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Era una mañana horrible y neblinosa cuando Francisco Antezana decidió vencer la flojera y dejó de ignorar los ruegos de su médico, el Morsa, que ya desde hacía unos años le rogaba que llevara una vida más sana. Se levantó criminalmente temprano, ignoró las quejas del bulto que era su esposa y embutió su cuerpo en un atuendo deportivo, de esos térmicos que mantenían todo el calor y el sudor adentro, y no dibujándose en contornos ofensivos debajo las axilas, o la espalda baja. Llenó una botella con agua y decidió saltarse el desayuno hasta después, convencido de que si salía lleno volvería vacío y con el aliento rancio. Abrió la puerta, salió a las calles del condominio, maravillándose con el empecinado silencio que reinaba a esas horas de la madrugada. Quizá fue un poco para salir de casa, o tal vez fue porque ya no soportaba el vozarrón del Morsa sonando en bucle dentro su cabeza con ese mismo tono de reproche con que dominaba a los ancianos y con la calidad de una vieja grabadora de cassettes. El viento frío creó un par de dudas, pero ni bien se puso los audífonos con música a todo volumen, sus piernas comenzaron a moverse solas y a una velocidad de la que él mismo no se imaginaba capaz.

El barrio era el mismo siempre. Un pequeño mundo de casas lujosas, cada cual marcada por su propio estilo arquitectónico, como si en algún momento de la historia de aquel sitio una guerra de estética entre unos cuantos arquitectos muy snob hubiera tenido lugar. Al principio, hace quizá unos quince años, Antezana disfrutaba llegar desde su oficina en la ciudad hasta ese remanso oculto de la civilización. El condominio estaba tan alejado como para que un par de los más acaudalados habitantes se vieran obligados a hacer inversiones de tal forma que el lugar tuviera su propio supermercado. Eso llevó a que muchos otros pusieran cafés, hamburgueserías, galerías, clubes de cine, librerías, bazares y otros intentos de negocios, todos pequeños, ninguno más que un divertimento con que algunos maridos le daban sentido al vacío en la existencia de sus esposas, quienes decoraban y administraban locales no pensados para ganar nada más que aislamiento. Eso sí, llegar por las noches era un espectáculo de luz y vida. Las casas aparatosas con todos los focos encendidos, los negocios igual, pero con la gente entrando, saliendo, yendo de aquí para allá, riéndose los unos con los otros, hablando de la familia, la propiedad privada y la descarrilada juventud, esos que los escuchaban en silenciosa sonrisa, bueno, al menos los que no estaban alborotando las calles y la noche con sus risas y sus charlas sobre el colegio, la lejana vida y el amor. Francisco pertenecía al grupo de esposos trabajadores llegando en lujosos autos, saludando desde las ventanillas a la comunidad entera. Todos se conocían, todos rotaban invitaciones de cenitas y tecitos y almuercitos, y tantas cosas que Antezana ya no disfrutaba como antes. Tal como las llegadas nocturnas a ese infierno de luz y cordialidad, de señoras llamándolo Panchito y jóvenes lanzándole discretas miradas insolentes en las que siempre encontraba a su mujer. Quizá la magia se había perdido, quizá vivir tan lejos de la ciudad ya no era novedoso, y ni siquiera podía decir “tan lejos” pues en los alrededores ahora existían otros condominios, todos estructurados como burbujas perfectas, cada vez más numerosas y apelmazadas.

Durante aquel trote Antezana descubrió que prefería el estado matutino del barrio. Los hogares grises y quietos, muertos en vida, las calles deshabitadas, los autos sin sus molestos conductores. Hasta la misma neblina le gustaba, daba la impresión de un aire de desahucio que, por algún motivo, lo llenó de alegría, tanto como le turbó ver que la luz de la viuda Ramírez ya estaba encendida, tal como muchas luces en el hogar de los Cardona, pero tras un rato dejó de molestarle el detalle y hasta se permitió divagar sobre qué clase de actividades se llevaban a cabo en hogares tan -o más- conservadores que los demás. Esto lo divirtió hasta que recordó la mano de hierro con que su esposa solía administrar las cosas, a su hijo rebelde sin causa y todas las agrias peleas para que dejara de ser un papelón en el barrio y que, por favor, por lo que más quisiese, fuese un poco más como su hermana, la Silvita, su hija querida, tan ingenua la pobre, pero buenita, todo un pancito de Dios. Nunca supo si fue el aire de la mañana o el cansancio acezante, pero de pronto la santidad de su hija le parecía poco encantadora. Justamente a él, que hacía unos días la miraba agradeciendo aquel mismo detalle ante la ya no tan lejana llegada de sus tiempos universitarios.

Llevaba casi veinte minutos de arduo trote cuando, por fin, el vozarrón del Morsa bajó un poco su volumen. Se sentía bien, obviando la falta de aliento y el sudor excesivo; Antezana pensó que no estaba tan fuera de forma como el doctor le había hecho creer con todos esos discursos de dieta y ejercicio, de una vida más larga, de los beneficios del verde y todas esas basuras que su hija lograba seguir con una facilidad religiosa. Claro que ella tenía treinta dos años menos que él. No, eran treinta y tres. Antezana solía olvidar que estaba en sus cincuenta redonditos, pero en su defensa podría decirse que apenas llevaba tres semanas desde el cambio de dígitos. Un cambio que llegó acompañado, justamente, de la voz del Morsa en su cabeza y una nueva angustia por su antes ignorada panza y/o las canas que ya pintaban de gris su larga y azabache cabellera. Pero Francisco no pensaba renunciar a los ocasionales pollitos nocturnos de doña Rosa, o a las hamburguesas de su ahora único amigo en el barrio, el flaco Portoño, mucho menos a los jueves de pizza con su hija o los viernes de póker con su hermano, cuando aprovechaban para beber cerveza y jugar alguno de los disparatados juegos de mesa de su sobrino. No, para nada. Todos eran los únicos placeres de una vida que nadie, ni él, habría podido llamar sacrificada pero que, definitivamente, estaba plagada de estrés. Entre la oficina y los quehaceres diarios, tenía Antezana poco humor para llegar a comerse una ensalada aderezando uno de esos chistes de soya que su mucama insistía en llamar carne. Aparte estaba el detalle de saber que ceder a ello desembocaría en su esposa mirándolo desde el otro lado de la mesa, con aquellos ojos endulzados de resentimiento, devorando lentamente un enorme y oloroso plato de comida italiana. Sacudió la imagen de su cabeza y prefirió pensar en los domingos en la piscina de los Gorena, con casi todos los hombres del barrio mirando su panza con envidia, algunos con esa nostalgia por las cosas que nunca se tuvo y así fue sintiéndose bien con el mar de sudor que expulsaba su cuerpo, con las miradas que generaría la posible ausencia de la que, a toda regla, era una panza mínima. Pancita, como le decía Silvita.

Casi terminado el circuito, cerca de la puerta de su casa, sintió el peso de la fatiga con la respiración fuerte y entrecortada, los miembros abotagados, la mente deseosa de rendirse y zamparse un desayuno americano en algún café cercano a la oficina, porque el de doña Clara no abría a esa hora. Delante suyo, aun por encima de la música en los audífonos, escuchó un portazo desde la casa de sus vecinos y notó a una figura esbelta vestida de apretado rojo, curvas de sílfide, movimientos armoniosos y trasero de durazno, casi cubierto por esa cabellera pelirroja tan característica de los Otero. Al principio Antezana no sabía si la fatiga le hacía ver cosas, entonces la voz de su esposa acusándolo de exagerado se hizo un cuchillo y nada más por eso tuvo que pisar tierra y admitirse que aquella flama de vivo rojo no era otra que una de las integrantes de esa familia. Aquella visión excitante era Manuela, la madre, o alguna de las dos hijas en ese hogar de ocho que vivía sumido en molestos escándalos melodramáticos, o fiestas de viernes, sábado y domingo. Su entrepierna se abultó un poco con el movimiento pendular de las caderas de la Otero y casi sin preverlo su mente le hizo apretar el ritmo hasta que pudo pasar a lado de ella para ladrar un magro saludo matutino que ella respondió con una sonrisa.

Era Catalina. La menorcita.

Esa noche programó la alarma, pero la retrasó para darse unos diez minutos más de sueño mientras su esposa miraba una serie en su celular con los audífonos a todo volumen. Recostado en la oscuridad contempló el techo con una mirada inefable. Nadie, ni su esposa, habría podido desentrañar lo que sucedía en su cabeza. Quizá para alguien que lo hubiera visto terminar la última vuelta de su circuito habría resultado fácil, hasta obvio, pero incluso en su casa apenas notaron que salió y para la tarde todo estaba olvidado. Giró incómodo entre sus sábanas y dejó volar la mente. El sueño se confundía con los recuerdos: la vida que se comparte con los vecinos, el parpadeo en que una niña se convierte en mujer, la gigantografía de lencería de camino al trabajo, los forzados miércoles familiares para ir a la plaza de cines, abarrotada gracias al 2 por 1, inundada de juventud con escasos trapos. Se acomodó los pantalones del pijama, miró la hora, se escandalizó, se levantó silencioso y bajó las gradas hacia el baño de visitas. Apretó los labios y con paciencia esperó a que el sudor actuara para evitar la fricción. Por un breve instante consideró en pensar en su mujer, pero la imagen de Catalina enflamada se filtraba en forma de violentos flashazos que se probaron más efectivos que cualquier recuerdo, y hasta más que las varias ofertas gratuitas interneteras. Ni siquiera vio venir el chorro, no hasta que lo tuvo escurriéndose en su propio rostro, con la expresión de sorpresa ante la fuerza de la expulsión y la garganta resentida por el grito que tuvo que ahogar. Y así un par de veces más hasta que la madrugada lo despertó con su frío y aprovechó de orinar dado que ya estaba en el baño.

Esa madrugada se demoró en todo detalle que pudo al prepararse para obedecer al Morsa, y aun así estuvo sudando una eternidad de veinte minutos antes de que Catalina Otero saliera, esta vez con una calza negra más apretada que la del día anterior, un brevísimo top verde que no la protegía del frío invernal y unas gafas muy oscuras que velaban sus aceitunados ojos celestes de un sol ausente. Antezana se dio el gusto de pisar el suelo con la izquierda al compás del bamboneo de esa nalga derecha y estuvo a punto de tropezar un par de veces por no fijarse en los obstáculos esporádicos que traía el circuito. Tanto habían luchado los vecinos por un asfaltado mejor, pero la guerra contra el tiempo no la gana nadie, pensó apenado, justo cuando Catalina se dio la vuelta sin nunca dejar de trotar; le dirigió otra sonrisa que casi lo fulminó y apretó el paso hasta perderse de la vista de Antezana. Éste se esforzó, primero trotando y luego, cuando la compostura estuvo perdida, corriendo como un loco, aunque sea para ver un poquito de aquel poto y hacerle fotografías mentales, útiles para el insomnio. Pero la desgraciada era muy rápida y, cuando ya no pudo más, entró frustrado a su casa. Sin saber bien porqué, rompió a llorar en la ducha.

Mucho puede suceder en un mes. No pasó demasiado hasta que la familia Antezana se dio por enterada de los nuevos hábitos de su patriarca. Quizá fueron sus dramáticas entradas por las mañanas, cuando el resto de la familia desayunaba, todavía derrotados por la modorra, y él aparecía todo sudoroso, fatigado, con la respiración de quien sufrirá un ataque cardiaco en cualquier minuto, abriendo el refrigerador y quedándose parado ahí un rato, como deseoso de que el frío congelara las numerosas gotas chorreando desde su rostro, hasta que al fin sacaba una jarrita de zumo de naranja que se zampaba en un solo ruidoso golpe. Sí, quizá fueron esos momentos. O tal vez fue el progresivo cambio corporal de esbelto a atlético, que concordaba con el súbito capricho de entrar al gimnasio después de la oficina para llegar a casa tal como en las mañanas y repetir esas mismas pantomimas, hasta que cada quien se perdía en sus propios asuntos y el viejo seguro ya estaba fuera de la ducha y la vieja fija ya estaba en algún cafecito o snack del condominio, o la ciudad, o cualquier parte, no sabían, pero no en casa, eso era seguro. En todo ese mes, más que acostumbrarse al vacío hogar, tanto Silvita como Marito Antezana encontraron formas de explotar aquellas ausencias; ya sea en un encierro cada vez más premeditado y sesudo para escapar de los aullidos de los chicos que le pedían a la nerd que se sacase la actitud de monja y enseñase más las nalgas, o en la libertad absoluta para salir a vandalizar el condomio con otros muchachos disconformes con su barrio, siempre grabando todo para subirlo a una cuenta anónima de Instagram y ocultándose en la casa tan convenientemente vacía de padres.

Aquel mes fue el cielo para Marito. Por las mañanas soportaba el espectáculo de su padre hasta que éste se iba primerito que nadie, y entonces subía a su cuarto para demorarse en vestirse y alistarse de modo que su hermana -corcha de mierda- no tuviera otra más que irse sola a esperar la góndola. Su madre apenas le reprochaba el retraso y era la segunda más apresurada en salir, tomando el segundo auto hacia donde sea que fuesen las amas de casa que tienen una mucama que trabaje por ellas, pensaba Marito mientras esperaba los quince minutos tras la partida de sus padres para quedar completamente solo en su palacio. Las mañanas eran suyas para holgazanear y planificar las reuniones de la tarde. Sus amigos iban del colegio a su casa directamente, y algunos hasta saltaban el colegio de sus trayectos. De nueve de la mañana a cinco de la tarde, la casa Antezana era el mejor punto de reunión para ruidosos muchachos de dieciseis a diecisiete años con ganas de destrucción en las hormonas. Especialmente por las tardes que salían un rato de su rutina para tratar de espiar a la Cata Otero desde la ventana de la Silvita, quien no sabía cómo decirles que por favor se fueran para que pudiera estudiar en paz. La Cata solía llegar a las tres, directo a cambiarse el uniforme, y ellos, con las cortinas de la Silvita cerradas, con una cámara digital asomándose por una rendija, jugueteaban con el zoom hasta tener un vistazo de algo, lo que fuera, del cuerpo de la Cata. Nunca conseguían nada más que algún vistazo fugaz cuando a una cortina la elevaba el viento y ellos celebraban con un montón de grititos ahogados y risas gangosas. Mejor era cuando ella estaba apresurada y se olvidaba de cerrar esa condenada cortina y le veían la espalda en full technicolor, o aquella memorable vez que gracias a una hazaña del Urqueda, Cata se asomó a la ventana del baño y quedó retratada con la mirada inquisidora, mirando a todas partes menos hacia la cámara, con un sostén de frutillitas apenas conteniendo sus senos. Un video que batió un récord de vistas en los Whatsapp del curso y de otros colegios más.

