Posts etiquetados ‘mortandad’

Soy una sombra camuflada en la oscuridad de estos parajes desolados, un ruido enfermizo esperando su chance para romper el silencio con estas ganas enfermas de lastimarlo que le tengo. Soy una bestia salvaje agazapada en un rincón de este ambiente frío y húmedo que solo puede ser el resultado de algún clima adverso amenazando a este pequeño pueblo, pero vanamente pues no hay desastre natural que se iguale a lo que ya devino, la calamidad mayor y el pesar eterno que dejarán los lamentos de esta mortandad. Los cráneos rotos, las tripas brillosas, los ríos carmesí por las calles vacías y silenciosas. Es un espectáculo, no quiero confusiones, me esforcé mucho en que esto tenga una estética, una de esas que los pervertidos, los místicos, hípsters y hasta poseros verían por internet y calificarían de subversiva, incluso para los más gore del público morboso que se bebe esta clase de escena como un sediento se afana del agua.

Así lo he planificado y ha salido perfecto. Un atardecer sangrante con brillos naranjas dominan un cielo que exhibe nubes solamente en sus contornos, mismas que delatan a la lluvia que eventualmente llegará a lavar la delicia carmesí que he creado. Este pueblo, entre blanco y café con leche, ha sido usado como canvas de una pintura. Las calles empedradas fluyen dinámicas gracias a las emanaciones de sangre que por ellas corren en distintas direcciones y sentidos, a veces chocando afluentes, a ratos creando lagunillas preciosas e inertes, sin ninguna vibración, como para que contrasten con el movimiento constante de los ríos oscuros que le dan dinámica a mi cuadro ¿puede algo movedizo ser un cuadro? En este caso sí, no solo porque mi cuadro tiene esa vida entre las piedras, sino porque también funciona desde varias perspectivas con sus ornamentos que la delimitan a esas formas geométricas que tanto fascinan a la gente y para las que he usado de todo. Dientes, cabellos, ojos, intestinos, riñones, uñas, cuerpos enteros y desnudos cuyas pieles crean una paleta de colores tan humanos y asombrosos en equipo con todos esos miembros cercenados, que solo me queda agradecer a cualquiera sea el dios verdadero por estas condiciones climáticas que propiciaron el color del atardecer y también trajeron esta falta de viento, este frío ligero que haría temblar a estos pueblerinos si les quedara vida en sus ojos para experimentar las maravillas del temor al clima.

Los huesos han servido como los contornos del gran dibujo que he diseñado mil veces en arena, en crayones, al óleo, en computador, el diseño que me fascina y me atrapa, que nunca ha bastado y siempre he sentido incompleto, al menos hasta que el contorno de fémures, húmeros, costillas, tibias, radios, peronés, vertebras, clavículas, falanges y kilómetros de intestinos gruesos y delgados terminaron de dibujar el complicado diseño de formas atípicas e interconectadas que representan una de esas ideas que solo las personas complejas y profundas comprendemos y que la gente más sencilla suele mirar con falso respeto o sincero desprecio. Un diseño que ha exigido que mi sierra y cuchillo trabajasen arduamente para cerrar las pequeñas partes de un todo que algunos sabrán apreciar desde el lado espiritual y otros del estético, ese lado tan falto de moral.

El interior humano es más rico en contrastes de lo que jamás imaginé. Al principio pensé que serían colores oscuros y rojizos, pero a medida que mis uñas escarbaban en los cuerpos inertes de toda esta gente fui descubriendo rosado, café, beige, blancos grisáceos, turquesa y diferentes matices de negro que al ser mezclados con la tierra, el pasto, el concreto de las veredas, el mostaza de algunas paredes y el blanco de otras, además del color de la madera en los árboles y los arcaicos postes de luz han dado una gama muy variopinta y preciosa a lo que he adornado con el manejo de las luces artificiales y la mencionada luz natural que tanto ha contribuido a esta expresión de mi alma.

