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(Advertencia de spoilers)

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“Siempre pensé que era algo para que los niños hagan, mantenerlos ocupados, contarles historias de porqué están amarrando palitos.” Este casual comentario, realizado por el predicar de la congregación Afroamericana en el primer episodio, es una útil pista. Él nos habla de las Redes del Demonio, las cuales son haces de palitos unidos por cuerdas, pero en el momento exacto que pronuncia esta línea la imagen nos muestra una cruz de madera, dos palos amarrados juntos. Redes del Demonio y Cruces, ambos símbolos hechos de madera, compuestos por los mismos elementos, y poseedores de significados similares pero totalmente opuestos. Justo como una mente puede tomar la misma “realidad” y transformarla en narrativas opuestas.

Las Redes del Demonio, la religión cristiana y los detectives están conectados. Todos ellos existen, supuestamente, para repeler al mal. Específicamente, las Redes del Demonio son descritas como pasatiempos infantiles cuyo propósito es atrapar al Diablo si se acerca mucho; Cohle describe a la religión como una narrativa que absorbe el pavor de su audiencia proyectando una falsa certeza; y Cohle describe a los detectives como él y Marty como hombres malos “que mantienen a otros hombres malos de las puertas de los demás”. En cada caso hay una duda de si la intención del objeto/ritual/narrativa/autoridad para repeler a la maldad de hecho funcionó, o si es que introdujo nuevos males. La Red del Demonio parece como una manualidad infantil inofensiva, pero es asociada con el sacrificio ritual. La religión cristiana parece beneficiosa, pero es alienante para sus practicantes (piensen en los revivalistas de la carpa), a la vez que son guiados por hombres peligrosos y, posiblemente, depravados (cómo Tuttle).

Los detectives son la clave de la dramatización de esta idea de narrativas de protección contra el mal que nos formamos que son, por lo general, velos que nos escudan de ver al verdadero mal delante nuestro. Estos profesados hombres malvados, quienes cada cual a su modo viven vidas inmorales (Marty el infiel que destruye su familia, que trata mal a las mujeres, que se violenta y asesina sin pensar, quien está colmado de negación, rabia e impotencia; Cohle el pesimista que piensa que la humanidad merece apagarse, que puede hacer “cosas terribles a las personas con impunidad”, que puede descartar a las personas con un rápido “que se joda”, y que posiblemente podría ser el asesino al que persigue), y quienes son el modo de protección civil que la sociedad tiene contra la anarquía y la locura del mal absoluto.

La importancia y el peligro de la narrativa es el escenario principal, dado que las narrativas que nos formamos para iluminar nuestro camino y conectarnos significativamente al mundo terminan cegándonos y desconectándonos de la realidad, enmascarando a la maldad que está frente nuestro. Lo que pensamos como bueno puede ser malo. Lo que pensamos verdadero de nosotros puede ser falso. Las señales toman el lugar de la realidad hasta que ya no está claro qué es verdadero y qué es falso, qué es correcto y qué no. Ese es el motivo por el cual nuestra vida es una “brillante y larga oscuridad”, llena de “estrellas oscuras”, vividas en un “cuarto cerrado” en donde el “secreto destino de toda la vida” es estar “atrapado por esa pesadilla en la que sigues despertando.” Uno está eternamente destinado a ser aprisionado por nuestra propia, siempre evolutiva, narrativa, la cual brilla y oscurece al mismo tiempo, ilumina y ofusca, lo cual no está necesariamente divorciado de la realidad pero también está indeleblemente marcado por todas las corrupciones del mundo y del propio yo. Cohle y Hart lidian con esta pesadilla perpetua a través de estrategias opuestas, uno abraza la verdad de la maldad, el otro la niega. Cohle siente vértigo por ver al abismo, regodeándose en cada dolorosa verdad, mientras que Hart está lleno de negaciones y rabia latente a la par que reacciona en expensas de su familia. La conciencia de Cohle, más aguda, más compleja y aventurosa que la de Hart, intenta darle sentido a una vida de horrores (hija asesinada y familia destruida, vida inmersa en violencia y depravación) a través de, simultáneamente, profundo desamparo respecto a los humanos y una noción romántica de cómo salvarlos. Hablando de Cohle, el autor Pizzolatto dijo: “El pesimismo y el romanticismo son dos lados de su misma ilusión.” Esa ilusión es que no hay una verdad objetiva para ser “detectada” que sea redentora.