Silvita soportaba la presencia de tanto muchacho en su habitación aprendiendo algo de los comentarios que lanzaban sin freno o filtro. Pronto se hizo experta en todas las formas en que se podía nombrar a los senos, o al trasero, o a las mujeres en general, y en ese mes desarrolló un oído que captaba hasta el más sutil de los innuendos. Podía soportar todo, tampoco tenía otra, se decía cada que su hermano convertía su dulce mirada de hermanito menor en los ojos de la furia encarnizada. Sentía pena, pues Catalina le caía bien. Era una chica inteligente y aplicada pero que también lograba muchísimo gracias a esa su irreal belleza. Lo más raro, y lo peor, era que Catalina podía ser muy amable y, por lo general, lo era. Rumores llegaban de lo arpía que podía ser, pero Silvita sabía que eran la clase de cosas que propagaba la Beatriz Pau de pura envidia. Otros rumores apuntaban a que la Bea Pau estaba enamorada de Catalina y por eso se esforzaba en odiarla, otros afirmaban que el lío estaba en que Catalina era una princesita que hablaba de feminismo y la Bea no creía que las princesas pudieran hacer eso. Su hermano le decía que Catalina estaba enamorada de un chico de la promoción, el mismo del que estaba enamorada la Bea y… por eso no le gustaba meterse mucho en ese mundo de socializar. Las ideas, los sentimientos y el tiempo se perdían en estupideces, en gente inútil como la tal Bea Pau. Pero Catalina sí que le caía bien y todos los días deseaba animarse a acercarse y decirle lo que su hermano hacía con sus amigos, consolarla por el video filtrado señalándole las gargantas de los culpables. Estaba más que segura de que ésta se lo agradecería y sería muy pero muy amable, y si no hubiera sido por las repercusiones en casa…

Silvita también temía por sus padres. No era nada nuevo que su madre nunca estuviera, aun cuando estaba ahí. Ya eran años de años que su madre llegaba de la calle con los ojos hinchados y actitud febril. Silvita la había visto en sus andares citadinos y no la culpaba por sentirse miserable en una casa que, a toda luz, no había logrado sobrevivir al crecimiento de los hijos. En realidad era su papá quien más la sorprendía. Esos cambios bruscos la asustaban y su nueva rutina le parecía demasiado brutal como para ser algo inocente. ¿Quién pasa de pedirse una triple hamburguesa con tocino a tomar batidos de manzana y apio mientras hace alrededor de tres horas de ejercicio por día? Les preguntaba a sus amigas y éstas especulaban que quizá era cosa de la edad. Su miedo entonces se exacerbaba, pues recordaba cómo alguna vez su padre, en una de esas rarísimas ocasiones que llegó borrachísimo de sus visitas al tío Raúl, confesó una fantasía que tenía. Un día salía de casa para pasear al perro y horas más tarde, quizá ella, quizá su madre, nunca Marito, se daban cuenta de la ausencia del perro. Preocupadas iban a buscarlo por la casa y lo encontraban atado al poste frente a la puerta de calle, tal vez aullando, aunque entre tufos Antezana le confesó a su hija que ese detalle ya era mucho melodrama. En fin, la fantasía continuaba con ellas, cualquiera de ellas, llamando molesta a su celular, pero sin que éste contestase nunca. Ahí por el tercer intento descubren que el celular está cargando dentro la casa y, molestas a no dar más, se sientan a esperar al retorno de Antezana para que explicase su conducta. Pasan dos, tres, cuatro horas pero éste no retorna, hasta que una de ellas, “probablemente tu madre” confesó Antezana a su cada vez más incómoda hija, se aburre y decide que ya es hora de dormir. Pasan los días, los años, pero él nunca retorna. “¿Esa es tu fantasía?”, le pregunto su hija. “Sí”, contestó Antezana. “No entiendo”, dijo ella. “Lo harás”, concluyó él. “Cuando crezcas, mi amor”, balbuceó dormido en el sillón.

Dos meses más pasaron. Nadie en la familia Antezana siquiera amagaba con la idea de una cena en conjunto. De hecho, se evitaban. Ahora la madre regresaba a las once, aprovechando que el marido hacía lo propio y Marito rumiaba rabia por cada esquina de la casa, reo de un castigo sin gendarme. Silvita había roto el silencio denunciando a su hermano con Catalina, y el padre de ésta con su nada sorprendida vecina que miró a Marito, como quien mira al mesero, y le anunció un severo castigo de meses y meses. De ahí en adelante las cosas mejoraron para Silvita. Ahora Catalina era su amiga, gracias a ello le iba mejor con la gente del colegio, de pronto sus notas mejoraron y hasta se consiguió un no muy tímido primer novio que le sonsacó el primer beso. Ella se sentía feliz, pero los momentos que pasaba en casa estaban plagados de su hermano susurrándole insultos, su hermano pateándole las canillas, su hermano mandándole crueles dibujos de ella como monja, de ella como rana, de ella como ornitorrinco, su hermano mandándole fotos de las cosas innombrables que le hacía a su cepillo, a su ropa, a sus toallas, y ella que no podía decir nada bajo la amenaza de la difusión de un supuesto video tomado mientras lloraba en el baño y susurraba el nombre de ese primer ex. Tal vez por eso prefirió el caos de la casa Otero, los cinco varones lanzándole miradas lujuriosas, dos de ellos, los mayores, siendo muy amables, la maternal hermana mayor tratándola como a niñita y Catalina siempre tan atenta, amorosa, riéndose de sus hermanos, hablando de muchachos, animándola a usar este maquillaje, esta faldita, esa blusa y la presencia del patriarca Otero, todo grande y robusto, peludo y serio, abultado en todos los cuartos a los que se metía, como llenando el breve espacio que no ocupaba su ausente esposa. Una mujer que, a diferencia de su propia madre, trabajaba y llegaba rendida en búsqueda de un remanso de silencio que encontraba en las píldoras somníferas que tomaba sagradamente tras engullirse cualquier cosa que pillaba en el refri. Pese al incidente con su hermano y su cámara morbosa, los Otero la querían mucho y en el condominio se decía que los Otero ahora eran nueve.

Francisco no sabía qué pensar de aquella situación. Cuando se enteró del crimen de su hijo, su reacción fue tan furibunda que, en la intimidad pública de su hogar, agarró a su único varón y le dio una descontrolada tunda de sopapos. Marito no obtuvo más que cuatro cachetes dolidos e irritados que dejaron de arder dos días después, pero nunca olvidaría la furia de su padre. Aquel alfeñique ya no lo era, y la ira en su mirada lo tuvo acatando un castigo del que no se sentía merecedor. Francisco por su parte fue personalmente a pedir disculpas a los Otero y, de paso, a conocer a toda la prole. Mucho lo sorprendió encontrar a su hija abriendo la puerta de la casa y con su propio puesto para la cena, pero se quedó colgado en el atuendo casero de Catalina y la nada despreciable belleza menguada de su hermana. Se guardó para después un interrogatorio a su hija y mejor habló con el padre, la hermana y la misma Catalina. Pidió perdón por su hijo y por enterarse tan tarde. “El trabajo, usted sabrá”, dijo, y el rostro casi inexpresivo de don Otero, sus ojos más oscuros que los de su hija, no decían nada, pero su voz expresaba, con una amabilidad que parecía forzada, que todo estaba bien, que todo estaría en paz y que la Silvita compensaba la fechoría de su hermano, luego la hermana de Catalina diciendo que la niña era más que bienvenida en esa casa y Catalina con su “gracias señor, no se preocupe”.

Aquel tercer mes desde que Antezana comenzara a trotar fue el mejor que recordaba haber tenido en años. Ya eran obvios los beneficios de sus intensivos entrenamientos y cada día se parecía un poco más a esa diversidad uniforme de tipos del gimnasio que se miraban fijamente al espejo mientras flexionaban los músculos. En parte deseaba sobreponerse a la envidia que lo anonadó durante su primer día, pero también tenía que verse bien para los encuentros matutinos. En el espacio de un par de semanas de resultados gimnasianos, las trotadas matutinas se convirtieron en algo más que perseguir a Catalina. Ahora era una especie de concurso de gente muy atlética que iba demasiado a la par y que jugaban a quién pillaba al otro mirando. Había algo muy sensual en mirarla sudar, en notar la cabeza y media de altura que le sacaba, en darse cuenta que nunca repetía algún conjunto para ejercitarse, y que cada día había un color nuevo censurando su cuerpo, llenando de una notoria novedad a las conocidas curvas de sus caderas, la planitud de su panza, el arco en su espalda baja y haciendo brillar con nuevas luces a esos ojos celestes aceitunados que sonreían cada que ambos perdían y se quedaban mirándose chorreados de sudor bajo la luz gris de la madrugada. Ahí, en las calles del condominio, todo era más directo que en su auto, al que Catalina se subía con actitud tímida, agarrándose la falda, con la sonrisa contenida dibujada en sus labios carnosos y la camisa del colegio reventando, los botones superiores abiertos en un enorme escote. Cuando ella subía, de pronto él sonreía y engrosaba la voz para preguntar acerca la familia (“todos bien, la casa un caos como siempre, ya sabe”), los estudios (“el otro día casi llego tarde porque usted no me pasó a buscar, realmente esa góndola es terrible, yo no sé cómo hace la Silvi”), el novio (“pero Francisco, no tengo novio, ¿no te conté?”), y él, que apenas podía dividir su atención entre el camino, sus ojos, los autos, sus piernas y la larga avenida de moteles de amor, esa en la que la había encontrado la primera vez que se animó a llevarla. “Pero ¿qué haces por acá?”, dijo deteniéndose de repente, su hija seguía desayunando, su esposa prendía el segundo auto, su hijo veía algo en Netflix. “La góndola me dejó, no hay taxis, ¡Ay señor Antezana! ¡Ayúdeme que llego tarde!”, diría ella con una angustia sonriente en el rostro y ¡puf!, adiós sospechas de algo sucio, hola fantasías obsesivas, imágenes que lo atrapaban en los momentos menos pensados, particularmente aquellas pocas noches que se encontraba de frente a su mujer en casa y ésta ni siquiera le podía devolver el saludo con decencia, siempre con la mirada triste y la voz agria.

Pasar frente a los moteles era su momento favorito del día. Cuatro o cinco edificios, todos con nombres de romance vulgar, carteles de neón, colores extravagantes y ofertas por doquier, todos ofreciendo el paraíso pero ninguno garantizando limpieza. Para Antezana significaba callar un rato, dejar la charla formal, mirarle el escote sin miedo pero con cautela, relamerse por dentro y verla relamerse por fuera, anhelar virar de golpe, bajarla en brazos, llevarla a un cuarto y tratar de no pensar en la limpieza de los mismos, o en esas camas tan húmedas como el ambiente, o la paranoia de las cámaras de seguridad en los pasillos y lo escandaloso que podría resultar aquel uniforme escolar de no tener cuidado. Entonces pasaban a una enorme curva y unos metros más allá estaba el colegio donde la dejaba, alcanzando a irse mucho antes de que llegase la góndola trayendo a sus hijos. El resto de su día se iba en desquitarse, perder la intensidad de aquellos momentos matinales en flirteos con compañeras de trabajo primero, charlas apasionadas con extrañas después, y, finalmente, breves encuentros con mujeres que lo dejaban inconforme, ansioso de más y más.

Un mes antes del colapso, Antezana tenía un sistema infalible para encubrir sus infidelidades. Con una nueva cuenta bancaria reservaba un cuarto en el Sheraton cada viernes por la noche y sábado por la tarde. Durante la semana se dedicaba a pasarse por cafés y bares, de preferencia cercanos a alguna universidad, y ahí conocía a docentes y estudiantes. Las seducía, jugaba un juego paciente para conocerlas, encontrar en ellas algo que lo atrapase y las citaba en aquella habitación. Algunas no iban y otras veces simplemente no tenía suerte con nadie. No le importaba demasiado, a decir verdad. Le importaba que fueran bellas, más que nada, y conocerlas era una forma de encontrar algo más que lo alejase de los pensamientos que ya no cesaban en su cabeza. Cuando todo fallaba se acercaba a alguna chica en el gimnasio y se conformaba con algún rapidito en el baño. Panchito, Francis, señor Antezana, le decían y él que se ponía más duro, invitaba otra ronda de cervezas, llamaba a la recepción del hotel para pedir otra champaña, prometía otro vestidito de regalo, a lo mejor un libro, dependía de con quién estaba, a decir verdad. Muchas volvían por el interés en esos regalos, otras lo tenían bien calado y lo usaban tanto como él las usaba a ellas. “Tú te estás tirando a otra mientras tiras con todas nosotras”, le dijo un día una docente de medicina y él no se lo negó, ni tampoco dijo nada. Se quedó en silencio y quietito, ansioso por el ver el famoso video de Catalina, bien guardado en su celular, y sólo salió del trance cuando fue ella la que empezó a moverse para que continuara la danza.

Aquella noche, mientras regresaba a casa, a pocos metros de la curva que llevaba a la avenida de los moteles, comenzó a hacer cálculos para comprar un departamento en la ciudad, pues el Sheraton no era nada barato y ya la última vez se encontró con un amigo de su esposa a quien le dijo que estaba de guía de un viejo y aburrido, pero famoso, empresario que pensaba invertir en su oficina. Por suerte era uno de esos amigos lelos e inocentes que se lo tragaban todo, pero el asunto lo disgustó tanto que aquella noche no pudo empalmarse, justo en frente a una mata de vellos pelirrojos de una muy joven estudiante de primer año de administración de empresas. Aquello era un colmo que escondía a otros. No sólo había fallado con una conquista que le costó más de lo que imaginaba, también estaba el hastío a correrse de sus deseos, a tratar de encontrar la voz de Catalina en unas, su poto en otras, sus ojos en nadie, su pelo en muchas, su cinturita en las del gimnasio y así hasta que sintió que trataba de armar un rompecabezas que ya tenía resuelto y listo para ser armado en la comodidad de lo que, al parecer, sería su última noche en el Sheraton, antes de encontrar una cueva más discreta en la cual podría explorar más a fondo los misterios de la Otero.

