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Kimo-sabi

Publicado: noviembre 24, 2018 en Cuentos
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Para J.S.

Solomon apretaba el gatillo y yo -viendo de frente, bizqueando mis ojos hinchados frente a su caño- no pude evitar lanzarme a buscar un cliché cualquiera para soportar sentirme así de solo, ya no tan seguro de querer mirar lo que me tocaba mirar y listo para cualquier excusa que me ayudase a bajarle el volumen al momento e ignorar a mi mejor amigo mirándome aburrido, al  final de todas las cosas.

No hay un solo ruido, pareciera que todo prefiere quedarse callado. Es eso, o es que yo no escucho nada. Y quizá por eso es que Solomon solo me mira con aburrimiento y se traga sus palabras y juguetea con sus dedos y cierro los ojos y digo algo dramático, porque para mí si las cosas llegan a un límite, queda mejor marcado cuando pasa algo dramático….

Casi no me sorprende cuando ante mi aparece el Negrito. Está echado en el pasto del patio de la segunda casa en que crecí, al menos de las que recuerdo en el recuento total de mis días. Su lengüita cuelga de su hocico, me da la impresión de que gotea encima del ladrillo tirado ahí debajo. Claro, el Negrito hacía eso. Corría alrededor del enorme caserón cargando el ladrillo en el hocico, desgastándose los dientes y perdiendo el aliento. Era su forma bizarra de mostrar que estaba contento, por lo general cuando mamá le hacía su lagua con cordero, o acababa de robarse uno de los rollos de queso que mi abuelita horneaba para el té. Me acerco, me reconoce, bate la cola y eleva el hocico, como para hacerme entender que desea ser acariciado. Mientras lo hago, llora quedamente y se relame. Creo notar que no es el mismo llanto que usa cuando mi abuelita lo tortura doblándole las orejas, o cuando mi abuelito está por llegar llevándole un pan, menos el que usa cuando quiere entrar a la casa, o ese llanto a ladridos cuando le desespera no poder atrapar la luz de algún espejo reflejada en cualquier lugar.

Escucho un ruido detrás y con los ojos empañados me veo a mi mismo abriendo la ventana, preguntándole al Negrito a que viene tanto llanto. ¡Qué aguda era mi voz! ¡Qué cara de crío ingenuo! Me faltan años para poder esconderla tras una tupida barba que disimulaba un poco lo que mi carácter jamás pudo ocultar. El Negrito me mira y, luego, me mira. Creo que no sabe con cual ir, así que opta por correr con su ladrillo a cuestas y tras un par de segundos en que ha dado la vuelta a la casa, sisíficamente vuelve a empezar. El niño ya no está en la ventana, seguro se fue adentro, al cuarto de mamá a ver Pokemon. No lo pienso demasiado y entro por la ventana pues lo quiero contemplar, pero el televisor está apagado y el niño ya no está solo: a su lado está el Negrito, echado dócilmente sobre la cama. El niño llora abrazándolo, le susurra lo sientos y le da besitos a su pastor alemán que, de rato en rato, lo olfatea y contempla pero nada más. Sé de buena fuente lo que pasó. El niño quiso recrear algo que vio en Los Picapiedras y terminó lastimando al pobre Negrito que lloró horrible, con un chillido ruidoso y tan fuerte como el súbito llanto del niño idiota que es, cuando descubrió lo que de verdad acababa de hacer. Entonces llegó al rescate mamá, y para consolar al niño inició la larga tradición de permitir a los canes echarse en la cama, donde el niño tiembla arrepentido y se abraza de su peludito.

Mi rostro ya chorrea, así que tengo que apartar la mirada. Salgo del cuarto de mi madre y me topo de nuevo con el niño, pero un poco más crecido. Muy de cerca lo sigue una doberman flacucha y vivaracha, batiendo la cola como batidora. No pierde de vista al muchacho, no hasta que me siente y se queda paradita mirando confundida, dividida entre su cría –el muchacho- y este grandulón que la mira desde lejos. Pero el muchacho tiene el buen tino de entrar al baño y ella se decide. Se acerca apresurada, haciendo cabriolas, “Artemisa, Artemisa.”, le susurro y ella llora que llora, como plañidera en funeral pero con dolor y sinceridad, como madre chillando por su hijo desahuciado. Mi mamá la saca pero ella se resiste y cuando se ve afuera hace de todo para volver a entrar.

No logro contener una carcajada. De modo que así fue el inicio de la guerra entre la Artemisa y mi mamá. Esa que se resumía en que mamá la sacaba y la perra abría puertas y ventanas para volver a entrar. El muchacho no lo sabe pero pronto verá barricadas hechas con maderas, sillas y cartones que Artemisa siempre derrumbará para infiltrarse en su cuarto y dormir con él. “Pensarás que es un monstruo.”, le digo al muchacho recordando ese miedo que me daban los fantasmas, cuando los confundía con el ruido que ella hacía para entrar a consolar al muchacho, acurrucándose a su lado hasta que se asomaba el amanecer y se retiraba en modo sigiloso, pues la guerra con mi madre volvía a empezar.

