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(atrapado en una multitud sudorosa esperando a los Strokes durante una noche calurosa en Santiago de Chile)

Quiero un solo segundo sin tormento. Para poder perderme en tonos agradables y tararear canciones sin pensar en nada ni que nadie se acuerde de mí. Quisiera estar en paz con la tierra y el aire y así dedicarme a aprender a respirar sin necesidad de mis pulmones, o aprender a hablar con el cerebro apagado. Confieso que me deleito con el primer bocado de cada comida y la sensación  de un estómago lleno me hace sentir del mismo modo que de seguro se siente la gente que disfruta bailar. Me gusta escucharte hablar en esos tus tonitos tan propios de ti, la voz que nadie más que tú usa y los ojos entornados como globo perdiéndose en la vasta maravillosidad del cielo, ese océano que no nos empapa. Me hace feliz cantar con toda el alma y perderme en esos mis gritos de angustias, que a lo mejor son hasta tontas pero que son tan mías que nadie más entiende a la perfección suficiente como para divertirse con ellas.

Odio varias cosas pero me encanta odiarlas, mirarlas desde arriba y creer que puedo despreciarlas tal como yo a ellas puedo importarles muy poco. Cuando me deprimo vuelvo a tener 16 años, en esos tiempos en que me perseguía lo inevitable de la muerte y guardaba toda mi furia que de todas formas salía a borbotones pese a la represión a la que la sometía; quizá por eso es que adoro la percusión en casi cualquier canción, pues la rabia reprimida sale mejor pretendiendo que golpeas con las baquetas esa enorme batería imaginaria. Detesto al olvido, porque hacia allí todos nos dirigimos y por lo mismo me gusta sentirte encima mio, o a lado, debajo, desnudos, vestidos, virtuales, tú elige, pues en mi subjetividad son momentos infinitos en que miramos al cielo púrpura y recordamos que un día vendrá alguien más joven que nosotros a enseñarnos a mirar lo que hoy nadie puede ver. Y es jodido porque ese día llegará mientras yo te espero con esta impaciencia que detesto con la misma intensidad que la mantiene nutrida y que tantos sinsabores me ha traído. Me gusta lo intenso ¿qué puedo decir? Me hace sentir vivo, me acerca a ese límite mortífero que otros encuentran en el vértigo o la adrenalina.

Prefiero a los perros que a los gatos , y eso que los gatos son bastante importantes en esa alegoría odiosa de mi corazón. Adoro mi flojera pero me quita muchas oportunidades de robarle vida al tiempo, lo cual me deja con la misma sensación de recordar a mis muertos, esos amores agridulces que un día fueron  pero que ya no pueden ser más. Adoro mirar la luna y extraño a todas mis mascotas y, de nuevo, a mis muertos, tanto los que se marcharon al olvido como los que todavía respiran. También adoro los atardeceres, la noche, el frío y la luz del sol a las 9 de la mañana. Tengo un fetiche por la imagen y los colores intensos y me presto la música para expresar lo que siento, tal como me valgo de series y películas para escapar a una ficción ajena a la mía y así no pensar mucho en ese yo que tanto me aburre a ratos por el excesivo tiempo que pasamos juntos. Me gustan tus ojos y la forma que sonríes con ellos, me gusta que cuides a la gente y que entiendas que yo también tengo a mis amigos y amigas a los que amo más de lo que imaginamos. Me encanta hablarle a los perros porque no tengo que mentirles, porque no entienden y solo sienten, y si entienden pues yo no lo entiendo y estoy bien con ello. Soy capaz de callarlo todo pero también de hablar hasta lo que menos me conviene. Y por eso me matan los silencios, porque tiendo a ser muy partícipe de ellos.

El momento en que menos existo pero más vivo es cuando me pierdo en escribir. Para mí es jugar a ser dios saliendo de mi ficción, o más bien expandiéndola hacia allá donde se pierde la humanidad, el reino de lo incomprensible, esos lugares en que lo que me gusta no es mas que otro parpadeo momentáneo en un perpetuo donde nada dura. Me gustan las cosas que me hacen mal pero le tengo miedo a morir, me molesta lo excesivamente normal que soy pero me encantan los giros oscuros que mi mente puede dar, esos pensamientos a los que pocos se animan a entregarse por alguna suerte de sentido moral o, peor, sentido común. Me gustaría que estés acá y contigo un tropel de las personas que más quiero, todos riendo y comiendo y actuando como hobbits y yo a un lado fumándome mi pipa mientras me pierdo en las formas del humo contra el cielo del anochecer y los débiles resplandores de la sombralunar mientras te ansío cerca y no tengo más que pararme para estarlo. Y de la misma manera podría reírme de idioteces con mis amigos y escuchar sus sufrimientos angustiándome por tratar darles de mi querer porque eso igual me gusta, aunque suene peculiar. Añado que amo a mi madre y a mi padre, amo a mis primas menores y a mi gata. A los demás o los quiero o se han dejado olvidar. Muertos vivientes, ya lo dije.

Me intimida la gente linda pero me gusta mirarlos y mirarlas, preguntarme qué sucede detrás de sus miradas, sus rostros bellos, sus cuerpos irreales y me es muy molesto cuando descubro que son feos por dentro. Arruinan el momento. Y eso es porque a veces verlos es como mirar los colores de un atardecer, los ojos de un perro o un paisaje iluminado de una manera precisa, es mi forma de homenajear a ese momento llamado estética, la apreciación de la belleza momentánea que se pierde en el fluir del tiempo. Ese tiempo que nos consume, que se lleva nuestra salud o nuestra belleza y la transforma en otro tipo de belleza, o que nos amarga, nos ve intentar hacernos felices, darle un sentido a ese fluir eterno del que nadie escapa, nos ve fallar y escucha como algunos llegan a culparlo de nuestra irrelevancia en la existencia mientras algunos otros tratamos de sonreír con el poco sentido que podemos procurarnos. Así que admito que no me gusta la poesía pero sé reconocer a un buen poeta cuando me golpea en el rostro con sus versos, pero ni a golpes comprendo a los que les gusta el cine de terror o el picante. En cambio me saco el sombrero imaginario por aquella gente que baila y cocina, me embeleso con las voces bellas y las actitudes positivas pero tímidas en su optimismo. Quizá porque soy más de gente fatalista, pesimistas o, mejor aun, absurdistas que sepan que nada de esto tiene el más mínimo sentido y que solo podemos mirar a donde sea que queramos y creer lo que mejor le vaya a nuestros vacíos.

Me pregunto cual será el comienzo del olvido. Lo hago mientras noto que me gustas más y más, aceptando que quizá lo nuestro no sea más que otro parpadeo en la eternidad o, lo que es peor, un parpadeo en nuestras vidas. Me consuelo respirando y recordando que, por ahora, no existe otra cosa más que este presente en el que no quiero dejar de mirarte. Entonces me loqueo y escribo, escucho canciones que hablan acerca lo que consume a mi alma en silencio, me pudro en rutinas de no alarm and no surprises hasta que rompo con lo mundano y me escapo a algún viaje hacia cualquier tipo de lejanía donde siempre termino por encontrarme porque no me puedo dejar en paz. Y, de nuevo, despierto entre la gente que amo y la que odio, los que no tienen importancia y los que sí, me exprimo los sesos y les doy valor, los dejo poblarme sin envenenarme y retorno a disfrutar en ese momento en que admito que siempre he preferido la soledad, aun si la alternativa no me suena mal.

Soy una sombra camuflada en la oscuridad de estos parajes desolados, un ruido enfermizo esperando su chance para romper el silencio con estas ganas enfermas de lastimarlo que le tengo. Soy una bestia salvaje agazapada en un rincón de este ambiente frío y húmedo que solo puede ser el resultado de algún clima adverso amenazando a este pequeño pueblo, pero vanamente pues no hay desastre natural que se iguale a lo que ya devino, la calamidad mayor y el pesar eterno que dejarán los lamentos de esta mortandad. Los cráneos rotos, las tripas brillosas, los ríos carmesí por las calles vacías y silenciosas. Es un espectáculo, no quiero confusiones, me esforcé mucho en que esto tenga una estética, una de esas que los pervertidos, los místicos, hípsters y hasta poseros verían por internet y calificarían de subversiva, incluso para los más gore del público morboso que se bebe esta clase de escena como un sediento se afana del agua.

Así lo he planificado y ha salido perfecto. Un atardecer sangrante con brillos naranjas dominan un cielo que exhibe nubes solamente en sus contornos, mismas que delatan a la lluvia que eventualmente llegará a lavar la delicia carmesí que he creado. Este pueblo, entre blanco y café con leche, ha sido usado como canvas de una pintura. Las calles empedradas fluyen dinámicas gracias a las emanaciones de sangre que por ellas corren en distintas direcciones y sentidos, a veces chocando afluentes, a ratos creando lagunillas preciosas e inertes, sin ninguna vibración, como para que contrasten con el movimiento constante de los ríos oscuros que le dan dinámica a mi cuadro ¿puede algo movedizo ser un cuadro? En este caso sí, no solo porque mi cuadro tiene esa vida entre las piedras, sino porque también funciona desde varias perspectivas con sus ornamentos que la delimitan a esas formas geométricas que tanto fascinan a la gente y para las que he usado de todo. Dientes, cabellos, ojos, intestinos, riñones, uñas, cuerpos enteros y desnudos cuyas pieles crean una paleta de colores tan humanos y asombrosos en equipo con todos esos miembros cercenados, que solo me queda agradecer a cualquiera sea el dios verdadero por estas condiciones climáticas que propiciaron el color del atardecer y también trajeron esta falta de viento, este frío ligero que haría temblar a estos pueblerinos si les quedara vida en sus ojos para experimentar las maravillas del temor al clima.

Los huesos han servido como los contornos del gran dibujo que he diseñado mil veces en arena, en crayones, al óleo, en computador, el diseño que me fascina y me atrapa, que nunca ha bastado y siempre he sentido incompleto, al menos hasta que el contorno de fémures, húmeros, costillas, tibias, radios, peronés, vertebras, clavículas, falanges y kilómetros de intestinos gruesos y delgados terminaron de dibujar el complicado diseño de formas atípicas e interconectadas que representan una de esas ideas que solo las personas complejas y profundas comprendemos y que la gente más sencilla suele mirar con falso respeto o sincero desprecio. Un diseño que ha exigido que mi sierra y cuchillo trabajasen arduamente para cerrar las pequeñas partes de un todo que algunos sabrán apreciar desde el lado espiritual y otros del estético, ese lado tan falto de moral.

El interior humano es más rico en contrastes de lo que jamás imaginé. Al principio pensé que serían colores oscuros y rojizos, pero a medida que mis uñas escarbaban en los cuerpos inertes de toda esta gente fui descubriendo rosado, café, beige, blancos grisáceos, turquesa y diferentes matices de negro que al ser mezclados con la tierra, el pasto, el concreto de las veredas, el mostaza de algunas paredes y el blanco de otras, además del color de la madera en los árboles y los arcaicos postes de luz han dado una gama muy variopinta y preciosa a lo que he adornado con el manejo de las luces artificiales y la mencionada luz natural que tanto ha contribuido a esta expresión de mi alma.

A nadie le importarán estas personas. Ni siquiera investigarán quién los mató y destripó y regó por todo el que fuera antes un pueblo vivo y movedizo, habitado por gente que se conocían bien los unos a los otros, sumergidos en una rutina que apuesto adoraban con cada fibra de sus simplonas existencias. Ni siquiera miraran dos veces hacia los horrores que sus ojos ignorantes verán en el reguero de cadáveres y dudo que nadie se dé la molestia de llegar hasta este rincón olvidado con un helicóptero para ver el gran cuadro que he creado. No importa. “De verdad, que no” le afirmó al aire mientras me bañó en el río para sacarme del cuerpo los gajes del oficio de pintor y veo la estela de la pira incendiaria que corona mi creación con su brillo azul y naranja, efecto de los materiales con que fabrican toda la ropa que usé para alimentar las flamas y que generarán el humo que alertará a las autoridades del pueblo más próximo a que enfrenten esta leve desestructuración de sus realidades, apelando al orden paupérrimo que brindan las autoridades. Calculo que llegarán en el zénit de mi cuadro, cuando el humo negro de mi pira naranja se eleve en el cielo pintado de ese azul blanquecino del anochecer, las luces de los postes que no destruí harán juego con la del sol moribundo y las pocas estrellas tempraneras estarán jugando con los matices humanos, internos y externos, acomodados con primor. Los más inteligentes podrán adivinar los métodos utilizados, quizá verán más allá que los ojos necios y sabrán reconocer la obra de un solo par de manos y no tomarán el camino fácil de achacarle todo a un ejército de psicópatas. Porque eso dirán de mí, que soy un psicópata y yo reiré en el anonimato, dejando ir este momento poco a poco hasta que no quede memoria.

Empecé mi año viniéndome dentro la esposa de uno de mis mejores amigos, de ahí en adelante todo fue cuesta abajo. No diré que no me moría de ganas de meterme entre sus piernas, pero tampoco quería dejar posibles evidencias que señalaran mi total e inequívoca culpa en todo el asunto. Soy de esos que lanzan la primera piedra y con la misma mano niega haberlo hecho, solo para poder lanzar un par de piedras más. Señoras y señores, soy el único culpable de mi propia autodestrucción. Si de pronto me abandoné al orgasmo fue más por susto que por saña, cuando los fuegos artificiales que anunciaban el nuevo año me sorprendieron intentando retrasar mi corrida pensando en cosas aburridas como las matemáticas, ir a la iglesia o las resacas que le siguen a toda borrachera; tarea difícil cuando todo me excitaba tanto. Supongo que lo necesitaba. No. Lo necesitábamos. Todo, pues. El encuentro fortuito, la excusa de la festividad, la ausencia no solo del marido sino de las preguntas, la ilusión de que el mundo no es una jungla, el whisky, el singani, la cerveza y el fernet, la presencia de otros, cómplices de los albores de nuestro pecado, además de la mota redentora, patrocinadora de charlas diferentes y sensaciones más profundas que en un punto nos evidenciaron como coquetos culpables de querer hacer algo perverso con nuestras vidas. Finalmente estábamos haciendo algo para no sentirnos tan dentro del pozo de mierda en el que jurábamos que estábamos. Ella frustrada por un matrimonio difícil, por un rato liberada del bebé que le robaba la juventud, yo en lo más bajo de un autocompadecimiento injustificado por la muerte de mi madre que no lograba sacudirme ni con las verdades más crudas siendo dichas en mi cara. Me dolía el pasado, me dolía que la gente se alejase o que muriese o, peor aún, que quedasen muertos en vida. Me sentía una piltrafa humana incapaz de nada y temeroso de todo. Ella también, pero de otro modo, uno que yo no alcanzo a entender pero que intuyo terrible y difícil de aguantar, aunque al final ¿qué clase de sufrimiento capaz de dejarte muerto en vida es fácil de soportar?

No era fea, al contrario, era de esas guapas que han perdido lustre a fuerza de una rutina que no supo controlar. Tenía veintitrés cuando tuvo a su hijo y no supo bien en qué momento terminó casada, cada vez reconociendo menos al novio en el esposo, ansiosa de ser notada pero apenas pudiendo encontrar su golosa belleza en el espejo donde una mujer cansada le devolvía la mirada. Aquella era su noche, no la mía. Los tragos, los otros presentes, la mota fueron las excusas que se fue consiguiendo para hacer caso a un juego de miradas que ya teníamos instalado en nuestras interacciones desde hacía rato y aquella era, justamente, nuestra chance de medir la profundidad del pozo con ambas piernas. Yo buscaba morir, ella sentirse viva, yo quería terminar de condenarme y ella solo deseaba darse una chance más. Desnudos en la cama matrimonial, la ventana semi abierta nos traía los nada silenciosos rumores de una noche de año nuevo, la penumbra del cuarto se compensaba con el brillo lunar que parecía inundarlo, en el suelo estaban nuestras ropas encima los juguetes que su hijo dejaba regados por doquier, las puertas abiertas del armario mostraban la ropa del matrimonio mezclada en lo que solo podía ser una fuente de constante discusión, y desde la cómoda me miraba una foto de ella con esposo e hijo en un parque, los tres sonriendo ampliamente y yo sudado y jadeando que miraba esa foto y me preguntaba cuánto de esas sonrisas era real. Aquella sonrisa paupérrima nada tenía que ver con la sonrisota que plantó antes, durante y después del coito, ni con la simpleza con que me dijo “que no se haga costumbre, pero de vez en cuando no estaría mal”.

De acuerdo. La corrida dentro no fue tanto un accidente como un “dejarse-llevar”. Ya lo dije, estaba buscando destruirme la vida porque no podía tolerar que las cosas tengan un final. Suena estúpido y de repente lo es, no lo sé. Poco me importaba que mi sufrimiento estuviese justificado, lo único que parecía importar era que ese sufrir era mío  y a los demás no les tocaba sentir lo que yo siento. Contaminado de una miseria rencorosa, anidada por años en mis delirios donde maldecía la negligencia de mi familia después que murió mi mamá, me metí a seducir a la esposa de mi amigo para quemar las últimas naves que me quedaban. Nunca esperé que me siguiera el juego, aun menos que lo llevase a otro nivel. Si yo le robé el primer beso, ella me robó los siguientes veinticuatro, si le besaba el cuello, ella me arrancaba la ropa y ya con el mero entusiasmo se ganaba los puntos que en secreto solemos dar. Para cuando mi osadía solo alcanzó a poner una mano en su muslo, la de ella me contagió hasta que de mí vino la iniciativa de penetrar. Y lo digo así de crudo no para provocar escarnio ni motivar a los histriónicos a indignarse por cualquier motivo que alcancen a inventar, en esa su intención chueca de cubrir sus propios ascos. Lo digo así porque eso es lo que yo quería: penetrarla sin limitarme a lo carnal. Como dije, era una guapa sin lustre pero guapa de verdad. Ya sus ojos me llamaron desde un inicio, el día que la conocí, pero sus otras partes las fui notando a lo largo de los años hasta ese momento en que la vi como una preciosa región extranjera que yo ansiaba conocer y explorar. Notarlo logró que algo más que mi hombría se levantara, algo que no es difícil de nombrar pero sí de explicar. Era como un empujón, un vértigo fascinante que de seguro sintieron los herejes al morir gritando su verdad. No estaba exento de culpa ese algo, ni se olvidaba de mi deseo de autoperjuicio primordial, pero tenía una cosa más que conocía de antes pero que no alcancé a calcular. Ni bien estuvimos enredados en besos, abrazos, caricias y jadeos, noté como ella se mordía los labios al pedirme que ya de una vez entrase con un tono y una cara que me pusieron más duro de lo que jamás pensé que podía estar, y en ese instante mágico hizo contacto nuestra genitalia y ¡voilá! Que me descubro no sólo tirando con quien no debía sino disfrutando del placer con que ella se conducía, que ya al final es lo que más me convenció. El olvido absoluto de todo lo que estuviese “más-allá” de nuestro momento procaz. Gemía, cabalgaba, elevaba las piernas, sudaba pero no me dejaba alejarme del calor del abrazo que nos unía, ponía expresiones, además, que me volvían loco. Una sucesión de micro expresiones, en realidad, que empezaban en la sorpresa, se transformaban en arrepentimiento, seguidos por una mueca de dolor, otra de placer, de ahí su rostro mostraba la inefable cara del placer doloroso, el rostro de la calma tras la revancha y, solo entonces, volvía a la sorpresa como si nunca se hubiese movido de aquella expresión tan bien ornamentada por sus ojos grandes y azules que le daban candorosidad a un momento que lo era todo menos candoroso. Y me gustaba tanto que  quería más, no solo del placer enorme que me estaba brindando sino de la sensación triunfadora de estar reviviendo a una muerta desahuciada, la inevitable impresión de estar haciendo algo bueno mediante algo ruin y, claro, la ironía y colmo de mal villano que termina salvando a la humanidad. Se sentía bien, no puedo negarlo y hasta me entran tentaciones estúpidas de describir cada etapa de mi placer…pero ya para qué, no tiene mucho sentido. El punto es que aquel bienestar momentáneo me daba excusas para creer en algo de redención. Quería yo quemar las naves pero nunca había pedido el milagro de una isla para ir a naufragar. No deseaba salvarme o esconder mi condición canalla, ni quería excusas para sentirme bien, solo ansiaba que alguien me terminase de crucificar. También por eso le dije que no tenía condones y ni siquiera pedí disculpas cuando descargué a mis probables hijos dentro suyo, solo seguí hasta que descargué muchos más, motivado por este bien que, sin querer, le hacía y este mal que yo, muy a propósito, me deseaba causar.

Aun sacudido por el shock de esa sensación misteriosa me largué a caminar por la ciudad, sin rumbo ni objetivo. Mi entrepierna se sentía especial, mis dedos olían a su sexo, tenía el sabor de su saliva en mi boca y aun temblaba ligeramente de la sensación dejada por el orgasmo y los recuerdos de esa intensa madrugada. Ni ella ni yo nos recuperábamos de inmediato, sino que nos tardábamos lo necesario en disfrutar el reencuentro con el placer. Había algo renovador en mancillar algo tan puro, algo fresco en creerla ingenua y sentirme el maldito que le venía a arruinar el candor. De pronto me sentía vivo y aun más porque se notaba que a ella no le molestaba mi mal llamada conquista de su inocencia. Vivificar era la palabra precisa de lo que yo quise hacer por ella y que ella terminó haciendo por mí. Nos vivificó a los dos con su osadía de frustrada y hasta me ayudó a darme cuenta que también mientras uno muere puede atreverse a vivir un poquito más. Se sentía bien eso de haber logrado que haya menos mierda en el pozo de otra persona, más todavía porque entre las ganancias estaba mi placer tanto físico como mental, en un trato en el que pensé que lo único que ganaría sería abandonarme a la villanía y ya de plano mandar al garete todo aquel intento de redención que pudiese elucubrar. Lo cierto es que me convencí de su candor solo para recordarme que todo eso estaba mal y no perder el rumbo hacía la muerte, el destino final. Pero soy un mal suicida, me perdono antes de saltar, me da un hambre tremenda cuando estoy por disparar el caño en mi sien y hasta me enamoro cuando la horca ya está ejerciendo presión en mi garganta. Claro que, no me enamoré de ella, ni ella de mí, tampoco quedó embarazada de ningún hijo mío. Supongo que cuento todo esto porque creo que sin ello nada de lo demás hubiese sido posible. No olvidemos que estaba cuesta abajo y que ninguna cogida, por magnifica que sea, cura todos los males, mucho menos soluciona problemas. Si por un rato había podido escapar a un lugar maravilloso, la realidad empezaba a perseguirme con todo y hedor. El paso de las semanas no trajo nada más que los mismos problemas y los mismos dolores repitiéndose, con breves escapes morbosos donde me jodía un poquito la vida de la forma que pudiese, más que nada rondando antros y otros calurosos hogares putativos, silencioso reviviendo la gloria de aquella vivificación que le devolvía frescura a mi cuerpo. No había vuelto a ver a la esposa de mi amigo pero ganas no me faltaban de repetir esa combinación de suplicio culposo que se goza a sí mismo y hasta se cree salvador. ¿No es culpa de él por no hacerla feliz? ¿No es santo quien cura el sufrimiento aunque sea por un rato? ¿Qué no un tango lo bailan dos? ¿Cuál quería ser yo, entonces? ¿El bailarín? ¿La bailarina? ¿El fisgón? Con preguntas parecidas intentaba justificarme nuevas visitas cuando, en los baños de un bar medianamente decente, me topé con una gótica de venas bien abiertas y tirada sobre un retrete desde donde abandonaría la mortalidad.

