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Empecé mi año viniéndome dentro la esposa de uno de mis mejores amigos, de ahí en adelante todo fue cuesta abajo. No diré que no me moría de ganas de meterme entre sus piernas, pero tampoco quería dejar posibles evidencias que señalaran mi total e inequívoca culpa en todo el asunto. Soy de esos que lanzan la primera piedra y con la misma mano niega haberlo hecho, solo para poder lanzar un par de piedras más. Señoras y señores, soy el único culpable de mi propia autodestrucción. Si de pronto me abandoné al orgasmo fue más por susto que por saña, cuando los fuegos artificiales que anunciaban el nuevo año me sorprendieron intentando retrasar mi corrida pensando en cosas aburridas como las matemáticas, ir a la iglesia o las resacas que le siguen a toda borrachera; tarea difícil cuando todo me excitaba tanto. Supongo que lo necesitaba. No. Lo necesitábamos. Todo, pues. El encuentro fortuito, la excusa de la festividad, la ausencia no solo del marido sino de las preguntas, la ilusión de que el mundo no es una jungla, el whisky, el singani, la cerveza y el fernet, la presencia de otros, cómplices de los albores de nuestro pecado, además de la mota redentora, patrocinadora de charlas diferentes y sensaciones más profundas que en un punto nos evidenciaron como coquetos culpables de querer hacer algo perverso con nuestras vidas. Finalmente estábamos haciendo algo para no sentirnos tan dentro del pozo de mierda en el que jurábamos que estábamos. Ella frustrada por un matrimonio difícil, por un rato liberada del bebé que le robaba la juventud, yo en lo más bajo de un autocompadecimiento injustificado por la muerte de mi madre que no lograba sacudirme ni con las verdades más crudas siendo dichas en mi cara. Me dolía el pasado, me dolía que la gente se alejase o que muriese o, peor aún, que quedasen muertos en vida. Me sentía una piltrafa humana incapaz de nada y temeroso de todo. Ella también, pero de otro modo, uno que yo no alcanzo a entender pero que intuyo terrible y difícil de aguantar, aunque al final ¿qué clase de sufrimiento capaz de dejarte muerto en vida es fácil de soportar?

No era fea, al contrario, era de esas guapas que han perdido lustre a fuerza de una rutina que no supo controlar. Tenía veintitrés cuando tuvo a su hijo y no supo bien en qué momento terminó casada, cada vez reconociendo menos al novio en el esposo, ansiosa de ser notada pero apenas pudiendo encontrar su golosa belleza en el espejo donde una mujer cansada le devolvía la mirada. Aquella era su noche, no la mía. Los tragos, los otros presentes, la mota fueron las excusas que se fue consiguiendo para hacer caso a un juego de miradas que ya teníamos instalado en nuestras interacciones desde hacía rato y aquella era, justamente, nuestra chance de medir la profundidad del pozo con ambas piernas. Yo buscaba morir, ella sentirse viva, yo quería terminar de condenarme y ella solo deseaba darse una chance más. Desnudos en la cama matrimonial, la ventana semi abierta nos traía los nada silenciosos rumores de una noche de año nuevo, la penumbra del cuarto se compensaba con el brillo lunar que parecía inundarlo, en el suelo estaban nuestras ropas encima los juguetes que su hijo dejaba regados por doquier, las puertas abiertas del armario mostraban la ropa del matrimonio mezclada en lo que solo podía ser una fuente de constante discusión, y desde la cómoda me miraba una foto de ella con esposo e hijo en un parque, los tres sonriendo ampliamente y yo sudado y jadeando que miraba esa foto y me preguntaba cuánto de esas sonrisas era real. Aquella sonrisa paupérrima nada tenía que ver con la sonrisota que plantó antes, durante y después del coito, ni con la simpleza con que me dijo “que no se haga costumbre, pero de vez en cuando no estaría mal”.

De acuerdo. La corrida dentro no fue tanto un accidente como un “dejarse-llevar”. Ya lo dije, estaba buscando destruirme la vida porque no podía tolerar que las cosas tengan un final. Suena estúpido y de repente lo es, no lo sé. Poco me importaba que mi sufrimiento estuviese justificado, lo único que parecía importar era que ese sufrir era mío  y a los demás no les tocaba sentir lo que yo siento. Contaminado de una miseria rencorosa, anidada por años en mis delirios donde maldecía la negligencia de mi familia después que murió mi mamá, me metí a seducir a la esposa de mi amigo para quemar las últimas naves que me quedaban. Nunca esperé que me siguiera el juego, aun menos que lo llevase a otro nivel. Si yo le robé el primer beso, ella me robó los siguientes veinticuatro, si le besaba el cuello, ella me arrancaba la ropa y ya con el mero entusiasmo se ganaba los puntos que en secreto solemos dar. Para cuando mi osadía solo alcanzó a poner una mano en su muslo, la de ella me contagió hasta que de mí vino la iniciativa de penetrar. Y lo digo así de crudo no para provocar escarnio ni motivar a los histriónicos a indignarse por cualquier motivo que alcancen a inventar, en esa su intención chueca de cubrir sus propios ascos. Lo digo así porque eso es lo que yo quería: penetrarla sin limitarme a lo carnal. Como dije, era una guapa sin lustre pero guapa de verdad. Ya sus ojos me llamaron desde un inicio, el día que la conocí, pero sus otras partes las fui notando a lo largo de los años hasta ese momento en que la vi como una preciosa región extranjera que yo ansiaba conocer y explorar. Notarlo logró que algo más que mi hombría se levantara, algo que no es difícil de nombrar pero sí de explicar. Era como un empujón, un vértigo fascinante que de seguro sintieron los herejes al morir gritando su verdad. No estaba exento de culpa ese algo, ni se olvidaba de mi deseo de autoperjuicio primordial, pero tenía una cosa más que conocía de antes pero que no alcancé a calcular. Ni bien estuvimos enredados en besos, abrazos, caricias y jadeos, noté como ella se mordía los labios al pedirme que ya de una vez entrase con un tono y una cara que me pusieron más duro de lo que jamás pensé que podía estar, y en ese instante mágico hizo contacto nuestra genitalia y ¡voilá! Que me descubro no sólo tirando con quien no debía sino disfrutando del placer con que ella se conducía, que ya al final es lo que más me convenció. El olvido absoluto de todo lo que estuviese “más-allá” de nuestro momento procaz. Gemía, cabalgaba, elevaba las piernas, sudaba pero no me dejaba alejarme del calor del abrazo que nos unía, ponía expresiones, además, que me volvían loco. Una sucesión de micro expresiones, en realidad, que empezaban en la sorpresa, se transformaban en arrepentimiento, seguidos por una mueca de dolor, otra de placer, de ahí su rostro mostraba la inefable cara del placer doloroso, el rostro de la calma tras la revancha y, solo entonces, volvía a la sorpresa como si nunca se hubiese movido de aquella expresión tan bien ornamentada por sus ojos grandes y azules que le daban candorosidad a un momento que lo era todo menos candoroso. Y me gustaba tanto que  quería más, no solo del placer enorme que me estaba brindando sino de la sensación triunfadora de estar reviviendo a una muerta desahuciada, la inevitable impresión de estar haciendo algo bueno mediante algo ruin y, claro, la ironía y colmo de mal villano que termina salvando a la humanidad. Se sentía bien, no puedo negarlo y hasta me entran tentaciones estúpidas de describir cada etapa de mi placer…pero ya para qué, no tiene mucho sentido. El punto es que aquel bienestar momentáneo me daba excusas para creer en algo de redención. Quería yo quemar las naves pero nunca había pedido el milagro de una isla para ir a naufragar. No deseaba salvarme o esconder mi condición canalla, ni quería excusas para sentirme bien, solo ansiaba que alguien me terminase de crucificar. También por eso le dije que no tenía condones y ni siquiera pedí disculpas cuando descargué a mis probables hijos dentro suyo, solo seguí hasta que descargué muchos más, motivado por este bien que, sin querer, le hacía y este mal que yo, muy a propósito, me deseaba causar.

Aun sacudido por el shock de esa sensación misteriosa me largué a caminar por la ciudad, sin rumbo ni objetivo. Mi entrepierna se sentía especial, mis dedos olían a su sexo, tenía el sabor de su saliva en mi boca y aun temblaba ligeramente de la sensación dejada por el orgasmo y los recuerdos de esa intensa madrugada. Ni ella ni yo nos recuperábamos de inmediato, sino que nos tardábamos lo necesario en disfrutar el reencuentro con el placer. Había algo renovador en mancillar algo tan puro, algo fresco en creerla ingenua y sentirme el maldito que le venía a arruinar el candor. De pronto me sentía vivo y aun más porque se notaba que a ella no le molestaba mi mal llamada conquista de su inocencia. Vivificar era la palabra precisa de lo que yo quise hacer por ella y que ella terminó haciendo por mí. Nos vivificó a los dos con su osadía de frustrada y hasta me ayudó a darme cuenta que también mientras uno muere puede atreverse a vivir un poquito más. Se sentía bien eso de haber logrado que haya menos mierda en el pozo de otra persona, más todavía porque entre las ganancias estaba mi placer tanto físico como mental, en un trato en el que pensé que lo único que ganaría sería abandonarme a la villanía y ya de plano mandar al garete todo aquel intento de redención que pudiese elucubrar. Lo cierto es que me convencí de su candor solo para recordarme que todo eso estaba mal y no perder el rumbo hacía la muerte, el destino final. Pero soy un mal suicida, me perdono antes de saltar, me da un hambre tremenda cuando estoy por disparar el caño en mi sien y hasta me enamoro cuando la horca ya está ejerciendo presión en mi garganta. Claro que, no me enamoré de ella, ni ella de mí, tampoco quedó embarazada de ningún hijo mío. Supongo que cuento todo esto porque creo que sin ello nada de lo demás hubiese sido posible. No olvidemos que estaba cuesta abajo y que ninguna cogida, por magnifica que sea, cura todos los males, mucho menos soluciona problemas. Si por un rato había podido escapar a un lugar maravilloso, la realidad empezaba a perseguirme con todo y hedor. El paso de las semanas no trajo nada más que los mismos problemas y los mismos dolores repitiéndose, con breves escapes morbosos donde me jodía un poquito la vida de la forma que pudiese, más que nada rondando antros y otros calurosos hogares putativos, silencioso reviviendo la gloria de aquella vivificación que le devolvía frescura a mi cuerpo. No había vuelto a ver a la esposa de mi amigo pero ganas no me faltaban de repetir esa combinación de suplicio culposo que se goza a sí mismo y hasta se cree salvador. ¿No es culpa de él por no hacerla feliz? ¿No es santo quien cura el sufrimiento aunque sea por un rato? ¿Qué no un tango lo bailan dos? ¿Cuál quería ser yo, entonces? ¿El bailarín? ¿La bailarina? ¿El fisgón? Con preguntas parecidas intentaba justificarme nuevas visitas cuando, en los baños de un bar medianamente decente, me topé con una gótica de venas bien abiertas y tirada sobre un retrete desde donde abandonaría la mortalidad.

