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Dedicado a A.B.C

Yet how superb, across the tumult braided,
The painted rainbow’s changeful life is bending,
Now clearly drawn, dissolving now and faded,
And evermore the showers of dew descending!
Of human striving there’s no symbol fuller:
Consider, and ‘tis easy comprehending –
Life is not light, but the refracted color.

– Faust II

Moría el 2007 – sin mucha gloria – y empezaba octubre, lo cual significaba que todavía faltaba más de un mes para la muy hablada reunión de Led Zeppelin. Sería un año que, entre muchas otras cosas, trajo a Chris Cornell abandonando Audioslave, la popularización del Ipod de Apple, la inevitable decadencia de Avril Lavigne, además de ser el año en que Gnars Barkley, Nine Inch Nails y Panic! At the Disco eran los actos más populares, mientras se fundaban bandas como Les Butcherettes, The Last Shadow Puppets y Mumford & Sons, entre otras. El internet ya era viejo conocido, no así las redes sociales para un público que se lanzaba a la novedad del Facebook, con MySpace aun en sus cabezas. Imaginen un tiempo sin Twitter, en que las tiendas de discos eran populares y lo que opinaba Lilly Allen le importaba a la prensa. Fue en un contexto así que, un 10 de octubre del 2007, Radiohead estrenó su séptimo álbum In Rainbows, uno de los más controversiales, no tanto por su contenido como por factores comerciales que pillaron a la industria de la música por sorpresa.

In Rainbows marcó un hito para la banda. Entre muchas cosas, también fue el primer disco que sacaban tras la finalización de su contrato con EMI, y su estreno no fue, para nada, convencional. Dos años siendo trabajado, el anuncio de su salida fue un magro post en el blog de la banda, anunciando que en 10 días más estaría disponible vía web. Y no puedo remarcarlo lo suficiente: esto fue tremendamente novedoso. Si bien no fueron la primera banda que lo hizo, sí eran los primeros de entre los gigantes de la industria musical que se animaban a ello: “Pay to download”. Esta era una genial oferta en la que pagabas lo que quisieses para bajar el producto, directamente a tu computador, en formato mp3, con calidad de 128kbps. Podías dar todos tus ahorros, así como no dar un solo centavo, en una época donde los sellos discográficos tenían estipulados precios estándar según la calidad, o popularidad del artista; una época en que la lucha contra la piratería empezaba a atraer a esos innovadores que querían ser los próximos responsables de algo como Napster, causando que aparezcan más y más reguladores de la industria. Obvio, estaba contra los intereses de las disqueras perder un solo centavo de las ventas y les jodía el internet facilitando la vida pirata.

Radiohead tuvo a sus fans esperando cuatro años por material nuevo. Se dice que durante ese tiempo los integrantes de la banda descansaron de la presión, de las giras, de tocar las mismas canciones como monos hasta el hastío, el cansancio y la saturación. Muchos sacaron proyectos independientes, contribuciones con otros artistas, el resto – quizá todos –  se enfocaron en sus vidas familiares y personales. Hail to the Thief había sido un disco agotador, así que por el espacio de dos años no hubo planes, ni intenciones de hacer nada con la banda pues ellos mismos sabían y presentían el estancamiento. Su sonido amenazaba con volverse repetitivo y la opinión general de la banda era que estaban acostumbrándose demasiado a su zona de confort.

El descanso se extendería hasta el 2005, año en que decidieron volver al estudio a ver si podían sacar algo nuevo e interesante. Su primera decisión fue despedir a Nigel Gondrich su, ya clásico, productor. Los grandes eruditos asumen que la banda deseaba renovar su estilo, aunque otros sabios hablan de un intento de cambio de enfoque… pero ni así la lograban. No parecían encontrar el sonido que fuera lo suficientemente convincente, mucho menos un tema completo que los hiciera sentir desestancados. En estos bailes pasó un año de rumiar una venenosa frustración que no los llevaba a ninguna parte. Entonces Thom, o Jonny – quizá todos –, bueno, uno de ellos dijo: “vayamos de gira” y el 2006 terminó marcado por un largo tour de conciertos, supuestamente para quitarse la presión de encima. Fue una movida inteligente que los ayudó a divertirse de nuevo al tocar, ya no condicionados por el ominoso estudio que les recordaba la imposibilidad de componer. Según las leyendas, llegaron a sentirse tan bien, que en una epifanía, o alguna de esas cosas que te cambian la vida y la forma de pensar, reenlistaron a Gondrich (acá el lector puede imaginar un reencuentro intenso, amistosa e incómodo por igual) y el vengativo de Nigel, que es un productor que sabe sacar cosas de su gente, alquiló una mansión derruida donde los hizo vivir, comer y, esto es lo importante, grabar. Así nacieron Bodysnatchers y Jigsaw Falling Into Place, primeros pasos de lo que más tarde sería In Rainbows.

