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Cerrar los ojos en lugares con luz nunca brinda el efecto deseado. El de alejarse, que todo sea oscuridad y ningún estímulo pueda venir a entregarte sentimientos o memorias. Que tu mente simplemente quede en blanco, o negro, no sé, supongo que cada quien representa sus pensamientos como mejor le place. Pero acá eso no es posible. Es por la luminosidad esa, la del final del pasillo, el intenso brillo de una mañana calurosa filtrándose en este lugar frío y húmedo iluminado con focos por mucho que estemos tan temprano en el día. Supongo que son las diez o las once, las doce o la una, como diría Sabina. No lo sé. De hecho hay mucho que ignoro y eso que ahora sé muchísimo más que antes. Tarde, como siempre. Es lo malo de vivir como testigo de tu vida hasta que ya no hay chances para que tus acciones propositivas sirvan para algo más que intentar calmarte frente a la perspectiva de pasar quién sabe cuánto tiempo en una celda y cuanto más condenada por ello.

Vuelvo a cerrar los ojos y el color negro que busco en mi mirada se torna rojo, amarillo o naranja o verde por los efectos de la luz, y ahí sé que ya nada importa. Ni todo lo que sé o lo que no sé. Me animo a mirar momentáneamente y vuelvo a enfermarme del panorama este con trajes elegantes de colores oscuros, algunos plomos, pocos beige, moviéndose desaforados por doquier, papeles cambiando de manos y siendo leídos por ojos avariciosos, indiferentes o irascibles, miradas de abogados que saben que en este país todo se maneja por debajo, que la justicia es de quien mejor miente y no de quien tiene la razón. Eso me lo comentó uno de ellos hace unos minutos. “En este sistema gana el más cínico o el más hijo de puta” dijo como quien habla con una niña y se fue todo sonriente con la pinta de quien se sabe el dueño del mundo y yo solo quiero ahuyentar el pensamiento de él y de todo lo que está pasando. Cierro los ojos, nuevamente, y giro la cabeza de tal forma que evite la luz que entra del final del pasillo. No la soporto. Es un recordatorio más de lo que no hay. Prefiero la oscuridad.

El problema con los edificios dedicados al reforzamiento de la ley es que son aburridos y si no lo son es porque estás en problemas con ella. Suena simplón pero es cierto, con la excepción de esos abogados o jueces que disfrutan su trabajo porque algo de morbosos deben tener. Aunque, por cierto, mientras más interactuó con los reforzadores de la ley más entiendo que no es que disfruten su trabajo, lo que en verdad sucede es que disfrutan del poder o del dinero, que no son lo mismo, bueno, no todo el tiempo. Por mi parte estoy nerviosa, pero también me admito ligeramente aburrida. No es que no esté en problemas, sino que ya he bajado las manos y pienso que lo mejor a hacer es entregarme, dejarme ir.

Rendirme.

Ya me han clarificado el panorama y sé muy bien que toda esta pantomima de los enforzadores de la ley no es más que otra excusa para que puedan sangrar dinero a alguien y se alimenten hasta quedar gordos, los muy parásitos. Nunca he sido alguien que se detenga demasiado en esperanzas, la gente siempre ha odiado eso de mí, pero ahora me será muy útil, así que al diablo con toda la gente que no soportaba mi manera de ser. Aparte, no es que no quiera pelear contra las injusticias de la vida, solamente me aferro a ser realista. Lo necesito. Eso lo supe desde el día de mi arresto, me di cuenta que tenía que adaptarme a lo que sea que viniese, que el camino al que entraba no era uno que tuviera justicia y no me equivoqué. Quizás fue más de lo que pude soportar pero eso no quita que fue útil ponerme terca con esto de ver las cosas cómo suceden y no como quisiera que sean o cómo deberían ser.

Lo cierto es que ya me tocaba. Cuando miras hacia atrás siempre encuentras pequeñas ingenuidades de las que fuiste culpable y sonríes. Pero cuando estás en las que yo estoy, notas que todo momento candoroso es otro clavo en tu cruz. La noche del arresto es uno de ellos, esos días que todo sale mal, que la presión ha sido intensa, que lo único que quieres es olvidarte un rato antes de dormir y que logras eso mismo cuando estás en tu casa, sola, fumándote la poderosa hierba que te dejó tu “mejor amiga” una semana atrás, pensando en tu vida, en dónde estás ahora, en cómo fue que terminaste con un empleo mediocre, sola con dos hijos y 35 años encima ya perdiéndose en las vorágines del tiempo remarcándote las pocas probabilidades de agarrar al toro por las astas y hacer algo que te haga sentir llena, fuera de ser mamá. Que me perdone mi hija y mi bebé, pero en mi mente me puedo dar el lujo de decir estas cosas. De admitir que los amo pero que mantenerlos ha sido una cruz bien pesada. Si dijera esto en voz alta alguien me condenaría por ello, ya sea en nombre de la decencia, de lo correcto, del amor, de tantas cosas que la gente usa para generar culpa. Por eso no lo dices, por eso te fumas marihuana algunas noches cuando tu hija ya duerme y tu bebé, esa pequeña sorpresita de la vida que no buscabas activamente, por fin ha dejado de llorar.

Esa noche pude cerrar los ojos y solamente ver oscuridad. Mis oídos no registraban este traqueteo enfermizo de abogados corriendo por doquier sino que solo disfrutaban el silencio pacífico de mi barrio y Soda Estéreo sonando bajito en mi celular. Y fue cuando me consolaba con sueños de mis hijos siendo felices y yo logrando algo más que trabajar en un lugar mediocre que sonó el timbre y un par de tipos vestidos de verde olivo mencionaron arresto y entraron a mi casa, revolvieron todo, me trataron con rudeza y no pararon nunca de hablar de dinero, no sé si esperando que no me queje cuando se robaron los pocos billetes que encontraron dispersos por ahí o porque pensaban que se los daría voluntariamente. No entendí nada, solo que me estaban llevando y no pude hacer otra cosa más que decirle a mi hija que cuidase al bebé y llamase a su abuela antes de que me sacasen de allí.

En la comisaria todo fue más claro. Habían atrapado a alguien, un jovencito cualquiera que delató a su vendedora, a quien buscaron y quien me delató como la proveedora. El problema no fue tanto que yo nunca fui proveedora de nada, sino que eso no importaba para nada, nadie siquiera se molestó en interrogarme o en escuchar mi historia, nadie quiso reparar en que no había grandes cantidades de droga en mi casa, solo el solitario porro que me fumaba y quizá lo suficiente como para hacer unos cuantos más. Eso fue lo que bastó. Una acusación y un poco de marihuana. Una noche de crisis de mierda porque mi vida no era el sueño que creí en mi adolescencia, porque a esa edad no supe escoger bien mis amistades y al parecer aun no sabía hacerlo porque si ella se acordó de mí para echarme encima sus culpas y el jovencito ese pudo identificarme es porque yo todavía andaba con ella y alguna vez, la muy astuta, me llevaba a sus tratos. Y hasta ahí todo estaría dentro del reino de lo aceptable. Una comete errores, una puede ser muy estúpida y podría vivir con responsabilizarme de mis propias equivocaciones. Pero ¿no ser escuchada? ¿Ser un asunto más que buscaban cerrar a la rápida? Poco entendía que ahí empezaba el asunto del castigo, que mis palabras no les interesaban. Era un número más en todas las estadísticas de personas siendo condenadas por tan poco, otra cifra añadida al impresionante grueso de mujeres que terminan siendo parte de la población carcelaria de este país.