No puedo explicar lo que hice, no puedo explicar nada en realidad. Mi primer instinto fue el de cubrirla con mi abrigo, el segundo fue el de jalarla fuera del lugar. Sin correr ni apurarla, ir casi con calma, sosteniéndola del brazo para que no se cayese, dejando un rastro de sangre en el camino al hospital, dándole instrucciones que ella cumplía mansamente, quizá un poquito más allá que acá, y disfrutando del modo en que eso resultaba atractivo para mí ¿qué mejor vivificación que la que, de paso, evita que la afectada se mude para el otro lado? Le pregunté su nombre mientras caminábamos y murmuró Alicia, le pregunté su edad y me agradó enterarme que teníamos la misma edad pues, al final, nos gusta saber que alguien más está en el agujero a las mismas alturas de la vida que tú. Consuelo de tontos pero consuelo al final, y es que en situaciones como las nuestras cualquier consuelo es oasis. “Si los suicidas dan el último paso”, le dije mientras caminábamos al hospital, “es porque ya perdieron la perspectiva de cualquier consuelo, no les alcanzó la creatividad para ver una salida” y ella me observaba desde su obvia convalecencia con una mirada que, debo admitirlo, me ayudaba a respirar. Tenía aspecto de camorrera derrotada, de reina en exilio, de junkie emputecida y acabada, sin otra esperanza que de una vez irse a donde ninguno de nosotros la juzguemos ¿qué hacía yo vistiéndome de salvador de lo que, a todas luces, parecía un caso perdido? ¿la salvaba de un posible desfavorable juicio divino o me agenciaba puntos con cualquier dios en las alturas? No parecía, ella, una persona sencilla, pese a que la primera impresión era el juego oximorónico entre su aspecto tierno y su estilo gótico que le daba aires sensuales. Ahora que lo pienso, parecía un dibujo de Dean Yeagle. Las proporciones, las expresiones, hasta por las situaciones en las que se metía. Le faltaba el pelo rubio y el schnauzer tierno que propicia el accidente sensual pero inocentón. No podía evitar mirarle las piernas enmalladas, el corsé que apretaba la generosidad de su pecho, el negro intensificando el color de su piel y el de sus ojos ¿qué clase de salvador considera a una casi muerta como posible tire de una noche? ¿los puntos ganados por la buena obra alcanzaban a compensar los perdidos por los puros malos pensamientos? ¿es más pecado actuar que pensar, o ya desde el pensamiento estás condenado? No me fue difícil decir que yo era su primo hermano, ni siquiera me pidieron identificaciones, de pronto ya tenía permiso para quedarme en el cuarto que compartía con una viejita loca y un señor con quemaduras de cuerda en su irritado cuello, todos internos de un destartalado hospital. Eran compañeros de cuarto discretos por el día, inmersos en silencios imposibles que Alicia ni yo podíamos soportar, pero que agradecíamos porque camuflaban con su estruendo el propio del silencio que había entre ella y yo. Por las noches era otra cosa, si al principio pensé en la noche como el único momento donde podía pasarla dormido, evitando el angustiante silencio cómplice de no explicarnos qué hacía cada uno todavía acá, tanto la viejita con sus gritos roncos y agudos pidiendo que la dejen escapar, como los sollozos desgarradores que el don ese quería atenuar con la almohada, nos quitaron el sueño y pronto las noches se volvieron el escenario de charlas incómodas que intentaban no hablar de nada que no fuese superficial.

¿Qué tantas cosas nos perderemos por sucumbir a la tensión sexual y qué tantas otras perderíamos si no existiese tal cosa? De nuestro primer encuentro me llamaron más sus ojos moribundos que la sangre sobre los azulejos, y más me detuve a disfrutar del fetiche de sus ropas de gótica que a preocuparme de su fuga suicida o de estar en la rara situación de poder ser el testigo de un estertor. Creo que lo que me movió, y lo que tardé una semana de silencios en el hospital para confesar, fue que si la salvé era porque en medio de su agonía y desesperación tuvo el humor suficiente de mirarme a los ojos y decirme “¿qué quieres, buitre? ¿No vas a esperar a que me muera antes de penetrar?” con una sonrisa irónica y hasta trágica que me hizo excitar. Algo de mística hubo en que dijese “penetrar”, algo que me hizo querer creer en el destino por la rara coincidencia de que supiese justo la palabra tan pensada mientras traicionaba la confianza de mi amigo, incluso me fascinaba que hubiera reconocido al carroñero en mí sin mayor problema en semejante situación. Era el destino, pues ¿qué otra cosa podía ser? Cuando al fin se lo dije sonrió y me dijo que me podía quedar y, bueno, ¿ya para que pelearla si hasta mi instinto me empujaba hacia allá? Ni modo que niegue mi naturaleza mal agüera, o tenga reparos cuando igual yo me pensaba matar. Hay que ser buitre nomás.

Desde ese momento empecé a notar otras cosas. De pronto los silencios matutinos y el infierno de las noches en el hospital se convirtieron en un remanso de confidencias que Alicia y yo, de un momento a otro, comenzamos a disfrutar. No nos decíamos nada importante, solo anécdotas tontas como la primera vez que bebimos, nuestros colores favoritos y otras idioteces como nombres de nuestros primeros y últimos todo, intentos muy pobres de describir sabores sin usar los adjetivos usuales o largas y detalladas descripciones de nuestros paisajes favoritos. Creo que estábamos buscando los extremos históricos de momentos memorables, la clase de preguntas que un suicida le hace otro para enterarse de los pequeños consuelos con que alimenta sus excusas para quedarse un cacho más. Fue así que descubrí que el mérito del salvador no está en llegar para arreglar el día, sino en saber cuándo hacerlo. Alicia tenía otro montón de problemas en su propia vida, que yo no alcanzaba a intuir. Una historia complicada, llena de excusas válidas para sentirse mal, aun si según ella lo que le dolía era que nada de la terrible tragedia que asolaba a su familia la lastimase de verdad. Un accidente de avión, un aterrizaje forzoso, un par de fierros fuera la garganta de papá, hermano, hermana, tíos, primos, y hasta una de las abuelas. Una tragedia griega, un festival de lágrimas donde sólo faltó que todos se tirasen a los féretros para que el asunto adquiera más melodramatismo y de una vez enterrar a la familia apestada con el hado maldito de mortandad. En todo caso, más de lo que Alicia estaba dispuesta a soportar. Lo que me dijo que le jodía era que de pronto su desgracia ya no era privada sino que estaba en todas partes y a la vista de los demás. Incuso yo recordé que había leído algo sobre la tragedia de los Saenz Valdivia; las muertes trágicas, la viuda inconsolable, las dos hijas que quedaban, una muy infanta, la otra Alicia, los lamentos por la muerte de tan magnifico empresario como fue el padre y el pronto cobro de deudas que dejaron a los Saenz Valdivia sin propiedad privada donde morirse, todavía debiendo, además, un poco por las deudas secretas del padre y otro poco gracias a todos los fastuosos entierros que quizá nunca alcanzarían a pagar. “Jamás entierres a un muerto con lujo” me repitió con asco en el rostro, Alicia, mientras la viejita gritaba “háganme caso, por favor” con tono entre caprichoso y asustado. La luz naranja apenas iluminaba las penumbras, poco se podía ver de las sonrisas tenues de Alicia pero desde ya supe que por esa pata coja era que la llegaría a atrapar, si quería vivificarla tenía que ocuparme de esa herida gangrenada que ella se negaba a mirar, ser el único responsable de apretarle sus pústulas, tragarme su pus y así convencerla que yo era un buen carroñero, que tras comérmela la iba a resucitar, no como todos esos abogados y cobradores que enloquecieron a su madre y le robaron porvenir a la hermana infanta que no veía hacía meses y de la que no quería hablar.

No quería hablar de nada, en realidad. Parecía que solo deseaba sufrir en silencio y sin que nadie la molestase. Excepto yo, no tanto porque lo permitiera ella como porque me lo permitía yo. Si me distraía en considerar sus opiniones era porque estaba buscando la mejor forma de vulnerarla. Su empecinado silencio me enseñó que provocar a que se enojen de inicio es un lindo atajo para resolver las cosas de una buena vez y que nada es mejor que los roces como para hacerle recuerdo a alguien de que todavía vive. Hay que recordarle a la muerta en vida que sus huesos aún tienen algo de qué temblar y si Alicia se empecinaba en mantenerme carroñeando pero nunca consumiendo de su carne, pues de alguna forma tenía que intentar yo vivificarla. No mentía cuando dije que me traía loco la sensación esa que le dejaba a uno vivificar de cualquier forma, aunque tampoco mentiré en eso y lo diré de lleno: me la quería tirar. Nada más.

Otros, la mayoría, mirarían con malos ojos ese brote de sinceridad, la simpleza con que uno puede admitir querer tirarse a la deprimida suicida que ha sufrido un trauma de esos fuertes. Ella no. Supongo que encontraba novedosa la sinceridad, por lo que me enteré después supe que había crecido en la Florida entre tipos pijos y jailones, poco enterada de la existencia de otros barrios más humildes y con menos propensión a consumir caviar. La muerte del padre había sido un duro despertar para quien se pensaba intocable en una vida perfecta en la que nunca nada le iba a faltar. No creo que entonces pensase eso, pero vaya que lo pensaba mientras estuvimos en el hospital. Y así, en silencio, me fui armando de todos los argumentos y estocadas que necesitaría darle para resucitarla en mi cama y no volverla a llamar. Me gustaba el drama pero tampoco me gustaba tanto, además que estaba ocupado en destruir mi propia vida como para ayudar a reconstruir la vida de alguien que no se atrevía a volver a respirar. Lo mío era distinto, no solo era algo químico que me tenía perpetuamente en riesgo de depresión sino que ya no pretendía esconderme de mis problemas al ignorarlos, el plan ahora era dejar que los problemas cayeran bajo su propio peso, que me arruinen de una vez para asentarme en el fondo del agujero y ya no saber nada más. Los ratos que no estaba en el hospital me los pasaba visitando a cada persona que conocía y les decía la verdad, mi verdad, acerca sus vidas. No siempre era linda la reacción y cuando lo era, y la que reaccionaba era mujer, aprovechaba para robarle unas horas en sus camas sin importar su estado civil o anímico, como para echarle más leña a mi pira funeraria que insistía en edificar. Qué me importaba si al final esos encuentros eran mis últimas cenas antes de rendirme al abismo de la tristeza y la soledad. Ya no tenía dinero para comprar mis antidepresivos, les robaba comida a mis confrontados o los abandonaba en el restaurant del encuentro sin dejar más que unos simbólicos 5 bs. para la cuenta. No bebía pero me fumaba para no pensar tanto y para que toda sensación fuese más intensa todavía. Esto último lo sabía Alicia, no todo lo demás. Del resto se enteró por casualidad cuando me encontré con una de mis vivificadas mientras mudábamos las pocas cosas de Alicia a un nuevo departamento que había logrado alquilar. Tampoco podía decirse que estuviese muy interesada en mi vida, para ella yo era el basurero emocional donde podía verter su dolor, el amable desconocido al que le cuentas tu vida porque presientes algo de tu desgracia en sus gestos, sus palabras y acciones. Según ella jamás me la iba a tirar, según yo no hay mentira bien lanzada que no pueda derrumbar una verdad.

Hay cierto perdón en mandarse un lindo gesto antes, o después, de haber hecho lo peor. Como para perdonarse a sí mismo por lo no tan malo que al final uno fue. Con Alicia empecé suave pero pronto el “pinche emo glorificada” no alcanzaba a generar lo que obtenía del “huerfanita de cuervo de ala rota”. Eran insultos que parecían amigables, como los que hace alguien torpe o desubicado, pero yo los pensaba mucho antes de decirlos. Uno de esos insultos bien construido significaba una diferencia enorme en el humor de Alicia. No era lo mismo tenerla rabiosa por la noche y lista para estallar, azuzada por todo un día de los insultos más sutiles y perversos que se me podían ocurrir, comparado al de una Alicia que se la había pasado sola y atrapada en las mismas miserias que un día la alejaron de la vida esa donde se creía feliz. Cada nuevo insulto, apodo y calumnia que yo decía de su familia la volvían loca y día a día perdía el pudor de golpearme, escupirme, arañarme, gritarme cada vez con más intensidad. Solo lloraba cuando me pasaba de la raya, lo cual para ser justos no fue tanto como uno esperaría de los límites de una heredera mimada. Y ahí estaba el detalle, en darle una excusa para salir de su abulia, obligarla a canalizar el odio y la rabia en un solo lugar, en alguien que no fuera ella. Me consta que le ayudaban nuestras charlas post-pleito, cuando nos sentábamos en su mugre sillón y nos fumábamos un cigarrillo, felices de todo el caos de nuestros gritos, lapos, salivazos y otros horrores de los matrimonios más desahuciados que nosotros parecíamos disfrutar.

Para mí planificar esas peleas era una delicia, pero vivirlas era, digamos, otra realidad. Terminaba uno rendido, con un placer de arrogante y el desmayo del descanso tras la maratón. Según Alicia era como la macurca, un dolor repudiado pero en secreto disfrutado, “casi como un masoquismo” decía y se ponía a saltar balando como borrega alrededor mío y tanto esa opinión como aquel gesto eran muy buenas noticias para mí, pues me confirmaba que por muy agotador que fuera iba a valer la pena, después de todo solo un cordero de verdad vulnerable y culposo pondrá su propio cuello al alcance del cuchillo y ni modo que al anunciarme carroñero no cumpla con esa precisa función. Verla cada vez más en contacto con su dolor me garantizaba que cualquiera de estos días la pudiese tener pandeándose debajo de mí, con una sicalíptica mirada suya clavada en mis ojos, en mi cuerpo, en donde fuera mientras se tratase de mí. Y esa ilusión valía mucho, entonces, porque me ayudaba a escapar de mi otra realidad. No quise decirlo antes, porque esta es la clase de cosas que solo admites en confianza, pero ahí va: para entonces mi atención estaba en destruir mi familia, no toda pero si una gran parte de ella, la que me daba asco, la parte traidora que se habían cagado en las penurias que pasamos con mis padres cuando yo era adolescente, antes y después de que me quedase huérfano de madre, con un padre más dedicado a darle comodidad a la ancianidad de sus padres que cultivar cualquier tipo de relación con su hijo o su moribunda mujer. Siendo justo tendría que decir que ese tren ya había partido hacia tiempo y que si la muerte de mi madre no nos pudo unir, entonces decidí que tampoco lo necesitaba y  escapé de mi hogar. A él poco le importó y creo que más bien fue un respiro, la excusa perfecta para dedicar todas sus energías a sus propios papás. Él no me indignaba, finalmente existía muchísima historia por detrás que de alguna forma justificaba todo eso, e igual pensaba yo que llegaría el día del ajuste de cuentas una vez que ya no le quedara nadie más. Por eso lo dejé en paz. Por eso y porque no había peor castigo que cuidar los caprichos de mi abuela, cada vez más senil y paranoica. ¿Cómo hace una serpiente para parir perros falderos? ¿cómo hacen estos para engendrar cuervos? Pero esa era una cuestión para después, me convencí de ello y pasé a observar formas de arruinar a los demás. Para mí es obvio que arruinarles la vida a mis familiares no era solo una forma de exorcizar el dolor por el abandono en que nos tuvieron, sino que era otra manera de cortar todos mis lazos para, después. mejor morir en paz. Era mi excusa tanto para ya no tener nada que pudiese atarme a la vida, como para quedarme en el más acá y por eso que le tiraba tanta pelota, que me pasaba mis horas de insomnio planificando bien qué haría y las de ocio atreviéndome a hurgar donde nadie me había llamado. El plan tenía que ser sencillo. Para los primos tendría que preparar la total y completa destrucción de su vida social, lo cual repercutiría en la vida de los tíos, para los que tenía que alistar cosas más específicas. De entrada perdoné a muchos que siempre se habían portado bien conmigo, aparte que entendí que tampoco necesitaba demasiado para ser considerado nefando a los ojos de otros familiares ni bien escucharan el rumor de mis fechorías. Mis victimas elegidas eran mi tía Carmen y su esposo Florian, para los que preparaba un infierno a la medida de sus bajezas. El punto final a la vida perfecta que a toda costa se habían querido fabricar.

Nada de esto sabía Alicia, pero se la olía. Aburrida de hablar de sí misma, un día empezó a preguntar sobre mí. Y al principio no dije gran cosa, pero a medida que ella se sentía mejor empecé a comunicarme más. Admito que fue un alivio, que hasta me sentía mejor pero ese bienestar solo le dio renovadas fuerzas a mis rencores y agudizó mi olfato para la revancha. Fue así que le encontré una utilidad al atractivo de Alicia, el mismo que a mí me tenía un par de meses intentando tirármela. Lo dije antes, era linda Alicia y a mí me gustaba el fetiche de sus atuendos góticos y todo el maquillaje que utilizaba, pero en una de esas tardes tras una temprana discusión mañanera nos encontramos jugando a los disfraces y pude verla usando vestidos de gala, trajes de ejecutiva, ropas de señora y de universitaria, diferentes aspectos de la que quizá habría sido ella de haber seguido vivo su papá. Y en todos esos atuendos parecía una persona diferente a la que yo conocía. Igual de atractiva como camaleónica, con aspectos difíciles de asociar, ya que no era lo mismo la imagen de una Alicia en vestido de gala y peinada por estilista que la de Alicia vestida de señora agobiada por su rutina. Era buena actriz, además. Muy buena, la verdad. Se metía tanto en el papel que, luego, era difícil sacarla del trance mientras le durase la emoción. Y esa era la clase de compromiso que yo buscaba, que necesitaba mejor dicho, para poder realizar de la mejor manera posible el Plan, que a todas luces no era nada complejo o intrincado. Era más bien simple: a él, Florian, lo delataba de adúltero y corrupto, a sus hijos los aislaba del resto de la familia con alguna clase de escándalo y lo demás era pura inercia. El asunto aquí no era tanto denunciar como evidenciar lo obvio. Mi tía era de esas que podía comerse kilos de mierda con tal de cuidar su imagen ante los demás. No era muy inteligente, pero sí astuta y tenía la sabiduría suficiente como para hacer la vista gorda a las numerosas infidelidades de su marido, quien la callaba con dinero y una vida cómoda en uno de los mejores barrios de La Paz, luego Santa Cruz, después otra vez La Paz. Tenían dos hijas y un hijo. El mayor era el hijo, Norberto, pero extra oficialmente ya no era bienvenido en el seno de esa familia por no sé qué líos que tenían doña Carmen y don Florian con la esposa que se había escogido su primogénito y otros líos más. La del medio estaba casada con un famoso cirujano plástico del que mi tía estaba enamorada y la menor vivía en Santa Cruz en un matrimonio tan de mierda como el que tanto le criticaron a mi madre cuando estaba viva.

Como dije el asunto estaba en ponerlos en evidencia, sacar sus trapos más sucios al aire y que todos vieran sus bajezas y vergüenzas. No podía imaginarme peor muerte para mi tía, ni mayor molestia para mi tío que ser puestos en evidencia ante sus hijos y la sociedad. Todo esto le expliqué a una Alicia que no paraba de llorar. Me dijo que algo recordó sobre sus padres y confesó no sentirse capaz de arruinar la vida de una familia como le habían hecho a ella. “Mierda, punto crítico” me dije y por un rato temí no contar con mi cómplice ideal, pero después de mucho chantaje emocional al fin aceptó al menos joder a los primos en su círculo social. Qué importaba. Total que eso era, de todos modos, la primera fase del Plan, y resultó aún más sencilla con la ayuda de Alicia, quien en su faceta de actriz y sus muchos disfraces, que un día robamos de su casa sin que nos descubriese su mamá, fue la carnada perfecta para introducirnos a las mundos de mis primos. Siempre disfrazados nos dedicamos a atender a eventos sociales donde sabíamos que estaría algún amigo de la familia y sacábamos información de todo lo que podíamos. Muchas veces ella tenía que quedarse sola haciendo algo llamativo mientras yo me escabullía a revisar los computadores en busca de mails o documentos que me dijesen algo acerca mi familia. No siempre conseguíamos nada, en especial porque nos teníamos que marchar ni bien llegaba alguno de mi familia, pero igual comíamos gratis y nos daba la chance de ser otras personas por un rato. De pronto nos metíamos mucho en el papel y teníamos bien pensadas las biografías y personalidades de nuestros personajes, en cada evento al que íbamos notábamos como nuestras actuaciones cada vez jugueteaban más con extremos histriónicos y escandalosos. Nos gustaba, nos hacía felices esa excusa para descansar de nuestras penas y preocupaciones. En su exhibicionismo y mi autodestrucción hallamos cierto solaz. Como si ya de por sí aceptáramos que éramos bichos raros con vidas de mierda que se encargaban de cagar más con tal de no tener que solucionarlas o de una vez tirarlas por el caño. Queríamos hundirnos, carajo. Y lo queríamos más porque también nos daba permisos para las libertades que nunca tuvimos. Ella era testigo del mundo del que su padre le había protegido, yo me enteraba de las cosas que nunca me enteré respecto a mi familia, encima nos dábamos el gusto de exorcizar demonios y fantasmas con esa farsa. Yo me vengaba por años de negligencia, ella se desquitaba con los suyos por atreverse a morirse y dejarla en tremenda cagada de situación.

No fue necesario mucho esfuerzo para llegar a la segunda parte del Plan. Ya infiltrados era más sencillo ir lanzando rumores que desprestigiasen a mis primos a ojos de sus amigos. Fue en el espacio de un par de meses de mentiras quirúrgicas y sutiles que pudimos convencer al mundo de que mi primo se había casado con su medio hermana y que el esposo de mi prima tenía un affair con su suegra. Mentiras infalibles pues se amparaban, relativamente, en la verdad. Si mis tíos no le admitían a nadie que odiaban a su primogénito, al menos se notaba el trato diferente que le profesaban, como más distante, más frío y hasta cargado de silencios. Por lo que me enteré de una prima hermana de mis primos, don Florian ya no hablaba con su hijo ni siquiera en un evento social y hasta con algunas copas de más admitía que se arrepentía de haberle dado vida y otras cosas de ese estilo que me contaban los primos de mis primos con caras de escándalo que escondían su morbosidad. Y no se necesitaba de un experto para notar que la suegra estaba camote del yerno, aunque claro ¿era convincente como para alcanzar a una verdad? Lo cierto es que la mentira no necesita mucho para volverse verdad. A los ojos de la gente, mis familiares eran ejemplares, gente buena y noble con las mejores intenciones y la familia perfecta. Eso los hacía una presa más suculenta de sus sospechas, de cualquier cosa que los confirmase como otra familia de mierda, más aun con acusaciones tan graves como incestuosas ¿es por eso que el Floriancito es tan sarcástico?¿Pero no le saca muchos años como para meterse con su yerno?¿quién se cree esa para serrucharle el piso a su propia hija?¿Es de verdad su media hermana del Norbertito? Entonces ¿la Carmencita es cornuda?¿tiene más hijos bastardos? ¿y la hija? ¿sabe? ¿sabe Norberto que esa es su hermana? ¡Y aun así se casó con ella! Después de un rato la sorpresa en sus rostros se convertía en asco y horror, escandalizados de haber compartido comidas con esos depravados y sus vidas pervertidas.

