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Soy una sombra camuflada en la oscuridad de estos parajes desolados, un ruido enfermizo esperando su chance para romper el silencio con estas ganas enfermas de lastimarlo que le tengo. Soy una bestia salvaje agazapada en un rincón de este ambiente frío y húmedo que solo puede ser el resultado de algún clima adverso amenazando a este pequeño pueblo, pero vanamente pues no hay desastre natural que se iguale a lo que ya devino, la calamidad mayor y el pesar eterno que dejarán los lamentos de esta mortandad. Los cráneos rotos, las tripas brillosas, los ríos carmesí por las calles vacías y silenciosas. Es un espectáculo, no quiero confusiones, me esforcé mucho en que esto tenga una estética, una de esas que los pervertidos, los místicos, hípsters y hasta poseros verían por internet y calificarían de subversiva, incluso para los más gore del público morboso que se bebe esta clase de escena como un sediento se afana del agua.

Así lo he planificado y ha salido perfecto. Un atardecer sangrante con brillos naranjas dominan un cielo que exhibe nubes solamente en sus contornos, mismas que delatan a la lluvia que eventualmente llegará a lavar la delicia carmesí que he creado. Este pueblo, entre blanco y café con leche, ha sido usado como canvas de una pintura. Las calles empedradas fluyen dinámicas gracias a las emanaciones de sangre que por ellas corren en distintas direcciones y sentidos, a veces chocando afluentes, a ratos creando lagunillas preciosas e inertes, sin ninguna vibración, como para que contrasten con el movimiento constante de los ríos oscuros que le dan dinámica a mi cuadro ¿puede algo movedizo ser un cuadro? En este caso sí, no solo porque mi cuadro tiene esa vida entre las piedras, sino porque también funciona desde varias perspectivas con sus ornamentos que la delimitan a esas formas geométricas que tanto fascinan a la gente y para las que he usado de todo. Dientes, cabellos, ojos, intestinos, riñones, uñas, cuerpos enteros y desnudos cuyas pieles crean una paleta de colores tan humanos y asombrosos en equipo con todos esos miembros cercenados, que solo me queda agradecer a cualquiera sea el dios verdadero por estas condiciones climáticas que propiciaron el color del atardecer y también trajeron esta falta de viento, este frío ligero que haría temblar a estos pueblerinos si les quedara vida en sus ojos para experimentar las maravillas del temor al clima.

Los huesos han servido como los contornos del gran dibujo que he diseñado mil veces en arena, en crayones, al óleo, en computador, el diseño que me fascina y me atrapa, que nunca ha bastado y siempre he sentido incompleto, al menos hasta que el contorno de fémures, húmeros, costillas, tibias, radios, peronés, vertebras, clavículas, falanges y kilómetros de intestinos gruesos y delgados terminaron de dibujar el complicado diseño de formas atípicas e interconectadas que representan una de esas ideas que solo las personas complejas y profundas comprendemos y que la gente más sencilla suele mirar con falso respeto o sincero desprecio. Un diseño que ha exigido que mi sierra y cuchillo trabajasen arduamente para cerrar las pequeñas partes de un todo que algunos sabrán apreciar desde el lado espiritual y otros del estético, ese lado tan falto de moral.

El interior humano es más rico en contrastes de lo que jamás imaginé. Al principio pensé que serían colores oscuros y rojizos, pero a medida que mis uñas escarbaban en los cuerpos inertes de toda esta gente fui descubriendo rosado, café, beige, blancos grisáceos, turquesa y diferentes matices de negro que al ser mezclados con la tierra, el pasto, el concreto de las veredas, el mostaza de algunas paredes y el blanco de otras, además del color de la madera en los árboles y los arcaicos postes de luz han dado una gama muy variopinta y preciosa a lo que he adornado con el manejo de las luces artificiales y la mencionada luz natural que tanto ha contribuido a esta expresión de mi alma.

A nadie le importarán estas personas. Ni siquiera investigarán quién los mató y destripó y regó por todo el que fuera antes un pueblo vivo y movedizo, habitado por gente que se conocían bien los unos a los otros, sumergidos en una rutina que apuesto adoraban con cada fibra de sus simplonas existencias. Ni siquiera miraran dos veces hacia los horrores que sus ojos ignorantes verán en el reguero de cadáveres y dudo que nadie se dé la molestia de llegar hasta este rincón olvidado con un helicóptero para ver el gran cuadro que he creado. No importa. “De verdad, que no” le afirmó al aire mientras me bañó en el río para sacarme del cuerpo los gajes del oficio de pintor y veo la estela de la pira incendiaria que corona mi creación con su brillo azul y naranja, efecto de los materiales con que fabrican toda la ropa que usé para alimentar las flamas y que generarán el humo que alertará a las autoridades del pueblo más próximo a que enfrenten esta leve desestructuración de sus realidades, apelando al orden paupérrimo que brindan las autoridades. Calculo que llegarán en el zénit de mi cuadro, cuando el humo negro de mi pira naranja se eleve en el cielo pintado de ese azul blanquecino del anochecer, las luces de los postes que no destruí harán juego con la del sol moribundo y las pocas estrellas tempraneras estarán jugando con los matices humanos, internos y externos, acomodados con primor. Los más inteligentes podrán adivinar los métodos utilizados, quizá verán más allá que los ojos necios y sabrán reconocer la obra de un solo par de manos y no tomarán el camino fácil de achacarle todo a un ejército de psicópatas. Porque eso dirán de mí, que soy un psicópata y yo reiré en el anonimato, dejando ir este momento poco a poco hasta que no quede memoria.

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Las calles atiborradas de juventud se empapaban en la guerra encarnizada que cada año se repetía en las vísperas de carnaval. Armados de chisguetes, baldes y globos con agua que inflaban en sus casas, o que compraban a las caseritas astutamente apostadas en cada esquina, bien cargadas con bolsas llenas de globos o tarros de espuma sintética que le daban esa coloración blanca a los empapados heridos de la batalla.

Era puro caos. No teniendo uniformes, ni bandos concretos más allá del casual o el formado por afinidad, en aquella guerra las balas bien podían ser apuntadas al grupo de gente en la acera de enfrente, o a los que se paraban a lado tuyo, incluso a los osados jinetes de camionetas que lanzaban sus globos a todos los viandantes, expuestos a los contraataques de los atacados. La avenida de las Américas no tenía mucho tiempo de vida, aun menos como punto de encuentro popular en la ciudad, pero había reemplazado a la plaza principal como escenario de esa, ya tradicional, guerra carnavalera.

Mes y medio antes de la fecha festiva, los más jóvenes salían bien armados hacia aquel nuevo punto de encuentro y auspiciados por un sol jubiloso buscaban víctimas para sus municiones de agua, prefiriendo empapar a chicas mientras más jóvenes y hermosas mejor, pero que llegado el momento de la verdad no había discriminación, especialmente cuando las chicas abandonaban el reparo tonto de las víctimas y se unían a la guerra, demostrándose en ocasiones guerreras más eficaces y certeras. Las tardes de enero y febrero se convertían en riñas plagadas de carcajadas y gritos en los labios y voces de niños, niñas, adolescentes y jóvenes que festejaban la llegada del carnaval. Era bien sabido que a medida que la fecha esperada se acercaba, nuevos elementos se iban incorporando a estos festejos. Primero se empezaba con pocos globos pensados para víctimas selectas, después aparecían chisguetes como para contrarrestar el aumento de esos globos, ya de ahí era una seguidilla de espumas, baldazos, trago, bandas de música y gente que convertían la avenida de las Américas en intransitable.

Eran vísperas del carnaval de aquel año, pero nada parecía muy distinto. Hoy recordamos ese episodio como una anécdota simbólica de todo lo que nos pasó después, seguros de que, efectivamente, pasó pero inseguros de porqué quisimos ignorarlo y hasta asertivos de que de haber sido otra la historia…pero cada quien ha sabido sacar su propia moraleja de lo dicho y de lo acaecido. Sucedió así: fue una tarde más, el sol no brillaba mucho pero su ola de calor era obvia en lo ligeros de ropa que andaban todos. De aquí a allá se veía más piel que telas, y cuentan que por mucho que el calor no era nada que los nativos de esa ciudad no pudiesen manejar, sí era una invitación a disfrutar una cerveza helada, porque todos sabían que al calor del sol nada tiene mejor sabor que eso. Faltaban apenas días para el carnaval, pero un observador ajeno habría pensado que aquel era el mismísimo día festivo. No podría culpársele, si de lleno se encontraba la avenida atiborrada de gente en ambas aceras, separadas por un hermoso paseo peatonal, una avenida donde podían verse a los bandos lanzando globos y gritando como locos al compás de cantos y bailes. En el ambiente los ruidos más comunes eran los de los globos golpeando puertas de fierro, madera, latón, o estrellándose contra el suelo y las paredes si acaso fallaban, pero también podían escucharse los alaridos de las chicas perseguidas por una ruda mayoría masculina, las voces roncas de risa de muchachos bien metidos en el romance de esa guerra, el silbido de los globos surcando el aire, las bocinas de los autos, la música con que trompetas , trombones, platillos y tambores amenizaban los ruidosos sorbos con que hasta los más jóvenes consumían sus cervezas, amén de los refunfuños rabiosos en que los ajenos a esa guerra declaraban al país como una mierda.