No puedo explicar lo que hice, no puedo explicar nada en realidad. Mi primer instinto fue el de cubrirla con mi abrigo, el segundo fue el de jalarla fuera del lugar. Sin correr ni apurarla, ir casi con calma, sosteniéndola del brazo para que no se cayese, dejando un rastro de sangre en el camino al hospital, dándole instrucciones que ella cumplía mansamente, quizá un poquito más allá que acá, y disfrutando del modo en que eso resultaba atractivo para mí ¿qué mejor vivificación que la que, de paso, evita que la afectada se mude para el otro lado? Le pregunté su nombre mientras caminábamos y murmuró Alicia, le pregunté su edad y me agradó enterarme que teníamos la misma edad pues, al final, nos gusta saber que alguien más está en el agujero a las mismas alturas de la vida que tú. Consuelo de tontos pero consuelo al final, y es que en situaciones como las nuestras cualquier consuelo es oasis. “Si los suicidas dan el último paso”, le dije mientras caminábamos al hospital, “es porque ya perdieron la perspectiva de cualquier consuelo, no les alcanzó la creatividad para ver una salida” y ella me observaba desde su obvia convalecencia con una mirada que, debo admitirlo, me ayudaba a respirar. Tenía aspecto de camorrera derrotada, de reina en exilio, de junkie emputecida y acabada, sin otra esperanza que de una vez irse a donde ninguno de nosotros la juzguemos ¿qué hacía yo vistiéndome de salvador de lo que, a todas luces, parecía un caso perdido? ¿la salvaba de un posible desfavorable juicio divino o me agenciaba puntos con cualquier dios en las alturas? No parecía, ella, una persona sencilla, pese a que la primera impresión era el juego oximorónico entre su aspecto tierno y su estilo gótico que le daba aires sensuales. Ahora que lo pienso, parecía un dibujo de Dean Yeagle. Las proporciones, las expresiones, hasta por las situaciones en las que se metía. Le faltaba el pelo rubio y el schnauzer tierno que propicia el accidente sensual pero inocentón. No podía evitar mirarle las piernas enmalladas, el corsé que apretaba la generosidad de su pecho, el negro intensificando el color de su piel y el de sus ojos ¿qué clase de salvador considera a una casi muerta como posible tire de una noche? ¿los puntos ganados por la buena obra alcanzaban a compensar los perdidos por los puros malos pensamientos? ¿es más pecado actuar que pensar, o ya desde el pensamiento estás condenado? No me fue difícil decir que yo era su primo hermano, ni siquiera me pidieron identificaciones, de pronto ya tenía permiso para quedarme en el cuarto que compartía con una viejita loca y un señor con quemaduras de cuerda en su irritado cuello, todos internos de un destartalado hospital. Eran compañeros de cuarto discretos por el día, inmersos en silencios imposibles que Alicia ni yo podíamos soportar, pero que agradecíamos porque camuflaban con su estruendo el propio del silencio que había entre ella y yo. Por las noches era otra cosa, si al principio pensé en la noche como el único momento donde podía pasarla dormido, evitando el angustiante silencio cómplice de no explicarnos qué hacía cada uno todavía acá, tanto la viejita con sus gritos roncos y agudos pidiendo que la dejen escapar, como los sollozos desgarradores que el don ese quería atenuar con la almohada, nos quitaron el sueño y pronto las noches se volvieron el escenario de charlas incómodas que intentaban no hablar de nada que no fuese superficial.

¿Qué tantas cosas nos perderemos por sucumbir a la tensión sexual y qué tantas otras perderíamos si no existiese tal cosa? De nuestro primer encuentro me llamaron más sus ojos moribundos que la sangre sobre los azulejos, y más me detuve a disfrutar del fetiche de sus ropas de gótica que a preocuparme de su fuga suicida o de estar en la rara situación de poder ser el testigo de un estertor. Creo que lo que me movió, y lo que tardé una semana de silencios en el hospital para confesar, fue que si la salvé era porque en medio de su agonía y desesperación tuvo el humor suficiente de mirarme a los ojos y decirme “¿qué quieres, buitre? ¿No vas a esperar a que me muera antes de penetrar?” con una sonrisa irónica y hasta trágica que me hizo excitar. Algo de mística hubo en que dijese “penetrar”, algo que me hizo querer creer en el destino por la rara coincidencia de que supiese justo la palabra tan pensada mientras traicionaba la confianza de mi amigo, incluso me fascinaba que hubiera reconocido al carroñero en mí sin mayor problema en semejante situación. Era el destino, pues ¿qué otra cosa podía ser? Cuando al fin se lo dije sonrió y me dijo que me podía quedar y, bueno, ¿ya para que pelearla si hasta mi instinto me empujaba hacia allá? Ni modo que niegue mi naturaleza mal agüera, o tenga reparos cuando igual yo me pensaba matar. Hay que ser buitre nomás.

Desde ese momento empecé a notar otras cosas. De pronto los silencios matutinos y el infierno de las noches en el hospital se convirtieron en un remanso de confidencias que Alicia y yo, de un momento a otro, comenzamos a disfrutar. No nos decíamos nada importante, solo anécdotas tontas como la primera vez que bebimos, nuestros colores favoritos y otras idioteces como nombres de nuestros primeros y últimos todo, intentos muy pobres de describir sabores sin usar los adjetivos usuales o largas y detalladas descripciones de nuestros paisajes favoritos. Creo que estábamos buscando los extremos históricos de momentos memorables, la clase de preguntas que un suicida le hace otro para enterarse de los pequeños consuelos con que alimenta sus excusas para quedarse un cacho más. Fue así que descubrí que el mérito del salvador no está en llegar para arreglar el día, sino en saber cuándo hacerlo. Alicia tenía otro montón de problemas en su propia vida, que yo no alcanzaba a intuir. Una historia complicada, llena de excusas válidas para sentirse mal, aun si según ella lo que le dolía era que nada de la terrible tragedia que asolaba a su familia la lastimase de verdad. Un accidente de avión, un aterrizaje forzoso, un par de fierros fuera la garganta de papá, hermano, hermana, tíos, primos, y hasta una de las abuelas. Una tragedia griega, un festival de lágrimas donde sólo faltó que todos se tirasen a los féretros para que el asunto adquiera más melodramatismo y de una vez enterrar a la familia apestada con el hado maldito de mortandad. En todo caso, más de lo que Alicia estaba dispuesta a soportar. Lo que me dijo que le jodía era que de pronto su desgracia ya no era privada sino que estaba en todas partes y a la vista de los demás. Incuso yo recordé que había leído algo sobre la tragedia de los Saenz Valdivia; las muertes trágicas, la viuda inconsolable, las dos hijas que quedaban, una muy infanta, la otra Alicia, los lamentos por la muerte de tan magnifico empresario como fue el padre y el pronto cobro de deudas que dejaron a los Saenz Valdivia sin propiedad privada donde morirse, todavía debiendo, además, un poco por las deudas secretas del padre y otro poco gracias a todos los fastuosos entierros que quizá nunca alcanzarían a pagar. “Jamás entierres a un muerto con lujo” me repitió con asco en el rostro, Alicia, mientras la viejita gritaba “háganme caso, por favor” con tono entre caprichoso y asustado. La luz naranja apenas iluminaba las penumbras, poco se podía ver de las sonrisas tenues de Alicia pero desde ya supe que por esa pata coja era que la llegaría a atrapar, si quería vivificarla tenía que ocuparme de esa herida gangrenada que ella se negaba a mirar, ser el único responsable de apretarle sus pústulas, tragarme su pus y así convencerla que yo era un buen carroñero, que tras comérmela la iba a resucitar, no como todos esos abogados y cobradores que enloquecieron a su madre y le robaron porvenir a la hermana infanta que no veía hacía meses y de la que no quería hablar.

No quería hablar de nada, en realidad. Parecía que solo deseaba sufrir en silencio y sin que nadie la molestase. Excepto yo, no tanto porque lo permitiera ella como porque me lo permitía yo. Si me distraía en considerar sus opiniones era porque estaba buscando la mejor forma de vulnerarla. Su empecinado silencio me enseñó que provocar a que se enojen de inicio es un lindo atajo para resolver las cosas de una buena vez y que nada es mejor que los roces como para hacerle recuerdo a alguien de que todavía vive. Hay que recordarle a la muerta en vida que sus huesos aún tienen algo de qué temblar y si Alicia se empecinaba en mantenerme carroñeando pero nunca consumiendo de su carne, pues de alguna forma tenía que intentar yo vivificarla. No mentía cuando dije que me traía loco la sensación esa que le dejaba a uno vivificar de cualquier forma, aunque tampoco mentiré en eso y lo diré de lleno: me la quería tirar. Nada más.

Otros, la mayoría, mirarían con malos ojos ese brote de sinceridad, la simpleza con que uno puede admitir querer tirarse a la deprimida suicida que ha sufrido un trauma de esos fuertes. Ella no. Supongo que encontraba novedosa la sinceridad, por lo que me enteré después supe que había crecido en la Florida entre tipos pijos y jailones, poco enterada de la existencia de otros barrios más humildes y con menos propensión a consumir caviar. La muerte del padre había sido un duro despertar para quien se pensaba intocable en una vida perfecta en la que nunca nada le iba a faltar. No creo que entonces pensase eso, pero vaya que lo pensaba mientras estuvimos en el hospital. Y así, en silencio, me fui armando de todos los argumentos y estocadas que necesitaría darle para resucitarla en mi cama y no volverla a llamar. Me gustaba el drama pero tampoco me gustaba tanto, además que estaba ocupado en destruir mi propia vida como para ayudar a reconstruir la vida de alguien que no se atrevía a volver a respirar. Lo mío era distinto, no solo era algo químico que me tenía perpetuamente en riesgo de depresión sino que ya no pretendía esconderme de mis problemas al ignorarlos, el plan ahora era dejar que los problemas cayeran bajo su propio peso, que me arruinen de una vez para asentarme en el fondo del agujero y ya no saber nada más. Los ratos que no estaba en el hospital me los pasaba visitando a cada persona que conocía y les decía la verdad, mi verdad, acerca sus vidas. No siempre era linda la reacción y cuando lo era, y la que reaccionaba era mujer, aprovechaba para robarle unas horas en sus camas sin importar su estado civil o anímico, como para echarle más leña a mi pira funeraria que insistía en edificar. Qué me importaba si al final esos encuentros eran mis últimas cenas antes de rendirme al abismo de la tristeza y la soledad. Ya no tenía dinero para comprar mis antidepresivos, les robaba comida a mis confrontados o los abandonaba en el restaurant del encuentro sin dejar más que unos simbólicos 5 bs. para la cuenta. No bebía pero me fumaba para no pensar tanto y para que toda sensación fuese más intensa todavía. Esto último lo sabía Alicia, no todo lo demás. Del resto se enteró por casualidad cuando me encontré con una de mis vivificadas mientras mudábamos las pocas cosas de Alicia a un nuevo departamento que había logrado alquilar. Tampoco podía decirse que estuviese muy interesada en mi vida, para ella yo era el basurero emocional donde podía verter su dolor, el amable desconocido al que le cuentas tu vida porque presientes algo de tu desgracia en sus gestos, sus palabras y acciones. Según ella jamás me la iba a tirar, según yo no hay mentira bien lanzada que no pueda derrumbar una verdad.

