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Hoy no pasó nada. Y si pasó algo es mejor callarlo, pues no lo entendí.

Roberto Bolaño, Los Detectives Salvajes

 

Para Oscar Martínez y Juan Veliz, esta narración de lo inenarrable.

Es un día caluroso, casi asfixiante. Ninguna nube cubre los cielos de Villa La Piedad, el barrio al que los vecinos se refieren como la Piedad, a secas, para ahorrarse un tiempo que de todas formas pierden. El celeste del cielo tiene una tonalidad universal, una que invita a la clase de evento que Colosio Obrañez prepara en su hogar. No es un evento magno, mucho menos popular, podría decirse que es sólo una reunión más en el historial de las fiestas que ha tenido Obrañez en esa casona, casi pequeño edificio, que en sus diferentes pisos alberga a los padres y hermanos de Colosio. Es sábado, porque reuniones como aquella solamente son exitosas los días exentos de obligaciones laborales o académicas. Son las diez de la mañana y Obrañez descansa en su soleado cuarto, dejando que la resaca de la breve salidita de ayer pase al olvido entre las caricias que le da a su aparentemente dormido schnauzer, leyendo sin leer un libro de Lamborghini, comprado no hace tanto con la primera paga de un trabajo inesperado. Su mente registra las letras pero no las entiende, sus pensamientos están a la espera de que su hermano Jorge toque la puerta para preguntarle a qué hora llegarán el José y el Damián con la comida y el trago, aun si Obrañez no tiene un respuesta para tal pregunta. Con los muchachos nunca se sabe, dice en voz alta sin saber bien por qué, y piensa en las probabilidades de que estén a punto de llegar borrachos y trasnochados, sin ninguno de los ingredientes, siquiera una moneda, para contribuir a la causa de la lasaña que José Velzú venía prometiendo desde hace tanto tiempo atrás.

Jorge nunca aparece y tres horas más tarde Obrañez sale de la ducha para encontrarse con Velzú durmiendo en un sillón de la sala. Se acerca silenciosamente y siente alrededor de su exalumno de la universidad un vaho de alcohol que habla de una noche intensa, el tipo de noches que conoce tan bien desde los días de colegial. Obrañez confirma todas sus sospechas y de paso nota que el rizado pelo de Velzú ha desaparecido para convertirse en una casi calva cabeza rapada. José ronca con los audífonos puestos con lo que suena a Rage Against The Machine a todo volumen. No es hasta que se aburre de mirarlo en su coma etílico que cae en cuenta que en el suelo están desparramados los contenidos de las bolsas en las que Velzú llevó todos los ingredientes para cocinar. Colosio considera que hay lo suficiente como para hacer tres lasañas. Ahí es cuando ante sus ojos aparece la otra bolsa, como por arte de magia. Está cuidadosamente apoyada contra el sillón, cerrada con un primor reconocible. La desata para encontrar latas de cerveza y una botella de singani de las caras esperando ser bebidas. Sonríe y murmura bien hecho, Josefo mientras lo recoge todo y carga las bolsas a la cocina donde Jorge y su amigo están trabajando en convertir una máscara antigas en una pipa para la mota. Obrañez piensa que la futura pipa es de aquellos objetos peculiares, resquicios de la Segunda Guerra Mundial, que por algún motivo que Colosio desconoce aún llegaban hasta Bolivia. Obrañez escucha vagamente a su hermano anunciarle la llegada de José, se ahorra un comentario sobre lo obvio y prefiere apresurarse a revisar su celular que lleva vibrando ya un buen rato.