Lo planificó todo con cuidado y se atrevió a ser más osado con Catalina cada mañana. No tanto como para asustarla, lo suficiente como para que ella también tomara la iniciativa. Fue por eso que la mañana previa al día del colapso ocurrió el beso. Uno largo, apasionado, salivoso, con una que otra mordida, con la respiración de ella perdiendo el control y la mano de él recorriendo esas piernas que tanto le gustaba mirar. Cuando se separaron, él se quedó mirándola a los ojos. El sol brillaba intenso y el cielo estaba despejado, con algunas pintorescas nubes decorándolo. Estaban detenidos en un callejón de la ruta al colegio, pasando la curva de los moteles. En la radio sonaba alguna de esas canciones que tanto le gustaban a Catalina y que los padres y madres del condominio odiaban y condenaban cada que podían. Ella comentó acerca la perfección de la banda sonora para el momento. Antezana no la ignoró pero tampoco le contestó, se sentía muy perdido en el brillo de aquel día reflejado en esos ojos celestes aceitunados y en todas las posibilidades que delataban los carnosos labios apretándose. Ni bien llegó a su oficina le dijo a su secretaria, amante generosa y enérgica, que lo comunicara con aquel amable agente de bienes raíces que cada tanto llamaba. En un abrir y cerrar de ojos tenía una flamante propiedad comprada, tras un par de semanas de dudas legales que su abogado despejó. Quedaba dar la noticia.

En nada más varió su rutina. Mismos papeles, mismas horas, cafés, secretaria, colegas, reuniones y hasta el mismo sudor corrió por su rostro mientras mataba el deseo con el dolor del ejercicio. Sentenciaba a la noche como un refrito televisivo cuando divisó a su esposa entrando apresurada a un edificio. Unos días antes su abogado le advertía los peligros de mezclar divorcio con infidelidad, si alguien delataba algo de lo que ocurría en los cuartos del Sheraton, lo más probable era que terminase con la vida vuelta añicos, con más prospectos de terminar comiendo en la basura que alimentando a los que ahí viven. Sin embargo, algo en la actitud de su esposa le resultó extraño, aun si vagamente familiar. Quizá era la vivacidad con que caminaba, o su energía al girar la cabeza hacia los lados – pero no atrás, nunca hacia atrás – mientras traspasaba el umbral de la puerta y el portero la saludaba como si ella misma viviera en el edificio. Esperó mientras su esposa se metía al ascensor y los números digitales hablaban del catorce. Antezana se dirigió hacia el edificio y pasó de largo al portero diciéndole algo como piso catorce, donde el señor Archundia y sudó en seco durante todo el ascenso. ¿Cuánto tiempo sin ver a aquel viejo cascarrabias? Amigo de los padres difuntos de su mujer, Archundia era un viejo interesante que no toleraba la compañía, exceptuando la de ella, porque claro, era bonita y ese viejo cabrón siempre había sido un manoslargas en lo que refería a su esposa, aun desde pequeña. Llegó al piso esperando escuchar de todo menos los llantos a gritos de su mujer, una sarta de balbuceos incoherentes o incomprensibles que asustaron a Francisco. De pronto sentía ganas de derrumbar la puerta, tal vez sólo tocar el timbre, gritar él también, preguntarle en voz baja al vejete porqué lloraba su mujer, dejar de escuchar esa voz ronca derrotada por el tiempo diciendo cosas tan cliché como “déjalo salir”, “mejor afuera que adentro”, “no hay que aguantar las lágrimas” y en un punto Antezana se escuchó decir ya, a la mierda, antes de bajar corriendo las escalinatas, salir apresurado del edificio y quedarse sentado en las gradas que lo conectaban con la calle.

Esperó una hora, quizá dos, antes de que su esposa saliese. Gozó ligeramente con la expresión de horror y sorpresa que puso ella cuando lo vio y por un instante no supo cómo reaccionar más que con una euforia que tuvo la virtud de centrar a su mujer. Ésta se sentó a su lado y hablaron por horas, del clima, del gobierno, de su matrimonio, de sus vidas, del futuro. Casi como volverse a conocer. Francisco hablaba y, a la par, recordó su primera cita, cuando se encontraron en un restaurante de los caros y comieron charlando, se pensaron como personas fascinantes y tuvieron la certeza de que a cada uno le interesaba estar en la vida del otro. Aquella charla en las gradas del edificio, casi treinta años después, fue más como dos amigos reencontrándose. Ella contó que no había hecho gran cosa de su vida, que estaba casada, tenía dos hijos, no trabajaba porque no logró terminar la universidad. “Por los hijos”, le dijo ella. “Que cagada”, dijo él y añadió una pregunta sobre qué tal era su dichoso marido. Callaron, rieron un poco, callaron otra vez, ella se puso a llorar, él no supo qué hacer y entonces la abrazó, el llanto aumentó su cadencia, su intensidad, su humedad y entre balbuceos comprendió que su esposa trataba de hablar de él en términos lindos, pero sólo logrando sacar a relucir el techo que puso sobre sus cabezas, el pan que nunca faltaba y una vida incompleta, infeliz, que espera su turno para morir y probar suerte en ese asunto de la vida después de. “¿Es tan terrible?”, preguntó Antezana con una lágrima contenida. “No”, respondió ella, “es un tipo buen tipo que no sabe que soy lesbiana, eso no es culpa suya. Aparte que una mierda porque hace años le metí cuernos y ya no pude hacerlo más. Lo único que tengo es venir a llorar la frustración y el miedo en los brazos de un viejo verde que es lo más cercano que me queda a un padre. Amigo mío”, continuó su esposa, “créeme que yo quiero a mi marido, hasta he llegado a sentir cierto respeto por él, pero no me hace feliz y no sé cómo decirle que todo fue una mentira, que lo quiero dejar”.

A la mañana siguiente despertó con el cuerpo completamente extendido en la vastedad de su cama matrimonial. Tras muchos besos, abrazos y promesas de amistad, su mujer estuvo de acuerdo en quedarse en un hotel esa noche mientras él aprovechaba la ausencia de los niños para guardar algunas cosas. “No dejes las maletas fuera, por favor, primero tenemos que hablar con ellos”, le pidió su mujer y él estuvo muy de acuerdo. Por la mañana no fue a trotar. En lugar de ello hizo sus maletas y se conformó con mandarle un parco mensaje a Catalina. “Será hoy”, escribió y cómo respuesta recibió un emoji de besitos y caritas eufóricas. Antezana apresuró las cosas, metió treinta años de vida en aquel condominio dentro un par de maletas mal organizadas y bajó a las carreras al desayuno. Eran las ocho, seguro Marito y Silvita estaban ya en la góndola. Maldijo por lo bajo, pero pensando en Catalina. Sacó el auto, aceleró a lo desquiciado y cuando llegó a la parada ahí estaba ella, vestida con la ropa de su hermana, tal como Antezana le indicó. Arrancaron, surcando las calles como bólidos en dirección al Sheraton. Le dieron un cuarto casi de inmediato, tratándose de un cliente tan leal como era él y, dentro suyo, planificaba en cómo amoblaría su nuevo departamento donde se perdería en maratones sexuales con Catalina y sus ojos celestes aceitunados. Subieron besándose en el ascensor hasta el piso veinte y ella le pidió que esperase un minuto afuera del cuarto mientras preparaba el mood. Antezana aprovechó para ir a recoger los condones que guardaba en el auto y en su cabeza concluyó que estaba feliz. La noche anterior parecía un sueño, esos en los que todo empieza mal y termina bien.

El colapso empezó cuando Antezana volvía del garaje hacia la habitación. El ascensor paró en la planta baja y una marejada de gente luchó por entrar. Al parecer el hotel albergaba una convención de científicos o religiosos, Antezana los confundía, que esa semana celebraban un seminario o congreso en la ciudad. Era viernes y todos estaban deseosos de que se terminase el día y llegase la noche para caer rendidos en cama, o prepararse para ir a beber. Fue apenas un vistazo, esos que uno puede descartar como una ilusión óptica, pero Antezana sentía que no se podía equivocar: su hija estaba entre esa multitud, esperando el ascensor, perdida en ese maldito celular por el que su madre tanto le gritaba, maldiciendo a Catalina por haberla convertido en una dependiente del bendito aparato ese. Antezana se asustó, pulsó el botón del primer piso y bajó a las carreras, empujando a los demás y casi cayéndose en las gradas. Cuando llegó reconoció la ropa de su hija entrando a otro ascensor e hizo una nota mental de todos los pisos en los que se detuvo. Cinco, siete, diez, trece, diecinueve y veintidós. Se dio un rato para suspirar aliviado al no ver el veinte en digital y cuando llegó el otro ascensor se preguntó: “Entonces ¿qué hace acá?” Preocupado se detuvo en cada piso y llamó a su hija al celular, paseando frente a las puertas, escuchando atentamente ese ringtone estridente que le gustaba utilizar. Esa niña escucharía una cosa o dos sobre faltarse el colegio, se dijo en el piso diecinueve, justo cuando escuchó al celular sonar en una habitación del piso. Pegó el oído a la puerta para cerciorarse y ahí estaba el rumor vago de la cancioncita molesta y la voz de su hija riendo, pidiendo tregua, que no entendía por qué insistía tanto su papá y luego una voz profunda, ronca, peluda, le pedía que viniese a la cama y ella reía pero ya no como si le hicieran cosquillas sino diferente, raro, y entonces callan las risas y dan espacio a respiraciones y un gemido y Antezana, que ya no podía más, ciego de furia, tomó impulso y saltó para patear la puerta con ambas piernas. La puerta cedió y Antezana gimió en el suelo con el cuerpo magullado, se incorporó y el señor Otero lo miró sorprendido, con la espalda al desnudo cubriendo el cuerpo de su hija y un olor a humedad en el aire que casi lo hizo vomitar. El hombrón salió de su hija y se paró a lado de la ventana. El sol brillaba intensamente, estaba tan bonito el día. Otero lo miró con el cuerpo cubierto de vellos y sudor, el pene monstruoso enhiesto y desnudo, mirándolo como cíclope, tan sorprendido como su portador. Antezana se frotó el rostro, se arrancó un par de pelos, contuvo varios gritos y sintió su corazón palpitando en la frente. La niña lloraba y se cubría el cuerpo con una sábana, Otero movía los labios, con sus ojos azules aceitunados completamente cautelosos y ligeramente alarmados. La puerta estaba rota, así que sus puños sólo hicieron añicos los pedazos. A lo lejos su hija gritaba y también gritaban él y Otero. “Todos gritan”, pensó apenado y se levantó como zombie hacia su propia habitación.

Coño por coño, se dijo a sí mismo, ya capaz de un rencor del que no se habría creído capaz. Con una calma irreal subió las gradas y sacó las llaves, destrancó el seguro y se sacó la polera ante la sonriente Catalina, desnuda, escultural, esperándolo en la cama. De pronto alguien tocó la puerta y Antezana no quiso que todo terminase sin al menos probar. Se lanzó a la cama, la agarró de la cintura, la besó en los genitales y lamió aun cuando ella ahogó un grito de terror cuando oyó la voz de su padre pedirle a Antezana una chance para explicar. Lo ignoró y continuó lamiendo aun cuando la puerta se abrió y sólo se detuvo cuando un par de brazos lo arrancaron de entre las piernas de Catalina y lo lanzaron contra una pared.

Semidesnudos, furibundos, sordos a los llantos de sus hijas, pelearon ambos padres a lo largo de veinte pisos, siempre descendiendo, causando un escándalo de desmayos y grititos, que en retrospectiva fue más condenado por la desnudez y apenas se mencionó la extrema violencia. Superado, sangrante y asustado, Antezana tuvo la suerte de encontrar las llaves de su auto en el bolsillo del pantalón y se subió, acelerando ya sin que le importase nada más que escapar. El instinto lo llevó a casa, al condominio y ya cerca al colegio de sus hijos notó a Otero persiguiéndolo en su auto. “¿Cómo carajos…?”, susurró y apretó el pedal, soltándolo poco a poco hasta que Otero lo empezó a rebasar, ahí Antezana frenó de golpe y alcanzó a ver el rostro de Otero desfigurado en rabia, moretones y sorpresa, lo último que alcanzó a mirar antes del colapso.

Cuando despertó notó que estaban al inicio de la gran curva antes de los moteles. El auto de Otero estaba chocado contra la montaña y el suyo contra el de Otero. Salió a duras penas y no supo qué pensar de su brazo colgando y sus dedos doblados en ángulos imposibles. Ni siquiera le dolía. Lo que sí dolía, y mucho, era un vidrio enorme atravesando su muslo y un pequeño fierro atravesándole los perfectos abdominales que tanto le costó formar. Se arrastró como mejor pudo hasta el auto de Otero y lo encontró en el asiento del conductor. El auto parecía un acordeón, pero aun entre las tripas, Antezana reconoció un puente hábilmente ejecutado. Entonces notó el vidrio enorme que atravesaba la garganta de su rival y su cuerpo desecho entre el asiento trasero y el volante. Su rostro estaba congelado en aquella expresión que Antezana le vio antes del colapso, sólo que ahora también había algo de horror en ella, al menos eso certificaban ese ojo saltón, tan abierto como la boca en estertor, y el otro que colgaba y se metía dentro esa misma comisura. Antezana se arrastró hasta una piedra cercana y se quedó ahí sentado. El sol brillaba intensamente, estaba tan bonito el día. La presencia de gente mirando todo desde lejos, autos que pasaban o se detenían anonadados, devolvieron a su mente al condominio y sintió mucha curiosidad sobre lo que se diría de ahí en adelante. Supuso que pronto escucharía sirenas acercándose y voces intentando salvarlo. “¿Salvarme de qué?”, murmuró y sacó su celular, abrió la galería y puso el famoso video de Catalina Otero con su sostén de frutillitas.

