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Beso Marrón

Publicado: octubre 1, 2012 en Cuentos
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Cuento a 8 manos por Rocio Bedregal, Diego Eróstegui, Ana Rosa López y Adrián Paredes

Sentía su aliento fétido en la nariz. Habría querido decirle que se echase a la boca una menta, pero supo medir que quizá el Muelas no lo recibiría con mucho agrado. Se acomodó incómoda en su silla y vio el reloj. Faltaba poco para que las pastillas hicieran efecto. Pronto el Muelas se cagaría hasta la muerte. Literalmente.

Observó su reloj unas cinco veces por minuto a partir de aquel momento. Tragó saliva y una lágrima se arrastró bajo sus ojos. Saliva, esa sería su última comida. Ese pensamiento le hizo realizar que sus actos no tenían sentido, como ella, en todos los años que jugaba a ser dios siempre reía sobre la inimaginable orgía que tendría como última cena. De niña siempre se imaginó que estaría vestida de seda blanca el día de su muerte, y no desnuda y sucia, soportando el aliento de un ser que no le permitía más que tolerar la miserable vida que le había regalado.

Ella encontraba, dentro de su deseo, un homenaje al cuerpo de aquel hombre que le había quitado la vida. No sentía más que pequeños espasmos como los últimos recuerdos de esa putrefacción antigua. Una donde se creía feliz, o por lo menos eufórica ¿quién pueda decir, certeramente, cuál es el límite real que las separa? El Muelas sonrió, o al menos profirió esa su mueca desdentada y podrida que hedía a mil demonios. “Maldito” pensó rencorosa mientras se imaginaba el efecto de los laxantes, “te vas a morir cagando desgraciado, vas a expulsar toda tu vida por el ano hijo de mil putas”. Tenía miedo de que sus pensamientos fueran escuchados, era ridículo, pero le parecía que su mente gritaba estas cosas y al menor descuido el Muelas se enteraría y, de seguro, la mataría antes de morirse él.

No podía creer que un hombre de tan baja estirpe había sido capaz de quitarle todo, al punto de tener que quitarle lo único que le quedaba en un acto suicida. Tampoco entendía porqué había tomado las mismas pastillas. ¿Fue su último acto de amor?, ¿Fue la culpa burlándose de ella?. Tenía miedo. No sabía si había hecho lo correcto. El día en que se conocieron se imaginaba dentro de sus dedos, ella siempre repetía entre risas eso que él alguna vez le dijo de borracho: “se podía observar cómo mi amigo temblaba. Soñaba y sentía, yo, que podía vivir y estar así, tranquilito como siempre. Casi sin morder, casi mirándome con ternura.” extrañamente sentía que al fin la frase tenía sentido. Había usado aquella frase para describir el día que lo había conocido, ahora presentía la usaría nuevamente para el día en que lo despedía. Aun si otros dijesen que era un tremendo sin sentido.

El efecto de los síntomas empezó a manifestarse en el rostro del Muelas, y también en el olor del cuarto. Él sudaba, ella también. Mientras él fingía calma, ella dio un sollozo ligero ante el primer retortijón violento en sus entrañas. “¿Te duele también a ti, desgraciado?” le dirigió una mirada de rencor ofuscada en su pelo. Y cuando cerró los ojos ante el dolor comenzó a recordar aquel hermoso pasado jamás construido.

Conocer a gente por internet era peligroso, según le decían. Abundaban los maníacos y los pervertidos que buscaban víctimas ingenuas a quienes ilusionar. Y pese a ello no pudo evitar sentir una vertiginosa curiosidad cuando la ventana del chat se abrió de repente. Solo decía: “Hola mamacita, ¿es tu foto real o me estoy enamorando en vano?”

– ¿Quién eres tú? – había escrito entre temerosa y emocionada.

– Yo no soy nadie – aquella respuesta la enfureció

-¿Y por qué has venido a mí? – y espero una respuesta que no llegó. Al menos no de su boca podrida.