De pronto me doy cuenta que en un santiamén he sido testigo de la evolución de las barricadas que el muchacho conoció por años. Descubro que al moverme el tiempo va lento y cuando me quedo quieto se me escapa a traspiés. Pero no tengo ganas de maravillarme con mis descubrimientos, de pronto estoy demasiado ocupado ayudándole a la Artemisa a derribar las barricadas para que pueda echarse con el muchacho y, de paso, pueda yo sentarme a su lado y acariciarle el majestuoso pelaje mientras ella me contempla con sus ojos cafés, me lame con su lengua gigante, bate su cola y llora, siempre llora.

Otro descubrimiento: cerrar los ojos genera saltos temporales. Esto lo descubro porque noto que en este sueño no necesito parpadear. Claro que el experimento ha costado tiempo valioso y cuando ubico bien qué cosa he descubierto, buscó a mis pobres Negrito y Artemisa y me pongo a chillar. Aprovecho que el niño pierde su tiempo en el colegio para contarles mi vida después de que ellos murieron y siento que me comprenden, que hasta me quieren contestar. Y no sé bien cómo explicarlo, pero en esos mismos momentos es que recuerdo el borde del caño, la picazón en la frente y un dolor de plomo en el pecho, todo eso que no ha estado tan presente desde que entrecerré los ojos y aparecí en este lugar. Pero simplemente me relajo, doy un buen suspiro, contemplo sus miradas caninas y me permito sentir felicidad.

De tanto llanto se hinchan los ojos y en un descuido los cierro. Cuando los abro no encuentro a la Artemisa por ningún lugar. Camino hundiéndome hasta que me fijo en el muchacho y le calculo la edad. Claro, entiendo lo que va a pasar. Me enfilo al recibidor y la veo echada con la camada de cachorros que le puso el Negrito en la panza, ya todos fuera y sequitos, succionando las tetillas inflamadas de su mamá.

Por más que intento no logro reconocerlo al Tudito. Ni aun concentrándome en las palabras de mi madre que lo nombró Pelotudito por peludo, tonto y por ese par de perfectas esferas que tenía por bolas. No sé si es porque todos en la camada se ven muy parecidos entre sí, o porque me preocupa tanto lo que viene que no puedo pensar con claridad.

No falta mucho para el momento en que el muchacho se irá por un año a vivir en otra ciudad mientras sus dos madres lo llorarán en este lugar. Sé que no puedo hacer nada, lo que me inquieta es estar atado a la presencia del estúpido muchacho que deja todo atrás. Entonces llega la verdad, parte, se va, y con agrado descubro que, efectivamente, me puedo quedar. Por un rato intento consolar a mamá pero ni siquiera se inmuta de mi presencia. Así que regreso al recibidor y me acomodo con los cachorros, dándoles nombres secretos, mirándolos crecer, persiguiéndolos cuando mi madre les encuentra hogares, tomando nota de a dónde van, dispuesto a por fin enterarme qué fue lo que pasó con la progenie del Negrito y la Artemisa, procurando no alejarme demasiado hasta que vuelve el muchacho arrepentido, con la cola entre las patas, y el reloj de la Artemisa pronto parará.

Por un rato se me ocurre que puedo soportarlo, pero rápidamente descubro que no. Me hago un testigo nada mudo pero que Artemisa ignora como si ya no me pudiera escuchar. La flaca se come un durazno, se toma leche, los recibe de la mano de esa vecina de mierda, una vieja hija de puta que la asesina a través de la rejilla de la puerta de calle. Artemisa traga, yo intento arrancarle el corazón a la vieja, pero nada. Y no me queda otra más que sentarme a llorar un torrente ininterrumpido por parpadeos o deshidrataciones. Tanto así, que se extiende por los días y más días de convalecencia en que Artemisa comprende qué le depara el destino y –una mañana de sol algo cubierto por unas pocas nubes- el muchacho se marcha al colegio y la perra espera a que se despida y le da una última lamida y mira cómo se marcha y espera a escuchar la puerta de calle cerrarse y posa sus ojos en mí y -dedicándome un último llanto como silbido- los cierra para no abrirlos más.

Me resquebrajo y disuelvo, intento escapar. Me dispongo a perseguir a mi madre, a mi padre, a los que alguna vez me hicieron creer que existe la amistad, pero me doy cuenta de que estoy atado a los perros gracias a los varios jalones que me llevan a presenciar las vidas y las muertes de la camada de la Artemisa y el Negrito, cosa que no hace más que ahondar la comezón en la frente, el sabor a cobre y la desesperanza inicial.

