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Sinfonía

Publicado: noviembre 12, 2015 en Cuentos
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Nada resonaba en los vastos parajes del barrio. Las casas iluminadas se perdían en el anonimato y coloreaban la azul noche con tonos naranjas y amarillos que buscaban competir con la luz blanca de la luna. La más brillante de las edificaciones era la de la estación de policía, enorme, poco poblada, inútil fuera del simbolismo que infundía cierto respeto en aquellos que surcaban esas calles bajo la ley de la sangre derramada en conflictos pueriles, o no tanto, en que navajas y mariposas cortaban el aire y desangraban a víctimas que iban a parar al hospital cercano, separado de la comisaría solo por una cancha y un pequeño parque, en la empinada calle nombrada en honor a una patriota olvidada y conocida como Mercedes, en un barrio alejado de esta ciudad. Tenía fama el barrio, de peligroso, de terrible, de tantas cosas que a los vecinos, protegidos por la belleza de lo cotidiano, los traía sin cuidado ni sorpresa. La calle Mercedes descansaba tranquila durante aquella noche calurosa de sábado.

De repente un sonido hizo eco en las despobladas cuadras, un sonido un tanto agudo que se originó en la calle Mercedes pero que fue escuchado en todo el barrio, aun si no por todos sus habitantes. Era un grito. Un gritito, mejor dicho. Agudo, jadeante, penetrante a tal punto que cualquiera habría esperado que alguna ventana se viese oscurecida por la súbita aparición de la sombra de un curioso intentando otear la noche. Pero fue solo un instante antes de que el silencio reanudase su acostumbrada calma, con la diferencia de que ahora los habitantes de la calle Mercedes lo sentían diferente. Casi como si ya no fuese un continuo constante y ahora estuviese interrumpido, contaminado, por respiraciones entrecortadas que se unían al canto de los grillos y el zumbar de los postes de luz. Nadie interrumpió su cotidianeidad, pero mantuvieron los oídos atentos allá donde los ojos no se atrevían, en cada casa la gente intranquila dejaba las conversaciones y se sumían en un caprichoso mutismo, como intentando evocar un ejemplo que la calle debía seguir ¿quién osaba mancillar la paz de la noche?

Los grititos comenzaron a sonar con mayor frecuencia. Al principio venían irregulares, desordenados, algunos se habrían atrevido a decir inseguros, como si su origen no estuviese bien definido, como un grito continuo escuchado en parpadeos. Entonces las duraciones se alargaron y con ellas cambiaron los tonos, los ritmos, los tiempos de los grititos y a ellos se sumó un jadeo más pesado, más ansioso que complacido, más suave que los sonidos agudos que cada casa escuchaba con terrorífica nitidez esperando que nada más ocurriese, que por favor los culpables se callasen y así volver a la vida, volver a la espera de que algo pase, sentarse frente al televisor y ver cualquier basura ruidosa y ya. Pero a los gritos y al jadeo se sumó una estruendosa seguidilla de roces que los oídos creyeron identificar como una piel chocando con otra, como telas cayendo al concreto, dedos pasando apurados por vellos para hundirse y causar ese sonido húmedo que estremeció a las señoras, quienes se persignaron apresuradamente y cerraron los ojos para ya no escuchar. El escándalo no era novedoso, los ruidos tampoco, la gente crecía intentando ignorar esos sonidos cuando aparecían y aquella costumbre había pasado por generaciones enteras dedicadas a respetar el silencio de la noche por mucho ruido que escuchasen. Pero aquella ocasión algo estaba mal en todo ello ¿dónde estaban los sonidos habituales? ¿No era deber de la policía velar por la paz y el silencio del barrio? La comisaría estaba anormalmente silente. La calle, no, el barrio entero estaba tan acostumbrado al ruido infernal de la policía que, en sus mentes, lo tuvieron que transformar en silencio. Lo que inició como disonante era, ahora, común y no hacía mucho que descubrieron que ya no tenían que hacer ningún esfuerzo mental para ahogar las risas funestas, las bromas pesadas, las ordenes ricas en microscópicos escupitajos que se asentaban en la piel de subordinados aterrorizados que, poco a poco, se transformaban en eso que tenían que odiar. Ahora, sin embargo, ni siquiera eso, lo cual hizo pensar que ellos también escuchaban atentos, que sabían que algo pasaba cerca de ellos, una cuadra más debajo de ellos inclusive. No podían no saberlo, todos lo escuchaban, todos estaban atentos al roce pieles, a los toques apresurados, a los ropajes siendo arrancados, los sonidos de los movimientos invasivos que ocasionaban los grititos y el jadeo y ¿los besos? ¿las risas? ¿Qué estaba pasando?

