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Fran Lebowitz

 

“Lo malo era que en el fondo él estaba bastante contento de sentirse así, de no haber vuelto, de estar siempre de ida aunque no supiera adónde.”
– Julio Cortázar

“Si la cursilería fuera un pecado, yo cada noche me ganaría el infierno.”
― Xavier Velasco, Éste que ves

“Soy una fuerza contraproducente, y lo peor es sentir este entusiasmo.”
– Xavier Velasco, Puedo Explicarlo Todo

 

En momentos como este me gustaría tener algún dios en el cual creer.
Podría, por ejemplo, creer que me dirijo hacia una experiencia que cambiará el curso de mi destino. Algo tan increíble, tan mágico, tan predestinado a cambiarlo todo en mi vida sin más trámite que el de una mirada, o quien sabe cuántos miles de probabilidades que podrían darse en este encuentro al que me dirijo.

Podría estar rezando fervorosamente por un milagro. Deseando con toda mi alma, y esperando, una especie de atajo que me permitiese conseguir lo que quiero a cambio de mi más sincera y entregada fe, y es que ¿no tiene la esperanza algo de espera? No por nada las palabras son tan semejantes en sus estructuras, como para que solo tengas que aumentar un “nza” para convertir la espera en tortura. Alguna vez Marcelo, uno de mis mejores amigos, me dijo que yo le daba pena puesto que no creía en nada, que era de esos que iban por el mundo viendo todo de una manera tan gris y vacía, que de seguro era horroroso levantarse cada mañana a ver un mundo tan corrupto por la falta de una fe en un poder más grande, una especie de testarudez en el ridículo del “No puede ser que Dios exista”. Me cago en Dios. Probablemente porque él se cagaría en mí, y no por arruinarme la vida, sino porque de verdad considero que si hay un dios no pueden importarle los humanos. Después de todo, si un ser fuese omnisciente de verdad, no podría pensar en los mismos términos que, nosotros, los humanos.

Si creyera en algo divino, ahora mismo quizá no estaría consumido por este miedo asesino y esta inseguridad palpitante. Quizá estaría entregando las responsabilidades de lo que pase a lo que sea que Dios quiera. Horrible decisión si me preguntan, abandonar todo atisbo de control y decisión sobre tu propia vida y dejarlas en manos “más capaces”. Pero lo entiendo, ahora mismo siento como si pudiese vomitar de puro nervios pero el vomito no sale, está trancado en alguna parte de mi cuerpo haciéndome pensar que tengo mal aliento y ninguna menta, y eso me hace desear entrar en automático, no soy lo suficientemente fuerte para enfrentar este encuentro. Bien pensado, si de verdad creyese en lo divino, a estas alturas estaría vendiendo mi alma a cambio de un beso o un abrazo, inclusive.

En lugar de ello estoy simplemente sentado en el asiento trasero de un taxi. Nervioso, emocionado, asustado e impaciente. Viendo como las calles pasan y pasan delante mis ojos y no logrando registrar nada de verdad, solo pensando en el encuentro cercano, en la primera vista y todas esas chorradas de conocer a alguien, físicamente, por primera vez.

Ayer era un supuesto fin del mundo. Uno de esos apocalipsis donde los cielos se abren, y el mismísimo Dios baja a condenarnos a todos los pecadores y llevarse a los justos a su lado a disfrutar del regocijo eterno. Pero no pasó nada, fue un día tranquilo y rutinario donde los pecadores, como yo, seguimos respirando sin el calor de las llamas infernales y los justos, como Marcelo, aun no pueden disfrutar de la hermosa comodidad de flotar echados en una nube. Pero eso es puro marketing, lo cierto es que creo que algo de apocalíptico debe de haber en estos días. Todo se siente como un gran final, como en el sentido puro de la palabra apocalipsis: quitar los velos.