Pese a la imposibilidad de ver claramente, todo el mundo está atrapado en una construcción constante de una narrativa. Cohle dice: “Todos quieren confesión, todos quieren una narrativa catártica para eso; especialmente los culpables.” En otras palabras, todos necesitan una narrativa que, en esencia, es una fantasía para sentirse menos culpables de su propia e inexplicable maldad.

Cierta maldad, sin embargo, es tan terrorífica que no puede ser repelida por la narrativa, y es por ello que el testigo de esta maldad enloquece. El Rey Amarillo es una historia acerca una historia que vuelve loco a quien sea que la lea. Rust es el hombre que no tiene miedo de esta narrativa, y posiblemente ella lo haya enloquecido. Marty es el hombre que esta aterrorizado de esta narrativa, y se esconde de ella al negar verdades y evadir la claridad. Si lo terrible de la verdad es suficiente para conducir a los hombres a la locura, entonces no es sopresa que la mayoría de nosotros estamos, como Marty, atrapados en incesantes intentos de evitar la confrontación con esa realidad.

Esta idea de ambigüedad y ofuscación narrativa, como un modo de rechazar verdades terribles acerca el mundo y el yo, es proporcionada por Pizzolatto a la audiencia en un meta-sentido. Nosotros, el público, somos forzados a ser detectives, analizando signos y formando narrativas para darle un sentido a todo, como yo lo hago ahora. Hart explica: “Estás buscando una narrativa. Interrogas testigos, juntas evidencia, estableces una línea cronológica, construyes una historia, día tras día.” Nosotros, en el público, somos quienes vivimos fuera de las dimensiones normales del tiempo de Hart y Cohle, mirando como dioses hacia abajo, hacia el círculo plano que son sus vidas, cada momento condensado, esparcido ante nosotros, disponible para ser movido a través del antes y el después, eternamente recurrente para nuestra consideración. Somos quienes buscamos olvido en una, supuestamente, confortante narrativa y aun así somos confrontados por un desespero existencialista; muerte, maldad, y la misma ilusión de creer. Somos forzados a considerar la fragilidad de nuestras propias narrativas, mientras el show se mueve y desliza lejos de nuestras suposiciones, y sostiene multiples y competitivas interpretaciones (¿Es Rust el asesino? O ¿Hay una conspiración que incluye a la iglesia y la policía?). Así que extasiados por la creación de nuestra propia narrativa es fácil olvidar que estamos siendo guiados a comparar y contrastar sistemáticamente una variedad de comportamientos inmorales, de asesinato ritualístico a infidelidad, a mala paternidad, a elecciones de fe o creencias tercas, y todo lo que está en el medio. Somos forzados a contemplar la naturaleza y el alcance y la maldad y nuestro lugar dentro ellos. Nuestras propias narrativas nos informan qué es bueno y qué es maligno, expía nuestra culpa al ponernos en el lado opuesto de una dimensión “ficticia” de maldad, pero el terrible centro de verdad que el show revela es que estamos implicados en esa maldad que el show explora, y aun así comprometidos en mantenernos alejados de ella. Catárticamente nos deshacemos de nuestra culpa a través de una narrativa que absorbe nuestro pavor y que distorsiona, y esconde, nuestra complicidad con la maldad.

True Detective articula a una persona con visión. La visión tiene un significado, y el significado es histórico. Tú eres esa persona.

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Por marvelousD (artículo original)

Traducido por: Adrián Nieve

 

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La oficialidad está ahí para hacernos creer que dentro las entrañas de la civilización no se esconden mecanismos violentos no menos espeluznantes que una película snuff. Cuando salimos, cada día, de nuestros hogares rumbo al inevitable cumplimiento de la rutina (o deber, como le dicen en círculos más militarizados), de repente no notamos la cantidad de velos que se nos impone en orden de no notar el nivel de primitivismo con que funcionamos. Nos convencen de que el mundo funciona como un reloj suizo y que solo los degenerados son aquellos que hacen sus chanchadas para afear al mundo.

 
Las carnicerías están llenas de testimonios a ello ¿no es, acaso, muy cómodo que la carne nos llegue ya troceada y bien muerta, en lugar de llegarnos vivita y coleando? ¿no serían mayoría los vegetarianos si para comer carne tuviésemos que, repentinamente, conseguirnos al cerdo y matarlo con nuestras propias manos? Y no solo eso, damos por sentado que si la sociedad no se cae es porque los sistemas legales y de control son los buenos de la película que nos mantienen a salvo de cualquier Guasón o Nefastófeles que pudiese aparecer.