Hay cierto perdón en mandarse un lindo gesto antes, o después, de haber hecho lo peor. Como para perdonarse a sí mismo por lo no tan malo que al final uno fue. Con Alicia empecé suave pero pronto el “pinche emo glorificada” no alcanzaba a generar lo que obtenía del “huerfanita de cuervo de ala rota”. Eran insultos que parecían amigables, como los que hace alguien torpe o desubicado, pero yo los pensaba mucho antes de decirlos. Uno de esos insultos bien construido significaba una diferencia enorme en el humor de Alicia. No era lo mismo tenerla rabiosa por la noche y lista para estallar, azuzada por todo un día de los insultos más sutiles y perversos que se me podían ocurrir, comparado al de una Alicia que se la había pasado sola y atrapada en las mismas miserias que un día la alejaron de la vida esa donde se creía feliz. Cada nuevo insulto, apodo y calumnia que yo decía de su familia la volvían loca y día a día perdía el pudor de golpearme, escupirme, arañarme, gritarme cada vez con más intensidad. Solo lloraba cuando me pasaba de la raya, lo cual para ser justos no fue tanto como uno esperaría de los límites de una heredera mimada. Y ahí estaba el detalle, en darle una excusa para salir de su abulia, obligarla a canalizar el odio y la rabia en un solo lugar, en alguien que no fuera ella. Me consta que le ayudaban nuestras charlas post-pleito, cuando nos sentábamos en su mugre sillón y nos fumábamos un cigarrillo, felices de todo el caos de nuestros gritos, lapos, salivazos y otros horrores de los matrimonios más desahuciados que nosotros parecíamos disfrutar.

Para mí planificar esas peleas era una delicia, pero vivirlas era, digamos, otra realidad. Terminaba uno rendido, con un placer de arrogante y el desmayo del descanso tras la maratón. Según Alicia era como la macurca, un dolor repudiado pero en secreto disfrutado, “casi como un masoquismo” decía y se ponía a saltar balando como borrega alrededor mío y tanto esa opinión como aquel gesto eran muy buenas noticias para mí, pues me confirmaba que por muy agotador que fuera iba a valer la pena, después de todo solo un cordero de verdad vulnerable y culposo pondrá su propio cuello al alcance del cuchillo y ni modo que al anunciarme carroñero no cumpla con esa precisa función. Verla cada vez más en contacto con su dolor me garantizaba que cualquiera de estos días la pudiese tener pandeándose debajo de mí, con una sicalíptica mirada suya clavada en mis ojos, en mi cuerpo, en donde fuera mientras se tratase de mí. Y esa ilusión valía mucho, entonces, porque me ayudaba a escapar de mi otra realidad. No quise decirlo antes, porque esta es la clase de cosas que solo admites en confianza, pero ahí va: para entonces mi atención estaba en destruir mi familia, no toda pero si una gran parte de ella, la que me daba asco, la parte traidora que se habían cagado en las penurias que pasamos con mis padres cuando yo era adolescente, antes y después de que me quedase huérfano de madre, con un padre más dedicado a darle comodidad a la ancianidad de sus padres que cultivar cualquier tipo de relación con su hijo o su moribunda mujer. Siendo justo tendría que decir que ese tren ya había partido hacia tiempo y que si la muerte de mi madre no nos pudo unir, entonces decidí que tampoco lo necesitaba y  escapé de mi hogar. A él poco le importó y creo que más bien fue un respiro, la excusa perfecta para dedicar todas sus energías a sus propios papás. Él no me indignaba, finalmente existía muchísima historia por detrás que de alguna forma justificaba todo eso, e igual pensaba yo que llegaría el día del ajuste de cuentas una vez que ya no le quedara nadie más. Por eso lo dejé en paz. Por eso y porque no había peor castigo que cuidar los caprichos de mi abuela, cada vez más senil y paranoica. ¿Cómo hace una serpiente para parir perros falderos? ¿cómo hacen estos para engendrar cuervos? Pero esa era una cuestión para después, me convencí de ello y pasé a observar formas de arruinar a los demás. Para mí es obvio que arruinarles la vida a mis familiares no era solo una forma de exorcizar el dolor por el abandono en que nos tuvieron, sino que era otra manera de cortar todos mis lazos para, después. mejor morir en paz. Era mi excusa tanto para ya no tener nada que pudiese atarme a la vida, como para quedarme en el más acá y por eso que le tiraba tanta pelota, que me pasaba mis horas de insomnio planificando bien qué haría y las de ocio atreviéndome a hurgar donde nadie me había llamado. El plan tenía que ser sencillo. Para los primos tendría que preparar la total y completa destrucción de su vida social, lo cual repercutiría en la vida de los tíos, para los que tenía que alistar cosas más específicas. De entrada perdoné a muchos que siempre se habían portado bien conmigo, aparte que entendí que tampoco necesitaba demasiado para ser considerado nefando a los ojos de otros familiares ni bien escucharan el rumor de mis fechorías. Mis victimas elegidas eran mi tía Carmen y su esposo Florian, para los que preparaba un infierno a la medida de sus bajezas. El punto final a la vida perfecta que a toda costa se habían querido fabricar.

Nada de esto sabía Alicia, pero se la olía. Aburrida de hablar de sí misma, un día empezó a preguntar sobre mí. Y al principio no dije gran cosa, pero a medida que ella se sentía mejor empecé a comunicarme más. Admito que fue un alivio, que hasta me sentía mejor pero ese bienestar solo le dio renovadas fuerzas a mis rencores y agudizó mi olfato para la revancha. Fue así que le encontré una utilidad al atractivo de Alicia, el mismo que a mí me tenía un par de meses intentando tirármela. Lo dije antes, era linda Alicia y a mí me gustaba el fetiche de sus atuendos góticos y todo el maquillaje que utilizaba, pero en una de esas tardes tras una temprana discusión mañanera nos encontramos jugando a los disfraces y pude verla usando vestidos de gala, trajes de ejecutiva, ropas de señora y de universitaria, diferentes aspectos de la que quizá habría sido ella de haber seguido vivo su papá. Y en todos esos atuendos parecía una persona diferente a la que yo conocía. Igual de atractiva como camaleónica, con aspectos difíciles de asociar, ya que no era lo mismo la imagen de una Alicia en vestido de gala y peinada por estilista que la de Alicia vestida de señora agobiada por su rutina. Era buena actriz, además. Muy buena, la verdad. Se metía tanto en el papel que, luego, era difícil sacarla del trance mientras le durase la emoción. Y esa era la clase de compromiso que yo buscaba, que necesitaba mejor dicho, para poder realizar de la mejor manera posible el Plan, que a todas luces no era nada complejo o intrincado. Era más bien simple: a él, Florian, lo delataba de adúltero y corrupto, a sus hijos los aislaba del resto de la familia con alguna clase de escándalo y lo demás era pura inercia. El asunto aquí no era tanto denunciar como evidenciar lo obvio. Mi tía era de esas que podía comerse kilos de mierda con tal de cuidar su imagen ante los demás. No era muy inteligente, pero sí astuta y tenía la sabiduría suficiente como para hacer la vista gorda a las numerosas infidelidades de su marido, quien la callaba con dinero y una vida cómoda en uno de los mejores barrios de La Paz, luego Santa Cruz, después otra vez La Paz. Tenían dos hijas y un hijo. El mayor era el hijo, Norberto, pero extra oficialmente ya no era bienvenido en el seno de esa familia por no sé qué líos que tenían doña Carmen y don Florian con la esposa que se había escogido su primogénito y otros líos más. La del medio estaba casada con un famoso cirujano plástico del que mi tía estaba enamorada y la menor vivía en Santa Cruz en un matrimonio tan de mierda como el que tanto le criticaron a mi madre cuando estaba viva.

Como dije el asunto estaba en ponerlos en evidencia, sacar sus trapos más sucios al aire y que todos vieran sus bajezas y vergüenzas. No podía imaginarme peor muerte para mi tía, ni mayor molestia para mi tío que ser puestos en evidencia ante sus hijos y la sociedad. Todo esto le expliqué a una Alicia que no paraba de llorar. Me dijo que algo recordó sobre sus padres y confesó no sentirse capaz de arruinar la vida de una familia como le habían hecho a ella. “Mierda, punto crítico” me dije y por un rato temí no contar con mi cómplice ideal, pero después de mucho chantaje emocional al fin aceptó al menos joder a los primos en su círculo social. Qué importaba. Total que eso era, de todos modos, la primera fase del Plan, y resultó aún más sencilla con la ayuda de Alicia, quien en su faceta de actriz y sus muchos disfraces, que un día robamos de su casa sin que nos descubriese su mamá, fue la carnada perfecta para introducirnos a las mundos de mis primos. Siempre disfrazados nos dedicamos a atender a eventos sociales donde sabíamos que estaría algún amigo de la familia y sacábamos información de todo lo que podíamos. Muchas veces ella tenía que quedarse sola haciendo algo llamativo mientras yo me escabullía a revisar los computadores en busca de mails o documentos que me dijesen algo acerca mi familia. No siempre conseguíamos nada, en especial porque nos teníamos que marchar ni bien llegaba alguno de mi familia, pero igual comíamos gratis y nos daba la chance de ser otras personas por un rato. De pronto nos metíamos mucho en el papel y teníamos bien pensadas las biografías y personalidades de nuestros personajes, en cada evento al que íbamos notábamos como nuestras actuaciones cada vez jugueteaban más con extremos histriónicos y escandalosos. Nos gustaba, nos hacía felices esa excusa para descansar de nuestras penas y preocupaciones. En su exhibicionismo y mi autodestrucción hallamos cierto solaz. Como si ya de por sí aceptáramos que éramos bichos raros con vidas de mierda que se encargaban de cagar más con tal de no tener que solucionarlas o de una vez tirarlas por el caño. Queríamos hundirnos, carajo. Y lo queríamos más porque también nos daba permisos para las libertades que nunca tuvimos. Ella era testigo del mundo del que su padre le había protegido, yo me enteraba de las cosas que nunca me enteré respecto a mi familia, encima nos dábamos el gusto de exorcizar demonios y fantasmas con esa farsa. Yo me vengaba por años de negligencia, ella se desquitaba con los suyos por atreverse a morirse y dejarla en tremenda cagada de situación.

