Posts etiquetados ‘Religión’

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Akira Toriyama es un genio. La forma en que avanza la historia de Dragon Ball Z responde a una estructuración narrativa propia de la novela. Podemos ser testigos del desarrollo de las vidas de los guerreros Z y su paso por el mundo, al cual defienden de temibles monstruos como Cell o Majin Buu. Interesante es notar los pequeños elementos que se van dando alrededor de las predecibles sagas (todos sabemos que triunfará el bien y que serán Goku o Gohan quienes salven el día) y que salpimientan de la manera más suculenta el relato que trae Toriyama.

Son las pequeñas cosas. Algún comentario existencialista del narrador, alguna acción, aparentemente, fútil de cualquiera de los personajes que cobra una relevancia considerable en el futuro, incluso las partes subidas de tono que censuran en la versión latina, todos esos toqueteos y comentarios pervertidos del maestro Roshi, hasta la mera existencia de Maron, tan parecida a Bulma, tan representativa de la imagen que nos hacemos de la ligereza sexual. Pero, a todo esto, creo que uno de los elementos más interesantes es Míster Satán y la fe ciega que el mundo le tiene.

Es fe y es ciega (aunque ambas palabras se impliquen la una a la otra) pues poco sabe la humanidad sobre las hazañas de Míster Satán, solo conscientes de lo que quieren saber y hallando la calma y la felicidad en ello. Al buen Míster lo conocemos durante la saga de Cell donde nos lo presentan, y se queda para siempre, como un payaso, un típico charlatán papanatas que se da aires de importancia, negándose a admitir que todo lo que sus ojos presencian son cosas más allá de su entendimiento. Míster Satán mira sin mirar las hazañas de los Guerreros Z y no solo se sorprende, sino que les teme. Les tiene un miedo tremendo, de esos que a cualquier humano paralizarían, pero que, en él, no alcanza a ser más fuerte que su arrogancia (no confundir con el orgullo, eso es terreno del buen Vegeta), esa su necesidad de ser admirado para saberse por encima del resto de la humanidad.

Personalmente, pienso que debe ser una felicidad cruel esa de sentirse por encima de los demás sabihqdefaulténdose un fraude. Incluso me atrevería a compararlo con el fardo tortuoso de angustia que deben cargar los plagiadores que han logrado triunfar sin nunca haber sido capaces de expresar una idea propia. Pero nada de eso parece molestarle al buen farsante de Míster Satán, quien se vale de fanfarronería, mentiras y mucha fortuna para ser testigo de situaciones peligrosas, de las que sale incólume, y que torcerá a su conveniencia a la hora de dar el relato de lo acaecido, beneficiándose de paso. Un tipo cómico al que, por lo general, si viéramos en nuestro día a día (trabajo, colegio, noticias) mostrando esa parte suya que tanto oculta, calificaríamos de despreciable cobarde y embustero; y ese es el héroe supremo de una humanidad que ha visto, y ve, cosas más impresionantes que Míster Satán pero que insiste en creerlo el más poderoso, ensalzándolo como a un Jesús de las artes marciales. Quizá de mucho más que solo las artes marciales.

Y ese es el otro lado que complementa este asunto: la humanidad y su fe ciega (redundando, nuevamente) en Míster Satán. Hay un punto en que ese recurso cómico que usa Toriyama para que la historia no tenga tonos tan graves se abre a una interpretación más seria. Míster Satán miente, sí, pero los que más se mienten son los propios humanos, pues son ellos quienes perpetúan la farsa de su salvador. No importará que hayan grabaciones de los juegos de Cell que delatan la cobardía de Míster Satán, o que lo hayan visto hacer toda clase de papelones en el torneo de las Artes Marciales en que participan el Supremo Kaio-sama y Kibito, ya que la gente elige vendarse los ojos y apoyan las mentiras que el campeón dice. Aceptan las excusas de tropiezos falsos, dolores de estómago que no lo dejan pelear, eligen creerle cuando clama que se dejó vencer en su pelea con el pequeño Trunks, o sus mil peripecias y embustes cuando Majin Buu es convocado. En ese sentido, tampoco importaría que la gente se enterase que la androide 18 lo chantajeó para dejarse vencer por él, ni siquiera tendría la menor relevancia que vean las peleas de los Guerreros Z, cuando ni les interesa si se quedan mudos y con los ojos desorbitados ante las manifestaciones sobrenaturales de los poderes de los Guerreros Z. Creo que hasta es posible decir que tendría nula relevancia si ellos mismos pudiesen volar como esos seres fantásticos a los que, deliberadamente, niegan reconocimiento. Para ellos las habilidades de Goku y sus amigos serán trucos sucios y baratos que no engañan al ojo supremo de su Salvador, pues su fe está basada en algo que ellos piensan que ha sucedido, creyentes acérrimos de ser poseedores de pruebas irrefutables y absolutas que nadie puede, ni debería cuestionar.