Mientras tanto – en el mundo real – la banda daba entrevistas donde hablaban en contra de la visión con que Terra Firma manejaba sus negocios en la industria musical. Esto es importante porque inspiró todo lo que después pasaría. Valiéndose del hastío y terror de sentirse estancados, buscaron crear un enfoque diferente, uno donde pudieran manejar formas de poder crear y presentar su nuevo álbum de una manera más comunitaria, apuntando a una idea que, hasta ciertos límites, iba en contra del capitalismo que los sustenta. Y sí, igual sacaron una versión física, un vinilo, un box set, todos esos productos destinados a exprimirle la última gota de jugo al fanático obsesionado, o especialista, o como quieran llamarlo. Eso no está mal, ni le quita ciertos méritos a la movida de Radiohead. Piensen que el mismo Omar Rodriguez-López admitió que es importante esto de ganar dinero para vivir y seguir produciendo nuevos discos. Dejaré eso de lado y voy a centrarme en que los Radiohead deseaban un álbum que saliese para todo el mundo y al mismo tiempo. El internet ofrecía la chance de dar el disco a toda una masa de fanáticos sin ningún crítico profesional rumiándolo primero, de entregar algo impoluto a los oídos de alegres compradores que podían haber no pagado nada por uno de los mejores discos del 2007. Fue algo único y bastante acertado que resultó en una estrategia que dio mucho de qué hablar por varios años, no solo por la movida per sé sino porque dicha movida incluía el lanzamiento de un disco alabado por la crítica, por la prensa, por los fanáticos y hasta por Bono, quien dijo que se necesitaba mucho coraje para buscar otra forma de conectar con sus fans. Porque, bueno, Bono, él sabe sobre ese tema de conectarse con sus fanáticos.

(En este punto, si nunca escuchaste el In Rainbows, es obligatorio que lo hagas de inmediato)

“En Arcoírises” fue descrito por Yorke como un hato de canciones sobre seducción, y luego también dijo que este álbum retrata el sentimiento de saber que cualquier momento morirás. Ambos significados son importantes en un disco donde la música crea un sentimiento refrescante respecto al usual estilo de Radiohead. Tampoco podemos decir que renovaron por completo su sonido – no – pero sí se sentía algo distinto e interesante, una suerte de vitalidad diferente que agradaba. Durante el descanso que tuvieron antes del disco, cada quien pudo ir a explorar sus propios sonidos y experiencias, esto permitió que la onda de Yorke y Greenwood dejase de ser impuesta a la banda (aun si todavía primaban) y se probase un enfoque, digamos, más comunitario que democrático, en pos de un producto casi completamente generado por la mera inercia de las interacciones en estudio y la búsqueda de que todos los comportamientos, expectativas, ideas, esperanzas, valores, creencias y simbolismos, que cada integrante de Radiohead aporta, se revelasen en el producto final. Al menos a nivel musical, puesto que los líricos son reino absoluto de Yorke.

El disco comienza frenéticamente con 15 Step, un sabroso ritmo vengador de percusión movida y con una guitarra que parece relajarnos por un rato hasta que un coro de niños nos devuelven las ganas de bailar. La canción demarca, muy efectivamente, que este no es un álbum que lidiará con tópicas o sonidos de la misma forma que sus predecesores. La onda yorkiana de electrónica experimental está presente, pero no es dominante, Jonny Greenwood – como siempre – es el más sobresaliente, pero la batería, los teclados, la percusión y el bajo parecen tener más notoriedad en el juego, mayor fluidez y participación en lo que fue el primer anuncio de un gran momento.

Los líricos nos pintan ese primer instante de lo que Thom Yorke finalmente diría que es el significado del álbum: un disco que intenta describir el sentimiento de terror de que quizá deberías estar haciendo otra cosa con tu vida, misma que – recién notas – es más corta de lo que tú desearías. Yorke se mete con las partes más oscuras del amor, la vida y la muerte valiéndose de metáforas poderosas. Pero ilustrémoslo desarrollando un ejemplo que dio el mismo Thom. Imaginen a un hombre, al que llamaremos Fausto, sentado en su auto, atascado en el tráfico, mirando como loco su reloj porque está tarde para trabajar. Estresado, aburrido y detrás del volante, sus pensamientos empiezan a divagar por diferentes frustraciones hasta que se siente atrapado en el incesante y lento pasar de su rutina. De pronto le sucede algo que a todos nos pasa y que experimentamos con diferentes niveles de extrañeza: por un momento Fausto descuida sus escudos, vulnerado por una pena amorosa, y alcanza a darse cuenta que su vida se le escapa. Lo abruma un sentimiento sofocante, le perturba el pensamiento de que podría estar haciendo algo diferente a todo eso y, sin previo aviso, sin preparación alguna, lo asalta la consciencia – no la idea, sino la mera certeza – de que algún día morirá. “It comes to us all” canta Yorke en 15 Step, líricos que bien podrían ser el monólogo de la escena descrita en que Fausto mira hacia atrás, hacia su frustrada vida, y se pregunta “¿Ahora qué?”.

(Curiosamente las horcas tenían quince peldaños antes del súbito salto que conducía a la muerte).

Manteniendo el ritmo movidito y haciendo referencia a un importante filme de culto, el disco continúa con Bodysnatchers. Una canción que se siente más como un juego de armonías explosivas y sucias, que continúan alterando al oyente con esa onda suelta, menos críptica y más directa que caracteriza al disco en general. Fausto, asediado por una crisis existencial, de aquellas que ponen en duda hasta los más intrincados mecanismos que tiene la realidad, continúa atascado en el tráfico sin nada más que los autos cercanos y el paisaje vacío de lo urbano para distraer a su cabeza de toda idea que la asedie durante aquella árida mañana de embotellamiento. Su piel le escuece, sus pensamientos le queman, el sol hace mala combinación con los bocinazos de los otros autos atrapados en algo que parece nunca avanzará. A Fausto lo embarga el momento pues ha abandonado su zona de confort; eso le ha costado reconocer un conocimiento hasta entonces censurado: “no soy feliz, no estoy conforme”, y así empieza a dudar de que su vida tenga sentido. Fausto se encuentra en un momento en que la negación y la aceptación colisionan. No sólo no está cómodo consigo mismo – su cuerpo, sus ideas – también nota que ya no sabe quién ese que le devuelve la mirada desde el retrovisor. Digamos que Fausto está teniendo la misma crisis que los Radiohead tuvieron después del Pablo Honey – con el Ok Computer cada vez más cerca – cuando miraron sus pintas de roqueritos pop y, con los años, aprendieron a adoptar posiciones más sobrias en cuanto al manejo de imagen en sus carreras. Volviendo a nuestro torturado conductor atascado, vemos que empieza a golpear su volante, completamente confundido acerca de en qué momento todo se fue a la mierda. Los líricos denuncian la cobardía, tanto propia como ajena, y nos muestran la desesperanza neurótica de quien se siente estancado y se da cuenta que hace mucho que calla sus propios pensamientos. La canción termina con dos grandes realidades previamente no admitidas. En este caso, Fausto expresa sus conclusiones en boca y canto de Yorke: “I’m a lie/ I’ve seen it coming”