La avenida era larga para los estándares de esa ciudad. Originalmente gris, el paso del tiempo había poblado los barrios circundantes de tal forma, que cuando una familia endeudada hasta la médula se hizo millonaria poniendo un negocio de pollos en ella, pronto una fiebre sin igual se apropió de los ciudadanos, quienes se apresuraron a adquirir propiedades en las cercanías de la avenida de las Américas, mismas que pronto dejaron el gris y el blanco con que habían sido edificadas y fueron pintarrajeadas según el negocio que ahí se abriría. A lo largo de los años, hasta que llegó la ruina que destruyó el espíritu de esa ciudad, la avenida de las Américas vio desfilar los colores de un sinfín de negocios, que en su mayoría fueron locales de comida que competían encarnizadamente para cerrarse los unos a los otros, a tal punto que un día, mucho después de lo que les cuento, estalló ese episodio curioso que los más bromistas llamaron la Guerra de las Frituras pero que los economistas más avezados nombraron la Metáfora del Fin, cuando la analizaron a la luz de las ruinas de nuestro país muerto y finiquitado. Pero en ese entonces, durante aquel carnaval que les narro, la avenida estaba en el punto más alto desde su creación hasta su fin. Los negocios trajeron carteles comerciales enormes y brillantes que dieron luz a la oscuridad tan célebre del lugar, donde por muchos años prosperó la criminalidad que haría tan famosa a una avenida que luego fue conocida como faro de esperanza del desarrollo económico de una ciudad, hasta del país. El resto de las luces las puso alguna de las muchas corruptas gestiones de la alcaldía local, y a medida que la avenida ganaba popularidad comenzaron a llegar más adornos para acompañar las luces naranjas de los postes y la iluminación de los carteles donde predominaba el rojo, el blanco y el amarillo. Luces que bañaban el guindo suave de los mosaicos del paseo que la alcaldía puso al justo medio de la avenida y que, de alguna forma extraña, combinó bien con el plomo de la calle y sus rayas blancas que delineaban las indicaciones de tráfico. Aquel día, sin embargo, todos aquellos colores se veían oscurecidos al estar bañados en el agua de los baldazos derramados y los proyectiles fallidos, a eso se sumaban no solo los colores de las ropas de los luchadores, o las chillonas estelas aéreas que dejaban los globos rosados, naranjas, blancos, negros, rojos, azules, celestes, amarillos, púrpuras y verdes, sino que también entraba en aquel óleo el color moreno, blanco, canela y marrón de las pieles al descubierto, causando una impresión fuerte en quien fuera que veía aquella escena, en especial cuando la luz del mediodía empezó a bajar y la ilusión de una guerra en sepia maravilló a los pocos exquisitos que dieron una breve pausa a la diversión para admirarse de toda aquella implosión de tonos y colores. Nunca olvidarían aquel día, pero esos pocos exquisitos tendrían la fortuna de recordar la tonalidad sepia por encima de todas las cosas.

Ahora, a la gente le gusta creer que el principio de la caída de nuestro país estuvo en la Metáfora del Fin, y no les damos la contra; pero muchos entre nosotros creemos que aquel carnaval fue una profecía, un ultimátum karmático enviado por el cosmos, o Dios, o cualquiera de esas expresiones de lo divino, de modo que nos avivemos un poco y tomásemos medidas para no terminar, justamente, donde terminamos. Pero, como en aquel capricho que nos quitó un mar, decidimos ignorar un par de detalles y el episodio sería recordado como peculiar tras ser pasado por el riguroso filtro de varias censuras. Pasó justo cuando aquel efecto sepia tomó su lugar en las percepciones de todos los batalladores, el alcohol corría libre pero en moderadas cantidades, pues los carnavaleros tempranos sabían que la verdadera borrachera debía ser reservada para la siguiente semana. La batalla de agua llevaba horas vigente, pero las risas todavía fluían, tanto y tan bien, como las numerosas pilas con que llenaban globos, baldes, chisguetes y todo aquello con que pudiesen mojar a otra persona. Había gente de todas las edades compartiendo y las bandas repetían canciones populares que la gente bailaba feliz mientras seguían bien metidos en aquella tradición.

Lo cierto es que, aun hoy, nadie se explica qué fue lo que pasó con el agua. Cuando fue analizado después, nadie pudo a ciencia cierta aclarar por qué el agua cesó de fluir y ya ninguna pila pudo proporcionar el preciado líquido de las municiones. Por un rato, ante la mala nueva del corte de agua, el campo de batalla quedó completamente inmóvil, divididos entre decepcionados y resignados que miraban a los lados buscando una fuente mágica de agua que nunca encontraron. Aquel habría sido el final de aquel episodio, de no ser por el descuido de un muchacho quien encontró una cerveza agitada en su bolsillo, abriéndola y rociando con su líquido color orín a un par de amigos, los cuales se maravillaron ante aquella idea brillante, aun si por lo demás aquel muchacho les parecía un patoso inútil, y celebraron aquel acto con risas mientras derramaban sus cervezas en el rostro del ocurrente desgraciado. Aquel gesto pronto fue imitado por todos aquellos que los rodeaban y la guerra en sepia reinició con nuevo brío, condimentada por el descubrimiento de aquella nueva munición que sustituía al agua perdida. No pasó mucho tiempo para que las latas de cerveza se agotasen y los luchadores tuvieran que apresurarse a comprar más de los negocios cercanos, cuyos dueños no cabían en sí de la alegría y cuyas sonrisas maravilladas por el flujo de dinero entrante quedaron plasmadas para siempre en rostros terroríficos de amargura, estancados en una sonrisa eterna. Ni bien el alcohol se terminó en las reservas de las tiendas, los luchadores, ahora empapados de agua, cerveza y espuma, procedieron a alzarse jugos, gaseosas, helados, vinos, singanis, vodkas y todo lo líquido al alcance de sus manos, de modo que la diversión no cesase por algo tan ridículo como falta de municiones. A estas alturas el dinero estaba de más y los luchadores no tenían tiempo de pensar en algo tan mundano como pagar mientras eran necesitados, ahí afuera, en una guerra sin cuartel ni bandos. Las calles desprendían un fuerte olor a alcohol combinado con los dulces aromas de todos los refrescos y bebidas espirituosas utilizadas, mezcladas en el aire con el sudor humano expulsado durante el esfuerzo de seguir cargando y lanzando globos y baldazos, sin que el ruido de la música y las carcajadas cesase. El cielo nuboso empezaba a oscurecer el tono sepia, pero este seguía tan intenso como antes cuando, atraídos por la fatalidad, aquellos que se habían encerrado en casa para no jugar salieron de sus guaridas picados por el escozor de la curiosidad y se unieron sin mucho trámite a la guerra que no parecía ni cerca de estar terminada.

Muchos generales, que se otorgaron a sí mismos dicho cargo, miraban desde algún punto estratégico el caos de la batalla, preocupados por la cercana falta de municiones. Algunos bromearon sonoramente con que podrían usar las lágrimas de los mercachifles saqueados, pero si no lo ponían en práctica era porque aquel era un método estúpido por lento. El milagro les llegó cuando la avenida entera se detuvo a respirar, inspirados quizá por el hado desgraciado de la nación, y fueron testigos de ese solitario globo azul oscuro surcando el cielo color atardecer, que descendió en una parábola perfecta hasta chocarse con un joven de piel canela y ojos lóbregos, cuyas ropas celestes y amarillas recibieron el impacto del globo que al estallar lo tiñó en el escarlata oscuro de la sangre. Aquel momento sería el más recordado, pero el menos verbalizado cuando la censura quiso evitar que recordásemos los eventos en el país, en cuya historia final se registró este episodio como algo mundano pero que hasta ahora no ha sido perdonado en la memoria de quienes lo vivieron. Un minuto entero miraron todos al joven anonadado y cubierto en sangre ajena. El silencio reinó, ni siquiera la naturaleza se libró del hechizo de ese momento, pero poco a poco un rumor de un clamor ancestral despertó en las voces de los guerreros de aquella batalla y, aun carcajeándose, retornaron al ruido ensordecedor de la guerra, llenando los globos, baldes y chisguetes con orines primero y desangrando a los más débiles para que, al menos, sirviesen como munición. Pronto las plomas calles se volvieron moradas de tanto líquido derramado, al que ahora se incorporaba la espesa sangre. La guerra en la avenida de las Américas no arreció, mas se intensifico a puntos bíblicos y más raros que la ficción donde los colores de un cielo, de pronto completamente rojo, exaltaban los sentidos de los guerreros, quienes reían contentos y felices al son de la animada música que las bandas aun tocaban y que las voces replicaban con cantos afinados al compás de una fiesta popular, ruidos que camuflaban el rumor de los cuchillos abriendo la garganta de hombres, mujeres, ancianos y niños y sus estertores penosos con que abandonaban la vida para nutrir la guerra de aquella tarde en sepia.

Todo terminó cuando la brisa de la noche causó frío en los luchadores empapados de cuanto líquido era concebible, y quienes pronto se retiraron a sus casas para asearse lo mejor que pudieron ante la falta de agua. Así, sucios, se trasladarían a los bares del centro de la ciudad a beber en silencio, intentando enterrar en el olvido las pilas de cadáveres que adornaban la avenida de las Américas, cuerpos ahora fríos que ellos mismos habían ayudado a enfriar. Por un tiempo los cuerpos quedaron ahí apilados, pudriéndose en las bondades del calor a lado de los restos multicolor de los globos reventados y las brillosas latas de cerveza vacías, hasta que la alcaldía y el gobierno mandaron gente a limpiarlo todo sin hacer mención alguna sobre lo acaecido y más bien pidiendo a la gente el buen gusto del silencio y la discreción. No pasó mucho antes de que las rutinas retornasen y, por acuerdo tácito, nadie celebró funerales ni lloraron a todos los caídos de aquel día. El agua volvió una semana después, precisamente el día de carnaval, y la gente celebró el feriado bebiendo alcohol pero sin jugar a ninguna especie de guerra, contentos de al fin poder bañarse en ese país de mierda donde ni agua había para carnavalear.