Sin embargo, lo más curioso no es la fanfarronería del suertudo Míster Satán, ni los velos a prueba de realidad que la humanidad se coloca para poder llamarlo campeón del universo, lo más curioso es que son los mismos Guerreros Z quienes terminan por alcahuetear los comportamientos de ambos. En un principio porque no les importa por mucho que a algunos SatanBlueEyesde ellos les indigne, pues es válido decir que tienen cosas más importantes en las que pensar que un don nadie dándose aires de algo que no es; después continúa sin importarles porque no tienen esa lujuria de adoración que posee Míster Satán, sea debido a que no se consideran dignos de ser adorados, quizás porque nunca son suficientemente fuertes bajo sus propios estándares, o porque todas sus vidas han conocido a seres impresionantes de poder apabullante que siempre los hicieron sentirse pequeños, hasta puede influir que algunos deseen cosas simples como una novia, una familia, paz interna, derrotar a un eterno rival o convertirse en un investigador, sea como sea lo más factible es que para seres que hablan con Kami-sama (Dios, literalmente) como a un cuate más, los embustes de Míster Satán y lo que sea que quieran creer los humanos no son asuntos que los inquieten o molesten, son más bien asuntos nimios que no merecen mucha atención, o mayor indignación que la de una maldición ligera o un par de ojos entornados. Los molesta, pero no les quita el sueño. Ya por el final los vemos deseosos de quitarse la molesta carga de la fama y la opinión pública usando a Míster Satán como receptáculo de algo que ellos no quieren y que a él, obviamente, le gusta. Tal vez por eso, al final de la serie, los vemos como cómplices del “campeón”, además de políticamente emparentados gracias al matrimonio de Gohan y Videl.

Así que tenemos a todo un universo conspirando para que Míster Satán sea un héroe. A todos les conviene, sea para disfrutar la fama, o para evitarla, sea para tener algo que los ayude a levantarse cada día de sus camas, completamente convencidos de que no todo es basura bajo el sol. Y si bien este último grupo decide ver las cosas incompletas, no significa que estén por completo equivocados, después de todo aun siendo un papanatas mentiroso que vive de aprovecharse de la gente, no es que Mister Satán sea un bueno para nada. Quizá no sea tan relevante como se pinta, pero sus acciones son vitales para la resolución del nudo de la trama en las sagas que estuvo presente. No solo distrae al Majin Buu gordo, llegando incluso a convertirlo en casi inofensivo, también le salva la vida cuando Vegeta desea asesinarlo (rogando por él hasta las lágrimas), mucho antes de eso ayuda lanzando hasta Gohan la cabeza de número 16, quien convencerá al joven sayayin de que no hay nada malo en pelear para proteger al mundo (lo cual, junto al deseo de salvar a sus seres queridos, liberará el tremendo poder de Gohan), pero lo más relevante será que en la hora más oscura, cuando Vegeta arriesga su vida luchando contra Kid Buu mientras Goku junta energías del universo para formar una tremenda genki dama, en ese momento no será Goku, ni kami-sama, ni Vegeta quienes convenzan a los humanos de salvarse a sí mismos, será el mismísimo hombre al que eligieron como embustero oficial quien los salvará usando esas mismas mentiras, cerrando el círculo al convertirse en el héroe que siempre clamaba ser, sin serlo.

Es de locos. Y lo es porque no es raro encontrar ejemplos de esto fuera de la ficción; en nuestros pensamientos, creencias e ideales con los que procuramos explicarnos la vida los unos a los otros, en todas esas mentiras pintadas de verdades podemos encontrar alguna suerte de bondad, un beneficio que por muy grande que sea, al final, no justifica nada.

De todas formas, Míster Satán no es el único caso interesante en el universo que crea Toriyama, pues este es vasto y las historias narradas en él tienen interpretaciones muy divertidas. Pero me quedo con la pregunta de qué habrá pensado Toriyama al escribir a Míster Satán. Tal vez solo en un bufón que terminó siendo más profundo de lo que se esperaba, o quizá nos quiso mostrar un poco de lo que piensa de los humanos y la perpetuación de las farsas. Lo cierto es que todo esto está abierto a interpretaciones pues, una vez público, el personaje deja de pertenecerle al escritor y se vuelve propiedad de los lectores. Aunque, probablemente, no perderíamos nada con preguntarle.

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– Dementes. Están todos dementes.

 
Era un susurro cargado de rencor y dolor. La sangre corría de las palmas de don Anselmo a las pequeñísimas manos de Mateo a través del cuchillo. Roberto sintió un temblor en sus piernas y se aferró al brazo de don Anselmo; su deber era mantenerlo quieto mientras se realizaba el cobro. Deseaba vomitar pero sabía que eso supondría un castigo, por eso se tragaba el vómito en cada que veía a Mateo hacer un nuevo corte.

 
– ¡Déjenme ir! ¡Piedad!

 
Esta vez don Anselmo había gritado. Mateo y Lucas se rieron quedamente, Pablo apretó más el cuello y Juan, a su lado, paralizó la pierna de don Anselmo lo mejor que pudo. Los otros dos también era novatos, como Juan y él mismo, uno sujetaba el pie izquierdo y el otro vigilaba por si alguien se acercaba. Mateo sonrió ampliamente y la poca luz transformó en macabro el gesto. Roberto se volvió a sentir incómodo, le escocía la nariz y un poco de sudor de don Anselmo le goteaba a un zapato. La hoja del cuchillo brilló ante la luz de la luna, y don Anselmo se largó a llorar mientras gritaba algo parecido a “¿por qué?”.