Claro que eso tampoco lo entendía. Y lloré y negué todo hasta que me trasladaron a la cárcel de Obrajes. Ahí comprendí mejor la cosa. Lo que pasa es que cuando una quiere tener esperanza deja de ver las cosas de frente, porque tener esperanza es un poco como perder perspectiva. Me parecía que toda la violencia y los insultos de los policías eran parte de lo que una podía asumir lo que significa ser acusada de tráfico de drogas, de ser tildada como una criminal. El sadismo no lo esperaba pero sí los malos tratos. Como que también lo disfrutaban, se notaba que desfogaban algo más ahí, o a lo mejor les gustaba verse poderosos frente a alguien impotente. Así que dejé de llorar y luchar, me aburría, ya no deseaba darles la satisfacción de mi sufrimiento.  Hasta se aburrieron y me trasladaron a Obrajes. Lo que más me llamó la atención de la cárcel no fue el patio, ni las rajaduras en las paredes, o los espacios descuidados, tampoco los remodelados. Lo que más me llamó la atención fueron las miradas. Y supongo que ahí empezó este nuevo hábito de fijarme en ellas. Eran los ojos de todas estas personas forzadas a vivir en comunidad bajo el ojo de vigilantes castigadoras lo que más me enseñó a adaptarme a esta nueva situación. ¿Cómo decirlo? No era nada melodramático. Era algo así como ver colores de brillos poco lustrosos, eran las miradas de personas que observaban con excesiva atención a los uniformes verde olivo y que se miraban entre ellas con cierta calma y hasta comodidad, pero siempre con un brillo cauteloso que delataba la inexistencia de un descanso, como si en aquel lugar las reglas sociales estuvieran exentas de cierta hipocresía y en cambio hubieran terminado más entregadas a la salvajía de la vida en comunidad. Entre ellas las miradas eran algo que escondía historias y detalles, pequeños momentos y grandes también que seguro sus voces podían dar fé en crónicas más inteligibles pero no tan intensas como las de sus ojos. Con la policía sus miradas simplemente se apagaban un poco, tal como un escudo levantándose para protegerlas.

El asunto fue conmigo y un par de nuevas reclusas. Ahí sus miradas se volvían distintas. No creo que sea un asunto que se pueda describir porque quizá es algo que se tiene que vivir; eran miradas hambrientas pero en cada una el hambre era diferente. No todas tenían la misma intensidad, ni todas miraban lo mismo, pero cada una de ellas tenía los ojos fijos en alguna de nosotras y era notorio como no les importaba que les devolvamos la mirada o no. Quizá ni siquiera lo notaban. Nosotras sí lo notábamos, teníamos miedo y no ayudaba que algunas adornaban esas largas miradas fijas con pequeños gestos que delataban la naturaleza de sus apetitos. Algunas levantaban las cejas hasta donde su frente se los permitiese, otras sacaban la punta de la lengua y acariciaban su labio superior o inferior con ella, hubo alguno que otro ojo llenándose de lágrimas que nunca salían pero hubieron más torcidas de nariz, o caras en las que un solo extremo de los labios se elevaba hacía los ojos, vi un par de sonrisas de dientes no muy cuidados y ceños fruncidos por doquier, amén de unos cuantos puños siendo apretados. En ninguna de aquellas miradas vi pena, pero sí lástima. No sé si era el miedo, pero perdida en tantas miradas ya no pude pensar en mi inocencia, solo en no dejarme golpear por ninguno de aquellos ojos.

Después algunas nos hablaron, nos establecieron límites, dijeron cuáles eran las reglas y qué estaba prohibido, marcaron territorios específicos y mientras unas cuantas fueron directas con las amenazas, otras las dejaron colgando en el aire, como algo que no es certero pero que sin embargo se siente claramente en el aire, lo cual era peor de alguna forma. Pero una vez que pasó la primera tarde con su respectiva noche, la mañana siguiente fue algo más calmada ya con el revuelo de la novedad perdido. Yo tenía los ojos ojerosos y cansados, apenas había podido dormir tanto de incomodidad por el lugar en el que estaba pero especialmente de preocupación por mi hija cuidando al bebé. Será que fue intenso porque aquella mañana los ví. Niños, bebés, madres que los cuidaban como mejor podían y los dejaban corretear con las alas cortadas. Algo en eso movió mi suelo, me dejó pensando y me cagué, juro que no hay otra manera de ponerlo porque me cagué en todo y me fui a preguntar, me fui a cometer la imprudencia de mostrar lo perdida que estaba a todas esas mujeres que estaban atrapadas como yo. Muchas no me contestaron, otras eran niñas confundidas, apenas adolescentes que tenían más miedo que yo, pero otras me dieron información que en su mayoría solo servía para alimentar la desesperanza. Eran la maldita mayoría. Casi todas las que accedieron a hablarme estaban ahí por drogas. Venderlas, poseerlas, cargarlas, lo que comprendí es que no importaba qué diablos habías hecho si estaba relacionado con drogas terminabas con una cruz del tamaño del que Cristo jamás podría haber cargado. Me destrozo con pensar que hay reincidentes que al salir estaban tan marcadas por ello que hasta las que entraron por algo tan pequeño como cargar una mínima cantidad se dedicaban a cargar grandes cantidades, para tener con qué sostenerse a través de los meses, porque igual ya se las tildaba de drogadictas y la gran mayoría volvía a situaciones de mierda donde tienen que vender su cuerpo o robar para seguir adelante.

Pensar que todo eso fue lo que mejor me preparó para conocer a mi abogado, que llegó esa misma tarde y cuyo primer atributo que noté fueron esos ojos en los que nada pasaba, como si la desesperanza y el aburrimiento hubieran tenido un par de gemelos no deseados, los ojos de este tipo, este burócrata sin color, de traje que le queda grande y zapatos sucios, mi supuesto héroe y defensor, al único al que se pudo conseguir para que me saque de esta infame tortura. Me miró a los ojos y con voz igual de muerta me dio datos que para mí ya eran un poco más que inútiles. Eran clavos en mi cruz, eso eran. ¿Para qué carajos me sirve a mí saber que alrededor del 70 % de mujeres privadas de libertad a nivel nacional, están aisladas por crímenes relacionados a la Ley 1008? Eso me servía antes, pero lo único que saqué de esa charla con este burócrata muerto en vida es que no hay nada de información ahí afuera para prevenir esto. Y, ahora que lo pienso, tampoco es que yo hubiera escuchado. Perdida en mi misma o en mi lucha contra el día a día ¿quién tiene tiempo para pensar en las que caemos en este tipo de desgracias? Las menos afortunadas de ahí afuera escucharan sobre nosotras y descartaran la idea por no tener tiempo para pensar en ella, así como las más afortunadas no querrán ni saber que esto existe. Y a los parásitos que viven de esto, tampoco les conviene que sea sabido.

