Posts etiquetados ‘karmacobradores’

No imagino a nadie más merecedor de una buena golpiza que el mequetrefe de mi ex. Mira que dejarme tras cuatro años fue una mala movida y no pensaba pasarla por alto. Él ya no me importa, es cosa de orgullo y cuando eres una mujer siendo abandonada por un cretino hay que hacer algo al respecto. Y no por las miles de mujeres abandonadas y abusadas por sus parejas, me valen gorro esas pobres estúpidas que se dejan pisar por imbéciles. En mi opinión si te abusan es porque te lo mereces. Porque no sabes defenderte y defenderse lo es todo en este mundo de mierda.

¿Qué me dijo ese nabo del Barbas el otro día? ¡Ah sí! Que sueno a amargada y resentida con este mi ex. Pobre nabo. No niego que quizá sí, pero un poquito nada más por la sorpresa. Se suponía que si alguien tiraba al caño esa relación sería yo y no él. Supongo que esto es algo común entre nosotras, no nos gusta ser abandonadas. Al menos a las que nos respetamos a nosotras mismas. Pero ya ni resentida podría estar con mi pinche ex. No después de lo que le pasó.

Pero con todo, nunca pensé que no sería yo quien dejase al gusano ese en el hospital. Pinche psicoloco asqueroso, de seguro me creía su amante segura, la que estaba esperando a que deje a su esposa e hijos para irse con ella a un país de ensueño y felicidad donde yo se la mamaría todos los días y me tragaría sus juguitos y pediría más. El men era bueno tirando, y me encantaba tirar con él. Conozco a dos de sus hijos, que son un tanto mayores que yo, y son también sexys, pero esos sí que son raros. Él era más divertido, agradable, lo conocí como mi terapeuta y me atrajo terriblemente. Tanto que no esperé ni cinco sesiones para saltarle. Y obvio que cedió, si de algo estoy segura es de que estoy buena. Yo pensaba que no iban a ser más de tres veces como máximo, antes de que se acobardara y recordara que tiene una vida a la que debe cuidar. Pero era buen sexo con el cabrón ese, nos encerrábamos en su consultorio y lo hacíamos, nos registrábamos en un telo y no salíamos por horas, viajábamos a un lugar cercano y nos la pasábamos tirando. Cuatro años de entregarle mi cuerpo al cretino, de soportarle otras amantes, de acceder a tríos con ellas, incluso de haber llegado a abortar por él. Obvio que lloré un poquito, pero de rabia porque ese cabrón ni siquiera se dignó a hacerlo cara a cara, me llamó por celular y me dijo que ya no lo buscase, que se había acabado y que adiós para siempre. Por celular. Como el puto cobarde que es. Quería matarlo, molerlo a golpes, escupirle en la cara y torturarlo, pero nada tan fuerte cómo lo que le hicieron en verdad.

Me daba rabia, sí. Pero dejarlo así tan maltrecho no es algo que yo haría. Por Dios, le cortaron el pito, le sacaron un ojo, lo encontraron en un basurero una semana después de que me dejó, sin uñas, con la espalda sin piel, los brazos rotos, completamente rapado y desnudo. Lo encontraron llorando con su único ojo abierto de terror. Lo internaron y lo cuidaron por dos semanas antes de que el tipo pudiese volver a hablar, aunque en la tele no decían mucho. Especulaban sobre pandillas aterrorizando las calles de nuestra ciudad, pero no deseaban dar mucha información al respecto. En la tele también la podías ver a la cornudita de su esposa llorando a moco suelto, indignada por la atrocidad que le habían hecho a su esposo. Que de seguro lo dijo porque mister psicoloco estaba bueno. Era de esos que se parecen a Johnny Depp, que se cuidaban el físico a como dé lugar, incluso en su actitud era sensual. Y me pregunté “¿Qué tan deforme estará ahora?”. Así que me propuse averiguarlo.

No fue nada difícil entrar a su hospital disfrazada de enfermera. Me quité los piercings, maquillé los tatuajes de mi cuello y mis brazos y me peiné engañosamente para cubrir la rapada con el pelo largo. A los guardias no les importó no haberme visto nunca, se quedaron lelos viendo mi atuendito sexy y se les debe de haber despertado quien sabe que fetiche por la falda cortita o el escote que exhibía mis poderosas, pero me sonrieron como babosos y me dejaron pasar, incluso me dijeron donde estaba el cuarto del psicoloco. Y subí hasta ahí, saludando a todos los doctores con una sonrisa y un tono respetuoso, solo para verlos babearse y tropezarse por saludarme, e ignorando a las otras enfermeras, no sea de que me descubriesen y me pusiesen de patitas en la calle. Típico de las envidiosas, botarme porque el jueguito sexual no les sale bien. Fija que de esos jueguitos hay miles en los hospitales, he estado con doctores y son de las personas más despreciables e hipócritas que conozco. Me entré a la sala de enfermeras del piso donde estaba el psicoloco, me informé acerca su número de cama en la unidad de cuidados intensivos, me saqué su historia y me fui con paso seguro a ese cuarto.