A nadie le importarán estas personas. Ni siquiera investigarán quién los mató y destripó y regó por todo el que fuera antes un pueblo vivo y movedizo, habitado por gente que se conocían bien los unos a los otros, sumergidos en una rutina que apuesto adoraban con cada fibra de sus simplonas existencias. Ni siquiera miraran dos veces hacia los horrores que sus ojos ignorantes verán en el reguero de cadáveres y dudo que nadie se dé la molestia de llegar hasta este rincón olvidado con un helicóptero para ver el gran cuadro que he creado. No importa. “De verdad, que no” le afirmó al aire mientras me bañó en el río para sacarme del cuerpo los gajes del oficio de pintor y veo la estela de la pira incendiaria que corona mi creación con su brillo azul y naranja, efecto de los materiales con que fabrican toda la ropa que usé para alimentar las flamas y que generarán el humo que alertará a las autoridades del pueblo más próximo a que enfrenten esta leve desestructuración de sus realidades, apelando al orden paupérrimo que brindan las autoridades. Calculo que llegarán en el zénit de mi cuadro, cuando el humo negro de mi pira naranja se eleve en el cielo pintado de ese azul blanquecino del anochecer, las luces de los postes que no destruí harán juego con la del sol moribundo y las pocas estrellas tempraneras estarán jugando con los matices humanos, internos y externos, acomodados con primor. Los más inteligentes podrán adivinar los métodos utilizados, quizá verán más allá que los ojos necios y sabrán reconocer la obra de un solo par de manos y no tomarán el camino fácil de achacarle todo a un ejército de psicópatas. Porque eso dirán de mí, que soy un psicópata y yo reiré en el anonimato, dejando ir este momento poco a poco hasta que no quede memoria.

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Las calles atiborradas de juventud se empapaban en la guerra encarnizada que cada año se repetía en las vísperas de carnaval. Armados de chisguetes, baldes y globos con agua que inflaban en sus casas, o que compraban a las caseritas astutamente apostadas en cada esquina, bien cargadas con bolsas llenas de globos o tarros de espuma sintética que le daban esa coloración blanca a los empapados heridos de la batalla.

Era puro caos. No teniendo uniformes, ni bandos concretos más allá del casual o el formado por afinidad, en aquella guerra las balas bien podían ser apuntadas al grupo de gente en la acera de enfrente, o a los que se paraban a lado tuyo, incluso a los osados jinetes de camionetas que lanzaban sus globos a todos los viandantes, expuestos a los contraataques de los atacados. La avenida de las Américas no tenía mucho tiempo de vida, aun menos como punto de encuentro popular en la ciudad, pero había reemplazado a la plaza principal como escenario de esa, ya tradicional, guerra carnavalera.

Mes y medio antes de la fecha festiva, los más jóvenes salían bien armados hacia aquel nuevo punto de encuentro y auspiciados por un sol jubiloso buscaban víctimas para sus municiones de agua, prefiriendo empapar a chicas mientras más jóvenes y hermosas mejor, pero que llegado el momento de la verdad no había discriminación, especialmente cuando las chicas abandonaban el reparo tonto de las víctimas y se unían a la guerra, demostrándose en ocasiones guerreras más eficaces y certeras. Las tardes de enero y febrero se convertían en riñas plagadas de carcajadas y gritos en los labios y voces de niños, niñas, adolescentes y jóvenes que festejaban la llegada del carnaval. Era bien sabido que a medida que la fecha esperada se acercaba, nuevos elementos se iban incorporando a estos festejos. Primero se empezaba con pocos globos pensados para víctimas selectas, después aparecían chisguetes como para contrarrestar el aumento de esos globos, ya de ahí era una seguidilla de espumas, baldazos, trago, bandas de música y gente que convertían la avenida de las Américas en intransitable.