Por algún motivo no se me permite quedarme a lado del Tudito y el Negrito en esa etapa que conozco de memoria, cuando llegamos a la tercera casa que recuerdo en el recuento total de mis días. Quiero, pero los jalones me transportan a todos los lugares donde conocí un can y vuelvo a compartir un ratito con esa totalidad. Los reconozco pues tenía la costumbre de sentarme a hablar con callejeros para contarles lo que sea que no había podido hablar con mi buen amigo Solomon. Pero no los presencio solo en el momento aislado que compartí con ellos, me toca ver sus vidas enteras y sus respectivos fines. Las muertes naturales, los molidos a palos, los cercenados y destripados, los envenados o atropellados, los que fueron amados y protegidos, los que enfermaron o los que siempre me recordaron, así como los que murieron recordando a otros amables extraños antes de morir. Todo sucede de súbito, como un golpe en los testículos. Soy testigo de la  vida que vivió el muchacho hecho universitario, aquellos momentos que terminan en un revolver que no termina de quebrarme.

Ya basta. Quiero despertar. Es mucho peludito abandonado que no pude adoptar. El acabose es volver del universitario al muchacho y luego al niño para presenciar el momento tras un campamento en que le tiene que tirar una piedra a un pobre perro mestizito, lleno de garrapatas, que se había dejado mimar al calor de las fogatas y que ahora llevaba como 5 kilómetros persiguiendo al carro donde va el niño cobarde que recién se atreve a espantarlo, tal como luego tendrá que hacer el universitario a un par de cachorros hermanos que lo persiguieron por un kilómetro, cuando aprendí que no había aprendido nada.

¿Qué queda? Aprieto los ojos con rabia y me dejo caer. Todos los perros lloran al unísono, lloran como la Artemisa, hasta que separo los párpados y lo veo al Cayo cagándose en todo el departamento de mi novia y obtengo un breve respiro en que me quedo a acompañarlo durante las largas horas que lo tenemos que dejar solito para irnos a trabajar. Me abrazo de su cuerpo huesudo, le aseguro que nad está mal y cuando llegamos, salto y vuelo, aterrizo en la casa de mi primita y lo mimo al abandonado Dumbo que llora y llora que llora  bajo la luna. No para de llorar.

La frente arde, quema, desespera, pero es más fácil ignorarla y simplemente continuar. De alguna forma no me sorprende ser jalado a la presencia del Tudito. Ya se acercaba el día en que Solomon llegó con el revólver y supuse que algo tenía que pasar. Porque ahí no queda nada que contar. El Tudito tiene una extraña condición que hizo que toda su vida se viese como un cachorro pero igual no puedo evitar notar que ahora se ve mayor; seguramente hoy es el día en que el muchacho se va de la ciudad para hacerse universitario lejos de acá. El Tudito lo mira confiado, claro, para él este es un día más y algo me dice que no entiende porque reina tanta tristeza en su hogar.

El Tudito es hermoso. Sabe que el universitario no está pero me trata como si fuera él. Se echa conmigo y bate la cola mientras se acomoda y yo le charlo de la vida y la existencia, le cuento la leyenda de la amistad entre humanos y él me enseña que los humanos no tienen mejores amigos que los perros. Lo dice especialmente cuando las tormentas eléctricas lo dejan temblando y se refugia bajo la cama que perteneció al universitario y que entre los dos osamos usurpar. También lo protejo de los gatos del vecino que vienen a bullearlo, y trato de distraerlo de todos los fuegos artificiales por los que nunca antes lo pude consolar.

El paso de los años me enseña que quizá he subestimado al Tudito y sus prioridades. Cada que llega el universitario se olvida de mí y se dedica a él y a nadie más que a él. Son esos los ratos en que cierro brevemente los ojos y la frente me duele cada vez más. Tanto que me distraigo y sin querer llego a los años en que el universitario no regresó más. Y lo presencio, lo miro. Por fin veo lo que mi madre solo me pudo narrar: la decadencia del Tudito. Su vejez, su soledad en la que no soy más que un magro consuelo a mi ausencia. Lo noto cada vez más lento y cansado. Y cuando me mira… parece decirme “te amo, pero tú no eres mi Tú. Mi Tú me abandonó y no lo volveré a ver.”, y yo le pido paciencia desesperado con lágrimas en los ojos, pero él está derrotado y, para colmos, enfermo, con el estómago hecho un jirón. “Entonces, dime… ¿por qué no vuelve mi Tú?”, y yo le contestó que el universitario ahora es un bastardo que trabaja y no sabe cómo vivir, que no tiene vacaciones y además… con un gesto me desmiente, sabe que no digo toda la verdad. No sé cómo explicar que no supe regresar, que quise creer que mi vida estaba solamente en otro lugar y que volver me parecía morir, pero que nunca olvidé. Ni a él, ni a ninguno de los perros que me tocó amar.