Las puertas se abren, entra otra reclusa mientras un tipo con lágrimas en los ojos sale. Me pregunto si a él también lo atraparon fumándose un porro o fue acusado por una hija de puta que solía decirse su amiga. En esta jungla de miradas no puedo evitar pensar en cómo serán los ojos de mi juez, que clase de mirada indiferente, o de brillo desesperado, me dirigirá, cual el momento que pueda abandonar la luz especial de este frío pasillo sin ventanas y quién sabe si condenarme le causará un cierto placer de sádico que se desquita como gato en cuerpo de ratón. Ya no importa, no hay muy buenos prospectos en mi futuro, aun si lograse salir de esto, o si cumpliese mi condena pronto, igual terminaría en las calles solo para ser estigmatizada como traficante o drogadicta, al punto que juro que me encantaría haberlo hecho, de verdad quisiera haber traficado algo y no solamente haberme fumado un poco en una noche de crisis, para que al menos hubiera valido la pena. En fin, lo inevitable ya no tiene por qué ser pensado. Aunque sí, hay algo. Cuando entre a la cárcel ¿debería entrar con mi hijo? ¿Cuidar a ese bebé en el ambiente de la central penitenciaria o cargar a mi hija con una responsabilidad que no merece? ¿A quién se le están perdiendo más posibilidades? ¿A ella, a él, a mí? ¿a nosotros?

Los trajes siguen moviéndose. La puerta se abre nuevamente. Mi abogado me dice algo con apatía. Dentro la sala está el juez y lo último que registran mis ojos antes de cerrarlos y volver a caminar es tanto al juez como a mi abogado enmarcados por el umbral de la puerta, con dos policías verde olivo a los lados y la luz de la ventana ahí dentro iluminándolos como en una ironía cruel en un cuadro de un pintor maldito.  ¿Quién pierde? pienso, “Ciertamente no a ellos” susurro y camino lentamente.

 

 

 

 

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ww_compilation_by_jasric-d7w36dgPublicado originalmente en la Revista Gorila

En diciembre de 1941 salió el octavo numero de All Star Comics donde se presentó al mundo a la Mujer Maravilla. Entonces estábamos en la Era Dorada del cómic, esa época en que justamente empezó la industria del cómic y durante la cual plantó sus raíces más sólidas mediante personajes que aun hoy son importantes y mueven la cultura al generar modas. Fue una era prolífica y joven donde vimos a coloridos, y no tan coloridos, hombres disfrazados con capas y spandex que se enfrentaban a supervillanos, ladrones, asesinos, tu hermana, y hasta nazis en revistas que se vendían, especialmente, a colegiales de siete a diecisiete años de edad. Esos fueron los tiempos que permitieron a la industria del cómic perdurar hasta el día de hoy. Claro que también fue una época en que dominaba el género masculino y que los personajes mujeres eran o una peste, o una damisela en apuros o la versión femenina de algún varón. Fue en ese contexto que William Moulton Marston creó a la Mujer Maravilla.

Marston era un psicólogo que creó un aparato que se utilizó en la construcción del primer polígrafo y que, además, estaba convencido que la mujer era más honesta y confiable que el hombre, sin contar que también era más rápida y precisa trabajadora. Marston creía que el cómic tenía grandes probabilidades educativas y quiso crear un personaje que no triunfase con puñetazos y a la fuerza, como todos los superhéroes de esos tiempos. Gracias a la sugerencia de la esposa de Marston, hoy, tenemos a la Mujer Maravilla, quien se unió a las pocas heroínas de aquellos tiempos como la Viuda Negra y Fantomah, entre unas pocas otras. De repente Marston tenía a esta chica pin-up superpoderosa con la que podía cumplir todas sus fantasías y verlas dibujadas en aventuras que él mismo escribía, donde su arquetipo de mujer perfecta mostraba todo su esplendor. La posición feminista de Marston era tan evidente que hasta llegó a poner a un villano furioso de que las mujeres ayudaran en los esfuerzos bélicos, alegando que si es que eso continuaba pronto las mujeres se darían cuenta que son más poderosas que los hombres y escaparían al dominio masculino como las amazonas de Temiscira. Lo que Marston esperaba era poder influenciar a las niñas de aquella época a ser fuertes, empoderadas y atractivas como la Mujer Maravilla, lo cual fue bastante progresista para aquella época, pese a que Gardner Fox, escritor de la Liga de la Justicia entonces, hiciera a Diana la secretaria oficial del grupo de superhéroes aun si era igual de poderosa que Superman (no está demás aclarar que Marston estaba furioso). Con todo y obstáculos, pronto la Mujer Maravilla se adjudicó, en tan solo seis meses después de su segunda aparición (esta vez en Sensation Comics #1), su propio cómic.COVER_RUN_Wonder_Woman_by_AdamHughes

La intención original de Marston era la de crear un personaje que venciese todo con amor y pese a tener la fuerza de Superman, aun pudiese ser tierna y sumisa. Casi bautizada como Suprema, la Mujer Maravilla era ese personaje al que Marston se las arreglaba para dejar atada en una suerte de bondage que aparecía en cada página del cómic. Marston después diría que de esa manera podía reducir la violencia en el cómic sin que los lectores lo notaran, a la vez que conscientemente lanzaba imágenes que podían estimular a estos lectores sexualmente, no solo con dichas imágenes sino también mediante el uso de palabras que invitaban al innuendo sexual. Sí, Marston era un fanático no-tan-secreto del bondage y pensaba que la sumisión no solo era un fuerte elemento erótico y una hermosa virtud sino, también, la única forma en que la gente del mundo lograría la paz mundial. La Mujer Maravilla que idealizaba su creador era esta poderosa y hermosa muchacha cuya presencia inspiraba en los hombres el deseo de la sumisión y la felicidad absoluta por estar esclavizados a alguien así de superior, eso sumado a que Marston intentaba entregar una trama envuelta en temáticas de justicia transformativa y el rol del arrepentimiento en la sociedad.

Todo esto generó el debate acerca de si Marston hacía esto por cachondo o por inconscientemente estimular la cachondez de la juventud y mucho se dijo al respecto, pero nada de eso lo distrajo de seguir escribiendo a la Mujer Maravilla, sea cual fuese el motivo por el que lo hacía, hasta su muerte el año 1947. Tras ello le bajarían el feminismo al personaje convirtiéndola en una sombra de lo que antes representó;  le crearon el mítico jet invisible y añadieron otros elementos pero ya estaba transformada en una heroína más clásica y menos interesante que la de Marston. Esta versión de la Mujer Maravilla tuvo vida durante la odiosa época de la creación de la Autoridad de Códigos del Cómic, nacida porque un par de gilarys le creyeron al doctor Fredric Wertham que los cómics depravaban a los jóvenes y los transformaban en delincuentes. Fue así que en lo que los monos eruditos llaman, hoy, la era de Plata del cómic, tuvimos a una Mujer Maravilla que solo era la sombra de su, antes, sidekick Steve Trevor, más preocupada del romance y estar a la moda que otra cosa. Que no está mal, pero caía mal por el cambio abrupto de una figura empoderada e independiente a todo lo contrario. Esto duró hasta 1958 cuando Harry G. Peter fue reemplazado por Ross Andru y Mike Esposito, quienes le dieron origen revisado a Diana Prince y después justificarían el cambio usando la explicación del Multiverso en la DC y que las diferentes Mujeres Maravillas vivían en universos alternativos. Pero no sería hasta allá por el 73, durante la edad de Bronce del cómic, que tras sobrevivir a una extraña decisión de quitarle los poderes a Diana y regalarle una asistente china, la Mujer Maravilla volvería a levantar el interés del público. En gran parte gracias a Gloria Steinem, quien impulsó a toda costa el retorno de la superheroína, el cual llegaría a través de una hercúlea aventura para probarle a la Liga de la Justicia (y a sus lectores) que merecía estar arriba de nuevo.