Eran vísperas del carnaval de aquel año, pero nada parecía muy distinto. Hoy recordamos ese episodio como una anécdota simbólica de todo lo que nos pasó después, seguros de que, efectivamente, pasó pero inseguros de porqué quisimos ignorarlo y hasta asertivos de que de haber sido otra la historia…pero cada quien ha sabido sacar su propia moraleja de lo dicho y de lo acaecido. Sucedió así: fue una tarde más, el sol no brillaba mucho pero su ola de calor era obvia en lo ligeros de ropa que andaban todos. De aquí a allá se veía más piel que telas, y cuentan que por mucho que el calor no era nada que los nativos de esa ciudad no pudiesen manejar, sí era una invitación a disfrutar una cerveza helada, porque todos sabían que al calor del sol nada tiene mejor sabor que eso. Faltaban apenas días para el carnaval, pero un observador ajeno habría pensado que aquel era el mismísimo día festivo. No podría culpársele, si de lleno se encontraba la avenida atiborrada de gente en ambas aceras, separadas por un hermoso paseo peatonal, una avenida donde podían verse a los bandos lanzando globos y gritando como locos al compás de cantos y bailes. En el ambiente los ruidos más comunes eran los de los globos golpeando puertas de fierro, madera, latón, o estrellándose contra el suelo y las paredes si acaso fallaban, pero también podían escucharse los alaridos de las chicas perseguidas por una ruda mayoría masculina, las voces roncas de risa de muchachos bien metidos en el romance de esa guerra, el silbido de los globos surcando el aire, las bocinas de los autos, la música con que trompetas , trombones, platillos y tambores amenizaban los ruidosos sorbos con que hasta los más jóvenes consumían sus cervezas, amén de los refunfuños rabiosos en que los ajenos a esa guerra declaraban al país como una mierda.

La avenida era larga para los estándares de esa ciudad. Originalmente gris, el paso del tiempo había poblado los barrios circundantes de tal forma, que cuando una familia endeudada hasta la médula se hizo millonaria poniendo un negocio de pollos en ella, pronto una fiebre sin igual se apropió de los ciudadanos, quienes se apresuraron a adquirir propiedades en las cercanías de la avenida de las Américas, mismas que pronto dejaron el gris y el blanco con que habían sido edificadas y fueron pintarrajeadas según el negocio que ahí se abriría. A lo largo de los años, hasta que llegó la ruina que destruyó el espíritu de esa ciudad, la avenida de las Américas vio desfilar los colores de un sinfín de negocios, que en su mayoría fueron locales de comida que competían encarnizadamente para cerrarse los unos a los otros, a tal punto que un día, mucho después de lo que les cuento, estalló ese episodio curioso que los más bromistas llamaron la Guerra de las Frituras pero que los economistas más avezados nombraron la Metáfora del Fin, cuando la analizaron a la luz de las ruinas de nuestro país muerto y finiquitado. Pero en ese entonces, durante aquel carnaval que les narro, la avenida estaba en el punto más alto desde su creación hasta su fin. Los negocios trajeron carteles comerciales enormes y brillantes que dieron luz a la oscuridad tan célebre del lugar, donde por muchos años prosperó la criminalidad que haría tan famosa a una avenida que luego fue conocida como faro de esperanza del desarrollo económico de una ciudad, hasta del país. El resto de las luces las puso alguna de las muchas corruptas gestiones de la alcaldía local, y a medida que la avenida ganaba popularidad comenzaron a llegar más adornos para acompañar las luces naranjas de los postes y la iluminación de los carteles donde predominaba el rojo, el blanco y el amarillo. Luces que bañaban el guindo suave de los mosaicos del paseo que la alcaldía puso al justo medio de la avenida y que, de alguna forma extraña, combinó bien con el plomo de la calle y sus rayas blancas que delineaban las indicaciones de tráfico. Aquel día, sin embargo, todos aquellos colores se veían oscurecidos al estar bañados en el agua de los baldazos derramados y los proyectiles fallidos, a eso se sumaban no solo los colores de las ropas de los luchadores, o las chillonas estelas aéreas que dejaban los globos rosados, naranjas, blancos, negros, rojos, azules, celestes, amarillos, púrpuras y verdes, sino que también entraba en aquel óleo el color moreno, blanco, canela y marrón de las pieles al descubierto, causando una impresión fuerte en quien fuera que veía aquella escena, en especial cuando la luz del mediodía empezó a bajar y la ilusión de una guerra en sepia maravilló a los pocos exquisitos que dieron una breve pausa a la diversión para admirarse de toda aquella implosión de tonos y colores. Nunca olvidarían aquel día, pero esos pocos exquisitos tendrían la fortuna de recordar la tonalidad sepia por encima de todas las cosas.