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Cuando llegamos a la finca de los Avellardo estábamos algo cansados por la caminata desde la carretera hasta el caserón, aparte que lo habíamos hecho en medio de la noche y sin linternas ante la insistencia de Álvaro de acostumbrar los ojos a ver en la oscuridad porque, según él, había que ahorrar baterías. Fue una caminata agotadora y confusa por un camino complicado y sin sendero claro, además que la oscuridad en el campo es diferente, por esa falta de artificialidad, y no hay más luz que las estrellas, que aquella noche brillaban por su ausencia, para colmos la lluvia había creado un fango arcilloso que restaba estabilidad a nuestros pasos y los rumores de la noche nos turbaban, así como los gritos del viento que amedrentaban el coraje. Pero supongo que es más fácil ponerte cobarde cuando te piensas desamparado en medio de la nada.

Se sentía una especie de compañía no deseada a nuestro alrededor, aunque no podría especificar si éramos nosotros los no deseados, o si lo no deseado era esa incertidumbre de qué pasaba. Sin luz no se distinguía quién era quién, o qué era qué, todo se resumía en el frío penetrante y la marcha a ciegas hacia la finca, apenas vislumbrando las rocas del camino, las ramas de árboles altos y tétricos que parecían brazos de ancianos tratando de acariciarnos. Si la ausencia de luna y estrellas era inquietante, ninguno de nosotros la mencionaba, concentrados, como estábamos, en mantenernos en pie hasta llegar al “Nogal”.

Lo primero que hicimos, cuando al fin llegamos, fue lanzarnos rendidos a un antiguo sillón de la sala, mientras Álvaro se daba el trabajo de revisar la casa. Me sentía agradecido por tener electricidad en aquel ombligo del mundo, y solo me levanté a verter el contenido de mi cantimplora en la caldera que descansaba en una de las dos hornillas de la mini cocina a gas, los demás se pararon a ordenar el resto de la cocina y las camas del dormitorio principal. La mesa para doce pronto crujió ante el peso de los víveres que habíamos llevado, Eduardo llenaba con recatos la alacena húmeda con algunos de ellos y yo servía té para tres y café para uno, pues nunca puedo dormir si no tomo café. La vejez de la casa me irritaba, de alguna manera, sus muebles polvorientos y crujientes, los insectos paseándose por el piso sucio con la total libertad del abandono humano. No me sentía muy cómodo, pero siempre me gustó irme al campo para extrañar la ciudad. Eduardo y Álvaro mataban alacranes en el otro cuarto, riendo y recordando anécdotas, sus preciados viejos tiempos pues ambos habían crecido visitando frecuentemente esa finca, al igual que Edmundo, quien cocinaba algo ligero y, creo, me contaba algo acerca su carrera, o quizá cosas sobre el clima, o las estrellas… Edmundo siempre fue de esos que adoran las estrellas y le gusta hablar sobre ellas, así que lo dejaba dar su cháchara mientras yo escuchaba intranquilo a Álvaro y su risa seca ante cada alacrán muerto, preocupado por que los matasen a todos y que no pasase que en una de las sacudidas de las sabanas se escapara uno y nos matase durante la oscuridad absoluta de la noche rupestre. Luego de comer todos en paz y charlar de esto y de aquello, entre risas nos venció el sueño y nos metimos en las camas del cuarto principal. Fue linda aquella noche. Solo nosotros, disfrutando de ese auto exilio de la vida.

Antes de dormir todos juramos despertar a las siete para poder salir a caminar por el campo, pero igual nos dormimos hasta eso de las diez y despertamos para un desayuno rápido, a la par que planeábamos el resto del día. Eduardo y yo nos encargamos de ir al pueblo para hacer algunas compras, Álvaro se quedó a limpiar mientras que Edmundo llenaba la piscina.

El pueblo era un simple reducto del mundo que, al menos, estaba pavimentado, y no hacía mucho en aquel entonces. Relleno con casas que parecían de barro y que cuando uno miraba dentro eran oscuras y húmedas, poseedor de pocos y elusivos habitantes, aquel pueblo contaba con instalaciones para un mercado más grandes de lo necesario y hasta un paupérrimo hospital, sin doctor que lo atienda. El pueblo tenía un aire antiguo, imposible de ignorar en medio de aquel silencio profundo tan propio del campo. Contaba la leyenda que desde un balcón, de este pueblo, la capitana más famosa del mundo había arengado a sus tropas, en orden de enfrentar a esos demonios que los esclavizaban. Observaba yo, justamente, este balcón, pensando en lo fácil que hoy en día le resultaría a un francotirador matar a quien sea se subiese ahí, cuando sentí el primer escalofrío. Fue rápido, casi letal y me hizo mirar a mi alrededor como si el francotirador de mi mente estuviese a punto de matarme. De ahí lo recordé: “los francotiradores solo matan gente que vale la pena”.

–      ¿Ernesto?

Me despertó Eduardo de mi alerta, me señaló la tienda y fuimos con calma mientras reíamos un poco, sin pensar en nada, uan sacudido por aquel escalofrío. Creo que hablábamos algo de que cuando uno no está en casa, la rutina se vuelve tan chica y lejana que al retornar todo su peso parece capaz de matarnos, pero ahí, en el Nogal, todo quedaba tan lejos con ese cielo caluroso y la promesa de pura diversión, o de excesos que uno nunca olvida, y eso hacía que la rutina del diario vivir pareciera una nada.

La tiendita la atendía una chiquilla que hubiera sido como cualquier otra, salvo que era difImagen001erente. Su silueta recordaba a un ideal extraño para aquellos que vivían en el pueblo, puesto que nadie tenía un cuerpo como ese entre sus habitantes; incluso por el detalle del pelo negro inmaculado parecía ser tan distinta. Pero lo más increíble eran sus ojos verdes. Tenían una grandeza especial, vivaces pícaramente pero como envueltos en una capa brillante de desconfianza que se notaba tanto en esa su, maldita, claridad. ¿Qué puedo decir? Hay memorias que revives con rencor, quizá por lo que pasó pero más por lo que no pasó. No hablaba mucho, la muchacha, ni cuando le pedimos pan, ni cuando preguntamos por cerveza, ni durante la viandada o el atún. Eso sí, sonrió con alguno de mis chistes y bajó la mirada cuando puse mis ojos en los suyos. Ahí supe que la deseaba.

Mientras Eduardo visitaba la iglesia me quedé con ella para convencerla de ir a la finca.

–      ¿El Nogal?- me preguntó con duda.

–      ¡Claro! ¡Anímate! Hay piscina, habrá parrillada, te vas a divertir – dije con la cachondería oculta en un velo de cordialidad.

Ahora recuerdo que me miró a los ojos y sonrió, despertando aun más lujuria en mí, concentrando mis pensamientos en imágenes de sus curvas, sus elevaciones, la sensualidad de sus exactas carnosidades como si fuese alguna especie de necesitado. Al final pude convencerla y quedamos en que iría a eso de las seis a la finca. Regresamos, con Eduardo, rápido para ayudar a arreglarlo todo para la tarde pues en unas horas más llegaría más gente desde la ciudad. Pasamos mucho tiempo sacando basuras, revolviendo cuartos olvidados que nadie, ni el cuidador, habitaban, sorprendiéndonos ante el polvo y el desgaste de todo, riéndonos de las historias que Álvaro contaba acerca del pasado oscuro de esa región. Él, junto a Eduardo y Edmundo, eran hijos de los actuales herederos de la finca. Eduardo y Edmundo hermanos y Álvaro su primo. Durante su infancia visitaron muchas veces El Nogal, conocieron la finca cuando era más grande y desde niños se habían familiarizado con las leyendas, historias, anécdotas y lugares de aquel sitio. Siempre contaban como cazaban pajarillos, o cómo los locales actuaban frente a ellos, también me contaron historias de duendes y aparecidos, las cuales en su momento encontré ridículas. Aun de niño prefería la lógica y la aplicaba a todo lo que me decían. Mi madre era la única crédula, ella estaba feliz creyendo que yo me tragaba todo eso de Papa Noel, el Conejo de Pascua y todos esos bichos, pero nunca lo hice. Las historias de los Avellardo no eran distintas. Todo el asunto de los aparecidos, del Silbaco ese, del diablo y esa clase de pendejadas simplemente no calzaban en la estructura lógica de la realidad. De mi realidad.

A eso de las 4 terminamos de limpiar. Yo me eché a dormir un rato, hasta eso de las cinco y media que fue cuando llegaron los demás.

La fiesta prometía. Invitamos a muchísima gente que acudieron a la finca en camionetas, petas, motocicletas que dejaron parqueadas delante la entrada principal de la vieja finca, llegaron muchos invitados y otros tantos no invitados pero que igual entraron con mucha familiaridad a la casona. Amigos, desconocidos, chicas lindas, carne a montones, mucho alcohol, música, además que Renato y Benjamín habían llevado marihuana para todos, y en cantidades bíblicas. También se tomaron la molestia de llevar unos cuantos ácidos, hongos y peyote para quien quisiese hundirse en la más profunda de las inconsciencias, olvidarse definitivamente del mundo, de los alrededores, sumergirse en un viaje inútil al olvido, que fue como yo siempre lo ví y experimenté. Tan solo un viaje al falso misticismo del no-quiero-que-nada-me importe. Pero con todo éramos una fiesta épica y ruidosa, éramos tipos apurando sus bebidas y muchachas mareadas que se dejaban toquetear coquetamente por tipos igual de ebrios que ellas, éramos gritos de euforia y bocas llenas de carne sangrante con un deje de limón y grasa de parrilla, cervezas derramadas en los pisos antiguos de los patios de la anciana finca, y música moderna que los silencios de la pampa no conocían.