No fue necesario mucho esfuerzo para llegar a la segunda parte del Plan. Ya infiltrados era más sencillo ir lanzando rumores que desprestigiasen a mis primos a ojos de sus amigos. Fue en el espacio de un par de meses de mentiras quirúrgicas y sutiles que pudimos convencer al mundo de que mi primo se había casado con su medio hermana y que el esposo de mi prima tenía un affair con su suegra. Mentiras infalibles pues se amparaban, relativamente, en la verdad. Si mis tíos no le admitían a nadie que odiaban a su primogénito, al menos se notaba el trato diferente que le profesaban, como más distante, más frío y hasta cargado de silencios. Por lo que me enteré de una prima hermana de mis primos, don Florian ya no hablaba con su hijo ni siquiera en un evento social y hasta con algunas copas de más admitía que se arrepentía de haberle dado vida y otras cosas de ese estilo que me contaban los primos de mis primos con caras de escándalo que escondían su morbosidad. Y no se necesitaba de un experto para notar que la suegra estaba camote del yerno, aunque claro ¿era convincente como para alcanzar a una verdad? Lo cierto es que la mentira no necesita mucho para volverse verdad. A los ojos de la gente, mis familiares eran ejemplares, gente buena y noble con las mejores intenciones y la familia perfecta. Eso los hacía una presa más suculenta de sus sospechas, de cualquier cosa que los confirmase como otra familia de mierda, más aun con acusaciones tan graves como incestuosas ¿es por eso que el Floriancito es tan sarcástico?¿Pero no le saca muchos años como para meterse con su yerno?¿quién se cree esa para serrucharle el piso a su propia hija?¿Es de verdad su media hermana del Norbertito? Entonces ¿la Carmencita es cornuda?¿tiene más hijos bastardos? ¿y la hija? ¿sabe? ¿sabe Norberto que esa es su hermana? ¡Y aun así se casó con ella! Después de un rato la sorpresa en sus rostros se convertía en asco y horror, escandalizados de haber compartido comidas con esos depravados y sus vidas pervertidas.

La fase tres exigía algo más tangible que rumores que señoras chismosas elegían creer. Necesitaba pruebas de que era mi tío un adúltero para terminar de mandar al carajo la situación de una familia que todavía no sabía la famita que se les endilgaba. Alguno de los amigos que hicimos en esas fiestas me mantenían al día con los chismes, mismos que ya habían crecido más allá de lo que jamás hubiera imaginado. Pero al final eran mentiras que proliferaban en el silencio de los chismosos y lo que yo necesitaba era una verdad imperdonable que los terminase de arruinar. Así fue que Alicia se disfrazó de empleadita y esperó a que hubiera vacante en la casa de mis tíos. Bien sabía yo que las empeladas nunca le duraban por esa costumbre de mi tía de enseñarles a ser perfeccionistas a base de gritos e insultos que muchas no lograban soportar. Total que Alicia eso mucho no le importaba porque no estaba atada a ellos y peores eran nuestras sesiones donde le tocaba las llagas y ella se ponía el limón y la sal en las heridas abiertas. Parecía mejor y más tranquila, establecida en una rutina que tenía de todo menos repetitiva. Sí estaba algo apagada, pero lo cierto es que yo andaba tenso esos días y no era muy fácil estar a mi alrededor. Aun peor, Alicia seguía sin dejarse vivificar, pero creo que eso fue porque en el proceso de hacerse a la imposible encontró el placer que a mí me negaba. Me preocupaba que todavía no contactase a su madre y hermana pero parecía más en paz con ello. Su lógica era que una boca menos de la que preocuparse era una gran ayuda y los mensajes esporádicos que mandaba desde celulares ajenos asegurándole estar bien le calmaban la consciencia de desaparecida. Mi lógica era que uno hace las cosas cuando está preparado para hacerlas sin enloquecer en el proceso. Las semanas siguientes las pasamos ensayando su acto de ignorancia y lentitud que volvería loca a mi tía y creo que logramos armar un acto bastante convincente, lo malo es que nunca lo pudimos usar porque, pues, conocimos a Fátima.

Era una chica más joven en la cabeza que en el cuerpo, era hija de un amigo de Florian, quien le sacaba treinta años. Eran amantes, de los que se ven cuatro veces por semana y siempre en el mismo motel, misma habitación, con el mes pagado por adelantado. La conocimos en una fiesta de unas amigas de mi tía Carmen, a la que nos colamos alegando ser los primos perdidos de Cochabamba. En situaciones sociales como esa la gente no le gusta dar cuenta de que no te conocen cuando tú, todo mamón, vas y los tratas con familiaridad. El asunto es que Fátima estaba ahí con su cara de corderito redimido, sus tremendos ojos celestes nunca mirando directamente, sus labios pintados de un rojo intenso, el vestido de gala todo azul eléctrico y su vaso lleno de leche chocolatada. Tenía un aire de las buenotas en los dibujos y los cómics, de esas que no dejan de sonreír, como si poblaran una dimensión alterna en donde estos problemas mundanos nuestros no son más que nimiedades, nada dignas de su atención. La corona fue un tatuaje en su espalda de un par de alas y el símbolo celta de la paz al medio, con eso yo no tuve otro objetivo que meterme entre sus piernas a toda costa para contaminarla un poquito. Me costó una rabieta terrible de Alicia pero conseguimos convencerla de ir a nuestro departamento a tomar unas copas y Fátima, en el papel de virgencita, primero no aceptó hasta que un susurro de Alicia la hizo dudar y nada más que la duda se necesita para que alguien horrible te secuestre. Y prácticamente eso hicimos, pero los culpables de que se loqueara fueron el trago y ella misma, pues ya en el departamento, y con un par de copas nada más, entró en un estado de euforia. Como niña pequeña preguntaba sobre todo y ni siquiera parecía escuchar las respuestas, de pronto pedía canciones, bebía y bebía y saltaba en el sofá y abrazaba a Alicia como si fuera su hermana y a mí me miraba como con ternura y picardía. No es necesario contarlo todo, pero la hice mierda en ese mismo sofá y a ella le gustó tanto que volvió por más a lo largo de la semana. En este punto yo no sabía que esta criatura era la amante de mi tío Florian, y me enteraría de la peor manera cuando, después de una sesión particularmente intensa, su celular recibió una llamada y en el id pude ver no solo el número de Florian, sino también una foto de él y ella besándose.

Momentos como ese son raros porque significan una oportunidad de inversión que dificilmente se volverá a repetir. Casi como viajar en el tiempo y que te regalen acciones mayoritarias de Apple, o como un trato de Vito Corleone. Simplemente no me podía dar el lujo de perder esa oportunidad. Me sentía tremendamente asqueado de haber estado con la misma persona que se acostaba mi tío, pero haciendo tripas corazón no me fue difícil mirar los candorosos ojos celestes de Fátima y planificar una forma de aprovecharme de toda esa información. Le hice un pequeño drama. No tanto por el asco que sentía dentro de mí, como por capitalizar una oportunidad tan caidita del cielo. Ella lloró, me lo contó todo, yo lo grabé, le juré amor eterno, me juró que lo terminaría, nos fumamos un poco de mota, lo hicimos con la pasión de los reconciliados, en realidad yo la quería agotada y dormida, lo cual logré y sin miedo ni vergüenza hurgué su cuarto, encontré fotos, cartas, emails y regalos que sospecho venían de la profunda billetera de don Florian. Todo. Miré hacia el rostro angelical de Fátima dormida y, por un instante, la quise con toda mi alma y al otro ya me escapaba hacia Alicia para contarle las novedades.

Lo malo del misticismo es que lo obnubila a uno de ver a su alrededor. O para ser sincero tendría que decir que es la excusa perfecta para dejarse convencer de algo, lo que sea, que nos permita construir certezas con raíces lo suficientemente poderosas como para aguantar cualquier embate de la realidad. Es un error muy común tratar de convertir a la fuerza cualquier argumento en axioma y con eso tener una solución rápida a la vida. Es el problema de confundir al azar con el destino, también es el problema con la sincronía, se confía uno no solo de la fortuna de haber estado en el lugar correcto en el momento preciso sino que sienten que se lo tienen que explicar, necesitan agradecérselo a algo o alguien y considerar que su deuda con el universo ha sido pagada, verse validados ante los ojos de un jefe supremo, una entidad cósmica, una deidad, y no tener que sentir culpa por disfrutar de cualquier bien que tienen por delante. Se aplica también a la desgracia ¿de qué otra forma se quita el estafado el sabor de la estafa? Con la misma leche amarga que le dieron a beber. Si me enojo porque me estafaron debería enojarme por haberme dejado convencer, total que ya me dieron hasta la excusa perfecta: no es mi culpa, me lo vendieron, me dejé convencer y con eso ya estas enganchado al perdón gratuito de un poder superior. Un negocio redondo y autosostenible. No es coincidencia que hayan tantas religiones y templos y rezos y santos y dioses y montón de cosas que por muy reales que sean, también te ayudan a justificar tus propias mentiras. El incidente con Fátima era demasiado bueno para ser cierto y desde niño que he sentido alerta cuando todo está muy bien, pero ¿qué podía esconderse detrás del candor de esos ojos azules?¿quién que se sonrojaba con miradas y se cubría los senos durante el orgasmo podía ser capaz de alguna maldad? Tampoco me detuve a sospechar mucho de ella, me enfoqué en el juego que controlaba e hice lo mejor que pude.

Reunimos las pruebas de la infidelidad de mi tío Florian en un enorme archivador ordenado de tal manera que el golpe fuera lento y cada vez más terrible. Me había leído toda esa correspondencia y mucha otra más en cosa de una semana. Mi tío era de esos cochinazos sentimentales que le demuestra a su amante que la ama dándole las contraseñas de casi todo, exceptuando la tarjeta de crédito. No solo leí los amoríos con Fátima, sino que tecleando “153962FS” me enteré del romance con Zuleyma, los encuentros con Josefina, las pensiones para Eva, las demandas de Cecilia, las visitas a Patricia y los horarios de Rubí. Era tan amable el universo que hasta me mandaba fotos, videos, mensajes de voz y confirmaciones via mail para compra de pasajes a exóticos lugares que nunca escuché a mi tía presumir. Era perfecto. Once días tomó clasificar el material, ordenarlo según su impacto y ponerlo en el archivador al que Alicia y yo llamábamos El Collage. Incluso nos dimos el trabajo de grabar cada mensaje de voz y video en dvd’s que incluíamos en el archivador. El Collage sería la obsesión de mi tía por un largo período de tiempo, el suficiente como para calmar mi propia rabia, la que guiaba a mi olfato hacia los lugares que más podían sangrar. Y ese era el problema: demasiado angurriento, entregado a las benditas justificaciones potenciadas por la mística que insistía en buscar, siempre en pos de ese encanto que tiene el mundo cuando se lo ve a través de la fe. Si nos escudamos en algo tan grande como es la mística es porque intuimos que ninguna de nuestras necesidades, pensamientos o deseos tienen la menor importancia. Toleramos, y hasta creemos, en la religión, en la fortuna, en el vendedor, por ser esos encantadores potenciadores que le dan alas a nuestro ego y nos colocan como los mimados de una entidad cósmica, de un concepto abstracto capaz de crear vida de la nada. Lo malo, al fin, de las revanchas no es que uno esté ciego, ni sordo, peor mudo de ira sino que se agudiza el olfato. De pronto lo identificas todo desde lo visceral, azuzado por la ira que te dice, te jura, te susurra que después tendrás tiempo para reparar la tierra quemada cuando la revancha haya terminado. Y sí, es cierto, aunque no del todo. Quema uno las naves con esa ilusión de que aparezca alguien lo suficientemente idiota como para intentar apagar tamaño incendio, que en nada se compara al conflicto interno que buscas expresar, quema uno las naves porque es más sencillo destruir que terminar de irse al más allá. Quema uno las naves para que lo miren, pero no siempre lo vamos a notar.