La fase tres exigía algo más tangible que rumores que señoras chismosas elegían creer. Necesitaba pruebas de que era mi tío un adúltero para terminar de mandar al carajo la situación de una familia que todavía no sabía la famita que se les endilgaba. Alguno de los amigos que hicimos en esas fiestas me mantenían al día con los chismes, mismos que ya habían crecido más allá de lo que jamás hubiera imaginado. Pero al final eran mentiras que proliferaban en el silencio de los chismosos y lo que yo necesitaba era una verdad imperdonable que los terminase de arruinar. Así fue que Alicia se disfrazó de empleadita y esperó a que hubiera vacante en la casa de mis tíos. Bien sabía yo que las empeladas nunca le duraban por esa costumbre de mi tía de enseñarles a ser perfeccionistas a base de gritos e insultos que muchas no lograban soportar. Total que Alicia eso mucho no le importaba porque no estaba atada a ellos y peores eran nuestras sesiones donde le tocaba las llagas y ella se ponía el limón y la sal en las heridas abiertas. Parecía mejor y más tranquila, establecida en una rutina que tenía de todo menos repetitiva. Sí estaba algo apagada, pero lo cierto es que yo andaba tenso esos días y no era muy fácil estar a mi alrededor. Aun peor, Alicia seguía sin dejarse vivificar, pero creo que eso fue porque en el proceso de hacerse a la imposible encontró el placer que a mí me negaba. Me preocupaba que todavía no contactase a su madre y hermana pero parecía más en paz con ello. Su lógica era que una boca menos de la que preocuparse era una gran ayuda y los mensajes esporádicos que mandaba desde celulares ajenos asegurándole estar bien le calmaban la consciencia de desaparecida. Mi lógica era que uno hace las cosas cuando está preparado para hacerlas sin enloquecer en el proceso. Las semanas siguientes las pasamos ensayando su acto de ignorancia y lentitud que volvería loca a mi tía y creo que logramos armar un acto bastante convincente, lo malo es que nunca lo pudimos usar porque, pues, conocimos a Fátima.

Era una chica más joven en la cabeza que en el cuerpo, era hija de un amigo de Florian, quien le sacaba treinta años. Eran amantes, de los que se ven cuatro veces por semana y siempre en el mismo motel, misma habitación, con el mes pagado por adelantado. La conocimos en una fiesta de unas amigas de mi tía Carmen, a la que nos colamos alegando ser los primos perdidos de Cochabamba. En situaciones sociales como esa la gente no le gusta dar cuenta de que no te conocen cuando tú, todo mamón, vas y los tratas con familiaridad. El asunto es que Fátima estaba ahí con su cara de corderito redimido, sus tremendos ojos celestes nunca mirando directamente, sus labios pintados de un rojo intenso, el vestido de gala todo azul eléctrico y su vaso lleno de leche chocolatada. Tenía un aire de las buenotas en los dibujos y los cómics, de esas que no dejan de sonreír, como si poblaran una dimensión alterna en donde estos problemas mundanos nuestros no son más que nimiedades, nada dignas de su atención. La corona fue un tatuaje en su espalda de un par de alas y el símbolo celta de la paz al medio, con eso yo no tuve otro objetivo que meterme entre sus piernas a toda costa para contaminarla un poquito. Me costó una rabieta terrible de Alicia pero conseguimos convencerla de ir a nuestro departamento a tomar unas copas y Fátima, en el papel de virgencita, primero no aceptó hasta que un susurro de Alicia la hizo dudar y nada más que la duda se necesita para que alguien horrible te secuestre. Y prácticamente eso hicimos, pero los culpables de que se loqueara fueron el trago y ella misma, pues ya en el departamento, y con un par de copas nada más, entró en un estado de euforia. Como niña pequeña preguntaba sobre todo y ni siquiera parecía escuchar las respuestas, de pronto pedía canciones, bebía y bebía y saltaba en el sofá y abrazaba a Alicia como si fuera su hermana y a mí me miraba como con ternura y picardía. No es necesario contarlo todo, pero la hice mierda en ese mismo sofá y a ella le gustó tanto que volvió por más a lo largo de la semana. En este punto yo no sabía que esta criatura era la amante de mi tío Florian, y me enteraría de la peor manera cuando, después de una sesión particularmente intensa, su celular recibió una llamada y en el id pude ver no solo el número de Florian, sino también una foto de él y ella besándose.

Momentos como ese son raros porque significan una oportunidad de inversión que dificilmente se volverá a repetir. Casi como viajar en el tiempo y que te regalen acciones mayoritarias de Apple, o como un trato de Vito Corleone. Simplemente no me podía dar el lujo de perder esa oportunidad. Me sentía tremendamente asqueado de haber estado con la misma persona que se acostaba mi tío, pero haciendo tripas corazón no me fue difícil mirar los candorosos ojos celestes de Fátima y planificar una forma de aprovecharme de toda esa información. Le hice un pequeño drama. No tanto por el asco que sentía dentro de mí, como por capitalizar una oportunidad tan caidita del cielo. Ella lloró, me lo contó todo, yo lo grabé, le juré amor eterno, me juró que lo terminaría, nos fumamos un poco de mota, lo hicimos con la pasión de los reconciliados, en realidad yo la quería agotada y dormida, lo cual logré y sin miedo ni vergüenza hurgué su cuarto, encontré fotos, cartas, emails y regalos que sospecho venían de la profunda billetera de don Florian. Todo. Miré hacia el rostro angelical de Fátima dormida y, por un instante, la quise con toda mi alma y al otro ya me escapaba hacia Alicia para contarle las novedades.

Lo malo del misticismo es que lo obnubila a uno de ver a su alrededor. O para ser sincero tendría que decir que es la excusa perfecta para dejarse convencer de algo, lo que sea, que nos permita construir certezas con raíces lo suficientemente poderosas como para aguantar cualquier embate de la realidad. Es un error muy común tratar de convertir a la fuerza cualquier argumento en axioma y con eso tener una solución rápida a la vida. Es el problema de confundir al azar con el destino, también es el problema con la sincronía, se confía uno no solo de la fortuna de haber estado en el lugar correcto en el momento preciso sino que sienten que se lo tienen que explicar, necesitan agradecérselo a algo o alguien y considerar que su deuda con el universo ha sido pagada, verse validados ante los ojos de un jefe supremo, una entidad cósmica, una deidad, y no tener que sentir culpa por disfrutar de cualquier bien que tienen por delante. Se aplica también a la desgracia ¿de qué otra forma se quita el estafado el sabor de la estafa? Con la misma leche amarga que le dieron a beber. Si me enojo porque me estafaron debería enojarme por haberme dejado convencer, total que ya me dieron hasta la excusa perfecta: no es mi culpa, me lo vendieron, me dejé convencer y con eso ya estas enganchado al perdón gratuito de un poder superior. Un negocio redondo y autosostenible. No es coincidencia que hayan tantas religiones y templos y rezos y santos y dioses y montón de cosas que por muy reales que sean, también te ayudan a justificar tus propias mentiras. El incidente con Fátima era demasiado bueno para ser cierto y desde niño que he sentido alerta cuando todo está muy bien, pero ¿qué podía esconderse detrás del candor de esos ojos azules?¿quién que se sonrojaba con miradas y se cubría los senos durante el orgasmo podía ser capaz de alguna maldad? Tampoco me detuve a sospechar mucho de ella, me enfoqué en el juego que controlaba e hice lo mejor que pude.

Reunimos las pruebas de la infidelidad de mi tío Florian en un enorme archivador ordenado de tal manera que el golpe fuera lento y cada vez más terrible. Me había leído toda esa correspondencia y mucha otra más en cosa de una semana. Mi tío era de esos cochinazos sentimentales que le demuestra a su amante que la ama dándole las contraseñas de casi todo, exceptuando la tarjeta de crédito. No solo leí los amoríos con Fátima, sino que tecleando “153962FS” me enteré del romance con Zuleyma, los encuentros con Josefina, las pensiones para Eva, las demandas de Cecilia, las visitas a Patricia y los horarios de Rubí. Era tan amable el universo que hasta me mandaba fotos, videos, mensajes de voz y confirmaciones via mail para compra de pasajes a exóticos lugares que nunca escuché a mi tía presumir. Era perfecto. Once días tomó clasificar el material, ordenarlo según su impacto y ponerlo en el archivador al que Alicia y yo llamábamos El Collage. Incluso nos dimos el trabajo de grabar cada mensaje de voz y video en dvd’s que incluíamos en el archivador. El Collage sería la obsesión de mi tía por un largo período de tiempo, el suficiente como para calmar mi propia rabia, la que guiaba a mi olfato hacia los lugares que más podían sangrar. Y ese era el problema: demasiado angurriento, entregado a las benditas justificaciones potenciadas por la mística que insistía en buscar, siempre en pos de ese encanto que tiene el mundo cuando se lo ve a través de la fe. Si nos escudamos en algo tan grande como es la mística es porque intuimos que ninguna de nuestras necesidades, pensamientos o deseos tienen la menor importancia. Toleramos, y hasta creemos, en la religión, en la fortuna, en el vendedor, por ser esos encantadores potenciadores que le dan alas a nuestro ego y nos colocan como los mimados de una entidad cósmica, de un concepto abstracto capaz de crear vida de la nada. Lo malo, al fin, de las revanchas no es que uno esté ciego, ni sordo, peor mudo de ira sino que se agudiza el olfato. De pronto lo identificas todo desde lo visceral, azuzado por la ira que te dice, te jura, te susurra que después tendrás tiempo para reparar la tierra quemada cuando la revancha haya terminado. Y sí, es cierto, aunque no del todo. Quema uno las naves con esa ilusión de que aparezca alguien lo suficientemente idiota como para intentar apagar tamaño incendio, que en nada se compara al conflicto interno que buscas expresar, quema uno las naves porque es más sencillo destruir que terminar de irse al más allá. Quema uno las naves para que lo miren, pero no siempre lo vamos a notar.

Todos caemos, carajo. Sea en estafar o ser estafados y no hay vergüenza en ello. Lo peor es estar al medio, en la parte gris y plagada de la aburrida sensación de duda ¿era mejor ese extremo, o el otro? ¿vale la pena? Después de un rato le hallas lo bonito a lo gris y hasta, en un descuido, encuentras felicidad e ilusión de plenitud. Con la mística, cómo si no. Pero nunca es lo mismo que irse a los extremos, ni tiene igual sabor, el del vértigo de casi morirse y el goce de por fin respirar. Tan visceral que no necesitamos a la mística para magnificarlo sino para protegernos de que nos desquicie. Y por eso caí, por candoroso. Planificamos todo para un lunes por la noche, movidos por el morbo de jugar con las supersticiones de mi tía, quien juraba que si el lunes ocurrían desgracias entonces la semana también estaría llena de ellas. Tocaría la puerta durante la cena, lo común era que tanto Florian como Carmen estuviesen, acompañados por mi prima, la del medio, que vivía a lado y mis sobrinos esperando a que llegué su papá. Estarían sorprendidos y bastante incómodos de verme, serían amables, me harían chistes culposos respecto a mi ausencia, cómo para lavarse las manos de ellos no haberme buscado tampoco, me preguntarían en qué trabajo, qué hago de mi vida y tantas otras cosas que yo no respondería. Me limitaría a entregarle su copia a mi tía, otra a mi tío, a mi prima, a su esposo, anunciar que las copias de sus otros hijos ya estaban siendo enviadas y que algunas habían sido mandadas, por error, claro, a algunos de sus amigos. Me quedaría a ver sus rostros y disfrutarlos, muy al margen de la apuesta que tenía con Alicia de si mi tía primero me atacaría a mí por actuar de Capitán Obvio, o a su marido, por fin, después de tantos años de aguantarse. Nos retrasó mucho, tener que hacer las copias del Collage, hacer los arreglos para que los entreguen pero en las vísperas de nuestro golpe era todo pura euforia y nada nos podía arruinar. Alicia me sonreía como nunca y yo no podía evitar sentirme, desde ya, algo aliviado. No hay peor ciego que el que puede ver, como quitándole la mística al famoso dicho en la espera de que rompiendo místicas pueda ver uno más claro a su alrededor. No comprarse la propia estafa, ni engolosinarse en las ofertas ajenas, cuidar el trasero propio y de los tuyos, tener planes de respaldo y siempre cuidar las ganancias. Enterarse que hay dimensiones en esto de la ingenuidad.

Por supuesto que todo salió más o menos como lo planeado, pero para nada cómo lo esperado. Los Collages llegaron a todos y cada uno de los que tenían que recibir uno y ya no sé si los habrán visto pero de que los tienen, los tienen. El problema es que hubo dos sorpresas esa noche. La primera empezó una hora antes de mi momento de partir hacia casa de mis tíos. Alicia estaba de un humor especial y yo muy nervioso cuando tocaron el timbre, nos sobresaltamos y nos preguntamos en voz baja quién podía ser, hasta que los chillidos alegres de Fátima nos cortaron la incertidumbre. La dejé entrar y rato más tarde me abalanzaba sobre la puerta para apresurarme a la casa de mis tíos. Nunca calculé que Fátima se tomase tan a pecho su vivificación y el pequeño drama que le armé para que me revelara sus secretos. En lo que sin duda consideraba el acto más romántico de amor supremo, la chica fue a casa de Florian y se reveló ante mi tía, le contó toda la verdad o, bueno, una verdad llena de censuras y disculpas ante cada lágrima que veía en los ojos de esa operada señora. Así las encontró mi tío, abrazadas y chillando, la una de rabia con su rostro inexpresivo de tanto botox inyectado, y la otra de arrepentimiento con su carita candorosa brillante y compungida ¿se esperaba ese giro de sucesos? ¿qué clase de pesadilla es que tu mujer y tu amante se lleven bien y a tus espaldas? ¿dónde, exactamente, está lo pesadillesco de todo eso? El lío adquirió nuevos carices y Fátima fue testigo silente de una discusión entre dos que pronto olvidaron la presencia de la tercera, lo cual le permitió escaparse a darme las buenas nuevas de nuestra exclusividad.

No pensé, solo me lancé a la calle con los Collages y paré el primer radiotaxi que quiso llevarme. Ni bien llegué lo que encontré fue la puerta de calle abierta y una seguidilla de decepciones empezaron a operar en mi cabeza ¿me lo había perdido? Maldiciendo mi suerte entré sin dudar y noté que en el jardín, que también servía de garaje, estaba solo un auto y no los dos que solía albergar. “No es nada” me dije y hasta me propuse que quizá ya no tenían dos autos como acostumbraban, que mucho podía haber cambiado en tanto tiempo y otras basuras parecidas, pero el pensamiento se me pinchó ni bien escuché los sollozos de mi tía en la sala de su casa. Entré, el suelo estaba lleno de macetas y adornos rotos, mi tía estaba sentada en un sillón para tres, lloraba a moco tendido con las luces apagadas sumidas en las sombras de la noche y una estela de luz de luna cayendo a sus pies. No dijo nada al verme, ni cuando me reí, peor cuando dejé un Collage a su lado y me fui. Más tarde encontré a don Florian en el Hotel Radisson y dejé su Collage como mensaje en recepción. Tras esas dos entregas emprendí el camino a casa algo triste pero más feliz que otra cosa. Mi madre no había muerto por directa culpa de esa gente, pero se sentía bien culparlos del abandono, destruirlos hurgando en sus cuidadosas hipocresías, hacerles doler lo mucho que me hicieron falta cuando ya nadie me quedó en el mundo más que un padre que estaba demasiado ocupado en sus padres como para ayudarme a lo que sea. Si dejarle el Collage a mi llorosa tía era un golpe bajo y en el suelo, eso no evitó que me sintiera tremendamente feliz al imaginarme torciendo un cuchillo imaginario que acababa de clavar en la boca del estómago de esa familiar detestada. Hasta el dolor y la tristeza parecieron ceder, me dieron la perspectiva de un mundo perfecto, uno donde el rencor calmado ya no sería un factor que me controlase y aun si era patético sentirme bien a la costa de la desgracia de alguien más. Estaba chocho de la vida porque hacía rato que no me sentía así de genial. No calculé que le arreglé la vida a mi tía con ese gesto cruel puesto que, mucho después, pediría el divorcio y presentaría el Collage como evidencia suficiente como para dar por muerto cualquier futuro que don Florian hubiera podido abrazar, sentenciándolo a una vejez amarga y pobre, solo y abandonado por los hijos que él alguna vez no dudó en abandonar. Como dije, eso le valió mucho dinero a mi tía y le arregló la vida en los modos que yo hubiera deseado le saliesen mal, pero eso no quitó que tuvo que mudarse y cortar relaciones con mucha gente clave de su importante circulo social. Igual que sus hijos hicieron, después de repudiarla, no dudo que haya rearmado todas sus farsas en Santa Cruz, que fue donde se mudó, pero nunca debió de ser lo mismo para ella hacerlo vieja, cornuda y divorciada a ser la señora perfecta de antes, esa con el marido que proveía y una familia ejemplar. Una hora después de la fechoría ya me sentía vacío, un tanto arrepentido pero todavía satisfecho. De menos le quité la facilidad a sus farsas e hipocresías, que sigue siendo poco considerando cuánto me costó todo esto. Por lo que sé nunca se volvió a casar y solo una de sus hijas le perdonó las infidelidades del padre. No los culpo, ni creo que lo haya hecho ella, después de todo habían sido criados en el cautiverio de esa hipocresía de la familia ejemplar. Yo mismo reflexioné y concluí que probablemente ellos no entendían la gravedad de sus acciones, justificadas por la creencia de pertenecer a la funcionalidad de esa dichosa familia ejemplar. Y, antes de la segunda sorpresa, entendí que mi mística había sido el odio y que ahora necesitaba ver la realidad.

¿Qué es lo peor de la verdad? Algunos piensan que su inevitabilidad pero olvidan al olvido, precisamente. Si la mentira tiene patas cortas, la verdad apenas camina con lo largo de las suyas. Y es justo por esa notoriedad histriónica que tiene la verdad, que lo peor es ser el último en notarla, en enterarse de ella y todas sus implicaciones. ¿Qué clase de simpatía es esa de cortarse las venas en una bañera? Te vas a morir, ya qué importa que alguien tenga que limpiar, total que no será tu problema y si decidiste abandonar este mundo es porque te recontra cagas en el alma y las opiniones de los demás. Lo que los suicidas no saben, o prefieren ignorar, es que una vez que se van de este mundo sus opiniones, sus deseos, sus preferencias se van a la mierda, se pierden en lo que los deudos necesitan. Los vivos siempre son el problema, son los que imponen sus caprichos internos disfrazados del “así lo hubiera querido el difunto”. Es una forma de lidiar con la pérdida de alguien y la consciencia de la muerte, pero eso no le quita lo hipócrita. Por eso los suicidas no deberían tener atenciones como cortarse las venas en una tina para que el agua se mezcle con la sangre ¿piensan que será más fácil, más cómodo? ¿Cómodo para quién, entonces? El muerto siempre estará cómodo, ya no hay nada ni nadie que lo pueda molestar y lo suyo será esa región innombrable que ninguno nosotros conoce pero que la mística nos ayuda a soportar. De seguro Alicia mostró señales que yo no noté, lo cierto es que elegí creerme la farsa de su sonrisa para mejor calmar esta sed de revancha que más se parecía a una indigestión de ego y autodestrucción. Nunca le pude decir lo mucho que me vivificó y jamás lamenté tanto no haber podido vivificar a una muerta en vida. Subestimamos, o sobrestimamos también, a las personas en base a nuestras conveniencias. Queremos la entrega absoluta hasta que la obtenemos y cuando lo hacemos nos gana el terror a que la plenitud sea más jodida que el vacío. “Qué cosa más pesada debe ser vivir el infinito” me puso en un papel que encontré a lado de su cuerpo inerte y desnudo en la tina. La sonrisa revanchista desapareció en un mar de lágrimas y lamentos, no me atreví a sacarla del agua roja y, siempre con la nota en la mano, me fui a recorrer cada cuarto para rastrear los últimos pasos de la reciente muertita que se pasaba en calidad de zombie al más allá. En la cocina faltaba el trozo de pizza que guardé para celebrar, en su cuarto estaba todo ordenado y empacado con la precisión de quien sabe que no volverá, en la sala habían muchos pañuelos usados y los borradores de la nota que al final me dejó.

Entre lectura y lectura fui comprendiendo que Alicia hacía rato que tenía planeado marcharse y que mi supuesta vivificación no fue más que una última distracción que se permitió antes de matarse. La nota era muy corta pero todo se compensó con el exceso de confesiones que fui encontrando en cada borrador y en su diario, que forcé cuando despuntaba el alba y mis ojos ya no podían llorar más. Así fue que me enteré que su madre se había matado hacía un mes y con ella se había llevado a la hija más pequeña en un suicidio brutal y hasta repugnante que Alicia tuvo que soportar mientras yo la arrastraba a fiestas de gente estúpida solo para darme la chance de una revancha tan tonta como fútil. En su nota de despedida, la madre parecía segura de que Alicia nunca volvería al seno de una familia desgraciada, a la que el sufrimiento se quería llevar al otro lado a toda costa y no encontró mejor salida que liberarla de la desgracia con el sacrificio doble que “calmaría la sed de este Dios cruel, hija mía”. Los misticismos sostienen verdades y mentiras, pero que tan cierto sea algo no le quita lo mortífero. Mientras yo creía ciegamente en la revancha, la madre de Alicia se consolaba con la idea del sacrificio, por lo que pude enterarme después la señora no estaba en sus cabales pero tampoco nadie se ocupó de auxiliarla, ni internarla, nadie pensó en la niña, todos se encerraron a lidiar con lo que había pasado en soledad. Alicia no se perdonaba haber creído que su distancia le hacía bien a su madre y hermana, cuando lo cierto es que estaba movida por motivos egoístas. De haberla encontrado viva le habría dicho que no era del todo su culpa, que ella también necesitaba recuperarse en soledad y que su único pecado fue tardarse en animarse a buscarlas, a dejar de ver lo que ella quería y enfrentar la realidad. Como yo, que me arrepentía de eso mismo y le expresaba, tarde y motivado por una reveladora entrada en su diario, que yo también la quería, que hasta la amaba, y que yo también lo había descubierto la misma noche que  Fátima entró en juego con esa su presencia karmática que tanto terminó por marcar. ¿Quién sospecha de los ingenuos? Peor aún ¿quién se imagina que lo que lo joderá no será la astucia sino la mera ingenuidad? Ya no pude volver a ver a Fátima, no sé que habrá sido de ella, pero sospecho que sufrió y volvió a ser linda y finita, de seguro se casó con algún Florian que la condenará al destino al que se condenó Carmen. O no sé, estoy consciente que nada fue su culpa pero disfruto un poco esos pensamientos de ave de mal agüero. Si yo, señoras y señores, caí por engolosinarme de mi olfato revanchista y distraerme en estas ganas de vivificar, lo mejor que podía hacer tras tantas tragedias era aceptarme como el cuervo que soy y que siempre seré.