 

 

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Empecé mi año viniéndome dentro la esposa de uno de mis mejores amigos, de ahí en adelante todo fue cuesta abajo. No diré que no me moría de ganas de meterme entre sus piernas, pero tampoco quería dejar posibles evidencias que señalaran mi total e inequívoca culpa en todo el asunto. Soy de esos que lanzan la primera piedra y con la misma mano niega haberlo hecho, solo para poder lanzar un par de piedras más. Señoras y señores, soy el único culpable de mi propia autodestrucción. Si de pronto me abandoné al orgasmo fue más por susto que por saña, cuando los fuegos artificiales que anunciaban el nuevo año me sorprendieron intentando retrasar mi corrida pensando en cosas aburridas como las matemáticas, ir a la iglesia o las resacas que le siguen a toda borrachera; tarea difícil cuando todo me excitaba tanto. Supongo que lo necesitaba. No. Lo necesitábamos. Todo, pues. El encuentro fortuito, la excusa de la festividad, la ausencia no solo del marido sino de las preguntas, la ilusión de que el mundo no es una jungla, el whisky, el singani, la cerveza y el fernet, la presencia de otros, cómplices de los albores de nuestro pecado, además de la mota redentora, patrocinadora de charlas diferentes y sensaciones más profundas que en un punto nos evidenciaron como coquetos culpables de querer hacer algo perverso con nuestras vidas. Finalmente estábamos haciendo algo para no sentirnos tan dentro del pozo de mierda en el que jurábamos que estábamos. Ella frustrada por un matrimonio difícil, por un rato liberada del bebé que le robaba la juventud, yo en lo más bajo de un autocompadecimiento injustificado por la muerte de mi madre que no lograba sacudirme ni con las verdades más crudas siendo dichas en mi cara. Me dolía el pasado, me dolía que la gente se alejase o que muriese o, peor aún, que quedasen muertos en vida. Me sentía una piltrafa humana incapaz de nada y temeroso de todo. Ella también, pero de otro modo, uno que yo no alcanzo a entender pero que intuyo terrible y difícil de aguantar, aunque al final ¿qué clase de sufrimiento capaz de dejarte muerto en vida es fácil de soportar?

No era fea, al contrario, era de esas guapas que han perdido lustre a fuerza de una rutina que no supo controlar. Tenía veintitrés cuando tuvo a su hijo y no supo bien en qué momento terminó casada, cada vez reconociendo menos al novio en el esposo, ansiosa de ser notada pero apenas pudiendo encontrar su golosa belleza en el espejo donde una mujer cansada le devolvía la mirada. Aquella era su noche, no la mía. Los tragos, los otros presentes, la mota fueron las excusas que se fue consiguiendo para hacer caso a un juego de miradas que ya teníamos instalado en nuestras interacciones desde hacía rato y aquella era, justamente, nuestra chance de medir la profundidad del pozo con ambas piernas. Yo buscaba morir, ella sentirse viva, yo quería terminar de condenarme y ella solo deseaba darse una chance más. Desnudos en la cama matrimonial, la ventana semi abierta nos traía los nada silenciosos rumores de una noche de año nuevo, la penumbra del cuarto se compensaba con el brillo lunar que parecía inundarlo, en el suelo estaban nuestras ropas encima los juguetes que su hijo dejaba regados por doquier, las puertas abiertas del armario mostraban la ropa del matrimonio mezclada en lo que solo podía ser una fuente de constante discusión, y desde la cómoda me miraba una foto de ella con esposo e hijo en un parque, los tres sonriendo ampliamente y yo sudado y jadeando que miraba esa foto y me preguntaba cuánto de esas sonrisas era real. Aquella sonrisa paupérrima nada tenía que ver con la sonrisota que plantó antes, durante y después del coito, ni con la simpleza con que me dijo “que no se haga costumbre, pero de vez en cuando no estaría mal”.

De acuerdo. La corrida dentro no fue tanto un accidente como un “dejarse-llevar”. Ya lo dije, estaba buscando destruirme la vida porque no podía tolerar que las cosas tengan un final. Suena estúpido y de repente lo es, no lo sé. Poco me importaba que mi sufrimiento estuviese justificado, lo único que parecía importar era que ese sufrir era mío  y a los demás no les tocaba sentir lo que yo siento. Contaminado de una miseria rencorosa, anidada por años en mis delirios donde maldecía la negligencia de mi familia después que murió mi mamá, me metí a seducir a la esposa de mi amigo para quemar las últimas naves que me quedaban. Nunca esperé que me siguiera el juego, aun menos que lo llevase a otro nivel. Si yo le robé el primer beso, ella me robó los siguientes veinticuatro, si le besaba el cuello, ella me arrancaba la ropa y ya con el mero entusiasmo se ganaba los puntos que en secreto solemos dar. Para cuando mi osadía solo alcanzó a poner una mano en su muslo, la de ella me contagió hasta que de mí vino la iniciativa de penetrar. Y lo digo así de crudo no para provocar escarnio ni motivar a los histriónicos a indignarse por cualquier motivo que alcancen a inventar, en esa su intención chueca de cubrir sus propios ascos. Lo digo así porque eso es lo que yo quería: penetrarla sin limitarme a lo carnal. Como dije, era una guapa sin lustre pero guapa de verdad. Ya sus ojos me llamaron desde un inicio, el día que la conocí, pero sus otras partes las fui notando a lo largo de los años hasta ese momento en que la vi como una preciosa región extranjera que yo ansiaba conocer y explorar. Notarlo logró que algo más que mi hombría se levantara, algo que no es difícil de nombrar pero sí de explicar. Era como un empujón, un vértigo fascinante que de seguro sintieron los herejes al morir gritando su verdad. No estaba exento de culpa ese algo, ni se olvidaba de mi deseo de autoperjuicio primordial, pero tenía una cosa más que conocía de antes pero que no alcancé a calcular. Ni bien estuvimos enredados en besos, abrazos, caricias y jadeos, noté como ella se mordía los labios al pedirme que ya de una vez entrase con un tono y una cara que me pusieron más duro de lo que jamás pensé que podía estar, y en ese instante mágico hizo contacto nuestra genitalia y ¡voilá! Que me descubro no sólo tirando con quien no debía sino disfrutando del placer con que ella se conducía, que ya al final es lo que más me convenció. El olvido absoluto de todo lo que estuviese “más-allá” de nuestro momento procaz. Gemía, cabalgaba, elevaba las piernas, sudaba pero no me dejaba alejarme del calor del abrazo que nos unía, ponía expresiones, además, que me volvían loco. Una sucesión de micro expresiones, en realidad, que empezaban en la sorpresa, se transformaban en arrepentimiento, seguidos por una mueca de dolor, otra de placer, de ahí su rostro mostraba la inefable cara del placer doloroso, el rostro de la calma tras la revancha y, solo entonces, volvía a la sorpresa como si nunca se hubiese movido de aquella expresión tan bien ornamentada por sus ojos grandes y azules que le daban candorosidad a un momento que lo era todo menos candoroso. Y me gustaba tanto que  quería más, no solo del placer enorme que me estaba brindando sino de la sensación triunfadora de estar reviviendo a una muerta desahuciada, la inevitable impresión de estar haciendo algo bueno mediante algo ruin y, claro, la ironía y colmo de mal villano que termina salvando a la humanidad. Se sentía bien, no puedo negarlo y hasta me entran tentaciones estúpidas de describir cada etapa de mi placer…pero ya para qué, no tiene mucho sentido. El punto es que aquel bienestar momentáneo me daba excusas para creer en algo de redención. Quería yo quemar las naves pero nunca había pedido el milagro de una isla para ir a naufragar. No deseaba salvarme o esconder mi condición canalla, ni quería excusas para sentirme bien, solo ansiaba que alguien me terminase de crucificar. También por eso le dije que no tenía condones y ni siquiera pedí disculpas cuando descargué a mis probables hijos dentro suyo, solo seguí hasta que descargué muchos más, motivado por este bien que, sin querer, le hacía y este mal que yo, muy a propósito, me deseaba causar.

Aun sacudido por el shock de esa sensación misteriosa me largué a caminar por la ciudad, sin rumbo ni objetivo. Mi entrepierna se sentía especial, mis dedos olían a su sexo, tenía el sabor de su saliva en mi boca y aun temblaba ligeramente de la sensación dejada por el orgasmo y los recuerdos de esa intensa madrugada. Ni ella ni yo nos recuperábamos de inmediato, sino que nos tardábamos lo necesario en disfrutar el reencuentro con el placer. Había algo renovador en mancillar algo tan puro, algo fresco en creerla ingenua y sentirme el maldito que le venía a arruinar el candor. De pronto me sentía vivo y aun más porque se notaba que a ella no le molestaba mi mal llamada conquista de su inocencia. Vivificar era la palabra precisa de lo que yo quise hacer por ella y que ella terminó haciendo por mí. Nos vivificó a los dos con su osadía de frustrada y hasta me ayudó a darme cuenta que también mientras uno muere puede atreverse a vivir un poquito más. Se sentía bien eso de haber logrado que haya menos mierda en el pozo de otra persona, más todavía porque entre las ganancias estaba mi placer tanto físico como mental, en un trato en el que pensé que lo único que ganaría sería abandonarme a la villanía y ya de plano mandar al garete todo aquel intento de redención que pudiese elucubrar. Lo cierto es que me convencí de su candor solo para recordarme que todo eso estaba mal y no perder el rumbo hacía la muerte, el destino final. Pero soy un mal suicida, me perdono antes de saltar, me da un hambre tremenda cuando estoy por disparar el caño en mi sien y hasta me enamoro cuando la horca ya está ejerciendo presión en mi garganta. Claro que, no me enamoré de ella, ni ella de mí, tampoco quedó embarazada de ningún hijo mío. Supongo que cuento todo esto porque creo que sin ello nada de lo demás hubiese sido posible. No olvidemos que estaba cuesta abajo y que ninguna cogida, por magnifica que sea, cura todos los males, mucho menos soluciona problemas. Si por un rato había podido escapar a un lugar maravilloso, la realidad empezaba a perseguirme con todo y hedor. El paso de las semanas no trajo nada más que los mismos problemas y los mismos dolores repitiéndose, con breves escapes morbosos donde me jodía un poquito la vida de la forma que pudiese, más que nada rondando antros y otros calurosos hogares putativos, silencioso reviviendo la gloria de aquella vivificación que le devolvía frescura a mi cuerpo. No había vuelto a ver a la esposa de mi amigo pero ganas no me faltaban de repetir esa combinación de suplicio culposo que se goza a sí mismo y hasta se cree salvador. ¿No es culpa de él por no hacerla feliz? ¿No es santo quien cura el sufrimiento aunque sea por un rato? ¿Qué no un tango lo bailan dos? ¿Cuál quería ser yo, entonces? ¿El bailarín? ¿La bailarina? ¿El fisgón? Con preguntas parecidas intentaba justificarme nuevas visitas cuando, en los baños de un bar medianamente decente, me topé con una gótica de venas bien abiertas y tirada sobre un retrete desde donde abandonaría la mortalidad.

No puedo explicar lo que hice, no puedo explicar nada en realidad. Mi primer instinto fue el de cubrirla con mi abrigo, el segundo fue el de jalarla fuera del lugar. Sin correr ni apurarla, ir casi con calma, sosteniéndola del brazo para que no se cayese, dejando un rastro de sangre en el camino al hospital, dándole instrucciones que ella cumplía mansamente, quizá un poquito más allá que acá, y disfrutando del modo en que eso resultaba atractivo para mí ¿qué mejor vivificación que la que, de paso, evita que la afectada se mude para el otro lado? Le pregunté su nombre mientras caminábamos y murmuró Alicia, le pregunté su edad y me agradó enterarme que teníamos la misma edad pues, al final, nos gusta saber que alguien más está en el agujero a las mismas alturas de la vida que tú. Consuelo de tontos pero consuelo al final, y es que en situaciones como las nuestras cualquier consuelo es oasis. “Si los suicidas dan el último paso”, le dije mientras caminábamos al hospital, “es porque ya perdieron la perspectiva de cualquier consuelo, no les alcanzó la creatividad para ver una salida” y ella me observaba desde su obvia convalecencia con una mirada que, debo admitirlo, me ayudaba a respirar. Tenía aspecto de camorrera derrotada, de reina en exilio, de junkie emputecida y acabada, sin otra esperanza que de una vez irse a donde ninguno de nosotros la juzguemos ¿qué hacía yo vistiéndome de salvador de lo que, a todas luces, parecía un caso perdido? ¿la salvaba de un posible desfavorable juicio divino o me agenciaba puntos con cualquier dios en las alturas? No parecía, ella, una persona sencilla, pese a que la primera impresión era el juego oximorónico entre su aspecto tierno y su estilo gótico que le daba aires sensuales. Ahora que lo pienso, parecía un dibujo de Dean Yeagle. Las proporciones, las expresiones, hasta por las situaciones en las que se metía. Le faltaba el pelo rubio y el schnauzer tierno que propicia el accidente sensual pero inocentón. No podía evitar mirarle las piernas enmalladas, el corsé que apretaba la generosidad de su pecho, el negro intensificando el color de su piel y el de sus ojos ¿qué clase de salvador considera a una casi muerta como posible tire de una noche? ¿los puntos ganados por la buena obra alcanzaban a compensar los perdidos por los puros malos pensamientos? ¿es más pecado actuar que pensar, o ya desde el pensamiento estás condenado? No me fue difícil decir que yo era su primo hermano, ni siquiera me pidieron identificaciones, de pronto ya tenía permiso para quedarme en el cuarto que compartía con una viejita loca y un señor con quemaduras de cuerda en su irritado cuello, todos internos de un destartalado hospital. Eran compañeros de cuarto discretos por el día, inmersos en silencios imposibles que Alicia ni yo podíamos soportar, pero que agradecíamos porque camuflaban con su estruendo el propio del silencio que había entre ella y yo. Por las noches era otra cosa, si al principio pensé en la noche como el único momento donde podía pasarla dormido, evitando el angustiante silencio cómplice de no explicarnos qué hacía cada uno todavía acá, tanto la viejita con sus gritos roncos y agudos pidiendo que la dejen escapar, como los sollozos desgarradores que el don ese quería atenuar con la almohada, nos quitaron el sueño y pronto las noches se volvieron el escenario de charlas incómodas que intentaban no hablar de nada que no fuese superficial.

¿Qué tantas cosas nos perderemos por sucumbir a la tensión sexual y qué tantas otras perderíamos si no existiese tal cosa? De nuestro primer encuentro me llamaron más sus ojos moribundos que la sangre sobre los azulejos, y más me detuve a disfrutar del fetiche de sus ropas de gótica que a preocuparme de su fuga suicida o de estar en la rara situación de poder ser el testigo de un estertor. Creo que lo que me movió, y lo que tardé una semana de silencios en el hospital para confesar, fue que si la salvé era porque en medio de su agonía y desesperación tuvo el humor suficiente de mirarme a los ojos y decirme “¿qué quieres, buitre? ¿No vas a esperar a que me muera antes de penetrar?” con una sonrisa irónica y hasta trágica que me hizo excitar. Algo de mística hubo en que dijese “penetrar”, algo que me hizo querer creer en el destino por la rara coincidencia de que supiese justo la palabra tan pensada mientras traicionaba la confianza de mi amigo, incluso me fascinaba que hubiera reconocido al carroñero en mí sin mayor problema en semejante situación. Era el destino, pues ¿qué otra cosa podía ser? Cuando al fin se lo dije sonrió y me dijo que me podía quedar y, bueno, ¿ya para que pelearla si hasta mi instinto me empujaba hacia allá? Ni modo que niegue mi naturaleza mal agüera, o tenga reparos cuando igual yo me pensaba matar. Hay que ser buitre nomás.