Admito que no estaba lista. Cuando entré solo vi el blanco grisáceo de la habitación siendo iluminado por un paupérrimo sol que apenas calentaba el ambiente. Al medio de todo, y rodeado de maquinitas, estaba él. Con un ojo vendado, con los brazos enyesados y suspendidos en el aire, casi colgando de un arnés que prevenía que su espalda tocase la cama. Dormía. Y yo solo me quedé viendo todo eso, ya no sé si con decoro o con horror. Me gustaría estar de nuevo ahí y verme la cara que puse. Que quizá fue inexpresiva hasta que me dieron ganas de vomitar, cosa que hice sobre él, porque el rencor es así de fraudulento. Esto lo despertó. Obvio. Y me asusté de verlo abrir su ojito a no dar más, de ver lágrimas salir de él como cascada, y de cómo movía sus labios en silencio, ahí noté que su dentadura de superestrella estaba rota e incompleta y me dio tanta lástima que chillé como niña. “¿Eres tú, psicoloco?” le pregunté en voz baja y él movió sus labios más frenéticamente, movió sus piernas como si estuviese corriendo y le empezó a sangrar la ingle a través de las vendas. Yo me quedé quieta hasta que su voz dejó de ser muda y entendí que decía “karma cobrado”. No pude más. Salí corriendo de la sala y del hospital, tropezándome, llorando y hasta perdiendo un zapato. Que linda puta Cenicienta.

Solo imagínense a una nena lindísima y candente disfrazada de enfermera sexy, tirada en el pasto de un parque cercano a un hospital, llorando y moqueando, de seguro con aliento a vómito y sin un zapato. No podía moverme, no quería ni pensar. Dicen que hay rencores que no conocen límites y desean siempre más castigo para el odiado. Pero no así, no de esta manera. El psicoloco no se merecía tanto. Y supongo que eso decía yo cuando el Barbas me encontró de pura casualidad, supongo que me reconoció y no se hizo al loco, me agarró y me trajo a este cuarto cinco estrellas donde me dejó ser por horas, se quedó sentado así todo sombrío y amenazante en un rincón y nunca dijo nada mientras yo chillaba a todo pulmón y me asustaba e intentaba recuperar el orgullo de no permitir que nadie me viese llorar. Que rabia, que rabia.

CAPÍTULO ANTERIOR

Anuncios

La conocí, una noche, llorando con rabia, toda maltrecha, en las gradas de un cine. A sus pies había un celular destrozado y en sus labios el nombre de su ex era repetido con un rencor que auguraba asesinato. Su pelo era rojo intenso, rapado del lado derecho y larguísimo del centro hacia el lado izquierdo, sus ropas eran negras y rotas en lugares estratégicos, su rostro de diosa estaba adornado por mil y un piercings, sus brazos estaban recubiertos por variopintos tatuajes. Me senté a consolarla con una botella de Lizto, y nos fuimos a Forum para que nos dijeran que no podíamos entrar. Asustamos a un par de fresitas facilonas que nos miraban con asco. Luego nos fuimos a la Belisario “Cantinas” y bebimos un combo mientras subíamos y bajábamos la empinada calle y esquivábamos a los pacos, para no tener que coimearlos y perder plata para el trago.

Me dijo que se llamaba Perra, y le dije que yo era un perro. Nos besamos un rato en una discoteca llena de gente sucia que danzaba con los monótonos sones de Bob Marley, que nos miraban como si fuéramos bichos raros, como queriendo preguntarnos qué hacíamos ahí, que si éramos punkeros, metaleros o qué clase de pesados para ser tan violentos y tan tatuados. Hablaban por ella, claro. A mí me veían como grande y peludo, con el ceño eternamente fruncido y eso los hacía asumirme peligroso y pirado.