Colosio Obrañez se enfrasca en la pantalla de su celular, absorto en la marejada de mensajes que mandan los posibles asistentes indagando datos que terminen de convencerlos para encaminarse a un lugar tan lejano como es su casa, o los otros mensajes que no son más que excusas (algunas brillantes, otras muy flojas) que lee con cierto placer sazonado de decepción, ni hablar de los clásicos mensajes de las ex que tienen un olfato peculiar para este tipo de eventos y siempre lo llaman cuando más borracho piensa estar; casi confirmándole que, de seguro, algún tipo de pacto con el Diablo tienen todas a las que no les alcanzó el amor para quedarse, inquietudes que los gritos y vítores de sus alumnos y ex alumnos a veces refuerzan, dentro y fuera del aula, peor los que están invitados a esa fiesta y estuvieron en otras más. Es en esos malabares que se pregunta ¿Para qué hago esto? ¿Qué mierdas gano yo de esta gente…  estos críos que se dicen mis alumnos? ¿Qué, carajo? ¿Qué sentido tiene dejar que un tropel de borrachos destruya mi sala y mi baño si en eso tampoco está la felicidad? No se da cuenta del paso de media hora en la que José despierta e irrumpe en la cocina donde Colosio lo recibe algo ausente, ocupado como está reenviando el mismo largo mensaje de instrucciones para llegar a su casa, que está por esos lares en los que el aire es hasta más limpio y las montañas que delimitan a la ciudad del resto del departamento se sienten cercanas. Vagamente ha notado la partida de su hermano y menos vagamente, eso sí, nota a Velzú iniciar la faena, sacar los ingredientes, las fuentes, mezclarlo todo y luchar contra el horno entre las típicas quejas que trae el chaqui y todas aquellas ironías relacionadas a lo útil que resulta Colosio en el proceso. Éste reacciona con una sonrisa de sinverguenzura que acompaña de preguntas casuales sobre el día a día a las que Velzú responde distraídamente. La cocina huele a carne, delante suyo ha aparecido un vaso con singani y naranja entremezclándose. ¿Qué del Damián?, pregunta Obrañez y Velzú responde que ya te dije que no sé, sabes que ese cojudo o llega tarde, o no viene, de seguro cagado por una mujer. ¿Acaso no se han chupado ayer?, pregunta Colosio con ligero tono de resentimiento y Velzú se enoja comentando que no sabe si Obrañez escuchó algo de lo que le dijo hacia un rato, y éste sólo sonríe y no dice nada.

A eso de las 3 de la tarde llega Damián Granizo con un tropel de paceños perdidos en La Paz que no sabían cómo encontrar un lugar como aquel. Ahí los junté a todos vagabundeando y los traje de la manito, les dice a Obrañez y Velzú. Colosio, que no le cree, supone que si se los encontró fue en la puerta o en sus cercanías, pero lo deja pasar y le da un abrazo efusivo al segundo discípulo más esperado, mientras que el primero da los toques finales a las ya listas tres lasañas, a las que se ha sumado una más, una vegetariana que Irina Caracará, otra alumna de Obrañez en la universidad, ha llevado anticipando que nadie en aquella reunión se preocuparía de los vegetarianos y veganos y todos sus afines. Colosio se levanta, observa a Velzú y Granizo charlando en esa su intimidad tan propia y se larga a la sala a hacer de anfitrión. Habla, ríe, pregunta y está disperso entre las muchas gentes que han llegado con o sin invitación. Nada de eso le impide notar a Irina yendo de aquí a allá, ayudando a servir vasos de trago que no tomará, procurando servirle un trozo de lasaña a todos, tarea que Obrañez sabe no harán ni Velzú ni Granizo, pensamiento que corrige ni bien ve que Velzú también está sirviendo comida a todos los dispersos por la sala. Suena música desigual, cada quien lucha por programar algo en la lista de espera del Youtube, fluye el trago a montones y en distintas variedades que han traído algunos sí, otros no y se oye el munch munch que precede a los cumplidos que prácticamente le gritan, primero, a Obrañez y, luego, a Velzú cuando se enteran que éste es el verdadero autor de tan suculento plato.

Nadie ha probado la lasaña vegetariana.

Extrañado, Obrañez, busca a Irina y la encuentra en la cocina, todavía sirviendo platos para otros que, pareciera, no paran nunca de llegar. Suspira aliviado, no sabe bien porqué, y por un rato decide quedarse en el pasillo mirándola enmarcada por el umbral de la puerta. Menuda, de caderas estrechas y piernas rellenas, bien enfrascadas en unas apretadas calzas que resaltan la jugosidad de sus curvas. Es linda esta Irina, piensa Obrañez notando sus ojos claros, su pelo castaño casi rubio, su apariencia de niñita mimada que seguro fue modelo a sus quince años hasta el día en que le dio por ser hippie y propensa al fitness como atestiguan esas nalgas. Es linda como inocencia en tierra de morbosos, se le ocurre, aunque otra voz en el fondo de su ser lo recrimina por andar imaginándose cosas de quien, en realidad, no conoce más que en su faceta de alumna semi interesante, ávida de aventuras y conocimientos, pero siempre tan marcada por ese su contexto de comodidad que Obrañez no puede dejar de subestimar. Atrás suyo escucha un vaso romperse e Irina da un respingo dramático antes de mirar en dirección del ruido para pillar a un Obrañez que finge leer su celular hasta que su mentira se hace verdad y otra charla inútil con una ex lo hace sentirse tan desafortunado como el Culito Silvino, piensa desesperado.