Los ochentas verían a Diana Prince retornar al status quo de la guerra, con Steve Trevor vivo, nuevamente, y el retorno de personajes de soporte como Etta Candy y el general Darnell. Por estos tiempos la Mujer Maravilla estrenaría el emblema WW en su pecho en lugar de su, ya, tradicional águila debido a el valor comercial y de mercadeo que tenía registrar el nuevo emblema como marca registrada. En 1983 Dan Mishkin y Gene Colan trajeron de vuelta a Circe a la galería de enemigos de la Mujer Maravilla pero esto no alcanzaría para salvar las cada vez más bajas ventas del cómic, que concluiría en 1986 con el matrimonio de Diana con Steve Trevor, en un final feliz que sería eliminado de la continuidad del universo DC, no mucho después, gracias a la saga Crisis en las Tierras Infinitas, con la que borraron todas las versiones de la Mujer Maravilla y se alistaron para relanzar al personaje desde cero. Este primer reboot llegó el año 87 y puso a Greg Potter y George Pérez detrás de las bambalinas del cómic Wonder Woman, pero Potter no soportaría la presión y renunciaría para el segundo número dejando a Pérez a cargo del arte y la trama y si bien en temporadas tuvo ayuda de Len Wein y Mindy Newell, se le atribuye a él todo el éxito de su corrida de 62 números en el cómic.

1289749635675Como Marston en su época, Potter y Perez planificaron a esta nueva Mujer Maravilla como una feminista, además de añadir un contexto mitológico al mundo de Diana Prince. Aquí se establecieron los cánones de Temiscira, la isla matriarcal donde Wonder Woman era una princesa enviada como emisaria al mundo del patriarcado. Esta versión de la Mujer Maravilla era lo que creo que Marston hubiera querido: excesivamente hermosa, con una eterna sonrisa y de un aire inocente debido a su corazón tierno, todo esto regalo de Afrodita, muy sabia en actos y palabras por la voluntad de Atena, poderosa y fuerte como la tierra gracias a Deméter, hermanada con el fuego por la gracia de Hestia, capaz del vuelo y la velocidad mejorada gracias a Hermes y, además, una cazadora de poderosos instintos y unión con las bestias cortesía de Artemisa. Hasta le dieron un disfraz con temática más patriótica que supieron justificar elegantemente en una historia que involucraba a la madre de Steve Trevor, quien fue envejecido y emparejado con Etta Candy para evitar que los lectores pensaran que se seguiría explorando la vida romántica de la Mujer Maravilla con Steve. Pero lo más interesante de la época de Pérez no fue este retorno a la Isla Paraíso, sino como las aventuras de la Mujer Maravilla se enfocaron en las injusticias del Olimpo mientras se adaptaba a una vida, podría decirse, de inmigrante, acondicionándose a un nuevo mundo totalmente patriarcal, que hasta le extendía el reto de un nuevo idioma, y que vencía con la ayuda de una madre e hija de nacionalidad griega que la ayudaban como traductoras. Pérez mostraba a una Diana de aparente ingenuidad que, en realidad, era una guerrera bien entrenada en entender de guerra, muerte y destrucción, optando por defender el orden bajo cualquier coste necesario. Creo que la forma más simple de resumir a la Mujer Maravilla de Pérez es describir a una mujer con inteligencia y sentido compromiso y dedicación a la par de los de Batman, pero poseedora de muchos de los límites y poderes de Superman. Este cambio en su actitud resonó junto a todos los otros cambios en su contexto, cambios que le trajeron un aire nuevo a quien apenas descubría aquel mundo al que no estaba acostumbrada, donde la gente se apresuraba a llamarla superheroína y donde su ignorancia pasaba por ingenuidad, de tal forma que el contraste que se formaba cuando se mostraba a Diana la guerrera, quien demostraba que podía llegar a ser despiadada y brutal en sus batallas, como las que sostuvo contra Ares, Circe, Cheetah y, claro, Deimos.

Después de la aclamada era Pérez llegarían William Messner-Loebs como guionista y Mike Deodato como dibujante de una era cuyos grandes logros fueron quitarle el manto de la Mujer Maravilla a Diana para dárselo a la pelirroja Artemis y, en un ardid para humanizar a Diana, hacerla trabajar vendiendo tacos en un local de comida rápida. Ya luego John Byrne seguiría ese recurso de darle el manto de la Mujer Maravilla a otra amazona, en este caso la misma madre de Diana, Hipólita, en una intrincada trama de viaje en el tiempo y ascensos divinos tras la misma muerte que retornó a la Era Dorada de la Mujer Maravilla al canon, cuando declararon que la Mujer Maravilla de esa época era la mismísima Hipólita (#omaigá). Después, Eric Luke sería el encargado de otorgarle un giro más existencial a Diana, además de darle una onda que dejaba un sabor muy parecido a  la de Superman. Por suerte esto solo duró hasta que llegó la genial etapa de Phil Jimenez, quien con dibujos que evocaban a los de Pérez y en cuya representación de la Mujer Maravilla como una mujer fuerte, independiente, sabia, leída y poderosa no solo salvaba el mundo sino que se daba tiempo de ser activista de los derechos de la mujer alrededor del mundo. Esta visión de Jimenez serviría de antecedente a lo que más tarde hizo Greg Rucka con la genial villana Veronica Cale (cuyos métodos la harían una temible adversaria en estos tiempos) y su enfoque político y moderno que mandó a los silver oldies a freír monos.

Por esos tiempos se empezó a cocinar la trama de Crisis Infinita, la cual usaría a la Mujer Maravilla para romper un tabú del universo DC. Diana le rompería el cuello a Maxwell Lord (que, bueno, se lo merecía) haciendo lo que Batman y Superman no se animaban a hacer y por lo que, luego, ellos y el mundo, la repudiarían como una asesina a sangre fría. Sus actos generarían un efecto dómino en las psiques de sus compañeros de equipo y que, tras una sucesión de eventos, dejarían a la Mujer Maravilla sola y con su patria transportada a otra dimensión. La historia de Inifinite Crisis es importante pero no en el desarrollo de la Mujer Maravilla, sino en cómo unió al versión de Pérez con la de la Era Plateada y nos mostró que Diana podía solucionar las cosas haciendo lo que fuese necesario aunque nadie lo quisiese hacer, viendo más allá de los tabúes de sus compañeros, y aun despreciada y sola seguir haciéndolo en actos tan redentores como evitar que Batman matase a Alexander Luthor Jr. o que dos Supermanes de diferentes dimensiones se matasen a trompadas. Para entonces ya estábamos en el 2006 y Allan Heinberg, junto a Terry Dodson, se preparaba para relanzar al personaje, añadiendo al disfraz el emblema visto en Kingdom Come porque ¿por qué no?