Un día llega el bastardo a vuelo de cuervo y el reencuentro entre ambos fue tan dichoso como recordaba. No quise quedarme mucho, solo lo suficiente para ver eufórico a mi Tudito y regocijarme con las lágrimas del bastardo abrazándolo, herido de amor, todavía creyente de la hermandad entre humanos, arrepentido frente a la vejez de esos ojos que ve por última vez. Se desvanece y su voz se escucha en el altavoz del celular de mi mamá. El bastardo llora y da un discurso mientras la veterinaria prepara la inyección que parará la vejez que tanto lo tortura al Tudito, que ya ni comer puede. Me echo a su lado y empieza a llorar como Artemisa. Me contempla. “Nunca alcanza el adiós. Está lleno de preguntas, tristeza y asuntos pendientes. Pero ya nos vamos a encontrar.”, dice a duras penas y yo que me derrito y me quema la frente. No sé qué decir. Es la primera vez que veo la imagen que hasta ahora solo pude imaginar: el Tudito tendido en sus mantas, el cuerpito flaco, los ojos entreabiertos, la noche arrastrando el rumor de los santos y mi cabeza filtrando un haz de luz artificial sobre su rostro moribundo, cuando la veterinaria acerca la aguja y mi madre llora y yo le digo: “adiós al más miedosito, el más tierno, el eternamente cachorro que ni con tus achaques de viejo dejaste de parecer el inocente niño que siempre fuiste.” Y le pido perdón por la distancia, y él llora, y todo acaba… y ya no puedo más.

Despierto una mañana gris en la tercera casa que puedo recordar. A mi lado duermen el muchacho con su Tudito, huelen a algo que deja un sabor dulce en mi boca, como a inocencia y juventud. Y lo sé. No necesito del ardor en la frente y la tristeza devorándome para darme cuenta qué va a pasar. Así que me adelanto a los hechos y bajo al patio donde me espera el Negrito botado en su casita. Desde hace un tiempo que casi no se mueve. No está tan enfermo, simplemente cansado.  Embrujado por la conjunción de días que ha sabido vivir. Verlo así de apagado es un axioma roto. Rompe con la imagen del cachorro mordiéndome los pies para destruir mis zapatos, jugando conmigo como el hermano can que tuve; aniquilan su inmortalidad ganada cuando, contra todo pronóstico, venció el parvovirus o cuando sobrevivió tras ser aplastado por las llantas de un auto a toda velocidad. Lo acaricio y me reconoce. No sé si él lo sabe, pero el muchacho bajará en unos minutos y lo verá morir. El Negrito se irá mientras el muchacho lo acaricia, le dirigirá una última mirada con sus ojos de amanecer y se marchará para siempre a dondequiera que se van los amigos fieles cuando les toca desaparecer.

Estoy seguro de que si tuviera sangre me estaría desangrando de labios y lengua de tanto morderme para aguantar el dolor de la frente, de hecho estaría sangrando tanto como el Negrito aquella vez que volvió de una de sus escapadas a la calle con un tajo gigantesco en el pecho, que el niño nunca supo cómo su mami y su abuelito lograron curar. El Negrito nota mi dolor y me da un débil lengüetazo. “Gracias, gracias Negrito, pero guárdale un poco al muchacho que ahorita va a llegar.” Y él me pide que acerque la manga, la muerde bien fuerte, la daña, la suelta, y me pide que cuando pueda, le entregue de su parte ese mensaje a mi mamá.

El muchacho llega y se acuclilla frente al Negrito. El dedo de Solomon ya ha emitido su juicio, su indiferencia grita aburrimiento, la frente quema, el corazón es un plomo, el Negrito gime bien suavito y a mí se me escapan lagrimones confundidos. Desde algún lugar murmuran la Artemisa, el Tudito, el Cayo, el Dumbo y me pongo a pensar que quizá me espera un sitio construido por los perros y que ahora ellos guardan. El muchacho ya entiende lo que va a pasar, la inocencia muere en sus ojos, pero la yerba mala es la ingenuidad. Me arrastro a la casa del Negrito, me echo encima suyo, nos fusionamos sin dramas, ni luces, ni brillos, apenas un suspiro al unísono que presentimos es el penúltimo que vamos a dar. Miramos al muchacho, le deseamos lo mejor, le decimos que lo amamos, que lo vamos a extrañar y mientras cerramos nuestros ojos, lo último que alcanzamos a ver es el llanto silente del muchacho pero también los ojos de mi mejor amigo, mirándome aburrido detrás del humeante caño, al final de todas las cosas.

 

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“Estos son los viajes antes que me perdiera”
– Cerpin Taxt

Foto Antigua
Todos los días escuchamos al menos un poco de música. Sea en el taxi mientras nos movilizamos hacia cierto punto de la ciudad, o en el trabajo mientras nos fatigamos con las vicisitudes de conseguir el dichoso pan de cada día- pues de algo hay que morir, diría Cortázar- e inclusive en nuestras propias casas, intentando escapar al tedio de la náusea que nos queda al digerir la rutina. No es que la vida sea una especie de tortura, simplemente remarco la existencia de un tedio del que nos salva la música y sus misteriosas vibraciones que colman nuestro sentido del oído – y hasta el resto de los sentidos ¿por qué no?-, transportándonos fuera de (o quizá debería decir ecto, como en los líricos voltianos) donde sea que creamos que está vivir.

