurso del ritual que los jóvenes estrafalarios están preparando para consumir un San Pedro.

Al centro del círculo hay un termo plateado en el que alguno de los estrafalarios ha vertido el cactus preparado, ya convertido en un espeso jugo que sirven en los cuatro vasos de arcilla que ha traído otro de ellos, a sabiendas que este su estreno es, también, su muerte. Y eso no le importa tanto, está demasiado distraído en mirar el fulgor imposible de las piernas blanquísimas de la única muchacha del lugar, quien las cruza y retuerce acalorada pero orgullosa, fascinada por el efecto de la luz del sol sobre su vestido amarillo de motas azules. Azuzada por un ansia de superioridad espiritual, sirve el contenido del termo y le pasa un vaso a cada uno de los estrafalarios. Primero al de barba tipo amish y camisa tropical, después al gótico que suda la gota gorda y, finalmente, Sebastián, antes de servirse un vaso ella misma.

Beben. La brisa sopla tan ligera que no alcanza a generar sonido alguno y, de hecho, lo único que se escucha es el esfuerzo del grupo por apurar el amargo sorbo en un solo trago. La del vestido termina primero y dice algo sobre el sabor, agradece haberse dado el trabajo de convertirlo en jugo y no verse obligados a comer el cactus. Mientras lo dice espera que alguien le reconozca la hazaña, pero nadie lo hace. Frustrada se regocija con la escena que atestigua pues dos de ellos no aguantan y a duras penas alcanzan a romper el círculo imperfecto para vomitar copiosamente y por todas partes. El tropical arrepintiéndose por no seguir el consejo que alguien le dio de no comer ni beber nada unas horas antes y el gótico está convencido de que aquel sería un mal trip para recordar.

Sebastián, todavía sentado, siente las náuseas pero lucha contra el impulso del vómito pues no desea manchar su polera de Linda Hamilton como Sarah Connor, pero tampoco desea moverse de la posición de loto que encuentra cómoda. Lo hace feliz ver a dos de los estrafalarios pintar de mandarina y amarillo el gigantesco lienzo verde en el que se encuentran. Curiosamente no está preocupado por cuanto tiempo ha pasado, ni se pregunta en qué exacto momento sentirá el efecto por primera vez. Sebastián está algo ocupado en no expulsar fluidos pero también eso es una distracción que desea sostener todo el tiempo posible. Tal vez por eso es el único que recién repara en el escenario, intuye la predominancia del verde pero su perspectiva le permite notar el café y hasta uno que otro color de alguna flor intrusa, o de las briznas que sus amigos han coloreado con tanto esmero, hasta tiene la impresión de que sus ojos se salen y vuelan muy alto para observar mejor la escena. Es el cactus haciendo efecto. El resto pasa por cosas parecidas. Oídos expandiéndose, lenguas que cobran vida, a todos se les abren los poros de la piel y, de pronto, una cantidad abrumante de energía entra a sus cuerpos, más de lo que ninguno alcanza a soportar y que los deja atónitos el instante en que todo se abre, desde las emociones hasta el presente, pues no les parece concebible que exista otro tiempo más que aquel. Nada de eso los distrae de otras sensaciones que nacen muy de pronto, como descubre el tropical a quien le sofoca el calor que siente su cuerpo o la del vestido amarillo que escucha los pensamientos de todos y cada uno de los organismos presentes en el claro. La entrada de la energía del mundo sigue siendo insoportable para dos de ellos, pero tanto Sebastián como la única mujer reciben la conexión con el mundo casi con avidez.

Solo han pasado dos horas.