Cuando volví al baño recién noté que sonaba un disco de NERD en la radio que compramos para escuchar mientras nos duchábamos. A Alicia le fascinaba Pharrell, le encantaba que fuera tan feíto y atípico y aun así estuviera tan cómodo en su propia piel, como para hacerte querer bailar esos sus temas sexistas y plagiados. Solía pasarse horas vanagloriándolo a la par que le lanzaba esos insultos sutiles y venenosos de fan resentida e indignada. Se ponía intensa y así se veía sexy, le decía yo y la comparaba con Alesha Dixon en el video de She Wants to Move y ella se reía a carcajadas, se ponía un vestido corto e imitaba el baile de la actriz. Lo hacía muy mal pero igual a mi me encantaba verla feliz en ese baile que era aborto de sensualidad. “Lo que más recordamos de She Wants to Move no es tanto a Pharrell siendo tan peculiar, sino a Alesha Dixon probándose a la altura de diosa, una mera ninfa del baile y la sensualidad y la actitud” le decía mientras le robaba besos a sus cachetes, a su frente, a sus manos y hasta sus hombros, pero nunca en la boca, ni en los labios, jamás un beso donde hubiera contado para ver si nuestro romance la convencía de quedarse un rato más o terminaba de indicarle que ya era su hora de partir. Que al final eso pasó, pero sin darme a mí la chance de convencerla, sin que pudiese recuperar las oportunidades perdidas para vivificarla, estancado para siempre en el gris de las cosas, con preguntas que ya no serían contestadas y con ganas de desnudarme y unirme a ella en esa bañera en la que también podía dejar mi sangre para que quien fuera que limpiase la escena del crimen no lo pasara tan mal. “¿Y eso a mi qué me importa?” me dije entre llantos y miré distraídamente el dorso de la nota donde noté que estaba escrita otra frase que antes no leí. “¿Qué pasa, cuervo? Siga volando que afuera hay mucha carroña para que puedas penetrar”. Y lloré, claro. Chillar sería más apropiada palabra para ese momento de mierda en que abandonaba la anestesia emocional y permitía al dolor fluir en ese peculiar adiós a mis muertos. Dejé la nota a un lado, llamé a la policía y me metí a la bañera para darle un incómodo último abrazo a mi entrañable suicida, mi cómplice perfecta, un abrazo más para mis morbos mortales que para intentar robársela a la eternidad.

Cantar por cantar

Publicado: abril 14, 2015 en Zopilotadas
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Cantar por cantar. Nunca ha sido así, al menos para mí que desde que tengo memoria el canto ha estado asociado a las pocas mañanas calurosas de Potosí, sentado con el sol quemándome la espalda y la cara bondadosa de Hortensia Villena delante mío, mientras sus manos manipulaban las tazas de té y los platillos con pan y mantequilla que había preparado el doctor Gustavo Sánchez momentos atrás. Lo asocio porque ni bien terminaba esos desayunos tardíos, me quedaba inquieto y aburrido y la pobre Hortensia tenía que buscar una forma de distraer al crío que tenía a su cuidado.

Pero los chistes picantes, las historias tristes, las tramas de sus telenovelas, las críticas amables, los reproches censurados, la mirada brillante de orgullo, las justificaciones dolorosas, las pasivo-agresiones defensivas, los juegos y frases privadas y hasta las peleas, que nunca nos involucraban a nosotros dos sino a ese amplio universo de los otros que estaban más allá de la salvación, pero que seguían siendo importantes en nuestros universos entrelazados, todo eso vino después. Cuando yo no era más que un crío, en las mañanas soleadas de Potosí, durante esa época en que recién aprendía a hablar (o quizá un poco después, es posible que la nostalgia me esté traicionando), Hortensia me enseñó a cantar.

No fue una sola mañana, pero tampoco creo que hayan sido miles. Creo que fueron muchos momentos en que Hortensia se sentaba y cantaba, con su voz suavita, temas infantiles que repasaba en mi cabeza cuando no los cantaba (para entenderlos), pero que cuando lo hacía, cuando cantaba, era con todos los sentidos puestos en ello. Hortensia aplaudía y reía, cantaba también, de pronto le entraba ese su humor negro (que escondía muy bien de los demás) y cantaba una canción triste que hacía llorar a sus hijos de pequeños pero que a mí me causaba solo una tantita pena (sería poco después que descubriría cuál era la canción para causar la lagrimera. Y ahí sí que me enteré que todos cojeamos de alguna pata). Con todo eran momentos felices, de los más felices que uno puede pedir. Momentos donde lo importante es cantar esas canciones que decían mil cosas, que contaban historias, canciones de ritmos que los niños hallaban alegres, canciones sencillas que cantaba esta mujer cada vez que podía hacerlo con su nieto. Y hasta el final lo haría. Cantaría para y con él, le regalaría el recuerdo de esa felicidad que terminó asociada en mi cabeza por lo que podría llamarse para siempre. Se convirtió en una presencia habitando la acción de cantar.

Por eso fue duro que primero se fueran las palabras, luego los tonos, después la vida. Fue duro que no pudiese darle todas las historias que quise contar, un poco para pagar las muchas historias que escuché de ella, pero también porque fue duro notar lo pequeño que un universo se puede hacer. Como si perdieses a un dios, dándome cuenta que ahora el canto se convertirá en un rezo y eso me repugna un poco. Después recuerdo que la ficción necesita de una trama y elijo cantar, ya no por cantar, ni convencido de prejuicios del pensamiento, pero si para seguir haciéndolo como antes: un poco en serio, un poco en chiste, un poco bien, demasiado mal, un poco sin motivo y otro poco recordando a mi abuelita. Pues, se marcha la cantora pero no el canto.

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Las calles atiborradas de juventud se empapaban en la guerra encarnizada que cada año se repetía en las vísperas de carnaval. Armados de chisguetes, baldes y globos con agua que inflaban en sus casas, o que compraban a las caseritas astutamente apostadas en cada esquina, bien cargadas con bolsas llenas de globos o tarros de espuma sintética que le daban esa coloración blanca a los empapados heridos de la batalla.

Era puro caos. No teniendo uniformes, ni bandos concretos más allá del casual o el formado por afinidad, en aquella guerra las balas bien podían ser apuntadas al grupo de gente en la acera de enfrente, o a los que se paraban a lado tuyo, incluso a los osados jinetes de camionetas que lanzaban sus globos a todos los viandantes, expuestos a los contraataques de los atacados. La avenida de las Américas no tenía mucho tiempo de vida, aun menos como punto de encuentro popular en la ciudad, pero había reemplazado a la plaza principal como escenario de esa, ya tradicional, guerra carnavalera.

Mes y medio antes de la fecha festiva, los más jóvenes salían bien armados hacia aquel nuevo punto de encuentro y auspiciados por un sol jubiloso buscaban víctimas para sus municiones de agua, prefiriendo empapar a chicas mientras más jóvenes y hermosas mejor, pero que llegado el momento de la verdad no había discriminación, especialmente cuando las chicas abandonaban el reparo tonto de las víctimas y se unían a la guerra, demostrándose en ocasiones guerreras más eficaces y certeras. Las tardes de enero y febrero se convertían en riñas plagadas de carcajadas y gritos en los labios y voces de niños, niñas, adolescentes y jóvenes que festejaban la llegada del carnaval. Era bien sabido que a medida que la fecha esperada se acercaba, nuevos elementos se iban incorporando a estos festejos. Primero se empezaba con pocos globos pensados para víctimas selectas, después aparecían chisguetes como para contrarrestar el aumento de esos globos, ya de ahí era una seguidilla de espumas, baldazos, trago, bandas de música y gente que convertían la avenida de las Américas en intransitable.

Eran vísperas del carnaval de aquel año, pero nada parecía muy distinto. Hoy recordamos ese episodio como una anécdota simbólica de todo lo que nos pasó después, seguros de que, efectivamente, pasó pero inseguros de porqué quisimos ignorarlo y hasta asertivos de que de haber sido otra la historia…pero cada quien ha sabido sacar su propia moraleja de lo dicho y de lo acaecido. Sucedió así: fue una tarde más, el sol no brillaba mucho pero su ola de calor era obvia en lo ligeros de ropa que andaban todos. De aquí a allá se veía más piel que telas, y cuentan que por mucho que el calor no era nada que los nativos de esa ciudad no pudiesen manejar, sí era una invitación a disfrutar una cerveza helada, porque todos sabían que al calor del sol nada tiene mejor sabor que eso. Faltaban apenas días para el carnaval, pero un observador ajeno habría pensado que aquel era el mismísimo día festivo. No podría culpársele, si de lleno se encontraba la avenida atiborrada de gente en ambas aceras, separadas por un hermoso paseo peatonal, una avenida donde podían verse a los bandos lanzando globos y gritando como locos al compás de cantos y bailes. En el ambiente los ruidos más comunes eran los de los globos golpeando puertas de fierro, madera, latón, o estrellándose contra el suelo y las paredes si acaso fallaban, pero también podían escucharse los alaridos de las chicas perseguidas por una ruda mayoría masculina, las voces roncas de risa de muchachos bien metidos en el romance de esa guerra, el silbido de los globos surcando el aire, las bocinas de los autos, la música con que trompetas , trombones, platillos y tambores amenizaban los ruidosos sorbos con que hasta los más jóvenes consumían sus cervezas, amén de los refunfuños rabiosos en que los ajenos a esa guerra declaraban al país como una mierda.

La avenida era larga para los estándares de esa ciudad. Originalmente gris, el paso del tiempo había poblado los barrios circundantes de tal forma, que cuando una familia endeudada hasta la médula se hizo millonaria poniendo un negocio de pollos en ella, pronto una fiebre sin igual se apropió de los ciudadanos, quienes se apresuraron a adquirir propiedades en las cercanías de la avenida de las Américas, mismas que pronto dejaron el gris y el blanco con que habían sido edificadas y fueron pintarrajeadas según el negocio que ahí se abriría. A lo largo de los años, hasta que llegó la ruina que destruyó el espíritu de esa ciudad, la avenida de las Américas vio desfilar los colores de un sinfín de negocios, que en su mayoría fueron locales de comida que competían encarnizadamente para cerrarse los unos a los otros, a tal punto que un día, mucho después de lo que les cuento, estalló ese episodio curioso que los más bromistas llamaron la Guerra de las Frituras pero que los economistas más avezados nombraron la Metáfora del Fin, cuando la analizaron a la luz de las ruinas de nuestro país muerto y finiquitado. Pero en ese entonces, durante aquel carnaval que les narro, la avenida estaba en el punto más alto desde su creación hasta su fin. Los negocios trajeron carteles comerciales enormes y brillantes que dieron luz a la oscuridad tan célebre del lugar, donde por muchos años prosperó la criminalidad que haría tan famosa a una avenida que luego fue conocida como faro de esperanza del desarrollo económico de una ciudad, hasta del país. El resto de las luces las puso alguna de las muchas corruptas gestiones de la alcaldía local, y a medida que la avenida ganaba popularidad comenzaron a llegar más adornos para acompañar las luces naranjas de los postes y la iluminación de los carteles donde predominaba el rojo, el blanco y el amarillo. Luces que bañaban el guindo suave de los mosaicos del paseo que la alcaldía puso al justo medio de la avenida y que, de alguna forma extraña, combinó bien con el plomo de la calle y sus rayas blancas que delineaban las indicaciones de tráfico. Aquel día, sin embargo, todos aquellos colores se veían oscurecidos al estar bañados en el agua de los baldazos derramados y los proyectiles fallidos, a eso se sumaban no solo los colores de las ropas de los luchadores, o las chillonas estelas aéreas que dejaban los globos rosados, naranjas, blancos, negros, rojos, azules, celestes, amarillos, púrpuras y verdes, sino que también entraba en aquel óleo el color moreno, blanco, canela y marrón de las pieles al descubierto, causando una impresión fuerte en quien fuera que veía aquella escena, en especial cuando la luz del mediodía empezó a bajar y la ilusión de una guerra en sepia maravilló a los pocos exquisitos que dieron una breve pausa a la diversión para admirarse de toda aquella implosión de tonos y colores. Nunca olvidarían aquel día, pero esos pocos exquisitos tendrían la fortuna de recordar la tonalidad sepia por encima de todas las cosas.

Ahora, a la gente le gusta creer que el principio de la caída de nuestro país estuvo en la Metáfora del Fin, y no les damos la contra; pero muchos entre nosotros creemos que aquel carnaval fue una profecía, un ultimátum karmático enviado por el cosmos, o Dios, o cualquiera de esas expresiones de lo divino, de modo que nos avivemos un poco y tomásemos medidas para no terminar, justamente, donde terminamos. Pero, como en aquel capricho que nos quitó un mar, decidimos ignorar un par de detalles y el episodio sería recordado como peculiar tras ser pasado por el riguroso filtro de varias censuras. Pasó justo cuando aquel efecto sepia tomó su lugar en las percepciones de todos los batalladores, el alcohol corría libre pero en moderadas cantidades, pues los carnavaleros tempranos sabían que la verdadera borrachera debía ser reservada para la siguiente semana. La batalla de agua llevaba horas vigente, pero las risas todavía fluían, tanto y tan bien, como las numerosas pilas con que llenaban globos, baldes, chisguetes y todo aquello con que pudiesen mojar a otra persona. Había gente de todas las edades compartiendo y las bandas repetían canciones populares que la gente bailaba feliz mientras seguían bien metidos en aquella tradición.

Lo cierto es que, aun hoy, nadie se explica qué fue lo que pasó con el agua. Cuando fue analizado después, nadie pudo a ciencia cierta aclarar por qué el agua cesó de fluir y ya ninguna pila pudo proporcionar el preciado líquido de las municiones. Por un rato, ante la mala nueva del corte de agua, el campo de batalla quedó completamente inmóvil, divididos entre decepcionados y resignados que miraban a los lados buscando una fuente mágica de agua que nunca encontraron. Aquel habría sido el final de aquel episodio, de no ser por el descuido de un muchacho quien encontró una cerveza agitada en su bolsillo, abriéndola y rociando con su líquido color orín a un par de amigos, los cuales se maravillaron ante aquella idea brillante, aun si por lo demás aquel muchacho les parecía un patoso inútil, y celebraron aquel acto con risas mientras derramaban sus cervezas en el rostro del ocurrente desgraciado. Aquel gesto pronto fue imitado por todos aquellos que los rodeaban y la guerra en sepia reinició con nuevo brío, condimentada por el descubrimiento de aquella nueva munición que sustituía al agua perdida. No pasó mucho tiempo para que las latas de cerveza se agotasen y los luchadores tuvieran que apresurarse a comprar más de los negocios cercanos, cuyos dueños no cabían en sí de la alegría y cuyas sonrisas maravilladas por el flujo de dinero entrante quedaron plasmadas para siempre en rostros terroríficos de amargura, estancados en una sonrisa eterna. Ni bien el alcohol se terminó en las reservas de las tiendas, los luchadores, ahora empapados de agua, cerveza y espuma, procedieron a alzarse jugos, gaseosas, helados, vinos, singanis, vodkas y todo lo líquido al alcance de sus manos, de modo que la diversión no cesase por algo tan ridículo como falta de municiones. A estas alturas el dinero estaba de más y los luchadores no tenían tiempo de pensar en algo tan mundano como pagar mientras eran necesitados, ahí afuera, en una guerra sin cuartel ni bandos. Las calles desprendían un fuerte olor a alcohol combinado con los dulces aromas de todos los refrescos y bebidas espirituosas utilizadas, mezcladas en el aire con el sudor humano expulsado durante el esfuerzo de seguir cargando y lanzando globos y baldazos, sin que el ruido de la música y las carcajadas cesase. El cielo nuboso empezaba a oscurecer el tono sepia, pero este seguía tan intenso como antes cuando, atraídos por la fatalidad, aquellos que se habían encerrado en casa para no jugar salieron de sus guaridas picados por el escozor de la curiosidad y se unieron sin mucho trámite a la guerra que no parecía ni cerca de estar terminada.

Muchos generales, que se otorgaron a sí mismos dicho cargo, miraban desde algún punto estratégico el caos de la batalla, preocupados por la cercana falta de municiones. Algunos bromearon sonoramente con que podrían usar las lágrimas de los mercachifles saqueados, pero si no lo ponían en práctica era porque aquel era un método estúpido por lento. El milagro les llegó cuando la avenida entera se detuvo a respirar, inspirados quizá por el hado desgraciado de la nación, y fueron testigos de ese solitario globo azul oscuro surcando el cielo color atardecer, que descendió en una parábola perfecta hasta chocarse con un joven de piel canela y ojos lóbregos, cuyas ropas celestes y amarillas recibieron el impacto del globo que al estallar lo tiñó en el escarlata oscuro de la sangre. Aquel momento sería el más recordado, pero el menos verbalizado cuando la censura quiso evitar que recordásemos los eventos en el país, en cuya historia final se registró este episodio como algo mundano pero que hasta ahora no ha sido perdonado en la memoria de quienes lo vivieron. Un minuto entero miraron todos al joven anonadado y cubierto en sangre ajena. El silencio reinó, ni siquiera la naturaleza se libró del hechizo de ese momento, pero poco a poco un rumor de un clamor ancestral despertó en las voces de los guerreros de aquella batalla y, aun carcajeándose, retornaron al ruido ensordecedor de la guerra, llenando los globos, baldes y chisguetes con orines primero y desangrando a los más débiles para que, al menos, sirviesen como munición. Pronto las plomas calles se volvieron moradas de tanto líquido derramado, al que ahora se incorporaba la espesa sangre. La guerra en la avenida de las Américas no arreció, mas se intensifico a puntos bíblicos y más raros que la ficción donde los colores de un cielo, de pronto completamente rojo, exaltaban los sentidos de los guerreros, quienes reían contentos y felices al son de la animada música que las bandas aun tocaban y que las voces replicaban con cantos afinados al compás de una fiesta popular, ruidos que camuflaban el rumor de los cuchillos abriendo la garganta de hombres, mujeres, ancianos y niños y sus estertores penosos con que abandonaban la vida para nutrir la guerra de aquella tarde en sepia.

Todo terminó cuando la brisa de la noche causó frío en los luchadores empapados de cuanto líquido era concebible, y quienes pronto se retiraron a sus casas para asearse lo mejor que pudieron ante la falta de agua. Así, sucios, se trasladarían a los bares del centro de la ciudad a beber en silencio, intentando enterrar en el olvido las pilas de cadáveres que adornaban la avenida de las Américas, cuerpos ahora fríos que ellos mismos habían ayudado a enfriar. Por un tiempo los cuerpos quedaron ahí apilados, pudriéndose en las bondades del calor a lado de los restos multicolor de los globos reventados y las brillosas latas de cerveza vacías, hasta que la alcaldía y el gobierno mandaron gente a limpiarlo todo sin hacer mención alguna sobre lo acaecido y más bien pidiendo a la gente el buen gusto del silencio y la discreción. No pasó mucho antes de que las rutinas retornasen y, por acuerdo tácito, nadie celebró funerales ni lloraron a todos los caídos de aquel día. El agua volvió una semana después, precisamente el día de carnaval, y la gente celebró el feriado bebiendo alcohol pero sin jugar a ninguna especie de guerra, contentos de al fin poder bañarse en ese país de mierda donde ni agua había para carnavalear.

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Cuando llegamos a la finca de los Avellardo estábamos algo cansados por la caminata desde la carretera hasta el caserón, aparte que lo habíamos hecho en medio de la noche y sin linternas ante la insistencia de Álvaro de acostumbrar los ojos a ver en la oscuridad porque, según él, había que ahorrar baterías. Fue una caminata agotadora y confusa por un camino complicado y sin sendero claro, además que la oscuridad en el campo es diferente, por esa falta de artificialidad, y no hay más luz que las estrellas, que aquella noche brillaban por su ausencia, para colmos la lluvia había creado un fango arcilloso que restaba estabilidad a nuestros pasos y los rumores de la noche nos turbaban, así como los gritos del viento que amedrentaban el coraje. Pero supongo que es más fácil ponerte cobarde cuando te piensas desamparado en medio de la nada.

Se sentía una especie de compañía no deseada a nuestro alrededor, aunque no podría especificar si éramos nosotros los no deseados, o si lo no deseado era esa incertidumbre de qué pasaba. Sin luz no se distinguía quién era quién, o qué era qué, todo se resumía en el frío penetrante y la marcha a ciegas hacia la finca, apenas vislumbrando las rocas del camino, las ramas de árboles altos y tétricos que parecían brazos de ancianos tratando de acariciarnos. Si la ausencia de luna y estrellas era inquietante, ninguno de nosotros la mencionaba, concentrados, como estábamos, en mantenernos en pie hasta llegar al “Nogal”.

Lo primero que hicimos, cuando al fin llegamos, fue lanzarnos rendidos a un antiguo sillón de la sala, mientras Álvaro se daba el trabajo de revisar la casa. Me sentía agradecido por tener electricidad en aquel ombligo del mundo, y solo me levanté a verter el contenido de mi cantimplora en la caldera que descansaba en una de las dos hornillas de la mini cocina a gas, los demás se pararon a ordenar el resto de la cocina y las camas del dormitorio principal. La mesa para doce pronto crujió ante el peso de los víveres que habíamos llevado, Eduardo llenaba con recatos la alacena húmeda con algunos de ellos y yo servía té para tres y café para uno, pues nunca puedo dormir si no tomo café. La vejez de la casa me irritaba, de alguna manera, sus muebles polvorientos y crujientes, los insectos paseándose por el piso sucio con la total libertad del abandono humano. No me sentía muy cómodo, pero siempre me gustó irme al campo para extrañar la ciudad. Eduardo y Álvaro mataban alacranes en el otro cuarto, riendo y recordando anécdotas, sus preciados viejos tiempos pues ambos habían crecido visitando frecuentemente esa finca, al igual que Edmundo, quien cocinaba algo ligero y, creo, me contaba algo acerca su carrera, o quizá cosas sobre el clima, o las estrellas… Edmundo siempre fue de esos que adoran las estrellas y le gusta hablar sobre ellas, así que lo dejaba dar su cháchara mientras yo escuchaba intranquilo a Álvaro y su risa seca ante cada alacrán muerto, preocupado por que los matasen a todos y que no pasase que en una de las sacudidas de las sabanas se escapara uno y nos matase durante la oscuridad absoluta de la noche rupestre. Luego de comer todos en paz y charlar de esto y de aquello, entre risas nos venció el sueño y nos metimos en las camas del cuarto principal. Fue linda aquella noche. Solo nosotros, disfrutando de ese auto exilio de la vida.