Pero tras los estallidos siempre viene una calma que, por lo general, anuncia la tormenta. Nude es esa balada que todo el mundo asoció con la sexualidad, pero es algo más que sólo eso. Apliquemos la canción a nuestro conductor atrapado en este embotellamiento cortazariano y veremos algo que puede equipararse con esos momentos lúcidos de autocrítica, esos a los que llaman “malditas epifanías”. Para Fausto llegan después de haber golpeado su volante, gritado y llorado un poco, cuando por fin se calma y admite la mentira en sus verdades. Se le ocurre pensar que la esperanza, las creencias, las certezas, también pueden conducir a tamaña frustración en un momento digno de un absurdista como Camus. Quizá por eso la canción es lenta, tranquila, altamente dependiente del bajo y la guitarra, con una batería poco presente pero para nada ausente. Y eco. Mucho eco. Lo innegable es que Fausto ya empieza a admitirse la causa y posible solución a la crisis que lo embarga, y esto lo notamos en cómo los líricos de amor se hacen más obvios, tomando forma completa tras este momento tan triste y existencial, después de esta armonía trágica que es Nude, ese instante previo a volver a la crisis, al estallido, a la tormenta propiamente dicha. Los sueños – en este caso, las esperanzas amorosas – no se cumplen. Fausto se siente vulnerable y quiere morir.

Weird fishes/Arpeggi es un crescendo fabuloso que la banda utiliza para alterarnos de nuevo, donde lo importante es que este tema es el punto preciso del disco en que se combinan la calma y la tormenta. La música y los liricos, tal como la nostalgia, hablan de la muerte, pero también evocan lamentos, emociones intensas bajo el velo de la tranquilidad, que se va perdiendo a medida que la guitarra se distorsiona. Fausto está en ese punto de quiebre en que analiza qué hacer para mantener la mascarada, mientras una vocecita le cuestiona si acaso vale la pena. “¿Seguir y morir así?”, le dice la voz en su cabeza. “¿Cambiar y morir de todas formas?”, se responde atrapado en la depresión, en su situación actual, consciente de que va a morir y que no porque desees algo se cumplirá. Weird Fishes puede ser una atípica canción de amor propio, pues para Fausto representa ese momento en que se plantea que quizá esas esperanzas amorosas que vimos en Nude deben morir. “Why should I stay here?”, se dice Fausto y piensa que la vida es corta, que ya es hora de golpear fondo y escapar.

Entonces llegamos a All I Need, con su tono ominoso, lento y grave, importante variante del humor que ha estado predominando en el disco. Es un punto de quiebre interesante por no sentirse caótico ni abrumador. De nuevo reina el amor y Fausto mira a los otros conductores sin pensar en ellos, evocando la imagen de alguien más que no se encuentra presente. Es obvio que Fausto se siente torturado por alguna imposibilidad que puede deberse a un inicio que no llega pese a ser muy deseado, o a una continuación que no sucede por algún motivo que Fausto no termina de entender. En pocas, otra típica historia de amor y trascendencia que equipara a nuestro Fausto con el de Goethe, ese del libro donde se narra cómo un mortal hace un trato con el demonio Mefistófeles para ser inmortal y obtener poder y conocimiento que perdería ni bien llegara a ser feliz. Pero nuestro Fausto no es inmortal, todo lo contrario. No tiene tiempo de quedar atrapado en un auto pensando en un amor no correspondido, pero tampoco conoce a nadie más. Fausto ya no sabe qué está bien y qué está mal.

Entonces llega la hora de desperta: Faust Arp, esa de ritmos trágicos y tensos, de guitarra acústica que juega con los sonidos graves del teclado. La canción es tan corta como la lucidez. Fausto, tal como su tocayo, se pregunta: “¿He vendido mi alma por esto?”. Sea cual sea la situación en la que está envuelto, se pregunta si vale la pena seguir, a la par que resuelve que ya no puede más. Ya basta de toda esa rutina y toda esa esperanza estancada. De pronto empieza Reckoner, la canción más especial para Jonny Greenwood. En ella se combinan sonidos trágicos con tonos esperanzadores y otros más terribles. La percusión y batería se roban el show, especialmente durante sus ausencias y sus entradas vertiginosas, las cuales caben muy bien con la interpretación de Yorke sobre esta canción como un sueño tripeante del que no quieres despertar y luego no puedes recordar bien.

Reckoner es muchas cosas, tanto para la banda como para los fanáticos, ya que todos le han dado interpretaciones muy parecidas entre sí. Todas apuntan a que es una búsqueda de catarsis, es la frustración que a veces sientes, el ruego a los cielos oscuros durante una tormenta que parece nunca arreciará, es darte cuenta que vas a morir solo y aferrándote a la lejana esperanza de que sobrevivirás, aun si en el fondo sabes que la vida continuará, contigo o sin ti. La canción evoca algo símil a lo que el Fausto de Goethe descubre al aprender que no se trata de buscar una luz divina sino vivir con la luz como guía, en un disco que explora la idea de trascender, de empezar en un lugar y terminar en otro. La trascendencia es un tema muy presente a lo largo de In Rainbows. Está en la percusión que jugará junto a los teclados y la guitarra, tratando de emularla con ese ciclo de sonidos que se repiten y luego se doblan para sonar parecido, pero con otros tonos, otros ritmos, otras velocidades, otro – y el mismo – Radiohead.