Para las 7, cuando el azul del cielo amenaza con la noche, todos han comido y ya tan sólo queda beber y beber. La música sigue errática y Granizo pelea con alguien (que Obrañez sabe podría ser el mismo Dios) para poner algo que disfrute él, y sólo él, cagándose un poco en los tantos otros que ahora son menos que cuando el sol todavía estaba arriba. Colosio, sentado en uno de los medios del círculo de sillas y sillones que se ha formado, cuenta las historias más divertidas de su ajetreada y experimentada vida, perdiéndose un poco en el placer de todo narrador: esas miradas atentas a lo que sucederá luego. Es sólo cuando ve que entre Velzú, Jorge y Granizo hacen secar vaso tras vaso a la bella Irina, sólo ahí se le ocurre rematarlo todo hablando de Julio Silvino, el afamado Culito al que hombres y mujeres por igual rehuían por esa legendaria fama de su mala suerte. Era un buen tipo el Culito, ríe Obrañez, pero era el tipo más desafortunado de la historia, cojudo. Con decirte que una vez que fuimos a comer no pudimos pasar siquiera de la sopa. A este Culito le traen el primer plato y ahí, delante de los ojos de la mesera, él, y yo, que una mosca vuela y se zambulle en la sopa hirviendo y ni modo que la mesera, testigo de primera mano, se niegue a mirar la realidad y ha tenido que pedirle disculpas y retirarse a la cocina. Y estamos hablando de uno de esos restaurants que les gustan a los jailones como el Granizo, y el aludido hace un rostro que esconde un ligero enojo que Obrañez, ya en camino a estar bien borracho, ignora y prosigue. Así de esos restaurants donde todo es más caro que pensión universitaria pero es lo más delicioso que vas a probar en la vida. Colosio hace una pausa para beber un largo trago de lo que sea que está servido en su vaso y aprovecha de mirar a su alrededor. Hay gente apartada del círculo que todavía comen, o beben, o tratan de poner alguna canción que el tirano del Granizo seguro cambiará si no la disfruta. Nota que su hermana ha llegado y ahora charla con Irina. Deja el vaso y toma aire mientras se extraña de la sonrisa en el rostro de Velzú, retoma la historia observando al Granizo cuyo rostro es iluminado por el celular que ahora lo tiene atrapado a él. La cosa es que vuelven con otro plato y la mesera está dejándolo bien primorosamente sobre la mesa mientras hace unas cuantas innecesarias disculpas y yo estaba impaciente pues, mi sopa se estaba enfriando y era de esas cosas por las que has pagado tanto que te molesta un poquito en lo más profundo de tu ser que tengas que aplazar el momento de probar semejante manjar, como tus lasañas hoy Josefo, y el aludido sonríe. La cuestión es que ni bien pone el plato, los tres vemos cómo un mísero pelo cae en la sopa y nadie puede hacer nada más que resoplar y esperar a que la tercera sea la vencida para luego descubrir que hasta el techo de los establecimientos caros y respetados pueden caerse a pedazos sobre la sopa de tu amigo hambriento, dice Obrañez. Con decirles que hubieron tres intentos más antes de que el dueño mismo viniese y nos rogase con toda la amabilidad del mundo que nos retirásemos y no volviésemos más. Risas. Muchas risas.