¿No es, acaso, este encuentro un gran ejemplo de ello? Mientras el taxi se estanca en un embotellamiento que no se si amo u odio, se me ocurre que quizá este sea el momento más lindo, ese momento de ignorancia donde todo puede ser, donde aun se puede soñar y creer lo que sea. Podría cegarme con velos improbables de mi imaginación, escenarios donde las cosas salen de un modo, o de otro, podría imaginarme que todo sale estupendamente bien o catastróficamente mal pero todo según lo que yo decida, lo que yo quiera, todo a mi voluntad y sin ninguna alarma, ni sorpresas.

Algo de apocalipsis hay en todo esto. Supongo que enfrentar la realidad es una suerte de apocalipsis, donde se pierde cierta capacidad de soñar, de ilusionarse con lo que sea que uno quiera y se debe enfrentar a una verdad que puede doler o no. Y es cuando pienso esto, que noto que podría pedirle al conductor que pare el puto carro, y podría salir corriendo hacia la libertad de la incertidumbre, para que ningún miedo se cumpla, ni mis contingencias fallen. Solo yo, corriendo hacia la ignorancia sin enfrentar nada y creyéndome una mentira, que dejaría de funcionar en cuanto el arrepentimiento llegase. Y llegaría con sed de sangre, porque el arrepentimiento es así, se muestra inofensivo e, incluso, peleable, pero cuando llega es violento, letal y te derrota de un simple golpe que mata lentamente.

Ya no importa, igual ya llegué y ahora me paro en esta esquina esperando al primer impacto. Lo hago con el corazón acelerado y con la angustia violando mi pecho, lo hago con un sentimiento de inevitable fatalidad, con temores a desencuentros, a desagrados, a malas impresiones, a tantas cosas ridículas que ya es hasta risible que me sienta tan nervioso, y me muestre tan calmado. No sé porque, ni que quiero. “Es solo un encuentro” me repito. Y así es.

Cuando llega el primer impacto es solo un atisbo lejano. Es ver desde donde estoy que las leyendas eran ciertas, que conocerla podría ser de esos momentos religiosos de catarsis, pero que mi testarudo pensamiento sin dios me salva de convertir el primer impacto en nada más que eso. Nada saldrá de esto. Nada se perderá tampoco y todo dolerá demasiado, pero habrá valido la pena. O al menos eso espero. Aunque solo sea un bip menor en sus radares.

Cuando llega el segundo impacto es una figurita bajita frente mío, abriendo los brazos, o quizá no, quizá la memoria me falla aun cuando estoy en el mismo momento. Quizá el segundo impacto haya empezado a destruir el mundo. Mi mundo.

Ya el tercero, cuarto, quinto impacto son difusos, hermosos y letales como la extraña calma durante la tormenta. Se han quitado los velos para revelar algo aun mejor de lo que me habría atrevido a soñar, porque al final el riesgo hace que el final sea más placentero o terrible. Y hay cosas que siempre acaban en tragedia, pero ¿acaso importa? Quizá jugar a la Ruleta Rusa no sea tan malo cuando sabes que algún dios te perdonará en su eterna misericordia, pero creo que es más delicioso sobrevivir a ella cuando tienes la idea de que esto es todo, cuando no concibes en tu cabeza nada más que un vacio eterno e inconsciente más allá de la muerte.

¿Por qué no jugar a la Ruleta Rusa? Cuando el apocalipsis ya ha empezado, lo mejor que se puede hacer es seguir el caudal de las revelaciones y ver a que otras preguntas te dirigen. Disparas una vez, dos, tres y aun sigues vivo, viendo el caño de la pistola esperando a que en los dos intentos restantes que te quedan no te vueles los sesos. Y debe ser la gloria más enorme cuando dejas la pistola a un lado después del quinto intento, con la bala estancada en el sexto intento y la vida brille con esa deliciosidad que solo la cercanía a la muerte revela.