De hecho, fue una gran noche. Cocinamos, reímos, algunos bailaban, otros bebían, unos cuantos se iban aparte con Renato y Benjamín a perderse en esas anestesias. A eso de las seis y media llegó la chica de la tienda. La recibí contento, y algo orgulloso de las miradas de envidia tanto de chicos como de chicas. Me la llevé a un lado y la engatusé como pude, me empeñé y logré seducirla a toda costa, bajo cualquier precio. A medida que pasaba la noche, la escuchaba hablar y hablar cada vez menos tímida, le juraba no cargar demasiado su vaso mientras aumentaba las dosis de ron y bajaba el nivel de refresco. Se llamaba Amanda, en honor a una madrina española que tenía, esa noche me contó que su madre siempre le repetía que esa madrina era su madre verdadera, pues su padre era un puto de aquellos. Lo cual, viéndola, tenía sentido pues sus rasgos eran muy distintos, pese a que conservaban cierto aire parecido, a los lugareños, especialmente en su piel morena tan suave a la vista, y al tacto como pude notar cuando la toqué por primera vez en su vida. Cuando nos quedamos solos me la llevé a la piscina y me apresuré a tenerla desnuda y solo para mí, quitándole la chance a otro hombre de ser el primero al ver un rastro de sangre en el agua. Solos, los dos, en una entrega bizarra, placenteramente gozosa. Puro promesas vacías mías, palabras que la compraban para seguir probando su piel morena y esos sus ojos brillantes, completamente seguro de que en una semana me iría del Nogal y no volvería a verla nunca más.

Cuando desperté estaba avanzada la mañana. Me sentía observado. Me encontraba en la habitación principal, enfrente mío dormía Eduardo en un catre viejo y astillado, a su izquierda estaba Edmundo tumbado en la cama con dosel como elefante muerto, junto a una chica que no logré reconocer, fue mientras buscaba a Álvaro en la cama de la derecha que descubrí, a mi lado, la mirada de Amanda cargada de una sonrisa ligera. Y al recordar la noche anterior, sonreí también. No me molestó mucho que siguiese ahí, después de todo estaríamos seis días más en el Nogal y tenerla cerca a lo mejor hasta resultaba grato. Me paré y fui a la huerta a orinar, reparando en que me preocupaba un poco que la pobre tuviese algún desliz con su interpretación de mis intenciones, pero esos pensamientos desaparecieron cuando ella se presentó en la cocina mientras yo calentaba agua para el desayuno. Estaba completamente vestida y parecía dispuesta a escabullirse. Recuerdo haber pensado “genial, esta chica lo entendió todo bien”, no quería tenerla cerca si no iba a ser para divertirnos. Es como cuando acaricias a un perro callejero, pues es probable que te siga en busca de más caricias. Pero yo no quería esa responsabilidad. Yo solo quería vivir tranquilo y feliz, sin preocupaciones ni sufrimientos. Me acerqué para darle un beso de despedida en la mejilla pero de algún modo terminamos enrollados sobre la mesa del comedor, como si no tuviésemos control de nuestros actos.

Tras terminar, ella se vistió nuevamente y se encaminó a la puerta trasera de la finca, decidí escoltarla pretendiendo caballerosidad, haciendo quizá algún comentario estúpido, o tal vez sugiriéndole venir otro día, hasta que llegamos al umbral de la puerta trasera y nos vimos, ambos, paralizados por un miedo extraño pero intenso, tan descorazonantemente fuerte que solo 1010100_10152287841325281_1685268524_npudimos congelarnos por un rato. El sol quemaba la pampa, el sonido de muchas abejas perforaba la extraña calma, el verde de las plantas parecía brillar con un fulgor cegador y hermoso mientras nosotros, congelados en el umbral de aquella puerta, temblábamos ligeramente, sudando frío y con expresiones blancas y de sorpresa. Finalmente, al movernos nuevamente, automáticamente nos tomamos de la mano y entramos de nuevo a la cocina. Ella temblaba. Yo también. La abracé y ella me besó.

A nadie le pareció raro que Amanda se quedase, tal vez porque del otro cuarto salieron cinco amigos más y en el patio había otros tres durmiendo la mona. Desayunamos todos juntos, y no se podía negar el ambiente festivo pero no exento de la resaca. Aquel miedo parecía una lejana memoria, para mí y para amanda, y el único sombrío era Camilo quien, tras despertar en el patio, se unió al desayuno y bebía su café con una mirada trepidante y ausente.

Álvaro recordaba, en voz alta, los pormenores de la noche anterior, y no dejaba en paz a Eduardo pues creía haberlo visto con una amiga suya, haciéndose la burla ruidosamente, a propósito de ello. Tal vez por eso fue tan descolocadora la pregunta de Camilo, ¿o sería su tono de voz? ¿su mirada desquiciada y perdida en un punto sucio de la pared de la casona?, hubo algo en él que nos extrañó cuando se paró y preguntó:

–      ¿Alguien sabe quién era el de rojo?

–      ¿De rojo? Que yo recuerde no vi a nadie usando rojo anoche. – contestó Álvaro con una sonrisa cordial.

–      Te digo que vi a un tipo vestido de rojo- dijo Camilo con un tono que sonaba a súplica, sus ojos estaban muy abiertos y su mano izquierda se cerró como un puño. Su consternación empezaba a preocuparnos. Nadie recordaba a nadie de rojo.

–      ¿Qué hay del cuidador?- preguntó una chica con cara de sueño. Amanda se apretó contra mía.

–      No, el cuidador se fue de viaje ayer cuando llegamos. – respondió distraídamente Edmundo.

Todos callamos. Nadie parecía muy deseoso de crearse un misterio tan temprano, sobre todo después de semejante fiesta. Álvaro intentaba retomar el ambiente festivo, Eduardo parecía deseoso de seguir durmiendo, Edmundo le miraba el escote a la chica con la que había pasado la noche, los demás en silencio. Al final alguien sugirió ver las fotos para comprobar lo que Camilo decía. Mientras Eduardo iba por la cámara, todos guardamos un profundo silencio. Teníamos ganas de reírnos, pero Camilo parecía tan turbado que ni siquiera esas ganas podían contra la pesadez de su ánimo. Cuando empezamos a ver las fotos, sin embargo, no pudimos evitar reírnos ante las cosas que veíamos, o que decía alguno de los presentes, menos Camilo que miraba expectante y desorbitado. Habían fotos de la parrilla, Eduardo riendo, Álvaro sin polera saltando a la piscina, yo secando un shot de tequila, Amanda posando sonriente y sugerentemente, una foto que una chica maldijo porque salía con los ojos cerrados, la fogata, y así hasta que llegamos a una foto curiosa: muchos sentados alrededor de la fogata que había preparado Edmundo, riendo y gritando felices. Lo curioso era Camilo brindando con un tipo bajito que estaba de espaldas a la foto y vestía un traje rojo. Sus pelos canosos eran lo único que se veía de su cabeza. Nadie lo reconoció, no aparecía en otras fotos. Todos se preguntaron por su identidad, pero al no poder llegar a respuesta alguna simplemente nos conformamos con pensar que era un viejo colado.

Después de un rato algunos se marcharon a la ciudad. Solo Camilo, mi amiga Érica y Benjamín prefirieron quedarse. El resto del día pasó en el letargo de la resaca; Edmundo dormía, Eduardo escuchaba música romántica con sus audífonos, Álvaro salió en busca de perdigones y yo jugueteaba con Amanda. Por su lado, Camilo revisaba las fotos una y otra vez inquietando a Érica, quien se quejaba en voz alta de la actitud de Camilo. Benjamín, aburrido de esas quejas, optó por fumarse un porro y echarse a ver el cielo embobado. Todo el día pasó en una calma intensa donde incluso si nacía la idea de hacer algo, moría en los labios de quien la propusiese, como si todos deseáramos mantener aquella absurda quietud. Fue una tarde de muertos, de calor infernal y de un letargo como nunca sentí después. Sse sentía horriblemente irremediable, como si ni siquiera aferrarme al cuerpo de Amanda y esforzarnos en hacer ruido nos ayudase a escapar del silencio.

Por la noche escuchamos una risa. Calentábamos las sobras del día anterior al son de esta risa, una de esas forzadas y malintencionadas. Camilo no tenía hambre, parecía enfermo y no pudo parar de vomitar en todo aquel día, se lo veía triste y nos pedía que lo dejáramos solo. Después de un rato nos dimos cuenta que cuando se apartaba de nuestro lado, recién comenzaban las risas. Érica sugirió que Camilo se hacía el gracioso y que no le prestemos atención. No necesitaba decirlo, sentíamos mucha desesperante calma en el ambiente como para ocuparnos de los desvaríos de alguien.

Dormimos en la misma disposición que la noche anterior. Eduardo frente mío pero a la derecha, Edmundo frente mío pero mirando a Eduardo, Álvaro a mi derecha y yo con Amanda. Fue la primera vez que el miedo me quitó el sueño. Me era tan extraño y nuevo el estar en la oscuridad sin poder sentirme tranquilo, envuelto por esa tan palpable negrura, y pese a que sabía jhtgjgfque Amanda dormía a mi lado, pese a que recordaba la distribución de mis amigos en la habitación, pese a todo eso, la oscuridad era tan extrema que no podía recordarlo, ni siquiera podía ver mis manos pero sentía que podía tocar a la oscuridad y que la oscuridad me tocaba a mí, y los dos temíamos al otro. Lo de verdad inquietante era que Amanda me abrazaba pero yo no la sentía. Solo podía sentir un desamparo en el mundo y no lograba encontrar nada en mis pensamientos que me diese indicios de mi vida previa, me abandoné a la desesperanza sin dormir y angustiado, dedicándole mis pensamientos a la brevedad de la vida y a la tortuosa reflexión acerca qué pasaría una vez yo muerto. Edmundo diría el cielo o el infierno, pero yo diría que no sabemos, diría que hay certezas demasiado absolutas como para ser ciertas. Y en esa oscuridad, el miedo a la nada se intensificaba por una risa maldita que viajaba en medio de esa ceguera forzada, obligándome a llorar hasta caer dormido.