En Reckoner, Fausto, todavía embotellado, logra despertar de una pesadilla de la que no quería despertar y descubre que vivir no es obsesionarse. Y aunque se resiste, tiene que admitir que buscaba olvidar la cruda realidad – a la que nuestro Fausto llama Mefistófeles. Claro, sigue ahí, no se fue, no se irá, es parte de él y está en él trascenderla. No olvidemos que el trato que hace el Fausto de Goethe con Mefistófeles es el de comprender el sentido de la vida hasta que logre ser feliz, momento en que su alma será tomada. Ese Fausto hace un trato así, porque en el fondo no piensa que pueda ser feliz, pero cuando lo logra su alma es reclamada y el cruel despertar llega junto a todo el horror de la consciencia y el súbito entendimiento de qué tanto arruinó la cosas. A diferencia del Fausto de Goethe, el nuestro, el de Yorke, no tiene un coro de ángeles que lo salven de las garras del infierno; nuestro Fausto está condenado a ser su propio yo, su propio coro de ángeles y su propio Mefistófeles. No sabe cómo alternar todos esos roles.

Lo malo de los momentos de lucidez y claridad no es que lleguen, sino que terminan. Si no han sido aprovechados, la trascendencia es mandada a un particular purgatorio y nosotros quedamos atrapados en nuestros ciclos, esperando una indeseable nueva crisis que nos ayude a lograr trascender a otro ciclo… donde pasará lo mismo, y así hasta que la muerte nos detenga. Me parece interesante que la palabra reckoner pueda ser traducida como “experto en cálculos” u “hoja de fórmulas matemáticas”, hasta “chanchullo”, pero también como el ajuste de cuentas bíblico: el Apocalipsis. Lo cual le daría otro sentido al encierro de Fausto, quien atrapado y sin chances a escapar de sí mismo, empieza a pensar en la existencia en los parámetros de hacer lo que se siente bien versus lo que uno debe hacer. La crisis de nuestro Fausto viene, precisamente, de siempre hacer lo que debe y nunca lo que quiere gracias a ese su eterno cálculo de resultados.

En ese estado te encuentra House of Cards, donde vuelve una relativa calma gracias a los tonos menos graves y tristes que caracterizan a una canción que no sube ni baja su velocidad y que pareciera terminar en un lamento. Un ruego, en realidad. Una última petición patética que hace Fausto a su amada desde su pequeña e infeliz celda motorizada, dando paso a Jigsaw Falling Into Place, que según Yorke trata sobre borracheras universitarias, boliches donde la conexión con una persona se da en miradas, pequeños roces durante los bailes, en sonrisas tenues al compás de música ligera durante el transcurso de una noche coqueta, hasta que la pieza final del rompecabezas es puesta y las esperanzas quedan quebradas al notar que todas esas señales no generaron nada más que ilusiones, tal como lo que le pasó a Fausto, quien no pudo, o no quiso, hacer nada con su amada. El sonido va creciendo hasta sentirse como una energía contenida, ningún instrumento prima sobre el otro y la voz de Yorke retrata el quiebre de la esperanza, la fatalidad de la realidad, la decepción final que nos conduce a Videotape.

La última canción de In Rainbows es una marcha fúnebre, una aparente balada, triste, oscura, que es más de lo que parece. Para nuestro Fausto es una despedida, en realidad. El final de todo un camino, el maldito momento en que el tráfico por fin avanza y Fausto ha quedado con la vida hecha pedazos. Mientras conduce hacia su horrible trabajo, piensa que cuando muera no quedará de él nada más que algo parecido a un VHS. Algo que puede haber registrado quién fue y qué hizo, pero que en sí es un formato muerto que nadie mirará. Fausto nota que podría morir en ese momento. Su crisis lo ha llevado a algo más que superar a un amor imposible que ya no está – o quizá nunca estuvo. Nuestro Fausto, como el de Goethe, ha llegado a darse cuenta que la vida es hermosa porque es corta.

Tal es el contenido de un disco intenso que refleja mucho del momento que vivía Radiohead. Un momento que bien podía haber sido crítico o no. No importa. La cosa es que buscaban reinvención, pues no sabían qué hacer con sus vidas, así que crearon un disco muy introspectivo y de alguna forma trascendieron y se metieron a los nuevos ciclos que algún día tendrán que trascender. Eso es lo que se escucha en In Rainbows y en la historia de este accidental Fausto yorkiano. Y sí, estas son interpretaciones mías basadas en interpretaciones de otros fanáticos y las de la misma banda, porque al final esa era una intención del lanzamiento vía web: unirnos en un nivel diferente al momento recibir y entender la música de este álbum.

Mientras esto pasaba en las mentes de Radiohead y sus fanáticos, en el mundo real la gente se concentraba más en la movida del “Pay to Download” usada por la banda. Fue un lío tremendo en el que todos quisieron dar su opinión acerca de qué era lo malo y lo bueno de esta “revolución” que Radiohead había iniciado, con una gran mayoría de artistas de sellos discográficos hablando en contra del disco por sus consecuencias económicas, con Gene Simmons y Trent Reznor a la cabeza. Se hablaba de un mal modelo de negocios, se tildaba a In Rainbows como una carnada hecha de sonido de baja calidad, que fomentaba la piratería, cuando lo que querían decir es que era un mal negocio, pero para ellos – aunque sí es cierto que este tipo de modelo le arrebata oportunidades de crecimiento económico a bandas más jóvenes y desconocidas.