Y eso no es nada, prosigue Obrañez que ve a Velzú escuchar una canción de Rihanna con los ojos llorosos de un niño que ha entendido qué significa eso de que sus padres se van a divorciar, Irina que lo mira toda atenta, con sus ojazos ingenuos algo apenados por esa nadería de la mala suerte del Silvino, o quizá achispados por todo el trago que tomó y sigue tomando, brindando con su hermana como si fueran hermanas entre ellas a la vez que lo nota calmado al Granizo y descubre por qué cuando se da cuenta que en algún momento de su relato ha llegado Frida Monteazul (otra vegetariana, como para que no se sienta sola la Irina, se dice Obrañez que nota que nadie ha tocado la lasaña vegetariana) con la que habla sonriéndole con los ojos y los labios. Hay una que me contaron del Culito que espanta hasta al más estoico de los borrachos, dice Obrañez. ¿Por qué Culito?, se alza la tierna voz aguda de Irina. Porque la gente es mala y hablaban que de él sólo salía mala suerte, explica con una sonrisa Obrañez. ¿O sea le decían trasero en diminutivo para hacer notar que la cagaba y de paso jugando con su nombre?, pregunta Granizo. El grupo entero ríe, chocan los vasos, apresuran los líquidos, piden música ahora que Granizo parece distraído, alguno de ellos empieza otra historia, algún relato sobre otra persona de mala fortuna. Obrañez escucha, se conforma, decide dejar pasar el asunto, guardarse la historia de cómo el pobre del Culito había ido a sacar una tarjeta de débito al banco, sólo para terminar condenado a meses de burocracias de precios sangrantes por un par de irregularidades encontradas en su cédula de identidad. Se lamenta un poco por ese punchline, el del que ni las minas ni el Estado reconocían la existencia del Culito y por un rato sólo quiere irse al colchón que está tendido en el suelo de su escritorio y dormir escondido de tanto borracho que ha invadido su casa.

Obrañez siente que apenas ha parpadeado y de repente ya son las 9 de la noche. La sala es un desastre caótico de proporciones que sabe que recién acatará ni bien despierte del sueño que ya lo acecha. Cosa increíble: están todos borrachos, se dice internamente recordando las mil y un veces que recorrió esa sala con la mirada, en pasadas ocasiones, y siempre pudo encontrar a algún sobrio entre tanta ebriedad. Reina en el ambiente un aire entre festivo y destructivo, la música que suena adquiere los sonidos de la cumbia colombiana de antaño. Cuando los cumbieros eran rockstars, dice Obrañez a nadie y a todos. Velzú está hundido en cierta miseria y Colosio identifica en esa mirada el dolor que los une, la pérdida romántica, el vacío del que acaba de perderlo todo por enésima vez hincado frente al brillo de la pantalla, única luz del ambiente, de la vida. Granizo baila rígidamente con la grácil Frida, ambos borrachos pero no tan borrachos. No todavía, piensa Obrañez mientras con un eructo cambia el enfoque de su visión y la posa sobre Irina que está más borracha de lo que le convendría a nadie en una fiesta donde quedaban tantos chicos que parecían ser parte de ese fondo oscuro, con manos como garras que a la débil luz de la pantalla parecían ramas tétricas de árboles muertos rodeando a la caperucita choca y sus ojitos perdidos, su vocecita errática y ese bamboleo de caderas que los rockstars colombianos de antaño hubiesen deseado contemplar al menos una vez en sus vidas. Obrañez se reprocha el pensamiento pero se siente tentado por la tentación. Se olvida de los títulos académicos (por un rato sólo quiere eso) y calcula la diferencia de edad. Pese a que 14 no le parece exagerado, sí le suena a suficiente como para frenar ciertos pensamientos. Desvía la mirada de Irina, se fuerza a pensar en la vez que Granizo conoció al novio (por hoy ausente) y la descripción hiperbólica que se mandó a propósito de la altura del muchacho ese, que cuando Obrañez conoció no supo decir si es que acaso los jóvenes ahora crecían más rápido o si es que los adultos se empequeñecían más temprano. Piensa en el Culito Silvino, en toda esa mala suerte que se tragó antes de su trágica muerte y una sombra atraviesa su corazón amenazando con ponerlo en un estado parecido al de Velzú, o peor. No, murmura inaudiblemente para el tropel de lobos y borrachos, no, repite agarrando una botella de no sabe qué cosa y encaminándose hacia Velzú.

Cuando recupera el control de su voluntad ya es pasada la medianoche. Velzú ha perdido ese aire de tristeza y parece eufórico, enojado. Borracho con energías en todo caso, piensa Obrañez que mira a Granizo que está cabeceando, a punto de quedarse tan dormido como Frida que ya está acurrucada en un sillón a lado de su hermana, ésta última roncando con elegancia. El grueso de la gente se ha ido y al final han quedado pocos para terminar de rematar las muchas botellas que aún quedan. No pues Damián, no seas así, se queja Obrañez y pone Message in a Bottle en la tele lo cual despierta alguna fibra melancólica en Granizo y Velzú, tal como Obrañez tenía planeado. Bailan. Cada quien lo hace en su lugar y a su estilo. Obrañez mira a sus amigos y se sorprende de tantas cosas que podían pasar entre mentores y discípulos cuando se pierden las formalidades de la Academia. Con una nostalgia muy propia de la hora y del alcohol consumido, Obrañez se ve a sí mismo en miles de recuerdos relacionado con ellos. Riendo con los muchachos, comiendo con los muchachos, puteando contra los muchachos, llorando delante de los muchachos, juzgando a los muchachos, odiándoles un poquito, queriéndoles siempre, contándoles sus problemas profesionales, amorosos. Amigos los muchachos, al fin y al cabo, dice en voz alta antes de darse cuenta que Irina no está.