Sebastián recupera sus ojos y descubre que están llorando. No está seguro de si fue la humedad lo que delató las lágrimas, o una lejana voz femenina preguntándole porqué llueve en su mirada. Él no desea asumir que llora y tampoco se siente contento de que los estrafalarios lo observen en un estado tan frágil. No está seguro, pues no siente sus labios moverse, pero le parece que su voz expresa alguna excusa acerca la molesta luz del sol. No ayuda que nadie responda pero que, igual, todos lo miren. Se deja caer al pasto, de pronto se ve rodeado por las briznas que apenas dejan unas magras sombras que no cubren al sol ni tampoco detienen sus lágrimas. Una voz de alguien no presente ahí le dice que recuerde: al cactus se lo disfruta sin recatos, tienes que entregarte a la experiencia y a lo que sea que te esté haciendo sentir, resuena la voz y Sebastián, todavía echado en el pasto, con el cuerpo entumecido y un ligero mareo que mueve al cielo esférico, piensa en Mía. Su alma sale de su cuerpo y levita por encima de la escena, se queda con la mirada fijada en la saliva que gotea de la boca del gótico parado un tanto lejos con el rostro estancado en un ceño, en la dicha y sonrisa en los movimientos de la del vestido y como los colores azulados de la camisa del tropical se escurren poco a poco, a un inicio, y mucho más a medida que su alma se eleva y logra ver los contornos del claro, el pasto que ya no es verde y se ha decolorado hasta alcanzar un perfecto blanco, la presencia de los estrafalarios que forman, nuevamente, un pequeño círculo imperfecto, azul en los contornos, miel al centro, vivaz y dulce, sonriente pero triste. El ojo de Mía, suspira el alma de Sebastián y prepara el impulso para escapar, solo para recordarse que el trip necesita de entrega.

Mía, la flamante ex novia de Sebastián, irrumpe en toda la escena. El alma del muchacho cierra los ojos y los abre ya dentro su cuerpo; todos los colores han vuelto a su lugar pero le parecen más intensos, al punto que tiene que achinar los ojos para poder sentarse. Mareado nota que su sentido de profundidad le juega una mala pasada alejándose y acercándose infinitamente a todo aquello en lo que posa su mirada. Para él resulta un doble sufrimiento pues, de nuevo, no puede mover su cuerpo para asegurarse que todavía existe, a la vez que a su alrededor las memorias de una relación que él mismo terminó empiezan a desarrollarse con teatral precisión. No importa si la escena está lejos, su profundidad perturbada por el cactus lo acerca para presenciar una y otra vez aquellos momentos donde tanto la quiso, todos los instantes que ya no supo cómo quererla y los finales donde ya no pudo más que ser honesto con ella.

Gira la cabeza hacia la izquierda y se ve a sí mismo sentado al borde de un colchón en el suelo de un dúplex prácticamente vacío, eso no lo ve pero lo sabe, lo recuerda. A esta escena entra Mía; alta, flaca, ojos oscuramente claros, pelo castaño recogido en una cola, usa un jean celeste con un canguro azul claro que sacó de entre las cajas de la mudanza al no poder soportar más el frío. Se sienta al otro borde del colchón y el espacio que los separa esta rellenado por dos cajas de pizzas aun humeantes, compradas de un caro restaurante italiano que las vendía en oferta por aquel único día. Sebastián escucha a su otro yo hablar y hablar y le duele cuando Mía hace un chiste que sugiere que quizá ella no es otra cosa que una alucinación suya o viceversa. No aguanta más, gira la cabeza hacia el otro lado y encuentra a otra Mía y otro Sebastián sentados en la terraza del dúplex bajo la lluvia, bebiendo whisky y contemplando un paisaje que recuerda como un cielo estrellado brillando tras las nubes y una luz artificial alumbrando, a lo lejos, los restos de un derrumbe acaecido hacia unos días, que no cobró vidas pero sí dejó interesantes y apocalípticas grabaciones aficionadas circulando por la red. Vuelve a girar la cabeza, frenético, mientras ese Sebastián comenta que la lluvia empeorará. Siente el empapamiento que el otro solo antela, por un segundo, hasta que su mirada se acerca como lupa a una madrugada en la sala del mismo dúplex, el rostro de todavía otro Sebastián refleja un cansancio extremo pero también se le nota contento, se dan besos tímidos con Mía, que también está somnolienta, feliz y algo ebria en el gris silencio de una madrugada nublada tras un festejo que aún no acaba. Otro giro y cuando los ve salen del auto de Mía y se paran en un acantilado, es de noche y sacan fotos a la ciudad, otro giro y los pilla boquiabiertos, abrazados y de pie en un balcón, atrás suena El Cuarteto de Nos y en sus rostros detecta un reflejo púrpura. Inmediatamente reconoce la tarde lisérgica y cierra los ojos para volver a surcar aquel cielo púrpura, ese horizonte de misterios donde el futuro es un sueño que aún no llega. Sebastián flota un rato, se deja convencer de lo palpable de los colores de ese cielo, toca la luz y juega con la silueta de la ciudad, escucha las revelaciones que Mía le hace al Sebastián de ahí abajo y recién se admite que llora quieta y amargamente. No lo aguanta y se deja caer en picada, cierra los ojos y, por lo mismo, los abre en lo físico. De frente se halla ante Sebastián y Mía haciéndolo por primera y enésima vez, la ve una noche escabulléndose fuera de cama, toda deprimida y en la mañana callada y hermética, gira y ahí están hablando felices en el bar que a ella tanto le gusta, gira y ella ríe mientras él parece nervioso tras el volante, gira….