Fuí el primero en despertar. Estaba abrazado de Amanda y no quise pararme. Vi que Álvaro estaba despertando y que tampoco parecía querer pararse. Nos quedamos en silencio. Tras un rato Eduardo despertó, y también se quedó callado esperando, hasta que Edmundo despertó casi al mismo tiempo que Amanda. Nadie habló, ni nos movimos, tan solo nos quedamos esperando, como si lo supiésemos de antemano, casi como si estuviésemos esperando el grito tremendo que vino del cuarto de al lado. Recuerdo haberme parado y vestido con calma. Eduardo y Edmundo salieron en pijamas y a toda prisa, Álvaro buscó primero su cuchillo y tras ello se apresuró al otro cuarto, ero yo seguía vistiéndome con calma, y una vez que estuve bien vestido dejé a Amanda en la cama y me dirigí al sitio del grito. Estaba Camilo tirado en su cama con las venas abiertas, la sangre fluía como una maldita fuente de agua, esparciéndose por el cuarto y hasta, incluso, manchando el techo. Era posible vislumbrar los huesos de Camilo a través de las heridas, estaba desnudo y tenía marcas de mordidas casi humanas por todo el pecho. Lo peor era su expresión, sus ojos abiertos y en blanco con lágrimas aun cayéndole copiosamente, como si estuviese vivo pese a la ridícula gravedad de sus heridas. Quise gritar ante su boca torcida que contenía un estertor, su escalofriante aire de absoluto horror en vida y ese mirar que brillaba con una chispa de vida, aun cuando comprobamos que no tenía pulso o latidos. Érica lloraba petrificada en su cama, vomitaba pero no parecía darse cuenta de ello, Benjamín miraba al suelo repitiendo algo que no logré entender. Entre Álvaro y Edmundo calmaron a esos dos, mientras Eduardo y yo revisábamos el cadáver. Las heridas estaban hechas con violencia profunda, era como un descuartizamiento incompleto. Sentí que Álvaro y Edmundo llevaban a Érica y Benjamín a la cocina para que, rato después, un grito histérico nos urgiese a correr a nosotros también hasta ahí.

Sentado en la mesa estaba un enano de gran nariz. Vestía un entero de color rojo con una capa negra, en sus manos arrugadas y filosas sostenía un sombrero de copa muy desgastado. Sus ojos nos analizaban con picardía, de rato en rato se llevaba a la boca una taza de peltre, ocultando por un rato su sonrisa terrorífica y amplia que dejaba ver una serie de colmillos afilados.

–      ¡Aaah! Buenos días- dijo con una voz ronca, aguda y un tanto cantada.

Nos mantuvimos callados ante el asombro. Ver su cara arrugada y su narizota era, de algún modo, una confirmación de que la sanidad era algo del pasado.

–      Dije: “Buenos días”. Lo educado es que me saluden de vuelta.

Érica rompió a llorar, Álvaro y Eduardo saludaron débilmente, Benjamín vomitó sobre Edmundo y yo corrí donde Amanda, quien temblaba sin saber por qué.

El extraño ser nos hizo sentar en la mesa. Nos miraba burlonamente mientras cada quién hacía lo imposible por no mirarlo.

–      ¡Aaah! Pues me presentaré. Les diría mi nombre pero es algo que humanos estúpidos no podrían pronunciar, algo demasiado sublime y exquisito, digno de los duendes, como para que un humano lo sepa en toda su magnitud. Pero supongo que debo darles un nombre. Pueden llamarme el Duende Sombrerero.

Lo dijo con un canturreo molesto para su voz carrasposa, casi como una dicha arrogante. Sin embargo lo que más nos sorprendió fue que se presentase, justamente, como una de las criaturas de las historias del campo. El duende sombrerero era una criatura que raptaba niños y se los comía, contaba la leyenda que disfrutaba, especialmente, los pequeños dedos de los cAskCnwniños que deambulan muy lejos de casa. Se decía que era un monstruo astuto y engañoso, que se ocultaba para cazar sus presas y que no se dejaba ver por los humanos. Pero ahí estaba uno, sentado en la cocina de los Avellardo, a pocos metros de donde Camilo yacía en su horroroso lecho de muerte.

 

–      Los he salvado- dijo el Duende mientras sacaba una gran pipa. Todos callamos, solo se escuchaban los sollozos de Érica- Los rescaté de sus muertes.

Una expresión de ira se dibujó en la cara del Duende tras esperar vanamente una respuesta. Presintiendo el peligro Edmundo preguntó, en medio de un tartamudeo, por qué decía eso. La expresión del Duende se suavizó y esbozó una amplia sonrisa.

–      Mi amigo… él vino por la noche y quiso devorarlos. Pero lo contuve, oh sí oh sí, vaya que contuve a ese sanguinario carnívoro.

–      ¿Tu amigo o tú?- pregunté con rabia en la voz y la mirada.

–      ¡Aaah! ¡Ernesto! Te he estado viendo. Tú deberías haber nacido duende – contestó en medio de una carcajada – pero, de hecho, los he salvado. Verán, mi amigo siente un placer especial por masticar los miembros de su víctima, disfrutándolos lentamente. Y sé de buena fuente que siempre está añorando ser bañado en la purificante sangre que expulsan ustedes, los humanos, cuando los descuartizamos. – prendió su pipa y se quedó mirando fijamente a Érica llorando. Así nos quedamos por un rato hasta que nos obligó a todos a fumar con él, tras ello se puso su sombrero y salió por la puerta trasera de la cocina que daba a la huerta.

La pampa sonaba a silencio. Desde el balcón del patio observábamos aturdidos la pampa con las montañas de fondo. Érica aun lloraba a mares, de rato en rato le venían espasmos espumosos e incontenibles, Benjamín optó por fumarse hierba hasta que su mirada se ausentó, Álvaro sacó el viejo rifle de su abuelo y se dedicó a darle mantenimiento, Eduardo rezaba con toda su ruidosa fe, Amanda estaba desmayada en un sillón, Edmundo y yo mirábamos al vacío en silencio. Creo que ambos buscábamos lógica a lo que habíamos visto. Al menos yo lo hacía, con una confusión creciente y desesperante.

Después de que se marchase el Duende hubo un caos tremendo. Nadie sabía qué hacer, o a qué atenerse cuando ya no escuchamos su risa. Nadie quería volver a ver el cadáver de Camilo pero, a eso de las diez de la mañana, llegó Santiago Mataindios, el famoso amigo del Duende, a comerse el cadáver. Apareció con su atuendo igual al de la estatua de la iglesia. Es más, parecía una de ellas pero más grande, debía de tener unos dos metros de altura, su piel era, también, como las de las estatuas de la iglesia, parecía hecha de cerámica y yeso, lo cual le daba un aire más inquietante ¿Qué tan a menudo un objeto como esos camina? Nunca. E igual lo vimos llegar, desde el balcón, con lentitud golémica, dejándonos paralizados ante su presencia. Pateó la puerta para abrirla, subió hasta donde Edmundo y yo mirábamos sin movernos, nos hizo un saludo sacándose el sombrero. Sus ojos de estatua estaban fijos en nosotros. Sin vida y con esa imposibilidad de movimiento, sus ojos se posaron de una manera tal, que descubrí que Edmundo y yo estábamos llorando ante la mera vista. La boca de Santiago Mataindios se abrió ligeramente, como la de una marioneta, y de allí salió un sonido como un gruñido de animal furioso y moribundo que aun nos persigue. Tras su saludo descendió con calma y se encerró en la casa ante la sorpresa de todos. No pasó mucho hasta que escuchamos mordidas, huesos rotos, líquido escurriéndose entre los dedos de Santiago y sus gruñidos ansiosos. Dos horas más tarde salió inmaculado, nos saludó de nuevo y se marchó. Nadie quiso entrar a la casa por un rato. Cuando finalmente lo hicimos, no pudimos encontrar rastro alguno de la existencia de Camilo, ni una sola mancha, ni un solo trozo de su ser, ni siquiera sus cosas, como si nunca hubiese venido.

 

XXXXXXX

 

La sequía azotaba la pampa desde hacía tres semanas. Para nosotros esto era crítico, pues hacía unos días que pudimos confirmar que Amanda estaba embarazada. Al principio nos asustamos porque sin agua, ni comida, era muy difícil cuidarla adecuadamente. Pero el Duende nos ayudó. Aparecía por las noches con una bolsa llena de manjares que solo Amanda podía comer, nosotros teníamos que comprar nuestra comida del pueblo y el dinero no era exactamente abundante. Cada día Santiago Mataindios nos traía dos grandes baldes con agua, se aparecía por la puerta trasera, la abría violentamente y dejaba los baldes en pleno patio, siempre con esa inexpresividad que me parecía hambre, yéndose con la misma velocidad con que llegaba. Por las tardes nos visitaba el Duende. Se quedaba horas charlando con cada uno, por lo general pregonaba su talento para cocinar, 551478_10151540104409835_181291349_ndescribía “suculentos” platos de niños asados, freídos, al horno, en aceite, en sus propios jugos, rellenos de vegetales y especias que solo los duendes conocen, o sopa de ojos y, su favorito, deditos acaramelados. Álvaro lo odiaba, no soportaba sus comentarios sardónicos ni sus alusiones al mundo de los duendes. A mí no me molestaba tanto, pero me sentía intimidado por su modo de mirarme cuando estaba con Amanda, me inquietaba también su manera constante de buscarme, charlarme como si fuese un amigo perdido instándome a fumar pipa con él, mirándome con malicia y sonreír mientras mencionaba que yo habría sido un grande entre los duendes con esa su voz de gallo. Eduardo y Edmundo estaban más espantados con Santiago el apóstol, quien a veces venía con el Duende y se sentaba silente a escuchar nuestras conversaciones mirando a la nada, comiéndose algún animalito muerto o algún miembro humano, casi con distracción.