 
La ilegalidad avala la legalidad ¿cómo si no podríamos pintar al “bueno” de blanco y al “malo” de negro? Necesitamos de esa dualidad donde lo correcto es algo que merece ser preservado por encima de todas las cosas. Y si bien hay normas y reglas que apuntan a causas dignas, incluso nobles pero sin hipocresía, hay otras que son como eufemismos: maneras de delinquir pero dentro los rangos oficiales de la legalidad. Esto permite que veamos a famosos ladrones narrar sus fechorías en los medios de comunicación (otros agentes del eufemismo).

 
“Es nuestro deber, como ciudadanos, denunciar cualquier falta, aunque quien la haga sea un amigo mío” me dijo un amigo muy querido, un poco recuperándose de los efectos del delicioso licor frutado que venden en estos lares, un poco sacando las uñas por las convicciones que mueven su mundo. Postulaba, mi amigo, que cada quien debe poner su granito de arena para Es fácil callar a un policia por Daniel Uriaque el mundo sea un lugar mejor. Y si bien yo apoyo completamente la lucha por un mundo más justo (aunque, a ratos, equitativo suena mejor), debo decir que no se puede decir esas palabras (y encima creerlas) sin una carga candorosa en el propio fuero interno.

 
Incluso me atrevo a llamarlo ceguera. Pero una voluntaria, de esas en que uno se pone solito la venda antes del fusilamiento. Y no nos culpo, después de todo en país de ciegos, el tuerto se arranca el ojo sano. Ninguno de nosotros podría vivir en la sociedad si estuviésemos totalmente conscientes de cuanta matufia se orquesta por detrás. Nos gusta ver a nuestras autoridades como personas justas, dignas de ser seguidas e incapaces de las atrocidades que los reos han cometido. Incluso cuando los pintamos como la misma estafa de siempre a la que nos vemos sometidos ¿no es esa una forma más de legimitizar? Asimismo, preferimos pensar que el reo se está pudriendo en la cárcel y no está jugando billar mientras ve los partidos de la Champions durante una orgiástica parrillada en que tanto policías y ladrones se olvidan que la gente se cree el cuento del bueno y el malo.

 
Se dice que la necesidad tiene cara de hereje. Pero eso solo se dice desde una oficialidad religiosa. Lo cierto es que la necesidad es la única regla universal y, a veces, la excusa más utilizada. Todo “bueno” y algunos “malos” terminan por justificar sus medios con tan bella coartada. De alguna manera sentimos lastima por el “bueno” que tiene que traficar con los “malos”, pero del “malo” nos indigna que tenga acceso a ciertas comodidades que quienes son culpables de crímenes grandes contra la sociedad no merecen. No defenderé a criminales, ni sus crímenes puesto que no soy de esos que se creen que en el fondo somos todos “buenos”, aun peor no soy de quienes defienden lo indefendible. Pero tampoco, y por lo mismo, podría callarme ante la satisfacción de quienes se creen “buenos” por creer que el sistema es justo, que la sociedad no es una juntucha de hipocresías y mentiras que nos venden en orden de evitar el desorden. No es uno más “bueno” por hacer gala de sus eufemismos, así como tampoco lo es por creer los de los demás.

 
Lo importante es entender que “buenos” y “malos” somos todos. Siempre, y al mismo tiempo. Podemos convencernos que nuestros caminos son menos chuecos que otros, pero en el fondo todos actuamos en las mismas áreas grises morales y legales. Si los pensamientos nos condenasen, ningún infierno podría dar cabida a tanto huésped de sus calabozos. Habría, también, que entender que el candor de los “buenos” no siempre trae consecuencias positivas para todo el mundo. O que no todo acto maligno es castigado, por mucho que se lo haya denunciado.

 
Es cierto que para vivir en paz se tiene que recurrir a un entuertamiento voluntario. Pero de ahí a enceguecerse para creernos el cuento del bien y del mal, es demasiado. Podrá ser más simple, más cómodo lanzarnos a condenar a quienes rompen las normas de manera tan obvia y reprochable, o incluso a quienes no cumplen con ciertos requisitos tontos de la tan mal llamada “normalidad”, pero no caigamos en la trampa de creer que todo lo que brilla es de oro o, que es lo mismo, que todo aquel que se viste de “bueno” o de “malo” necesariamente lo es.

 

Foto por Niki Nickey (Nicole Llanos)