Pero casi siempre estamos oyendo más de lo mismo. Afrontémoslo, lo que generalmente se escucha hoy en día, sea en la radio o en los canales televisivos dedicados a la emisión de videos musicales, son tonadas repetitivas, poco pensadas y churriguerescas, dedicadas a un público que más que perderse en escuchar y moverse bajo un ritmo, desea idiotizarse en bailes insanos o ritmos repetitivos. Ello no es malo; bailar es una expresión importante y deliciosa. Sin embargo, en todo medio existe la tendencia a la exageración y degradación comercializada. Cada día nuestros oídos son castigados con grupos que no desean pasar de tocar lo mismo todo el tiempo, sin experimentación, sin ninguna variación, sin atreverse a mirar más allá de sus propias narices. Y, lo que es peor, en muchos casos, alimentan a sus oyentes de fantasías sexuales improbables, de ideales románticos anestesiantes y mentirosos que nos alejan del amor y nos acercan a ensueños imposibles que buscan perfección y se alimentan del engaño. Ni siquiera ahondemos en todas las canciones que venden la idea del machismo o de la idolatría al dinero. La moda de hoy invita a todas las anteriores, terroríficamente.

Por supuesto que no se puede aplicar esto a toda banda existente. Ni siquiera podemos decir que la totalidad de la obra de un músico sea una pérdida (excepto de Pitbull, él si apesta en todo), aunque sí se puede decir que estamos plagados por una era musical dedicada al comercialismo y a los anestésicos machistas. Pero en medio de esta epidemia de malas bandas surgieron, y probablemente aun surgen, unas pocas distintas. Como The Mars Volta. Ahora, me encantaría ensalzar a niveles religiosos a la que fue- y es, y será- mi banda favorita, pero no me parece justo simplificar lo que The Mars Volta era con semejante ceguera y actitud lamebotas. Sí, voy a hablar de la manera en que un fan habla. Sí, voy a ensalzar mis sentimientos cuando escucho a esta banda y espero que algún otro fanático que me lea pueda identificarse con lo que siento al escuchar The Mars Volta. Especialmente hoy, 24 de enero del 2013, que escribo esto, día que Cedric Bixler-Zavala anunció que ya no forma parte del dúo que comprendía a The Mars Volta y, por ende, al conjunto que era The Mars Volta Band.

Triste noticia (desgarradora para fans acérrimos como yo) que nos invita a pensar un poco en cómo surgió todo gracias al mismísimo Cedric Bixler-Zavala, como cantante y liricista, y al compositor, director, productor y multi-instrumentalista Omar Rodríguez-López, ex –miembros de la banda At The Drive In, oriunda de El Paso, Texas. Dos singulares personajes quienes mars_volta_guys_by_ImaWreckdecidieron abandonar el creciente éxito de At The Drive In debido a lo que Rodríguez-López llamaría “sofocamiento creativo y una onda muy Nü Punk Rock que no servía para nada”, saltando a fundar un grupo llamado De Facto con su amigo el sonidista Jeremy Ward. De Facto experimentaría con sonidos latinos/salsa y electrónicos y tras la incorporación a la banda de la bajista Eva Gardner y el tecladista Isaiah Ikey Owens, se formaría The Mars Volta.

Empezarían grabando un EP llamado Tremulant, tras el cual sacarían, el 2003, su LP debut, De-loused In The Comatorium (el cual, entrando en la lógica de los comercializados, vendió más de 500,000 copias pese a que el álbum prácticamente no fue promocionado). Este album recibió muchos elogios por parte de los exigentes críticos del momento. Después sacarían su segundo LP, Frances The Mute, el 2005, el tercero Amputechture, el 2006, el brutal cuarto álbum Bedlam in Goliath, el 2008, el quinto Octahedron, el 2009, y el último disco, Noctourniquet, el 2012.

Lo que atrajo a la gente a este grupo no fueron solo sus ritmos de rock progresivo con un toque de jazz, de punk y un poco de sabor latino, o sus letras bizarras y crípticas, sino también el contenido de esas letras, la energía que transmitían en su música, sin mencionar la improvisada, movida y especial forma en la cual tocaban en vivo. Rodríguez-López con su aparente manera explosiva, creativa, armoniosa y caótica de tocar la guitarra, que esconde a un tirano obsesionado con la perfección en sus parámetros, a tal punto que era cuerpo del grupo y parte del alma junto a Bixler-Zavala. Ambos sumergidos en un lago creativo donde nos confundían con sus letras al tiempo que nos contaban historias que hacen pensar, quizá en nosotros mismos o en los demás, no importa. Bixler-Zavala sabe cómo llevar su voz a un tono potente y con ella relatarnos las historias que su mente ha creado a través de un lenguaje especialmente tratado. Quizá en la improvisación, quizá en el cuidadoso estructuramiento de los líricos, de nuevo ¿importa? ¿De verdad importa cómo era que estos músicos creaban la música y su letra, tanto como que nos la traían?