Quizá era el modo obvio en que nos deseábamos o la forma en que criticábamos el reggae que resonaba como un castigo, pero de un momento al otro nos quitaron nuestros vasos y nos echaron a la calle, donde un par de metaleros nos hubieran asaltado de no ser que Perra los conocía de hacía mucho y charló con ellos, convenciéndolos de que yo estaba bien, de que no me golpearan. Después de un rato nos dejaron, no sin antes dirigirme miradas cargadas de celos y odio. Tres días más tarde me los encontré en una calle y me dieron la tunda prometida, y luego me invitaron a fumarme con ellos. Pero volviendo a Perra, cuando los metaleros nos dejaron entonces la llevé a un boliche de mala muerte y ella lo encontró agradable. Ahí dentro nos pedimos cinco botellas por persona, para empezar, y gastamos el resto en la rocola para escuchar rock y rock pesado.

No le gustábamos a los parroquianos. Todos choferes de taxis, micros y minibuses. Nos miraban con recelo y rabia, perdidos en inconsciencias alcohólicas que iban en aumento. Quizá era su voz ronca, o mis risas estridentes, quizá era el sexo con ropa, la crítica abierta y en voz alta, quizá eran sus tatuajes o mi barba, nuestra ropa o lo que sea. Quizá solo queríamos que nos desdeñen en cada lugar al que fuésemos esa noche, que nos mirasen con asco y que no ocultasen su rechazo, para poder disfrutar más del aceptarnos el uno al otro. Y regodearnos ante todos esos jailones, todos esos sucios hippies, todos estos chóferes, de que habíamos encontrado un escape morboso a nuestras sucias vidas. Y nos odiaban por eso. La cosa es que solo un chofer se animó a expresarlo. Se paró delante nuestro, mirándonos desorientado, y le preguntó a Perra por su pinta extraña y a mí sí me gustaban las lesbianas. Perra se paró sonriendo, viéndose hermosa, y le plantó un rodillazo en las bolas, tan fuerte que me extrañó no verlas salir por su boca. Luego se sentó como si nada, mientras que la cholita que acompañaba al desbolado gritaba al ver a su hombre tirado en el suelo vomitando de dolor. La mujer interpeló a mí, insultándome y empujándome fuera de mi silla, pero Perra se paró y la empujó hasta que empezaron a trenzarse y golpearse en el suelo. Un hombre bajito y rechoncho se acercó y me golpeó en el estomago, dejándome sin aire y casi derrotado, pero al escuchar a Perra aullando no pude más que incorporarme y morder a ese gordo que me había derribado. Con asco comprobé que le había mordido los genitales y tuve tiempo de enjuagarme la boca con cerveza antes que varios brazos me lanzaran a la calle donde ya despuntaba la madrugada. A mi lado descubrí a Perra, con la mirada feliz y sangrando de una ceja, nos reímos asustados y caminamos en silencio por un rato, hasta que llegamos a una casa de amigos suyos, donde continuamos tomando todo adoloridos y golpeados.

Cuando sus amigos se desmayaron, Perra me miró extrañamente. Sus ojos estaban rojos y las ojeras la hacían parecer más vieja de los veinte años que en verdad tenía. Sostuvo la mirada intensamente hasta que se puso a vomitar el alma en una maceta. La agarré mientras vomitaba y la besé en cuanto dejó de hacerlo. Perra se aferró con rabia, con ternura, con picardía y me chupó entero mientras yo la lamía todita. Solo recuerdo la sensación de entrar en ella, pero nada más.

Cuando desperté, en un cuarto extraño, noté que estaba desnudo y ella, también desnuda, a mi lado. Cuando volvía  despertar estaba vestido, botado en la puerta de la casa de su amigo, sin dinero, ni celular, ni zapatos, con el cuerpo moreteado, el ego traumatizado y una nota con un número telefónico al que, por más que así lo deseaba, no pude encontrar las bolas para llamar en un buen tiempo.

 

CAPÍTULO ANTERIOR

– Dementes. Están todos dementes.

 
Era un susurro cargado de rencor y dolor. La sangre corría de las palmas de don Anselmo a las pequeñísimas manos de Mateo a través del cuchillo. Roberto sintió un temblor en sus piernas y se aferró al brazo de don Anselmo; su deber era mantenerlo quieto mientras se realizaba el cobro. Deseaba vomitar pero sabía que eso supondría un castigo, por eso se tragaba el vómito en cada que veía a Mateo hacer un nuevo corte.

 
– ¡Déjenme ir! ¡Piedad!