Calvin

 

Especulemos con la imagen

Hay inseguridades que pueden terminar por asesinar lo que nos queda de valientes. Pero, eso sí, las inseguridades son madres de muchas dudas y más de un arrepentimiento. A las inseguridades no se les puede decir “FUCK YOU” así nomás, pues incluso al hacerlo se asoma un pequeño atisbo de reconocimiento de la propia mentira, después de todo no es fácil reconocer las flaquezas en uno mismo y tutearlas con la convicción del deseo de ustearles. A las inseguridades se las tiene arraigadas en algún lugar del ser, se ocultan en plena vista cizañando a las creencias, dinamitando los egos, ocultándose en las certezas y bien protegidas por mentiras que desearíamos que fueran verdades. Una persona, como tú o como yo, es esa que va por la vida verborreando extensos monólogos internos, preguntándose si debió comerse la torta del desayuno antes o después de vomitar, desvelándose por alguna frase malintencionadamente inocente que alguien dijo, repitiendo las palabras de un rechazo, incrédulos ante las aceptaciones, decididos ante sus apariencias pero de nuevo desinflados frente al espejo. Las inseguridades son como los desconsuelos, no se van sin dejar huella.

O cicatrices, si se prefiere el drama. Como sea que se lo llame, es una impresión fuerte el recordar cosas que no hicimos bien o no hicimos para nada solo para ponernos a mirar al suelo (algunos por segundos, otros por minutos) para dedicarnos a sabotear con alguna memoria estúpida, o un pensamiento disfrazado de sentimiento, nuestra regalada gana de hacer algo. Mustios o arrogantes nos apartamos de actos para ceder a los insultos de alguna inseguridad de turno. Arrepentidos nos largamos a odiarla a la Inseguridad (pues siempre hay un iluso que cree que hay una sola, así como está el necio que se cree libre de ellas) y a disfrutar de sus hijas, las dudas y su prima, el Arrepentimiento.

Por supuesto que hay quienes se amparan en la deliciosa femme fatale, la Mentira. Esos que se sienten tan seguros que, aun así, dudan de que alguien pudiese romperle la crisma a sus creencias. Si nos movemos en la lógica de la patraña social, pues obviamente somos todos perfectos copos de nieves, únicos, luminosos, comunicativos y completos. No es que critique a la mentira, sería imposible dado que es la misma mentira la que nos permite continuar con nuestras vidas, pero intentando nombrar a la verdad diré: “todos mienten, y sabemos que nos creemos nuestras mentiras.” ¿Quién mejor que uno mismo para venderse la Más Gran Patraña del Mundo? Hay quienes, con tal de ignorar a sus inseguridades, se compran Chocolates Calientes para el Alma y lo beben con esa forzosa lentitud de no un, si no EL Secreto (a gritos) que les da Paz a sus Vidas, sensación de que nada anda mal, que Dios o Alá o Quién Corresponda los mueve como lindas marionetas. Los humanos preferimos vivir en la mentira de la completitud, en el engaño de la creencia absoluta ¿Quién puede culparnos? ¿No es el mundo un Real tan atemorizante que necesitamos escudarnos en mentiras imaginarias, en símbolos omnipotentes que nos salven de la Verdad con muchas otras verdades? ¿No es verdad que si ese Jesús de la biblia hubiese dicho “que lance la primera piedra quien esté libre de inseguridades”, Magdalena habría perecido 2 minutos más tarde sin más trámite?

Es cierto que la gran mayoría dirá que las inseguridades son algo “malo”, que los inseguros nunca llegan a Roma o alguna sandez de esas. Lo cierto es que tendemos a etiquetar de “bueno” o “malo” muy rápidamente. Hay inseguridades que pasan por prudencia, así como hay inseguros que posan como calculadores. Es un error saltar a etiquetar a las inseguridades, después de todo ¿hay algo absoluto en la vida? ¿Es correcto decir que mi verdad es la tuya y la de todos los demás? ¿O simplemente nos gustaría, pues así lo creemos, que todos pensasen como pensamos? ¿Es tan imperdonable algo como dudar de uno mismo? ¿Puede un humano alcanzar omnipotencialidades sin metamorfosear a las mentiras en verdades? Entonces ¿por qué nos torturan tanto nuestras inseguridades? Simple. Son ellas las que se encargan de limitar el alcance de las mentiras que lanzamos sobre nuestro ego. Pero esa es mi mentira, digo mi Verdad.