El calor era cada día peor. En el pueblo corría el rumor de que el diablo se paseaba por los alrededores quemando cruces, y una viuda afirmaba haberlo visto orinar en el agua bendita de la iglesia. La pobre anciana lo gritó por las calles desiertas del pueblito, e incluso llegó a culpar al diablo de ese calor infernal pero nadie salió a escucharla por mucho que sabían que no mentía, ni exageraba. Al día siguiente se encontraron huellas descomunales marcadas en el duro concreto de la plaza y el cura bendijo cada esquina de pueblo solo para que se escuchase una carcajada burlona esa misma noche.

No mucho después el Duende lo invitó a nuestra mesa. Todas las noches, mientras el Duende alimentaba a Amanda con su bolsa de manjares, nosotros comíamos lo que podíamos en compañía de Santiago, pero desde entonces se nos unió la mole imponente del Diablo. Parecía un gigantesco fisicoculturista, sus músculos era tan abultados y marcados que asqueaba, tenía ojos completamente blancos, bigotes finos y cuernos gigantescos, se sentó junto a Santiago el apóstol y entre ambos se devoraron a la mujer gorda del pueblo. Era un charlatán, hablaba hasta por los codos y siempre decía la cosa adecuada, sus chistes eran muy buenos y hasta su olor era delicioso y adictivo, a diferencia de Santiago que dejaba un olor a azufre intenso.

El Diablo nunca se marchó. Más bien se acomodó en la antigua cama de Camilo para el horror de Érica y Benjamín. Después de eso, cada mañana se los notaba nerviosos y fatigados, a punto de llorar o gritar, pero el Diablo siempre bien, manteniéndose fresco y con su encantador carisma. Se levantaba tarde y salía hasta la noche, regresaba cuando Érica estaba a punto de dormirse entre sollozos, la levantaba y los obligaba a rezar, junto a él, tres padres nuestros, seis aves marías y un credo. Una noche trajo más inquilinos para “El Nogal”: varios súcubos y un íncubo que se acomodaron en distintas partes, algunos afuera, otros adentro, lo más se metían en nuestras camas o nos llamaban a las suyas con sus miradas de ojos falsos que nos invitaban a creer en su amor. Solo Benjamín cedió cuando no pudo más, pero cuando lo vimos al día siguiente lo encontramos drogado con todo lo que había podido traer o encontrar, dándole a su presencia un aire de retardo y el Diablo que se reía frotándose las manos con ansia, complacido por verlo en semejante estado.

 

XXXXXXX

 

Pese a no tener control médico, Amanda iba por su cuarto mes con aparente lozanía y hasta felicidad. Me sorprendía lo resistente que era a los monstruos que desfilaban en sus narices cada día. No mucho después del Diablo y su séquito infernal, fueron llegando fantasmas y condenados, cosas amarillas con miles de ojos que daban la impresión de saber algo de cada uno de nosotros, y después la insoportable presencia de la Achalay y su séquito de ninfas y sirenas, además de mil ciraturas y pesadillas indescriptibles que se paseaban por la casona y los patios.

Las noches se tornaron en terribles y no estoy muy seguro cómo sobrevivimos a lo que pasamos durante todo ese tiempo, porque tampoco existía el tiempo, parecía alargado e irresoluto, como un susurro que intentábamos escuchar. El Diablo y los suyos se perdían en ruidosas fiestas en que se divertían burlándose de nosotros, en actos impensables con todas esas bellas ninfas y sirenas, mismas que después nos buscaban y trataban de tentarnos. Cada día una nueva criatura se nos acercaba, uno de esos días pude ver un insecto del tamaño de un caballo trepándose a mi cama, mientras yo me orinaba inevitablemente, llorando a mares y maldiciendo la vida. Alrededor del segundo mes se instaló una niñita que pedía a gritos sus muñecas a una bailarina de ballet con piernas de cabra. En el pueblo nos llamaban “los malditos”, se decía que en el Nogal se respiraba un aire pesado, se rumoreaba que quien sea que estuviese por las cercanías desaparecía. El Duende decía que la culpa era de Edmundo, Eduardo, Álvaro y mía por nuestro aspecto: pálidos, sin bañarnos pero por la falta de agua, barbudos, olorosos, flacos, cansados y con una eterna cara de sufrimiento. El único momento que recuerdo haber sonreído fue cuando encontramos un tapado y no tuvimos que trabajar más. Ya por el sexto mes el pueblo entero se escondía a nuestro paso. Esto desesperaba sobre todo a Eduardo, según él eso solo levantaba una duda en su cabeza ¿estábamos vivos o muertos?

Personalmente no me importaba si estábamos vivos o muertos, tampoco me importaba el tiempo, ni el trabajo o el hambre. Me importaba la oscuridad, me importaba Amanda. Todo aquello era más ficción que terror. Así lo vemos hoy al menos. En su momento sufrimos por las muchas noches sin dormir, aterrados de cada habitante de la puta finca y escapábamos a largas caminatas por el campo hasta que nos deshidratábamos sudando, la mayoría de las veces nos seguía alguno de esos y se burlaba 1655915_10152300932604835_1014388940_nde nosotros con risas estridentes, igual que cuando regresábamos solo para quedar atrapados en sus fiestas interminables, pero cuando la panza de Amanda se hizo muy grande ya ni escapar podíamos. Ella estaba en su séptimo mes y parecía ilusionada, hasta planeaba llamar al bebé Ernesto como yo, su padre, o Sara si salía mujercita, como su madre-madrina española. Se preocupaba de comer bien, de cuidarse de hacer esfuerzos o cualquier asunto que la pusiese en riesgo de abortar, y el Duende también se preocupaba por ella. La acompañaba todo el día, charlándole para entretenerla, viendo si se encontraba cómoda, sirviéndole lujosos y deliciosos platos, y se portaba raro cuando yo estaba ahí. Todo era raro, por Satanás y Amanda no notaba nada, estaba tan feliz por su bebé que no notaba a las criaturas que vivían en la finca. Era todo tan bizarro al punto que Amanda solía recibirme cariñosa y alegre, deseosa de mimar y ser mimada como si fuéramos una pareja normal y no rehenes de todas esas criaturas. Me veía flaco, deshidratado, ojeroso y asustado pero me daba besitos tiernos, me preparaba sopas reconfortantes y me decía palabras hermosas, aparte me contaba su día, me hablaba del Duende como su mejor amigo y lo invitaba a comer con nosotros, pese a que él siempre declinaba probar bocado y prefería quedarse mirándome malicioso, sonriendo ampliamente con sus dientes de aguja y haciendo comentarios de doble sentido, sugiriendo que yo debería de haber nacido duende, fumando su pipa y carcajeándose suavemente de algún secreto.

Siete meses. A los siete meses yo me entregué a beber y beber sabiendo que nunca cesaría de tener sed. Edmundo, por su lado, parecía contrariado. Lo cierto es que nadie dormía mucho, pero creo que eso le afectaba mucho más a él, encima aseguraba que la Achalay se metía a su cama y lo tentaba todas las noches. Eduardo juraba que encerrándose en la capilla de la finca estaba protegido, pero eso le duró hasta que los sirios empezaron a flotar solitos y de la estatua de la virgen salieron gusanos con patas y dientes que le arrancaron un dedo del pie, cuando eso pasó decidimos dormir todos cerca al río, pero ahí los aparecidos no dejaban de mostrar sus desfiguradas formas y ahuyentaban la cordura y el sueño, entonces nos largábamos al pueblo a fumar en la plaza principal; y nadie se nos acercaba, nadie quería estar en contacto con nosotros, los maldecidos. Para ese entonces Álvaro ya acompañaba a Santiago a cazar, el uno iba con su rifle de la guerra del Chaco y el otro en su caballo blanco como el hielo, con su espada bañada en sangre de indios. Ericka estaba muerta una semana ya, no había podido soportar al miembro de un diablo que una de esas noches había decidido violarla. Lo peor fue verla colgando de la pelvis de aquel demonio durante días y días porque el muy ‘joputa le daba risa tenerla como ornamento. Benjamín murió de sobredosis y entre Santiago y el Diablo se dieron un festín con su cuerpo, luego caminaron por la pampa totalmente drogados de tanta droga que había en el cuerpo del tonto de Benjamín.