El silencio volvió pero no tardó en ser interrumpido por susurros que una voz suave profería con angustia y que una voz más gruesa, que no se molestaba en susurrar, callaba con algo que sonaba a una bizarra combinación de dulzura e impaciencia. Pero los susurros insistían, cada vez menos tensos, cada vez más sonrientes, hasta que el sonido de pequeños besos fueron ocupando el ambiente y pronto volvieron los jadeos, los grititos, los toques húmedos, el roce de pieles y otros nuevos sonidos fueron apareciendo. Primero el viento trajo el rumor de un golpe seco contra el concreto, luego con su silbido frío le dio una agradable armonía a la curiosa canción de dos cuerpos rodando por la acera. Fue entonces que los roces fueron creciendo, los grititos cesaron y a los jadeos se sumaron otros jadeos más ansiosos, como adoloridos pero anhelantes y la calle entera cerró los ojos para escuchar mejor. Esos eran definitivamente besos, esas por supuesto que eran caricias, aquello ¿era o no era? Los habitantes de la calle Mercedes estaban confundidos, no porque desconociesen aquellos ruidos sino que algo novedoso en ellos les arrebataba la calma de lo conocido y los sumía en el terror de algo que parecía novedoso. Entonces volvió el gritito pero esta vez ya no era suave, ni entrecortado, ahora era fuerte, hermoso, cortado solo por pequeñas pausas que se daba la voz para respirar. Los jadeos, en cambio, bajaron su frecuencia pero se hicieron más potentes, compitiendo por el protagonismo entre tanto sonido en el silencio de la noche.

La calle Mercedes escuchó todo y solo algunos se animaron a utilizar el olfato para confirmar qué sucedía gracias a ese olor tan peculiar, ese aroma que los románticos insistían en rememorar con demasiado goce pero no detectaron el olor de moretones, ni golpes. Sí captaron sudor, alcohol, saliva y tantos otros fluidos conocidos para sus narices que jugaban a una especie de tula con un perfume que olía a sandía y un desodorante lima-limón. Mientras tanto la sinfonía creció, su armonía llegó al barrio entero, muchísimos más ojos se cerraron, ya no tanto para seguir la rutina de ignorar lo que usualmente pasaba cerca a la comisaría, como para no perderse detalle de esa canción que la novedad les traía, preguntándose qué clase de almas foráneas podían animarse a traer aquella composición escandalosa a un escenario tan público y habituado a canciones más violentas y sangrientas. Por un rato el barrio enteró calló ante el volumen de la sinfonía y, con las caras coloradas, con los ojos en el suelo, los habitantes de las casas optaron por hacer lo que siempre hacían y no dijeron ni hicieron nada, esta vez azotados por un pudor que intentaba esconder los deseos que aquellos ruidos les evocaban, estáticos en la última actividad en que aquellos sonidos los habían pillado. Y esperaron, silentes, a que todo terminase en esa conclusión abrupta, aliviadora, esa peculiar mezcla simultánea de jadeos, gritos, chorros, besos, palabras, sudor cayendo contra la piel, contra el concreto, dedos recorriendo kilómetros de lo que sonaba como una larga y sedosa cabellera, la distensión de la piel, el suspiro que terminaba con los jadeos, los botones siendo abrochados, la incomodidad rota con un besito que fue extendiéndose hasta hacerse un beso de esos que escuchas en las películas. Un taxi siendo detenido, una puerta cerrándose y ocultando el rumor de un par de voces que hablaban como si se les permitiera hablar en voz alta, el silencio retornando pero todavía incomodo, todavía sorprendido de haber sido mancillado de esa manera hasta que la comisaría volvió a sus ruidos habituales y solo así pudieron las casas volver a estar en paz.

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Ella es una gordibuena de peligrosas curvas que me ha guiñado el ojo y luego, casi inevitablemente, hemos terminado en su cuarto, en casa de sus padres, intentando no hacer ruido y riendo ante nuestra estrepitosa falla en ello. Tiene ojos grandes y cabello castaño, se mueve mejor que yo en este asunto del juego previo y, hasta, retrasa el acto, como si con esa histeria quisiera matarme con una espera desgraciada. Cuando, por fin, empieza a quitarse sus pantaletas color naranja claro, lo hace de espaldas, agachada, como presumiendo de la casi perfecta redondez de la figura en forma de corazón que puedo apreciar cuando sus manos tocan el suelo. Y entonces, sin motivo, me viene a la cabeza la imagen de un durazno.