Antes de que hoy, 24 de enero del 2013 que escribo esto, me perdiera ante semejante noticia, pude viajar con la música que nos ofrecieron durante 11 años. Como en Ddelousede-Loused In The Comatorium que nos cuenta la historia de Cerpin Taxt y su suicidio. Esta historia está basada en la muerte del difunto amigo cercano de Bixler-Zavala y Rodríguez-López, Julio Venegas que se había suicidado de la misma manera que Cerpin Taxt (monumental momento del disco titulado Televators). En este álbum toda la música está escrita por Rodríguez-López, al igual que los líricos (salvo Drunkship of Lanterns y This Apparatus Must Be Unearthed, en donde recibe la contribución de Bixler-Zavala), pero la historia y el libro de Cerpin Taxt, una obra de mucha complejidad lingüística y plagado de imágenes surrealistas, fue elaborada por Bixler-Zavala con el apoyo de Jeremy Ward, el entonces sonidista de la banda y viejo amigo de Bixler-Zavala y Rodríguez-López. El álbum, en sí, tiene muchos ritmos del estilo latino y una prodigiosa y explosiva guitarra que Rodríguez-López maneja con maestría, además de la contribución de Flea y John Frusciante. En este primer LP de The Mars volta nos podemos perder en la bella tristeza nostálgica de Cicatriz ESP, o la lenta abrumadora vitalidad de Televators (balada en toda regla, hasta por estar fuera de las mismas), sin olvidar el intro que forman Son et Lumiere e Inertiatic ESP que, en palabras de otro fantatico acérrimo como yo, dio una patada en la cara al rock del 2003 anunciando un cambio inesperado que se confirma con la épica conclusión a este primer disco: Take the veil Cerpin Taxt. El gran mérito de este disco estreno fue la capacidad de convertir una novela en música vigorosa al compás de las poderosas orquestas que Rodríguez-López dirige y Bixler-Zavala canta.

En el periodo que siguió, el sonidista Jeremy Ward murió por una sobredosis de heroína, dejando a la banda un hueco y dos diarios. De esos dos diarios nacería el segundo LP, Frances The Mute. Uno de los diarios pertenecía a Jeremy Ward y hablaba de su vida de hijo adoptado, su eterna búsqueda de sus verdaderas raíces, y el otro diario (que había sido halladofrances por Ward) curiosamente tenía un contenido muy parecido al de Ward pese a pertenecer a un completo extraño. Los mitos marsvoltianos (que son muchos) cuentan que tras la muerte de Ward, Bixler-Zavala se encargaría de sacar una historia de ambos diarios, para luego transformar en líricos todo aquello mientras que Rodríguez-López se encargaba de crear música a la cual los líricos se adaptarían (o quizá fue viceversa, no me atrevo a afirmar nada sobre ello). Las canciones de este álbum son de un contenido bastante instrumental, momentos de calma que parece eterna para que sorpresivamente Rodríguez-López nos sorprenda, y maraville, con su explosiva guitarra, al mismo tiempo que Bixler-Zavala nos viola con los contenidos liricos y su voz en falsete pronunciando frases que parecen no tener sentido, pues es necesario contaminarse con ellas, pensarlas y convertirnos en aquello que creemos que expresan para poder hallar un sentido que quizá no exista. A todo lo dicho sumemos a la batería, el bajo, el saxofón, el teclado, la percusión, la trompeta de Flea, los violines y una gama de instrumentos que hacen un disco de rock progresivo-salsa-jazz orquestal. Prueben escuchar los 32 minutos de Cassandra Gemini sin escandalizarse ante los tremores de emoción que nacen de los silencios y de las explosiones instrumentales. Traten de no sentirse apabullados escuchando The Widow. Intenten escuchar todo el album evitando que nazca la pregunta ¿cómo es posible que la salsa, el rock y el jazz combinados suenen tan bien en una estructura de música clásica?

Después vino Amputechture. Disco en el que, en palabras de Cedric, quisieron hacer un: “…comentario sobre el miedo a Dios en lugar del amor a Dios que va mano-a-mano con el Catolicismo… Para mí, la religión es la razón por la cual hay tanto conflicto en este mundo, y pienso que simplemente es tan innecesario creer en este Dios de ojos azules, de blanca barba y de pelo cano. Amputechture es mi manera personal de describir la iluminación, o simplemente la celebración de esta persona que es un shaman y no una persona loca”. Como Cedric expresa, este álbum trata de mostrar su punto de vista sobre la religión, pero no solo criticando a la iglesia que la maneja, sino a los creyentes que la mantienen viva, Bixler-Zavala juega hábilmente con las palabras y crea términos nuevos, rescata palabras que han caído en un lento olvido debido a su poco uso en la rutina y nos obliga a ampliar nuestras mentes, no solo por el vocabulario utilizado en todas sus canciones sino también en el sentido de abrir nuestras mentes a este mensaje que intenta pasarnos.amputechture La música de este álbum causa un fuerte contraste con los anteriores, pues los ritmos son más lentos y menos explosivos pero aun así no dejan de ser sorprendentes y si escuchamos con paciencia logramos sentir de nuevo la energía explosiva y caótica de Rodríguez-López, especialmente en canciones como Tetragramaton, Meccamputechture y Day of Baphomets. Canciones como Vicarious Atonement, Asilos Magdalena y El Ciervo Vulnerado son de un ritmo más lento y letras más significativas propensas a esa pequeña crisis angustiosa de sumergirnos en algo que no comprendemos del todo, al tanto que Vermicide queda como la canción estructurada en un “verso- coro- Verso” que no deja de ser agradable, al tanto que Bixler Zavala se transforma en el alma de la banda puesto que lo que más sobresalta en la mayoría de las canciones es la pasión de su voz y sus líricos, menos en Day of Baphomets donde su voz y la guitarra de Rodríguez-López parecen competir por el liderazgo cuando, en realidad, el show es robado por Juan Alderete y su todopoderoso bajo que todo lo soporta. En suma, Amputechture es el mejor álbum creado por The Mars Volta, pero el más subestimado e ignorado por sus fans.