Todos caemos, carajo. Sea en estafar o ser estafados y no hay vergüenza en ello. Lo peor es estar al medio, en la parte gris y plagada de la aburrida sensación de duda ¿era mejor ese extremo, o el otro? ¿vale la pena? Después de un rato le hallas lo bonito a lo gris y hasta, en un descuido, encuentras felicidad e ilusión de plenitud. Con la mística, cómo si no. Pero nunca es lo mismo que irse a los extremos, ni tiene igual sabor, el del vértigo de casi morirse y el goce de por fin respirar. Tan visceral que no necesitamos a la mística para magnificarlo sino para protegernos de que nos desquicie. Y por eso caí, por candoroso. Planificamos todo para un lunes por la noche, movidos por el morbo de jugar con las supersticiones de mi tía, quien juraba que si el lunes ocurrían desgracias entonces la semana también estaría llena de ellas. Tocaría la puerta durante la cena, lo común era que tanto Florian como Carmen estuviesen, acompañados por mi prima, la del medio, que vivía a lado y mis sobrinos esperando a que llegué su papá. Estarían sorprendidos y bastante incómodos de verme, serían amables, me harían chistes culposos respecto a mi ausencia, cómo para lavarse las manos de ellos no haberme buscado tampoco, me preguntarían en qué trabajo, qué hago de mi vida y tantas otras cosas que yo no respondería. Me limitaría a entregarle su copia a mi tía, otra a mi tío, a mi prima, a su esposo, anunciar que las copias de sus otros hijos ya estaban siendo enviadas y que algunas habían sido mandadas, por error, claro, a algunos de sus amigos. Me quedaría a ver sus rostros y disfrutarlos, muy al margen de la apuesta que tenía con Alicia de si mi tía primero me atacaría a mí por actuar de Capitán Obvio, o a su marido, por fin, después de tantos años de aguantarse. Nos retrasó mucho, tener que hacer las copias del Collage, hacer los arreglos para que los entreguen pero en las vísperas de nuestro golpe era todo pura euforia y nada nos podía arruinar. Alicia me sonreía como nunca y yo no podía evitar sentirme, desde ya, algo aliviado. No hay peor ciego que el que puede ver, como quitándole la mística al famoso dicho en la espera de que rompiendo místicas pueda ver uno más claro a su alrededor. No comprarse la propia estafa, ni engolosinarse en las ofertas ajenas, cuidar el trasero propio y de los tuyos, tener planes de respaldo y siempre cuidar las ganancias. Enterarse que hay dimensiones en esto de la ingenuidad.

Por supuesto que todo salió más o menos como lo planeado, pero para nada cómo lo esperado. Los Collages llegaron a todos y cada uno de los que tenían que recibir uno y ya no sé si los habrán visto pero de que los tienen, los tienen. El problema es que hubo dos sorpresas esa noche. La primera empezó una hora antes de mi momento de partir hacia casa de mis tíos. Alicia estaba de un humor especial y yo muy nervioso cuando tocaron el timbre, nos sobresaltamos y nos preguntamos en voz baja quién podía ser, hasta que los chillidos alegres de Fátima nos cortaron la incertidumbre. La dejé entrar y rato más tarde me abalanzaba sobre la puerta para apresurarme a la casa de mis tíos. Nunca calculé que Fátima se tomase tan a pecho su vivificación y el pequeño drama que le armé para que me revelara sus secretos. En lo que sin duda consideraba el acto más romántico de amor supremo, la chica fue a casa de Florian y se reveló ante mi tía, le contó toda la verdad o, bueno, una verdad llena de censuras y disculpas ante cada lágrima que veía en los ojos de esa operada señora. Así las encontró mi tío, abrazadas y chillando, la una de rabia con su rostro inexpresivo de tanto botox inyectado, y la otra de arrepentimiento con su carita candorosa brillante y compungida ¿se esperaba ese giro de sucesos? ¿qué clase de pesadilla es que tu mujer y tu amante se lleven bien y a tus espaldas? ¿dónde, exactamente, está lo pesadillesco de todo eso? El lío adquirió nuevos carices y Fátima fue testigo silente de una discusión entre dos que pronto olvidaron la presencia de la tercera, lo cual le permitió escaparse a darme las buenas nuevas de nuestra exclusividad.

No pensé, solo me lancé a la calle con los Collages y paré el primer radiotaxi que quiso llevarme. Ni bien llegué lo que encontré fue la puerta de calle abierta y una seguidilla de decepciones empezaron a operar en mi cabeza ¿me lo había perdido? Maldiciendo mi suerte entré sin dudar y noté que en el jardín, que también servía de garaje, estaba solo un auto y no los dos que solía albergar. “No es nada” me dije y hasta me propuse que quizá ya no tenían dos autos como acostumbraban, que mucho podía haber cambiado en tanto tiempo y otras basuras parecidas, pero el pensamiento se me pinchó ni bien escuché los sollozos de mi tía en la sala de su casa. Entré, el suelo estaba lleno de macetas y adornos rotos, mi tía estaba sentada en un sillón para tres, lloraba a moco tendido con las luces apagadas sumidas en las sombras de la noche y una estela de luz de luna cayendo a sus pies. No dijo nada al verme, ni cuando me reí, peor cuando dejé un Collage a su lado y me fui. Más tarde encontré a don Florian en el Hotel Radisson y dejé su Collage como mensaje en recepción. Tras esas dos entregas emprendí el camino a casa algo triste pero más feliz que otra cosa. Mi madre no había muerto por directa culpa de esa gente, pero se sentía bien culparlos del abandono, destruirlos hurgando en sus cuidadosas hipocresías, hacerles doler lo mucho que me hicieron falta cuando ya nadie me quedó en el mundo más que un padre que estaba demasiado ocupado en sus padres como para ayudarme a lo que sea. Si dejarle el Collage a mi llorosa tía era un golpe bajo y en el suelo, eso no evitó que me sintiera tremendamente feliz al imaginarme torciendo un cuchillo imaginario que acababa de clavar en la boca del estómago de esa familiar detestada. Hasta el dolor y la tristeza parecieron ceder, me dieron la perspectiva de un mundo perfecto, uno donde el rencor calmado ya no sería un factor que me controlase y aun si era patético sentirme bien a la costa de la desgracia de alguien más. Estaba chocho de la vida porque hacía rato que no me sentía así de genial. No calculé que le arreglé la vida a mi tía con ese gesto cruel puesto que, mucho después, pediría el divorcio y presentaría el Collage como evidencia suficiente como para dar por muerto cualquier futuro que don Florian hubiera podido abrazar, sentenciándolo a una vejez amarga y pobre, solo y abandonado por los hijos que él alguna vez no dudó en abandonar. Como dije, eso le valió mucho dinero a mi tía y le arregló la vida en los modos que yo hubiera deseado le saliesen mal, pero eso no quitó que tuvo que mudarse y cortar relaciones con mucha gente clave de su importante circulo social. Igual que sus hijos hicieron, después de repudiarla, no dudo que haya rearmado todas sus farsas en Santa Cruz, que fue donde se mudó, pero nunca debió de ser lo mismo para ella hacerlo vieja, cornuda y divorciada a ser la señora perfecta de antes, esa con el marido que proveía y una familia ejemplar. Una hora después de la fechoría ya me sentía vacío, un tanto arrepentido pero todavía satisfecho. De menos le quité la facilidad a sus farsas e hipocresías, que sigue siendo poco considerando cuánto me costó todo esto. Por lo que sé nunca se volvió a casar y solo una de sus hijas le perdonó las infidelidades del padre. No los culpo, ni creo que lo haya hecho ella, después de todo habían sido criados en el cautiverio de esa hipocresía de la familia ejemplar. Yo mismo reflexioné y concluí que probablemente ellos no entendían la gravedad de sus acciones, justificadas por la creencia de pertenecer a la funcionalidad de esa dichosa familia ejemplar. Y, antes de la segunda sorpresa, entendí que mi mística había sido el odio y que ahora necesitaba ver la realidad.

¿Qué es lo peor de la verdad? Algunos piensan que su inevitabilidad pero olvidan al olvido, precisamente. Si la mentira tiene patas cortas, la verdad apenas camina con lo largo de las suyas. Y es justo por esa notoriedad histriónica que tiene la verdad, que lo peor es ser el último en notarla, en enterarse de ella y todas sus implicaciones. ¿Qué clase de simpatía es esa de cortarse las venas en una bañera? Te vas a morir, ya qué importa que alguien tenga que limpiar, total que no será tu problema y si decidiste abandonar este mundo es porque te recontra cagas en el alma y las opiniones de los demás. Lo que los suicidas no saben, o prefieren ignorar, es que una vez que se van de este mundo sus opiniones, sus deseos, sus preferencias se van a la mierda, se pierden en lo que los deudos necesitan. Los vivos siempre son el problema, son los que imponen sus caprichos internos disfrazados del “así lo hubiera querido el difunto”. Es una forma de lidiar con la pérdida de alguien y la consciencia de la muerte, pero eso no le quita lo hipócrita. Por eso los suicidas no deberían tener atenciones como cortarse las venas en una tina para que el agua se mezcle con la sangre ¿piensan que será más fácil, más cómodo? ¿Cómodo para quién, entonces? El muerto siempre estará cómodo, ya no hay nada ni nadie que lo pueda molestar y lo suyo será esa región innombrable que ninguno nosotros conoce pero que la mística nos ayuda a soportar. De seguro Alicia mostró señales que yo no noté, lo cierto es que elegí creerme la farsa de su sonrisa para mejor calmar esta sed de revancha que más se parecía a una indigestión de ego y autodestrucción. Nunca le pude decir lo mucho que me vivificó y jamás lamenté tanto no haber podido vivificar a una muerta en vida. Subestimamos, o sobrestimamos también, a las personas en base a nuestras conveniencias. Queremos la entrega absoluta hasta que la obtenemos y cuando lo hacemos nos gana el terror a que la plenitud sea más jodida que el vacío. “Qué cosa más pesada debe ser vivir el infinito” me puso en un papel que encontré a lado de su cuerpo inerte y desnudo en la tina. La sonrisa revanchista desapareció en un mar de lágrimas y lamentos, no me atreví a sacarla del agua roja y, siempre con la nota en la mano, me fui a recorrer cada cuarto para rastrear los últimos pasos de la reciente muertita que se pasaba en calidad de zombie al más allá. En la cocina faltaba el trozo de pizza que guardé para celebrar, en su cuarto estaba todo ordenado y empacado con la precisión de quien sabe que no volverá, en la sala habían muchos pañuelos usados y los borradores de la nota que al final me dejó.