Ya no puede aguantar más. El cuerpo no le responde pero lo fuerza, le exige, concentra toda la atención de la que es capaz pero ni así el cuerpo responde. Piensa y flota hasta que nota que una mano se mueve tal como su cerebro ordena y cae en cuenta que siempre pudo solo que no alcanza a notarlo. Respira. Se enfoca. Ignora las visiones, los colores que chorrean de cada reflejo de luz, intenta cerrar su cuerpo al flujo de energía por un rato y pone todo su empeño en levantarse, esquivar los espacios que ocupan las memorias y darse un respiro de tanta lágrima asociada a Mía.

Han pasado cinco horas.

Se desliza. Quedan atrás las voces de los estrafalarios y, después de un rato, la sombra fría de los árboles que rodean al claro deja de ser un eterno y oscuro fractal que recorre mientras canta a susurros Lateralus, como medida precautelar para no volver a caer en las trampas de la memoria. Las visiones se transforman en otro cielo abierto y una carretera que Sebastián reconoce a duras penas pues su instinto le dictamina que no se aleje del borde. Curiosamente es este detalle el que termina de dibujar la idea de aquello como una carretera por la que los autos aceleran sin que les importe límite alguno. La velocidad le impresiona, lo deja atontado, parado en el borde mortífero donde toda canción y pensamiento se pierden entre los autos que no son más que una tenue sensación pasajera, fugaces coloraciones que se pierden en la serpentina infinitud del asfalto. Atrás queda el bosque y, quizá, el claro, pero frente a él está una montaña enorme, color tierra y casi sin plantas en la que Sebastián halla un rostro que le charla, le habla del clima cálido de las 3 de la tarde y cómo deshidrata a quienes se quedan parados como tontos en medio de aquel sitio. Con cada palabra de su pedregosa boca salen aves, cuis, cactus y maleza que caen sin remedio; atosigados por el poder del vozarrón de la montaña se quedan quietos antes de llegar al suelo y ahí permanecerán  inertes para siempre. Las lágrimas regresan. Copiosas vibran ante el discurso de la montaña que invita a Sebastián a dar el paso hacia adelante para convertirse en una larga franja de color rojo que alguien tendrá que limpiar.

Sebastián no entiende del todo los argumentos, pero los encuentra convincentes. El vértigo de poner un pie delante del otro, escapar del peso de los haces de luz que irrumpen en su cuerpo con la energía de la vida transformada en un caos inenarrable. Se arrodilla y tiene la tenue sensación pasajera de algo casi rozándole el rostro en el preciso instante en que comienza a llover. La montaña sigue en su monólogo pero él ya la ignora, se siente mal, cierra los ojos pero las palabras quedan como imágenes impresas en sus párpados cerrados. Grita. Es un eco primigenio, es la rabia acumulada de un adiós que se le hizo necesario, es cuando de nuevo aparecen todas las otras perspectivas que Mía trajo. Como sentirse inhibido, utilizado, como la sensación de hambre con una billetera vacía, como la perspectiva de trabajar horas extra, luchar hasta el cansancio, hacer añicos los sueños para cumplir los de otros, como sus ojos húmedos, como los brazos cansados, como si algo hubiese podido morir en él de haber seguido a Mía en su bien marcado escalafón de vida y predilección por la tristeza, como imaginarse un hijo al cual hacerle imaginar todo aquello, como arrodillarse al borde la autopista para llorar tus fracasos.

Un auto se detiene, una voz vagamente familiar le habla por debajo los ruidos ensordecedores de la montaña; flota dentro el auto, la parte de atrás de una camioneta en realidad, se queda echado en el suelo y el vehículo arranca. Alguien comienza a tocar una melodía en una flauta traversa que gana volumen a medida que la voz ancestral de la montaña, con sus amenazas y negros presagios, se apagan conforme el paisaje del campo abierto es sustituido por el progresivo gris de la ciudad. Ya pasaron 7 horas. Sebastián balbucea un pedido, el nombre del barrio que tanto evita, y el de la flauta detiene su melodía para hacerle saber eso a quien conduce. El resto del trayecto pasa entre gotas de lluvia que caen sobre Sebastián y la melodía de la flauta que este reconoce y canta partes a susurros muy quedos. “Llueve sobre las orejas de la gente/ que camina acurrucada en tu ciudad fetal/ llueve, llueve sobre tu ciudad”.