 
– Maldito hijo de puta ¿hasta te animas a preguntar?

 
La voz de Mateo era gangosa y arrastrada; además que siempre hablaba con un dejo de rabia que atemorizaba a Roberto. Nada de esto se parecía a los trabajos de las anteriores semanas con el grupo de Mario. Trabajos de dar cosas a la gente, pero solo a quienes se lo merecían, premios por su buen karma. Mario era un tipo duro y bondadoso. Pero había sido el mismísimo Mario quien había sugerido que se estrenasen los nuevitos. A Roberto le caía bien Mario, pero solo hasta que los puso en manos de Mateo.

 
Pablo dio un fuerte puntapié en el trasero a don Anselmo, mientras el cuchillo de Mateo se hundía en su pierna derecha. Las carcajadas de Mateo ahogaron los gritos de don Anselmo. El cuchillo giró sobre su eje ayudado por las manitas de Mateo. Un olor nauseabundo a mierda llegó a la nariz de Roberto, chorreaba del pobre don Anselmo.

 
– No llores man.

 
Juan lo miraba y le hablaba en el más bajo susurro. Roberto se frotó la cara contra el hombro desesperado. Llorar a un cobrado era mal karma. Después de todo don Anselmo era culpable. Roberto seguía sin saber de qué, pero por algo la pandilla se dedicaba a cobrar karmas. Era obvio que si lo hacían era porque el cobrado se lo merecía.

 
– Vos- lo miró Mateo- rómpele el brazo y ven pa’cá.

 
Cuando dio esa orden, Mateo tenía autoridad en la voz y amabilidad en la mirada. Esto desconcertó por un rato a Roberto, que tardó en digerir la dulzura de esos ojos grises. Cuando se recompuso, atinó a abrazar el brazo de don Anselmo e hizo presión mientras le doblaba el codo. El tiempo se alargaba y Roberto desesperaba ante cuanto tardaba, hasta que el hombro cedió y el codo de Anselmo se fue para atrás. No escuchaba el grito, pero una vez frente a don Anselmo notó que este se había mordido la lengua. La sangre chorreaba entre los labios.

 
– Anselmo Soto Guarín – dijo la voz profunda de Pablo, que leía en voz alta un hoja de cuaderno – se le ejecuta hoy un cobro, en pago a todo el mal karma que haz juntado en tu vida. Mismo que nunca ha sido pagado, ni solventado. Nosotros venimos a darte castigos adecuados a tus acciones y la impunidad de las mismas.

 
El cuchillo que Mateo le había pasado picaba a Roberto en la palma.

 
– ¿Gue guwe o e hize?- lloró don Anselmo- o guro que no sabdía, o guro, o guro.

 
Roberto sintió pena por Anselmo. Parecía un hombre común, uno que le recordó a su abuelo y sus regalitos de viejito bondadoso. Mientras el vozarrón de Pablo seguía con la lectura, Roberto se transportó a cuando visitaba a su abuelo y este le daba variopintos chocolates. Observó las lágrimas de don Anselmo mezclándose con la sangre y lo vio negar con la cabeza mientras dirigía una mirada suplicante al cielo. Se giró a ver a Mateo que parecía rezar con los ojos cerrados, murmurando algo parecido a “karma siendo cobrado”. Juan y el otro novato agarraban las piernas del viejo con mirada vacías; cuando Pablo calló, Roberto tardó un momento en darse cuenta que todos, aun Anselmo, lo miraban expectantes. Pero nadie ordenó nada, ni se produjo el más mínimo ruido. El mundo callaba con esa clase de silencios que Roberto sentía tensos e incómodos. “El momento del cobro lo define el karma, no el cobrador” recordó que había dicho Mateo cuando el azar quiso que el cobrador de aquella noche fuese Roberto.

 
Se adelantó un solo paso agarrando el cuchillo. En sus manos estaba decidir que herida final aplicarle al cobrado. El silencio lo abrumó con su absoluta y enorme presencia, pese a que recién lograba registrar ruidos de bocinas lejanas y grillos inoportunos cantando para semejante escena. Incluso don Anselmo miraba casi inerte a Roberto, sin suplicas en la mirada. O quizá aceptando sus crímenes. “Debo matarlo” pensó Roberto sosteniendo su vejiga con un titánico esfuerzo, cuidando que el cuchillo no resbalase con el sudor de su mano.