Entre lectura y lectura fui comprendiendo que Alicia hacía rato que tenía planeado marcharse y que mi supuesta vivificación no fue más que una última distracción que se permitió antes de matarse. La nota era muy corta pero todo se compensó con el exceso de confesiones que fui encontrando en cada borrador y en su diario, que forcé cuando despuntaba el alba y mis ojos ya no podían llorar más. Así fue que me enteré que su madre se había matado hacía un mes y con ella se había llevado a la hija más pequeña en un suicidio brutal y hasta repugnante que Alicia tuvo que soportar mientras yo la arrastraba a fiestas de gente estúpida solo para darme la chance de una revancha tan tonta como fútil. En su nota de despedida, la madre parecía segura de que Alicia nunca volvería al seno de una familia desgraciada, a la que el sufrimiento se quería llevar al otro lado a toda costa y no encontró mejor salida que liberarla de la desgracia con el sacrificio doble que “calmaría la sed de este Dios cruel, hija mía”. Los misticismos sostienen verdades y mentiras, pero que tan cierto sea algo no le quita lo mortífero. Mientras yo creía ciegamente en la revancha, la madre de Alicia se consolaba con la idea del sacrificio, por lo que pude enterarme después la señora no estaba en sus cabales pero tampoco nadie se ocupó de auxiliarla, ni internarla, nadie pensó en la niña, todos se encerraron a lidiar con lo que había pasado en soledad. Alicia no se perdonaba haber creído que su distancia le hacía bien a su madre y hermana, cuando lo cierto es que estaba movida por motivos egoístas. De haberla encontrado viva le habría dicho que no era del todo su culpa, que ella también necesitaba recuperarse en soledad y que su único pecado fue tardarse en animarse a buscarlas, a dejar de ver lo que ella quería y enfrentar la realidad. Como yo, que me arrepentía de eso mismo y le expresaba, tarde y motivado por una reveladora entrada en su diario, que yo también la quería, que hasta la amaba, y que yo también lo había descubierto la misma noche que  Fátima entró en juego con esa su presencia karmática que tanto terminó por marcar. ¿Quién sospecha de los ingenuos? Peor aún ¿quién se imagina que lo que lo joderá no será la astucia sino la mera ingenuidad? Ya no pude volver a ver a Fátima, no sé que habrá sido de ella, pero sospecho que sufrió y volvió a ser linda y finita, de seguro se casó con algún Florian que la condenará al destino al que se condenó Carmen. O no sé, estoy consciente que nada fue su culpa pero disfruto un poco esos pensamientos de ave de mal agüero. Si yo, señoras y señores, caí por engolosinarme de mi olfato revanchista y distraerme en estas ganas de vivificar, lo mejor que podía hacer tras tantas tragedias era aceptarme como el cuervo que soy y que siempre seré.

Cuando volví al baño recién noté que sonaba un disco de NERD en la radio que compramos para escuchar mientras nos duchábamos. A Alicia le fascinaba Pharrell, le encantaba que fuera tan feíto y atípico y aun así estuviera tan cómodo en su propia piel, como para hacerte querer bailar esos sus temas sexistas y plagiados. Solía pasarse horas vanagloriándolo a la par que le lanzaba esos insultos sutiles y venenosos de fan resentida e indignada. Se ponía intensa y así se veía sexy, le decía yo y la comparaba con Alesha Dixon en el video de She Wants to Move y ella se reía a carcajadas, se ponía un vestido corto e imitaba el baile de la actriz. Lo hacía muy mal pero igual a mi me encantaba verla feliz en ese baile que era aborto de sensualidad. “Lo que más recordamos de She Wants to Move no es tanto a Pharrell siendo tan peculiar, sino a Alesha Dixon probándose a la altura de diosa, una mera ninfa del baile y la sensualidad y la actitud” le decía mientras le robaba besos a sus cachetes, a su frente, a sus manos y hasta sus hombros, pero nunca en la boca, ni en los labios, jamás un beso donde hubiera contado para ver si nuestro romance la convencía de quedarse un rato más o terminaba de indicarle que ya era su hora de partir. Que al final eso pasó, pero sin darme a mí la chance de convencerla, sin que pudiese recuperar las oportunidades perdidas para vivificarla, estancado para siempre en el gris de las cosas, con preguntas que ya no serían contestadas y con ganas de desnudarme y unirme a ella en esa bañera en la que también podía dejar mi sangre para que quien fuera que limpiase la escena del crimen no lo pasara tan mal. “¿Y eso a mi qué me importa?” me dije entre llantos y miré distraídamente el dorso de la nota donde noté que estaba escrita otra frase que antes no leí. “¿Qué pasa, cuervo? Siga volando que afuera hay mucha carroña para que puedas penetrar”. Y lloré, claro. Chillar sería más apropiada palabra para ese momento de mierda en que abandonaba la anestesia emocional y permitía al dolor fluir en ese peculiar adiós a mis muertos. Dejé la nota a un lado, llamé a la policía y me metí a la bañera para darle un incómodo último abrazo a mi entrañable suicida, mi cómplice perfecta, un abrazo más para mis morbos mortales que para intentar robársela a la eternidad.

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Las ilusiones se pagan caras. Uno pone demasiado de sí mismo en esperanzas, quizá cuerdas, quizá idiotas, pero esperanzas al fin y al cabo. Las encontramos, las criamos, las alimentamos, les damos lumbre, techo, atención y cariño en la ingenua espera de que nos traten bien cuando crezcan, alimentándonos de su esencia para poder creer que hay algo más allá de la basura del día a día. Para poder escapar al obvio maltrato de los pesimismos y los derrotismos, para ignorar sus pintas extravagantes y medio góticas que alejan a quienes gustan vestirse de la puta “pureza” del color blanco.

 
Lo malo de las ilusiones y las esperanzas es que son fáciles de concebir y, encima, son más fértiles que conejos. Se empieza con una y, sin saber cómo, se termina teniendo mil, de las cuáles cinco son sanas, tres son productivas y una es posible. Solo una termina por darnos un poco de lo que quisimos inicialmente, y ni siquiera exactamentaaaawe así. Lo que recibimos de lo que esperamos es, indudablemente, menos de lo que jamás nos atrevimos a imaginar. Y aunque nos duele, lo recibimos agradecidos, como sedientos viajeros bebiendo agua sucia. Arrodillados y sumisos, nos humillamos agradecidos ante nuestras esperanzas que nos miran como las mascotas suyas que somos y sonríen con una confianza improbable en un ser humano. Y somos felices con semejante oprobio.

 
Lo más terrible es que les agarramos un cariño extraño. De esos intensos cargados de ternura y bienestar. Casi como adoptar a un cachorro tierno y suavecito que nos mira desde su inevitable estado indefenso y se ampara, sin querer, en esa su belleza cándida para que lo cuidemos, alimentemos y queramos en orden de no dejarlo morir ¿qué clase de monstruo mata cachorritos? Ya, cuando menos lo esperamos, las queremos, a las ilusiones y esperanzas, demasiado como para dejarlas ir. Y no quieren irse, aún cuando la vida se encarga de reducir sus probabilidades de existencia, las esperanzas se mantienen y se agarran con uñas y dientes a nuestros pensamientos.

 
Ver la verdad de las esperanzas no es sencillo. Si nos quitamos los velos de bienestar que nos trae el creer en algo, las esperanzas no se parecerán a tiernos cachorros sino a demonios grotescos que nos seducen con sus artes de ilusionistas, se aferran a nuestros pensamientos y nos violan con esa delicadeza imposible del optimismo y los lindos pensamientos. Uno no sabe que lo violan, que lo agreden y lastiman, disfrutándolo sin querer, pidiéndole más, a gritos, a sus muchos violadores. Nadie quiere admitirse como un abusado por sus propias esperanzas, nadie quiere pensarlas como dañinas, especialmente cuando se cumplen y nos dan un hermoso efecto placebo con tan solo un poco de lo que esperábamos.

 
Imagino que habrá más de una persona que saltará ante estas aseveraciones. Mentiras, exageraciones, pesimismos las llamarán y se refugiarán en las cálidas faldas de sus esperanzas y optimismos. Obvio. Nadie quiere enterarse que lo que creen que les hace bien, en realidad les hace mal. A ningún padre le gusta escuchar, y de pasob94f19dcfdd8e6e2322a7db7b9c3c92b-d5hqsqp admitir, que su hijo es un tarado sin gracia, ni talento más que poder recordar que debe respirar para mantenerse vivo. Y a duras penas. Tampoco nos gustaría que alguno de nuestros muchos mesías nos confesase que todo lo que ha predicado ha sido una elaborada farsa para hacerse de dinero ¿quién soportaría el sonido de sus confesiones? ¿Quién realizaría el conteo de suicidas decepcionados, desamparados sin sus esperanzas?

 
Pero seamos sinceros. Las necesitamos. Las esperanzas son como las palabras: traicioneras, sensuales, mentirosas, confusas pero imprescindibles dadas sus funciones. Sin palabras no hay formas de “comunicarse”, sin esperanzas no hay forma de seguir, de creer, ni de verle el lado luminoso- el dichoso silver lining, como en la genial novela de Matthew Quick The Silver Linings Playbook– que al fin y al cabo nos sirve para mentirnos y así darnos la capacidad de continuar sin que duelan mucho las verdades.

 
Solo puedo dar un sano consejo: no siempre es el lado luminoso de las cosas lo apropiado para enfrentar al mundo -de nuevo, lean a Matthew Quick- puesto que a veces necesitamos, también, usar la óptica del lado oscuro para poder comprender ciertas cosas. Además que ya es suficiente con que nuestros demonios nos persigan y torturen como para que, encima, alimentemos el hambre de las esperanzas e ilusiones –cuídense de embusteros como Coelho- cayendo en ese desesperado agujero de que luminoso siempre es bueno. No siempre, y si no me creen comparen el Parachutes de la etapa pesimista de Coldplay con el de su etapa más optimista: el Viva la Vida! No hay donde perderse, el Parachutes gana por knock-out en el primer round.

“Otros, en cambio, dilapidan dinero y autoestima en perseguir quimeras inalcanzables. El amor, por ejemplo.”
– Xavier Velasco, El Materialismo Histérico

Fumar mota no bastaba. Aquella ocasión ameritaba algo más fuerte, algo que quizá lo sumiría en reflexiones acerca lo que justamente intentaba evitar, pero desde la cómoda lejanía de la inconsciencia. Esa bruma casi perfecta de desesperación que deja huellas casi imperceptibles, de un sufrimiento que no se podrá evocar con la memoria. Un mecanismo autodestructivo para lidiar con esa rara urgencia de querer ver cosas hermosas terminar.