Ahora, a la gente le gusta creer que el principio de la caída de nuestro país estuvo en la Metáfora del Fin, y no les damos la contra; pero muchos entre nosotros creemos que aquel carnaval fue una profecía, un ultimátum karmático enviado por el cosmos, o Dios, o cualquiera de esas expresiones de lo divino, de modo que nos avivemos un poco y tomásemos medidas para no terminar, justamente, donde terminamos. Pero, como en aquel capricho que nos quitó un mar, decidimos ignorar un par de detalles y el episodio sería recordado como peculiar tras ser pasado por el riguroso filtro de varias censuras. Pasó justo cuando aquel efecto sepia tomó su lugar en las percepciones de todos los batalladores, el alcohol corría libre pero en moderadas cantidades, pues los carnavaleros tempranos sabían que la verdadera borrachera debía ser reservada para la siguiente semana. La batalla de agua llevaba horas vigente, pero las risas todavía fluían, tanto y tan bien, como las numerosas pilas con que llenaban globos, baldes, chisguetes y todo aquello con que pudiesen mojar a otra persona. Había gente de todas las edades compartiendo y las bandas repetían canciones populares que la gente bailaba feliz mientras seguían bien metidos en aquella tradición.

Lo cierto es que, aun hoy, nadie se explica qué fue lo que pasó con el agua. Cuando fue analizado después, nadie pudo a ciencia cierta aclarar por qué el agua cesó de fluir y ya ninguna pila pudo proporcionar el preciado líquido de las municiones. Por un rato, ante la mala nueva del corte de agua, el campo de batalla quedó completamente inmóvil, divididos entre decepcionados y resignados que miraban a los lados buscando una fuente mágica de agua que nunca encontraron. Aquel habría sido el final de aquel episodio, de no ser por el descuido de un muchacho quien encontró una cerveza agitada en su bolsillo, abriéndola y rociando con su líquido color orín a un par de amigos, los cuales se maravillaron ante aquella idea brillante, aun si por lo demás aquel muchacho les parecía un patoso inútil, y celebraron aquel acto con risas mientras derramaban sus cervezas en el rostro del ocurrente desgraciado. Aquel gesto pronto fue imitado por todos aquellos que los rodeaban y la guerra en sepia reinició con nuevo brío, condimentada por el descubrimiento de aquella nueva munición que sustituía al agua perdida. No pasó mucho tiempo para que las latas de cerveza se agotasen y los luchadores tuvieran que apresurarse a comprar más de los negocios cercanos, cuyos dueños no cabían en sí de la alegría y cuyas sonrisas maravilladas por el flujo de dinero entrante quedaron plasmadas para siempre en rostros terroríficos de amargura, estancados en una sonrisa eterna. Ni bien el alcohol se terminó en las reservas de las tiendas, los luchadores, ahora empapados de agua, cerveza y espuma, procedieron a alzarse jugos, gaseosas, helados, vinos, singanis, vodkas y todo lo líquido al alcance de sus manos, de modo que la diversión no cesase por algo tan ridículo como falta de municiones. A estas alturas el dinero estaba de más y los luchadores no tenían tiempo de pensar en algo tan mundano como pagar mientras eran necesitados, ahí afuera, en una guerra sin cuartel ni bandos. Las calles desprendían un fuerte olor a alcohol combinado con los dulces aromas de todos los refrescos y bebidas espirituosas utilizadas, mezcladas en el aire con el sudor humano expulsado durante el esfuerzo de seguir cargando y lanzando globos y baldazos, sin que el ruido de la música y las carcajadas cesase. El cielo nuboso empezaba a oscurecer el tono sepia, pero este seguía tan intenso como antes cuando, atraídos por la fatalidad, aquellos que se habían encerrado en casa para no jugar salieron de sus guaridas picados por el escozor de la curiosidad y se unieron sin mucho trámite a la guerra que no parecía ni cerca de estar terminada.