 
– ¡Cagaste pinche viejo maricón!- oyó a su voz sonando grave y llena de rabia- ¿te creías inmune al castigo? ¿Qué tus pecados no aflorarían? ¡Paga el coste de tus mentiras sin rogar a Dios!- de pronto empezó a gritar sin saber porqué- ¡Escúchame viejo puto! ¡Dios es un producto del arte! ¡arte que nos consuela y nos distrae de la justicia que yo y mis hermanos repartimos!- Roberto acercó el cuchillo al cuello de Anselmo- Arte que nos protege de pensar o sufrir con su belleza, su consuelo y sus formas…

 
Todo quedó en silencio, nuevamente. Juan, Pablo y Mateo lo miraban fijamente. Roberto asumió que les molestaban sus falsas pretensiones como Karmacobrador. No pudo menos que quedarse anonadado cuando Mateo y Pablo le dijeron cosas parecidas a don Anselmo, el cobrado. Eso dio tiempo a Roberto para reagruparse, limpiarse el sudor de las manos y la frente, controlar los temblores en sus piernas. Escuchó, aparentemente, impasible los insultos que Mateo lanzaba a don Anselmo y lo siguió escuchando hasta que Anselmo gritó llamando a Dios, chillando por una muerte rápida.

 
– No somos Dios. Somos Karmacobradores.

 
La frase se le había escapado mientras hundía el cuchillo en el estomago de Anselmo y lo movía brutalmente usando toda la fuerza posible en sus brazos para cercenar todo lo que pudiese. La sangre salió casi chorreando, tibia y espesa, tiñendo de negro su mano derecha. De pronto Roberto estaba relajado, se sentía ligero y cansado. Se sentó de golpe en el suelo abandonando el esfuerzo de comprender las cosas, mientras veía a don Anselmo retorcerse en el suelo agarrándose algo que parecían entrañas saliendo de su barriga en un simple y penetrante grito de dolor. Acomodó mejor el trasero y reparó en que se había orinado, rió suavemente de ello mientras notaba, con asco, que Anselmo se estaba cagando nuevamente. Intentó respirar mientras pensaba en la dolorosa muerte de Anselmo, un sufrimiento terrible que terminaría de expiar todo karma de su cuerpo vicioso. “Es una limpieza” pensó sintiéndose bien por estar limpiando algo tan sucio, como la suave satisfacción de limpiar polvo amontonado durante años, como repartir redenciones; era tener el poder de purificar. Por un rato evadió la ineludible culpa y se regocijó en los gemidos y estertores de don Anselmo. Hasta que Pablo lo devolvió a la realidad de un tirón.

 
– ¡Pacos! ¡corre cojudo! ¡la poli!

 
Se levantó a las carreras y corrió como condenado. El viento le enfriaba la entrepierna mojada y le hacía lagrimear los ojos, a su lado corría Mateo aun carcajeándose. Una vez a salvo, notaron la ausencia de un novato pero Pablo los calmó con alguna referencia al karma que Roberto no alcanzó a escuchar. De pronto lo había asaltado una duda maligna que le provocó arcadas. Cuando recuperó la compostura se enfrentó a las insondables miradas de los otros.

 
– ¿Cuál fue el crimen de don Anselmo?- su voz, aun jadeante, resonó en el silencio.

 
– ¿Crimen?- Pablo fruncía el entrecejo. Pero Mateo sonreía con la mirada.

 
– ¿Crees que somos vulgares verdugos? Hay diferencias entre castigar crímenes y cobrar karma- el tono de Mateo parecía una carcajada.- Puedes ser el más legal y más santurrón del mundo, pero el karma se acumula en miles de pequeños malos actos no cobrados que pueden merecer estos cobros. A don Anselmo nunca le fue mal, no había castigos activos en su vida que solventasen su buenaventura.- Mateo tenía voz de predicador- Por otro lado, ¡que buen discurso allá atrás, hermano! Parecíamos muy unidos y violentos. Propondré a los demás….

 
Pero Roberto no escuchó más. Se movió junto a ellos automáticamente, se tragó la bilis y el vómito, se aguantó las lágrimas, sonrió ante las alabanzas. Pero cuando dejaron de prestarle atención se le escapó un susurro:

 
– Dementes. Estamos todos dementes.

 

 

Por Adrián Nieve/Diodoro

“¿Dónde se ha ido Dios? Yo os lo voy a decir. ¡Nosotros lo hemos matado, vosotros y yo! ¡Todos nosotros somos sus asesinos!

(Nietzsche, 1888)