Yorke admitió eso, pero también dijo que sintieron placer al decirle “fuck you!” al modelo clásico de negocios de la industria musical. Su modelo no era perfecto, de hecho estudios posteriores demostraron que pese a todo, igual hubo piratería. Si bien solo un 38% pagó por el disco, y el 62% restante se lo llevó gratis desde la página, más fueron los que se llevaron ese mismo producto en torrents y otras formas de descarga pirata – o sea, afrontémoslo, la piratería ya estaba muy bien establecida el 2007, como para necesitar la ayuda de una banda inglesa. De todas formas, eso no afectó mucho a la venta del álbum, que en las ganancias que generaron en ese 38%, obtuvieron más dinero que en todos sus discos previos combinados. Nada mal para un “fuck you!” que probó que existen otros caminos para vender. Y la industria lo notó, entendieron que si bien las ventas legítimas debían reducir la piratería, en realidad son el interés y la consciencia de la existencia de un producto lo que más la promueven. Evaluando el impacto, años después, es notorio como la polémica del momento ahogó muchos aspectos positivos del modelo utilizado para lanzar el disco. Hoy por hoy, los analistas y críticos concluyen que es mejor explorar nuevas opciones legales para distribuir productos artísticos en pos de batallar la piratería.

 “No era un modelo, era una respuesta a una situación” dijo Yorke en medio del tumulto del 2007 y nadie le hizo caso hasta mucho después, cuando se comprobó el éxito del modelo que nunca más volvería a ser usado por la banda inglesa. Ya después otros artistas empezarían a tomar formas alternativas de estreno y financiación de sus discos, como Amanda Palmer hizo con Kickstarter el 2012, alegando que “cada músico tiene que buscar su fórmula”. Pero eso ya es otra historia. Lo importante es que In Rainbows sobrevivió a la polémica y trajo de vuelta el sentimiento de hacerte tiempo en tu vida para comprar un álbum sin que te llegue rumiado, que trajo un sentido comunitario al conectar a sus fans con el artista y entre ellos mismos, en una movida que hoy solo generaría bostezos, pero que en ese momento logró mostrarnos a todos, de distintas formas, que estábamos estancados y que ya era la hora de trascender a un nuevo ciclo y así hasta que Mefistófeles nos arrastre, o nos salve algún coro de ángeles de este maldito embotellamiento.

 

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Mr__Satan_Closeup_Collab_by_carapau

Akira Toriyama es un genio. La forma en que avanza la historia de Dragon Ball Z responde a una estructuración narrativa propia de la novela. Podemos ser testigos del desarrollo de las vidas de los guerreros Z y su paso por el mundo, al cual defienden de temibles monstruos como Cell o Majin Buu. Interesante es notar los pequeños elementos que se van dando alrededor de las predecibles sagas (todos sabemos que triunfará el bien y que serán Goku o Gohan quienes salven el día) y que salpimientan de la manera más suculenta el relato que trae Toriyama.

Son las pequeñas cosas. Algún comentario existencialista del narrador, alguna acción, aparentemente, fútil de cualquiera de los personajes que cobra una relevancia considerable en el futuro, incluso las partes subidas de tono que censuran en la versión latina, todos esos toqueteos y comentarios pervertidos del maestro Roshi, hasta la mera existencia de Maron, tan parecida a Bulma, tan representativa de la imagen que nos hacemos de la ligereza sexual. Pero, a todo esto, creo que uno de los elementos más interesantes es Míster Satán y la fe ciega que el mundo le tiene.

Es fe y es ciega (aunque ambas palabras se impliquen la una a la otra) pues poco sabe la humanidad sobre las hazañas de Míster Satán, solo conscientes de lo que quieren saber y hallando la calma y la felicidad en ello. Al buen Míster lo conocemos durante la saga de Cell donde nos lo presentan, y se queda para siempre, como un payaso, un típico charlatán papanatas que se da aires de importancia, negándose a admitir que todo lo que sus ojos presencian son cosas más allá de su entendimiento. Míster Satán mira sin mirar las hazañas de los Guerreros Z y no solo se sorprende, sino que les teme. Les tiene un miedo tremendo, de esos que a cualquier humano paralizarían, pero que, en él, no alcanza a ser más fuerte que su arrogancia (no confundir con el orgullo, eso es terreno del buen Vegeta), esa su necesidad de ser admirado para saberse por encima del resto de la humanidad.

Personalmente, pienso que debe ser una felicidad cruel esa de sentirse por encima de los demás sabihqdefaulténdose un fraude. Incluso me atrevería a compararlo con el fardo tortuoso de angustia que deben cargar los plagiadores que han logrado triunfar sin nunca haber sido capaces de expresar una idea propia. Pero nada de eso parece molestarle al buen farsante de Míster Satán, quien se vale de fanfarronería, mentiras y mucha fortuna para ser testigo de situaciones peligrosas, de las que sale incólume, y que torcerá a su conveniencia a la hora de dar el relato de lo acaecido, beneficiándose de paso. Un tipo cómico al que, por lo general, si viéramos en nuestro día a día (trabajo, colegio, noticias) mostrando esa parte suya que tanto oculta, calificaríamos de despreciable cobarde y embustero; y ese es el héroe supremo de una humanidad que ha visto, y ve, cosas más impresionantes que Míster Satán pero que insiste en creerlo el más poderoso, ensalzándolo como a un Jesús de las artes marciales. Quizá de mucho más que solo las artes marciales.