Desde ese momento empecé a notar otras cosas. De pronto los silencios matutinos y el infierno de las noches en el hospital se convirtieron en un remanso de confidencias que Alicia y yo, de un momento a otro, comenzamos a disfrutar. No nos decíamos nada importante, solo anécdotas tontas como la primera vez que bebimos, nuestros colores favoritos y otras idioteces como nombres de nuestros primeros y últimos todo, intentos muy pobres de describir sabores sin usar los adjetivos usuales o largas y detalladas descripciones de nuestros paisajes favoritos. Creo que estábamos buscando los extremos históricos de momentos memorables, la clase de preguntas que un suicida le hace otro para enterarse de los pequeños consuelos con que alimenta sus excusas para quedarse un cacho más. Fue así que descubrí que el mérito del salvador no está en llegar para arreglar el día, sino en saber cuándo hacerlo. Alicia tenía otro montón de problemas en su propia vida, que yo no alcanzaba a intuir. Una historia complicada, llena de excusas válidas para sentirse mal, aun si según ella lo que le dolía era que nada de la terrible tragedia que asolaba a su familia la lastimase de verdad. Un accidente de avión, un aterrizaje forzoso, un par de fierros fuera la garganta de papá, hermano, hermana, tíos, primos, y hasta una de las abuelas. Una tragedia griega, un festival de lágrimas donde sólo faltó que todos se tirasen a los féretros para que el asunto adquiera más melodramatismo y de una vez enterrar a la familia apestada con el hado maldito de mortandad. En todo caso, más de lo que Alicia estaba dispuesta a soportar. Lo que me dijo que le jodía era que de pronto su desgracia ya no era privada sino que estaba en todas partes y a la vista de los demás. Incuso yo recordé que había leído algo sobre la tragedia de los Saenz Valdivia; las muertes trágicas, la viuda inconsolable, las dos hijas que quedaban, una muy infanta, la otra Alicia, los lamentos por la muerte de tan magnifico empresario como fue el padre y el pronto cobro de deudas que dejaron a los Saenz Valdivia sin propiedad privada donde morirse, todavía debiendo, además, un poco por las deudas secretas del padre y otro poco gracias a todos los fastuosos entierros que quizá nunca alcanzarían a pagar. “Jamás entierres a un muerto con lujo” me repitió con asco en el rostro, Alicia, mientras la viejita gritaba “háganme caso, por favor” con tono entre caprichoso y asustado. La luz naranja apenas iluminaba las penumbras, poco se podía ver de las sonrisas tenues de Alicia pero desde ya supe que por esa pata coja era que la llegaría a atrapar, si quería vivificarla tenía que ocuparme de esa herida gangrenada que ella se negaba a mirar, ser el único responsable de apretarle sus pústulas, tragarme su pus y así convencerla que yo era un buen carroñero, que tras comérmela la iba a resucitar, no como todos esos abogados y cobradores que enloquecieron a su madre y le robaron porvenir a la hermana infanta que no veía hacía meses y de la que no quería hablar.

No quería hablar de nada, en realidad. Parecía que solo deseaba sufrir en silencio y sin que nadie la molestase. Excepto yo, no tanto porque lo permitiera ella como porque me lo permitía yo. Si me distraía en considerar sus opiniones era porque estaba buscando la mejor forma de vulnerarla. Su empecinado silencio me enseñó que provocar a que se enojen de inicio es un lindo atajo para resolver las cosas de una buena vez y que nada es mejor que los roces como para hacerle recuerdo a alguien de que todavía vive. Hay que recordarle a la muerta en vida que sus huesos aún tienen algo de qué temblar y si Alicia se empecinaba en mantenerme carroñeando pero nunca consumiendo de su carne, pues de alguna forma tenía que intentar yo vivificarla. No mentía cuando dije que me traía loco la sensación esa que le dejaba a uno vivificar de cualquier forma, aunque tampoco mentiré en eso y lo diré de lleno: me la quería tirar. Nada más.

Otros, la mayoría, mirarían con malos ojos ese brote de sinceridad, la simpleza con que uno puede admitir querer tirarse a la deprimida suicida que ha sufrido un trauma de esos fuertes. Ella no. Supongo que encontraba novedosa la sinceridad, por lo que me enteré después supe que había crecido en la Florida entre tipos pijos y jailones, poco enterada de la existencia de otros barrios más humildes y con menos propensión a consumir caviar. La muerte del padre había sido un duro despertar para quien se pensaba intocable en una vida perfecta en la que nunca nada le iba a faltar. No creo que entonces pensase eso, pero vaya que lo pensaba mientras estuvimos en el hospital. Y así, en silencio, me fui armando de todos los argumentos y estocadas que necesitaría darle para resucitarla en mi cama y no volverla a llamar. Me gustaba el drama pero tampoco me gustaba tanto, además que estaba ocupado en destruir mi propia vida como para ayudar a reconstruir la vida de alguien que no se atrevía a volver a respirar. Lo mío era distinto, no solo era algo químico que me tenía perpetuamente en riesgo de depresión sino que ya no pretendía esconderme de mis problemas al ignorarlos, el plan ahora era dejar que los problemas cayeran bajo su propio peso, que me arruinen de una vez para asentarme en el fondo del agujero y ya no saber nada más. Los ratos que no estaba en el hospital me los pasaba visitando a cada persona que conocía y les decía la verdad, mi verdad, acerca sus vidas. No siempre era linda la reacción y cuando lo era, y la que reaccionaba era mujer, aprovechaba para robarle unas horas en sus camas sin importar su estado civil o anímico, como para echarle más leña a mi pira funeraria que insistía en edificar. Qué me importaba si al final esos encuentros eran mis últimas cenas antes de rendirme al abismo de la tristeza y la soledad. Ya no tenía dinero para comprar mis antidepresivos, les robaba comida a mis confrontados o los abandonaba en el restaurant del encuentro sin dejar más que unos simbólicos 5 bs. para la cuenta. No bebía pero me fumaba para no pensar tanto y para que toda sensación fuese más intensa todavía. Esto último lo sabía Alicia, no todo lo demás. Del resto se enteró por casualidad cuando me encontré con una de mis vivificadas mientras mudábamos las pocas cosas de Alicia a un nuevo departamento que había logrado alquilar. Tampoco podía decirse que estuviese muy interesada en mi vida, para ella yo era el basurero emocional donde podía verter su dolor, el amable desconocido al que le cuentas tu vida porque presientes algo de tu desgracia en sus gestos, sus palabras y acciones. Según ella jamás me la iba a tirar, según yo no hay mentira bien lanzada que no pueda derrumbar una verdad.

Hay cierto perdón en mandarse un lindo gesto antes, o después, de haber hecho lo peor. Como para perdonarse a sí mismo por lo no tan malo que al final uno fue. Con Alicia empecé suave pero pronto el “pinche emo glorificada” no alcanzaba a generar lo que obtenía del “huerfanita de cuervo de ala rota”. Eran insultos que parecían amigables, como los que hace alguien torpe o desubicado, pero yo los pensaba mucho antes de decirlos. Uno de esos insultos bien construido significaba una diferencia enorme en el humor de Alicia. No era lo mismo tenerla rabiosa por la noche y lista para estallar, azuzada por todo un día de los insultos más sutiles y perversos que se me podían ocurrir, comparado al de una Alicia que se la había pasado sola y atrapada en las mismas miserias que un día la alejaron de la vida esa donde se creía feliz. Cada nuevo insulto, apodo y calumnia que yo decía de su familia la volvían loca y día a día perdía el pudor de golpearme, escupirme, arañarme, gritarme cada vez con más intensidad. Solo lloraba cuando me pasaba de la raya, lo cual para ser justos no fue tanto como uno esperaría de los límites de una heredera mimada. Y ahí estaba el detalle, en darle una excusa para salir de su abulia, obligarla a canalizar el odio y la rabia en un solo lugar, en alguien que no fuera ella. Me consta que le ayudaban nuestras charlas post-pleito, cuando nos sentábamos en su mugre sillón y nos fumábamos un cigarrillo, felices de todo el caos de nuestros gritos, lapos, salivazos y otros horrores de los matrimonios más desahuciados que nosotros parecíamos disfrutar.

Para mí planificar esas peleas era una delicia, pero vivirlas era, digamos, otra realidad. Terminaba uno rendido, con un placer de arrogante y el desmayo del descanso tras la maratón. Según Alicia era como la macurca, un dolor repudiado pero en secreto disfrutado, “casi como un masoquismo” decía y se ponía a saltar balando como borrega alrededor mío y tanto esa opinión como aquel gesto eran muy buenas noticias para mí, pues me confirmaba que por muy agotador que fuera iba a valer la pena, después de todo solo un cordero de verdad vulnerable y culposo pondrá su propio cuello al alcance del cuchillo y ni modo que al anunciarme carroñero no cumpla con esa precisa función. Verla cada vez más en contacto con su dolor me garantizaba que cualquiera de estos días la pudiese tener pandeándose debajo de mí, con una sicalíptica mirada suya clavada en mis ojos, en mi cuerpo, en donde fuera mientras se tratase de mí. Y esa ilusión valía mucho, entonces, porque me ayudaba a escapar de mi otra realidad. No quise decirlo antes, porque esta es la clase de cosas que solo admites en confianza, pero ahí va: para entonces mi atención estaba en destruir mi familia, no toda pero si una gran parte de ella, la que me daba asco, la parte traidora que se habían cagado en las penurias que pasamos con mis padres cuando yo era adolescente, antes y después de que me quedase huérfano de madre, con un padre más dedicado a darle comodidad a la ancianidad de sus padres que cultivar cualquier tipo de relación con su hijo o su moribunda mujer. Siendo justo tendría que decir que ese tren ya había partido hacia tiempo y que si la muerte de mi madre no nos pudo unir, entonces decidí que tampoco lo necesitaba y  escapé de mi hogar. A él poco le importó y creo que más bien fue un respiro, la excusa perfecta para dedicar todas sus energías a sus propios papás. Él no me indignaba, finalmente existía muchísima historia por detrás que de alguna forma justificaba todo eso, e igual pensaba yo que llegaría el día del ajuste de cuentas una vez que ya no le quedara nadie más. Por eso lo dejé en paz. Por eso y porque no había peor castigo que cuidar los caprichos de mi abuela, cada vez más senil y paranoica. ¿Cómo hace una serpiente para parir perros falderos? ¿cómo hacen estos para engendrar cuervos? Pero esa era una cuestión para después, me convencí de ello y pasé a observar formas de arruinar a los demás. Para mí es obvio que arruinarles la vida a mis familiares no era solo una forma de exorcizar el dolor por el abandono en que nos tuvieron, sino que era otra manera de cortar todos mis lazos para, después. mejor morir en paz. Era mi excusa tanto para ya no tener nada que pudiese atarme a la vida, como para quedarme en el más acá y por eso que le tiraba tanta pelota, que me pasaba mis horas de insomnio planificando bien qué haría y las de ocio atreviéndome a hurgar donde nadie me había llamado. El plan tenía que ser sencillo. Para los primos tendría que preparar la total y completa destrucción de su vida social, lo cual repercutiría en la vida de los tíos, para los que tenía que alistar cosas más específicas. De entrada perdoné a muchos que siempre se habían portado bien conmigo, aparte que entendí que tampoco necesitaba demasiado para ser considerado nefando a los ojos de otros familiares ni bien escucharan el rumor de mis fechorías. Mis victimas elegidas eran mi tía Carmen y su esposo Florian, para los que preparaba un infierno a la medida de sus bajezas. El punto final a la vida perfecta que a toda costa se habían querido fabricar.

Nada de esto sabía Alicia, pero se la olía. Aburrida de hablar de sí misma, un día empezó a preguntar sobre mí. Y al principio no dije gran cosa, pero a medida que ella se sentía mejor empecé a comunicarme más. Admito que fue un alivio, que hasta me sentía mejor pero ese bienestar solo le dio renovadas fuerzas a mis rencores y agudizó mi olfato para la revancha. Fue así que le encontré una utilidad al atractivo de Alicia, el mismo que a mí me tenía un par de meses intentando tirármela. Lo dije antes, era linda Alicia y a mí me gustaba el fetiche de sus atuendos góticos y todo el maquillaje que utilizaba, pero en una de esas tardes tras una temprana discusión mañanera nos encontramos jugando a los disfraces y pude verla usando vestidos de gala, trajes de ejecutiva, ropas de señora y de universitaria, diferentes aspectos de la que quizá habría sido ella de haber seguido vivo su papá. Y en todos esos atuendos parecía una persona diferente a la que yo conocía. Igual de atractiva como camaleónica, con aspectos difíciles de asociar, ya que no era lo mismo la imagen de una Alicia en vestido de gala y peinada por estilista que la de Alicia vestida de señora agobiada por su rutina. Era buena actriz, además. Muy buena, la verdad. Se metía tanto en el papel que, luego, era difícil sacarla del trance mientras le durase la emoción. Y esa era la clase de compromiso que yo buscaba, que necesitaba mejor dicho, para poder realizar de la mejor manera posible el Plan, que a todas luces no era nada complejo o intrincado. Era más bien simple: a él, Florian, lo delataba de adúltero y corrupto, a sus hijos los aislaba del resto de la familia con alguna clase de escándalo y lo demás era pura inercia. El asunto aquí no era tanto denunciar como evidenciar lo obvio. Mi tía era de esas que podía comerse kilos de mierda con tal de cuidar su imagen ante los demás. No era muy inteligente, pero sí astuta y tenía la sabiduría suficiente como para hacer la vista gorda a las numerosas infidelidades de su marido, quien la callaba con dinero y una vida cómoda en uno de los mejores barrios de La Paz, luego Santa Cruz, después otra vez La Paz. Tenían dos hijas y un hijo. El mayor era el hijo, Norberto, pero extra oficialmente ya no era bienvenido en el seno de esa familia por no sé qué líos que tenían doña Carmen y don Florian con la esposa que se había escogido su primogénito y otros líos más. La del medio estaba casada con un famoso cirujano plástico del que mi tía estaba enamorada y la menor vivía en Santa Cruz en un matrimonio tan de mierda como el que tanto le criticaron a mi madre cuando estaba viva.