Antes de dormir todos juramos despertar a las siete para poder salir a caminar por el campo, pero igual nos dormimos hasta eso de las diez y despertamos para un desayuno rápido, a la par que planeábamos el resto del día. Eduardo y yo nos encargamos de ir al pueblo para hacer algunas compras, Álvaro se quedó a limpiar mientras que Edmundo llenaba la piscina.

El pueblo era un simple reducto del mundo que, al menos, estaba pavimentado, y no hacía mucho en aquel entonces. Relleno con casas que parecían de barro y que cuando uno miraba dentro eran oscuras y húmedas, poseedor de pocos y elusivos habitantes, aquel pueblo contaba con instalaciones para un mercado más grandes de lo necesario y hasta un paupérrimo hospital, sin doctor que lo atienda. El pueblo tenía un aire antiguo, imposible de ignorar en medio de aquel silencio profundo tan propio del campo. Contaba la leyenda que desde un balcón, de este pueblo, la capitana más famosa del mundo había arengado a sus tropas, en orden de enfrentar a esos demonios que los esclavizaban. Observaba yo, justamente, este balcón, pensando en lo fácil que hoy en día le resultaría a un francotirador matar a quien sea se subiese ahí, cuando sentí el primer escalofrío. Fue rápido, casi letal y me hizo mirar a mi alrededor como si el francotirador de mi mente estuviese a punto de matarme. De ahí lo recordé: “los francotiradores solo matan gente que vale la pena”.

–      ¿Ernesto?

Me despertó Eduardo de mi alerta, me señaló la tienda y fuimos con calma mientras reíamos un poco, sin pensar en nada, uan sacudido por aquel escalofrío. Creo que hablábamos algo de que cuando uno no está en casa, la rutina se vuelve tan chica y lejana que al retornar todo su peso parece capaz de matarnos, pero ahí, en el Nogal, todo quedaba tan lejos con ese cielo caluroso y la promesa de pura diversión, o de excesos que uno nunca olvida, y eso hacía que la rutina del diario vivir pareciera una nada.

La tiendita la atendía una chiquilla que hubiera sido como cualquier otra, salvo que era difImagen001erente. Su silueta recordaba a un ideal extraño para aquellos que vivían en el pueblo, puesto que nadie tenía un cuerpo como ese entre sus habitantes; incluso por el detalle del pelo negro inmaculado parecía ser tan distinta. Pero lo más increíble eran sus ojos verdes. Tenían una grandeza especial, vivaces pícaramente pero como envueltos en una capa brillante de desconfianza que se notaba tanto en esa su, maldita, claridad. ¿Qué puedo decir? Hay memorias que revives con rencor, quizá por lo que pasó pero más por lo que no pasó. No hablaba mucho, la muchacha, ni cuando le pedimos pan, ni cuando preguntamos por cerveza, ni durante la viandada o el atún. Eso sí, sonrió con alguno de mis chistes y bajó la mirada cuando puse mis ojos en los suyos. Ahí supe que la deseaba.

Mientras Eduardo visitaba la iglesia me quedé con ella para convencerla de ir a la finca.

–      ¿El Nogal?- me preguntó con duda.

–      ¡Claro! ¡Anímate! Hay piscina, habrá parrillada, te vas a divertir – dije con la cachondería oculta en un velo de cordialidad.

Ahora recuerdo que me miró a los ojos y sonrió, despertando aun más lujuria en mí, concentrando mis pensamientos en imágenes de sus curvas, sus elevaciones, la sensualidad de sus exactas carnosidades como si fuese alguna especie de necesitado. Al final pude convencerla y quedamos en que iría a eso de las seis a la finca. Regresamos, con Eduardo, rápido para ayudar a arreglarlo todo para la tarde pues en unas horas más llegaría más gente desde la ciudad. Pasamos mucho tiempo sacando basuras, revolviendo cuartos olvidados que nadie, ni el cuidador, habitaban, sorprendiéndonos ante el polvo y el desgaste de todo, riéndonos de las historias que Álvaro contaba acerca del pasado oscuro de esa región. Él, junto a Eduardo y Edmundo, eran hijos de los actuales herederos de la finca. Eduardo y Edmundo hermanos y Álvaro su primo. Durante su infancia visitaron muchas veces El Nogal, conocieron la finca cuando era más grande y desde niños se habían familiarizado con las leyendas, historias, anécdotas y lugares de aquel sitio. Siempre contaban como cazaban pajarillos, o cómo los locales actuaban frente a ellos, también me contaron historias de duendes y aparecidos, las cuales en su momento encontré ridículas. Aun de niño prefería la lógica y la aplicaba a todo lo que me decían. Mi madre era la única crédula, ella estaba feliz creyendo que yo me tragaba todo eso de Papa Noel, el Conejo de Pascua y todos esos bichos, pero nunca lo hice. Las historias de los Avellardo no eran distintas. Todo el asunto de los aparecidos, del Silbaco ese, del diablo y esa clase de pendejadas simplemente no calzaban en la estructura lógica de la realidad. De mi realidad.

A eso de las 4 terminamos de limpiar. Yo me eché a dormir un rato, hasta eso de las cinco y media que fue cuando llegaron los demás.

La fiesta prometía. Invitamos a muchísima gente que acudieron a la finca en camionetas, petas, motocicletas que dejaron parqueadas delante la entrada principal de la vieja finca, llegaron muchos invitados y otros tantos no invitados pero que igual entraron con mucha familiaridad a la casona. Amigos, desconocidos, chicas lindas, carne a montones, mucho alcohol, música, además que Renato y Benjamín habían llevado marihuana para todos, y en cantidades bíblicas. También se tomaron la molestia de llevar unos cuantos ácidos, hongos y peyote para quien quisiese hundirse en la más profunda de las inconsciencias, olvidarse definitivamente del mundo, de los alrededores, sumergirse en un viaje inútil al olvido, que fue como yo siempre lo ví y experimenté. Tan solo un viaje al falso misticismo del no-quiero-que-nada-me importe. Pero con todo éramos una fiesta épica y ruidosa, éramos tipos apurando sus bebidas y muchachas mareadas que se dejaban toquetear coquetamente por tipos igual de ebrios que ellas, éramos gritos de euforia y bocas llenas de carne sangrante con un deje de limón y grasa de parrilla, cervezas derramadas en los pisos antiguos de los patios de la anciana finca, y música moderna que los silencios de la pampa no conocían.

De hecho, fue una gran noche. Cocinamos, reímos, algunos bailaban, otros bebían, unos cuantos se iban aparte con Renato y Benjamín a perderse en esas anestesias. A eso de las seis y media llegó la chica de la tienda. La recibí contento, y algo orgulloso de las miradas de envidia tanto de chicos como de chicas. Me la llevé a un lado y la engatusé como pude, me empeñé y logré seducirla a toda costa, bajo cualquier precio. A medida que pasaba la noche, la escuchaba hablar y hablar cada vez menos tímida, le juraba no cargar demasiado su vaso mientras aumentaba las dosis de ron y bajaba el nivel de refresco. Se llamaba Amanda, en honor a una madrina española que tenía, esa noche me contó que su madre siempre le repetía que esa madrina era su madre verdadera, pues su padre era un puto de aquellos. Lo cual, viéndola, tenía sentido pues sus rasgos eran muy distintos, pese a que conservaban cierto aire parecido, a los lugareños, especialmente en su piel morena tan suave a la vista, y al tacto como pude notar cuando la toqué por primera vez en su vida. Cuando nos quedamos solos me la llevé a la piscina y me apresuré a tenerla desnuda y solo para mí, quitándole la chance a otro hombre de ser el primero al ver un rastro de sangre en el agua. Solos, los dos, en una entrega bizarra, placenteramente gozosa. Puro promesas vacías mías, palabras que la compraban para seguir probando su piel morena y esos sus ojos brillantes, completamente seguro de que en una semana me iría del Nogal y no volvería a verla nunca más.

Cuando desperté estaba avanzada la mañana. Me sentía observado. Me encontraba en la habitación principal, enfrente mío dormía Eduardo en un catre viejo y astillado, a su izquierda estaba Edmundo tumbado en la cama con dosel como elefante muerto, junto a una chica que no logré reconocer, fue mientras buscaba a Álvaro en la cama de la derecha que descubrí, a mi lado, la mirada de Amanda cargada de una sonrisa ligera. Y al recordar la noche anterior, sonreí también. No me molestó mucho que siguiese ahí, después de todo estaríamos seis días más en el Nogal y tenerla cerca a lo mejor hasta resultaba grato. Me paré y fui a la huerta a orinar, reparando en que me preocupaba un poco que la pobre tuviese algún desliz con su interpretación de mis intenciones, pero esos pensamientos desaparecieron cuando ella se presentó en la cocina mientras yo calentaba agua para el desayuno. Estaba completamente vestida y parecía dispuesta a escabullirse. Recuerdo haber pensado “genial, esta chica lo entendió todo bien”, no quería tenerla cerca si no iba a ser para divertirnos. Es como cuando acaricias a un perro callejero, pues es probable que te siga en busca de más caricias. Pero yo no quería esa responsabilidad. Yo solo quería vivir tranquilo y feliz, sin preocupaciones ni sufrimientos. Me acerqué para darle un beso de despedida en la mejilla pero de algún modo terminamos enrollados sobre la mesa del comedor, como si no tuviésemos control de nuestros actos.

Tras terminar, ella se vistió nuevamente y se encaminó a la puerta trasera de la finca, decidí escoltarla pretendiendo caballerosidad, haciendo quizá algún comentario estúpido, o tal vez sugiriéndole venir otro día, hasta que llegamos al umbral de la puerta trasera y nos vimos, ambos, paralizados por un miedo extraño pero intenso, tan descorazonantemente fuerte que solo 1010100_10152287841325281_1685268524_npudimos congelarnos por un rato. El sol quemaba la pampa, el sonido de muchas abejas perforaba la extraña calma, el verde de las plantas parecía brillar con un fulgor cegador y hermoso mientras nosotros, congelados en el umbral de aquella puerta, temblábamos ligeramente, sudando frío y con expresiones blancas y de sorpresa. Finalmente, al movernos nuevamente, automáticamente nos tomamos de la mano y entramos de nuevo a la cocina. Ella temblaba. Yo también. La abracé y ella me besó.

A nadie le pareció raro que Amanda se quedase, tal vez porque del otro cuarto salieron cinco amigos más y en el patio había otros tres durmiendo la mona. Desayunamos todos juntos, y no se podía negar el ambiente festivo pero no exento de la resaca. Aquel miedo parecía una lejana memoria, para mí y para amanda, y el único sombrío era Camilo quien, tras despertar en el patio, se unió al desayuno y bebía su café con una mirada trepidante y ausente.

Álvaro recordaba, en voz alta, los pormenores de la noche anterior, y no dejaba en paz a Eduardo pues creía haberlo visto con una amiga suya, haciéndose la burla ruidosamente, a propósito de ello. Tal vez por eso fue tan descolocadora la pregunta de Camilo, ¿o sería su tono de voz? ¿su mirada desquiciada y perdida en un punto sucio de la pared de la casona?, hubo algo en él que nos extrañó cuando se paró y preguntó:

–      ¿Alguien sabe quién era el de rojo?

–      ¿De rojo? Que yo recuerde no vi a nadie usando rojo anoche. – contestó Álvaro con una sonrisa cordial.

–      Te digo que vi a un tipo vestido de rojo- dijo Camilo con un tono que sonaba a súplica, sus ojos estaban muy abiertos y su mano izquierda se cerró como un puño. Su consternación empezaba a preocuparnos. Nadie recordaba a nadie de rojo.

–      ¿Qué hay del cuidador?- preguntó una chica con cara de sueño. Amanda se apretó contra mía.

–      No, el cuidador se fue de viaje ayer cuando llegamos. – respondió distraídamente Edmundo.

Todos callamos. Nadie parecía muy deseoso de crearse un misterio tan temprano, sobre todo después de semejante fiesta. Álvaro intentaba retomar el ambiente festivo, Eduardo parecía deseoso de seguir durmiendo, Edmundo le miraba el escote a la chica con la que había pasado la noche, los demás en silencio. Al final alguien sugirió ver las fotos para comprobar lo que Camilo decía. Mientras Eduardo iba por la cámara, todos guardamos un profundo silencio. Teníamos ganas de reírnos, pero Camilo parecía tan turbado que ni siquiera esas ganas podían contra la pesadez de su ánimo. Cuando empezamos a ver las fotos, sin embargo, no pudimos evitar reírnos ante las cosas que veíamos, o que decía alguno de los presentes, menos Camilo que miraba expectante y desorbitado. Habían fotos de la parrilla, Eduardo riendo, Álvaro sin polera saltando a la piscina, yo secando un shot de tequila, Amanda posando sonriente y sugerentemente, una foto que una chica maldijo porque salía con los ojos cerrados, la fogata, y así hasta que llegamos a una foto curiosa: muchos sentados alrededor de la fogata que había preparado Edmundo, riendo y gritando felices. Lo curioso era Camilo brindando con un tipo bajito que estaba de espaldas a la foto y vestía un traje rojo. Sus pelos canosos eran lo único que se veía de su cabeza. Nadie lo reconoció, no aparecía en otras fotos. Todos se preguntaron por su identidad, pero al no poder llegar a respuesta alguna simplemente nos conformamos con pensar que era un viejo colado.

Después de un rato algunos se marcharon a la ciudad. Solo Camilo, mi amiga Érica y Benjamín prefirieron quedarse. El resto del día pasó en el letargo de la resaca; Edmundo dormía, Eduardo escuchaba música romántica con sus audífonos, Álvaro salió en busca de perdigones y yo jugueteaba con Amanda. Por su lado, Camilo revisaba las fotos una y otra vez inquietando a Érica, quien se quejaba en voz alta de la actitud de Camilo. Benjamín, aburrido de esas quejas, optó por fumarse un porro y echarse a ver el cielo embobado. Todo el día pasó en una calma intensa donde incluso si nacía la idea de hacer algo, moría en los labios de quien la propusiese, como si todos deseáramos mantener aquella absurda quietud. Fue una tarde de muertos, de calor infernal y de un letargo como nunca sentí después. Sse sentía horriblemente irremediable, como si ni siquiera aferrarme al cuerpo de Amanda y esforzarnos en hacer ruido nos ayudase a escapar del silencio.

Por la noche escuchamos una risa. Calentábamos las sobras del día anterior al son de esta risa, una de esas forzadas y malintencionadas. Camilo no tenía hambre, parecía enfermo y no pudo parar de vomitar en todo aquel día, se lo veía triste y nos pedía que lo dejáramos solo. Después de un rato nos dimos cuenta que cuando se apartaba de nuestro lado, recién comenzaban las risas. Érica sugirió que Camilo se hacía el gracioso y que no le prestemos atención. No necesitaba decirlo, sentíamos mucha desesperante calma en el ambiente como para ocuparnos de los desvaríos de alguien.

Dormimos en la misma disposición que la noche anterior. Eduardo frente mío pero a la derecha, Edmundo frente mío pero mirando a Eduardo, Álvaro a mi derecha y yo con Amanda. Fue la primera vez que el miedo me quitó el sueño. Me era tan extraño y nuevo el estar en la oscuridad sin poder sentirme tranquilo, envuelto por esa tan palpable negrura, y pese a que sabía jhtgjgfque Amanda dormía a mi lado, pese a que recordaba la distribución de mis amigos en la habitación, pese a todo eso, la oscuridad era tan extrema que no podía recordarlo, ni siquiera podía ver mis manos pero sentía que podía tocar a la oscuridad y que la oscuridad me tocaba a mí, y los dos temíamos al otro. Lo de verdad inquietante era que Amanda me abrazaba pero yo no la sentía. Solo podía sentir un desamparo en el mundo y no lograba encontrar nada en mis pensamientos que me diese indicios de mi vida previa, me abandoné a la desesperanza sin dormir y angustiado, dedicándole mis pensamientos a la brevedad de la vida y a la tortuosa reflexión acerca qué pasaría una vez yo muerto. Edmundo diría el cielo o el infierno, pero yo diría que no sabemos, diría que hay certezas demasiado absolutas como para ser ciertas. Y en esa oscuridad, el miedo a la nada se intensificaba por una risa maldita que viajaba en medio de esa ceguera forzada, obligándome a llorar hasta caer dormido.

Fuí el primero en despertar. Estaba abrazado de Amanda y no quise pararme. Vi que Álvaro estaba despertando y que tampoco parecía querer pararse. Nos quedamos en silencio. Tras un rato Eduardo despertó, y también se quedó callado esperando, hasta que Edmundo despertó casi al mismo tiempo que Amanda. Nadie habló, ni nos movimos, tan solo nos quedamos esperando, como si lo supiésemos de antemano, casi como si estuviésemos esperando el grito tremendo que vino del cuarto de al lado. Recuerdo haberme parado y vestido con calma. Eduardo y Edmundo salieron en pijamas y a toda prisa, Álvaro buscó primero su cuchillo y tras ello se apresuró al otro cuarto, ero yo seguía vistiéndome con calma, y una vez que estuve bien vestido dejé a Amanda en la cama y me dirigí al sitio del grito. Estaba Camilo tirado en su cama con las venas abiertas, la sangre fluía como una maldita fuente de agua, esparciéndose por el cuarto y hasta, incluso, manchando el techo. Era posible vislumbrar los huesos de Camilo a través de las heridas, estaba desnudo y tenía marcas de mordidas casi humanas por todo el pecho. Lo peor era su expresión, sus ojos abiertos y en blanco con lágrimas aun cayéndole copiosamente, como si estuviese vivo pese a la ridícula gravedad de sus heridas. Quise gritar ante su boca torcida que contenía un estertor, su escalofriante aire de absoluto horror en vida y ese mirar que brillaba con una chispa de vida, aun cuando comprobamos que no tenía pulso o latidos. Érica lloraba petrificada en su cama, vomitaba pero no parecía darse cuenta de ello, Benjamín miraba al suelo repitiendo algo que no logré entender. Entre Álvaro y Edmundo calmaron a esos dos, mientras Eduardo y yo revisábamos el cadáver. Las heridas estaban hechas con violencia profunda, era como un descuartizamiento incompleto. Sentí que Álvaro y Edmundo llevaban a Érica y Benjamín a la cocina para que, rato después, un grito histérico nos urgiese a correr a nosotros también hasta ahí.

Sentado en la mesa estaba un enano de gran nariz. Vestía un entero de color rojo con una capa negra, en sus manos arrugadas y filosas sostenía un sombrero de copa muy desgastado. Sus ojos nos analizaban con picardía, de rato en rato se llevaba a la boca una taza de peltre, ocultando por un rato su sonrisa terrorífica y amplia que dejaba ver una serie de colmillos afilados.

–      ¡Aaah! Buenos días- dijo con una voz ronca, aguda y un tanto cantada.

Nos mantuvimos callados ante el asombro. Ver su cara arrugada y su narizota era, de algún modo, una confirmación de que la sanidad era algo del pasado.

–      Dije: “Buenos días”. Lo educado es que me saluden de vuelta.

Érica rompió a llorar, Álvaro y Eduardo saludaron débilmente, Benjamín vomitó sobre Edmundo y yo corrí donde Amanda, quien temblaba sin saber por qué.

El extraño ser nos hizo sentar en la mesa. Nos miraba burlonamente mientras cada quién hacía lo imposible por no mirarlo.

–      ¡Aaah! Pues me presentaré. Les diría mi nombre pero es algo que humanos estúpidos no podrían pronunciar, algo demasiado sublime y exquisito, digno de los duendes, como para que un humano lo sepa en toda su magnitud. Pero supongo que debo darles un nombre. Pueden llamarme el Duende Sombrerero.

Lo dijo con un canturreo molesto para su voz carrasposa, casi como una dicha arrogante. Sin embargo lo que más nos sorprendió fue que se presentase, justamente, como una de las criaturas de las historias del campo. El duende sombrerero era una criatura que raptaba niños y se los comía, contaba la leyenda que disfrutaba, especialmente, los pequeños dedos de los cAskCnwniños que deambulan muy lejos de casa. Se decía que era un monstruo astuto y engañoso, que se ocultaba para cazar sus presas y que no se dejaba ver por los humanos. Pero ahí estaba uno, sentado en la cocina de los Avellardo, a pocos metros de donde Camilo yacía en su horroroso lecho de muerte.

 

–      Los he salvado- dijo el Duende mientras sacaba una gran pipa. Todos callamos, solo se escuchaban los sollozos de Érica- Los rescaté de sus muertes.

Una expresión de ira se dibujó en la cara del Duende tras esperar vanamente una respuesta. Presintiendo el peligro Edmundo preguntó, en medio de un tartamudeo, por qué decía eso. La expresión del Duende se suavizó y esbozó una amplia sonrisa.

–      Mi amigo… él vino por la noche y quiso devorarlos. Pero lo contuve, oh sí oh sí, vaya que contuve a ese sanguinario carnívoro.

–      ¿Tu amigo o tú?- pregunté con rabia en la voz y la mirada.

–      ¡Aaah! ¡Ernesto! Te he estado viendo. Tú deberías haber nacido duende – contestó en medio de una carcajada – pero, de hecho, los he salvado. Verán, mi amigo siente un placer especial por masticar los miembros de su víctima, disfrutándolos lentamente. Y sé de buena fuente que siempre está añorando ser bañado en la purificante sangre que expulsan ustedes, los humanos, cuando los descuartizamos. – prendió su pipa y se quedó mirando fijamente a Érica llorando. Así nos quedamos por un rato hasta que nos obligó a todos a fumar con él, tras ello se puso su sombrero y salió por la puerta trasera de la cocina que daba a la huerta.

La pampa sonaba a silencio. Desde el balcón del patio observábamos aturdidos la pampa con las montañas de fondo. Érica aun lloraba a mares, de rato en rato le venían espasmos espumosos e incontenibles, Benjamín optó por fumarse hierba hasta que su mirada se ausentó, Álvaro sacó el viejo rifle de su abuelo y se dedicó a darle mantenimiento, Eduardo rezaba con toda su ruidosa fe, Amanda estaba desmayada en un sillón, Edmundo y yo mirábamos al vacío en silencio. Creo que ambos buscábamos lógica a lo que habíamos visto. Al menos yo lo hacía, con una confusión creciente y desesperante.