Pocos admiten los devaneos de la cachondez interna. A veces pasa que vemos un jugoso durazno, o un plátano recién pelado, quizá una cerveza explotando y expulsando espuma por doquier, o escuchamos un llanto plagado de gemidos que nos recuerdan a otro tipo de gemidos que llegan durante la intimidad de una buena follada y, por lo general, nos preguntamos: “¿qué me pasa?”, sea porque la situación no amerita que pensemos en sexo o porque, tal vez, pensamos que lo hacemos demasiado. Bien puede pasar que aceptemos, o no, dichos pensamientos, pero eso no quita que siempre están ahí y que llegarán en momentos insospechados, pues a la cachondez le importa poco cuan apropiada es su presencia.

Lo gracioso son las situaciones que esto genera. A lo apropiado lo dejamos pasar por su condición de niño bueno y legal, pero es cuando nos calienta el llanto, o le vemos lo sexy a una fruta, o cuando una erección perturba el curso de actividades que poco, o nada, tenían que ver con cualquier acto sexual, es ahí cuando nos da por levantarnos el estandarte de lo inapropiado y, encima, darnos palo con su mástil. Pero eso no solo pasa por esa tendencia santurrona de la presión social y la dichosa decencia, todo eso también es atribuible a que nos hemos olvidado de la picardía.

Es un juego, nada más. Los más se escandalizan si es que la cachondez los asalta en plena escena dramática, cuando la protagonista de la película se está muriendo y el pelmazo de su enamorado, al que le queda corto el rol de príncipe azul, se desvive en lágrimas. “¿Por qué esto me está excitando?” se preguntará, al igual que lo harán la publicista negociando un contrato, el abogado cocinando un bife, la abuela leyendo el libro de su nieta, el padre yendo al colegio de su hija, un político diciendo la verdad, o una jovencita cuidando ancianos. Y será un por qué tortuoso y cargado de dudas, apuntando como revólver bien cargado a la cabeza de sus certezas y amenazando con acabarlas. Ni siquiera tiene que ser continuo, ni constante, a veces no es más que un relámpago de pensamiento que impresiona tanto al que lo ha concebido, que después la duda se hace fuerte y abrumadora, tanto que da paso al miedo y a muchas muletas que, en realidad, evitan que caminemos. Humanos, demasiado humanos.

Hay un sabor dulcemente delicioso en reírnos de la cachondez. En mirar un durazno y encontrarlo parecido a alguna parte de la biología de otra persona, en reír con aquellos que ríen sonrojados ante alguna frase desafortunada, de algún desubicado que no sabe que decir “dame de tu mayonesa” puede suscitar chistes burdos, simplones y, hasta, los mal catalogados, chistes infantiles. Pero ¿y qué? Seguro, toda exageración aburre y los chistes, o los pensamientos, morbosos tienden a salirse de control con relativa sencillez (¿será que son como el sexo al que evocan, en este sentido?), pero bien controlados, y acompañados de una sana picardía, traen más risas que otra cosa. Risas que hasta podrían convertirse en curiosidad, en el descubrimiento de nuevos placeres o novedosos fracasos. Que importa, nada les quita lo bailado. Mejor dicho: “lo reído” y, aun mejor dicho, “lo gozado”.

Se señala con el dedo al humorista soez, se lo llega a calificar de inmoral por valerse del mismo descaro con que los santurrones entierran sus pensamientos impuros y proclaman pureza, o exigen respeto faltando al mismo, encerrados en su idea “solo yo estoy en lo correcto” y empeñándose en seguir las reglas de libros escritos, o no, que determinan, en perversos absolutismos, qué sí y qué no, qué bien o qué mal. Pero repito: es un juego. Vale la pena ver que sale de él. Puede ser bueno, malo, divertido, aburrido, fatal o una gloria, la cosa es dejar surgir al pensamiento, mirar con una sonrisa al durazno y darle un pícaro mordisco. Quizá así se calienten las cosas.

 

– Dementes. Están todos dementes.

 
Era un susurro cargado de rencor y dolor. La sangre corría de las palmas de don Anselmo a las pequeñísimas manos de Mateo a través del cuchillo. Roberto sintió un temblor en sus piernas y se aferró al brazo de don Anselmo; su deber era mantenerlo quieto mientras se realizaba el cobro. Deseaba vomitar pero sabía que eso supondría un castigo, por eso se tragaba el vómito en cada que veía a Mateo hacer un nuevo corte.

 
– ¡Déjenme ir! ¡Piedad!