Nací hace setenta años exactos y es todo lo que diré sobre ello. Quizá porque esa fecha no tuvo ninguna importancia sino hasta que cumplí cuarenta y tres, cuando dejé de ser un cualquiera y me convertí en profeta; eso no me aseguró ni la mujer ni la comida en la mesa pero sí la inmortalidad. Hoy me dicen maestro y me miran con temor, hoy miro con desdén y hago mofa de su credulidad. Quien sea que vea esta video confesión espero tenga un buen sentido del humor, sobre todo si fue uno de mis creyentes. Después de todo, no se juega con la fé de millones para luego confesar la travesura con tanta calma. Incluso con tanto goce. Me inauguré de profeta días después de que mi esposa me dejara, lo hizo por razones comprensibles, lo cierto es que no tengo la más mínima costumbre de higiene u orden, el trabajo tampoco es amigo mío y nunca quise su compañía; por otra parte si le había quitado a esa persona el vestido y la chapa de hembra lo hice con todo el sufrimiento de quien se sabe un hijo de puta. Vine a perjudicarla a ella, justamente tan santurrona, tan mojigata, tan perjudicable. Asumo que fui su peor calvario pues ni me casé en iglesia, ni le hice un hijo y, siendo sincero, en más de una ocasión a mí me dio asco acostarme conmigo mismo. Pero la resignación es así, es capaz de tragar mierda con tal de no claudicar ante la derrota, supongo. Segundos después que ella cerrara la puerta entre sollozos –dándose cuenta de la vida perdida conmigo – fue arrollada por un auto en plena calle; fui testigo de esto ya que salí al umbral de la casa con fin de despedirme y desearle suerte en su vida. No sé si con deseo de mofa o de sacarle jugo a la tortura de mi presencia hasta el último segundo posible, pero sé que viendo volar sus maletas, que dejaban caer su contenido en una mistura de calzones y corpiños multicolores, algo dentro de mí conectó y empecé a reír frenéticamente, ¿Por qué?, pues porque ella siempre había querido hacer algo con su vida, y no era culpa mía que hubiera decidido postergarla por mí y… bueno… los quince segundos de nuestra sala a la calle no le bastaron para lograr nada. Al día siguiente continuaba sin poder parar mis carcajadas, y eran tan sonoras y contagiosas que todo el mundo se reía conmigo. Lo cierto era que al no poder parar, ni siquiera podía dormir o comer o hacer lo que sea, estaba varado en una mortal carcajada que bien podía haberme costado la vida.

Ahora, no recuerdo qué diablos fue lo que me condujo a trepar aquel cerro, pero lo ascendí en solitario escuchando mis sonoras carcajadas perderse en el silencio de aquella noche, y lo hacía rezando fervorosamente. “Por favor diosito, no dejes que me muera, no así, no ahora, no me mates a carcajadazos que no me imagino muerte más ridícula.” Y no sé si fue la entrega ciega a mi fe de aquella noche, o si fue el hálito de muerte que mi carcajada interminable brindaba a mis días, lo cierto es que cuando llegué a la cumbre me esperaba un Cristo gigantesco sentado sobre una piedra. Mi reacción fue reírme. Aun en medio de semejante carcajada, como resignándome a la locura o a la muerte, quizá a esas alturas ya ni me importaba. Pero cuando ese Jesús habló, la carcajada cesó. Ni siquiera recuerdo qué fue lo que me dijo, tampoco me queda claro si era el diablo disfrazado o el mismísimo miembro de la Trinidad quién me dio el cargo de profeta. Total que no importaba mientras la risa cesase. Es mejor olvidarlo, pues a veces pienso que saber para qué clase de cretino predicaría me habría dificultado el trabajo.Y ahora que lo pienso, no podría continuar sin antes recordar cómo entré en consciencia de mi inmortalidad. No, no fue la muerte de mi esposa, aunque debo decir que librarme de ella me agudizó el oído que perdí por sus constantes quejas y mejoró el pulso que me temblaba con las tan seguidas ganas de golpearla que tenía. Tras el incidente con ese Cristo, me encontré a mi mismo en una planicie cerca del mar mediterráneo algunos años después sin la más mínima memoria de lo que había pasado desde aquella noche. Algo aturdido y cojudo, me levanté para toparme con el paisaje en que Gibreel y Chamcha habrían aterrizado tantos años atrás y caminé sin rumbo, pensando que todo aquello era un sueño prolongado hasta que llegué a una de esas fronteras donde la cortesía diplomática no necesita de copas y un buen vino, sino palos y balas. Cuando recibí el tiro en la cabeza sentí un fuerte dolor que se expandió a lo largo de mi cráneo y las órbitas de mis ojos, caí al suelo y desperté en una choza donde los afligidos padres de la muchacha, que sin querer había salvado al interponerme involuntariamente entre la bala y ella, me besaban las manos entre mocos y lágrimas. Ahí conocí a mi Magdalena, a ella parecía no importarle ni el aroma a podrido de mi cuerpo ni la obesidad transparentada en sudor que me caracterizaba. Esa mujer fue más que mi Magdalena, fue mi Aisha, eramos tan parecidos que nos comprendimos de inmediato, sus padres me la dieron en sinónimo de agradecimiento y ella aceptó de buena gana y sin poner ninguna queja.