 
Esta vez don Anselmo había gritado. Mateo y Lucas se rieron quedamente, Pablo apretó más el cuello y Juan, a su lado, paralizó la pierna de don Anselmo lo mejor que pudo. Los otros dos también era novatos, como Juan y él mismo, uno sujetaba el pie izquierdo y el otro vigilaba por si alguien se acercaba. Mateo sonrió ampliamente y la poca luz transformó en macabro el gesto. Roberto se volvió a sentir incómodo, le escocía la nariz y un poco de sudor de don Anselmo le goteaba a un zapato. La hoja del cuchillo brilló ante la luz de la luna, y don Anselmo se largó a llorar mientras gritaba algo parecido a “¿por qué?”.

 
– Maldito hijo de puta ¿hasta te animas a preguntar?

 
La voz de Mateo era gangosa y arrastrada; además que siempre hablaba con un dejo de rabia que atemorizaba a Roberto. Nada de esto se parecía a los trabajos de las anteriores semanas con el grupo de Mario. Trabajos de dar cosas a la gente, pero solo a quienes se lo merecían, premios por su buen karma. Mario era un tipo duro y bondadoso. Pero había sido el mismísimo Mario quien había sugerido que se estrenasen los nuevitos. A Roberto le caía bien Mario, pero solo hasta que los puso en manos de Mateo.

 
Pablo dio un fuerte puntapié en el trasero a don Anselmo, mientras el cuchillo de Mateo se hundía en su pierna derecha. Las carcajadas de Mateo ahogaron los gritos de don Anselmo. El cuchillo giró sobre su eje ayudado por las manitas de Mateo. Un olor nauseabundo a mierda llegó a la nariz de Roberto, chorreaba del pobre don Anselmo.

 
– No llores man.

 
Juan lo miraba y le hablaba en el más bajo susurro. Roberto se frotó la cara contra el hombro desesperado. Llorar a un cobrado era mal karma. Después de todo don Anselmo era culpable. Roberto seguía sin saber de qué, pero por algo la pandilla se dedicaba a cobrar karmas. Era obvio que si lo hacían era porque el cobrado se lo merecía.

 
– Vos- lo miró Mateo- rómpele el brazo y ven pa’cá.

 
Cuando dio esa orden, Mateo tenía autoridad en la voz y amabilidad en la mirada. Esto desconcertó por un rato a Roberto, que tardó en digerir la dulzura de esos ojos grises. Cuando se recompuso, atinó a abrazar el brazo de don Anselmo e hizo presión mientras le doblaba el codo. El tiempo se alargaba y Roberto desesperaba ante cuanto tardaba, hasta que el hombro cedió y el codo de Anselmo se fue para atrás. No escuchaba el grito, pero una vez frente a don Anselmo notó que este se había mordido la lengua. La sangre chorreaba entre los labios.

 
– Anselmo Soto Guarín – dijo la voz profunda de Pablo, que leía en voz alta un hoja de cuaderno – se le ejecuta hoy un cobro, en pago a todo el mal karma que haz juntado en tu vida. Mismo que nunca ha sido pagado, ni solventado. Nosotros venimos a darte castigos adecuados a tus acciones y la impunidad de las mismas.

 
El cuchillo que Mateo le había pasado picaba a Roberto en la palma.

 
– ¿Gue guwe o e hize?- lloró don Anselmo- o guro que no sabdía, o guro, o guro.

 
Roberto sintió pena por Anselmo. Parecía un hombre común, uno que le recordó a su abuelo y sus regalitos de viejito bondadoso. Mientras el vozarrón de Pablo seguía con la lectura, Roberto se transportó a cuando visitaba a su abuelo y este le daba variopintos chocolates. Observó las lágrimas de don Anselmo mezclándose con la sangre y lo vio negar con la cabeza mientras dirigía una mirada suplicante al cielo. Se giró a ver a Mateo que parecía rezar con los ojos cerrados, murmurando algo parecido a “karma siendo cobrado”. Juan y el otro novato agarraban las piernas del viejo con mirada vacías; cuando Pablo calló, Roberto tardó un momento en darse cuenta que todos, aun Anselmo, lo miraban expectantes. Pero nadie ordenó nada, ni se produjo el más mínimo ruido. El mundo callaba con esa clase de silencios que Roberto sentía tensos e incómodos. “El momento del cobro lo define el karma, no el cobrador” recordó que había dicho Mateo cuando el azar quiso que el cobrador de aquella noche fuese Roberto.

 
Se adelantó un solo paso agarrando el cuchillo. En sus manos estaba decidir que herida final aplicarle al cobrado. El silencio lo abrumó con su absoluta y enorme presencia, pese a que recién lograba registrar ruidos de bocinas lejanas y grillos inoportunos cantando para semejante escena. Incluso don Anselmo miraba casi inerte a Roberto, sin suplicas en la mirada. O quizá aceptando sus crímenes. “Debo matarlo” pensó Roberto sosteniendo su vejiga con un titánico esfuerzo, cuidando que el cuchillo no resbalase con el sudor de su mano.