Y ese es el otro lado que complementa este asunto: la humanidad y su fe ciega (redundando, nuevamente) en Míster Satán. Hay un punto en que ese recurso cómico que usa Toriyama para que la historia no tenga tonos tan graves se abre a una interpretación más seria. Míster Satán miente, sí, pero los que más se mienten son los propios humanos, pues son ellos quienes perpetúan la farsa de su salvador. No importará que hayan grabaciones de los juegos de Cell que delatan la cobardía de Míster Satán, o que lo hayan visto hacer toda clase de papelones en el torneo de las Artes Marciales en que participan el Supremo Kaio-sama y Kibito, ya que la gente elige vendarse los ojos y apoyan las mentiras que el campeón dice. Aceptan las excusas de tropiezos falsos, dolores de estómago que no lo dejan pelear, eligen creerle cuando clama que se dejó vencer en su pelea con el pequeño Trunks, o sus mil peripecias y embustes cuando Majin Buu es convocado. En ese sentido, tampoco importaría que la gente se enterase que la androide 18 lo chantajeó para dejarse vencer por él, ni siquiera tendría la menor relevancia que vean las peleas de los Guerreros Z, cuando ni les interesa si se quedan mudos y con los ojos desorbitados ante las manifestaciones sobrenaturales de los poderes de los Guerreros Z. Creo que hasta es posible decir que tendría nula relevancia si ellos mismos pudiesen volar como esos seres fantásticos a los que, deliberadamente, niegan reconocimiento. Para ellos las habilidades de Goku y sus amigos serán trucos sucios y baratos que no engañan al ojo supremo de su Salvador, pues su fe está basada en algo que ellos piensan que ha sucedido, creyentes acérrimos de ser poseedores de pruebas irrefutables y absolutas que nadie puede, ni debería cuestionar.

Sin embargo, lo más curioso no es la fanfarronería del suertudo Míster Satán, ni los velos a prueba de realidad que la humanidad se coloca para poder llamarlo campeón del universo, lo más curioso es que son los mismos Guerreros Z quienes terminan por alcahuetear los comportamientos de ambos. En un principio porque no les importa por mucho que a algunos SatanBlueEyesde ellos les indigne, pues es válido decir que tienen cosas más importantes en las que pensar que un don nadie dándose aires de algo que no es; después continúa sin importarles porque no tienen esa lujuria de adoración que posee Míster Satán, sea debido a que no se consideran dignos de ser adorados, quizás porque nunca son suficientemente fuertes bajo sus propios estándares, o porque todas sus vidas han conocido a seres impresionantes de poder apabullante que siempre los hicieron sentirse pequeños, hasta puede influir que algunos deseen cosas simples como una novia, una familia, paz interna, derrotar a un eterno rival o convertirse en un investigador, sea como sea lo más factible es que para seres que hablan con Kami-sama (Dios, literalmente) como a un cuate más, los embustes de Míster Satán y lo que sea que quieran creer los humanos no son asuntos que los inquieten o molesten, son más bien asuntos nimios que no merecen mucha atención, o mayor indignación que la de una maldición ligera o un par de ojos entornados. Los molesta, pero no les quita el sueño. Ya por el final los vemos deseosos de quitarse la molesta carga de la fama y la opinión pública usando a Míster Satán como receptáculo de algo que ellos no quieren y que a él, obviamente, le gusta. Tal vez por eso, al final de la serie, los vemos como cómplices del “campeón”, además de políticamente emparentados gracias al matrimonio de Gohan y Videl.

Así que tenemos a todo un universo conspirando para que Míster Satán sea un héroe. A todos les conviene, sea para disfrutar la fama, o para evitarla, sea para tener algo que los ayude a levantarse cada día de sus camas, completamente convencidos de que no todo es basura bajo el sol. Y si bien este último grupo decide ver las cosas incompletas, no significa que estén por completo equivocados, después de todo aun siendo un papanatas mentiroso que vive de aprovecharse de la gente, no es que Mister Satán sea un bueno para nada. Quizá no sea tan relevante como se pinta, pero sus acciones son vitales para la resolución del nudo de la trama en las sagas que estuvo presente. No solo distrae al Majin Buu gordo, llegando incluso a convertirlo en casi inofensivo, también le salva la vida cuando Vegeta desea asesinarlo (rogando por él hasta las lágrimas), mucho antes de eso ayuda lanzando hasta Gohan la cabeza de número 16, quien convencerá al joven sayayin de que no hay nada malo en pelear para proteger al mundo (lo cual, junto al deseo de salvar a sus seres queridos, liberará el tremendo poder de Gohan), pero lo más relevante será que en la hora más oscura, cuando Vegeta arriesga su vida luchando contra Kid Buu mientras Goku junta energías del universo para formar una tremenda genki dama, en ese momento no será Goku, ni kami-sama, ni Vegeta quienes convenzan a los humanos de salvarse a sí mismos, será el mismísimo hombre al que eligieron como embustero oficial quien los salvará usando esas mismas mentiras, cerrando el círculo al convertirse en el héroe que siempre clamaba ser, sin serlo.

Es de locos. Y lo es porque no es raro encontrar ejemplos de esto fuera de la ficción; en nuestros pensamientos, creencias e ideales con los que procuramos explicarnos la vida los unos a los otros, en todas esas mentiras pintadas de verdades podemos encontrar alguna suerte de bondad, un beneficio que por muy grande que sea, al final, no justifica nada.

De todas formas, Míster Satán no es el único caso interesante en el universo que crea Toriyama, pues este es vasto y las historias narradas en él tienen interpretaciones muy divertidas. Pero me quedo con la pregunta de qué habrá pensado Toriyama al escribir a Míster Satán. Tal vez solo en un bufón que terminó siendo más profundo de lo que se esperaba, o quizá nos quiso mostrar un poco de lo que piensa de los humanos y la perpetuación de las farsas. Lo cierto es que todo esto está abierto a interpretaciones pues, una vez público, el personaje deja de pertenecerle al escritor y se vuelve propiedad de los lectores. Aunque, probablemente, no perderíamos nada con preguntarle.