Después de que se marchase el Duende hubo un caos tremendo. Nadie sabía qué hacer, o a qué atenerse cuando ya no escuchamos su risa. Nadie quería volver a ver el cadáver de Camilo pero, a eso de las diez de la mañana, llegó Santiago Mataindios, el famoso amigo del Duende, a comerse el cadáver. Apareció con su atuendo igual al de la estatua de la iglesia. Es más, parecía una de ellas pero más grande, debía de tener unos dos metros de altura, su piel era, también, como las de las estatuas de la iglesia, parecía hecha de cerámica y yeso, lo cual le daba un aire más inquietante ¿Qué tan a menudo un objeto como esos camina? Nunca. E igual lo vimos llegar, desde el balcón, con lentitud golémica, dejándonos paralizados ante su presencia. Pateó la puerta para abrirla, subió hasta donde Edmundo y yo mirábamos sin movernos, nos hizo un saludo sacándose el sombrero. Sus ojos de estatua estaban fijos en nosotros. Sin vida y con esa imposibilidad de movimiento, sus ojos se posaron de una manera tal, que descubrí que Edmundo y yo estábamos llorando ante la mera vista. La boca de Santiago Mataindios se abrió ligeramente, como la de una marioneta, y de allí salió un sonido como un gruñido de animal furioso y moribundo que aun nos persigue. Tras su saludo descendió con calma y se encerró en la casa ante la sorpresa de todos. No pasó mucho hasta que escuchamos mordidas, huesos rotos, líquido escurriéndose entre los dedos de Santiago y sus gruñidos ansiosos. Dos horas más tarde salió inmaculado, nos saludó de nuevo y se marchó. Nadie quiso entrar a la casa por un rato. Cuando finalmente lo hicimos, no pudimos encontrar rastro alguno de la existencia de Camilo, ni una sola mancha, ni un solo trozo de su ser, ni siquiera sus cosas, como si nunca hubiese venido.

 

XXXXXXX

 

La sequía azotaba la pampa desde hacía tres semanas. Para nosotros esto era crítico, pues hacía unos días que pudimos confirmar que Amanda estaba embarazada. Al principio nos asustamos porque sin agua, ni comida, era muy difícil cuidarla adecuadamente. Pero el Duende nos ayudó. Aparecía por las noches con una bolsa llena de manjares que solo Amanda podía comer, nosotros teníamos que comprar nuestra comida del pueblo y el dinero no era exactamente abundante. Cada día Santiago Mataindios nos traía dos grandes baldes con agua, se aparecía por la puerta trasera, la abría violentamente y dejaba los baldes en pleno patio, siempre con esa inexpresividad que me parecía hambre, yéndose con la misma velocidad con que llegaba. Por las tardes nos visitaba el Duende. Se quedaba horas charlando con cada uno, por lo general pregonaba su talento para cocinar, 551478_10151540104409835_181291349_ndescribía “suculentos” platos de niños asados, freídos, al horno, en aceite, en sus propios jugos, rellenos de vegetales y especias que solo los duendes conocen, o sopa de ojos y, su favorito, deditos acaramelados. Álvaro lo odiaba, no soportaba sus comentarios sardónicos ni sus alusiones al mundo de los duendes. A mí no me molestaba tanto, pero me sentía intimidado por su modo de mirarme cuando estaba con Amanda, me inquietaba también su manera constante de buscarme, charlarme como si fuese un amigo perdido instándome a fumar pipa con él, mirándome con malicia y sonreír mientras mencionaba que yo habría sido un grande entre los duendes con esa su voz de gallo. Eduardo y Edmundo estaban más espantados con Santiago el apóstol, quien a veces venía con el Duende y se sentaba silente a escuchar nuestras conversaciones mirando a la nada, comiéndose algún animalito muerto o algún miembro humano, casi con distracción.

El calor era cada día peor. En el pueblo corría el rumor de que el diablo se paseaba por los alrededores quemando cruces, y una viuda afirmaba haberlo visto orinar en el agua bendita de la iglesia. La pobre anciana lo gritó por las calles desiertas del pueblito, e incluso llegó a culpar al diablo de ese calor infernal pero nadie salió a escucharla por mucho que sabían que no mentía, ni exageraba. Al día siguiente se encontraron huellas descomunales marcadas en el duro concreto de la plaza y el cura bendijo cada esquina de pueblo solo para que se escuchase una carcajada burlona esa misma noche.

No mucho después el Duende lo invitó a nuestra mesa. Todas las noches, mientras el Duende alimentaba a Amanda con su bolsa de manjares, nosotros comíamos lo que podíamos en compañía de Santiago, pero desde entonces se nos unió la mole imponente del Diablo. Parecía un gigantesco fisicoculturista, sus músculos era tan abultados y marcados que asqueaba, tenía ojos completamente blancos, bigotes finos y cuernos gigantescos, se sentó junto a Santiago el apóstol y entre ambos se devoraron a la mujer gorda del pueblo. Era un charlatán, hablaba hasta por los codos y siempre decía la cosa adecuada, sus chistes eran muy buenos y hasta su olor era delicioso y adictivo, a diferencia de Santiago que dejaba un olor a azufre intenso.

El Diablo nunca se marchó. Más bien se acomodó en la antigua cama de Camilo para el horror de Érica y Benjamín. Después de eso, cada mañana se los notaba nerviosos y fatigados, a punto de llorar o gritar, pero el Diablo siempre bien, manteniéndose fresco y con su encantador carisma. Se levantaba tarde y salía hasta la noche, regresaba cuando Érica estaba a punto de dormirse entre sollozos, la levantaba y los obligaba a rezar, junto a él, tres padres nuestros, seis aves marías y un credo. Una noche trajo más inquilinos para “El Nogal”: varios súcubos y un íncubo que se acomodaron en distintas partes, algunos afuera, otros adentro, lo más se metían en nuestras camas o nos llamaban a las suyas con sus miradas de ojos falsos que nos invitaban a creer en su amor. Solo Benjamín cedió cuando no pudo más, pero cuando lo vimos al día siguiente lo encontramos drogado con todo lo que había podido traer o encontrar, dándole a su presencia un aire de retardo y el Diablo que se reía frotándose las manos con ansia, complacido por verlo en semejante estado.

 

XXXXXXX

 

Pese a no tener control médico, Amanda iba por su cuarto mes con aparente lozanía y hasta felicidad. Me sorprendía lo resistente que era a los monstruos que desfilaban en sus narices cada día. No mucho después del Diablo y su séquito infernal, fueron llegando fantasmas y condenados, cosas amarillas con miles de ojos que daban la impresión de saber algo de cada uno de nosotros, y después la insoportable presencia de la Achalay y su séquito de ninfas y sirenas, además de mil ciraturas y pesadillas indescriptibles que se paseaban por la casona y los patios.

Las noches se tornaron en terribles y no estoy muy seguro cómo sobrevivimos a lo que pasamos durante todo ese tiempo, porque tampoco existía el tiempo, parecía alargado e irresoluto, como un susurro que intentábamos escuchar. El Diablo y los suyos se perdían en ruidosas fiestas en que se divertían burlándose de nosotros, en actos impensables con todas esas bellas ninfas y sirenas, mismas que después nos buscaban y trataban de tentarnos. Cada día una nueva criatura se nos acercaba, uno de esos días pude ver un insecto del tamaño de un caballo trepándose a mi cama, mientras yo me orinaba inevitablemente, llorando a mares y maldiciendo la vida. Alrededor del segundo mes se instaló una niñita que pedía a gritos sus muñecas a una bailarina de ballet con piernas de cabra. En el pueblo nos llamaban “los malditos”, se decía que en el Nogal se respiraba un aire pesado, se rumoreaba que quien sea que estuviese por las cercanías desaparecía. El Duende decía que la culpa era de Edmundo, Eduardo, Álvaro y mía por nuestro aspecto: pálidos, sin bañarnos pero por la falta de agua, barbudos, olorosos, flacos, cansados y con una eterna cara de sufrimiento. El único momento que recuerdo haber sonreído fue cuando encontramos un tapado y no tuvimos que trabajar más. Ya por el sexto mes el pueblo entero se escondía a nuestro paso. Esto desesperaba sobre todo a Eduardo, según él eso solo levantaba una duda en su cabeza ¿estábamos vivos o muertos?

Personalmente no me importaba si estábamos vivos o muertos, tampoco me importaba el tiempo, ni el trabajo o el hambre. Me importaba la oscuridad, me importaba Amanda. Todo aquello era más ficción que terror. Así lo vemos hoy al menos. En su momento sufrimos por las muchas noches sin dormir, aterrados de cada habitante de la puta finca y escapábamos a largas caminatas por el campo hasta que nos deshidratábamos sudando, la mayoría de las veces nos seguía alguno de esos y se burlaba 1655915_10152300932604835_1014388940_nde nosotros con risas estridentes, igual que cuando regresábamos solo para quedar atrapados en sus fiestas interminables, pero cuando la panza de Amanda se hizo muy grande ya ni escapar podíamos. Ella estaba en su séptimo mes y parecía ilusionada, hasta planeaba llamar al bebé Ernesto como yo, su padre, o Sara si salía mujercita, como su madre-madrina española. Se preocupaba de comer bien, de cuidarse de hacer esfuerzos o cualquier asunto que la pusiese en riesgo de abortar, y el Duende también se preocupaba por ella. La acompañaba todo el día, charlándole para entretenerla, viendo si se encontraba cómoda, sirviéndole lujosos y deliciosos platos, y se portaba raro cuando yo estaba ahí. Todo era raro, por Satanás y Amanda no notaba nada, estaba tan feliz por su bebé que no notaba a las criaturas que vivían en la finca. Era todo tan bizarro al punto que Amanda solía recibirme cariñosa y alegre, deseosa de mimar y ser mimada como si fuéramos una pareja normal y no rehenes de todas esas criaturas. Me veía flaco, deshidratado, ojeroso y asustado pero me daba besitos tiernos, me preparaba sopas reconfortantes y me decía palabras hermosas, aparte me contaba su día, me hablaba del Duende como su mejor amigo y lo invitaba a comer con nosotros, pese a que él siempre declinaba probar bocado y prefería quedarse mirándome malicioso, sonriendo ampliamente con sus dientes de aguja y haciendo comentarios de doble sentido, sugiriendo que yo debería de haber nacido duende, fumando su pipa y carcajeándose suavemente de algún secreto.

Siete meses. A los siete meses yo me entregué a beber y beber sabiendo que nunca cesaría de tener sed. Edmundo, por su lado, parecía contrariado. Lo cierto es que nadie dormía mucho, pero creo que eso le afectaba mucho más a él, encima aseguraba que la Achalay se metía a su cama y lo tentaba todas las noches. Eduardo juraba que encerrándose en la capilla de la finca estaba protegido, pero eso le duró hasta que los sirios empezaron a flotar solitos y de la estatua de la virgen salieron gusanos con patas y dientes que le arrancaron un dedo del pie, cuando eso pasó decidimos dormir todos cerca al río, pero ahí los aparecidos no dejaban de mostrar sus desfiguradas formas y ahuyentaban la cordura y el sueño, entonces nos largábamos al pueblo a fumar en la plaza principal; y nadie se nos acercaba, nadie quería estar en contacto con nosotros, los maldecidos. Para ese entonces Álvaro ya acompañaba a Santiago a cazar, el uno iba con su rifle de la guerra del Chaco y el otro en su caballo blanco como el hielo, con su espada bañada en sangre de indios. Ericka estaba muerta una semana ya, no había podido soportar al miembro de un diablo que una de esas noches había decidido violarla. Lo peor fue verla colgando de la pelvis de aquel demonio durante días y días porque el muy ‘joputa le daba risa tenerla como ornamento. Benjamín murió de sobredosis y entre Santiago y el Diablo se dieron un festín con su cuerpo, luego caminaron por la pampa totalmente drogados de tanta droga que había en el cuerpo del tonto de Benjamín.

Edmundo se repetía que estábamos muertos, creo que lo hacía como excusa para dejarse convencer por la Achalay sin miedo al deliquio mortal pero sin sucumbir nunca, Álvaro se protegía enseñándole usar el rifle a Santiago mientras los demonios se reían de Eduardo rezando empecinadamente. Por esos tiempos le agarré un gran cariño a Amanda, para mediados de su séptimo mes conocía gran parte de su vida y secretos que ella me había confiado, todos esos pensamientos tan suyos, muy suyos, que me ahuyentaban la realidad horrible y me hacían quererla, dejarme convencer con las bellezas de la paternidad y hasta desear que de una vez salga ese niño o niña. Para el octavo mes todo era Amanda y poco me preocupaba de la vida de los demás, y tal vez por eso no noté que el silencio de la pampa se iba llenando cada vez más y más de seres innombrables y ruidos inefables. Los días se fueron llenando de un calor intenso que parecía incendiar el pasto que dejaba ese color verdoso para dar paso a un amarillo opaco que al tacto era demasiado seco y áspero, y para colmos la Achalay convocaba a las ninfas y sirenas y las hacía danzar en el patio principal de la finca, como si con el sol no bastara para esas presencias seductoras que insistían en elevar las temperaturas más aun. Pero yo no miraba mucho ese espectáculo, yo me perdía más en que todo me sonaba a Amanda. Y ahora lo pienso y lo sobrepienso y siento que debí hablar más con el Duende. Debí tragarme el miedo y preguntarle cosas, sacarle cuanto pudiese de lo que nos rodeaba, a lo mejor hasta podríamos haber visto venir más cosas, no sé. Incluso creo que habríamos tenido menos miedo, especialmente de Santiago, quien cada día estaba más inquieto, y quien después de dominar el uso del rifle inmediatamente se sentó en una piedra del segundo patio y se quedó inmóvil. Era impresionante ver esos ojos, pintados sobre el yeso y la cerámica, estar así de quietos, estando cerca a él se respiraba un aire que cortaba el pecho y provocaba mucho frío en todas partes. Era casi fantasmal verlo sin moverse bajo las luces de la mañana, o al crepitar de los fuegos que provocaban las orgías de los muchos seres que invadieron la finca, era hasta insoportable esperar el momento en que posaría los ojos sobre uno y se lanzaría a toda velocidad para devorar la carne de nuestros huesos débiles. Los chicos pasaban todo el tiempo en aquel patio con la esperanza de que Santiago tuviese hambre, pero yo me encerraba en el cuarto de Amanda y le acariciaba el vientre, se lo besaba, le susurraba promesas y me quedaba callado cuando el Duende dejaba de lado sus obligaciones y modales de anfitrión y entraba al cuarto, a veces acompañado por alguna criatura a la que le susurraba cosas mientras yo podía sentir una atención asesina posada en mi persona, en mi debilitado ser que ya no podía dormir a ninguna hora, un ente cognoscente cuyo cuerpo no podía reconocer sus propias funciones, que vivía cada momento de la realidad como un soñador atrapado en una pesadilla que nunca cesaba, que parecía alargarse durante décadas y décadas pero sin jamás moverse, un trozo de carne que sabía que nada de aquello era real pero que se electrizaba cada vez que algo le demostraba que todo era cierto, que la realidad y el horror eran el mismo espacio vacío al que miraba a cada segundo y que ese espacio avanzaba y devoraba todo a su paso en una orgía de sangre, intestinos y llanto.

Era todo un círculo. Esa maldita realidad cíclica que le decían. Todos los días las mismas pesadillas se repetían en las caderas de las ninfas, los senos de las sirenas, los ojos de la Achalay, en los tentáculos que salían de los suelos, o de las extremidades de manchas borrosas que se deslizaban por las piedras y las maderas, por el pasto seco y la tierra mojada de las babas de bestias enormes y hediondas, con la sangre de demonios, de insectos, o los excrementos de humanoides. Cada día era el mismo y hasta era automático. Nos movíamos entre las pesadillas sin chistar, les traíamos aquello que nos ordenaban llevarles, los dejábamos amenazar con vejarnos y vilipendiarnos y luego cargábamos los cadáveres de lo que quedaba del pueblo y los apilábamos cerca a la plaza principal. Y los pueblerinos nunca se extinguían, las pesadillas nunca paraban, los demonios nunca descendían, Amanda no paría y ni Santiago se movía.

Un día apilábamos cuerpos cercenados, todo manchados en sangre, sudando y oliendo mal, nuestros cuerpos magullados apenas podían moverse a sí mismos por lo que cargar con esos trozos de carne muerta resultaba tortuoso. Había algo en el aire que nunca habíamos olido antes, pero que luego supimos se debía a la falta de gente dentro las casas. Estábamos en un pueblo silencioso que solo hedía a podrido y ya no a miedo. Antes podíamos escuchar los susurros asustados dentro de cada puerta y ventana, pero ahora solo veíamos las almas en pena quejarse adoloridas y sin posibilidad de muerte. Pero no era solo eso, había algo más en las estructuras de los tiempos y los susurros del viento, notaba algo distinto en las miradas de Eduardo, Edmundo y Álvaro, y el mismo camino que recorríamos, en esa eternidad, del pueblo a la finca, de la finca al pueblo, parecía haber cambiado de colores. Los cafés enlodados y los mostazas de paja pasaron a ser guindos rocosos y gris cielo, olía a sudor, todo olía a sudor y a sexo, como si una fiesta estuviese pasando, como si el calor trajese el hedor de los cadáveres descomponiéndose en la plaza del pueblo. Y fue en un desvío del camino entre el pueblo y la finca que nos encontramos con el Duende, sentado en una roca enorme que el río había traído hacía muchos años. No habló. Solo sonreía con sus dientes de aguja y miraba al cielo con paz en el rostro. Era casi religioso ver aquel rostro arrugado y horrible inundado por paz, Eduardo jura que era como si el Duende hubiese visto la cara de Dios, pero nadie que vea eso no podría continuar su vida sin perderse en el horror. Pasó un rato así, y luego se fijo en todos nosotros y no dijo nada. No habló. Volvió a sonreír y a by Bruno Nacifmirar al cielo. El atardecer lluvioso nos obligó a movernos rápido por la luz blanca que se proyectaba en la pampa y que parecía exenta de los brillos lúgubres de las criaturas y sus festejos. El calor había desaparecido y ya no sudábamos sino que nos mojábamos en la, cada vez un poco más, torrencial lluvia. Y era como si los cielos limpiaran la suciedad de mi cuerpo, de los cuerpos de mis amigos, el olor a sudor desaparecía y en su lugar mi nariz se inundaba de ese aroma a tierra y pasto mojados; Edmundo jura que el pasto seco se iba pintando de verde a medida que la lluvia lo empapaba, y puedo creerle porque aquella lluvia parecía una irrealidad hecha real, esa lluvia desbordaba el río teñido de rojo carmesí en cuya fuerte corriente se podían ver trozos de personas o partes indescriptibles de aquellas pesadillas, quienes se mataban las unas a las otras en los patios de la finca. Recuerdo que nos quedamos en el umbral de la puerta trasera de la finca, mojándonos en la lluvia, descansando de alguna forma pues fuera del rumor de las gotas no había otro sonido a nuestro alrededor y cuando entramos vimos a todas aquellas criaturas durmientes, descansando en paz como si fuera una tarde de verano, echados a lo largo de los patios, algunos roncando, otros abrazados entre sí, era totalmente inenarrable ver a todos esos monstruos en semejantes actitudes, como si fueran gente de bien, como si todo un pueblo no yaciera muerto en su propia plaza, como si el río teñido de sangre no fuera un espectáculo para helar el alma. Nos fuimos a buscar a Amanda y al pasar por el segundo patio comprobamos que Santiago seguía ahí, completamente inmóvil, pero con una ligera sonrisa en su cara de estatua. Entramos pero no encontrábamos a Amanda por ninguna parte, y un presentimiento funesto se apoderaba de todos nosotros. Tranquilamente salimos de la durmiente finca y corrimos por el sendero a buscar al Duende.

Quizá no la vi antes, quizá nos distrajimos tanto con la paz y quietud en el rostro del Duende que no nos fijamos en nuestro alrededor, no notamos las manchas oscuras en la piedra gigantesca que había traído el río, o tal vez el rojo del río nos acostumbró tanto que ni siquiera notamos las tonalidades de rojo mezclándose con el verde y el amarillo del pasto, con el café de la tierra, con el gris y blanco del cielo, con el transparente de la lluvia o el guindo y beige de las hojas. Asumo que estábamos tan cansados y demolidos que ya no era raro observar partes humanas por doquier y pienso que ya después de un rato no las veíamos, las bloqueábamos de nuestras miradas porque mirarlas era horrorizarse y ya no nos alcanzaban las fuerzas para tener miedo. Pero cuando retornamos a la piedra lo vimos. Lo vimos y Edmundo vomitó, Álvaro apartó la mirada mientras que Eduardo y yo lloramos. Sobre un montoncito de pasto arrancado, en la base de la piedra gigantesca, descansaba el cuerpo de Amanda. Desnuda con la piel, antes morena, ahora blanca como la leche, con un fulgor en cada centímetro de su cuerpo, las piernas largas contrastadas por pequeñas gotas rojas y algo de tierra, los brazos rasguñados, las manos sin dedos, los senos redondos y hermosos emanando hilillos de leche, el vientre abierto como si hubiera explotado desde dentro, su interior vacío y color carne, su rostro paralizado en terror, sus ojos abiertos y verdes con tonalidades de amarillo invadiéndolos como en un mal chiste post mortem, su pelo negro alrededor su cabeza como un sol. Amanda muerta descansaba sobre un montoncito de pasto. Y mientras Edmundo y Álvaro le ponían rosas, margaritas, lirios y jazmines, Eduardo sacó un encendedor de su bolsillo y empezó a quemar eucaliptos mientras rezaba en voz alta y yo miraba la sangre seca, los pedazos de intestinos repartidos por todas partes y escuchaba el sonido del masticar del Duende, hasta que no pude más y trepé a la piedra. El Duende me recibió con un abrazo cariñoso que me sabía a hermandad.

–      ¿Quieres? – dijo extendiéndome con su brazo derecho un pequeño brazito arrancado violentamente, a la par que se valía de su brazo y mano izquierda para devorar una regordeta piernita cubierta en placenta y sangre.

Grité. Grité hasta que dolió, lloré mirando como el Duende se reía con la boca llena y con el viento furioso acariciando mi rostro. Después vomité sobre la piedra y el Duende se reía más y más, casi atragantándose con su comida.