Muchos generales, que se otorgaron a sí mismos dicho cargo, miraban desde algún punto estratégico el caos de la batalla, preocupados por la cercana falta de municiones. Algunos bromearon sonoramente con que podrían usar las lágrimas de los mercachifles saqueados, pero si no lo ponían en práctica era porque aquel era un método estúpido por lento. El milagro les llegó cuando la avenida entera se detuvo a respirar, inspirados quizá por el hado desgraciado de la nación, y fueron testigos de ese solitario globo azul oscuro surcando el cielo color atardecer, que descendió en una parábola perfecta hasta chocarse con un joven de piel canela y ojos lóbregos, cuyas ropas celestes y amarillas recibieron el impacto del globo que al estallar lo tiñó en el escarlata oscuro de la sangre. Aquel momento sería el más recordado, pero el menos verbalizado cuando la censura quiso evitar que recordásemos los eventos en el país, en cuya historia final se registró este episodio como algo mundano pero que hasta ahora no ha sido perdonado en la memoria de quienes lo vivieron. Un minuto entero miraron todos al joven anonadado y cubierto en sangre ajena. El silencio reinó, ni siquiera la naturaleza se libró del hechizo de ese momento, pero poco a poco un rumor de un clamor ancestral despertó en las voces de los guerreros de aquella batalla y, aun carcajeándose, retornaron al ruido ensordecedor de la guerra, llenando los globos, baldes y chisguetes con orines primero y desangrando a los más débiles para que, al menos, sirviesen como munición. Pronto las plomas calles se volvieron moradas de tanto líquido derramado, al que ahora se incorporaba la espesa sangre. La guerra en la avenida de las Américas no arreció, mas se intensifico a puntos bíblicos y más raros que la ficción donde los colores de un cielo, de pronto completamente rojo, exaltaban los sentidos de los guerreros, quienes reían contentos y felices al son de la animada música que las bandas aun tocaban y que las voces replicaban con cantos afinados al compás de una fiesta popular, ruidos que camuflaban el rumor de los cuchillos abriendo la garganta de hombres, mujeres, ancianos y niños y sus estertores penosos con que abandonaban la vida para nutrir la guerra de aquella tarde en sepia.

Todo terminó cuando la brisa de la noche causó frío en los luchadores empapados de cuanto líquido era concebible, y quienes pronto se retiraron a sus casas para asearse lo mejor que pudieron ante la falta de agua. Así, sucios, se trasladarían a los bares del centro de la ciudad a beber en silencio, intentando enterrar en el olvido las pilas de cadáveres que adornaban la avenida de las Américas, cuerpos ahora fríos que ellos mismos habían ayudado a enfriar. Por un tiempo los cuerpos quedaron ahí apilados, pudriéndose en las bondades del calor a lado de los restos multicolor de los globos reventados y las brillosas latas de cerveza vacías, hasta que la alcaldía y el gobierno mandaron gente a limpiarlo todo sin hacer mención alguna sobre lo acaecido y más bien pidiendo a la gente el buen gusto del silencio y la discreción. No pasó mucho antes de que las rutinas retornasen y, por acuerdo tácito, nadie celebró funerales ni lloraron a todos los caídos de aquel día. El agua volvió una semana después, precisamente el día de carnaval, y la gente celebró el feriado bebiendo alcohol pero sin jugar a ninguna especie de guerra, contentos de al fin poder bañarse en ese país de mierda donde ni agua había para carnavalear.

 

Sería un día sin igual en aquel aeropuerto internacional. Empezaría con una mañana vibrante y hastiada de vida que arribó con el sol alrededor de las seis de la mañana, trayendo con ella los primeros bostezos de viajeros que despertaban de un sueño incómodo en los estrechos asientos de la terminal aérea. En años por venir, los empleados veteranos de las distintas aerolíneas, los mozos ancianos que cuidaban el aeropuerto para que se viese relativamente impecable y hasta la mafia dinástica de choferes apostados en la calle, metidos en taxis y minibuses, atentos con sentidos de buitre a rasgos foráneos pues preferían a clientes extranjeros para sacar una propina extra, todos y cada uno de los que quedaron recordarían ese día como inundado por una belleza inusitada, no solo en el aire general del aeropuerto, usualmente ajeno y bullicioso, sino en la apariencia de tanto pasajero atractivo que congraciaba la mañana de aquel día memorable.