Más tarde dieron vida al Bedlam in Goliath, álbum que quizá no tiene la misma entereza experimental del Amputechture, pero que, en mi opinión, ningún álbum de su discografía tiene la energía que tuvo este. Es una patada voladora desde la canción de apertura llamada Aberinkualbum-the-bedlam-in-goliathla, cuyo desenlace se asemeja a la locura del disco en general. Es una explosión: energética, musical, cantada, conceptual y hasta emocional; eso se comprueba en la batería de cada canción (llevada brillantemente por Thomas Pridgen) que parece guiar a los demás instrumentos o, a veces, sostenerse por un camino solitario mientras los demás hacen otra cosa, sin que esto haga a las canciones menos armónicas. Metatron, Ouroboros, Cavalettas, Agadez, Wax Simulacra son confirmaciones a esta regla de la constante explosión con descansos aparentes que nos mantienen en tensión, esperando más golpes directos, más patadas voladoras sin darnos cuenta que ya nos encontramos en el suelo sangrantes y medio muertos de golpeados. Si Tourniquet man, Soothsayer, Conjugal Burns e Ilyena son canciones que nos dan la ilusión del respiro (donde no pasa otra cosa que un suspenso terrible y gozoso), Goliath es la canción donde todo se hace obvio, es esa pieza del rompecabezas que nos hace comprender la simpleza de todo el asunto, pero, y por lo mismo, hace obvia la belleza del álbum. Es decir: la complejidad sonando a simpleza ¿Cuántos músicos pueden preciarse de eso? Más de los que uno cree, pero en el panorama de la música actual, pues es una característica muy valiosa. Si a todo esto le añadimos la historia que cuentan los mitos marsvoltianos sobre la oujia que trajo a la banda desgracias e infortunios, podemos considerar que quienes disfrutamos de este álbum hemos podido sumergirnos en una fantasía extraña, como cuando uno es niño y de verdad cree en las cosas.

Todo continúa con Octahedron, esa colección de baladas electrónicas que buscaban definir lo que para ellos era lo aoctahedroncústico. Definiéndose como la banda que busca el cambio, la evolución y las mutaciones, The Mars Volta creó un álbum que forzaba a sus fans a comprender que ellos eran una banda amiga de violar zonas de confort. En especial las propias. Y no importa cuánto se note a un Pridgen, ese Balotelli de la música, buscando refrenar su habitual violencia para acoplarse a las intenciones acústicas, ni que el receso del álbum sea una canción explosiva llamada Cotopaxi, lo que aquí importa es el mensaje alto y claro que mandaron: nos gusta variar, y si para ello debemos hacer pop, so be it. Es un disco admirable cuando uno se pone a analizarlo, nadie presenta al electro-pop, tan masticado hoy en día, con esas ondas oscuras y graves para seguir siendo clasificado como rock progresivo.

El final de todo su legado recibió el nombre de Noctourniquet. Un viaje de rock, hip hop y post punk que ahondaba en las dinámicas musicales de los Volta, pero presentaba un producto que sabía a novedad. Con Deantoni Parks dándole un aire distinto a la batería, los Volta presentaron un álbnoctourniquetum muy esperado, muy retrasado pero que no decepcionó ninguna expectativa. Si bien en el aire ya se olía la muerte inminente, no se podía negar que desde The Whip Hand, Malkin Jewel y Aegis con su estilo hip hopero, el desborde rockero de Dyslexicon y Molochwalker, el delicioso atrevimiento post punkero de Empty Vessels Make the Loudest Sound, In Absentia, Imago y Noctourniquet y el adiós definitivo que, hoy, representa Zed and Two Naughts. Es un disco que, debido a lo que pasó, se ha convertido en casi inefable. Y no porque no podamos hablar del suspenso en que te mantiene escuchar el avance de cada track, o el deleite ante la batería jazzera tocando de esa manera. Se convirtió en inefable porque se lo anunció como el fin de una era. Y, vaya, terminó por serlo.