La camioneta lo deja en una suerte de callejón que conecta una corta avenida con aquel conjunto de edificios de cuatro a cinco pisos, habitados por familias clase media que buscan un buen lugar para criar a sus hijos y tiene que conformarse con eso, que tampoco está tan mal. Entre el viaje, discusiones y promesas han pasado ya 9 horas, pero Sebastián no lo sabe, tampoco le importa. Está parado en el límite que separa aquella callecita del lugar que para él es como un reino perdido, abandonado por él mismo, al que retorna por la nostalgia traicionera de decir un último adiós. Tiene la pinta de un rey vagabundo, de un errante que por fin tiene un destino al cual ha llegado muy rápido. Todavía siente que flota, la luz sigue intensa, los efectos del San Pedro no se han marchado. Desde afuera se lo ve caminar en tambaleos obvios y zigzagueantes. Conoce el lugar, lo conoce más que bien, sabe cuál es la torre que busca, con sus respectivas ventanas y balcones y terraza, pero el San Pedro lo guía hacía otro lado, explora un poco del laberíntico conjunto de edificios color ladrillo encontrándose con árboles, perros, flores, columpios, botellas, el sitio de la última charla, grafitis. Desde hace rato que el cielo ya no brilla con los colores del día y Sebastián recién nota que ha caído la noche con su apagado color azul, su falta de estrellas, las vulgares luces naranjas que iluminan el camino y el poco tráfico de gente que camina a esas horas por la barriada.

Finalmente se enfila hacia el lugar que le interesa, no sin ciertos recatos, no sin dudas que le ponen plomo a sus pasos. En el camino ve las mismas cosas que ya ha notado. Árboles, perros, flores, columpios, botellas, grafitis. Pero justo en un punto lejano a su meta, ahí, parado en un sitio poseedor del ángulo perfecto que deja ver la ventana de Mía, con las luces encendidas y separado por una distancia compuesta por el exacto equivalente a una cancha además de un par de pequeños edificios, ahí se encuentra un cactus, uno con pocas espinas, tan alto como una persona, tan verde como amarillo por el efecto de la luz naranja, uno con tantos brazos dispuestos de tal forma que lo que impresiona a Sebastián es que, de buenas a primeras, no ve un cactus sino que piensa que se ha encontrado con Mía. La impresión no se pasa, eres tú, le susurra, no ve una planta pero si ve a Mía mirándolo furiosa, distante, casi fuera de su vida. Siente vergüenza por sus lágrimas que nunca cesaron de caer, pero respira profundo, calma la voz, aclara la garganta…

– Tengo tanto para decirte. Tanto que al final no es nada. – el cactus lo mira fijamente, sin moverse ni respirar. Sebastián no encuentra esto extraño. – Porque poco te importa lo que te diga acerca nuestro final. Cuestiones como por qué esto, o lo otro… – parado frente al cactus, de pronto, se da cuenta que él también tenía preguntas pendientes – ¿por qué no luchaste? ¿por qué nos tuvo que definir lo que deseamos del futuro y no pudimos sostener las cabezas en el presente? – se detiene, un fulgor de la luna le revela la verdad de su interlocutor, recuerda que esas preguntas pendientes tuvieron que ser descartadas fieramente por despecho, primero, y por la perspectiva de un nuevo camino, después. Duda, suspira, las palabras ya están en su lengua, la visión del cactus alterna entre la planta y la persona. – Yo sé, dirás que es mi culpa por decir ciertas cosas, responderé que eran cosas que necesitaban ser dichas, tú dudarás de ellas y de mí, entonces reafirmaré mi posición y así estaremos en esos tangos en que se termina deseando al otro con una enorme mácula de rencor.