A veces pienso que era aquel particular aroma que emitíamos, ambos, el que llamaba la atención de la gente antes que mis espectáculos suicidas. Y no saben lo curioso que me es haber olvidado el nombre de esa muchacha. Su presencia era como una herida leve, esas que arden de una manera adictiva, que te tocas solo para sentir ese ardor que te confirma estar vivo, porque ser inmortal es tan sólo otra forma de morir. La muchacha con sus modales tan tradicionales para su cultura, su entrega secreta cuando teníamos sexo, y el aroma consiguiente que nunca cesó de fascinar fueron un manantial en este infierno de la vida eterna. Estoy seguro que lo recuerdas espectador, de seguro que tú la viste allá por el inicio de mi prédica. Y debiste haberla deseado, todos la deseaban. No los culpo, su figura de ninfa era un ornamento a su aire tiránicamente atractivo, y muchos ojos la registraban exhaustivamente ante la sorpresa de mi enojo. Tenían la osadía de retarme mirando a mi mujer. Tenían el descaro de menospreciar mi autoridad imaginándose con ella en quién sabe qué actos de coito y lujuria. Y si la hice apedrear por los feligreses fue porque no existe mejor cura a la fe que la muerte del objeto divinizado, aun mejor si eres tú quien mata al objeto ¿O me dirás que aun habrían religiones judeo-cristianas si es que alguien se apareciese con el cadáver de Dios por la tele? Y acusarla, gozando ante la delicia de sus mansos ojos aceptando lo que es mejor para mí, fue la mejor manera de mostrar cuan absoluto soy, cuan fuerte es mi palabra, esa que todos atribuyen a ese Dios todopoderoso ¿Lo recuerdas no? Su cuerpo destrozado, luego profanado y nunca enterrado mas que en los estómagos de animales carroñeros, muerta en la misma planicie donde sin querer la salvé para añadirle un sentido de poesía a toda esa charada.Ahí aprendí que un profeta debe poder matar con su prédica a quienes se le oponen, y evitar que estos lo maten a él. Mi inmortalidad me salva de destinos patéticos como los de aquellos asesinados por snipers o pistoleros de morandanga. Mi inmortalidad solo me deja a los enemigos ideológicos, a esos símbolos que podrían alzarse más allá de mí. Y ella era uno, tenía que morir, tenía que eliminar su trascendencia si quería sacarle algo a mi inmortalidad.

Sí, espectador: soy inmortal. Soy de esos que no envejecen y nada puede matarlos, viviré para ver cómo los años pasan y el mundo va cambiando, estaré acá para cuando tus descendientes sean polvo puro y el mundo acabe. Y no sé si así moriré al fin o si quedaré flotando eternamente en el espacio en espera de llegar, tarde o temprano, a nuevos mundos. Pero no nos alejemos al futuro, centrémonos un momento en este presente aciago. Bueno, aciago para tí. Que si yo grabo este video es para dejar constancia de mis actos y que los miles de seguidores que esperan afuera de esta habitación por mi sagrada palabra se enteren, de una buena vez, de la clase de desgraciado que seguían ¿Cuántos crees que lo aguanten? ¿Cuántos lo negarán alegando una falsificación? ¿Cuál será el conteo de suicidios de este día? Si soy un profeta, no es porque diga cosas que algún santo o demonio me comunicaron. Soy un profeta demasiado humano, de esos que improvisa parábolas vacías cuando estoy frente a multitudes porque yo sé muy bien que no hay mejor garantía de éxito que la fé del prójimo. Si yo hubiese dicho a mis feligreses que el fin del mundo sería mañana, con la vasta cantidad de seguidores con que contamos, podría apostar que tranquilamente sus lloriqueos y pánico habrían traído un verdadero fin del mundo. Soy un cretino inmortal con la habilidad de predicar una Palabra vacía, una sarta de mentirotas a las que los más desesperanzados se aferran como bebé a un seno. Mis palabras son el maná, mis pensamientos son Dios, sin mí hace mucho que incontables centenares se habrían mandando a sí mismos a la mismísima mierda y hay un triunfo vacío en saberlo, hay un placer estúpido en disfrutarlo.

Ahora bien, volviendo a cómo llegué donde estoy, diré que el verdadero reto no fue lanzarme de los puentes o caminar sobre el agua para sorprender a la plebe. La plebe es ignorante, ergo fácil de sorprender. El verdadero conflicto fue crear una ficción. Aprenderás como mi predecesor aprendió, y como yo aprendí, que todo en este mundo es un circo, que todos cumplimos un rol en la gran ficción de la vida. Pero mi reto era doble; verás, mientras unos hacen el acto de guiar, otros realizan el acto de seguir, pero eso es vacío, lo que necesitaba para dar fuerza a mis palabras y acciones era mover a la gente para que no haga un acto, sino para que su acción esté guiada por la voluntad de la verdad, cuál, te preguntarás, y la respuesta es muy sencilla: la que ellos crearan. La gente buscaba un sentido que sus creencias no les daban, que la familia minaba, que el consumo asesinaba, que no iba acorde a los deseos del mercado en que vivían, masas de imbéciles incapaces de dar sentido a su vida y yo, pues, era el más indicado para dárselas al no tener aspiraciones ni deseos pero estar bendecido, o quizás maldito, con la eternidad. Yo era un significante vacío listo para ser llenado, un recipiente al gusto del consumidor, tan solo necesité decirles que sean en mí como quisieran ser en sí. Una quimera de desenfreno que respondía a sus necesidades humanas, las necesidades salvajes de la brutalidad, de la violencia, la lujuria y la gula en las que exceden capitalmente, en un mundo donde todo, o casi todo, es una excusa para la masturbación constante. Nuestros feligreses, antes de mí, vivían vidas masturbatorias donde consumían lo que los vendedores comerciaban y anunciaban, lo compraban para desecharlo dos días más tarde, con el vacío aun en sus pechos bullendo intensamente, preguntándose porqué teniendo todo aun estaba esa angustia asfixiante. Si digo que yo represento un vacío a ser llenado, es porque mis mentiras son tan horrendas que cualquiera prefiere creerlas. No solo porque son demasiado terribles, te equivocas mí querido espectador si eso es lo que piensas. Mis mentiras son terribles mas son esperanzadoras, pero además mis mentiras brindan algo que ningún producto que el consumismo ofrece puede brindar: saciedad. Si sufres hoy por haber comprado el celular que no servirá mañana, cuando te conviertes en un creyente de mi senda, de repente puedes abrazar cualquier frase mía y ensalzarla como un bálsamo a tu angustia, de pronto sentirte completo en lo incomprobable y mandar al cuerno a todo vendedor de fetiches, a todo comerciante que se plante en tu delante ¿Quién necesita al mundo y sus muletas cuando tienen la savia de la ceguera?