Como dije el asunto estaba en ponerlos en evidencia, sacar sus trapos más sucios al aire y que todos vieran sus bajezas y vergüenzas. No podía imaginarme peor muerte para mi tía, ni mayor molestia para mi tío que ser puestos en evidencia ante sus hijos y la sociedad. Todo esto le expliqué a una Alicia que no paraba de llorar. Me dijo que algo recordó sobre sus padres y confesó no sentirse capaz de arruinar la vida de una familia como le habían hecho a ella. “Mierda, punto crítico” me dije y por un rato temí no contar con mi cómplice ideal, pero después de mucho chantaje emocional al fin aceptó al menos joder a los primos en su círculo social. Qué importaba. Total que eso era, de todos modos, la primera fase del Plan, y resultó aún más sencilla con la ayuda de Alicia, quien en su faceta de actriz y sus muchos disfraces, que un día robamos de su casa sin que nos descubriese su mamá, fue la carnada perfecta para introducirnos a las mundos de mis primos. Siempre disfrazados nos dedicamos a atender a eventos sociales donde sabíamos que estaría algún amigo de la familia y sacábamos información de todo lo que podíamos. Muchas veces ella tenía que quedarse sola haciendo algo llamativo mientras yo me escabullía a revisar los computadores en busca de mails o documentos que me dijesen algo acerca mi familia. No siempre conseguíamos nada, en especial porque nos teníamos que marchar ni bien llegaba alguno de mi familia, pero igual comíamos gratis y nos daba la chance de ser otras personas por un rato. De pronto nos metíamos mucho en el papel y teníamos bien pensadas las biografías y personalidades de nuestros personajes, en cada evento al que íbamos notábamos como nuestras actuaciones cada vez jugueteaban más con extremos histriónicos y escandalosos. Nos gustaba, nos hacía felices esa excusa para descansar de nuestras penas y preocupaciones. En su exhibicionismo y mi autodestrucción hallamos cierto solaz. Como si ya de por sí aceptáramos que éramos bichos raros con vidas de mierda que se encargaban de cagar más con tal de no tener que solucionarlas o de una vez tirarlas por el caño. Queríamos hundirnos, carajo. Y lo queríamos más porque también nos daba permisos para las libertades que nunca tuvimos. Ella era testigo del mundo del que su padre le había protegido, yo me enteraba de las cosas que nunca me enteré respecto a mi familia, encima nos dábamos el gusto de exorcizar demonios y fantasmas con esa farsa. Yo me vengaba por años de negligencia, ella se desquitaba con los suyos por atreverse a morirse y dejarla en tremenda cagada de situación.

No fue necesario mucho esfuerzo para llegar a la segunda parte del Plan. Ya infiltrados era más sencillo ir lanzando rumores que desprestigiasen a mis primos a ojos de sus amigos. Fue en el espacio de un par de meses de mentiras quirúrgicas y sutiles que pudimos convencer al mundo de que mi primo se había casado con su medio hermana y que el esposo de mi prima tenía un affair con su suegra. Mentiras infalibles pues se amparaban, relativamente, en la verdad. Si mis tíos no le admitían a nadie que odiaban a su primogénito, al menos se notaba el trato diferente que le profesaban, como más distante, más frío y hasta cargado de silencios. Por lo que me enteré de una prima hermana de mis primos, don Florian ya no hablaba con su hijo ni siquiera en un evento social y hasta con algunas copas de más admitía que se arrepentía de haberle dado vida y otras cosas de ese estilo que me contaban los primos de mis primos con caras de escándalo que escondían su morbosidad. Y no se necesitaba de un experto para notar que la suegra estaba camote del yerno, aunque claro ¿era convincente como para alcanzar a una verdad? Lo cierto es que la mentira no necesita mucho para volverse verdad. A los ojos de la gente, mis familiares eran ejemplares, gente buena y noble con las mejores intenciones y la familia perfecta. Eso los hacía una presa más suculenta de sus sospechas, de cualquier cosa que los confirmase como otra familia de mierda, más aun con acusaciones tan graves como incestuosas ¿es por eso que el Floriancito es tan sarcástico?¿Pero no le saca muchos años como para meterse con su yerno?¿quién se cree esa para serrucharle el piso a su propia hija?¿Es de verdad su media hermana del Norbertito? Entonces ¿la Carmencita es cornuda?¿tiene más hijos bastardos? ¿y la hija? ¿sabe? ¿sabe Norberto que esa es su hermana? ¡Y aun así se casó con ella! Después de un rato la sorpresa en sus rostros se convertía en asco y horror, escandalizados de haber compartido comidas con esos depravados y sus vidas pervertidas.

La fase tres exigía algo más tangible que rumores que señoras chismosas elegían creer. Necesitaba pruebas de que era mi tío un adúltero para terminar de mandar al carajo la situación de una familia que todavía no sabía la famita que se les endilgaba. Alguno de los amigos que hicimos en esas fiestas me mantenían al día con los chismes, mismos que ya habían crecido más allá de lo que jamás hubiera imaginado. Pero al final eran mentiras que proliferaban en el silencio de los chismosos y lo que yo necesitaba era una verdad imperdonable que los terminase de arruinar. Así fue que Alicia se disfrazó de empleadita y esperó a que hubiera vacante en la casa de mis tíos. Bien sabía yo que las empeladas nunca le duraban por esa costumbre de mi tía de enseñarles a ser perfeccionistas a base de gritos e insultos que muchas no lograban soportar. Total que Alicia eso mucho no le importaba porque no estaba atada a ellos y peores eran nuestras sesiones donde le tocaba las llagas y ella se ponía el limón y la sal en las heridas abiertas. Parecía mejor y más tranquila, establecida en una rutina que tenía de todo menos repetitiva. Sí estaba algo apagada, pero lo cierto es que yo andaba tenso esos días y no era muy fácil estar a mi alrededor. Aun peor, Alicia seguía sin dejarse vivificar, pero creo que eso fue porque en el proceso de hacerse a la imposible encontró el placer que a mí me negaba. Me preocupaba que todavía no contactase a su madre y hermana pero parecía más en paz con ello. Su lógica era que una boca menos de la que preocuparse era una gran ayuda y los mensajes esporádicos que mandaba desde celulares ajenos asegurándole estar bien le calmaban la consciencia de desaparecida. Mi lógica era que uno hace las cosas cuando está preparado para hacerlas sin enloquecer en el proceso. Las semanas siguientes las pasamos ensayando su acto de ignorancia y lentitud que volvería loca a mi tía y creo que logramos armar un acto bastante convincente, lo malo es que nunca lo pudimos usar porque, pues, conocimos a Fátima.

Era una chica más joven en la cabeza que en el cuerpo, era hija de un amigo de Florian, quien le sacaba treinta años. Eran amantes, de los que se ven cuatro veces por semana y siempre en el mismo motel, misma habitación, con el mes pagado por adelantado. La conocimos en una fiesta de unas amigas de mi tía Carmen, a la que nos colamos alegando ser los primos perdidos de Cochabamba. En situaciones sociales como esa la gente no le gusta dar cuenta de que no te conocen cuando tú, todo mamón, vas y los tratas con familiaridad. El asunto es que Fátima estaba ahí con su cara de corderito redimido, sus tremendos ojos celestes nunca mirando directamente, sus labios pintados de un rojo intenso, el vestido de gala todo azul eléctrico y su vaso lleno de leche chocolatada. Tenía un aire de las buenotas en los dibujos y los cómics, de esas que no dejan de sonreír, como si poblaran una dimensión alterna en donde estos problemas mundanos nuestros no son más que nimiedades, nada dignas de su atención. La corona fue un tatuaje en su espalda de un par de alas y el símbolo celta de la paz al medio, con eso yo no tuve otro objetivo que meterme entre sus piernas a toda costa para contaminarla un poquito. Me costó una rabieta terrible de Alicia pero conseguimos convencerla de ir a nuestro departamento a tomar unas copas y Fátima, en el papel de virgencita, primero no aceptó hasta que un susurro de Alicia la hizo dudar y nada más que la duda se necesita para que alguien horrible te secuestre. Y prácticamente eso hicimos, pero los culpables de que se loqueara fueron el trago y ella misma, pues ya en el departamento, y con un par de copas nada más, entró en un estado de euforia. Como niña pequeña preguntaba sobre todo y ni siquiera parecía escuchar las respuestas, de pronto pedía canciones, bebía y bebía y saltaba en el sofá y abrazaba a Alicia como si fuera su hermana y a mí me miraba como con ternura y picardía. No es necesario contarlo todo, pero la hice mierda en ese mismo sofá y a ella le gustó tanto que volvió por más a lo largo de la semana. En este punto yo no sabía que esta criatura era la amante de mi tío Florian, y me enteraría de la peor manera cuando, después de una sesión particularmente intensa, su celular recibió una llamada y en el id pude ver no solo el número de Florian, sino también una foto de él y ella besándose.

Momentos como ese son raros porque significan una oportunidad de inversión que dificilmente se volverá a repetir. Casi como viajar en el tiempo y que te regalen acciones mayoritarias de Apple, o como un trato de Vito Corleone. Simplemente no me podía dar el lujo de perder esa oportunidad. Me sentía tremendamente asqueado de haber estado con la misma persona que se acostaba mi tío, pero haciendo tripas corazón no me fue difícil mirar los candorosos ojos celestes de Fátima y planificar una forma de aprovecharme de toda esa información. Le hice un pequeño drama. No tanto por el asco que sentía dentro de mí, como por capitalizar una oportunidad tan caidita del cielo. Ella lloró, me lo contó todo, yo lo grabé, le juré amor eterno, me juró que lo terminaría, nos fumamos un poco de mota, lo hicimos con la pasión de los reconciliados, en realidad yo la quería agotada y dormida, lo cual logré y sin miedo ni vergüenza hurgué su cuarto, encontré fotos, cartas, emails y regalos que sospecho venían de la profunda billetera de don Florian. Todo. Miré hacia el rostro angelical de Fátima dormida y, por un instante, la quise con toda mi alma y al otro ya me escapaba hacia Alicia para contarle las novedades.

Lo malo del misticismo es que lo obnubila a uno de ver a su alrededor. O para ser sincero tendría que decir que es la excusa perfecta para dejarse convencer de algo, lo que sea, que nos permita construir certezas con raíces lo suficientemente poderosas como para aguantar cualquier embate de la realidad. Es un error muy común tratar de convertir a la fuerza cualquier argumento en axioma y con eso tener una solución rápida a la vida. Es el problema de confundir al azar con el destino, también es el problema con la sincronía, se confía uno no solo de la fortuna de haber estado en el lugar correcto en el momento preciso sino que sienten que se lo tienen que explicar, necesitan agradecérselo a algo o alguien y considerar que su deuda con el universo ha sido pagada, verse validados ante los ojos de un jefe supremo, una entidad cósmica, una deidad, y no tener que sentir culpa por disfrutar de cualquier bien que tienen por delante. Se aplica también a la desgracia ¿de qué otra forma se quita el estafado el sabor de la estafa? Con la misma leche amarga que le dieron a beber. Si me enojo porque me estafaron debería enojarme por haberme dejado convencer, total que ya me dieron hasta la excusa perfecta: no es mi culpa, me lo vendieron, me dejé convencer y con eso ya estas enganchado al perdón gratuito de un poder superior. Un negocio redondo y autosostenible. No es coincidencia que hayan tantas religiones y templos y rezos y santos y dioses y montón de cosas que por muy reales que sean, también te ayudan a justificar tus propias mentiras. El incidente con Fátima era demasiado bueno para ser cierto y desde niño que he sentido alerta cuando todo está muy bien, pero ¿qué podía esconderse detrás del candor de esos ojos azules?¿quién que se sonrojaba con miradas y se cubría los senos durante el orgasmo podía ser capaz de alguna maldad? Tampoco me detuve a sospechar mucho de ella, me enfoqué en el juego que controlaba e hice lo mejor que pude.

Reunimos las pruebas de la infidelidad de mi tío Florian en un enorme archivador ordenado de tal manera que el golpe fuera lento y cada vez más terrible. Me había leído toda esa correspondencia y mucha otra más en cosa de una semana. Mi tío era de esos cochinazos sentimentales que le demuestra a su amante que la ama dándole las contraseñas de casi todo, exceptuando la tarjeta de crédito. No solo leí los amoríos con Fátima, sino que tecleando “153962FS” me enteré del romance con Zuleyma, los encuentros con Josefina, las pensiones para Eva, las demandas de Cecilia, las visitas a Patricia y los horarios de Rubí. Era tan amable el universo que hasta me mandaba fotos, videos, mensajes de voz y confirmaciones via mail para compra de pasajes a exóticos lugares que nunca escuché a mi tía presumir. Era perfecto. Once días tomó clasificar el material, ordenarlo según su impacto y ponerlo en el archivador al que Alicia y yo llamábamos El Collage. Incluso nos dimos el trabajo de grabar cada mensaje de voz y video en dvd’s que incluíamos en el archivador. El Collage sería la obsesión de mi tía por un largo período de tiempo, el suficiente como para calmar mi propia rabia, la que guiaba a mi olfato hacia los lugares que más podían sangrar. Y ese era el problema: demasiado angurriento, entregado a las benditas justificaciones potenciadas por la mística que insistía en buscar, siempre en pos de ese encanto que tiene el mundo cuando se lo ve a través de la fe. Si nos escudamos en algo tan grande como es la mística es porque intuimos que ninguna de nuestras necesidades, pensamientos o deseos tienen la menor importancia. Toleramos, y hasta creemos, en la religión, en la fortuna, en el vendedor, por ser esos encantadores potenciadores que le dan alas a nuestro ego y nos colocan como los mimados de una entidad cósmica, de un concepto abstracto capaz de crear vida de la nada. Lo malo, al fin, de las revanchas no es que uno esté ciego, ni sordo, peor mudo de ira sino que se agudiza el olfato. De pronto lo identificas todo desde lo visceral, azuzado por la ira que te dice, te jura, te susurra que después tendrás tiempo para reparar la tierra quemada cuando la revancha haya terminado. Y sí, es cierto, aunque no del todo. Quema uno las naves con esa ilusión de que aparezca alguien lo suficientemente idiota como para intentar apagar tamaño incendio, que en nada se compara al conflicto interno que buscas expresar, quema uno las naves porque es más sencillo destruir que terminar de irse al más allá. Quema uno las naves para que lo miren, pero no siempre lo vamos a notar.