–      ¡Ah! ¡Deberías haberlo visto, Ernesto! ¡La fiesta se disparó! ¡Íbamos en comparsa por los patios! Y, no me vas a creer, pero Amanda vino voluntariamente mi querido Ernesto, se paró a duras penas y bailó con nosotros. Bailó tanto y con tanta fuerza que entró en labores de parto cuando nuestra comparsa pasaba por acá. – los ojos púrpuras del Duende no abandonaban los míos, sus arrugas parecían más pronunciadas ante la luz del cielo y la lluvia nos tenía calados a todos. Edmundo y Álvaro lloraban en silencio cerca de mí, Eduardo gritaba su rezo como desquiciado. – Me dio pena, créeme, me dio mucha pena. La muchachilla lloraba Ernesto, gritaba de dolor. Y te juro que si me quedé fue por buen samaritano, los demás marcharon a seguir la fiesta, y yo me quedé aquí a asistirla – su cara de bondad parecía sincera – ¿cómo, preguntas? – continuó tras mi silencio – Pues, simple. Introduje mi mano por su vientre y saqué al niño. Niña, quiero decir. Era enérgica, deberías estar orgulloso porque también era hermosa. Tenía deditos sabrositos. Suculentos, Ernesto. – una especie de locura empezaba a heder en él, en mí. – como para chuparlos por horas, los tragué ni siquiera los comí, y los de Amanda tampoco estaban mal, pero no se compara con lo suculenta que era la carne de ese bebé. Me estoy guardando el torso Ernesto, es chiquito pero carnoso. Es demasiado delicioso – la lluvia amilanó, los vientos se callaron, mis amigos seguían cerca, el Duende se puso serio, yo seguía llorando – Tu producto es excelente. A decir verdad, es lo mejor que he probado, aun los ojos tenían sabor a miel, era irreal mi queridísimo Ernesto. – el Duende acercó su rostro al mío, parecía como si estuviera a punto de besarme, podía oler la carne cruda en su aliento, podía contar los pliegues de sus arrugas. – Quédate. – susurró – Quédate con nosotros y hazme niños, puedes ser el chef principal de mis cocinas.

No respondí. Solo me quedé llorando. El Duende insistía e insistía y lo hizo hasta que le rogué que no, hasta que me volví loco gritando que por favor no. Y el Duende nunca perdió su sonrisa, ni tampoco se enojó, nos condujo de nuevo a la finca y nos dio de beber, lleno nuestros vasos de chicha, cerveza, vino y quién sabe que otros licores, nos dejamos alimentar por sus manjares y por todo aquello que solo las pesadillas devoran, nos dejamos desnudar por la Achalay y sus ninfas y sirenas, copulamos con todas ellas ya sin pensar en nuestra mortalidad, como si no estuviéramos cansados, ni tristes o enojados. Solo teníamos miedo. Eduardo, Edmundo, Álvaro, yo, todos desnudos y asustados, invadidos, siendo invadidos, registrando fugaces vistazos de las criaturas y sintiendo sus asperezas, viscosidades, la consistencia porosa de muchas pieles, o insectos entrándose a nuestras bocas. Recuerdo lenguas llenando mis intestinos y garras causando las cicatrices que aun hoy desfiguran mi espalda, recuerdo a Edmundo jadeando mientras una sirena le chupaba el cuello, a Eduardo gimiendo ante cada embate de los demonios, me recuerdo a mi mismo llenando y siendo llenado, recuerdo que ya no sentía placer después de un buen rato y que lo único que importaba era evitar que el horror me desquiciase ahí mismo.

Cuando abrí los ojos estaba en el segundo patio. Mantuve la mirada en el sol, esperando que todo hubiese sido un sueño, pese a que el ardor de las heridas en mi espalda me decía lo contrario. Me incorporé y noté que Santiago no estaba ahí, y que todas esas criaturas yacían muertas en charcos de los líquidos que segregaban sus masas corporales. Desnudo, solo, dolido, triste, horrorizado, me paseé por entre los cuerpos inertes de mil y un pesadillas y recorrí los vericuetos de la casa, los pasajes de mi memoria que ahora se asemejaban a pesadillas y cuando terminé de pensar y caminar me encontré con Santiago rematando a la última criatura en el umbral de la puerta trasera que daba al río. Estaban, tanto él como su espada, empapados en sangre y en líquidos de distintos colores, dándole un aspecto como si estuviera empapado por arcoíris de brutalidad. Santiago mascaba, se tragaba todo lo que estaba a su alcance con voracidad, desde los bellos contornos de la Achalay hasta los dedos como garras del Duende, cosas innombrables entraban por la boca de Santiago y yo observaba sentado, triste, ojeroso, viendo a la oscuridad y sintiendo que ella me veía a mí, y ambos nos temíamos. De la capilla, de la orilla del rio, de la copa de un árbol fueron saliendo Eduardo, Álvaro y Edmundo, quienes también se sentaron a ver al Mataindios aniquilando con sus fauces devoradoras. Cuando hubo terminado alguien murmuró “Dios” y Santiago se nos acercó lentamente, no nos movimos, esperamos resignados que llegase, pero solo se quedó mirándonos con sus ojos de bafometa, inexpresivo nos transmitía el vacío en sus facciones, en el fulgor del yeso y la cerámica y entonces dijo con una voz profunda y devastadora: “Soy yo”. Luego se dio la vuelta y se subió a su caballo blanco, a paso ligero se fue alejando y nosotros lo seguimos en silencio, hasta que llegó a la iglesia del pueblo y se posó en el lugar que le correspondía como imagen de santo, quedándose inmóvil en la misma posición en que lo encontramos dos años más tarde, cuando volvimos a la finca para hacer una parrillada y supimos que los nuevos habitantes del pueblo le rendían tributo cada semana.

Al salir de la iglesia volvimos a la finca, recogimos nuestras cosas, nos bañamos en las aguas del río que ya estaban menos rojas, nos vestimos y caminamos de vuelta al pueblo, donde encontramos un auto viejo y abandonado. Nos subimos sin mucha prisa y arrancamos para alejarnos del pueblo. Eduardo y yo íbamos atrás, Álvaro conducía y Edmundo iba de copiloto. Antes de llegar a la ciudad lanzamos el auto de un peñasco y proseguimos a pie hasta la ciudad donde nos recibieron con alegría y sin muchas preguntas.

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–          Dedicado a lo indedicable.

–  El azar y la irracionalidad de un momento pasado han truncado que mi futuro sea el suyo, y viceversa. Hoy somos amigos, pero como me duele en lo interno.

Antonio de Jesús Chávez

–          All of us food, that hasn’t died.

Josh Homme

¿Qué nos pasó, Muerte? Solías ser mi anhelo más alto, mi verdad más pura, solía verte como el paso hacia la grandeza, como la única chance de importar en este mundo. Te he buscado en los alcoholes que me ofrecían hermosas señoritas de piernas ágiles, en los puños de desconocidos furibundos y las balas de creyentes de los otros bandos cuando escuchan mis monólogos. Incluso he llegado a sentirte cerca cuando me hospedaba en cuartos blancos que hedían a matadero, o en el suave abrazo de los orgasmos todas esas veces que busqué anestesiarme en los brazos del Placer. Mi rutina giraba en torno a buscarte y entregarme a tus tiernos consuelos, tus ojos que yo pensaba profundos y hermosos, tus piernas robustas y kilométricas que me mostrabas coqueta cuando la luna iluminaba mi mirada, o probar tus labios colorados por medio de besos indirectos robados a cualquier superficie en que se hubiesen posado, abrazarme a ese cuerpo hecho a mi medida. Perfecta. Así eras para mí, Muerte amada mía. Eras un remanso de perfección pura y absoluta, omnipotente como los del otro lado se imaginan a sus dioses.

Me gustaba añorarte. Eras esa muchacha prohibida que todos detestaban. A lo largo de mi vida te he visto coquetear con mucha gente, y te he visto llevarte con tus besos hasta al más leal de los esposos, o esposas dado que a ti te da igual como son los genitales de quien amas ¿Puedes creer que sentía celos de ellos? Me acercaba a los féretros con rostro compungido, me guardaba de la vigilancia de los dolientes y fijaba la mirada en los fallecidos. Los contemplaba con envidia, imaginando escenas morbosas donde sus cuerpos inertes se insertaban en tus carnes, donde el rigor mortis se convertía en una ventaja que una mirada pícara tuya capitalizaba. Solo entonces me paraba a observar el saco de carne que llamo mi cuerpo, detestándolo por ser mancebo y lozano, por devenir en mi mayor obstáculo para estar contigo. Era joven, el mundo era lo que yo quería que fuera, la vida dependía de mis creencias.

Me confié. Creí que la vida era tan simplona como para que solo exista un camino a la verdad. Me refugié en mi lealtad hacia tu amor, en mi insana obsesión de anhelar, imaginando encuentros contigo, formas de poder acercarme a ti. Y fuera de eso nada importaba, todo era pequeño y hasta nimio ¿quién puede oponerse a la Muerte? Nada, ni nadie. Y era tan cómodo que todo fuera así de simple, ser el príncipe del corazón roto, enamorado del amor, encamotado de la Muerte, por siempre expectante a que me devolvieses lo que yo tan alocadamente creía darte. Y eso estaba bien, habría sido feliz si hubiera aprendido a no esperar más de lo que yo podía dar.

Por ese entonces llegó Carlota. Vino cuando el pensamiento de tu amor primaba por encima de todo lo demás, en la época en que quise olvidarme de ti y tus artimañas. Ahí fue que llegó Carlota con su ternura, sus ojos grandes, su graciosa torpeza y sus formas de simplificarme las complicaciones. Carlota se anunció como otro coqueteo contigo, Muerte, pero terminó siendo un guiño a vivir. Carlota era la mentira más hermosa, de esas en las que uno cree por mero gusto, porque más allá de la fe uno sentía amor, o sentía algo que no era raro llamar amor. Y lo extraño no era sentir todo eso, lo raro era lo sencillo que resultaba convencerse de semejante mentira tras cada beso pudoroso que posaba en mis labios. Más raro aún era lo correcto que se sentía creer en ella.

Alguna vez me di cuenta que cada quien le gusta creer lo que más le conviene. Y Carlota no me convenía. O no nos convenía, mejor dicho. Quizá no tanto por ella, como por lo que representaba para mi vida y para mis desórdenes el mezclarme con ella. Pero sí, me mezclé con ella; y no me vengas con celos querida, no te quedan. Especialmente porque tú, promiscua, abrazas a quién sabe cuántos cada día. No sería justo que me digas que estás celosa, por mucho que yo sepa que sí lo estás. Es más, lo estuviste desde que Carlota y yo nos hicimos novios. Dejé de pensar en ti, ya no te buscaba en ningún callejón, ni en los bares, ni siquiera en las pelvis de limítrofes sensualonas. Pasaba mis días tratando de robarle su tiempo a la ocupada Carlota, monopolizar sus distraídos pensamientos, beber de su aroma, complacer su cada-momento y encabritarme en sus preocupaciones. Carlota era un bello malestar para lo que tú y yo teníamos. Pronto dejé de pensar en el destino secreto de todas las cosas, olvidé mis prédicas en contra la fatua sensación de verdad absoluta, por un instante dejé de verte, Muerte adorada, como la solución al problema humano. Al problema de mi vida y mi conciencia chocándose contra la imposibilidad de aprehender, siquiera, algo real. Carlota es alguien en quién el mundo debería creer, es otra de esas corrientes a los que nos aferramos para no enloquecer. Carlota es tan importante y hermosa como ella misma, como diosa de la eternidad repetitiva, como humana atrapada en la pesadilla de la existencia, como agente de una felicidad que muy tarde logré aceptar. Ya no sé si por honesto o autodesturctivo, solo sé que no lo pude manejar.

Ahí me reatrapaste, Muerte. Te extrañé y mandé al carajo lo que tenía con Carlota, porque no podía dejar de buscarte. Necesitaba besarte en los labios y seguir vivo, o a lo mejor necesitaba irme afuera de todo, sin saber bien a donde iría. Tan sólo irme y no notar nada, nunca más. No te culpo, ojo, mea culpa, lo puedo aceptar. Puedo decirte que el error de mi vida fue no poder dejarte ir, el problema fue que no pude admitirme que tú no eras una solución sino que eras tan solo una historia más esperando a ser repetida, o aceptar que tarde o temprano tú vendrías a por mí y nos uniríamos en un abrazo que me permitiese ¿dirigirme al olvido? ¿confirmar que no existe verdad, ni siquiera en el vacío del más allá, en el olvido de cesar de vivir?. Pero ¿quién quiere adentrarse por completo en el olvido? No yo. O por un instante ya no quise. Y sí quise caminar por la tierra viendo como los cielos se mueven cambiando sus colores de celestes a grises, a blancos, negros, rojos e infinito; anhelé presenciar cómo los hombres moldean al mundo, quise probar los sabores de todo lo nimio y olvidar que el tiempo es simultáneo y que, en cada segundo, mi vida entera sucede al mismo tiempo. En un segundo donde estoy naciendo, y en ese mismo segundo estoy con Carlota, además de estar muriendo. En ese segundo es tanto ayer, como hoy, mañana, como cualquier momento de mi pasado y mi futuro. Pretendí olvidar que en ese suspiro, que es la vida humana, no alcanzamos a nada más que contarnos mentiras sobre quiénes somos y a quienes queremos, repitiendo las palabras y los actos hasta formar una narrativa que nos permita vivir en paz, engañados y felices, como si no fuéramos marionetas que se dejan manejar por la ilusión de completitud, por la promesa de que el vacio está en realidad lleno, de que podemos ver las cosas por como son, que la realidad es tan simple como nos la pintamos.

Yo escogí la narrativa adecuada para estar cerca tuyo, Muerte. Pero luego me di cuenta que esa era mi mentira. Y de pronto quise creer en otra mentira, una menos complicada, una que me hacía sonreír con sus ocurrencias y rabiar cariñosamente con sus necedades. Una mentira que creía en sus propias mentiras a las que llamaba verdades, una mentira que no me prometía el paso al vacío eterno, ni ninguna de esas cosas. Pasé de la narrativa de la Muerte a la narrativa de Carlota. Derrotado por la ficción, ansioso de no darle un vistazo a cómo sería vivir sin narrativas.

Alguna vez volví con Carlota, pero ella ya me había dejado por mucho que decía que estábamos juntos. Pienso que Carlota se dio cuenta que pese a que me quería, quizá no le convenía tenerme en su narrativa. Se alejó, me dejó y yo volví a tus brazos Muerte, pero ambos nos dimos cuenta que ya no era lo mismo. Por primera vez viste en mí un deje de rechazo cuando vi, por fin, tu rostro; cuando furioso por Carlota haciéndome a un lado, ambicioné dejar de verte a través de los velos con que te ornamentabas y me atreví a estirar la mano, agarrar la seda fina y oscura, jalar de ella pese a tus quejidos débiles, y lo vi querida, vi tu rostro por mucho que me cegaste de inmediato con un beso de los labios que yo creía carnosos y que ahora se revelaban como tenias viscosas que se frotaban contra mis propios labios y forzaban su paso dentro mío. Y cuando esos horribles gusanos terminaron de colarse en mi garganta, pude alejarme asqueado y mirar bien al objeto de mis anhelos. Y algo en mí se marchitó cuando observé las cuencas de tu calaca, vacías y demasiado inmensas, que me provocaron tremendos escalofríos mientras tus ropajes caían y dejaban ver un brillante agujero que todo lo chupaba, un agujero que sostenía tu astillada calaca. Y lloré, Muerte. Lloré no solo del asco de sentir a las tenias moviéndose dentro mío, también lloré porque supe que no te estaba mirando a ti, estaba mirando un algo que nunca podré especificar, un algo que velaba al verdadero terror detrás suyo. Y sentí que podía explicar el problema de lo humano mientras el agujero me succionaba adentro tuyo y yo no veía ni luz, ni oscuridad, solo podía ver la mirada fija de tus ojos siguiéndome a donde fuera que yo me moviese, totalmente consciente de que mi piel goteaba en cada instante de la eternidad, y que yo no podía evitar ese derrame mayor en que me desestructuraba en el continuo de las cosas, viviendo cada punto de la historia y derritiéndola como a una fábula. Disperso por todas partes, Muerte, me dejaste disperso y sin ficción a la que aferrarme. Y detrás de la inmensidad de tu vacío interno, había un vacío más enorme y más insondable, un vacío perpetuo al que no se podía ni tocar sin volverte en nada tú mismo.

Y cuando volví, pues lo visto no podía ser no visto, las ficciones me habían abandonado. Por un tiempo hasta intenté recuperar a Carlota, pero así me enteré que las historias que no quieren ser contadas se mantienen inenarrables. Y así me quede persiguiéndola en vano, tal como a ti Muerte. Me quedé persiguiendo una verdad que ya no quería que yo la creyese. Pero me di cuenta que me quedaba una mentira a la que ya no podía llamar verdad. Me quedas tú, Muerte. Me queda también la vida, pero me sobra el horror de verte al rostro y recordar que soy una marioneta de mi propia tendencia a creerme los cuentos para seguir respirando, me pesa el pensamiento de ser una no-existencia aspirando a creer que existe, o estar acá esperando una chance para por siempre zambullirme en el olvido.

tumblr_mugn1qaa8z1qz6f9yo2_500 ¿Conocen alguna canción romántica? Obviamente sí. Es de las pocas cosas inevitables en este mundo, ya sea porque las hemos escuchado de pasada en alguna radio ajena, o porque las hemos cantado con el alma saliendo de nuestro cuerpo; dolidos o esperanzados ante un nuevo suceso: el amor. Mismo que muchas veces se vale del romance para nacer, crecer, reproducirse y morir. Lo extraño es que pese a esta importancia capital del romance como motor de vida del amor, prácticamente nadie se plantea qué implica semejante asunto. Cómo le hace el romance para parir amor, qué tanto le da para alimentarlo, cuáles son sus trucos para que se expanda y emigre a nuevos horizontes,o qué es lo que dice en orden de matarlo.

El romance es un revolver con caños en ambos extremos. Muchos disparan a bocajarro creyéndose asesinos infalibles, conquistadores que son dueños de las armas secretas del romance, sin darse cuenta que se desangran por todos los agujeros de bala que se han causado. Y la sangre escapa lentamente, dando tiempo a sembrar esperanzas de vivir, incluso invitando a crear en un final feliz. No es que sea algo malo lanzar demasiado romance al aire, aunque tampoco se puede calificar como netamente bueno  ese suicidio involuntario de no saber apuntar los dos caños cuando lo cierto es que por mucho que uno se cuide de sus balas, igual termina muerto. Aniquilado por esa necesidad de atención que el romance le brinda al amor o al enamoramiento. En realidad, lo que esa muerte exige es que la anheles como solo puede anhelar un enamorado: con todo, deseando que no existan límites y finales, alargando su presencia hasta más allá de la muerte. O mejor aún: amando con la muerte como límite. Amar como se muere, equiparar al amor con la muerte ¿hay tumblr_mugn1qaa8z1qz6f9yo1_500romanticismo más perfecto?

Debe haberlo. Pero solo un enamorado, en algún punto del idilio, se da cuenta de lo acertado que es esto. La conquista amorosa suele ser esa guerra de a dos, ese violento suceso en que se dan todo tipo de ataques, y en donde hasta lo más vil puede ser justificable en nombre del amor (que todo lo puede, que todo lo sabe). Se usa al romance con cierto descuido, prometemos el cielo desde el infierno y hasta llegamos a creer que podemos cambiar los cauces de los ríos. Después de todo ¿Por qué no? ¿qué no es el amor la mejor excusa para matar lo común dentro nuestras vidas? ¿Qué no cuando nos enamoramos lo vivimos, mas no lo describimos, como un desequilibrio? ¿Y cuando el amor se aburre? ¿no sucede que buscamos aquella misma emoción, ya muerta, en alguien nuevo?

El romance alimenta las promesas del inicio, nos invita a creer que podemos darle el mundo a quien empezamos a amar, sin embargo se cobra con creces cuando se acaba el optimismo del inicio, gritando por ser recuperado, vengativo por el posible olvido en que se lo ha sumido. Nos hace adictos a su toque, por mucho que nos empeñemos en mostrarnos calmos, relajados. Casanovas, para quienes cosas tan nimias como el amor, el romance y el enamoramiento no son más que pensamientos fatuos e inútiles. Pero el romance es útil y hermoso en todo inicio. Nos invita a creer y a esperar lo mejor del viaje en que nos embarcamos, mantiene ilusiones que uno no se formula con quien sea, lubrica el paso que le quita al “yo” la soledad e intenta transformarlo en un “nosotros”, que tal vez no siempre funciona, pero siempre deja algo de sí en este “yo” que nunca puede retornar a ser el mismo.

Pero, al ser un arma de doble filo, el romance no deberá ser usado a la ligera, pues duele más la venganza del romance asesinado que las capitulaciones egocéntricas que se hacen en su nombre. Y aun así, contra toda advertencia y matando todo sentido común, solemos jugar ruleta rusa con el romance como bala. Corriendo a los brazos de la muerte, con una sonrisa enorme en el rostro. Abstraídos en el presente, olvidados del futuro. tumblr_mugn1qaa8z1qz6f9yo3_500

Art by Boulet (http://english.bouletcorp.com/2013/10/03/)

– Para Liliana Sánchez.

Armando Pereira jamás olvidaría aquella tarde de mayo en villa Chicani, la misma en la que se celebró el entierro de doña Dolores Villena de Pereira. Quizá no la olvidaría por la sorpresa de una muerte anunciada años atrás, tal vez estaba tan grabada por sus escasos quince años, o quizá no lo haría por la pompa y boato, las ostentosas parafernalias con que el pueblo de Chicani recibió a su hija predilecta. En su mente, Armando no podía asociar el gris velorio que había presenciado en la ciudad con las exequias pueblerinas. A lo mejor tan solo estaba triste, o tal vez hacía rato que lo había consumido una amargura profunda que ninguna miel pudo arreglar.

Su madre había enfermado hacia sabía Dios cuanto. Después de tantas batallas contra ese agresivo y empedernido cáncer, ni él ni ella llevaban cuentas del tiempo o el puntaje. Para ese entonces solo su padre, Mateo, mantenía un riguroso control de cada punto a favor y en contra de, la tres veces maldita, enfermedad. Aun cuando por cada tres puntos que entre médicos, tratamientos y otros conjuros se lograba adjudicar, el cáncer se conseguía siete más. Pero nada desanimaba a don Mateo que no lograba concebir una vida sin su mujer, a solas con un hijo adolescente al que no entendía pese a quererlo muchísimo, sin el criterio de su esposa quien era la culpable de todo su éxito en sus empresas y negocios, pero sobre todo por quedarse sin la única persona que había elegido aguantarlo por el resto de sus días. Su mejor amiga se le iba de las manos, y no pensaba que podría encontrar a una amiga mejor.

Armando lo sobrellevaba de otra manera. En su mente, su madre no moriría hasta después de que él tuviese sus hijos propios y la hubiese visto envejecer como a su abuelita, como dándose tiempo para procesar semejante ausencia y despedirla ancianita, ya cansada de la vida y de la vejez. Cuando, hacía tres años, le diagnosticaron a su madre con ese mal, lo único que Armando eligió no procesar fue ese “terminal” que el médico insistía en repetir y ante el cual los ojos de su padre se colmaban de lágrimas que lograba aguantar y disimular muy bien, por mucho que el quiebre en su voz fuera más evidente que el mismo llanto. En momentos como aquel, el muchacho odiaba a su padre por pesimista, por ser el pájaro de malagüero que se dedicaba a chillar cuando había que mantener una actitud más fuerte, una que no se derrumbase ante el primer comentario de un chiflado de blanco que probablemente había hecho mal su trabajo.