Edmundo se repetía que estábamos muertos, creo que lo hacía como excusa para dejarse convencer por la Achalay sin miedo al deliquio mortal pero sin sucumbir nunca, Álvaro se protegía enseñándole usar el rifle a Santiago mientras los demonios se reían de Eduardo rezando empecinadamente. Por esos tiempos le agarré un gran cariño a Amanda, para mediados de su séptimo mes conocía gran parte de su vida y secretos que ella me había confiado, todos esos pensamientos tan suyos, muy suyos, que me ahuyentaban la realidad horrible y me hacían quererla, dejarme convencer con las bellezas de la paternidad y hasta desear que de una vez salga ese niño o niña. Para el octavo mes todo era Amanda y poco me preocupaba de la vida de los demás, y tal vez por eso no noté que el silencio de la pampa se iba llenando cada vez más y más de seres innombrables y ruidos inefables. Los días se fueron llenando de un calor intenso que parecía incendiar el pasto que dejaba ese color verdoso para dar paso a un amarillo opaco que al tacto era demasiado seco y áspero, y para colmos la Achalay convocaba a las ninfas y sirenas y las hacía danzar en el patio principal de la finca, como si con el sol no bastara para esas presencias seductoras que insistían en elevar las temperaturas más aun. Pero yo no miraba mucho ese espectáculo, yo me perdía más en que todo me sonaba a Amanda. Y ahora lo pienso y lo sobrepienso y siento que debí hablar más con el Duende. Debí tragarme el miedo y preguntarle cosas, sacarle cuanto pudiese de lo que nos rodeaba, a lo mejor hasta podríamos haber visto venir más cosas, no sé. Incluso creo que habríamos tenido menos miedo, especialmente de Santiago, quien cada día estaba más inquieto, y quien después de dominar el uso del rifle inmediatamente se sentó en una piedra del segundo patio y se quedó inmóvil. Era impresionante ver esos ojos, pintados sobre el yeso y la cerámica, estar así de quietos, estando cerca a él se respiraba un aire que cortaba el pecho y provocaba mucho frío en todas partes. Era casi fantasmal verlo sin moverse bajo las luces de la mañana, o al crepitar de los fuegos que provocaban las orgías de los muchos seres que invadieron la finca, era hasta insoportable esperar el momento en que posaría los ojos sobre uno y se lanzaría a toda velocidad para devorar la carne de nuestros huesos débiles. Los chicos pasaban todo el tiempo en aquel patio con la esperanza de que Santiago tuviese hambre, pero yo me encerraba en el cuarto de Amanda y le acariciaba el vientre, se lo besaba, le susurraba promesas y me quedaba callado cuando el Duende dejaba de lado sus obligaciones y modales de anfitrión y entraba al cuarto, a veces acompañado por alguna criatura a la que le susurraba cosas mientras yo podía sentir una atención asesina posada en mi persona, en mi debilitado ser que ya no podía dormir a ninguna hora, un ente cognoscente cuyo cuerpo no podía reconocer sus propias funciones, que vivía cada momento de la realidad como un soñador atrapado en una pesadilla que nunca cesaba, que parecía alargarse durante décadas y décadas pero sin jamás moverse, un trozo de carne que sabía que nada de aquello era real pero que se electrizaba cada vez que algo le demostraba que todo era cierto, que la realidad y el horror eran el mismo espacio vacío al que miraba a cada segundo y que ese espacio avanzaba y devoraba todo a su paso en una orgía de sangre, intestinos y llanto.

Era todo un círculo. Esa maldita realidad cíclica que le decían. Todos los días las mismas pesadillas se repetían en las caderas de las ninfas, los senos de las sirenas, los ojos de la Achalay, en los tentáculos que salían de los suelos, o de las extremidades de manchas borrosas que se deslizaban por las piedras y las maderas, por el pasto seco y la tierra mojada de las babas de bestias enormes y hediondas, con la sangre de demonios, de insectos, o los excrementos de humanoides. Cada día era el mismo y hasta era automático. Nos movíamos entre las pesadillas sin chistar, les traíamos aquello que nos ordenaban llevarles, los dejábamos amenazar con vejarnos y vilipendiarnos y luego cargábamos los cadáveres de lo que quedaba del pueblo y los apilábamos cerca a la plaza principal. Y los pueblerinos nunca se extinguían, las pesadillas nunca paraban, los demonios nunca descendían, Amanda no paría y ni Santiago se movía.

Un día apilábamos cuerpos cercenados, todo manchados en sangre, sudando y oliendo mal, nuestros cuerpos magullados apenas podían moverse a sí mismos por lo que cargar con esos trozos de carne muerta resultaba tortuoso. Había algo en el aire que nunca habíamos olido antes, pero que luego supimos se debía a la falta de gente dentro las casas. Estábamos en un pueblo silencioso que solo hedía a podrido y ya no a miedo. Antes podíamos escuchar los susurros asustados dentro de cada puerta y ventana, pero ahora solo veíamos las almas en pena quejarse adoloridas y sin posibilidad de muerte. Pero no era solo eso, había algo más en las estructuras de los tiempos y los susurros del viento, notaba algo distinto en las miradas de Eduardo, Edmundo y Álvaro, y el mismo camino que recorríamos, en esa eternidad, del pueblo a la finca, de la finca al pueblo, parecía haber cambiado de colores. Los cafés enlodados y los mostazas de paja pasaron a ser guindos rocosos y gris cielo, olía a sudor, todo olía a sudor y a sexo, como si una fiesta estuviese pasando, como si el calor trajese el hedor de los cadáveres descomponiéndose en la plaza del pueblo. Y fue en un desvío del camino entre el pueblo y la finca que nos encontramos con el Duende, sentado en una roca enorme que el río había traído hacía muchos años. No habló. Solo sonreía con sus dientes de aguja y miraba al cielo con paz en el rostro. Era casi religioso ver aquel rostro arrugado y horrible inundado por paz, Eduardo jura que era como si el Duende hubiese visto la cara de Dios, pero nadie que vea eso no podría continuar su vida sin perderse en el horror. Pasó un rato así, y luego se fijo en todos nosotros y no dijo nada. No habló. Volvió a sonreír y a by Bruno Nacifmirar al cielo. El atardecer lluvioso nos obligó a movernos rápido por la luz blanca que se proyectaba en la pampa y que parecía exenta de los brillos lúgubres de las criaturas y sus festejos. El calor había desaparecido y ya no sudábamos sino que nos mojábamos en la, cada vez un poco más, torrencial lluvia. Y era como si los cielos limpiaran la suciedad de mi cuerpo, de los cuerpos de mis amigos, el olor a sudor desaparecía y en su lugar mi nariz se inundaba de ese aroma a tierra y pasto mojados; Edmundo jura que el pasto seco se iba pintando de verde a medida que la lluvia lo empapaba, y puedo creerle porque aquella lluvia parecía una irrealidad hecha real, esa lluvia desbordaba el río teñido de rojo carmesí en cuya fuerte corriente se podían ver trozos de personas o partes indescriptibles de aquellas pesadillas, quienes se mataban las unas a las otras en los patios de la finca. Recuerdo que nos quedamos en el umbral de la puerta trasera de la finca, mojándonos en la lluvia, descansando de alguna forma pues fuera del rumor de las gotas no había otro sonido a nuestro alrededor y cuando entramos vimos a todas aquellas criaturas durmientes, descansando en paz como si fuera una tarde de verano, echados a lo largo de los patios, algunos roncando, otros abrazados entre sí, era totalmente inenarrable ver a todos esos monstruos en semejantes actitudes, como si fueran gente de bien, como si todo un pueblo no yaciera muerto en su propia plaza, como si el río teñido de sangre no fuera un espectáculo para helar el alma. Nos fuimos a buscar a Amanda y al pasar por el segundo patio comprobamos que Santiago seguía ahí, completamente inmóvil, pero con una ligera sonrisa en su cara de estatua. Entramos pero no encontrábamos a Amanda por ninguna parte, y un presentimiento funesto se apoderaba de todos nosotros. Tranquilamente salimos de la durmiente finca y corrimos por el sendero a buscar al Duende.

Quizá no la vi antes, quizá nos distrajimos tanto con la paz y quietud en el rostro del Duende que no nos fijamos en nuestro alrededor, no notamos las manchas oscuras en la piedra gigantesca que había traído el río, o tal vez el rojo del río nos acostumbró tanto que ni siquiera notamos las tonalidades de rojo mezclándose con el verde y el amarillo del pasto, con el café de la tierra, con el gris y blanco del cielo, con el transparente de la lluvia o el guindo y beige de las hojas. Asumo que estábamos tan cansados y demolidos que ya no era raro observar partes humanas por doquier y pienso que ya después de un rato no las veíamos, las bloqueábamos de nuestras miradas porque mirarlas era horrorizarse y ya no nos alcanzaban las fuerzas para tener miedo. Pero cuando retornamos a la piedra lo vimos. Lo vimos y Edmundo vomitó, Álvaro apartó la mirada mientras que Eduardo y yo lloramos. Sobre un montoncito de pasto arrancado, en la base de la piedra gigantesca, descansaba el cuerpo de Amanda. Desnuda con la piel, antes morena, ahora blanca como la leche, con un fulgor en cada centímetro de su cuerpo, las piernas largas contrastadas por pequeñas gotas rojas y algo de tierra, los brazos rasguñados, las manos sin dedos, los senos redondos y hermosos emanando hilillos de leche, el vientre abierto como si hubiera explotado desde dentro, su interior vacío y color carne, su rostro paralizado en terror, sus ojos abiertos y verdes con tonalidades de amarillo invadiéndolos como en un mal chiste post mortem, su pelo negro alrededor su cabeza como un sol. Amanda muerta descansaba sobre un montoncito de pasto. Y mientras Edmundo y Álvaro le ponían rosas, margaritas, lirios y jazmines, Eduardo sacó un encendedor de su bolsillo y empezó a quemar eucaliptos mientras rezaba en voz alta y yo miraba la sangre seca, los pedazos de intestinos repartidos por todas partes y escuchaba el sonido del masticar del Duende, hasta que no pude más y trepé a la piedra. El Duende me recibió con un abrazo cariñoso que me sabía a hermandad.