Joaquín Ballesteros vertió whisky y singani en el vino. Pensó en como su amigo Lucas frunciría el ceño ante ello, incluso lo escuchó diciéndole: “¿Por qué eres tan cholo, Joaquín?” con esa su sonrisa plena de carisma resistiblemente irresistible. Joaquín agregó vodka y un toque de ajenjo a su mezcla- a la que denominó suicida- sonriendo ante la perspectiva de dejar de pensar. Tenía una jarra casi al tope, que terminó de llenar con el zumo de varias naranjas, que tornó la mezcla en un dorado extraño que lo hizo dudar, nomás un poquito. Habría sido mejor tener algún hongo, un ácido quizá, hasta podía haber aceptado la desesperante angustia del cacto San Pedro, que un antiguo amigo drogadicto le había enseñado a preparar en forma de mate, para mayor comodidad. “A falta de pan: mierda” pensó Joaquín, mientras llevaba la fría jarra a su cuarto, donde lo esperaba un ladrillo de marihuana para poderse cruzar. “A veces es necesario matar lo pacato del ambiente” pensó con un ligero temblor en los dedos.

Tomó un sorbo de la mezcla suicida y la encontró extrañamente agradable. No era fanático de los sabores amargos del alcohol, pero supuso que sus amarguras hacían que todo le supiese más dulce que amargo. Miró la simpleza de su cuarto. Una cama destendida, un escritorio con un computador, un ropero lleno de ropa negra, una silla de madera antigua con grabados ornamentales y cojines rosados ubicada bajo la única ventana del cuarto con sus cortinas blancas, además de un estante de libros robados y/o comprados. Todas las paredes estaban tan desnudas y blancas, que cuando Joaquín apagó la luz adquirieron unas tonalidades plomas que denotaban las muchas manchas que el descuido había provocado a lo largo de los tiempos. Cookie, una amiga de Joaquín, solía decir que el actual cuarto del muchacho era una especie de dejadez forjada en decepciones estúpidas, una especie de espera por un algo que lo obligase a llenar las paredes de color y ornamentos inútiles. “Algo así como esperar a la felicidad intentando ser miserable” decía Cookie a quien sea que preguntase por la decoración del cuarto del muchacho.
En la oscuridad se quitó la polera y la lanzó a un lado. Se echó de un salto en su cama y luego estiró su largo brazo para tomar un poco de la mezcla suicida, sin poder evitar comparar el dorado del líquido con el rubio de los cabellos de Celia. Por un rato se perdió en el deliquio de pensar en ella, de recordar sus momentos con ella, de las ropas que había usado aquel día, del café discreto de sus ojos que Joaquín tanto disfrutaba, el celeste de su top (¿o era verde marino?), su jean, la chaqueta de cuero negro, su piel blanca y el contraste con el rubio semi-oscuro de sus cabellos. Sonrió con esa expresión que incluso los enamorados reconocen como estúpida, y el peso angustioso del desconsuelo en su pecho volvió a crecer, después de todo no hay peso que se disfrute con tanto sufrimiento como el de los enamorados. Peor aún, cuando quien se enamora eleva a la categoría de imposible a su amada.

Pronto el humo inundó el cuarto con el peculiar aroma de la mota. La espesura de las nubes de humo no dejaba a Joaquín ver más allá de su cama y su vaso de mezcla suicida. Ambos narcóticos habían tenido la virtud de idiotizarlo más allá de lo cualquier emocionalidad podía. Sus pensamientos ya no se perdían en la incómoda deriva de la desesperanza, ni en las desmesuradas ilusiones de su deseo, o el desconsuelo de saber que no podía ser más que un número imperfecto en los cálculos de Celia. La suya era la típica pena de quienes no se sienten dignos de algo, y aun así terminan añorándolo ¿Qué otro nombre, más que el más nefasto, amor, podía usar Joaquín para nombrar aquella tristeza constante? ¿Con qué otra palabra podía resumir tanta mierda? “Se grita, se maldice pero si ya te convenciste de que el escozor que sientes en las tripas es amor, rascarse es equiparable a un cadalso o a un suicidio.- le había dicho Cookie alguna vez- Al menos si eres de esos cachorros que prefieren ser buenas personas, de esos nobles que intentan ser caballerosos y respetuosos, que entran con los sentimientos en la mano y con la sinceridad en cada acto romántico que efectúan en nombre de a quien sea que digan amar. Y eso es jodido nene, pues las nenas como que nos gustan los cretinos que nos tratan medio mal, que en la mano solo tienen el pene hambriento de nuestras rajitas y cuyos actos los rodea de misterio y una seductora suciedad que no deja traslucir sus verdaderas intenciones”. Joaquín sabía que su terco romanticismo lo había llevado a cagarla de nuevo. Justamente por eso se encerraba con sus narcóticos, para establecer una distancia entre sus añoranzas y él mismo, de modo que a través de la distancia pudiese olvidar que Celia existía, que Celia respiraba, que Celia era tan genial, para olvidar su fisionomía y su voz ronca que él disfrutaba tanto, para olvidar sus frases matadoras a lo Cookie, para olvidar su risa repentina y sus miradas cómplices, para dejar de hacerse las mil y un películas en su cabeza donde ambos se amaban, donde todo salía como él deseaba y donde todos podían ser infelices, menos él y ella. Olvidando que si bien la distancia puede, también, curar el mal de amores, es, sin embargo, una apuesta riesgosa pues, por lo general, suele agravarlo.

Joaquín se perdió en la confusión de los efectos del cruce de narcóticos. Hacía rato que la jarra de mezcla suicida estaba vacía y que el ladrillo de marihuana se había esfumado en forma de porros, bongs y pipas que su fiel candela había iluminado. Y fue así, con los ojos perdidos, su cabeza perdida, su vida perdiéndose y sus sentimientos apagados ante el abrumador desequilibrio de sus pensamientos, fue así como lo encontraron los cuervos.

Primero se preguntó de dónde habían salido tantos. Intentó recordar si había dejado la ventana abierta, puesto que la espesura del humo no le dejaba ver más allá de su posición fetal en la cama, pero no lograba concentrarse ante los revoloteos de los pajarracos encima suyo. Había algo raro en la hostilidad con que sobrevolaban, en la manera en que sus picos se abrían con espumas rabiosas fluyendo y graznaban violentamente sonidos estridentes que lastimaban a Joaquín. Y fue cuando vio la inquietante negrura de los ojos de los cuervos, esa oscuridad palpable que parecía transmitir un desasosiego tan familiar, fue entonces que comprendió que los cuervos estaban pero no estaban. Eran alucinaciones, quizá, que reflejaban sus propios demonios. Demonio, en realidad.

Desde niño que el amor era un límite de lo ilegal para alguien como él: demasiado invisible, demasiado pequeño, como una especie de accidente con patas que de haber amado y demostrado que lo hacía, sufriría un castigo por su crimen. Algo peor que simplemente soñar con la imposibilidad de tornar lo imposible en posible, aunque Joaquín no sabía de nada peor que aquello. ¿Cómo era que había terminado ahí, en el amor? ¿Qué clase de intensa soledad lo había empujado a tejer ilusiones de adolescente enamorado? ¿Cómo era que Celia había logrado pasar las pruebas de sus estándares, de por sí altos, para sentarse tan cómodamente en un trono que, quizá, exageraba sus atributos? Los cuervos que lo torturaban le recordaban la fragilidad de su mortalidad, representaban cada derrota, cada fracaso, cada defecto y cada motivo por el cual nunca sería digno a los ojos de Celia, con esa arrogancia que tienen los acomplejados y/o amargados de creerse capaces de antelarse a lo que se pensará de ellos. Pero más allá de los dolores típicos de un enamoramiento desesperanzado, los cuervos traían las torturas de cada aspecto de su vida, de todas las cargas con que se entorpecen los acomplejados. Y en medio de la bruma de los narcóticos sufrió. Con una inefable angustia y una inenarrable conjunción de tristezas, que le recordaban lo “loser” que era.

Nos entregamos a la Perdición cuando aun no deseamos casarnos con la Muerte. Es más bien una especie de coqueteo distante, donde miramos fijamente a la Muerte y susurramos cosas sucias mientras la manoseamos a la Perdición, quién nos deja marcas imborrables con sus besos y chupeteos. Quizá Ballesteros intuía que los cuervos no esperarían a su muerte para comer de su carne, quizá pudo leer, en aquellos temibles ojos completamente negros, que la paciencia era una maricada y que, primero, lo matarían para, después, llenarse más rápido sus estómagos.

No le sorprendió cuando los humos de la marihuana se disiparon de repente. No pudo sentir más que un estúpido embelesamiento cuando vio que la imagen de Celia se manifestaba en su habitación que había cerrado con llave y con la ventana intacta, como si nunca se hubiese abierto. Aun drogado, pudo notar que esta Celia brillaba con una luz tan digna de ella, como solo ella misma podía ser. En un flash de conciencia se sintió ridículo por todas las maricadas que pensaba. Pero luego reparó en la corona de flores que flotaba encima la cabeza de Celia, como si de una aureola se tratase. También notó que la oscuridad retrocedía ante su reconfortante luz, una luminosidad que los cuervos odiaban y ante la cual retrocedían furiosos.

Se arrastró. Se rindió ante el peso de aquella visión aceptando la cabrona realidad, consciente de que nada era real y que, sin embargo, todo lo era. Lo malo de los simbolismos es que crean imaginarios que nos gusta asumir como reales. Y era aquel un simbolismo perfecto en donde el amor linchaba, con su luz purificadora, todo sufrimiento pasado, toda derrota, toda posible amenaza a su ser. Y era el simbolismo que permitía al amor triunfar por encima de todas las cosas, donde el amor todo lo podía y todo lo perdonaba, donde el amor se presentaba en forma de Celia y dejaba a Joaquín Ballesteros entregarse a la enfermedad de amar como un “loser” y soñar, e ilusionarse y no dejarse lastimar por los cuervos. Fue así que Joaquín terminó arrodillado y refugiándose en la visión de su amada, mirando temeroso a los cuervos y hallando cierto tipo de confort en aquella aparición, quien miraba fijamente a los cuervos con una expresión de neutra conmiseración en el rostro igualito al de Celia, y los fulminaba con esos terribles y profundos ojos completamente negros.

 

Laura Blandón 2

por Laura Blandón

Fran Lebowitz

 

“Lo malo era que en el fondo él estaba bastante contento de sentirse así, de no haber vuelto, de estar siempre de ida aunque no supiera adónde.”
– Julio Cortázar

“Si la cursilería fuera un pecado, yo cada noche me ganaría el infierno.”
― Xavier Velasco, Éste que ves

“Soy una fuerza contraproducente, y lo peor es sentir este entusiasmo.”
– Xavier Velasco, Puedo Explicarlo Todo

 

En momentos como este me gustaría tener algún dios en el cual creer.
Podría, por ejemplo, creer que me dirijo hacia una experiencia que cambiará el curso de mi destino. Algo tan increíble, tan mágico, tan predestinado a cambiarlo todo en mi vida sin más trámite que el de una mirada, o quien sabe cuántos miles de probabilidades que podrían darse en este encuentro al que me dirijo.