Eso siempre sorprendía a don Mateo, el cómo su hijo se las arreglaba para actuar con su madre como si nada la afligiese, como si la sombra de la Muerte no estuviese tan presente en aquel hogar. Don Mateo tenía que escaparse a llorar al baño, al jardín, al bar, pues solo ahí podía lanzarse a sollozar para terminar gritando el nombre de su mujer mientras sus lágrimas se mezclaban con su bebida. Pero no su hijo. Él parecía ser inmune a todo aquel dolor y sonreía como siempre, salía los viernes sagradamente pero ni de chiste se movía del lado de su madre el resto de la semana. Mateo podía notar que Dolores apreciaba mucho los gestos de su hijo, especialmente cuando, al segundo año, la quimioterapia la privó de su cabellera castaña y sus días los pasaba entre vómito y dolor inaguantable. “Dolor para Dolores” le decía Armando a su madre, quien siempre sonreía ante la ironía y apretaba más fuerte la mano de su hijo. En aquellos momentos era Armando quien soportaba el peso de la tragedia, ya que don Mateo no lograba contener el torrente lacrimoso y se largaba a chupar sin pena alguna, o con tantas que no le veía mejor salida a la realidad que evadirla de cualquier manera posible.

Dolores era oriunda de aquel pueblo gris y frío llamado Chicani. Un pedazo de tierra y pasto no más grande que dos barrios de la ciudad, y donde vivían poco más de mil personas que se conocían todas entre sí, pues estaban emparentadas de alguna manera. Y aun cuando no lo estaban, elegían llamar primo al prójimo antes que tener que adoptar aquella distancia protocolar que a los citadinos tanto les gustaba. Olvidado por la tecnología, el pueblo podía disfrutar de la radio como si fuese novedosa, de la televisión como si la animase no otra cosa que magia, e incluso sentarse a reírse de ese famoso internet que obsesionaba a tantos. No porque no conociesen estas cosas, sino por un olvido voluntario que el pueblo experimentaba. La mayoría de los jóvenes se marchaban a los dieciocho a conocer el mundo y sus locuras, pero todos volvían para cuando se sentían viejos y cansados, listos para dedicarse a ser abuelos de quien sea, mientras se reencontraban con los espacios de la niñez, ya como viejos agrios, buscando, y logrando, recuperar un poco de aquella fe ciega y felicidad fácil de cuando eran infantes. De paso, en ese aparentemente interminable tiempo de los pueblos, se enteraban de que habían hecho los demás en sus vidas alrededor del mundo y se acompañaban hasta que llegaba el momento de sus muertes que el pueblo siempre honraba como mejor podía.

Tal habría sido el destino de Dolores Villena si la enfermedad no se la hubiese llevado a sus treinta y nueve, en lugar de que la ancianidad la matase a sus ciento veintisiete años después de haber sobrevivido a su marido. Cuando ocurrió, Armando se encontraba a su lado dormitando y don Mateo estaba sentado en su puerta de calle temeroso de entrar. Luego, de viejo, Mateo diría que una premonición lo había dejado una hora parado con la llave en mano, cuando en realidad era la misma amargura que había alimentado por tres años lo que lo tuvo tres horas mirando su puerta sin que pudiese siquiera sacar las llaves. Al despuntar el alba un susurro despertaría a Armando, quien alcanzaría a murmurar un atropellado “te quiero” antes de que el brillo abandonase los ojos de su madre. Su padre lo hallaría abrazando el cadáver sin vida mientras se mordía los labios para no llorar. Por su parte el hijo nunca olvidaría el sollozo silencioso de su padre y la seguidilla de “hasta luegos” que profirió tan suavemente, que solo porque el mundo callaba pudo Armando escuchar. Luego de tres años de victorias pírricas terminaba una guerra que nunca tuvieron la chance de ganar.

Tras ello, don Mateo se derrumbó en la cama junto a su esposa muerta mientras que Armando se bañaba, desayunaba, iba a la escuela y retornaba a casa. Cuando don Mateo escuchó el portazo que anunciaba la llegada de su hijo, pudo sentir que el muchacho estaba dolido, pero supo que lo mejor era no decir nada. El muchacho entonces se dedicó a realizar llamadas para arreglar todos los asuntos legales del entierro, del velorio, del testamento, llamó a todos los periódicos que pudo y les dictó un obituario ideado por él, contrató un cathering para el velorio e hizo los arreglos necesarios para el traslado de los restos de su madre a Chicani, cuando el abogado le comunicó que eso estaba estipulado en el testamento. Don Armando vio como su hijo se hacía cargo desde las cómodas faldas de una simpática enfermera regordeta, contratada por su hijo, quien le suministraba tranquilizantes cada cierto tiempo y que se sentía admirada, además de algo intimidada, de ese quinceañero tan frío que llamaba a los familiares de todas partes y les comunicaba la mala nueva con una serenidad casi cruel. Solo Mateo podía notar cuan cortante era su hijo en realidad, y no pudo especificar desde las brumas de los calmantes, y un poco de marihuana de contrabando que le daba la enfermera, si a su hijo le molestaba más tener que hacerse cargo de aquello que había negado durante años, o tener que hablar con todos aquellos familiares que nunca se acordaban de su madre, y que a duras penas la habían visitado ni bien salió el diagnóstico o cuando ya se encontraba postrada en cama, toda derrotada y adolorida. Afligida y luego derrotada, así la recordarían esos parientes hipócritas que se llevarían esa imagen a sus tumbas sin, quizá, recordar a Dolores la bromista, la fuerte y apasionada de sus creencias. Muchos sin haberse dado la molestia de intentar conocerla. Y tal vez por eso fue que Armando se esforzó para que el velorio de su madre fuese una fiesta de nostalgias en donde familiares y amigos de la difunta se dedicasen a recordarla en todo su esplendor, pero lo único que obtuvo fue un enorme cuarto lleno de desconocidos que guardaban un silencio forzado, que se acercaban a su drogado padre a expresar su más sentido pésame y luego se marchaban a cuchichear de todo menos de su madre. Amén de un par de tías, paternas, que lo miraron reprobatoriamente y le indicaron que tenía que respetar el luto. Armando siempre recordaría la amargura con que se mordió el labio tras escuchar eso y ver a su padre con un porro en mano y los ojos rojos llenos de lágrimas.

Así viajaron en el carro fúnebre. Él conteniendo las lágrimas, don Mateo fumándose un porro delante del atónito chofer a quien le preocupaba hornearse. Atrás estaba el ataúd, que era largo y de color negro, sin cruces que lo adornaran, ni nada dorado que lo afeara. El velorio había terminado tan sutilmente como había empezado. Para cuando las doce horas de viaje concluyeron, muchos – mas no todos – ya olvidaban a Dolores y su repentina muerte. El chofer no sabía qué hacer con aquel par tan extraño al cual tenía que llevar a un pueblo del que nunca había escuchado, quizá porque en realidad no tenía que hacer nada más que manejar, pero de alguna forma empezaba a sentir una pena profunda por aquellos dos que no abrieron la boca ni una sola vez durante todo el viaje, y cuyos dolores eran demasiado obvios como para pasarlos por alto, aun cuando fuesen lo suficientemente sutiles y misteriosos como para que alguien ingenuo comenzase a amarlos.

Aquel entierro sería un evento que ni el mismo chofer pudo jamás olvidar, y que en el pueblo se recordaría durante más tiempo del que Armando se habría animado a anhelar. Ni él, ni su padre conocían Chicani, o a la totalidad de la familia de Dolores, pero alguna que otra vez ella hablaba del pueblo y daba por sentado que, llegado el momento, su esposo la seguiría mansamente a ese retiro alejado de las prisas citadinas y el ahogo del estrés. También recordaban fotos de alguno que otro miembro de aquella parentela lejana que prefería el frío intenso de una tierra de nadie, a los colores y sonidos tan variados que ofrecía la ciudad. Y fue exactamente por eso que no se esperaban los pétalos púrpuras esparcidos a lo largo de la entrada al pueblo, brillando contra el gris del empedrado y dándole una tonalidad diferente a la tarde nublada.

Armando no podía dar crédito a lo que sus ojos le decían. Aun de anciano, escucharía el relato de esos pétalos siendo pisoteados por humildes zapatos, todo brillosos y con olor a gasolina, que se apresuraban hacia las complicadas zapatillas que utilizaba su yo quinceañero. Y ni repitiéndose el relato de sus ojos podía creer, completamente, en las calles todas recubiertas con pétalos púrpuras y amarillos, negros y verdes, o las paredes adornadas por pequeñas fotos de una niña llamada Dolores, una adolescente llamada Dolores, una adulta llamada Dolores que sonreían desde los marcos colgados en las paredes de piedra, ladrillo y adobe, cubriendo las mal pintadas fachadas de las humildes casas. En las ventanas y en los coloniales balcones, Armando notó a señoras y ancianas llorando con estoicismo, mordiéndose el labio pero entregándose al llanto, aunque sea quedamente. De pronto, reparó en quienes lo rodeaban y se quedó congelado sin respuestas ante el torrente de hombres y mujeres que hablaban sin parar a él o a su padre, comentando sobre su madre, recordando a su madre, cantando despedidas y besando el féretro con devoción, o solamente un cariño muy real.

Los últimos días de Dolores fueron de pura agonía. Armando presenció cómo su madre tosía parte de sus órganos y profería sonidos que debían de ser quejidos de un dolor del que ya ni quejarse podía. Su padre también había sido testigo de eso, y reaccionaba jurándole a su esposa que la curaría, que Dios la ayudaría y que con todos los tratamientos mejoraría. Lo que don Mateo nunca quiso ver fueron los ojos de su mujer, que siempre buscaban a su hijo para pedirle la muerte de una buena vez, y aquella memoria jamás se iría de Armando quien, una vez muerta su madre, se encargó de cubrir todos sus orificios, tal como leyó en internet, y a vestirla y dejarla de lo más guapa para la última misa a la que jamás iría.

Mateo notó que el pueblo entero salió a las estrechas calles para lanzar un adiós. En medio de los efectos de la marihuana, sus sentidos pudieron captar otros detalles del homenaje a su esposa. No eran solo las malas colonias, los shampús baratos y olor a lluvia tan propio del pueblo. Era también como su nariz se engulaba con placenteros aromas a chicharrones, parrilladas, cerveza, ajíes, vino, el incomodo olor de la chicha y la nada ignorable picazón que las especias utilizadas en cada cocina del pueblo dejaban al entrar. Un apetito voraz nació en Mateo, quien no imaginaba que una fiesta tan grande,  con tantas risas y alegría, fuese el modo correcto de despedir a algo tan terrible como la muerte. Pero era difícil no contagiarse del humor en general, tanto del de los dolientes que se atropellaban por llegar al ataúd, como el de los que lo lograban y se marchaban a continuar la fiesta con lágrimas en los ojos.

A lado de Armando se presentaron varias primas, de pintas distintas, que actuaban de plañideras y le recitaban al primo citadino nombres y nombres, todos parecidos y hasta repetidos, pero aun así imposibles de recordar. Armando siempre evocaría el espectáculo que aquellas plañideras dejarían en su memoria, con esos llantos discretos que no rompían con lo que se imaginaba como dolor sentido y respetuoso, pero que no se percibían trágicos en el ambiente festivo con que era recibida Dolores. Ya de viejo, derrotado por su vida, Armando marcharía por los recovecos de Chicani cerrando los ojos para volver a escuchar los comentarios de cada habitante a propósito de su madre. Con la misma nitidez con que podía escuchar un disco, así retornaban los fragmentos de historias sobre Dolores, los lamentos sinceros, o no tanto, los brindis en su honor y los cantos de sus canciones favoritas. Hasta el día de su muerte, Armando derramaría lágrimas en cada que escuchaba sweet home alabama, casi lo que sea de Cat Stevens, o alguna de las canciones que sonaban a todo volumen en diferentes radios a lo largo del pequeño pueblo, y que hacían un tributo musical que ni él mismo había imaginado el día anterior mientras, furioso, observaba aquel gris funeral citadino. Desde entonces Armando y Mateo agradecerían profundamente al pueblo de Chicani, por haberle dado un homenaje apropiado a alguien como Dolores.

Cuando el pueblo entero hubo saludado a los recién llegados, iniciaron la marcha fúnebre. A Mateo lo sorprendería el modo en que Chicani había organizado comparsas que desfilaran bailando tras el ataúd. En medio de la bruma de las drogas, vería bailes típicos, pero también modernos siendo realizados con vigor y casi con furia, como sudando dolores y frustraciones, olvidándose de las desgracias recientes, pasadas y futuras. No fue hasta que notó que el mismo se había unido a una de las comparsas y bailaba y bebía y reía, no fue hasta entonces que se permitió admitir la derrota y se abandonó a sí mismo. Se dejó a un lado, y le dio el control total al olvido. Durante el funeral de Dolores Villena, Mateo Pereira olvidaría que alguna vez tuvo esposa, que su hijo lo miraba desde muy cerca, que él mismo sufría, y que sufriría por el resto de sus días, privado del privilegio que otros tenían de olvidarse de la difunta. Mandarla al olvido y seguir con la vida, eso no era posible para don Mateo, quien sabía bien que pese a todo, en algún momento, lo superaría, y la sonrisa retornaría a su mirada. Pero olvidar, nunca.

El chofer observó a don Mateo lanzarse a ese desenfreno y veló por él. Lo cuidó en cada paso y tropiezo, le limpió los vómitos y los excrementos incontrolables de su inconsciencia analgésica. Durante sus últimos días, cuando ya era un hombre importante en Chicani, el chofer, seguiría velando por aquel anciano triste que paseaba medio ciego, que la pasaba encerrado en la casita de la niña Dolores, leyendo y escribiendo historias locas, coqueteando con su irremediable soledad y saliendo solamente para recibir a su hijo, siempre que lo visitaba. Don Mateo moriría bailando como aquel día del funeral de su esposa, pese a que la vejez le pesaba y que desde aquella ocasión que no bailaba. Moriría con lágrimas por una memoria que no admitía más olvido que el de la muerte.

Por su parte, Armando Pereira mantuvo la compostura al ver que su padre la perdía. Demasiado hipnotizado por las nostalgias, los colores, las palabras, los sonidos, no tuvo tiempo de tener rabia por verse obligado a ser el fuerte, el frío, por forzarse a no derramar lágrimas, por aun no creer que su madre se había ido para siempre y que toda esa fiesta solo era un preámbulo al olvido.

Armando seguía al ataúd en silencio. Caminando lento en el gris atardecer, escuchando a la multitud entera bailar detrás de él, observando las mínimas gotas de lluvia que caían y oscurecían el empedrado. El viento agitaba los pétalos y mecía por el aire las fotos de Dolores, los olores de comidas y tragos se mezclaban con la sensación de las lágrimas de las primas cayéndole en el rostro junto al frío soplido del viento. Y marchaba recordando los abrazos de su madre, la forma en que le mentía para que él no se sintiese mal por nada, la recordó amaneciéndose escribiendo en la computadora para darle todos sus gustos cuando el dinero no alcanzaba. Y mientras más recordaba, más memorias se apoderaban de sus recuerdos y lo abrumaban con los pequeños detalles con que su madre le demostraba su amor. Pero así como cierto tipo de felicidad le dibujaba sonrisas, un vacio en forma de abandono le carcomía las entrañas, apretaba más sus dientes contra los labios y pintaba de color sangre su lengua. Armando, entonces, respiraba agitado, ignorando a la multitud tras suyo, manteniendo una cara imperceptible congojada mientras Chicani entero lanzaba gritos y llantos, en diferentes grados de sinceridad, que ya se transformaban en un amable olvido de Dolores la viva, suplantándola por Dolores la muerta.

El pueblo entero siempre recordaría, además de los festejos tan impresionantes en los que por el aire se movían fotos y pétalos, en los que miles de colores de disfraces de baile coloreaban el gris del pueblo, en que los aromas de varios banquetes traían regocijo, en que el dolor y la pena era palpables pero no ahogantes, en que la tierra temblaba ante el vigor de las danzas y el volumen de la música; además de todo eso, el pueblo recordaría a Dolores con el cariño que ella misma no pudo encontrar en su hermana que no la quería, en su hermano siempre distante, en su otro hermano demasiado mimado y en los citadinos ambiciosos que alguna vez buscaron derrumbarla. Pero el pueblo tampoco olvidaría aquella escena en la que Armando Pereira rompió a llorar con fuerza, con furia, con espíritu y miseria, justo en el momento en que tapaban la tumba de Dolores Villena y la visión del féretro se perdía para siempre en lo que, más tarde, nombraría como las puertas del olvido. Y solo entonces el muchacho lloraría todo lo no llorado por tres años de penas, sin detenerse a pensar, ni a mentirse. Aceptando aquellas lágrimas por la muerte del ser al que más amaba, seguro de que podía ser que el mundo entero se olvidase de su madre, pero que ni aun muerto podría él olvidarla.

 

– Para Helene Fechener          – Para Gustavo Sánchez

– Para Diana                                 – Para Blacky

Y una mención muy especial para:                   

– Liliana Sánchez                                        

De niño, Alejandro, no temía a la muerte. Era como un concepto muy lejano e inexistente en las posibilidades de su vida. Bien podía acabarse el mundo, pero su madre, su abuelo y sus perros estarían para siempre ahí. Pero eso solo fue hasta que Diana murió, y fue entonces que adquirió una desesperante conciencia de la mortalidad. Una especie de sentimiento de vacio avallasador que se presentaba por sorpresa y lo amedrentaba hasta el cansancio, lo dejaba con las lágrimas trancadas en el pecho y con la angustia a flor de piel. Tales eran las tortuosas visitas a los pensamientos acerca la mortalidad.

 
Diana había sido una doberman orgullosa con un complejo de madre sobreprotectora cuando se trataba de Alejandro. Su muerte había llegado tras dos días de enfermedad, al haberse quedado débil al dar a luz a una cuantiosa camada de cachorritos. Era una perra inteligente y traviesa. Se daba modos de colarse dentro de la casa, sea derribando puertas, rompiendo ventanas, aprendiendo a manejar manivelas, todo para pasar tiempo con su hijo adoptivo, su cachorro humano Alejandro. Aun antes de morir se había preocupado de mantenerse viva, hasta que el infante Alejandro se despidiese y marchase al colegio, había alargado su vida lo necesario para que Alejandro cerrase la puerta de calle y así ahorrarle el horror de la desolación al ver la vida abandonando a un ser amado.

 
La impresión lo había calado tan hondo que, pronto, la noción recién aprendida de muerte sacó más lágrimas a los ojos del niño, además de las que había derramado cuando su madre le explicó sobre la muerte de su perrita. Y entre lágrimas rogaba a su madre que no se muriese, que jamás se muriera. Y tanto rogó, que al final su madre le contó una mentira piadosa para calmar el llanto de su niño. “¿Ves este lunar en mi ojo? Quienes lo tenemos nunca moriremos” había dicho con una sonrisa en la mirada y voz conciliadora. Fue desde ese entonces que la muerte se convirtió en revisar quienes tenían aquel lunar en el ojo.

 
Fue así como no lo sorprendió cuando, mucho tiempo después, su abuelo murió. Él también le ahorro el horror de la desolación puesto que murió, tras una larga enfermedad, mientras él estaba en la escuela. Y si bien el dolor estaba ahí, además del miedo acezante, no pudo evitar pensar que hacía mucho que sabía que su abuelo moriría. Pero de la misma manera estaba consciente de que él también moriría.

 
Lo había notado días después de que su madre le revelara la verdad sobre los lunares de ojo. Se había revisado durante horas sus ojos celestes pero sin ningún éxito. Sin ningún lunar que certificase su eterna permanencia en el mundo. Y eso lo introdujo al horror de la mortalidad propia. Y su angustia pasó a preguntarse a donde se iban los muertos, a qué lugar inaudito partían los muertos ¿sería la muerte una inconsciencia infinita? ¿un espacio negro donde ni los pensamientos tenían cabida? ¿era la muerte olvidarse de existir, o era aprender a existir de otra manera?

 
Por eso se sentía más o menos curtido para cuando la tercera muerte en su vida acaeció. No era más que un adolescente cuando Blacky, su perro más viejo, murió en sus brazos, cansado del mundo en esa innatural muerte natural. En aquella ocasión, por fin, había presenciado el horror de la desolación, mismo que lo remitió a esos antiguos y perenes vacios de su infancia. La angustia absoluta ante la muerte de su perra, ante la chance de la muerte de su madre, ante la repentina realización de su propia fragilidad de mortal, ante el cese de quien en vida había sido más padre que abuelo, más consentidor que severo, más bondadoso y sensible que aquella figura mítica que su madre decía que era el abuelo. La muerte de Blacky, en cambio, fue la muerte de un hermano, fue la muerte que le hizo dar cuenta que su pobrecilla madre inmortal quedaría sola en el mundo cuando todos ellos, incluido él, se hubiesen ido. Y aquello representaba otra razón para temerle a la muerte.

 
Fue Helene quien lo cambió todo. Helene y sus verdes ojos, sus inocentes ideas, su vocecilla tierna, su belleza de mujer y su aura de niña. Helene y sus tristezas, la dicha que ella traía y la dicha que se robaba. Ella y su lunar en el ojo, uno igual al de su madre. Incluso ubicado de la misma manera. La maravilla de Alejandro por encontrar a otra alma inmortal era una sin par, como nunca más se vio en el mundo. Sabiendo inmortal a Helene, se largó a amarla con la misma intensidad con la que temía a la muerte, se lanzó a unirla a su pobre inmortal madre para que se hicieran compañía cuando el inevitablemente muriese y las dejase solas para irse a un lugar donde no podría darles de su cariño. Ni tampoco recibirlo. Aunque quizá, con algo de suerte, si estar con sus perros y su abuelo.

 
Por eso el golpe fue más profundo, poco tiempo después, cuando una voz al teléfono le anunció que Helene se había suicidado. De nuevo lo atrapó el vacio, le recordó al horror de la desolación y lo dejó estúpido ante la mala nueva de que no existía nada inmortal en la vida. Y convencido de que más allá solo esperaba un olvido tan enorme del que ningún lunar podría salvarlo.

 
Cuando se lo dijo a su madre las lágrimas le nublaron la mirada. Se encontró a si mismo todo mayor y crecido llorando en los brazos de su madre como el niño que alguna vez había sido. Llorando por su perrita y su perrito, por su abuelo y por si mismo, por Helene y su suicidio, por Helene a quien amaba, por Helene a quien extrañaba, por su madre para que nunca se fuese de su lado, por su madre para que no lo dejase solo esperando a la muerte, mientras a su alrededor todos se marchaban, lloró más que nada por la abominación de la desolación y el eterno vacio, la nada absoluta y el olvido supremo que significaban para la muerte.

 
Fue entonces que su madre lo miró con una especie de tierno reproche. Le señaló su lunar en su ojo y le dijo: “¡Ay mi tonto hijito! ¿Qué no entiendes que la vida no se trata de eso? Quizá la vida es creer que se tiene un lunar en el ojo, justamente porque nadie lo tiene.