La larga edificación poseía suelos de mármol y paredes pintarrajeadas según la aerolínea que las ocupaba. Por eso se podían ver combinaciones fortuitas de colores como un azul oscuro a lado de un naranja chillón que parecía darle espacio a un rojo sandía, el mismo que poco a poco pasaba a ser plomo para retornar violentamente al rojo pero esta vez con tonos sangre escarlata derritiéndose en celeste, gris, amarillo y blanco en todos aquellos espacios en que no se erguía algún mostrador o vitrina que contribuyese al caos de tonalidades con sus parcos colores de material de oficina, o el variopinto vómito arcoíris de los productos que los comerciantes aprovechaban para vender a diez veces el precio original con ánimos, de nuevo, de desangrar las billeteras extranjeras y locales por igual.

Fue cuando el sol terminó de asentarse, y con su luz cambiar la gris madrugada en una mañana con miras de soleada, que el aeropuerto fue invadido por muchas almas, algunas apresuradas, otras no tanto, rendidas a los ajetreos del estrés de hacer filas largas en las que se tenía que esperar hasta que el avión partía sin uno, u ociosas en la lenta manera en que pasaba el tiempo antes del momento de vuelo; almas camufladas entre miles de extraños procedentes de sabía Satanás qué tierras recónditas e historias extrañas. Aquello era algo regular en un edificio tan habituado a la misma eterna rutina, pero lo curioso fue que de alguna forma ininteligible para los habituales de la terminal, todos los que ingresaban aquella mañana eran bellos ejemplares de distintas formas de belleza, tan externa que su entrada levantó suspiros y cortó respiraciones hasta de los más exigentes jueces de lo estético y/o ciegos en los tules del amor.

Sería, también, una mañana memorable en la vida de Martín Riggan, quien gracias a uno de esos cósmicos y comunes descuidos de una línea aérea, arribó al aeropuerto cuatro horas antes de un vuelo cuyo destino lo llevaría a la penosa tarea de enterrar a una buena parte de su familia en el olvido final de la muerte. Todo triste y amargado llegaría junto al punto más intenso de la resolana matina, e inmerso en los dolores del duelo por tanta muerte, además del desconsuelo secreto de enamorado contrariado, no vería más allá de su amargura, atrapado por imágenes que el despecho y la frustración formaban en el silencio de sus pensamientos. Fue así que no pudo notar el obvio nerviosismo de los empleados que lo atendían, ni la fascinación de los muchos con los otros que dio de qué hablar durante bastantes años. Martín Riggan no vio a la sueca casi albina cuyo pelo rubio parecía blanco y enmarcaban un rostro frágil bendecido por unos enormes ojos celestes, ni tampoco se detuvo a contemplar las precisas redondeces que exhibía una joven de porte desafiante y seductor, que de no haber tenido aquella figura prodigiosa se habría bastado con sus meros aires eróticos. Tampoco notó al alto y flaco inglés cuyo canoso bigote de morsa daba la impresión de un control casi bendito sobre las voluntades de quien fuera que se animase a hablarle sin detenerse en sus ojos cálidos y su sonrisa fácil. Martín Riggan no notó a ninguno de ellos, así como tampoco notaba a todos los otros exponentes de algún tipo de sublimidad estética hasta que, una vez terminados los trámites de vuelo, estuvo bien apostado en la mesita de un café de aeropuerto con un brebaje colombiano, mezclado con leche y vainilla, en mano. No fue hasta que estuvo así que notó a Claudia Márquez sentada junto a su madre en la mesita de enfrente, bebiendo una taza de api humeante y empanadas fritas que no se parecían en nada a los golosos festines que las apieras vendían en los mercados de la ciudad.

Claudia se sabía preciosa, pero por su hermosura discreta que solo ciertos ojos alcanzaban a admirar en su totalidad. Los más se dejaban guiar por su belleza inmediata, la belleza fácil que todo el mundo notaba y en la que se perdieron más hombres de los que ella hubiese deseado a lo largo de su vida. Años más tarde, luego de una serie de eventos desafortunados y un marido seducido muy tempranamente por la Parca, Claudia hallaría solaz en una encarnizada nostalgia que le devolvía a los días felices con aquel marido que la había dejado viuda, y la memoria coqueta de ese día en el aeropuerto cuando notó los ojos tristes de Martín Riggan deteniéndose, heridos, en ella y tardándose en su rostro, en su cuerpo, en el enorme bolso Adidas donde llevaba un libro, una billetera, el perfume del que se enamoraría su futuro esposo y un par de regalos que los familiares a quienes visitaría no apreciarían para nada.