Todos caemos, carajo. Sea en estafar o ser estafados y no hay vergüenza en ello. Lo peor es estar al medio, en la parte gris y plagada de la aburrida sensación de duda ¿era mejor ese extremo, o el otro? ¿vale la pena? Después de un rato le hallas lo bonito a lo gris y hasta, en un descuido, encuentras felicidad e ilusión de plenitud. Con la mística, cómo si no. Pero nunca es lo mismo que irse a los extremos, ni tiene igual sabor, el del vértigo de casi morirse y el goce de por fin respirar. Tan visceral que no necesitamos a la mística para magnificarlo sino para protegernos de que nos desquicie. Y por eso caí, por candoroso. Planificamos todo para un lunes por la noche, movidos por el morbo de jugar con las supersticiones de mi tía, quien juraba que si el lunes ocurrían desgracias entonces la semana también estaría llena de ellas. Tocaría la puerta durante la cena, lo común era que tanto Florian como Carmen estuviesen, acompañados por mi prima, la del medio, que vivía a lado y mis sobrinos esperando a que llegué su papá. Estarían sorprendidos y bastante incómodos de verme, serían amables, me harían chistes culposos respecto a mi ausencia, cómo para lavarse las manos de ellos no haberme buscado tampoco, me preguntarían en qué trabajo, qué hago de mi vida y tantas otras cosas que yo no respondería. Me limitaría a entregarle su copia a mi tía, otra a mi tío, a mi prima, a su esposo, anunciar que las copias de sus otros hijos ya estaban siendo enviadas y que algunas habían sido mandadas, por error, claro, a algunos de sus amigos. Me quedaría a ver sus rostros y disfrutarlos, muy al margen de la apuesta que tenía con Alicia de si mi tía primero me atacaría a mí por actuar de Capitán Obvio, o a su marido, por fin, después de tantos años de aguantarse. Nos retrasó mucho, tener que hacer las copias del Collage, hacer los arreglos para que los entreguen pero en las vísperas de nuestro golpe era todo pura euforia y nada nos podía arruinar. Alicia me sonreía como nunca y yo no podía evitar sentirme, desde ya, algo aliviado. No hay peor ciego que el que puede ver, como quitándole la mística al famoso dicho en la espera de que rompiendo místicas pueda ver uno más claro a su alrededor. No comprarse la propia estafa, ni engolosinarse en las ofertas ajenas, cuidar el trasero propio y de los tuyos, tener planes de respaldo y siempre cuidar las ganancias. Enterarse que hay dimensiones en esto de la ingenuidad.

Por supuesto que todo salió más o menos como lo planeado, pero para nada cómo lo esperado. Los Collages llegaron a todos y cada uno de los que tenían que recibir uno y ya no sé si los habrán visto pero de que los tienen, los tienen. El problema es que hubo dos sorpresas esa noche. La primera empezó una hora antes de mi momento de partir hacia casa de mis tíos. Alicia estaba de un humor especial y yo muy nervioso cuando tocaron el timbre, nos sobresaltamos y nos preguntamos en voz baja quién podía ser, hasta que los chillidos alegres de Fátima nos cortaron la incertidumbre. La dejé entrar y rato más tarde me abalanzaba sobre la puerta para apresurarme a la casa de mis tíos. Nunca calculé que Fátima se tomase tan a pecho su vivificación y el pequeño drama que le armé para que me revelara sus secretos. En lo que sin duda consideraba el acto más romántico de amor supremo, la chica fue a casa de Florian y se reveló ante mi tía, le contó toda la verdad o, bueno, una verdad llena de censuras y disculpas ante cada lágrima que veía en los ojos de esa operada señora. Así las encontró mi tío, abrazadas y chillando, la una de rabia con su rostro inexpresivo de tanto botox inyectado, y la otra de arrepentimiento con su carita candorosa brillante y compungida ¿se esperaba ese giro de sucesos? ¿qué clase de pesadilla es que tu mujer y tu amante se lleven bien y a tus espaldas? ¿dónde, exactamente, está lo pesadillesco de todo eso? El lío adquirió nuevos carices y Fátima fue testigo silente de una discusión entre dos que pronto olvidaron la presencia de la tercera, lo cual le permitió escaparse a darme las buenas nuevas de nuestra exclusividad.

No pensé, solo me lancé a la calle con los Collages y paré el primer radiotaxi que quiso llevarme. Ni bien llegué lo que encontré fue la puerta de calle abierta y una seguidilla de decepciones empezaron a operar en mi cabeza ¿me lo había perdido? Maldiciendo mi suerte entré sin dudar y noté que en el jardín, que también servía de garaje, estaba solo un auto y no los dos que solía albergar. “No es nada” me dije y hasta me propuse que quizá ya no tenían dos autos como acostumbraban, que mucho podía haber cambiado en tanto tiempo y otras basuras parecidas, pero el pensamiento se me pinchó ni bien escuché los sollozos de mi tía en la sala de su casa. Entré, el suelo estaba lleno de macetas y adornos rotos, mi tía estaba sentada en un sillón para tres, lloraba a moco tendido con las luces apagadas sumidas en las sombras de la noche y una estela de luz de luna cayendo a sus pies. No dijo nada al verme, ni cuando me reí, peor cuando dejé un Collage a su lado y me fui. Más tarde encontré a don Florian en el Hotel Radisson y dejé su Collage como mensaje en recepción. Tras esas dos entregas emprendí el camino a casa algo triste pero más feliz que otra cosa. Mi madre no había muerto por directa culpa de esa gente, pero se sentía bien culparlos del abandono, destruirlos hurgando en sus cuidadosas hipocresías, hacerles doler lo mucho que me hicieron falta cuando ya nadie me quedó en el mundo más que un padre que estaba demasiado ocupado en sus padres como para ayudarme a lo que sea. Si dejarle el Collage a mi llorosa tía era un golpe bajo y en el suelo, eso no evitó que me sintiera tremendamente feliz al imaginarme torciendo un cuchillo imaginario que acababa de clavar en la boca del estómago de esa familiar detestada. Hasta el dolor y la tristeza parecieron ceder, me dieron la perspectiva de un mundo perfecto, uno donde el rencor calmado ya no sería un factor que me controlase y aun si era patético sentirme bien a la costa de la desgracia de alguien más. Estaba chocho de la vida porque hacía rato que no me sentía así de genial. No calculé que le arreglé la vida a mi tía con ese gesto cruel puesto que, mucho después, pediría el divorcio y presentaría el Collage como evidencia suficiente como para dar por muerto cualquier futuro que don Florian hubiera podido abrazar, sentenciándolo a una vejez amarga y pobre, solo y abandonado por los hijos que él alguna vez no dudó en abandonar. Como dije, eso le valió mucho dinero a mi tía y le arregló la vida en los modos que yo hubiera deseado le saliesen mal, pero eso no quitó que tuvo que mudarse y cortar relaciones con mucha gente clave de su importante circulo social. Igual que sus hijos hicieron, después de repudiarla, no dudo que haya rearmado todas sus farsas en Santa Cruz, que fue donde se mudó, pero nunca debió de ser lo mismo para ella hacerlo vieja, cornuda y divorciada a ser la señora perfecta de antes, esa con el marido que proveía y una familia ejemplar. Una hora después de la fechoría ya me sentía vacío, un tanto arrepentido pero todavía satisfecho. De menos le quité la facilidad a sus farsas e hipocresías, que sigue siendo poco considerando cuánto me costó todo esto. Por lo que sé nunca se volvió a casar y solo una de sus hijas le perdonó las infidelidades del padre. No los culpo, ni creo que lo haya hecho ella, después de todo habían sido criados en el cautiverio de esa hipocresía de la familia ejemplar. Yo mismo reflexioné y concluí que probablemente ellos no entendían la gravedad de sus acciones, justificadas por la creencia de pertenecer a la funcionalidad de esa dichosa familia ejemplar. Y, antes de la segunda sorpresa, entendí que mi mística había sido el odio y que ahora necesitaba ver la realidad.

¿Qué es lo peor de la verdad? Algunos piensan que su inevitabilidad pero olvidan al olvido, precisamente. Si la mentira tiene patas cortas, la verdad apenas camina con lo largo de las suyas. Y es justo por esa notoriedad histriónica que tiene la verdad, que lo peor es ser el último en notarla, en enterarse de ella y todas sus implicaciones. ¿Qué clase de simpatía es esa de cortarse las venas en una bañera? Te vas a morir, ya qué importa que alguien tenga que limpiar, total que no será tu problema y si decidiste abandonar este mundo es porque te recontra cagas en el alma y las opiniones de los demás. Lo que los suicidas no saben, o prefieren ignorar, es que una vez que se van de este mundo sus opiniones, sus deseos, sus preferencias se van a la mierda, se pierden en lo que los deudos necesitan. Los vivos siempre son el problema, son los que imponen sus caprichos internos disfrazados del “así lo hubiera querido el difunto”. Es una forma de lidiar con la pérdida de alguien y la consciencia de la muerte, pero eso no le quita lo hipócrita. Por eso los suicidas no deberían tener atenciones como cortarse las venas en una tina para que el agua se mezcle con la sangre ¿piensan que será más fácil, más cómodo? ¿Cómodo para quién, entonces? El muerto siempre estará cómodo, ya no hay nada ni nadie que lo pueda molestar y lo suyo será esa región innombrable que ninguno nosotros conoce pero que la mística nos ayuda a soportar. De seguro Alicia mostró señales que yo no noté, lo cierto es que elegí creerme la farsa de su sonrisa para mejor calmar esta sed de revancha que más se parecía a una indigestión de ego y autodestrucción. Nunca le pude decir lo mucho que me vivificó y jamás lamenté tanto no haber podido vivificar a una muerta en vida. Subestimamos, o sobrestimamos también, a las personas en base a nuestras conveniencias. Queremos la entrega absoluta hasta que la obtenemos y cuando lo hacemos nos gana el terror a que la plenitud sea más jodida que el vacío. “Qué cosa más pesada debe ser vivir el infinito” me puso en un papel que encontré a lado de su cuerpo inerte y desnudo en la tina. La sonrisa revanchista desapareció en un mar de lágrimas y lamentos, no me atreví a sacarla del agua roja y, siempre con la nota en la mano, me fui a recorrer cada cuarto para rastrear los últimos pasos de la reciente muertita que se pasaba en calidad de zombie al más allá. En la cocina faltaba el trozo de pizza que guardé para celebrar, en su cuarto estaba todo ordenado y empacado con la precisión de quien sabe que no volverá, en la sala habían muchos pañuelos usados y los borradores de la nota que al final me dejó.

Entre lectura y lectura fui comprendiendo que Alicia hacía rato que tenía planeado marcharse y que mi supuesta vivificación no fue más que una última distracción que se permitió antes de matarse. La nota era muy corta pero todo se compensó con el exceso de confesiones que fui encontrando en cada borrador y en su diario, que forcé cuando despuntaba el alba y mis ojos ya no podían llorar más. Así fue que me enteré que su madre se había matado hacía un mes y con ella se había llevado a la hija más pequeña en un suicidio brutal y hasta repugnante que Alicia tuvo que soportar mientras yo la arrastraba a fiestas de gente estúpida solo para darme la chance de una revancha tan tonta como fútil. En su nota de despedida, la madre parecía segura de que Alicia nunca volvería al seno de una familia desgraciada, a la que el sufrimiento se quería llevar al otro lado a toda costa y no encontró mejor salida que liberarla de la desgracia con el sacrificio doble que “calmaría la sed de este Dios cruel, hija mía”. Los misticismos sostienen verdades y mentiras, pero que tan cierto sea algo no le quita lo mortífero. Mientras yo creía ciegamente en la revancha, la madre de Alicia se consolaba con la idea del sacrificio, por lo que pude enterarme después la señora no estaba en sus cabales pero tampoco nadie se ocupó de auxiliarla, ni internarla, nadie pensó en la niña, todos se encerraron a lidiar con lo que había pasado en soledad. Alicia no se perdonaba haber creído que su distancia le hacía bien a su madre y hermana, cuando lo cierto es que estaba movida por motivos egoístas. De haberla encontrado viva le habría dicho que no era del todo su culpa, que ella también necesitaba recuperarse en soledad y que su único pecado fue tardarse en animarse a buscarlas, a dejar de ver lo que ella quería y enfrentar la realidad. Como yo, que me arrepentía de eso mismo y le expresaba, tarde y motivado por una reveladora entrada en su diario, que yo también la quería, que hasta la amaba, y que yo también lo había descubierto la misma noche que  Fátima entró en juego con esa su presencia karmática que tanto terminó por marcar. ¿Quién sospecha de los ingenuos? Peor aún ¿quién se imagina que lo que lo joderá no será la astucia sino la mera ingenuidad? Ya no pude volver a ver a Fátima, no sé que habrá sido de ella, pero sospecho que sufrió y volvió a ser linda y finita, de seguro se casó con algún Florian que la condenará al destino al que se condenó Carmen. O no sé, estoy consciente que nada fue su culpa pero disfruto un poco esos pensamientos de ave de mal agüero. Si yo, señoras y señores, caí por engolosinarme de mi olfato revanchista y distraerme en estas ganas de vivificar, lo mejor que podía hacer tras tantas tragedias era aceptarme como el cuervo que soy y que siempre seré.