Su primer encuentro presencial permanecía intacto en su memoria. Le vio la boca y le dio asco, pero hubo algo en aquellos ojos que al final la impulsó a salir de su escondite y presentarse frente al Muelas, siempre se preguntó si la primera vez que él la vio también sintió asco pero nunca fue capaz de preguntarlo, incluso ahora, a minutos de olvidarlos.

El Muelas corrió al baño y desde adentro gritaba de manera horripilante. Ella lo siguió y se quedó en la puerta llorando. Se sentó en el suelo y notó que se había ensuciado. Vió al Muelas llorar y gritar sentado en el retrete.

– ¿Eres tú? – dijo entre asustado y adolorido.

Recordó. Quizá intentando aplacar el temor de su propia ignorancia sedujeron al destino para realizar un beso poco ético para un primer encuentro. Sentían como el mundo les miraba con desprecio, y aquellas pequeñas criaturas, producto de la infamia colectiva sonreían y sacaban sus teléfonos para filmar el acto. Al menos eso se había imaginado en ese entonces ella cuando lo besó por primera vez, y cuando notó que un par de niños filmaban a la pútrida boca del Muelas dando un beso.

El beso se propagó por las paredes de un mal iluminado callejón. “Nada importaba ahora, eso decíamos” pensó ella viendo al Muelas pedir piedad a Dios. “Los besos de esta clase son un poco incómodos, casi nunca llegan al orgasmo. Es estar demasiado tenso. Ahí estábamos, esforzándonos por conseguir algo, pero esas estúpidas risas distraían demasiado, y me revienta que nunca me hayas aclarado si se reían de tí por no saber besar o de mi por estarte enseñando”

“Fue un beso de mierda.” concluyó viendo el café que manchaba el azulejo celeste del baño.

Todavía tenía guardada la conversación que tuvieron por chat, pocas noches después de aquel primer beso, riéndose, coqueteando. Ella era feliz, había conocido a un chico tímido que parecía perfecto en todo sentido. E incluso se mojaba sólo de pensar que había conseguido su email sin que ella se lo dijese. Nunca nadie supo esto. Llorando se echó en los fríos azulejos y recitó de memoria aquella conversación.

-¡Oooobvio! mas bien ¿cuándo nos volveremos a ver?

-No lo sé, estoy terminando unos trabajos y estoy un poco ocupado – “Te odio, no me jodas con eso” fue lo que pensó de manera automática en aquel entonces

-Puedo sacar un tiempito para tomarnos un café este miércoles ¿Te animas?

Eso era lo único que quería, que deseaba, verlo y tomar un café, charlar, hablar, reír, coquetear un poco. Hacer que se enamore y le confiese todo lo inconfesable, que le compre flores, la saque a bailar, aprender tango o, quizá, poder escribir un cuento juntos. Pero no tomaron el café no se vieron aquel miércoles ni tampoco el siguiente. Sus habilidades sociales no eran tan fuertes y el internet no era exactamente su mejor arma.

Él la miró con extrañeza desde el inodoro. Le gritó algo como “esta loca ya hasta habla sola” y ella no pudo evitar quedarse pensando “Si tan sólo nos hubiéramos conocido más, tomado un par de cafés como nos habíamos prometido hubiera sido distinto. Si lo hubiera conocido antes de caer en la tentación del amor, hubiera corrido y podría seguir viva para hacer el amor con otro mañana ¿Por qué no nos dimos el tiempo ni el espacio? ¿Por qué tuvimos que vernos en las noches, borrachos, rompiendo nuestros valores y nuestra moral? Si tan sólo hubiéramos tomado ese puto café su aliento me habría espantado…” Su estómago se retorció y la devolvió en sí, las pastillas ya estaban tomando efecto y recordar el pasado carecía de sentido en aquel momento.