 
Esta vez don Anselmo había gritado. Mateo y Lucas se rieron quedamente, Pablo apretó más el cuello y Juan, a su lado, paralizó la pierna de don Anselmo lo mejor que pudo. Los otros dos también era novatos, como Juan y él mismo, uno sujetaba el pie izquierdo y el otro vigilaba por si alguien se acercaba. Mateo sonrió ampliamente y la poca luz transformó en macabro el gesto. Roberto se volvió a sentir incómodo, le escocía la nariz y un poco de sudor de don Anselmo le goteaba a un zapato. La hoja del cuchillo brilló ante la luz de la luna, y don Anselmo se largó a llorar mientras gritaba algo parecido a “¿por qué?”.

 
– Maldito hijo de puta ¿hasta te animas a preguntar?

 
La voz de Mateo era gangosa y arrastrada; además que siempre hablaba con un dejo de rabia que atemorizaba a Roberto. Nada de esto se parecía a los trabajos de las anteriores semanas con el grupo de Mario. Trabajos de dar cosas a la gente, pero solo a quienes se lo merecían, premios por su buen karma. Mario era un tipo duro y bondadoso. Pero había sido el mismísimo Mario quien había sugerido que se estrenasen los nuevitos. A Roberto le caía bien Mario, pero solo hasta que los puso en manos de Mateo.

 
Pablo dio un fuerte puntapié en el trasero a don Anselmo, mientras el cuchillo de Mateo se hundía en su pierna derecha. Las carcajadas de Mateo ahogaron los gritos de don Anselmo. El cuchillo giró sobre su eje ayudado por las manitas de Mateo. Un olor nauseabundo a mierda llegó a la nariz de Roberto, chorreaba del pobre don Anselmo.

 
– No llores man.

 
Juan lo miraba y le hablaba en el más bajo susurro. Roberto se frotó la cara contra el hombro desesperado. Llorar a un cobrado era mal karma. Después de todo don Anselmo era culpable. Roberto seguía sin saber de qué, pero por algo la pandilla se dedicaba a cobrar karmas. Era obvio que si lo hacían era porque el cobrado se lo merecía.

 
– Vos- lo miró Mateo- rómpele el brazo y ven pa’cá.

 
Cuando dio esa orden, Mateo tenía autoridad en la voz y amabilidad en la mirada. Esto desconcertó por un rato a Roberto, que tardó en digerir la dulzura de esos ojos grises. Cuando se recompuso, atinó a abrazar el brazo de don Anselmo e hizo presión mientras le doblaba el codo. El tiempo se alargaba y Roberto desesperaba ante cuanto tardaba, hasta que el hombro cedió y el codo de Anselmo se fue para atrás. No escuchaba el grito, pero una vez frente a don Anselmo notó que este se había mordido la lengua. La sangre chorreaba entre los labios.

 
– Anselmo Soto Guarín – dijo la voz profunda de Pablo, que leía en voz alta un hoja de cuaderno – se le ejecuta hoy un cobro, en pago a todo el mal karma que haz juntado en tu vida. Mismo que nunca ha sido pagado, ni solventado. Nosotros venimos a darte castigos adecuados a tus acciones y la impunidad de las mismas.

 
El cuchillo que Mateo le había pasado picaba a Roberto en la palma.

 
– ¿Gue guwe o e hize?- lloró don Anselmo- o guro que no sabdía, o guro, o guro.

 
Roberto sintió pena por Anselmo. Parecía un hombre común, uno que le recordó a su abuelo y sus regalitos de viejito bondadoso. Mientras el vozarrón de Pablo seguía con la lectura, Roberto se transportó a cuando visitaba a su abuelo y este le daba variopintos chocolates. Observó las lágrimas de don Anselmo mezclándose con la sangre y lo vio negar con la cabeza mientras dirigía una mirada suplicante al cielo. Se giró a ver a Mateo que parecía rezar con los ojos cerrados, murmurando algo parecido a “karma siendo cobrado”. Juan y el otro novato agarraban las piernas del viejo con mirada vacías; cuando Pablo calló, Roberto tardó un momento en darse cuenta que todos, aun Anselmo, lo miraban expectantes. Pero nadie ordenó nada, ni se produjo el más mínimo ruido. El mundo callaba con esa clase de silencios que Roberto sentía tensos e incómodos. “El momento del cobro lo define el karma, no el cobrador” recordó que había dicho Mateo cuando el azar quiso que el cobrador de aquella noche fuese Roberto.