No te confundas, creer puede ser una ceguera, una sordera, ambas inclusive pero siempre conllevará a un mutismo leve. Creer puede significar saciedad, creer es llenar ese vacío donde te prendas de palabras que no entiendes y les das un sentido a tu medida, o mejor dicho a la medida de tus caprichos. Y te conozco espectador. Sé que el primero que verá esta suerte de confesión televisada será a quien nombre Papa de mi Iglesia y no sabes cómo me ahce reír eso. Perdóname, pero, como antaño, me rio a carcajadas imaginándote intentando explicar lo inexplicable, porque tú y yo sabemos que este video será destruido en cuanto termine. Y no porque aprecies a los feligreses, no porque creas en el evangelio falso que he proporcionado a este mundo, cuya veracidad fue sostenida por mis actos públicos de suicidios que acababan en mi persona con vida. Si tú destruyes este video será para no perder el poder que ahora probaste, dedicarás tu vida a mis mentiras, tal como mis esposas, y morirás del mismo modo, mientras yo sigo lastimando a este mundo con mis profecías nefandas, usando diferentes máscaras en distintos tiempos. Y reiré mientras me consuelo con que no importa si fue Dios o el Diablo quien me habló esa noche, lo único que de verdad importa es que está de mi lado.

Seguramente te estarás preguntando porqué siendo yo inmortal te dejo a ti, que morirás, mi iglesia. Te preguntarás porqué los abandono y no porque les mentí. Te preguntarás el porqué de mi alejamiento repentino, justo cuando los feligreses parecen multiplicarse mágicamente alrededor del mundo. Pues bien, déjame decirte que al ver esta cinta estás adentrándote al umbral, estás en las puertas mismas del principio y del fin, este momento es el más importante de tu historia, estás presenciando la creación del mito, que no es otra cosa que una mentira muy grande para ser clasificada como una. Y ahora espectador mío, único conocedor de la verdad de mis mentiras, también te preguntarás a donde voy, y lo harás porque no sabes por qué te dejo la insoportable carga de anunciar que el profeta ha muerto, pues te diré que no voy a la derecha de un padre, hijo mío, no voy a seguir siendo un profeta. Si me voy es porque planeo tomar su trono. Voy a robar la gloria de quienes me antecedieron, voy a mirar a Dios o al Diablo, cualquiera sea mi benefactor, a los ojos y viviré gracias al don que se me ha otorgado. Voy a mentirle a un mentiroso constructor de verdades y voy a ganarle en su juego. Voy a hacer que toda patraña por mi contada ascienda al reino de lo comprobable. Voy a brillar en el vacío de las imposibilidades.

Dicen que las mejores ideas ocurren (o se van por) aquí.

 

– “Por eso sé que puede ser vencido. Porque es un fanático. Y el fanático siempre está ocultando una duda secreta”

George Smiley, de Tomás Alfredson

 

Si les das tiempo suficiente, las discusiones o debates llegan a un punto de acuerdo mutuo.   Sea en las opiniones o en los mismos desacuerdos, puede verse como ambos debatientes, que antes no concordaban con algo de manera venenosamente elegante o visceralmente brutal, llegan a un punto en que no pueden negar que han descubierto un punto en común. Lo divertido son las maneras en que se lidia con esto, hay quienes logran convertir al otro a su punto de vista y otros que ignoran estos parecidos mediante la simpleza de la negación o el relativismo forzoso (esa manera peculiar de rendirse sin ceder) y, de todos modos, se empeñan en destrozarse mutuamente bajo el velo de decirse lo mucho que están de acuerdo con el otro, haciéndose amiguitos con la falsa paz del “Son puntos de vista”. Tristemente los primeros son jodidos que quieren ser admirados, cuando menos que se consideren sus verdades como absolutas, y los segundos son o flojos, o hipócritas, o apáticos, o quizá se dieron cuenta que la verdad es que ambas posiciones son mentiras porque toda verdad es una mentira que alguien eligió creer.