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–          Dedicado a lo indedicable.

–  El azar y la irracionalidad de un momento pasado han truncado que mi futuro sea el suyo, y viceversa. Hoy somos amigos, pero como me duele en lo interno.

Antonio de Jesús Chávez

–          All of us food, that hasn’t died.

Josh Homme

¿Qué nos pasó, Muerte? Solías ser mi anhelo más alto, mi verdad más pura, solía verte como el paso hacia la grandeza, como la única chance de importar en este mundo. Te he buscado en los alcoholes que me ofrecían hermosas señoritas de piernas ágiles, en los puños de desconocidos furibundos y las balas de creyentes de los otros bandos cuando escuchan mis monólogos. Incluso he llegado a sentirte cerca cuando me hospedaba en cuartos blancos que hedían a matadero, o en el suave abrazo de los orgasmos todas esas veces que busqué anestesiarme en los brazos del Placer. Mi rutina giraba en torno a buscarte y entregarme a tus tiernos consuelos, tus ojos que yo pensaba profundos y hermosos, tus piernas robustas y kilométricas que me mostrabas coqueta cuando la luna iluminaba mi mirada, o probar tus labios colorados por medio de besos indirectos robados a cualquier superficie en que se hubiesen posado, abrazarme a ese cuerpo hecho a mi medida. Perfecta. Así eras para mí, Muerte amada mía. Eras un remanso de perfección pura y absoluta, omnipotente como los del otro lado se imaginan a sus dioses.

Me gustaba añorarte. Eras esa muchacha prohibida que todos detestaban. A lo largo de mi vida te he visto coquetear con mucha gente, y te he visto llevarte con tus besos hasta al más leal de los esposos, o esposas dado que a ti te da igual como son los genitales de quien amas ¿Puedes creer que sentía celos de ellos? Me acercaba a los féretros con rostro compungido, me guardaba de la vigilancia de los dolientes y fijaba la mirada en los fallecidos. Los contemplaba con envidia, imaginando escenas morbosas donde sus cuerpos inertes se insertaban en tus carnes, donde el rigor mortis se convertía en una ventaja que una mirada pícara tuya capitalizaba. Solo entonces me paraba a observar el saco de carne que llamo mi cuerpo, detestándolo por ser mancebo y lozano, por devenir en mi mayor obstáculo para estar contigo. Era joven, el mundo era lo que yo quería que fuera, la vida dependía de mis creencias.

Me confié. Creí que la vida era tan simplona como para que solo exista un camino a la verdad. Me refugié en mi lealtad hacia tu amor, en mi insana obsesión de anhelar, imaginando encuentros contigo, formas de poder acercarme a ti. Y fuera de eso nada importaba, todo era pequeño y hasta nimio ¿quién puede oponerse a la Muerte? Nada, ni nadie. Y era tan cómodo que todo fuera así de simple, ser el príncipe del corazón roto, enamorado del amor, encamotado de la Muerte, por siempre expectante a que me devolvieses lo que yo tan alocadamente creía darte. Y eso estaba bien, habría sido feliz si hubiera aprendido a no esperar más de lo que yo podía dar.

Por ese entonces llegó Carlota. Vino cuando el pensamiento de tu amor primaba por encima de todo lo demás, en la época en que quise olvidarme de ti y tus artimañas. Ahí fue que llegó Carlota con su ternura, sus ojos grandes, su graciosa torpeza y sus formas de simplificarme las complicaciones. Carlota se anunció como otro coqueteo contigo, Muerte, pero terminó siendo un guiño a vivir. Carlota era la mentira más hermosa, de esas en las que uno cree por mero gusto, porque más allá de la fe uno sentía amor, o sentía algo que no era raro llamar amor. Y lo extraño no era sentir todo eso, lo raro era lo sencillo que resultaba convencerse de semejante mentira tras cada beso pudoroso que posaba en mis labios. Más raro aún era lo correcto que se sentía creer en ella.

Alguna vez me di cuenta que cada quien le gusta creer lo que más le conviene. Y Carlota no me convenía. O no nos convenía, mejor dicho. Quizá no tanto por ella, como por lo que representaba para mi vida y para mis desórdenes el mezclarme con ella. Pero sí, me mezclé con ella; y no me vengas con celos querida, no te quedan. Especialmente porque tú, promiscua, abrazas a quién sabe cuántos cada día. No sería justo que me digas que estás celosa, por mucho que yo sepa que sí lo estás. Es más, lo estuviste desde que Carlota y yo nos hicimos novios. Dejé de pensar en ti, ya no te buscaba en ningún callejón, ni en los bares, ni siquiera en las pelvis de limítrofes sensualonas. Pasaba mis días tratando de robarle su tiempo a la ocupada Carlota, monopolizar sus distraídos pensamientos, beber de su aroma, complacer su cada-momento y encabritarme en sus preocupaciones. Carlota era un bello malestar para lo que tú y yo teníamos. Pronto dejé de pensar en el destino secreto de todas las cosas, olvidé mis prédicas en contra la fatua sensación de verdad absoluta, por un instante dejé de verte, Muerte adorada, como la solución al problema humano. Al problema de mi vida y mi conciencia chocándose contra la imposibilidad de aprehender, siquiera, algo real. Carlota es alguien en quién el mundo debería creer, es otra de esas corrientes a los que nos aferramos para no enloquecer. Carlota es tan importante y hermosa como ella misma, como diosa de la eternidad repetitiva, como humana atrapada en la pesadilla de la existencia, como agente de una felicidad que muy tarde logré aceptar. Ya no sé si por honesto o autodesturctivo, solo sé que no lo pude manejar.