Desde ayer que todo había sido algo así como una nebulosa en su cabeza. Estaba frente a los ojos cristalinos del Muelas. Volvió a sumergirse ahí, para perder de nuevo el gesto de creación que le atraía esa tacita de baño delante de su rostro. “Habrá que dejarlo para después”, pensó mientras rendía el placer de verlo sufrir, mientras se entregaba a esa sucia muerte café. Se incorporó como pudo, chorreando el vertedero de sus calzones. La vomitiva imagen de su cara llena de pelos, reflejada en el espejo, la horrorizó un momento. Ese día, ese café, esos mocos, todo eso también estaba en el pelo de su rostro. El Muelas era de esos, pensaba, a los que el ser un señorito lo convertían, según él, en un ser menos masculino. Él lloraba como niño mientras la cagantina lo vaciaba poco a poco. Ella fue a darle un abrazo tierno, y él la beso llorando.

Era un beso de mierda de un maraco de mierda.

Era un beso marrón.

Pasaba el tiempo. Solo cinco minutos la distanciaban de la gloria eterna o eso es lo que esperaba. Los pelos ya no eran un problema, ya todo se desvanecía en el aire esperando algo de él. “Esto es muy sucio” susurró con un dejo de arrepentimiento que no pasó desapercibido al Muelas. Los azulejos azules parecían haberse perdido bajo un mar café que, curiosamente, ya no la asqueaba. Vio que el Muelas ya no lloraba, estaba como congelado con la expresión de dolor desfigurándole el rostro. El hedor de su aliento la volvió a invadir “¿Cuantas mentiras te lo han dejado así, pinche mitómano?” pensó amargamente “¿Me amabas puto? Yo sí, pese a tu aliento, a tu nariz grasosa, pese a tus modales, a tu risa gangosa, pese a tu inutilidad y a que en la cama nunca te importaba” y sin darse cuenta comenzó un susurro débil “Ojalá te duela maldito, ojalá sufras la decepción que yo sufrí cada que te rogaba, en cada que te besaba, en cada que la metías, en cada que te amaba como una estúpida y, especialmente, por cada vez que te preguntaba si tú me amabas y te quedabas callado mirándome con esa sonrisa perversa que sabes que odio tanto” Un retortijón la hizo arrodillarse de dolor, dirigió una mirada rabiosa al Muelas que la miraba como perdido, y cuando menos lo pensó estaba gritando como posesa “¿Me amas? ¿Me amaste? ¿Ahora vas a sonreir, putito? ¿Me amas?” y un estruendoso pedo escapó ese momento, resonando en la taza con un eco que subrayaba un incómodo silencio. Ella lo tomó como respuesta.

Sentía un sabor mierdoso salir por su boca. Sonrió entregándose a su olfato, su boca y sus poros. Sabía que era solo una idea patética para intentar animarse de los errores que había cometido en su vida. Especialmente este último, de matarse dándole valor a su vida a través de limpiar la basura “¡Pobre la señora de la limpieza! Ojalá que al desmayarme mi rostro no caiga en la taza, o que por lo menos tenga fuerzas para apuntar a un azulejo limpio, no quisiera que el último recuerdo que le entregue al mundo sea yo nadando en caca.” pensó esperanzada mientras se alejaba del mar, lejos del Muelas y sus promesas falsas y sus pedos fétidos.

Un sonido seco acompañado de algunas gotas salpicando en sus labios la distrajeron, el Muelas se encontraba ahora en el piso, a su lado, embadurnado, embadurnándola.

– Ahora sí te voy a amar putita- le dijo al oído mientras su alma se congelaba, ella sintió una mano intentando jalar su pantalón y toda la culpa que a momentos la dominaba desapareció. Más que asustada se sentía tranquila. El Muelas, con su último aliento, le hacía recuerdo el porqué de sus actos y lo correcto de aquel asesinato.

Su cabeza se golpeó contra la pared, el Muelas la estaba volteando, jalándole del pelo, arrastrándola por el suelo embadurnado. Ella vió en el azulejo su reflejo, un rostro manchado por la historia, de toda la mierda que el Muelas le había entregado, se veía feliz, relajó su cuerpo, dejó de contenerse para seguir limpia, para reclamar su turno en la taza. Sintió que le bajaba su pantalón, y que no era lo único que ese momento bajaba. Sintió un quejido por parte del Muelas, un tono de asco acompañado de pedos y retorcijones. “Incluso este animal tiene sus límites.” pensó, y eso la asustó ¿qué tal si no era su único límite? ¿qué tal si era la persona que alguna vez deseo?. Un dejo de arrepentimiento le escurría por su cuerpo, hasta que le invadió un penetrante dolor, las pastillas estaban tomando un nuevo rumbo, un enema de verdad acompañaba a sus pensamientos mientras sólo cerraba los ojos e intentaba dejarse a la muerte.