 
Se adelantó un solo paso agarrando el cuchillo. En sus manos estaba decidir que herida final aplicarle al cobrado. El silencio lo abrumó con su absoluta y enorme presencia, pese a que recién lograba registrar ruidos de bocinas lejanas y grillos inoportunos cantando para semejante escena. Incluso don Anselmo miraba casi inerte a Roberto, sin suplicas en la mirada. O quizá aceptando sus crímenes. “Debo matarlo” pensó Roberto sosteniendo su vejiga con un titánico esfuerzo, cuidando que el cuchillo no resbalase con el sudor de su mano.

 
– ¡Cagaste pinche viejo maricón!- oyó a su voz sonando grave y llena de rabia- ¿te creías inmune al castigo? ¿Qué tus pecados no aflorarían? ¡Paga el coste de tus mentiras sin rogar a Dios!- de pronto empezó a gritar sin saber porqué- ¡Escúchame viejo puto! ¡Dios es un producto del arte! ¡arte que nos consuela y nos distrae de la justicia que yo y mis hermanos repartimos!- Roberto acercó el cuchillo al cuello de Anselmo- Arte que nos protege de pensar o sufrir con su belleza, su consuelo y sus formas…

 
Todo quedó en silencio, nuevamente. Juan, Pablo y Mateo lo miraban fijamente. Roberto asumió que les molestaban sus falsas pretensiones como Karmacobrador. No pudo menos que quedarse anonadado cuando Mateo y Pablo le dijeron cosas parecidas a don Anselmo, el cobrado. Eso dio tiempo a Roberto para reagruparse, limpiarse el sudor de las manos y la frente, controlar los temblores en sus piernas. Escuchó, aparentemente, impasible los insultos que Mateo lanzaba a don Anselmo y lo siguió escuchando hasta que Anselmo gritó llamando a Dios, chillando por una muerte rápida.

 
– No somos Dios. Somos Karmacobradores.

 
La frase se le había escapado mientras hundía el cuchillo en el estomago de Anselmo y lo movía brutalmente usando toda la fuerza posible en sus brazos para cercenar todo lo que pudiese. La sangre salió casi chorreando, tibia y espesa, tiñendo de negro su mano derecha. De pronto Roberto estaba relajado, se sentía ligero y cansado. Se sentó de golpe en el suelo abandonando el esfuerzo de comprender las cosas, mientras veía a don Anselmo retorcerse en el suelo agarrándose algo que parecían entrañas saliendo de su barriga en un simple y penetrante grito de dolor. Acomodó mejor el trasero y reparó en que se había orinado, rió suavemente de ello mientras notaba, con asco, que Anselmo se estaba cagando nuevamente. Intentó respirar mientras pensaba en la dolorosa muerte de Anselmo, un sufrimiento terrible que terminaría de expiar todo karma de su cuerpo vicioso. “Es una limpieza” pensó sintiéndose bien por estar limpiando algo tan sucio, como la suave satisfacción de limpiar polvo amontonado durante años, como repartir redenciones; era tener el poder de purificar. Por un rato evadió la ineludible culpa y se regocijó en los gemidos y estertores de don Anselmo. Hasta que Pablo lo devolvió a la realidad de un tirón.

 
– ¡Pacos! ¡corre cojudo! ¡la poli!

 
Se levantó a las carreras y corrió como condenado. El viento le enfriaba la entrepierna mojada y le hacía lagrimear los ojos, a su lado corría Mateo aun carcajeándose. Una vez a salvo, notaron la ausencia de un novato pero Pablo los calmó con alguna referencia al karma que Roberto no alcanzó a escuchar. De pronto lo había asaltado una duda maligna que le provocó arcadas. Cuando recuperó la compostura se enfrentó a las insondables miradas de los otros.

 
– ¿Cuál fue el crimen de don Anselmo?- su voz, aun jadeante, resonó en el silencio.

 
– ¿Crimen?- Pablo fruncía el entrecejo. Pero Mateo sonreía con la mirada.

 
– ¿Crees que somos vulgares verdugos? Hay diferencias entre castigar crímenes y cobrar karma- el tono de Mateo parecía una carcajada.- Puedes ser el más legal y más santurrón del mundo, pero el karma se acumula en miles de pequeños malos actos no cobrados que pueden merecer estos cobros. A don Anselmo nunca le fue mal, no había castigos activos en su vida que solventasen su buenaventura.- Mateo tenía voz de predicador- Por otro lado, ¡que buen discurso allá atrás, hermano! Parecíamos muy unidos y violentos. Propondré a los demás….

 
Pero Roberto no escuchó más. Se movió junto a ellos automáticamente, se tragó la bilis y el vómito, se aguantó las lágrimas, sonrió ante las alabanzas. Pero cuando dejaron de prestarle atención se le escapó un susurro:

 
– Dementes. Estamos todos dementes.