Fingió no haber notado nada y miró a su madre sin mirarla, tratando de distraerse del efecto sensual de aquellos ojos tristes recorriéndola, fallando miserablemente e intentando encontrar distracciones a su alrededor. Pero por mucho que por un rato se distrajo en los aires aventureros de mochileros barbados de ojos claros, seguramente fugitivos de alguna película romántica, o la elegancia de ejecutivos cuyos ojos despiadados contrastaban con sus sonrisas derretidoras, o hasta en los músculos bien marcados de los miembros de un equipo de fútbol, quienes esperaban ruidosamente a que su vuelo saliese, ninguna de estas distracciones estéticas le quitó el escozor que los ojos tristes de aquel desprolijo joven con gestos de anciano le causaron. Era una belleza distinta a la del guitarrista de la otra mesa con sus aires bohemios y melena larga y perfecta, o el curioso atractivo del gordito petiso y cuarentón que hacía cola para una aerolínea de paredes escarlata como sangre recién derramada bajo la luz del sol.

Martín Riggan olvidó, por un instante, los estertores de tanto pariente muerto y la pena que la distancia de Alejandra Borzueta, a quien consideraba el amor de su vida, causaban en su ánimo. Contempló a Claudia Márquez casi con avidez obsesiva, como si no existiese otra mujer en el aeropuerto. Complacido en ese rostro algo cuadrado de facciones suaves y amables, cuyo secreta sensualidad reposaba en la dureza con que se escudaba de que alguien le notase la ternura. Aun de viejo recordaría Martín el cabello negro y largo, liso y brilloso, las cejas peculiares encima de unos ojos oscuros y sinceros, la piel nívea revestida por un top sin mangas que apenas ocultaba su ombligo pequeñito, la chamarra de cuero café tan corta que apenas le llegaba a la cintura, bajo la cual un apretado jean cubría sus piernas robustas y el durazno perfecto que su trasero evocaba. Pero ni en el lecho de su muerte, con esas imágenes nítidas que su mente moribunda le proporcionaba, caería en cuenta que aquella Claudia podría haber sido la rebelde hermana gemela de Alejandra Borzueta.

Los aviones llegaban en hora pese a que el radiante sol, con que había empezado aquel peculiar día, ocultó su brillo tras nubes grises, y algunas otras blancas, que incrementaron la intensidad de sus escasas coloraciones gracias a la luz del astro. Los futbolistas movían las cabezas sin descanso para no perderse nada del desfile de bellezas que iban y venían por la terminal aérea; muchachas de ojos gráciles, figuras infartantes o sonrisas cautivadoras que fingían no notar el descaro con que las miraban tipos de mandíbulas firmes, sensuales posaderas, de miradas confiadas y manos grandes o pequeñas. Algunos viajeros incansables, otros ocasionales pero todos contagiados del placer fácil de contemplarse los unos a los otros, de aquel remanso de belleza que inspiró al amor a muchos aquel día, pero que se concretó en muy pocos casos, algunos cortos y babilónicos, otros románticos y que duraron para siempre, pero todos épicos.

Cuando faltaban tres horas para que partiese el vuelo de Riggan, Márquez le hizo un guiño cómplice a su madre mientras se levantaba y se sentaba en la mesa de Martín como si lo conociera de toda la vida, mientras este dejó de pretender que leía Los Detectives Salvajes y se quedó en silencio, mirándola. Ella le sonreía con todo el cuerpo, a él la tristeza se le escapaba hasta por los poros y por lo mismo ambos quisieron devorar al otro en un abrazo que poco a poco fuera dando espacio a un beso colmado de caricias. Pero el mundo real los dejó quietos, soñando despiertos en futuros que no llegaron jamás y nerviosos como solo estarían pocas veces en las distintas vidas que tuvieron.