Detiene la música. Prende la luz. ¿Dónde está la Irina, che?, pregunta Colosio con ese tono que ya denota el pánico en el que pronto caerá y Velzú lo ignora categóricamente, perdido en el tema que suena. Es Granizo el único que se detiene. ¿Qué onda?, pregunta. ¿Dónde está la Irina?, se escucha decir Obrañez ya con un tono más de angustia y en voz todavía más alta. ¿Qué hablas, cojudo?, se escucha la voz de Velzú y el ambiente se siente pesado, su hermana despierta como advertida por algún instinto fraternal y se despereza secando una tapa de singani. Son las 2 de la mañana, afuera, en la Piedad, reina ese silencio que caracteriza los peligros de la madrugada en un barrio que sirve de paso para ebrios y pandillas. Obrañez va al baño de visitas, a su cuarto, al de Jorge, a la cocina, vuelve a tropezones a la sala donde Velzú y Granizo revisan detrás de los sillones y las cortinas. No hay nada, dice Damián. Obrañez se activa, baja corriendo a la planta baja donde su padre tiene un cementerio de automóviles que arregla como hobby, Velzú está con él, ambos buscan en frenético silencio iluminando la negra oscuridad con las luces de sus celulares. Desde arriba les llega la voz de Granizo diciendo que no responde el celular, que está apagado. Obrañez sube de nuevo, se sienta en la sala, se agarra la cabeza con ambas manos y se queda en pose de derrota. ¿No se habrá ido nomás?, dice Velzú. Yo la vi hace como media horita, aclara Granizo, dijo que iría al baño y ahora que lo pienso nunca volvió. Entonces esta tipa se ha ido a su casa borrachísima y por las calles de este barrio, concluye Obrañez. Ah, bueno, dice Granizo. No pues, cojudo, a ver pensá en lo que le van a hacer a una choquita, jailoncita y bonita como la Irina en un barrio como este, dice Obrañez y su mente se llena de imágenes horribles, escenas de violación, asesinato, robo, en todas Irina no hace gala de su fuerte actitud y no es otra cosa que una víctima más que pasará a ser un magro comentario matutino entre los habitantes de la Piedad, si es que acaso se llegaban a enterar de su muerte. ¿Y cómo no se van a enterar?, piensa Obrañez al darse cuenta que no era lo mismo que muriese alguien como él o que asesinaran a alguien tan fifí como Irina. Piensa en los titulares de la prensa, “Docente negligente deja a su alumna morir” y vuelve a recordar al Culito, sintiéndose hermanado a semejante desafortunado. Ya está bueno Colosio, dice su hermana con tono de reproche y de un jalón lo saca a la calle. Andá a la comisaría, le indica refiriéndose al portentoso edificio que está a media cuadra de la casa, y repórtala a la Irinita que el Granizo ya se fue a buscarla por el oeste, el Jorge por el sur, el Velzú por el este y yo me voy pal norte.

La comisaría estaba tan desierta como el cuarto de hospital del Culito cuando lo internaron por una torcedura de tobillo que se complicó hasta convertirse en fractura y que, más tarde, terminaría en tres dedos necrosados que Silvino perdió en lo que muchos abogados llamaron un muy particular caso de negligencia médica que ninguno de ellos quiso tomar por lo peculiar de la situación, empezando por la inusual progresión de la lesión. Colosio grita, pide ayuda como loco y más tarde que temprano sale un policía todavía limpiándose las lagañas. En un solo bostezo pregunta ¿por qué jode a las quinientas de la mañana? Y a Colosio se le sale su docente interno en forma de amenazas con su título, su entidad y luego la prensa si es que no ponía su culo en la calle para buscar a Irina Caracará, que se ha perdido hace unos instantes en la calles de la Piedad, le dice primero a un sargento, que lo deriva a un sub teniente, quien lo conduce a un teniente, quien tiene que consultarlo con un capitán, quien escucha impasible las palabras de Obrañez y rascándose la panza le ordena a todos que busquen a la choquita rica tras mirar la foto que Colosio ha sacado de Facebook y que ahora todos los policías miran en la pantalla de sus celulares con ojos hambrientos.

