Posts etiquetados ‘Helene Fechner’

– Para Helene Fechener          – Para Gustavo Sánchez

– Para Diana                                 – Para Blacky

Y una mención muy especial para:                   

– Liliana Sánchez                                        

De niño, Alejandro, no temía a la muerte. Era como un concepto muy lejano e inexistente en las posibilidades de su vida. Bien podía acabarse el mundo, pero su madre, su abuelo y sus perros estarían para siempre ahí. Pero eso solo fue hasta que Diana murió, y fue entonces que adquirió una desesperante conciencia de la mortalidad. Una especie de sentimiento de vacio avallasador que se presentaba por sorpresa y lo amedrentaba hasta el cansancio, lo dejaba con las lágrimas trancadas en el pecho y con la angustia a flor de piel. Tales eran las tortuosas visitas a los pensamientos acerca la mortalidad.

 
Diana había sido una doberman orgullosa con un complejo de madre sobreprotectora cuando se trataba de Alejandro. Su muerte había llegado tras dos días de enfermedad, al haberse quedado débil al dar a luz a una cuantiosa camada de cachorritos. Era una perra inteligente y traviesa. Se daba modos de colarse dentro de la casa, sea derribando puertas, rompiendo ventanas, aprendiendo a manejar manivelas, todo para pasar tiempo con su hijo adoptivo, su cachorro humano Alejandro. Aun antes de morir se había preocupado de mantenerse viva, hasta que el infante Alejandro se despidiese y marchase al colegio, había alargado su vida lo necesario para que Alejandro cerrase la puerta de calle y así ahorrarle el horror de la desolación al ver la vida abandonando a un ser amado.

 
La impresión lo había calado tan hondo que, pronto, la noción recién aprendida de muerte sacó más lágrimas a los ojos del niño, además de las que había derramado cuando su madre le explicó sobre la muerte de su perrita. Y entre lágrimas rogaba a su madre que no se muriese, que jamás se muriera. Y tanto rogó, que al final su madre le contó una mentira piadosa para calmar el llanto de su niño. “¿Ves este lunar en mi ojo? Quienes lo tenemos nunca moriremos” había dicho con una sonrisa en la mirada y voz conciliadora. Fue desde ese entonces que la muerte se convirtió en revisar quienes tenían aquel lunar en el ojo.

 
Fue así como no lo sorprendió cuando, mucho tiempo después, su abuelo murió. Él también le ahorro el horror de la desolación puesto que murió, tras una larga enfermedad, mientras él estaba en la escuela. Y si bien el dolor estaba ahí, además del miedo acezante, no pudo evitar pensar que hacía mucho que sabía que su abuelo moriría. Pero de la misma manera estaba consciente de que él también moriría.

 
Lo había notado días después de que su madre le revelara la verdad sobre los lunares de ojo. Se había revisado durante horas sus ojos celestes pero sin ningún éxito. Sin ningún lunar que certificase su eterna permanencia en el mundo. Y eso lo introdujo al horror de la mortalidad propia. Y su angustia pasó a preguntarse a donde se iban los muertos, a qué lugar inaudito partían los muertos ¿sería la muerte una inconsciencia infinita? ¿un espacio negro donde ni los pensamientos tenían cabida? ¿era la muerte olvidarse de existir, o era aprender a existir de otra manera?

 
Por eso se sentía más o menos curtido para cuando la tercera muerte en su vida acaeció. No era más que un adolescente cuando Blacky, su perro más viejo, murió en sus brazos, cansado del mundo en esa innatural muerte natural. En aquella ocasión, por fin, había presenciado el horror de la desolación, mismo que lo remitió a esos antiguos y perenes vacios de su infancia. La angustia absoluta ante la muerte de su perra, ante la chance de la muerte de su madre, ante la repentina realización de su propia fragilidad de mortal, ante el cese de quien en vida había sido más padre que abuelo, más consentidor que severo, más bondadoso y sensible que aquella figura mítica que su madre decía que era el abuelo. La muerte de Blacky, en cambio, fue la muerte de un hermano, fue la muerte que le hizo dar cuenta que su pobrecilla madre inmortal quedaría sola en el mundo cuando todos ellos, incluido él, se hubiesen ido. Y aquello representaba otra razón para temerle a la muerte.