 
– ¡Cagaste pinche viejo maricón!- oyó a su voz sonando grave y llena de rabia- ¿te creías inmune al castigo? ¿Qué tus pecados no aflorarían? ¡Paga el coste de tus mentiras sin rogar a Dios!- de pronto empezó a gritar sin saber porqué- ¡Escúchame viejo puto! ¡Dios es un producto del arte! ¡arte que nos consuela y nos distrae de la justicia que yo y mis hermanos repartimos!- Roberto acercó el cuchillo al cuello de Anselmo- Arte que nos protege de pensar o sufrir con su belleza, su consuelo y sus formas…

 
Todo quedó en silencio, nuevamente. Juan, Pablo y Mateo lo miraban fijamente. Roberto asumió que les molestaban sus falsas pretensiones como Karmacobrador. No pudo menos que quedarse anonadado cuando Mateo y Pablo le dijeron cosas parecidas a don Anselmo, el cobrado. Eso dio tiempo a Roberto para reagruparse, limpiarse el sudor de las manos y la frente, controlar los temblores en sus piernas. Escuchó, aparentemente, impasible los insultos que Mateo lanzaba a don Anselmo y lo siguió escuchando hasta que Anselmo gritó llamando a Dios, chillando por una muerte rápida.

 
– No somos Dios. Somos Karmacobradores.

 
La frase se le había escapado mientras hundía el cuchillo en el estomago de Anselmo y lo movía brutalmente usando toda la fuerza posible en sus brazos para cercenar todo lo que pudiese. La sangre salió casi chorreando, tibia y espesa, tiñendo de negro su mano derecha. De pronto Roberto estaba relajado, se sentía ligero y cansado. Se sentó de golpe en el suelo abandonando el esfuerzo de comprender las cosas, mientras veía a don Anselmo retorcerse en el suelo agarrándose algo que parecían entrañas saliendo de su barriga en un simple y penetrante grito de dolor. Acomodó mejor el trasero y reparó en que se había orinado, rió suavemente de ello mientras notaba, con asco, que Anselmo se estaba cagando nuevamente. Intentó respirar mientras pensaba en la dolorosa muerte de Anselmo, un sufrimiento terrible que terminaría de expiar todo karma de su cuerpo vicioso. “Es una limpieza” pensó sintiéndose bien por estar limpiando algo tan sucio, como la suave satisfacción de limpiar polvo amontonado durante años, como repartir redenciones; era tener el poder de purificar. Por un rato evadió la ineludible culpa y se regocijó en los gemidos y estertores de don Anselmo. Hasta que Pablo lo devolvió a la realidad de un tirón.

 
– ¡Pacos! ¡corre cojudo! ¡la poli!

 
Se levantó a las carreras y corrió como condenado. El viento le enfriaba la entrepierna mojada y le hacía lagrimear los ojos, a su lado corría Mateo aun carcajeándose. Una vez a salvo, notaron la ausencia de un novato pero Pablo los calmó con alguna referencia al karma que Roberto no alcanzó a escuchar. De pronto lo había asaltado una duda maligna que le provocó arcadas. Cuando recuperó la compostura se enfrentó a las insondables miradas de los otros.

 
– ¿Cuál fue el crimen de don Anselmo?- su voz, aun jadeante, resonó en el silencio.

 
– ¿Crimen?- Pablo fruncía el entrecejo. Pero Mateo sonreía con la mirada.

 
– ¿Crees que somos vulgares verdugos? Hay diferencias entre castigar crímenes y cobrar karma- el tono de Mateo parecía una carcajada.- Puedes ser el más legal y más santurrón del mundo, pero el karma se acumula en miles de pequeños malos actos no cobrados que pueden merecer estos cobros. A don Anselmo nunca le fue mal, no había castigos activos en su vida que solventasen su buenaventura.- Mateo tenía voz de predicador- Por otro lado, ¡que buen discurso allá atrás, hermano! Parecíamos muy unidos y violentos. Propondré a los demás….

 
Pero Roberto no escuchó más. Se movió junto a ellos automáticamente, se tragó la bilis y el vómito, se aguantó las lágrimas, sonrió ante las alabanzas. Pero cuando dejaron de prestarle atención se le escapó un susurro:

 
– Dementes. Estamos todos dementes.