Obrañez retorna a su hogar y asciende desesperado hasta la terraza del techo. Desde ahí observa a la Piedad sumida en la oscuridad tan típica de las cuatro de la mañana, con ese su silencio engañoso que esconde los gritos que, de rato en rato, se hacen evidentes. Abajo ve a los policías saliendo a pie, o en moto, de la comisaría y asume que lo hacen para ir en busca de Irina. Manda un mensaje a todos los que están en las calles pidiéndoles que vuelvan, que la policía ya ha salido a buscar también y evita pensar en los mil y un abusos que sufría el Culito por parte de los polis, o por parte de cualquier sujeto que poseyese siquiera una gota de autoridad, en realidad. Eso le pasa a todo el mundo, se consuela Obrañez y obvia los abusos extremos a los que la gente tendía una vez que probaban la sensación de orinarse sobre el caído. En la puerta de calle están sus hermanos esperando a Velzú, a quien avista no muy lejos de ahí con su piel café con leche contrastando con el negriazul de la noche y los anaranjados de las luces de los postes. No sabe por qué, pero se imagina al rostro de José como asustado. No hay rastro de Granizo.

Se sientan todos en la sala donde Frida duerme plácidamente sobre un sillón. Obrañez cae derrotado sobre otro y con la mano temblando se sirve un trago puro de singani. Está aterrorizado. Conoce a la gente de esta ciudad. De este país, se corrige. Chismosos, morbosos e hipócritas por supuesto, murmura mientras seca otro vaso e intenta ignorar las imágenes de su cabeza, los mil y un titulares que lo condenan como un docente irresponsable, un hombre cochino y un borracho vicioso con fotos que censuran el gráficamente mutilado cadáver de Irina y hablan del eterno escándalo de culitos blancos siendo asesinados por manos morenas, pobres asesinando a los pudientes, clases sociales odiándose entre sí. Pero nunca es así, jamás es tan unidimensional como eso, dice su sociólogo interno. Seca otro vaso. Velzú está en plena narración de su búsqueda, todo ese trote intenso por las calles gritando su nombre, todo en vano. Todavía se lo siente algo jadeante y el sudor no se le ha secado, pero el efecto del trago lo va relajando más y más. Ahora te entiendo Culito, ahora sé algo de cómo sufriste cuando se perdió tu condenado perro, ese horrible pug mimado que era el único que te quería, piensa Obrañez pero le dice a su hermana algo acerca una rubiecita como presa perfecta de esa jungla en la que vivían y ella intenta pensar en positivo hasta que Jorge interrumpe los consuelos y la declara muerta, momento en el que Velzú pide calma y empieza a reconstruir los hechos desde el inicio. A Frida se le escapa un ronquido. Todos, menos ella, beben.

Con las primeras luces del alba vuelve Granizo. Ni bien llega se seca cinco vasos de singani y pone música para romper el ruidoso silencio de la sala. Se lo ve inquieto y asustado. Velzú, que lo conoce bien, le pregunta qué fue lo que vio y Granizo comenta algo sobre un jeep de vidrios oscuros en medio de las laberínticas calles de la Piedad, uno desde donde salían gemidos y gritos desesperados de una chica. Habla de su duda, su temor. Pensé que la Irinita estaba ahí y, no pues, me tuve que animar a tocarles la ventana, dice con Little Green Bag de fondo. Obrañez hace un terrible esfuerzo mental para distraer la mente de las imágenes del cadáver de Irina, del Culito Silvino y del escándalo que le espera, para poder escuchar el relato de Granizo. Ni bien toqué la puerta del jeep medio que me arrepentí porque juraba que iba a encontrarme con una mirada amenazante o el ojo ciclópeo del cañón de un arma, dice Damián mientras todos apresuran el trago y afuera se escuchan los gritos de la policía. Dentro vi a cuatro tipos y una changuita. Dos adelante y otros dos atrás con la changuita. La chica tenía la ropa rasgada y varios moretones, estaba llorando, el tipo de adelante tenía una pistola y los de atrás tenían las erecciones afuera, dice Granizo frotándose el ojo izquierdo con las yemas de la mano izquierda. No era la Irina, aclara, era otra chica que me miró como rogándome. Busco a otro chica les dije, aclara Damián. Si buscas a otra, esta no es, así que no jodas me dijo el conductor y el de al lado asintió y puso su mano en el arma, prosigue Granizo, así que corrí hacía el lado contrario de la ruta a tu casa. ¿Por si te seguían?, pregunta Jorge. Sí, responde Damián. Al volver me encontré con un policía y lo llevé al lugar pero ya no estaban, concluye con los ojos llorosos.