 
Fue Helene quien lo cambió todo. Helene y sus verdes ojos, sus inocentes ideas, su vocecilla tierna, su belleza de mujer y su aura de niña. Helene y sus tristezas, la dicha que ella traía y la dicha que se robaba. Ella y su lunar en el ojo, uno igual al de su madre. Incluso ubicado de la misma manera. La maravilla de Alejandro por encontrar a otra alma inmortal era una sin par, como nunca más se vio en el mundo. Sabiendo inmortal a Helene, se largó a amarla con la misma intensidad con la que temía a la muerte, se lanzó a unirla a su pobre inmortal madre para que se hicieran compañía cuando el inevitablemente muriese y las dejase solas para irse a un lugar donde no podría darles de su cariño. Ni tampoco recibirlo. Aunque quizá, con algo de suerte, si estar con sus perros y su abuelo.

 
Por eso el golpe fue más profundo, poco tiempo después, cuando una voz al teléfono le anunció que Helene se había suicidado. De nuevo lo atrapó el vacio, le recordó al horror de la desolación y lo dejó estúpido ante la mala nueva de que no existía nada inmortal en la vida. Y convencido de que más allá solo esperaba un olvido tan enorme del que ningún lunar podría salvarlo.

 
Cuando se lo dijo a su madre las lágrimas le nublaron la mirada. Se encontró a si mismo todo mayor y crecido llorando en los brazos de su madre como el niño que alguna vez había sido. Llorando por su perrita y su perrito, por su abuelo y por si mismo, por Helene y su suicidio, por Helene a quien amaba, por Helene a quien extrañaba, por su madre para que nunca se fuese de su lado, por su madre para que no lo dejase solo esperando a la muerte, mientras a su alrededor todos se marchaban, lloró más que nada por la abominación de la desolación y el eterno vacio, la nada absoluta y el olvido supremo que significaban para la muerte.

 
Fue entonces que su madre lo miró con una especie de tierno reproche. Le señaló su lunar en su ojo y le dijo: “¡Ay mi tonto hijito! ¿Qué no entiendes que la vida no se trata de eso? Quizá la vida es creer que se tiene un lunar en el ojo, justamente porque nadie lo tiene.

 

 

Anuncios

A Helene Cecile Hayley

Publicado: mayo 31, 2012 en Zopilotadas
Etiquetas:, ,

Carta a Helene Fechner, en el día de Cecile.

“Me parece recontra histerico escribirte acá solo porque hoy era nuestro cumpleaños. Y digo era porque todavía es el mío pero ya no es el tuyo. Siendo sincero yo prefería celebrar los 31 de mayo como el día que nació Helene Fechner, la Cecile Farnagal de mi cabeza, la Hayley de la tuya. Celebrar la llegada de alguien que me parecía perfecta a lado de celebrar mi llegada me brindaba ese placer noscivo de sentirme en el balance, ser yo siempre el asqueroso y ensalzarte a la posicion de diosa.

Alguien debería marcar las fechas del 30 de abril, del 5 de mayo y del 31 d emayo como los dias de tus distintas facetas. El 30 de abril sería de Hayley, no lo podemos negar. El 5 de mayo sería de Helene, que para mí nunca existió tanto como en ese apestoso micro donde me enteré que nuestras charlas se habían temrinado abruptamente. Y el 31 de mayo sería el dia de Cecile Farnagal, pues claro porque no otra que Cecile podría ser la que aun respira en mi cabeza y es heroína de sueños loquisimos, escapes de la realidad que solo encuentran su legitimación en soñarte tan desesperadamente y extrañar tus cartas, tus cuentos, tus historias, tus problemas, tus tristezas, tus quejas, tu manera de disculparte por darle trabajo a mis colegas alemanes, tus llamadas sopresivas que me dejaban acezante, tu aura dafímita que llenó los días de colegio de un algo tan inefable que solo pude nombrarlo de manera burda y contraria a lo que en realidad me fascinaba. Cecile Farnagal, la del 31 de mayo que hoy te recuerdo en la gloriosa inmensidad de la realidad y la maleble y limitada vastedad de mis sueños.

Puta mierda Helene Hayley Cecile, te quiero. Lo digo así histericamente, en publico, porque en esencia no quiero ocultarlo. Y me cago en todo lo que se diga o no se diga pero yo te lo anuncio a gritos acá en el muro que nunca verás. Abrazo.”

Lo leo y releo y no me parece que haga justicia a una de las mayores vicisitudes que hacven al pequeño infierno en uno enorme y vasto ¿cómo nombrar a mi dolor en este caso? ¿cómo nombrar a un dolor tan particular como el mío que guarda duelo por tantas facetas de una persona que imaginaba, imagino e imaginaré perfecta? ¿cómo le explico a mi cabeza que ella se fue? ¿cómo procesas un duelo si es que la muerta aun respira en tu cabeza?