Este relanzamiento nos trajo a Donna Troy, hermana de Diana, como la nueva Mujer Maravilla mientras Diana andabaWonder_Woman_Commission_by_OverGround_EIC desaparecida y de parranda, con el mundo aun repudiándola por el asesinato de Maxwell Lord. Con el tiempo veríamos a Diana de vuelta en la acción como agente secreta del Departamento de Asuntos Metahumanos, lo cual no duró mucho pues no tardó en retomar el manto de la Mujer Maravilla. Esta época estuvo llena de decisiones de los guionistas que ofendieron a los lectores  pero encantaron a los críticos, al menos en el caso de Jodi Picoult, una novelista que dio cinco números que los fans detestaron y que en la #RedacciónGorila nos dejaron preguntándonos si es que hubiera mejorado la calidad de las historias si se le hubiera dado más tiempo. Pero los fanáticos ya estaban cansados de la irregularidad del cómic (gracias a los retrasos de entrega de Allan Heinberg) y la llegada de Gail Simone para encargarse del título solo estabilizaría las cosas a medias mientras Dan DiDio (el enemigo número 1 de los cómics y editor ejecutivo de la DC) le devolvía al cómic su numeración tradicional. Fue así que se llegó al número 600 donde colaboraron nombres importantes como Geoff Johns, George Pérez, Phil Jimenez y Amanda Conner en un número que funcionó más como un tributo, antes de que Michael Straczynski tomara las riendas, acompañado por los artistas Don Kramer y Michael Babinski, en una línea argumental donde Diana (usando un nuevo disfraz, cortesía de Jim Lee) intentaba recuperar sus memorias perdidas acerca una isla Paraíso destruida y, de esta forma, unir la realidad distorsionada con la realidad que no podía recordar. Trama continuada por Phil Hester, esta temporada no generaría especial atención en los lectores hasta su cancelación, el 2011, junto a muchos de los títulos más importantes de la DC, quienes a apuntaban a lo que ahora conocemos como los Infames 52.

Lo curioso es que si bien la mayoría de los relanzamientos de los nuevos 52 fueron de malos a pésimos y tampoco fueron bien recibidos por los lectores, el reboot de la Mujer Maravilla fue una de las mejores cosas que le pasó al título desde la tenencia de George Pérez o Phil Jimenez. Con el disfraz rediseñado, de nuevo, por Jim Lee, el poderoso escritor Brian Azzarello llegaría junto al artista Cliff Chiang para traernos muchas de las mejor escritas historias de la Mujer Maravilla, que fascinaron a los lectores por el giro oscuro y horrorífico que Azzarello le dio al personaje y sus aventuras. Diana ya no era la misma de antes y esto lo remarcó Azzarello cambiando el origen del personaje de ser una figura de arcilla que tenía vida gracias a la magia, a convertirse en la hija natural de Hipólita y Zeus. Esta historia llenó las páginas del primer arco argumental de Azzarello y dejó a los lectores satisfechos y deseosos de más. Eso mismo obtendrían de Azzarello, pues pronto brindó  otros arcos argumentales donde veíamos a Diana inmersa en un mundo cada vez más rico en mitología y personajes secundarios interesantes. Al mismo tiempo Geoff Johns escribía La Liga de la Justicia donde también aparecía la Mujer Maravilla y…sí, los fanáticos recibieron bien la interpretación de Johns del personaje, pero todos estábamos demasiados fascinados por Azzarello y Chiang como para darle bola, pues esos dos nos trajeron un mundo oscuro, poético y visualmente fascinante que nos atrapó por su poesía y complejidad.

Desde la Era Dorada del cómic que la Mujer Maravilla ha sido un personaje muy popular e icónico, particularmente para el movimiento feminista, además de poseer atributos que la pusieron en varias listas como la de los Mejores Personajes en la Historia del Cómic de la revista Empire. Diana hasta tiene su propio museo en Connecticut, donde podemos ver la mercadería con su imagen que apareció a lo largo de todos estos años, también tuvo una exitosa serie de tres temporadas donde Lynda Carter interpretó a una heroína más parecida a las versiones de Marston con algo de la de Pérez (aunque es más correcto decir que la de Peréz tiene algo de Lynda Carter) y, pronto, aparecerá por primera vez en el universo cinematográfico de la DC, encarnada por Gal Gadot.

A la Mujer Maravilla se la ha interpretado de varias formas y desde numerosos ángulos. Muchos lectores y lectoras se identificaron con la propaganda americana que el cómic exhibió durante la Segunda Guerra Mundial, otros quedaron prendados con el mensaje sexual implícito por Marston, otros la seguirían por la trama y actitud balanceada que Pérez le tumblr_muorc8Id3s1qfn8gbo1_500supo dar, solo superado por Azzarello y su horror poético, mientras que otros se irían más por la sensualidad con que fue retratada por los muchos artistas que la dibujaron desde su creación, pero sea cual fuere el caso lo importante de este personaje es que, de una forma u otra, quedó asentada en nosotros una personaje que nació del deseo de Marston de crear un modelo de fortaleza femenina, un ejemplo de que la mujer moderna podía ser empoderada, que podía sobrevivir y triunfar en el mundo monopolizado por el género masculino. Y era, es y será refrescante saber que mientras Superman fue creado como un ardid de ciencia ficción que batallaba contra el sentimiento de impotencia ante los más fuertes y Batman era ese detective escapado (y copiado) de los cómics pulp para instalarse en el universo de ese superhombre, solo probar que sin ser invulnerable podía patear traseros; pero la Mujer Maravilla no fue creada con los mismos conceptos e intenciones de esos dos héroes, la Mujer Maravilla le debe todo no a la Segunda Guerra Mundial, ni a batallar contra estereotipados enemigos de Estados Unidos sino a ser un ícono feminista de empoderamiento de la mujer, cuya historia de publicación y la, actual, falla de representarla en cine o televisión se traducen en el fracaso de la representación de la mujer y el matriarcado como algo factible y no desdeñado sin más.

Ese es un fracaso fuerte que termina por remontarse a su creador, Marston, quien se describía a sí mismo como feminista y estaba casado con Elizabeth Holloway, la mujer que inspiró la mayoría de los aspectos de la Mujer Maravilla y que le sugirió a su esposo que el héroe que creaba tenía que ser heroína. Holloway y Marston eran progresistas de su época y sus vidas privadas le costaron la reputación académica a Marston, pero todo ello contribuyó a que la presencia de la Mujer Maravilla haya sobrevivido incluso a los periodos de malos escritores. Todo este proceso con que Marston quiso reeducar a la juventud terminaría con su muerte y la renuencia de la DC de contratar a su obvia sucesora y esposa Elizabeth Holloway, que no podemos decir que fue un error pero basándonos en la baja calidad que tuvo el cómic hasta la llegada de Peréz, creo que nos gustaría pensar en todo lo que una mujer como Holloway podría haber logrado con una mujer como Diana. Pero ni modo, todo por lo que había luchado Marston con su personaje desapareció en las manos de Robert Kanigher, primer sucesor de Marston, y tuvimos que esperar a que George Pérez le devolviera la gloria a este personaje. Actualmente seguimos luchando para que la Mujer Maravilla sea bien representada en cualquier medio en que se les ocurra colocarla y hasta ahora las series animadas van ganando por goleada. La pregunta que perdura es si es que la versión encarnada por Gal Gadot logrará mostrarnos lo que la Furiosa de George Miller y Charlize Theron nos mostró, haciendo honor a este gran personaje de la DC.