>> ¿Para qué? Entre tanto dolor supongo que ninguno cederá. De verdad no tiene sentido. Prefiero hablarte de otras cosas… no sé, de lo linda que te veías cuando me ignoraste hace unos días, de lo colgado que me quede de tus ojos pese a esa insana glacialidad con que quisiste atravesarme, sin saber que el mero hecho de verte de lejos, casual e inevitablemente llegando a mí, tan solo esa visión me volcó el pecho en un segundo. Fue un vuelco, oh sí, como si por dentro me partiera y todo en mi interior reventara, llenándome de vértigo. Tú apretando el paso y yo saludando con cierta alegría… verte me hizo ahondar un poco en el hecho de lo mucho que te extraño. Me devolvió momentáneamente a los días que compartimos, aun si lo que pude sacar de ese encuentro es que todo, de verdad, ha terminado.

>> Ya sé que hay hartísimos “quizás” tras nuestro súbito adiós, pero si algo creo es que también hubieron un montón de elecciones que ambos tomamos y que ahora nos trajeron acá. ¿Te acuerdas las primeras charlas? Esa insólita manera de conectar siendo la alucinación en el delirio del otro, hallar un ser que suspiraba por cosas parecidas y que sabía cómo el miedo puede ser aquel amasijo de monstruosidades paralizantes; eres esa mujer que en algún punto cree tan ingenua y genuinamente que termina, inesperada e irremediablemente, hecha añicos en el piso. – Sebastián no lo dice, quizá lo olvida o lo omite, pero sabe que esos añicos en un punto resultaron más punzantes y dolorosos de lo que quiere admitirse. – Fueron momentos muy curiosos, al menos para mí. Sentía que me había dejado derrotar por la vida hasta que en nuestros primeros encuentros hallé el humor necesario para aceptar que no hay otra que seguir. Pero este último se sintió mal porque ya no vi la sonrisa afable, ni oí el tonito tierno, tal vez fue que confirmé mis sospechas de una obvia distancia.

>> Lo cierto es que cuando intento explicarme qué pasó lo único que se me ocurre es que nos encontramos a destiempo. No me creerás, no tienes porqué, pero yo sé que si hubiéramos estado en otros momentos… no sé, me gusta creer que yo habría estado más dispuesto a ceder, lograr que nuestras metas personales pudiesen sincronizar con las de la pareja. A lo mejor aún ahora se podía, pero eso nos habría hecho hipócritas quienes, para colmos, deteriorarían lentamente al amor solo para evitar su muerte. No puedo dejar de pensar en una brecha, la que habríamos sentido al posponernos a nosotros mismos en nombre de ese amor tan natural entre dos acomplejados, ese amor de decepcionados con la vida que se encuentran para renacer en esperanzas. – piensa: “ese amor que no fue amor pero casi”, mas no lo dice – ¿Lo sentiste? ¿No es por eso que tú no luchaste? ¿Acaso no presentiste que en eso devendríamos ni bien te anuncié que mis metas estaban tan lejos de las tuyas? – las lágrimas cesan. La luz en el cuarto de Mía sigue encendida. La voz de Sebastián se alza fuerte entre los pequeños ecos de los edificios. El cactus sigue ahí, parado.

>> Perdóname pero no lo lamento. Me duele. Mierda que me duele, me es jodido aceptar que fui yo el que profirió las palabras que hicieron de lo nuestro otra torre de Babel, me frustra haberme entregado a transparentarme solo para descubrir que aquellas bien fundadas esperanzas también eran mortales. Es horrible y lo cargo, pero no imagino cómo habría sido estar ahí sin estarlo, cada vez más distante y callado, sumergido y perdiéndome en tus sueños y aspiraciones, me parece tan terrible como forzarte a que los pospongas para que yo pueda ir a mi ritmo.

Stop. Muerte. Sebastián inspira. Suspira. Se seca el rostro, nota que ya no llueve. Los fractales retornan y su punto central, entre tantos amarillos, naranjas y azules, es el cactus que ha quedado enmarcado por la encendida ventana de Mía.

– Estar contigo fue un viaje. Uno de descubrimiento espiritual, emocional y personal, un trip profundo donde expandí mi mente con las visiones de cielos violetas, paisajes de claroscuros intensos que dejaban a la ciudad hecha una sola silueta que iba desapareciendo a medida que caía la noche y las estrellas, opacadas por la luna, que nos contaban otras historias al son de toda la música que descubrimos el uno en el otro, una expansión brutal que no solo me enseñó a mirar donde antes no lo hacía sino que también me forzó a darle un sesudo análisis a mi presente y futuro, a ubicar qué falta, qué falla, qué necesito para ser quien quiero ser y, por un breve instante, quién tendría que haber sido, cuál era el verdadero alcance de mis límites y cómo todo jugó para que eligiese un camino diferente que me ha dejado lejos con este adiós atorado dentro mío, con sus ecos escapando frente a este cactus que crece solitario en las inmediaciones del reino urbano que contemplábamos desde tu balcón, preguntándonos qué clase de misterios se escondían detrás de las ventanas de tus vecinos… tantas familias y otros secretos.