En sí, The Mars volta fue considerado como un grupo singular. Los mismos fundadores del grupo no deseaban ser etiquetados dentro del rock progresivo, pues decían que la cosa está en hacer música sin preocuparte por las etiquetas que podría recibir esa música que creaste. Sin límites para una canción, que bien puede durar un minuto o media hora, sin aferrarse a la seguridad del éxito de una formula repetitiva donde todas las canciones terminan por ser una copia al gran hit que los hizo famosos, con letras que narran historias de una manera compleja, elaborada, surreal de repente, pero siempre con palabras que no apuntan a sentidos fijos y que- quizá adrede, quizá no- son interpretables de diferentes maneras en cada persona que las escucha. Sin contar con que las palabras proferidas por Cedric son tan dinámicas que Asilos Magdalena significará una cosa hoy, otra mañana. Significantes ricos en significados, algo más común de lo que parece, y aun así difícil de lograr, cuyo mérito recae en lograr hacer obvia su riqueza de significancias. Podría decirse que The Mars Volta fue el resultado del deseo de dos hombres de El Paso, Texas que no quisieron que la música que hacían se volviese repetitiva tan solo por gustar al público o que se vieran limitados por seguir un estilo fijo, sino deseaban que su música implosione en el mundo, sin límites, al tanto que nos contaban la historia de su amigo Julio Venegas, de su amigo Jeremy Ward, del anónimo autor del diario que Ward halló y del mundo que los rodea. Es por eso que The Mars Volta se transforma en una de las pocas bandas que se atrevió a tocar lo que quiso y no lo que los demás pidieron.

Hoy nada más queda que su recuerdo. Quisiera mirar al frente con la esperanza de una reunión, quizá soñar con discos inéditos. Lo cierto es que esa espera es un signo claro de un proceso de duelo que te obliga a estallar por dentro y morir, para luego renacer y darte cuenta que el mundo no es el mismo. Todo se ve igual, pero sabe diferente. La muerte es así, se ensaña con los vivos, los tortura con su presencia y no los deja mirar al frente sin querer derramar una lágrima o dos. Habrán quienes piensen que The Mars Volta era nada más que una banda, buena, mala, rara o como sea que la vivan, no discutiré con ellos. Es más, les daré la razón: no eran más que una banda más en el sinfín de bandas que existen. Una buena banda, sí… pero una banda al fin y al cabo. Pero para quienes crecimos junto con la banda, para quienes esperábamos con ansias cada álbum, que escuchábamos sin descanso sus canciones, maravillándonos en cada ocasión con algo nuevo que notábamos en sus liricos y en su música, para quienes fuimos pasajeros de su Drunkship e hicimos los viajes más increíbles donde encontramos revelaciones sobre la importancia de experimentar e innovar y encontramos, también, cierto sentido en el vigor insano de sus producciones…para quienes cambiamos con, y gracias a, ellos, pues es como perder a un ser querido y encontrarse con las inevitables lágrimas enturbiando las perspectivas del futuro. Es como perderse, desgraciadamente.

Termino estas palabras de adiós a una gran banda recordando la ocasión en que le mandé a Cedric, por Twitter, unos liricos que había encontrado de los Dregtones (otra gran banda que deben escuchar) en internet, preguntándole si es que eran correctos. Nunca olvidaré su respuesta puesto que es uno de los mejores consejos que me dieron jamás: “Nunca confíes en las interpretaciones de los demás”. Y me doy cuenta que todo este panegírico ha ahondado en mi interpretación de la música de los Volta, en una especie de dolorosa terapia para superar el deceso de mi banda favorita. Así que, además de poner el discurso final de Cedric Bixler-Zavala en relación al fin de la banda, los dejo invitándolos a que formulen sus propias interpretaciones de la música que cambió mi vida, quizá en la cándida esperanza de que nadie se pierda la chance de ser revolucionado como yo lo fui alguna vez, o quizá porque quiero que sean muchos quienes lamenten la partida de algo tan grande.

Palabras de Cedric, en Twitter, respecto a la disolucion de la banda:
“Thank you to all Volta fans you deserved more, especially after the way you rooted for us on this album. I tried my hardest to keep it going, but Bosnian Rainbows was what we all got instead. I can’t sit here and pretend anymore. I no longer am a member of Mars Volta. I honestly thank all of you for buying our records and coming to our shows. You guys were a blast to play in front of. We could never had done it without you. My dream was to get us to the point where Jon Theodore and Ikey Owens came back but sadly it’s over. Thank you a million times over for ever giving a fuck about our band. For the record I tried my hardest to get a full scale North American tour going for Noctourniquet but Omar did not want to. I guess a break from Mars Volta means starting another band and ignoring all the support the fans gave us. I tried my hardest, guys. All I can do is move forward with my music and just be happy that Volta ever happened at all. God Damn we had a blast! Thank you again. I just feel really guilty for not even really saying the truth because a hiatus is just an insult to the fans. To all our fans all over the world: thank you for giving a fuck. You all ruled! I don’t think I’ll ever hear “A Fistful Of Dollars” the same. My record will see the light of day soon and I’m excited because it sounds nothing like my previous endeavors. I’m not joking about any of this, I owe it to you guys (all fans) to be serious about this. Thank you to all past members who helped Volta along, as well. We blasted through like a comet and left our mark! If you ever see me in person and want to know why I’ll tell you my side of the story. Finally, Please just be happy that it happened at all, remember all the opposition we were met with for just starting a new band back in 2001.”

finale