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Entregarse a la escritura es confesarse un mentiroso de ligas mayores. O al menos admitir que se desea ser uno. Los escritores pueden ser gente de distintas procedencias y costumbres, pueden tener diferentes formas de ver el mundo como cualquier ser humano común y, como justamente estos, miente. La gran diferencia está en que los escritores – o quien sea que aspira a ser uno- toma a la mentira y la convierte en un estilo de vida.

 
Escribir es tener la osadía de ponerle palabras a cosas, sucesos, vivencias que quien las escribe ha vivido, o cree que vive, o que otros vivieron y de las cuales el escritor no es más que un testigo mudo, o ciego, sordo, o presente, ausente, distante, cercano o tantos etcéteras entre las posiciones desde donde se puede escribir. Y es osadía debido a la naturaleza de lo que se cree que pasó, esa cosa tan grande y tan adscrita a las subjetividades. Después de todo, quién escribe, de algún modo se da el gustito de decir las cosas como las cree, como las ve y como las siente. Un escritor es ese tirano indomable que le da por presentar sus maneras de ver al mundo, y que encima se da el gusto de ocultar que nos está vendiendo sus pensamientos, que está ornamentando sus embustes para que los leamos y expresemos un agrado, un desagrado. Una reacción, al fin y al cabo.

 
Quizá deba acortar el espectro. Quizá no debería lanzarme a decir nada más que “escritor”, permitiendo que quiensea que escribe sus pensamientos en una hoja se sienta merecedor de estas palabras. O para que quienes no escriben literatura, necesariamente, se ofendan con el epíteto utilizado. Pero si aclarar que cuando hablo de escritores me refiero a esos que se dan a la tarea de inventar cosas, de crear mundos, de imponerse la disciplina de leer y escribir cada día, de no parar nunca, ni ante el temido bloqueo, ni ante las vicisitudes de sus pequeños infiernos. Hablo de esos escritores que a cada hora se lanzan a escribir aun cuando no tienen donde, hablo de los escritores disciplinados, insistentes y tercos que se atreven a algo tan temible como lanzarse a conquistar a una mujer tan especial como es la literatura.

 
Al fin y al cabo un escritor es un narrador que intenta retratar la alegría y la miseria de amar a una mujer en específico. Es ese desconsolado enamorado de la mujer más hermosa, de la más sucia, la más elegante, la que menos errores comete, la que más se equivoca, la más fea, la más impropia, la adecuada, inoportuna, groncha, cándida, perra, es esa mujer improbable que nos da celos presentarla a quiensea pues sabemos que hasta el más avinagrado no podría evitar enamorarse, y esa mujer (o cualquier nombre que quieran ponerle) es la literatura.

 
“You do it to yourself, and that’s what really hurts” dijo uno de los más grandes escritores de la actualidad. Y lo dijo de tal manera, que no hay forma de negarlo. Especialmente para un escritor que se entrega al extraño capricho de amar a la literatura, de amar el narrar, de quienes se enfrascan en el salto semi suicida de publicar, de quienes son capaces de asumir un compromiso con sabor a noviazgo que implica escribir una novela, o de los viajes cortos que son los cuentos. No será lo más glamoroso, no será lo que la mayoría quiere, puede que no seamos más que un hato de “lusers” mentirosos, alharacos y encima “artistas”, pero puta mierda, no creo que nadie que escriba se arrepienta de hacerlo.

 

¡Ah! Feliz año nuevo y todas esas cosas que se dicen.

 

¡Feliz ano nuevo!

“Otros, en cambio, dilapidan dinero y autoestima en perseguir quimeras inalcanzables. El amor, por ejemplo.”
– Xavier Velasco, El Materialismo Histérico

Fumar mota no bastaba. Aquella ocasión ameritaba algo más fuerte, algo que quizá lo sumiría en reflexiones acerca lo que justamente intentaba evitar, pero desde la cómoda lejanía de la inconsciencia. Esa bruma casi perfecta de desesperación que deja huellas casi imperceptibles, de un sufrimiento que no se podrá evocar con la memoria. Un mecanismo autodestructivo para lidiar con esa rara urgencia de querer ver cosas hermosas terminar.

Joaquín Ballesteros vertió whisky y singani en el vino. Pensó en como su amigo Lucas frunciría el ceño ante ello, incluso lo escuchó diciéndole: “¿Por qué eres tan cholo, Joaquín?” con esa su sonrisa plena de carisma resistiblemente irresistible. Joaquín agregó vodka y un toque de ajenjo a su mezcla- a la que denominó suicida- sonriendo ante la perspectiva de dejar de pensar. Tenía una jarra casi al tope, que terminó de llenar con el zumo de varias naranjas, que tornó la mezcla en un dorado extraño que lo hizo dudar, nomás un poquito. Habría sido mejor tener algún hongo, un ácido quizá, hasta podía haber aceptado la desesperante angustia del cacto San Pedro, que un antiguo amigo drogadicto le había enseñado a preparar en forma de mate, para mayor comodidad. “A falta de pan: mierda” pensó Joaquín, mientras llevaba la fría jarra a su cuarto, donde lo esperaba un ladrillo de marihuana para poderse cruzar. “A veces es necesario matar lo pacato del ambiente” pensó con un ligero temblor en los dedos.

Tomó un sorbo de la mezcla suicida y la encontró extrañamente agradable. No era fanático de los sabores amargos del alcohol, pero supuso que sus amarguras hacían que todo le supiese más dulce que amargo. Miró la simpleza de su cuarto. Una cama destendida, un escritorio con un computador, un ropero lleno de ropa negra, una silla de madera antigua con grabados ornamentales y cojines rosados ubicada bajo la única ventana del cuarto con sus cortinas blancas, además de un estante de libros robados y/o comprados. Todas las paredes estaban tan desnudas y blancas, que cuando Joaquín apagó la luz adquirieron unas tonalidades plomas que denotaban las muchas manchas que el descuido había provocado a lo largo de los tiempos. Cookie, una amiga de Joaquín, solía decir que el actual cuarto del muchacho era una especie de dejadez forjada en decepciones estúpidas, una especie de espera por un algo que lo obligase a llenar las paredes de color y ornamentos inútiles. “Algo así como esperar a la felicidad intentando ser miserable” decía Cookie a quien sea que preguntase por la decoración del cuarto del muchacho.
En la oscuridad se quitó la polera y la lanzó a un lado. Se echó de un salto en su cama y luego estiró su largo brazo para tomar un poco de la mezcla suicida, sin poder evitar comparar el dorado del líquido con el rubio de los cabellos de Celia. Por un rato se perdió en el deliquio de pensar en ella, de recordar sus momentos con ella, de las ropas que había usado aquel día, del café discreto de sus ojos que Joaquín tanto disfrutaba, el celeste de su top (¿o era verde marino?), su jean, la chaqueta de cuero negro, su piel blanca y el contraste con el rubio semi-oscuro de sus cabellos. Sonrió con esa expresión que incluso los enamorados reconocen como estúpida, y el peso angustioso del desconsuelo en su pecho volvió a crecer, después de todo no hay peso que se disfrute con tanto sufrimiento como el de los enamorados. Peor aún, cuando quien se enamora eleva a la categoría de imposible a su amada.