Azuzado por el peso del amor, Riggan dijo algo sobre lo extraño que era que ningún vuelo se hubiese atrasado y ella, sonriendo aun más, comentó que de seguro algún milagro estaba en camino para que algo así sucediese. Rieron, no supieron porqué pero lo hicieron y después la conversación fluyó sin obstáculos, dejando atrás a todos los apuestos y las bellas, las bonitas y los guapos, las sensuales discretas y las muy obvias, los moldeados en máquinas médicas que preferían el camino fácil, o los otros que surcaban el camino de sudores en rutinas físicas que solo aquellos de disciplina más férrea conseguían continuar. Martín y Claudia se olvidaron de mirar de reojo la magia de aquel espectáculo peculiar y, a grandes rasgos, se avocaron a conocer la historia el uno del otro. Confesaron sus particularidades de rutina y hasta se atrevieron a mostrar uno que otro defecto, cuyo descubrimiento solo avivó la curiosidad con que él quería escuchar la voz de adolescente ronca que tenía Claudia y con que ella se internaba en el misterio de la tristeza en los ojos de Martín.

Faltaba una hora para el vuelo de Riggan cuando la madre de Claudia se levantó de la mesa. Hizo cuanto pudo para demorarse pagando la cuenta y leyendo sabiduría barata en el retrete, hasta que ya no pudo esperar más y se paró delante su hija mirándola con harta significación que esta entendió y a la que respondió con un gesto que solo comprendería su madre. Decepcionados, Riggan y Márquez intercambiaron datos que usaron para contactarse con avidez a lo largo de los años, sin nunca poder volver a verse más que en las fotos colgadas en las muchas redes sociales por las que se siguieron hasta sus respectivas muertes. Se abrazaron por un largo minuto, se dieron un piquito sin ninguna timidez inoportuna que viniese a arruinarles la fiesta y se miraron todo cuanto pudieron mientras ella tropezaba su camino a la sala de embarque. Riggan pagó el café que había consumido, tomó su bolso de mano en el que por las prisas había metido medias desiguales, poleras sucias y una chaqueta ajena cuando aquella misma mañana hizo el equipaje para viajar a enterrar a numerosos parientes muertos.

Martín dedicó la hora que tenía para matar en un paseo pausado por el mármol del aeropuerto, ignorando los colores de las paredes y notando vestidos rosados con puntos negros  que hacían vistosas unas piernas por demás normales, poleras sencillas y muy usadas que daban un aire romántico a mochileros demacrados; Martín marchaba contagiándose del embelesamiento general de la gente, recordando a Claudia, añorando a Alejandra, ignorando a los muertos, confortablemente adormecido en las risas fáciles, los silbidos coquetos, las miradas pícaras, las voces eufóricas, el sonido del caminar tierno de los niños, la venerabilidad con que se quejaban los ancianos y la eficacia de los empleados, quienes se sorprendían a sí mismos con lo bien que iba todo, incapaces de siquiera pensar que algo podía salir mal.

La tristeza retornó a Martín Riggan cuando faltaba media hora para la salida de su vuelo, al que esperaba en la misma sala de embarque en la que hacía apenas una hora estaba Claudia Márquez, toda sonriente y expectante del futuro. La belleza seguía alborotando los ánimos de las almas que ese día estuvieron en ese aeropuerto y que no desaparecería hasta mucho más tarde, por la noche, cuando unos nubarrones repentinos, no predichos por ciencia o magia alguna, empezaron a formarse en un cielo que permaneció gris durante todo el transcurso de aquella jornada de beldad. Riggan abandonó todo pensamiento grato, o no grato, y con mucha dificultad apartó su mente de lo bello, a sabiendas que pronto enfrentaría tareas tristes y difíciles. Escuchó el llamado al embarque en los parlantes de la sala y dedicando pensamientos cariñosos a Alejandra Borzueta, antelando el paisaje maravilloso de las nubes como una tierra encima de la tierra, abordó el mismo avión que por la noche, gracias a la violenta fuerza de una súbita y negra tormenta, se estrellaría contra la imponente terminal que albergó tanta belleza en un solo día, matando a muchos que apenas notaron sus muertes, muertos en vida por las maravillosas sensaciones que causaba la contemplación de lo sublime.