Ya despunta el alba, son casi las 7 de la mañana. Jorge y su hermana se han dormido en los sillones. Por el contrario, Frida está recién despertando y se frota los ojos mientras Granizo la pone al tanto de la situación. Velzú pone música y parece todo derrotado y borracho. Obrañez mira el vacío y en su fuero interno prepara todas las declaraciones que tendrá que dar. Las disculpas a los padres, a la comunidad académica, a sus otros alumnos, a sus propios padres, a sí mismo y, con el tiempo, al fantasma de Irina. Recuerda con cariño al Culito Silvino. Claro, piensa, a vos hermano lo que te jodía de tu mala suerte no eran esas cosas de las que los demás nos reíamos, como cuando en el curso descubriste de la peor forma que eras intolerante a la lactosa, o esa vez que te retamos a hacerte una paja en el baño de chicos del cole y te desgarraste el pito, que encima vimos todos los chicos y las chicas que se reían, por supuesto. Obrañez mira los rayos de la resolana iluminando el gris ambiente, bebe otro seco de singani y empieza a coquetear con la idea de prepararse un café antes de ir a la comisaría. Afuera los policías siguen gritando. Colosio Obrañez, en esta sinfonía, descubre que se siente triste, completamente derrotado. A lado suyo escucha un beso. Serán la Frida y el Damián, piensa. Claro pues Culito, a vos no te iba bien con las minas como les va a los muchachos, eso es lo que más te dolía, reflexiona Obrañez. Era que todas te rechazaban, todas te detestaban y eso que eras buen tipo y no tan feo. Y cuando les agradabas, algo pasaba que te lo cagaba todo. En colegio éramos nosotros que nos gustaba torturarte, pero ya de adulto era nomás tu suerte de mierda. Esa misma suerte que te puso en el camino de esa gringa. La Anne Lippowitz, murmura Obrañez y recuerda a esa mujer de pelos rubios casi blancos y piel pecosa. A ella le gustaste, y ella nos gustaba. Te la quisimos bajar, pero ella te era fiel. En secreto nomás, porque vos tampoco te animabas a hacer nada pese a que te gustaba, pero lo malo de la desgracia y la mala fortuna es que cuando te acostumbras a ella, la esperas en cada esquina, piensa Colosio y apresura su último trago desde la botella misma. Pero te moriste cabrón y te juro que fue ridículo, te moriste cuando ella al fin se te confesó, cuando estábamos los tres esperando micro en la avenida y charlábamos sobre lo mierda que son las películas románticas, me acuerdo que te dijo algo en su idioma europeo y vos te quedaste anonadado, presa de la incredulidad y luego de la euforia, esa que te hizo saltar y saltar con una alegría desconocida para ti y yo te veía y no me la creía, pero sonreía por vos, carajo, sonreía y mi cara se congeló en esa sonrisa cuando tu fortuna hizo que te tropezaras y como payaso tambalearas tu camino al medio de la calle, donde recuperaste el equilibrio en el preciso instante que dos irresponsables carros se chocaron contigo al medio. La cabeza de Obrañez se llena de las imágenes de ese día, los restos del Culito, su cabeza estallada, sus tripas desparramadas, los autos como acordeones, el rostro de Anne, los conductores ebrios e ilesos, la sonrisa congelada en su propia boca. Se lanza a llorar. Con amargura y miedo llora silenciosamente y son Velzú y Granizo quienes se acercan a intentar consolarlo mientras que Frida, todavía somnolienta, se levanta, se agarra la cabeza que le duele, camina por el pasillo hacia la puerta del baño principal, que está frente al escritorio, y se queda ahí parada tratando de recordar cuál es cuál, mientras que Irina duerme plácidamente en el colchón tendido en el suelo del escritorio.

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