Pronto el humo inundó el cuarto con el peculiar aroma de la mota. La espesura de las nubes de humo no dejaba a Joaquín ver más allá de su cama y su vaso de mezcla suicida. Ambos narcóticos habían tenido la virtud de idiotizarlo más allá de lo cualquier emocionalidad podía. Sus pensamientos ya no se perdían en la incómoda deriva de la desesperanza, ni en las desmesuradas ilusiones de su deseo, o el desconsuelo de saber que no podía ser más que un número imperfecto en los cálculos de Celia. La suya era la típica pena de quienes no se sienten dignos de algo, y aun así terminan añorándolo ¿Qué otro nombre, más que el más nefasto, amor, podía usar Joaquín para nombrar aquella tristeza constante? ¿Con qué otra palabra podía resumir tanta mierda? “Se grita, se maldice pero si ya te convenciste de que el escozor que sientes en las tripas es amor, rascarse es equiparable a un cadalso o a un suicidio.- le había dicho Cookie alguna vez- Al menos si eres de esos cachorros que prefieren ser buenas personas, de esos nobles que intentan ser caballerosos y respetuosos, que entran con los sentimientos en la mano y con la sinceridad en cada acto romántico que efectúan en nombre de a quien sea que digan amar. Y eso es jodido nene, pues las nenas como que nos gustan los cretinos que nos tratan medio mal, que en la mano solo tienen el pene hambriento de nuestras rajitas y cuyos actos los rodea de misterio y una seductora suciedad que no deja traslucir sus verdaderas intenciones”. Joaquín sabía que su terco romanticismo lo había llevado a cagarla de nuevo. Justamente por eso se encerraba con sus narcóticos, para establecer una distancia entre sus añoranzas y él mismo, de modo que a través de la distancia pudiese olvidar que Celia existía, que Celia respiraba, que Celia era tan genial, para olvidar su fisionomía y su voz ronca que él disfrutaba tanto, para olvidar sus frases matadoras a lo Cookie, para olvidar su risa repentina y sus miradas cómplices, para dejar de hacerse las mil y un películas en su cabeza donde ambos se amaban, donde todo salía como él deseaba y donde todos podían ser infelices, menos él y ella. Olvidando que si bien la distancia puede, también, curar el mal de amores, es, sin embargo, una apuesta riesgosa pues, por lo general, suele agravarlo.

Joaquín se perdió en la confusión de los efectos del cruce de narcóticos. Hacía rato que la jarra de mezcla suicida estaba vacía y que el ladrillo de marihuana se había esfumado en forma de porros, bongs y pipas que su fiel candela había iluminado. Y fue así, con los ojos perdidos, su cabeza perdida, su vida perdiéndose y sus sentimientos apagados ante el abrumador desequilibrio de sus pensamientos, fue así como lo encontraron los cuervos.

Primero se preguntó de dónde habían salido tantos. Intentó recordar si había dejado la ventana abierta, puesto que la espesura del humo no le dejaba ver más allá de su posición fetal en la cama, pero no lograba concentrarse ante los revoloteos de los pajarracos encima suyo. Había algo raro en la hostilidad con que sobrevolaban, en la manera en que sus picos se abrían con espumas rabiosas fluyendo y graznaban violentamente sonidos estridentes que lastimaban a Joaquín. Y fue cuando vio la inquietante negrura de los ojos de los cuervos, esa oscuridad palpable que parecía transmitir un desasosiego tan familiar, fue entonces que comprendió que los cuervos estaban pero no estaban. Eran alucinaciones, quizá, que reflejaban sus propios demonios. Demonio, en realidad.

Desde niño que el amor era un límite de lo ilegal para alguien como él: demasiado invisible, demasiado pequeño, como una especie de accidente con patas que de haber amado y demostrado que lo hacía, sufriría un castigo por su crimen. Algo peor que simplemente soñar con la imposibilidad de tornar lo imposible en posible, aunque Joaquín no sabía de nada peor que aquello. ¿Cómo era que había terminado ahí, en el amor? ¿Qué clase de intensa soledad lo había empujado a tejer ilusiones de adolescente enamorado? ¿Cómo era que Celia había logrado pasar las pruebas de sus estándares, de por sí altos, para sentarse tan cómodamente en un trono que, quizá, exageraba sus atributos? Los cuervos que lo torturaban le recordaban la fragilidad de su mortalidad, representaban cada derrota, cada fracaso, cada defecto y cada motivo por el cual nunca sería digno a los ojos de Celia, con esa arrogancia que tienen los acomplejados y/o amargados de creerse capaces de antelarse a lo que se pensará de ellos. Pero más allá de los dolores típicos de un enamoramiento desesperanzado, los cuervos traían las torturas de cada aspecto de su vida, de todas las cargas con que se entorpecen los acomplejados. Y en medio de la bruma de los narcóticos sufrió. Con una inefable angustia y una inenarrable conjunción de tristezas, que le recordaban lo “loser” que era.

Nos entregamos a la Perdición cuando aun no deseamos casarnos con la Muerte. Es más bien una especie de coqueteo distante, donde miramos fijamente a la Muerte y susurramos cosas sucias mientras la manoseamos a la Perdición, quién nos deja marcas imborrables con sus besos y chupeteos. Quizá Ballesteros intuía que los cuervos no esperarían a su muerte para comer de su carne, quizá pudo leer, en aquellos temibles ojos completamente negros, que la paciencia era una maricada y que, primero, lo matarían para, después, llenarse más rápido sus estómagos.

No le sorprendió cuando los humos de la marihuana se disiparon de repente. No pudo sentir más que un estúpido embelesamiento cuando vio que la imagen de Celia se manifestaba en su habitación que había cerrado con llave y con la ventana intacta, como si nunca se hubiese abierto. Aun drogado, pudo notar que esta Celia brillaba con una luz tan digna de ella, como solo ella misma podía ser. En un flash de conciencia se sintió ridículo por todas las maricadas que pensaba. Pero luego reparó en la corona de flores que flotaba encima la cabeza de Celia, como si de una aureola se tratase. También notó que la oscuridad retrocedía ante su reconfortante luz, una luminosidad que los cuervos odiaban y ante la cual retrocedían furiosos.

Se arrastró. Se rindió ante el peso de aquella visión aceptando la cabrona realidad, consciente de que nada era real y que, sin embargo, todo lo era. Lo malo de los simbolismos es que crean imaginarios que nos gusta asumir como reales. Y era aquel un simbolismo perfecto en donde el amor linchaba, con su luz purificadora, todo sufrimiento pasado, toda derrota, toda posible amenaza a su ser. Y era el simbolismo que permitía al amor triunfar por encima de todas las cosas, donde el amor todo lo podía y todo lo perdonaba, donde el amor se presentaba en forma de Celia y dejaba a Joaquín Ballesteros entregarse a la enfermedad de amar como un “loser” y soñar, e ilusionarse y no dejarse lastimar por los cuervos. Fue así que Joaquín terminó arrodillado y refugiándose en la visión de su amada, mirando temeroso a los cuervos y hallando cierto tipo de confort en aquella aparición, quien miraba fijamente a los cuervos con una expresión de neutra conmiseración en el rostro igualito al de Celia, y los fulminaba con esos terribles y profundos ojos completamente negros.