>> Ay mierda, como me gustaría que escucharas todo esto y no fueras un cactus al que le hablo tan cerca y tan lejos de ti, con la canción de ese compositor argentino y sus palabras que hablan de vértigo, eternidad y soledad resonando en mi cabeza. Sugestionan a mis alucinaciones, me sumergen en este reino condenado al olvido del que ahora debo salir para reencontrarme en mi nuevo camino.

Ni bien lo dice lo encuentra cierto. Le agradece al cactus y le da una última mirada a la torre de Mía y mientras lo hace la luz se apaga. Los fractales no se han detenido, solo que ahora, y con un eco atrapante, armonizan con la melodía de otra canción de ese compositor argentino, una en la que habla de poner canciones tristes para sentirse mejor. La conexión con la tierra ahora le place, la penetración energética del mundo en su cuerpo se siente menos ominosa, más recubierta de cierta paz. Camina hasta quedar fuera del barrio, se despide, se enfila hasta una tienda que divisa a lo lejos, pide un agua y la bebe casi de un solo trago. Mira la luna, las estrellas, la luz blanca de un parque cercano, revisa su celular, tiene varios mensajes de Frida. Sonríe y susurra: “Quiero continuar”.

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No imagino a nadie más merecedor de una buena golpiza que el mequetrefe de mi ex. Mira que dejarme tras cuatro años fue una mala movida y no pensaba pasarla por alto. Él ya no me importa, es cosa de orgullo y cuando eres una mujer siendo abandonada por un cretino hay que hacer algo al respecto. Y no por las miles de mujeres abandonadas y abusadas por sus parejas, me valen gorro esas pobres estúpidas que se dejan pisar por imbéciles. En mi opinión si te abusan es porque te lo mereces. Porque no sabes defenderte y defenderse lo es todo en este mundo de mierda.

¿Qué me dijo ese nabo del Barbas el otro día? ¡Ah sí! Que sueno a amargada y resentida con este mi ex. Pobre nabo. No niego que quizá sí, pero un poquito nada más por la sorpresa. Se suponía que si alguien tiraba al caño esa relación sería yo y no él. Supongo que esto es algo común entre nosotras, no nos gusta ser abandonadas. Al menos a las que nos respetamos a nosotras mismas. Pero ya ni resentida podría estar con mi pinche ex. No después de lo que le pasó.

Pero con todo, nunca pensé que no sería yo quien dejase al gusano ese en el hospital. Pinche psicoloco asqueroso, de seguro me creía su amante segura, la que estaba esperando a que deje a su esposa e hijos para irse con ella a un país de ensueño y felicidad donde yo se la mamaría todos los días y me tragaría sus juguitos y pediría más. El men era bueno tirando, y me encantaba tirar con él. Conozco a dos de sus hijos, que son un tanto mayores que yo, y son también sexys, pero esos sí que son raros. Él era más divertido, agradable, lo conocí como mi terapeuta y me atrajo terriblemente. Tanto que no esperé ni cinco sesiones para saltarle. Y obvio que cedió, si de algo estoy segura es de que estoy buena. Yo pensaba que no iban a ser más de tres veces como máximo, antes de que se acobardara y recordara que tiene una vida a la que debe cuidar. Pero era buen sexo con el cabrón ese, nos encerrábamos en su consultorio y lo hacíamos, nos registrábamos en un telo y no salíamos por horas, viajábamos a un lugar cercano y nos la pasábamos tirando. Cuatro años de entregarle mi cuerpo al cretino, de soportarle otras amantes, de acceder a tríos con ellas, incluso de haber llegado a abortar por él. Obvio que lloré un poquito, pero de rabia porque ese cabrón ni siquiera se dignó a hacerlo cara a cara, me llamó por celular y me dijo que ya no lo buscase, que se había acabado y que adiós para siempre. Por celular. Como el puto cobarde que es. Quería matarlo, molerlo a golpes, escupirle en la cara y torturarlo, pero nada tan fuerte cómo lo que le hicieron en verdad.