Lo que recibimos como educación (ese paso por las instituciones del colegio, la universidad o sus variantes, donde se nos enseña a encajar en la sociedad y lo que esta dice del conocimiento) es el producto de las investigaciones que la humanidad ha llevado a cabo durante milenios, mismas que se han actualizado a través del tiempo. Teorías han reemplazado a otras, verdades han sido declaradas mentiras pues otras verdades les quitaron el trono, modos de pensar se han considerado obsoletos y otros han fallado en retratar fenómenos de la realidad.

El meollo está en que la realidad es algo demasiado grande para lo que el humano la pueda abarcar en su totalidad. Si bien hay aproximaciones como la física, la matemática y otras ciencias, ellas solo pueden abarcar ciertos límites, e incluso son ellas mismas quienes dicen que necesitan mejorar sus alcances y definiciones para poder comprender mejor lo que Es la realidad (un “es” con mayúscula, un “es” absoluto, la última definición de lo que es el “es”), y es así como un tiempo se daba por sentado que X era Z, mas hoy en día se sabe que Z no es X, sino que en realidad es Y. Lo gracioso es que en el futuro puede que se diga que Z es, fue y siempre será R. El humano se ampara en absolutismos para poder salir adelante,  para que el terror de la incertidumbre no lo destruya, por eso se inventa verdades  y cree en ellas, para que la desesperación de admitir que es tan solo un moco triste no lo mate.

No se equivoquen. Una cosa es que ustedes crean que deseo provocar a alguien con estas cosas, otra es que lo haga solamente por eso. Si la gente vive feliz en su verdad, bien por ellos. No seré yo quien los saque de la belleza de sus absolutismos (es posible que ni yo, ni nadie, quizá, pueda) puesto que no hay muchas maneras de probar que lo que creen no es así, solo existen formas de comprobar que puede no serlo. Si lo que quiere uno es intentar llegar a aproximaciones de verdad tendría que dedicarse a la epistemología y morir deprimido.

Pero es que ahí que está la gana de adscribirse a una verdad. Probarla. Meterse a una corriente específica, designada, comprobada y aprobada que permita aproximarnos a una verdad que nos de la chance de sentirnos poseedores del Conocimiento Absoluto. Por muy torturado que te sientas, aun te queda el consuelo de creer que sabes más que los demás. Y puede pasar, no se niega que, en efecto, sepas más en ciertas esferas del conocimiento pero eres un pobre pelotudo en otras y no alcanzas a ver como a otras personas les funciona ser simples religiosos, o personas supersticiosas, o científicos y filósofos que se aprenden de memoria párrafos enteros de pensamientos ajenos, o tantas cosas de entre demasiados etcéteras. Y te sientes superior, aun cuando ambos están al mismo nivel.

¿Cuál es la mejor manera de manejar la tensión que ocurre cuando tu verdad, sustentada por tus mentiras, es confrontada por la verdad de los otros, sustentada por sus propias mentiras? Quizá eso depende de quienes confronten sus opiniones. Efectivamente hay gente que ha de tomar su argumento de forma dogmática y no analizará ni propondrá nuevos puntos de vista, pero siempre hay un punto de crisis, quizá cuando encuentra similitudes, quizá cuando sus verdades tiemblan ante los argumentos de las otras verdades que, para cada uno de nosotros, por supuesto, son mentiras.

Todo es mentira, así como todo es verdad. Todos estamos en lo correcto (pues en la vida diaria todos aplican diferentes filosofías y estrategias, diferentes pensamientos y métodos y les sirven, de alguna manera el método más científico puede ser tan útil como el misticismo más fantástico) y todos estamos equivocados (pues según cada línea del pensamiento son los otros quienes se equivocan, quienes no llegarán a la verdadera plenitud, a quienes tendría que salirles las cosas mal pues lo hacen de la manera equivocada y obtienen, sin embargo, los mismos o, a veces, mejores resultados). Quizá cada línea de pensamiento ha identificado una verdad pero no por ello lo es, simplemente es lo que quisieron llamar verdad o, si se quiere, lo que ellos pudieron comprender de, lo que desean que sea, LA Gran Verdad.

Y nunca la identifican. Parten de la premisa de que buscan una aproximación a la misma y, a partir de ello, llegan a conclusiones absolutistas, no pueden pensar en una idea de verdad inalcanzable al objeto cognosente podría decirse que para todos hay verdades pero nunca sabremos si lo son por el mismo hecho de pensar que pueden no serlo, o que todo es una mentira. La cosa está en que tan bueno eres en defender tus absolutismos, tu ilusión de completitud. No olvidemos un punto importante: la certeza. Los humanos viven en la Creencia, confundiéndola con la Certeza. Si es que hay, o no hay, una verdad última es una cosa que está más allá de los esfuerzos humanos: es un simple “no lo sé”, o un escueto “que se yo”… y por eso el humano elije ampararse en su creencia creyéndola certeza, incluso todo lo que digo precisamente aquí, o lo que sea que concluyó quien sea que haya leído estas palabras, son formas de lidiar con esa angustia de no poder aprehenderlo todo, con la imposibilidad del conocimiento absoluto, con el poco control que tenemos sobre la realidad, nosotros, los reyes y reinas de la creación.