 

Laura Blandón 2

por Laura Blandón

Basado en un “chequeo” real

Había sido un día caluroso y desgraciado. La canícula se había hecho notar desde la mañana, hasta unos momentos previos al atardecer, luego el sol se había perdido tras nubes grises de amenazadora lluvia. Joaquín Ballesteros esperaba por un taxi desde hacía ya media hora. Su paciencia se agotaba en la espera, ahí apoyado contra un poste de luz viendo toda clase de transportes pasar llenos hasta el tope mientras se fumaba un cigarrillo. La luz gris del atardecer daba una especie de luminosidad trágica al momento. Como una nostalgia ploma con sus nubes negras, y la humedad de una lluvia inminente y los vientos fríos y fuertes que parecían disculparse por el sofocante sol que había torturado a la ciudad temprano aquel día.

Joaquín miró a ambos lados de la larga avenida. Los autos venían a montones por ambas vías, la de subida y la de bajada. No había nadie alrededor, lo cual era raro al tratarse de una avenida principal, aunque no tanto cuando Joaquín re analizó los nubarrones de lluvia en el cielo. Quizá toda la gente estaba en los taxis que él deseaba abordar. Joaquín se dio la vuelta y se observó en un vidrio. “Carajo- no pudo evitar pensar cuando su reflejo le devolvió una mirada triste- ¡qué feo que soy!”. Se analizó por un rato más sin poder evitar detenerse a menospreciar sus peores detalles físicos y quedarse pensando en sus peores defectos como persona. Se sentía enfermo de aquella autocompasión sobre su poco atractivo, pero de algún modo era inevitable. Al menos aquel día no había podido evitar sentirse como una basura, una piltrafa humana que para colmos no poseía ningún atractivo físico. Quizá no era cierto, quizá sí lo era. No importaba si lo era, solo como se sentía.

El fuerte resoplido del viento lo devolvió a la realidad. Notó que tras el vidrio, el dueño de una tienda lo miraba con extrañeza, picado quizá por la forma tan fija con que Joaquín miraba su reflejo. De seguro creía que lo miraba a él. “Tonto” pensó Joaquín sin saber si se refería al dueño de la tienda o a sí mismo. Estaba enojado, quizá porque la vida no salía como esperaba, quizá por la gente de mierda que le declaraban guerras injustas- pero no por ello un tanto inmerecidas-, o quizá le frustraba que recién se hubiese ocultado el odioso sol, para dar paso a ese hermoso clima frio. Quizá le enojaba que ya se le hubieran acabado los puchos, o que no hubiese plata para más. Lo cierto era que Joaquín no recordaba haberse sentido más desgraciado en su vida. Eran dramas tontos, pero reales en su cabeza. Era un eterno lloriqueo por estupideces sin valor. Pero luego ya no pudo recordar que era cuando la vio adelante.

Era una mujer. Como no iba a serlo con esa piel nívea, con aquel pelo rubiorojizo que flameaba junto a la corriente de aire de la calle. La iluminación gris de aquel escenario contrastó con no solamente ese cabello, sino con toda ella. Una muchacha de baja estatura, flaca pero robusta, de senos y piernas redondas, vestida con corto vestido de verano blanco y tacones que dejaban ver sus uñas perfectas. Sus enormes ojos verdes como círculos brillaban mirando hacia el frente y hacían juego con sus boca redondita rojísima que parecía pintada pero que iba así au naturel como demostrando que los ornamentos naturales si existen. Joaquín abrió la boca y se quedó con expresión imbécil mirándola como a una aparición. Joaquín se maravilló con el brillo naranja de la muchacha, desde sus cabellos que resaltaban su presencia entera, hasta el ancho cinturón naranja que cubría su redonda cadera, o los dibujos de cascaras de naranja que plagaban su vestido y le daban más color a la oscuridad del atardecer nuboso.

“Me cago que mina más hermosa” alcanzó a elucubrar Joaquín en su cabeza ante la aparición de la chica. Esta seguía cruzando la calle cuando una ráfaga de viento sopló con mucha fuerza, haciendo que su vestido blanco de cascaras de naranja ondease como una bandera, jamás levantándose, nunca revelando más que una pequeña porción de sus piernas blancas y sedosas, pero moviéndose como si estuviese a punto de volar, de levantarse y permitir a Joaquín ver si es que sus bragas eran también naranjas. Pero nunca sucedía. El viento soplaba con extraña furia, y ni así cedía el vestido de verano. La chica sonreía. La gloriosa belleza posó su ojazos verdes en el asfalto, cerrándolos ligeramente mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro. Una sonrisa amplia y pícara que enmascaraba una especie de vergüenza ridícula. Joaquín no podía creer que veía un poco más de lo que el brevísimo vestido dejaba ver de por sí, quizá no era mucho más pero si era lo suficiente para que Joaquín sintiese que sus pantalones le apretaban a la altura de su entrepierna.

La aparición de pelo rubiorojizo pronto reparó en el mal vestido Joaquín. Sus brillosos ojos se posaron en la estúpida mirada de Joaquín, quien no pudo menos que sentirse angustiado, casi asaltado por una especie de herida de muerte. Pero ni así logró quitar la expresión estúpida de su rostro, sino que la siguió mientras caminaba elegantemente haciéndose más sensual a cada paso, más imposiblemente bella. El corazón y la entrepierna le palpitaron a Joaquín, cuando la mujer de los ojos verdes pasó detrás de él, pero no se dio la vuelta para mirarla mejor. Aprovechó el breve segundo para respirar y perder la expresión de tonto, pero no pudo calmar su notable erección con la misma facilidad. Por un momento Joaquín Ballesteros se preguntó porque semejante reacción, tan desmedida, tan precipitada, tan atípica por una mujer. Pero no tuvo más que girar la cabeza para verla marcharse y responderse sin esfuerzo que la mujer rubiarojiza lo ameritaba.

Sus manos delgadas, sus muslos suculentos, sus nalgas redondas aun notorias tras el vestido, la maraña liza de su bizarramente precioso y llamativo pelo. Y el alma de Joaquín a punto de escaparse cuando la muchacha giró la cabeza sin dejar de caminar, su angustia profunda cuando ella sonrió con los ojos mostrándole su amplia dentadura en un gesto embriagante que implosionó en un beso de esos labios rojísimos que la chica mandó mirándolo a los ojos. Una angustia temible se apoderó de él, mientras la muchacha retornaba la cabeza a su pose original y se arreglaba el pelo con una de esas delgadas manos. Rascándose con un dedo, haciendo parecer que invitaba a Joaquín a perseguirla. Pero Joaquín se quedó dubitativo, congelado en el lugar, creyéndose un pobre loco que imaginaba cosas, pensó que una mina tan candente y bella no podía ser real. Fue ahí que reparó en el dueño de la tienda saliendo apresuradamente a su puerta para quedarse como idiota mirando a la belleza rubiarojiza alejarse. Fue ahí que Joaquín supo que no estaba loco.

Solo quedaba caminar calle arriba e inventar una patética excusa para hablarle. Solo necesitaba decir un par de palabras incómodas y sabía que conseguiría algo, pero antes debía mover un pie detrás del otro en dirección a ella, intentando ignorar que ahora todos los taxis pasaban vacios, y que incluso frenaban cerca suyo como invitándolo a entrar y alejarse de aquella ilusión rubiorojiza.