Podría estar rezando fervorosamente por un milagro. Deseando con toda mi alma, y esperando, una especie de atajo que me permitiese conseguir lo que quiero a cambio de mi más sincera y entregada fe, y es que ¿no tiene la esperanza algo de espera? No por nada las palabras son tan semejantes en sus estructuras, como para que solo tengas que aumentar un “nza” para convertir la espera en tortura. Alguna vez Marcelo, uno de mis mejores amigos, me dijo que yo le daba pena puesto que no creía en nada, que era de esos que iban por el mundo viendo todo de una manera tan gris y vacía, que de seguro era horroroso levantarse cada mañana a ver un mundo tan corrupto por la falta de una fe en un poder más grande, una especie de testarudez en el ridículo del “No puede ser que Dios exista”. Me cago en Dios. Probablemente porque él se cagaría en mí, y no por arruinarme la vida, sino porque de verdad considero que si hay un dios no pueden importarle los humanos. Después de todo, si un ser fuese omnisciente de verdad, no podría pensar en los mismos términos que, nosotros, los humanos.

Si creyera en algo divino, ahora mismo quizá no estaría consumido por este miedo asesino y esta inseguridad palpitante. Quizá estaría entregando las responsabilidades de lo que pase a lo que sea que Dios quiera. Horrible decisión si me preguntan, abandonar todo atisbo de control y decisión sobre tu propia vida y dejarlas en manos “más capaces”. Pero lo entiendo, ahora mismo siento como si pudiese vomitar de puro nervios pero el vomito no sale, está trancado en alguna parte de mi cuerpo haciéndome pensar que tengo mal aliento y ninguna menta, y eso me hace desear entrar en automático, no soy lo suficientemente fuerte para enfrentar este encuentro. Bien pensado, si de verdad creyese en lo divino, a estas alturas estaría vendiendo mi alma a cambio de un beso o un abrazo, inclusive.

En lugar de ello estoy simplemente sentado en el asiento trasero de un taxi. Nervioso, emocionado, asustado e impaciente. Viendo como las calles pasan y pasan delante mis ojos y no logrando registrar nada de verdad, solo pensando en el encuentro cercano, en la primera vista y todas esas chorradas de conocer a alguien, físicamente, por primera vez.

Ayer era un supuesto fin del mundo. Uno de esos apocalipsis donde los cielos se abren, y el mismísimo Dios baja a condenarnos a todos los pecadores y llevarse a los justos a su lado a disfrutar del regocijo eterno. Pero no pasó nada, fue un día tranquilo y rutinario donde los pecadores, como yo, seguimos respirando sin el calor de las llamas infernales y los justos, como Marcelo, aun no pueden disfrutar de la hermosa comodidad de flotar echados en una nube. Pero eso es puro marketing, lo cierto es que creo que algo de apocalíptico debe de haber en estos días. Todo se siente como un gran final, como en el sentido puro de la palabra apocalipsis: quitar los velos.

¿No es, acaso, este encuentro un gran ejemplo de ello? Mientras el taxi se estanca en un embotellamiento que no se si amo u odio, se me ocurre que quizá este sea el momento más lindo, ese momento de ignorancia donde todo puede ser, donde aun se puede soñar y creer lo que sea. Podría cegarme con velos improbables de mi imaginación, escenarios donde las cosas salen de un modo, o de otro, podría imaginarme que todo sale estupendamente bien o catastróficamente mal pero todo según lo que yo decida, lo que yo quiera, todo a mi voluntad y sin ninguna alarma, ni sorpresas.

Algo de apocalipsis hay en todo esto. Supongo que enfrentar la realidad es una suerte de apocalipsis, donde se pierde cierta capacidad de soñar, de ilusionarse con lo que sea que uno quiera y se debe enfrentar a una verdad que puede doler o no. Y es cuando pienso esto, que noto que podría pedirle al conductor que pare el puto carro, y podría salir corriendo hacia la libertad de la incertidumbre, para que ningún miedo se cumpla, ni mis contingencias fallen. Solo yo, corriendo hacia la ignorancia sin enfrentar nada y creyéndome una mentira, que dejaría de funcionar en cuanto el arrepentimiento llegase. Y llegaría con sed de sangre, porque el arrepentimiento es así, se muestra inofensivo e, incluso, peleable, pero cuando llega es violento, letal y te derrota de un simple golpe que mata lentamente.

Ya no importa, igual ya llegué y ahora me paro en esta esquina esperando al primer impacto. Lo hago con el corazón acelerado y con la angustia violando mi pecho, lo hago con un sentimiento de inevitable fatalidad, con temores a desencuentros, a desagrados, a malas impresiones, a tantas cosas ridículas que ya es hasta risible que me sienta tan nervioso, y me muestre tan calmado. No sé porque, ni que quiero. “Es solo un encuentro” me repito. Y así es.

Cuando llega el primer impacto es solo un atisbo lejano. Es ver desde donde estoy que las leyendas eran ciertas, que conocerla podría ser de esos momentos religiosos de catarsis, pero que mi testarudo pensamiento sin dios me salva de convertir el primer impacto en nada más que eso. Nada saldrá de esto. Nada se perderá tampoco y todo dolerá demasiado, pero habrá valido la pena. O al menos eso espero. Aunque solo sea un bip menor en sus radares.

Cuando llega el segundo impacto es una figurita bajita frente mío, abriendo los brazos, o quizá no, quizá la memoria me falla aun cuando estoy en el mismo momento. Quizá el segundo impacto haya empezado a destruir el mundo. Mi mundo.

Ya el tercero, cuarto, quinto impacto son difusos, hermosos y letales como la extraña calma durante la tormenta. Se han quitado los velos para revelar algo aun mejor de lo que me habría atrevido a soñar, porque al final el riesgo hace que el final sea más placentero o terrible. Y hay cosas que siempre acaban en tragedia, pero ¿acaso importa? Quizá jugar a la Ruleta Rusa no sea tan malo cuando sabes que algún dios te perdonará en su eterna misericordia, pero creo que es más delicioso sobrevivir a ella cuando tienes la idea de que esto es todo, cuando no concibes en tu cabeza nada más que un vacio eterno e inconsciente más allá de la muerte.

¿Por qué no jugar a la Ruleta Rusa? Cuando el apocalipsis ya ha empezado, lo mejor que se puede hacer es seguir el caudal de las revelaciones y ver a que otras preguntas te dirigen. Disparas una vez, dos, tres y aun sigues vivo, viendo el caño de la pistola esperando a que en los dos intentos restantes que te quedan no te vueles los sesos. Y debe ser la gloria más enorme cuando dejas la pistola a un lado después del quinto intento, con la bala estancada en el sexto intento y la vida brille con esa deliciosidad que solo la cercanía a la muerte revela.

Calvin

 

No hay como darle otro nombre que no sea frustración. ¿No es ese acaso el nombre que le damos a una espera vana? Sentado espero una respuesta que no llega y, por supuesto, esta respuesta es más que simplemente eso. Involucra, o mejor dicho encierra, el deseo de una ilusión, el querer algo con toda tu alma pero quererlo como caído del cielo, aceptador ciego de quién uno es, como un regalo inmerecido que, sin la más mínima duda, aceptamos como lo más justo. La paga a tantos clavos en nuestras crucifixiones. Pero cuando nos quedamos sin lo que aguardamos, no sabemos a quién atribuir la culpa, y es entonces que caemos en la salvaje libertad de señalar con el dedo al cielo para evitar que ese mismo dedo apunte a nuestro propio cuerpo, después de todo ¿A quién le gusta ser culpado de sus derrotas? Eso sería como revolcarse enfermizamente en la propia mierda, con el perdón de los finos respecto a lo vulgar. Y quienes así se revuelcan lo hacen porque encuentran un gusto martirizante en comer de sus propias heces, o son de esos que, a punta de una terrible pistola invisible, se sienten obligados a hacerlo.

¿Qué tiene la esperanza que se hace como un vicio? ¿Será debido a que es una falta social execrable? ¿O será que por ser la característica de los sancionados, quienes no saben tomar las cosas con medida, termina por volverse una tendencia victimaria que salva del pecado? La esperanza hecha vicio se hace una lepra interna. Es una ponzoña de las peores, la más deliciosa y contra la que menos se nos advierte.Cualquiera sabe que la Coca Cola puede acelerar el nacimiento de una diabetes, que el alcohol puede destruir las pocas neuronas que tiene, o que las drogas lo van a endeudar con algo más que solo dinero y no por eso dejaremos de gastar por gusto o necesidad.

(Dinero, otro vicio que nadie condena.)

A la esperanza nos la promocionan, la vende desde el predicador más anónimo hasta el famoso más privado de privacidad. La esperanza tiene adeptos desperdigados por donde sea. Los ves en los valores de diferentes religiones, en las charlatanerías de los libros de auto ayuda, en el podio de sabiduría absoluta de los psicólogos, en el fondo de una fría botella de chela, en las palabras de un amigo que no desea contaminarse con tus lágrimas, o incluso en una mano extraña que desea cumplir su cuota karmática con algún acto “altruista”. La esperanza hecha vicio sabe a gloria, lo asciende a uno a pedestales más altos que los tronos arrogantes de la religión y de la ciencia, es una sensación mejor que la droga más desconectadora y hasta es más sabrosa que un orgasmo en una noche de sosiego. Y aun con tanta propaganda nadie se anima a decir que, ya después, el cuerpo se malogra con tanta espera, la mente se ha atrofiado de puro cuento que uno mismo se cuenta y que la ilusión sigue ahí, bailando arrepentida y a la fuerza con la frustración.

Es un vicio perverso el de esperar. Tal vez sea más correcto decir el de ilusionarse, pero toda ilusión en el fondo es una espera. Y quienes están enviciados con ello son espernibles bembos o, más procazmente, despreciables estúpidos demasiado conscientes del veneno que se inyectan, de la peligrosidad de soñar. Quien toma el camino del soñador está lo suficientemente desesperado como para creerse cualquier mentira. ¿Qué tan fácil es negar que quienes esperan en realidad solo desean mentirse? ¿No es la mejor mentira la espera eterna de algo justo o, cuando menos, bien merecido? El vicioso de esperanza se deja vencer por un deseo suicida. Es seducido por un impulso de muerte ornamentado de cosas bellas, recontra ca(r)gado por mentiras de felicidad. Su único momento cuerdo: la frustración. Esa espera que se ha ganado el calificativo de vana, ese dolor que se vive como el más maldito, esas lágrimas porque se nos acabó el veneno para nuestro suicidio.