Cuando volví al baño recién noté que sonaba un disco de NERD en la radio que compramos para escuchar mientras nos duchábamos. A Alicia le fascinaba Pharrell, le encantaba que fuera tan feíto y atípico y aun así estuviera tan cómodo en su propia piel, como para hacerte querer bailar esos sus temas sexistas y plagiados. Solía pasarse horas vanagloriándolo a la par que le lanzaba esos insultos sutiles y venenosos de fan resentida e indignada. Se ponía intensa y así se veía sexy, le decía yo y la comparaba con Alesha Dixon en el video de She Wants to Move y ella se reía a carcajadas, se ponía un vestido corto e imitaba el baile de la actriz. Lo hacía muy mal pero igual a mi me encantaba verla feliz en ese baile que era aborto de sensualidad. “Lo que más recordamos de She Wants to Move no es tanto a Pharrell siendo tan peculiar, sino a Alesha Dixon probándose a la altura de diosa, una mera ninfa del baile y la sensualidad y la actitud” le decía mientras le robaba besos a sus cachetes, a su frente, a sus manos y hasta sus hombros, pero nunca en la boca, ni en los labios, jamás un beso donde hubiera contado para ver si nuestro romance la convencía de quedarse un rato más o terminaba de indicarle que ya era su hora de partir. Que al final eso pasó, pero sin darme a mí la chance de convencerla, sin que pudiese recuperar las oportunidades perdidas para vivificarla, estancado para siempre en el gris de las cosas, con preguntas que ya no serían contestadas y con ganas de desnudarme y unirme a ella en esa bañera en la que también podía dejar mi sangre para que quien fuera que limpiase la escena del crimen no lo pasara tan mal. “¿Y eso a mi qué me importa?” me dije entre llantos y miré distraídamente el dorso de la nota donde noté que estaba escrita otra frase que antes no leí. “¿Qué pasa, cuervo? Siga volando que afuera hay mucha carroña para que puedas penetrar”. Y lloré, claro. Chillar sería más apropiada palabra para ese momento de mierda en que abandonaba la anestesia emocional y permitía al dolor fluir en ese peculiar adiós a mis muertos. Dejé la nota a un lado, llamé a la policía y me metí a la bañera para darle un incómodo último abrazo a mi entrañable suicida, mi cómplice perfecta, un abrazo más para mis morbos mortales que para intentar robársela a la eternidad.

No imagino a nadie más merecedor de una buena golpiza que el mequetrefe de mi ex. Mira que dejarme tras cuatro años fue una mala movida y no pensaba pasarla por alto. Él ya no me importa, es cosa de orgullo y cuando eres una mujer siendo abandonada por un cretino hay que hacer algo al respecto. Y no por las miles de mujeres abandonadas y abusadas por sus parejas, me valen gorro esas pobres estúpidas que se dejan pisar por imbéciles. En mi opinión si te abusan es porque te lo mereces. Porque no sabes defenderte y defenderse lo es todo en este mundo de mierda.

¿Qué me dijo ese nabo del Barbas el otro día? ¡Ah sí! Que sueno a amargada y resentida con este mi ex. Pobre nabo. No niego que quizá sí, pero un poquito nada más por la sorpresa. Se suponía que si alguien tiraba al caño esa relación sería yo y no él. Supongo que esto es algo común entre nosotras, no nos gusta ser abandonadas. Al menos a las que nos respetamos a nosotras mismas. Pero ya ni resentida podría estar con mi pinche ex. No después de lo que le pasó.

Pero con todo, nunca pensé que no sería yo quien dejase al gusano ese en el hospital. Pinche psicoloco asqueroso, de seguro me creía su amante segura, la que estaba esperando a que deje a su esposa e hijos para irse con ella a un país de ensueño y felicidad donde yo se la mamaría todos los días y me tragaría sus juguitos y pediría más. El men era bueno tirando, y me encantaba tirar con él. Conozco a dos de sus hijos, que son un tanto mayores que yo, y son también sexys, pero esos sí que son raros. Él era más divertido, agradable, lo conocí como mi terapeuta y me atrajo terriblemente. Tanto que no esperé ni cinco sesiones para saltarle. Y obvio que cedió, si de algo estoy segura es de que estoy buena. Yo pensaba que no iban a ser más de tres veces como máximo, antes de que se acobardara y recordara que tiene una vida a la que debe cuidar. Pero era buen sexo con el cabrón ese, nos encerrábamos en su consultorio y lo hacíamos, nos registrábamos en un telo y no salíamos por horas, viajábamos a un lugar cercano y nos la pasábamos tirando. Cuatro años de entregarle mi cuerpo al cretino, de soportarle otras amantes, de acceder a tríos con ellas, incluso de haber llegado a abortar por él. Obvio que lloré un poquito, pero de rabia porque ese cabrón ni siquiera se dignó a hacerlo cara a cara, me llamó por celular y me dijo que ya no lo buscase, que se había acabado y que adiós para siempre. Por celular. Como el puto cobarde que es. Quería matarlo, molerlo a golpes, escupirle en la cara y torturarlo, pero nada tan fuerte cómo lo que le hicieron en verdad.

Me daba rabia, sí. Pero dejarlo así tan maltrecho no es algo que yo haría. Por Dios, le cortaron el pito, le sacaron un ojo, lo encontraron en un basurero una semana después de que me dejó, sin uñas, con la espalda sin piel, los brazos rotos, completamente rapado y desnudo. Lo encontraron llorando con su único ojo abierto de terror. Lo internaron y lo cuidaron por dos semanas antes de que el tipo pudiese volver a hablar, aunque en la tele no decían mucho. Especulaban sobre pandillas aterrorizando las calles de nuestra ciudad, pero no deseaban dar mucha información al respecto. En la tele también la podías ver a la cornudita de su esposa llorando a moco suelto, indignada por la atrocidad que le habían hecho a su esposo. Que de seguro lo dijo porque mister psicoloco estaba bueno. Era de esos que se parecen a Johnny Depp, que se cuidaban el físico a como dé lugar, incluso en su actitud era sensual. Y me pregunté “¿Qué tan deforme estará ahora?”. Así que me propuse averiguarlo.

No fue nada difícil entrar a su hospital disfrazada de enfermera. Me quité los piercings, maquillé los tatuajes de mi cuello y mis brazos y me peiné engañosamente para cubrir la rapada con el pelo largo. A los guardias no les importó no haberme visto nunca, se quedaron lelos viendo mi atuendito sexy y se les debe de haber despertado quien sabe que fetiche por la falda cortita o el escote que exhibía mis poderosas, pero me sonrieron como babosos y me dejaron pasar, incluso me dijeron donde estaba el cuarto del psicoloco. Y subí hasta ahí, saludando a todos los doctores con una sonrisa y un tono respetuoso, solo para verlos babearse y tropezarse por saludarme, e ignorando a las otras enfermeras, no sea de que me descubriesen y me pusiesen de patitas en la calle. Típico de las envidiosas, botarme porque el jueguito sexual no les sale bien. Fija que de esos jueguitos hay miles en los hospitales, he estado con doctores y son de las personas más despreciables e hipócritas que conozco. Me entré a la sala de enfermeras del piso donde estaba el psicoloco, me informé acerca su número de cama en la unidad de cuidados intensivos, me saqué su historia y me fui con paso seguro a ese cuarto.

Admito que no estaba lista. Cuando entré solo vi el blanco grisáceo de la habitación siendo iluminado por un paupérrimo sol que apenas calentaba el ambiente. Al medio de todo, y rodeado de maquinitas, estaba él. Con un ojo vendado, con los brazos enyesados y suspendidos en el aire, casi colgando de un arnés que prevenía que su espalda tocase la cama. Dormía. Y yo solo me quedé viendo todo eso, ya no sé si con decoro o con horror. Me gustaría estar de nuevo ahí y verme la cara que puse. Que quizá fue inexpresiva hasta que me dieron ganas de vomitar, cosa que hice sobre él, porque el rencor es así de fraudulento. Esto lo despertó. Obvio. Y me asusté de verlo abrir su ojito a no dar más, de ver lágrimas salir de él como cascada, y de cómo movía sus labios en silencio, ahí noté que su dentadura de superestrella estaba rota e incompleta y me dio tanta lástima que chillé como niña. “¿Eres tú, psicoloco?” le pregunté en voz baja y él movió sus labios más frenéticamente, movió sus piernas como si estuviese corriendo y le empezó a sangrar la ingle a través de las vendas. Yo me quedé quieta hasta que su voz dejó de ser muda y entendí que decía “karma cobrado”. No pude más. Salí corriendo de la sala y del hospital, tropezándome, llorando y hasta perdiendo un zapato. Que linda puta Cenicienta.

Solo imagínense a una nena lindísima y candente disfrazada de enfermera sexy, tirada en el pasto de un parque cercano a un hospital, llorando y moqueando, de seguro con aliento a vómito y sin un zapato. No podía moverme, no quería ni pensar. Dicen que hay rencores que no conocen límites y desean siempre más castigo para el odiado. Pero no así, no de esta manera. El psicoloco no se merecía tanto. Y supongo que eso decía yo cuando el Barbas me encontró de pura casualidad, supongo que me reconoció y no se hizo al loco, me agarró y me trajo a este cuarto cinco estrellas donde me dejó ser por horas, se quedó sentado así todo sombrío y amenazante en un rincón y nunca dijo nada mientras yo chillaba a todo pulmón y me asustaba e intentaba recuperar el orgullo de no permitir que nadie me viese llorar. Que rabia, que rabia.

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Chuck Palahaniuk, lullaby

Chuck Palahaniuk, lullaby

Respira. Toma confort en el hecho de que al menos alguien te apoya, vive la vida sin mucha noción de hacia dónde vas, y metete en una universidad – cara o barata – para aprender algo que te defienda del mundo real. Déjate convencer – por tus padres, hermanos, amigos, tíos, etcéteras – de estudiar algo lucrativo, algo en lo que habrá empleo para cuando salgas al frío mundo exterior y real, donde sin dinero no hay Edén.

Estudia como puedas y sal en el menor tiempo posible. Esfuérzate, no importa si es que lo haces yendo temprano y cada día a clases, o faltando a todas y cada una de ellas,  u organizando todas las fiestas, incluso puedes optar por destruirte los ojos y nervios para graduarte con honores. Créeme, seas fiestero o estudiante dedicado no importará en lo absoluto. Al salir se reducirán tus méritos, o falta de ellos, a la palabra “egresado.

Convéncete de que no odias la carrera que alguno de tus padres te forzó a tomar, o la que tú elegiste tontamente para complacer a quien sea salvo a ti. Enfrenta tu primer empleo, tu primer jefe, tus primeros compañeros de trabajo y tus primeras tareas con el mismo agrado y pasión con que los intolerantes a la lactosa prefieren beber leche cuando pueden beber jugo de limón. Levántate cada mañana para largarte al cadalso donde sueñas despierto con todas las cosas increíbles que podrías hacer con tu vida si no tuvieras que vivir. Muérdete el labio mientras tu empleo te exige cosas para las que nadie te preparó, ahógate en frustración por cada hora que pasas haciendo algo que te aburre o detestas, cuando podrías estarte muriendo de hambre hastiado de, cuando menos, ganas de continuar.

Cásate con una chica a la que no soportas porque sientes que es lo mejor que podrás lograr, convéncete de que el amor existe y que el amor solito todo lo puede, todo lo logra, todo lo aguanta y, luego, observa a tu relación derrumbarse bajo el peso de lo imposible e insoportable. Búscate una amante cuando la mirada de tu esposa ya ni disimule su aburrimiento u odio. Ignora a tus hijos pues no son más que el recordatorio de que un día elegiste al éxito por encima de lo anhelado.

Constrúyele un altar al dinero que te ha traído hasta aquí. Vende todo lo que puedas de tu vida, sueños, ideas y pensamientos, y compra una casa, mucha ropa de marca, un infaltable auto de último modelo, las quichicientas pulgadas de una tele que apenas usas, una computadora destinada a siempre quedar cada vez más y más obsoleta. Como tú, que ya notas las arrugas y la pesadez, que ya te invade una flojera existencial, que sientes que la vejez es un abismo inefable. Compra juventud con grotescas cirugías estéticas que fuercen a tu cuerpo a convertirse en una asquerosa imitación a lo Barbie. Corta tus párpados, chupa tu grasa, aumenta pechos, rejuvenece las huellas del tiempo y asegúrate que, nunca jamás, nadie mire tu cuello delator, o las manchas de las manos y todas esas características que el cirujano no puede alterar.

Ríndete. Termina tu vida recordando a tus lamentos y durmiendo con tus frustraciones. Acuéstate en tu cama de un chillón de dólares, producto de todo el trabajo que nunca disfrutaste, olvídate de la presencia de tu pareja mientras sueñas con tu ex amante, con quien no tuviste el coraje de escapar. Llora en silencio cuando algún cáncer te anestesie con pura agonía y te aleje de esta vida maldita, mientras no terminas de entender por qué tanta frustración si nunca hiciste lo que querías, fuiste funcional y decente por sacrificar tus locuras y aventuras, te manejaste con todo el tino del mundo pero nunca con el tuyo. Te tragaste lo que detestabas y lo que deseabas no lo pudiste ni probar. Fuiste hijo del sistema y su funcionalidad y te olvidaste de pensar. Muere en pleno lamento. Respira. Vuelve a empezar.

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Té para Tres

Publicado: febrero 11, 2013 en Cuentos
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– Inspirado en la canción del mismo título de Soda Estéreo

– Para la Pequeña Gatita, porque le gusta esta canción, porque también escribió sobre ella y por su duro fin de semana.

Él se ha puesto sus ropas más elegantes. Él ha sacado la vajilla de una de esas bisabuelas que nunca conoció, y la ha invitado a tomar el té en esa tarde de agua que cae. La mesa ha sido puesta con la minuciosidad obsesiva que le ayuda a sobrellevar su vitalidad desde el día en que adquirió conciencia. Con la misma neurosis con que puede ignorar el desliz de su pareja.

 

La lluvia golpeaba el techo causando un ruido molesto. La mujer miraba su taza, escondía sus ojos de la penetración de la mirada de su esposo. “¿Un poco de miel?” pregunta el marido con voz ronca y asfixiante, con esa monotonía de la misma carne que pruebas una y otra vez. Y ya no quieres más.

 

Su eclipse no se había completado. Ella se pandeaba de rabia en aquel vestido corto y floreado, tan rosado y chillón, con sus labios rojísimos invadidos por un pucho, que se desgastaba poco a poco en el aire amargo, dejando que el té se enfriase como si no desease beberlo. “No basta” dijo, de repente, la mujer. Él bebió un sorbo largo, simulando que no veía las lágrimas que su mujer vertía por el otro.

 

Se sumió en su brebaje buscando una manera de convertirla en algo menos críptico, distraído en encontrar una forma de romper el código arcano de su nuevo problema, evitar la corrupción de su lecho ¿cómo reparar las ruinas de algo irreversible?

 

Las lágrimas silenciosas estallaron en sollozos, y estos se convirtieron en un llanto ruidoso y desesperado. La mujer se cubre la cara con ambas manos, mientras el marido observa paciente. Ella aun deja que su té se enfríe y repite el nombre del tercero en quedos murmullos. Cuando cesa sus lloriqueos, mira al marido casi con sorpresa, rencor y pena. “No hay nada mejor…” empieza, la mujer, pero la interrumpe el marido: “No hay nada mejor que casa” sentencia con mirada suave y voz fría. Ella rompe a llorar de nuevo con renovadas energías. Afuera sigue lloviendo.