Intentaba dejar de respirar, sofocarse, pero aquel movimiento, acompañado de retorcijones se lo impedían, “Ojalá que sea la dosis indicada..” pensó en voz baja, deseando nada más que la muerte. Ya no esperaba el verlo morir, ni poder saber que lo había logrado, simplemente quería desaparecer. Hubo un nuevo silencio, una nueva pausa en la que ella sólo escuchaba el sufrimiento de alguien que había amado. Se preguntaba si estaría al fin muriendo, si era hora de cortar la vida, pensó que tal vez le quedaría tiempo para tomar una ducha y morir hermosa, resplandeciente entre la mierda, pero el vómito en su espalda le recordó que aquello era una pesadilla, no una ilusión. “Como mi relación con él” pensó mientras empezaba a reírse frenéticamente.

Un grito de dolor cortó de golpe aquella risa, el Muelas ante una falta de fortaleza cayó de golpe sobre su espalda empujándola hacia abajo. “No pude apuntar al azulejo limpio”, pensó mientras un pequeño chorro de sangre le daba un poco de color a la escena.

– ¿Por qué me has hecho esto, puta de mierda? – le dijo mientras intentaba levantarse apoyándose de su cabeza.- Ahora sí te voy a enseñar pelotuda lo que es sufrir… me las vas a pagar, de esta no te escapas mujer fallada.

Volvió a caerse sobre ella, las fuerzas le faltaban. Y ella no entendía porque el golpe no la dejaba inconsciente, porque ella se sentía tan viva entre la mierda, esperando la muerte mientras ese gordo era dominado por su destino.”Por favor, que sea la dosis adecuada, Dios, por favor, permíteme verte ahora y no prolongues mi presencia en esta put… voy a vomitar”

– No- susurró ella- si yo me voy, solo te quedará la soledad en tus últimos momentos. No habrá nada más que el silencio de este vacío, de este lago café que huele mejor que tu aliento y llorarás y no habrá quién te consuele hasta que mueras acá en el final donde todo se derrama y todo es grotesco y todo es primario y todo es fluidos. Y todo cae.

Su mirada era fiera, su expresión no. El olor era terrible, y el Muelas no pudo evitar comprobar su aliento con la mano pintada de café. Ella se desmayó tras un grito espantoso y una expulsión con tonalidades rojas. Él se agacho y la cogió entre brazos, intentando murmurar un “te amo” pero siendo lo suficientemente reprimido como para lograrlo. Ella no abrió los ojos, pero se las arregló para escupirle en el rostro.

El Muelas la miró sorprendido. Casi sin morder, casi mirándola con ternura, sentía como sus retorcijones se apagaban. Agachó la cabeza mientras un escalofrío le agitaba la espalda. Sentía cómo su amigo de la entrepierna temblaba, necesitaba una cerveza.

– Puta de mierda – fueron sus únicas palabras, mientras caía dormido sobre la mierda de lo que fue su relación. “Te voy a extrañar demasiado” pensó mientras repetía casi adormecido -puta de mierda, puta de mierda, puta d…- casi sin morderse, casi mirándola con ternura.

 

Dibujo inspirado en el cuento.

Hablemos de la caca. Pero empecemos por el mítico poema.

De los placeres sin pecar, el más dulce es el cagar,
con un periódico extendido y un cigarrillo encendido,
queda el culo complacido y la mierda en su lugar.

Cagar es un placer;
de cagar nadie se escapa; caga el rey,
caga el papa, caga el buey,
caga la vaca,
y hasta la señoríta más guapa hace sus bolitas de caca.