Ahí me reatrapaste, Muerte. Te extrañé y mandé al carajo lo que tenía con Carlota, porque no podía dejar de buscarte. Necesitaba besarte en los labios y seguir vivo, o a lo mejor necesitaba irme afuera de todo, sin saber bien a donde iría. Tan sólo irme y no notar nada, nunca más. No te culpo, ojo, mea culpa, lo puedo aceptar. Puedo decirte que el error de mi vida fue no poder dejarte ir, el problema fue que no pude admitirme que tú no eras una solución sino que eras tan solo una historia más esperando a ser repetida, o aceptar que tarde o temprano tú vendrías a por mí y nos uniríamos en un abrazo que me permitiese ¿dirigirme al olvido? ¿confirmar que no existe verdad, ni siquiera en el vacío del más allá, en el olvido de cesar de vivir?. Pero ¿quién quiere adentrarse por completo en el olvido? No yo. O por un instante ya no quise. Y sí quise caminar por la tierra viendo como los cielos se mueven cambiando sus colores de celestes a grises, a blancos, negros, rojos e infinito; anhelé presenciar cómo los hombres moldean al mundo, quise probar los sabores de todo lo nimio y olvidar que el tiempo es simultáneo y que, en cada segundo, mi vida entera sucede al mismo tiempo. En un segundo donde estoy naciendo, y en ese mismo segundo estoy con Carlota, además de estar muriendo. En ese segundo es tanto ayer, como hoy, mañana, como cualquier momento de mi pasado y mi futuro. Pretendí olvidar que en ese suspiro, que es la vida humana, no alcanzamos a nada más que contarnos mentiras sobre quiénes somos y a quienes queremos, repitiendo las palabras y los actos hasta formar una narrativa que nos permita vivir en paz, engañados y felices, como si no fuéramos marionetas que se dejan manejar por la ilusión de completitud, por la promesa de que el vacio está en realidad lleno, de que podemos ver las cosas por como son, que la realidad es tan simple como nos la pintamos.

Yo escogí la narrativa adecuada para estar cerca tuyo, Muerte. Pero luego me di cuenta que esa era mi mentira. Y de pronto quise creer en otra mentira, una menos complicada, una que me hacía sonreír con sus ocurrencias y rabiar cariñosamente con sus necedades. Una mentira que creía en sus propias mentiras a las que llamaba verdades, una mentira que no me prometía el paso al vacío eterno, ni ninguna de esas cosas. Pasé de la narrativa de la Muerte a la narrativa de Carlota. Derrotado por la ficción, ansioso de no darle un vistazo a cómo sería vivir sin narrativas.

Alguna vez volví con Carlota, pero ella ya me había dejado por mucho que decía que estábamos juntos. Pienso que Carlota se dio cuenta que pese a que me quería, quizá no le convenía tenerme en su narrativa. Se alejó, me dejó y yo volví a tus brazos Muerte, pero ambos nos dimos cuenta que ya no era lo mismo. Por primera vez viste en mí un deje de rechazo cuando vi, por fin, tu rostro; cuando furioso por Carlota haciéndome a un lado, ambicioné dejar de verte a través de los velos con que te ornamentabas y me atreví a estirar la mano, agarrar la seda fina y oscura, jalar de ella pese a tus quejidos débiles, y lo vi querida, vi tu rostro por mucho que me cegaste de inmediato con un beso de los labios que yo creía carnosos y que ahora se revelaban como tenias viscosas que se frotaban contra mis propios labios y forzaban su paso dentro mío. Y cuando esos horribles gusanos terminaron de colarse en mi garganta, pude alejarme asqueado y mirar bien al objeto de mis anhelos. Y algo en mí se marchitó cuando observé las cuencas de tu calaca, vacías y demasiado inmensas, que me provocaron tremendos escalofríos mientras tus ropajes caían y dejaban ver un brillante agujero que todo lo chupaba, un agujero que sostenía tu astillada calaca. Y lloré, Muerte. Lloré no solo del asco de sentir a las tenias moviéndose dentro mío, también lloré porque supe que no te estaba mirando a ti, estaba mirando un algo que nunca podré especificar, un algo que velaba al verdadero terror detrás suyo. Y sentí que podía explicar el problema de lo humano mientras el agujero me succionaba adentro tuyo y yo no veía ni luz, ni oscuridad, solo podía ver la mirada fija de tus ojos siguiéndome a donde fuera que yo me moviese, totalmente consciente de que mi piel goteaba en cada instante de la eternidad, y que yo no podía evitar ese derrame mayor en que me desestructuraba en el continuo de las cosas, viviendo cada punto de la historia y derritiéndola como a una fábula. Disperso por todas partes, Muerte, me dejaste disperso y sin ficción a la que aferrarme. Y detrás de la inmensidad de tu vacío interno, había un vacío más enorme y más insondable, un vacío perpetuo al que no se podía ni tocar sin volverte en nada tú mismo.

Y cuando volví, pues lo visto no podía ser no visto, las ficciones me habían abandonado. Por un tiempo hasta intenté recuperar a Carlota, pero así me enteré que las historias que no quieren ser contadas se mantienen inenarrables. Y así me quede persiguiéndola en vano, tal como a ti Muerte. Me quedé persiguiendo una verdad que ya no quería que yo la creyese. Pero me di cuenta que me quedaba una mentira a la que ya no podía llamar verdad. Me quedas tú, Muerte. Me queda también la vida, pero me sobra el horror de verte al rostro y recordar que soy una marioneta de mi propia tendencia a creerme los cuentos para seguir respirando, me pesa el pensamiento de ser una no-existencia aspirando a creer que existe, o estar acá esperando una chance para por siempre zambullirme en el olvido.