Posts etiquetados ‘Positivo’

 

La vida está llena de cosas incontrolables. Hay gente que va por el mundo planeándose la vida, decidiendo como mejor organizar al día siguiente, que decir cuando cierta situación llegue, como actuar para que la gente piense bien de uno, llegan a escribir en la mano que decir durante una confesión, durante una auditoría, durante un interrogatorio. Aun peor, hay quienes planifican que harán al salir del colegio, la universidad, el trabajo, el asilo o la tumba. Y en tiempos inexistentes se adelantarán al azar y decidirán el cauce de sus actos para que les salga bien la vida. Es difícil entender el afán de planear lo no panificable.

 
No es que lo reproche. No mucho, cuando menos. Las personas necesitamos la seguridad de lo certero, la calma de lo predecible. Y, sin embargo, terminamos por complicarnos por cosas tan mundanas como las instituciones que buscan regularnos, la moneda que busca comprarnos, nos torturamos por vernos indignos o incapaces de encajar en la sociedad, sea por nuestro estilo, nuestra belleza (o falta de ella), por las creencias que muchas veces respetamos pero que otras olvidamos convenientemente, nos dejamos complicar por nuestros pasados que nos marcan caminos que ya hemos recorrido y que, a veces, recorremos miles más por pura gana y gusto de tropezar con las mismas piedras. O parecidas.

 
Adversidades nunca faltan. Los planes son imperfectos y las contingencias fallan. Los temores se cumplen y la vida no es tan lineal y aburrida como para que podamos simplificarla mediante planes.

 
Cuando ya la sentencia resuena en nuestros cerebros y sabemos que el cadalso es el único posible final a tanto suplicio de pensar en todas estas cosas, es ahí cuando alguien viene hacía nosotros con cara de circunstancia, se planta con cierta elegante piedad delante nuestro y nos dice, con la cara compungida por la pena y la bondad de sus corazones: “a mal tiempo buena cara” o alguno de sus derivados. Creo que este es el momento en que muchos no saben como mejor calzarse la cara de “¿por qué no te vas un poquito al carajo?”.

 
Tener Actitud (y no simple y llana actitud) implica poder cagarse en todo lo previamente dicho. Desde el constante repiqueteo de las preocupaciones del día siguiente hasta la posible rabia (o incluso alegría) ante la pena mal disimulada de quien se compadece de nuestras desgracias. Y no solo cagarse, sino también hacerlo con la elegancia de quien sigue adelante con la cabeza en alto sin dejarse amedrentar por las adversidades, simplemente dejando que las cosas no terminen por matarlo a uno puesto que los problemas tienen la magnitud que uno les da. El truco está en poder aceptar que, con la correcta Actitud, podría uno seguir por la vida con un cuchillo en el cuello y una bala incrustada en el pie sin doblar la rodilla ante nadie, como dicen en el norte.

 

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Derrotas Entrañables

Publicado: septiembre 10, 2012 en Zopilotadas
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La derrota nuestra de cada día

A las derrotas uno no las recibe como viejas compañeras. No se las invita a pasar por una fría cerveza para recordar glorias pasadas ¿cómo podríamos si fueron, en esencia, ellas quienes nos quitaron el dulce sabor de la victoria? A las derrotas, las antiguas por lo menos, las recibimos con cierta incomodidad. Se las invita a pasar y se les ofrece un mero vaso de agua, para luego hacer preguntas rutinarias que eviten el desarrollo de cualquier charla, alargamos la tortura del silencio aun a sabiendas que más tarde caeremos redondito en reprocharles injusticias y frustraciones, sabiendo que luego de eso estaremos abrazados a ellas con un cariño extraño, borrachos del ego desinflado y del “se-sufre-pero-se-aprende”. Después de todo, el tiempo transforma a las antiguas derrotas en amigas entrañables a quienes, tras superar el primer momento de incomodidad, sonreímos con un cariño extraño nacido de piedad por nuestros errores pasados.

 
Las derrotas del presente son otra historia. Son como las heridas de un niño, puede que no sean la gran cosa, puede que no sean serias o significantes, ni que vayan a causar menor cambio en el curso de la historia, pero a las derrotas recientes se las vive con esas lágrimas de desamparo que buscan a una madre que las limpie. Se precian de dolorosas con un ardor insoportable hasta que algún consuelo viene a salvar el día con sus propiedades medicinales que duran poco, pero ayudan a tragar mejor la noticia: usted ha perdido, es un loser, no ha logrado triunfar ni siquiera en esta tarea.

 
Una derrota puede traducirse en mil maneras. No será simplemente una competencia la que nombrará derrotados como si de mortandad se tratase. Las derrotas están, también, en ojos que te rehúyen, sonrisas tristes, rechazos silenciosos, relaciones consumadas, loterías ganadas, arrepentimientos insondables y orgullos que sumen al orgulloso en un mutismo mortal, que termina de condenar a la derrota como absoluta. Es decir que las derrotas no están solo en perder, a veces las derrotas están en la victoria de otros, o en empates ilógicos. Está en lo emocional, tanto como en lo físico, en lo relacional y lo simbólico. Finalmente la derrota te puede venir de cualquier lado, dependiendo de donde ha plantado uno su esfuerzo sin recibir fruto alguno a cambio.

 
Estar en aquel momento, cuando la derrota se planta delante de uno a exhibirse como una diva lo haría, equivale a un dolor aislado. Nos recuerda nuestras falencias y nuestros límites, nos da constancia de nuestra calidad de humanos y nos sume en un, a voces, secreto pesimismo ¿O es que existe alguien que se meta a competir o, simplemente, a hacer algo sin expectativas de éxito o beneficio desde algún lado? ¿Es la medalla de las olimpiadas codiciada, o los participantes van por competir? ¿No que los futbolistas se ven tremendamente humillados en ese calvario de recibir las medallas de subcampeones en alguna final perdida? Lo mismo en la derrota en el terreno de lo emocional e intelectual, o sea cuando nos rechazan, cuando nos excluyen, cuando nos corrigen o cuando se nos calla.

 
Las victorias son amigas efímeras. Son recordadas con alegría para siempre pero, por lo general, son olvidadas la mayor parte del tiempo. Las victorias nos sumen en pensamientos positivos que no cuadran con la realidad. La vida es triste y llena de derrotas, pero ello no significará que sea mala. La tristeza es también una función, es una manera de observar al mundo y de adaptarse a él. Ver al mundo desde una sola óptica implica el vicio de la superioridad moral o la desacreditación de una persona por si misma. No hay peor tullido que aquel que solo le ve lo bueno a todo, ni más gran necio que quién solo tiene ojos para lo negativo.

 
Lo difícil está en hallar el equilibrio, porque podrá uno creerse muy bueno o muy normal, pero es cierto que es necesario sufrir por las derrotas y aprender de ellas, tanto como es necesario verle lo agradable hasta a la tragedia más dura. Recibir a las derrotas con una sonrisa falsa, con un discursito ensayado de las sandeces de al autoayuda o incluso pensar solo en cosas buenas durante un problema. No se busca que exploten, se busca que se expresen y puedan moverse fuera del coma del “todo-positivo”. Se busca que uno pueda mirar a la montaña de derrotas mientras se adormila con la tranquilidad de quien sabe ver con ambos ojos.

 

 

Eran un equipo mejor y aun así perdieron.