Viene el perro y lo huele.
Viene el gato y lo tapa.
Total, en este mundo de caca,
de cagar nadie se escapa.
Qué triste es amar sin ser amado,
pero más triste es cagar
sin haber almorzado.

Hay cacas blancas por hepatítis,
las hay blandas por gastrítis;
cualquiera que sea la causa,
que siempre te alcanza,
aprieta las piernas duro,
que cuando el trozo es seguro,
aunque esté bien fruncido, el culo
será por lo menos, pedo seguro

No hay placer más exquisito,
que cagar bien despacito.
El baño no es tobogán, ni tampoco subibaja.
El baño es para cagar y no pa’ hacerse la paja.

Los escritores de baño
son poetas de ocasión,
que buscan entre la mierda,
su fuente de inspiración.

Vosotros que os creéis sagaces,
y de todo os reís,
decidme si sois capaces de cagar
y no hacer pis.

En este lugar sagrado,
donde tanta gente acude,
la chica se pasa el dedo
y el tipo se lo sacude.
Caga tranquilo.
Caga sin pena,
pero no se te olvide tirar la cadena.

El tipo que aquí se sienta
y de escribir versos se acuerda,
¡no me vengan a decir que no es un poeta de mierda!.
En este lugar sagrado,
donde acude tanta gente,
hace fuerza el más cobarde,
y se caga el más valiente.

Ni la mierda es pintura,
ni los dedos son pinceles.
¡Por favor, pendejos,
límpiense con papeles!

Para tí que siempre estás en el baño:
¡Caguen tranquilos.
Caguen contentos;
pero por favor,
caguen adentro!

¡Hoy aquí yacen los restos
de este olímpico sorete,
que lucha de forma estoica,
para salir del ojete!

Estoy sentado en cuclillas,
en este maldito hoyo…
¿quién fue el hijo de mil putas
que se terminó todo el rollo?

Hay actos que nos indignan por muy naturales que sean. Sigamos la línea de quienes quieren pegar un grito si es que alguien dice sexo, o pene, o vagina y todas esas palabras asociadas al acto sexual. Y ese es solo un ejemplo muy común. Cualquier hijo del vecino se da cuenta cuando se censura al sexo, pero no quien sea se altera cuando se omite la mención a un acto tan primariamente placentero como cagar.

Cuando se come demasiado, o sea cuando vamos más allá del simplemente estar saciado, impera una somnolencia deliciosa en los parpados del comensal. No abundemos en los detalles de ese otro placer tan delicado que es comer, más bien hablemos de lo que pasa algunas horas más tarde cuando la digestión ya se ha cumplido. Una vez alguien sabio dijo que no se termina de comer hasta que la digestión se cumple y sales de baño después de haber eliminado la carga. Entrar al cuarto del trono con esas ganas locas de cagar la comilona tiene cierto tinte de urgencia. Solo recuerde como se ha precipitado con un apuro innecesario, y piense en la cara de triunfo, o más correcto sería hablar de alivio, del instante preciso en que se ha sentado a expulsar. No solo es ese pequeño sentimiento de triunfo por haber ganado una pequeña batalla, es también el irremediable alivio de las entrañas, cuando el temblor del estómago cesa y nos deja una sensación de sosiego relajador. Claro que después recuerda que no debe sentirse complacido, que lo acaba de expulsar es justamente algo sucio, pero esos son traumas diferentes. Procure no concentrarse en ese después que arruina el momento, el ahora, pues es un ahora tan complaciente que no debería ser así de despreciado. Rechazar el placer de algo que todos hacemos sólo porque hay una concepción de prohibición de placer respecto a algo tan sucio es ridículo. Y, ojo, que esto no se aplica sólo a hacer caca.

Perderse en el después es el principal problema de no poder disfrutar adecuadamente de cuando se hace caca. Es profundizar, estúpidamente, en esa vergüenza antelada, ese asco normado, esa ilusión de limpieza absoluta tan imposible. He ahí factores que nos previenen de disfrutar algo tan primario como evacuar las heces. Es decir, nadie dice que debes tocarlas, o comerlas.. solo expulsarlas y dejarte llevar por ese deliquio tan básico.