Me daba rabia, sí. Pero dejarlo así tan maltrecho no es algo que yo haría. Por Dios, le cortaron el pito, le sacaron un ojo, lo encontraron en un basurero una semana después de que me dejó, sin uñas, con la espalda sin piel, los brazos rotos, completamente rapado y desnudo. Lo encontraron llorando con su único ojo abierto de terror. Lo internaron y lo cuidaron por dos semanas antes de que el tipo pudiese volver a hablar, aunque en la tele no decían mucho. Especulaban sobre pandillas aterrorizando las calles de nuestra ciudad, pero no deseaban dar mucha información al respecto. En la tele también la podías ver a la cornudita de su esposa llorando a moco suelto, indignada por la atrocidad que le habían hecho a su esposo. Que de seguro lo dijo porque mister psicoloco estaba bueno. Era de esos que se parecen a Johnny Depp, que se cuidaban el físico a como dé lugar, incluso en su actitud era sensual. Y me pregunté “¿Qué tan deforme estará ahora?”. Así que me propuse averiguarlo.

No fue nada difícil entrar a su hospital disfrazada de enfermera. Me quité los piercings, maquillé los tatuajes de mi cuello y mis brazos y me peiné engañosamente para cubrir la rapada con el pelo largo. A los guardias no les importó no haberme visto nunca, se quedaron lelos viendo mi atuendito sexy y se les debe de haber despertado quien sabe que fetiche por la falda cortita o el escote que exhibía mis poderosas, pero me sonrieron como babosos y me dejaron pasar, incluso me dijeron donde estaba el cuarto del psicoloco. Y subí hasta ahí, saludando a todos los doctores con una sonrisa y un tono respetuoso, solo para verlos babearse y tropezarse por saludarme, e ignorando a las otras enfermeras, no sea de que me descubriesen y me pusiesen de patitas en la calle. Típico de las envidiosas, botarme porque el jueguito sexual no les sale bien. Fija que de esos jueguitos hay miles en los hospitales, he estado con doctores y son de las personas más despreciables e hipócritas que conozco. Me entré a la sala de enfermeras del piso donde estaba el psicoloco, me informé acerca su número de cama en la unidad de cuidados intensivos, me saqué su historia y me fui con paso seguro a ese cuarto.

Admito que no estaba lista. Cuando entré solo vi el blanco grisáceo de la habitación siendo iluminado por un paupérrimo sol que apenas calentaba el ambiente. Al medio de todo, y rodeado de maquinitas, estaba él. Con un ojo vendado, con los brazos enyesados y suspendidos en el aire, casi colgando de un arnés que prevenía que su espalda tocase la cama. Dormía. Y yo solo me quedé viendo todo eso, ya no sé si con decoro o con horror. Me gustaría estar de nuevo ahí y verme la cara que puse. Que quizá fue inexpresiva hasta que me dieron ganas de vomitar, cosa que hice sobre él, porque el rencor es así de fraudulento. Esto lo despertó. Obvio. Y me asusté de verlo abrir su ojito a no dar más, de ver lágrimas salir de él como cascada, y de cómo movía sus labios en silencio, ahí noté que su dentadura de superestrella estaba rota e incompleta y me dio tanta lástima que chillé como niña. “¿Eres tú, psicoloco?” le pregunté en voz baja y él movió sus labios más frenéticamente, movió sus piernas como si estuviese corriendo y le empezó a sangrar la ingle a través de las vendas. Yo me quedé quieta hasta que su voz dejó de ser muda y entendí que decía “karma cobrado”. No pude más. Salí corriendo de la sala y del hospital, tropezándome, llorando y hasta perdiendo un zapato. Que linda puta Cenicienta.

Solo imagínense a una nena lindísima y candente disfrazada de enfermera sexy, tirada en el pasto de un parque cercano a un hospital, llorando y moqueando, de seguro con aliento a vómito y sin un zapato. No podía moverme, no quería ni pensar. Dicen que hay rencores que no conocen límites y desean siempre más castigo para el odiado. Pero no así, no de esta manera. El psicoloco no se merecía tanto. Y supongo que eso decía yo cuando el Barbas me encontró de pura casualidad, supongo que me reconoció y no se hizo al loco, me agarró y me trajo a este cuarto cinco estrellas donde me dejó ser por horas, se quedó sentado así todo sombrío y amenazante en un rincón y nunca dijo nada mientras yo chillaba a todo pulmón y me asustaba e intentaba recuperar el orgullo de no permitir que nadie me viese llorar. Que rabia, que rabia.

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