–      ¿Quieres? – dijo extendiéndome con su brazo derecho un pequeño brazito arrancado violentamente, a la par que se valía de su brazo y mano izquierda para devorar una regordeta piernita cubierta en placenta y sangre.

Grité. Grité hasta que dolió, lloré mirando como el Duende se reía con la boca llena y con el viento furioso acariciando mi rostro. Después vomité sobre la piedra y el Duende se reía más y más, casi atragantándose con su comida.

–      ¡Ah! ¡Deberías haberlo visto, Ernesto! ¡La fiesta se disparó! ¡Íbamos en comparsa por los patios! Y, no me vas a creer, pero Amanda vino voluntariamente mi querido Ernesto, se paró a duras penas y bailó con nosotros. Bailó tanto y con tanta fuerza que entró en labores de parto cuando nuestra comparsa pasaba por acá. – los ojos púrpuras del Duende no abandonaban los míos, sus arrugas parecían más pronunciadas ante la luz del cielo y la lluvia nos tenía calados a todos. Edmundo y Álvaro lloraban en silencio cerca de mí, Eduardo gritaba su rezo como desquiciado. – Me dio pena, créeme, me dio mucha pena. La muchachilla lloraba Ernesto, gritaba de dolor. Y te juro que si me quedé fue por buen samaritano, los demás marcharon a seguir la fiesta, y yo me quedé aquí a asistirla – su cara de bondad parecía sincera – ¿cómo, preguntas? – continuó tras mi silencio – Pues, simple. Introduje mi mano por su vientre y saqué al niño. Niña, quiero decir. Era enérgica, deberías estar orgulloso porque también era hermosa. Tenía deditos sabrositos. Suculentos, Ernesto. – una especie de locura empezaba a heder en él, en mí. – como para chuparlos por horas, los tragué ni siquiera los comí, y los de Amanda tampoco estaban mal, pero no se compara con lo suculenta que era la carne de ese bebé. Me estoy guardando el torso Ernesto, es chiquito pero carnoso. Es demasiado delicioso – la lluvia amilanó, los vientos se callaron, mis amigos seguían cerca, el Duende se puso serio, yo seguía llorando – Tu producto es excelente. A decir verdad, es lo mejor que he probado, aun los ojos tenían sabor a miel, era irreal mi queridísimo Ernesto. – el Duende acercó su rostro al mío, parecía como si estuviera a punto de besarme, podía oler la carne cruda en su aliento, podía contar los pliegues de sus arrugas. – Quédate. – susurró – Quédate con nosotros y hazme niños, puedes ser el chef principal de mis cocinas.

No respondí. Solo me quedé llorando. El Duende insistía e insistía y lo hizo hasta que le rogué que no, hasta que me volví loco gritando que por favor no. Y el Duende nunca perdió su sonrisa, ni tampoco se enojó, nos condujo de nuevo a la finca y nos dio de beber, lleno nuestros vasos de chicha, cerveza, vino y quién sabe que otros licores, nos dejamos alimentar por sus manjares y por todo aquello que solo las pesadillas devoran, nos dejamos desnudar por la Achalay y sus ninfas y sirenas, copulamos con todas ellas ya sin pensar en nuestra mortalidad, como si no estuviéramos cansados, ni tristes o enojados. Solo teníamos miedo. Eduardo, Edmundo, Álvaro, yo, todos desnudos y asustados, invadidos, siendo invadidos, registrando fugaces vistazos de las criaturas y sintiendo sus asperezas, viscosidades, la consistencia porosa de muchas pieles, o insectos entrándose a nuestras bocas. Recuerdo lenguas llenando mis intestinos y garras causando las cicatrices que aun hoy desfiguran mi espalda, recuerdo a Edmundo jadeando mientras una sirena le chupaba el cuello, a Eduardo gimiendo ante cada embate de los demonios, me recuerdo a mi mismo llenando y siendo llenado, recuerdo que ya no sentía placer después de un buen rato y que lo único que importaba era evitar que el horror me desquiciase ahí mismo.

Cuando abrí los ojos estaba en el segundo patio. Mantuve la mirada en el sol, esperando que todo hubiese sido un sueño, pese a que el ardor de las heridas en mi espalda me decía lo contrario. Me incorporé y noté que Santiago no estaba ahí, y que todas esas criaturas yacían muertas en charcos de los líquidos que segregaban sus masas corporales. Desnudo, solo, dolido, triste, horrorizado, me paseé por entre los cuerpos inertes de mil y un pesadillas y recorrí los vericuetos de la casa, los pasajes de mi memoria que ahora se asemejaban a pesadillas y cuando terminé de pensar y caminar me encontré con Santiago rematando a la última criatura en el umbral de la puerta trasera que daba al río. Estaban, tanto él como su espada, empapados en sangre y en líquidos de distintos colores, dándole un aspecto como si estuviera empapado por arcoíris de brutalidad. Santiago mascaba, se tragaba todo lo que estaba a su alcance con voracidad, desde los bellos contornos de la Achalay hasta los dedos como garras del Duende, cosas innombrables entraban por la boca de Santiago y yo observaba sentado, triste, ojeroso, viendo a la oscuridad y sintiendo que ella me veía a mí, y ambos nos temíamos. De la capilla, de la orilla del rio, de la copa de un árbol fueron saliendo Eduardo, Álvaro y Edmundo, quienes también se sentaron a ver al Mataindios aniquilando con sus fauces devoradoras. Cuando hubo terminado alguien murmuró “Dios” y Santiago se nos acercó lentamente, no nos movimos, esperamos resignados que llegase, pero solo se quedó mirándonos con sus ojos de bafometa, inexpresivo nos transmitía el vacío en sus facciones, en el fulgor del yeso y la cerámica y entonces dijo con una voz profunda y devastadora: “Soy yo”. Luego se dio la vuelta y se subió a su caballo blanco, a paso ligero se fue alejando y nosotros lo seguimos en silencio, hasta que llegó a la iglesia del pueblo y se posó en el lugar que le correspondía como imagen de santo, quedándose inmóvil en la misma posición en que lo encontramos dos años más tarde, cuando volvimos a la finca para hacer una parrillada y supimos que los nuevos habitantes del pueblo le rendían tributo cada semana.

Al salir de la iglesia volvimos a la finca, recogimos nuestras cosas, nos bañamos en las aguas del río que ya estaban menos rojas, nos vestimos y caminamos de vuelta al pueblo, donde encontramos un auto viejo y abandonado. Nos subimos sin mucha prisa y arrancamos para alejarnos del pueblo. Eduardo y yo íbamos atrás, Álvaro conducía y Edmundo iba de copiloto. Antes de llegar a la ciudad lanzamos el auto de un peñasco y proseguimos a pie hasta la ciudad donde nos recibieron con alegría y sin muchas preguntas.

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– Dementes. Están todos dementes.

 
Era un susurro cargado de rencor y dolor. La sangre corría de las palmas de don Anselmo a las pequeñísimas manos de Mateo a través del cuchillo. Roberto sintió un temblor en sus piernas y se aferró al brazo de don Anselmo; su deber era mantenerlo quieto mientras se realizaba el cobro. Deseaba vomitar pero sabía que eso supondría un castigo, por eso se tragaba el vómito en cada que veía a Mateo hacer un nuevo corte.

 
– ¡Déjenme ir! ¡Piedad!

 
Esta vez don Anselmo había gritado. Mateo y Lucas se rieron quedamente, Pablo apretó más el cuello y Juan, a su lado, paralizó la pierna de don Anselmo lo mejor que pudo. Los otros dos también era novatos, como Juan y él mismo, uno sujetaba el pie izquierdo y el otro vigilaba por si alguien se acercaba. Mateo sonrió ampliamente y la poca luz transformó en macabro el gesto. Roberto se volvió a sentir incómodo, le escocía la nariz y un poco de sudor de don Anselmo le goteaba a un zapato. La hoja del cuchillo brilló ante la luz de la luna, y don Anselmo se largó a llorar mientras gritaba algo parecido a “¿por qué?”.

 
– Maldito hijo de puta ¿hasta te animas a preguntar?

 
La voz de Mateo era gangosa y arrastrada; además que siempre hablaba con un dejo de rabia que atemorizaba a Roberto. Nada de esto se parecía a los trabajos de las anteriores semanas con el grupo de Mario. Trabajos de dar cosas a la gente, pero solo a quienes se lo merecían, premios por su buen karma. Mario era un tipo duro y bondadoso. Pero había sido el mismísimo Mario quien había sugerido que se estrenasen los nuevitos. A Roberto le caía bien Mario, pero solo hasta que los puso en manos de Mateo.

 
Pablo dio un fuerte puntapié en el trasero a don Anselmo, mientras el cuchillo de Mateo se hundía en su pierna derecha. Las carcajadas de Mateo ahogaron los gritos de don Anselmo. El cuchillo giró sobre su eje ayudado por las manitas de Mateo. Un olor nauseabundo a mierda llegó a la nariz de Roberto, chorreaba del pobre don Anselmo.

 
– No llores man.

 
Juan lo miraba y le hablaba en el más bajo susurro. Roberto se frotó la cara contra el hombro desesperado. Llorar a un cobrado era mal karma. Después de todo don Anselmo era culpable. Roberto seguía sin saber de qué, pero por algo la pandilla se dedicaba a cobrar karmas. Era obvio que si lo hacían era porque el cobrado se lo merecía.

 
– Vos- lo miró Mateo- rómpele el brazo y ven pa’cá.

 
Cuando dio esa orden, Mateo tenía autoridad en la voz y amabilidad en la mirada. Esto desconcertó por un rato a Roberto, que tardó en digerir la dulzura de esos ojos grises. Cuando se recompuso, atinó a abrazar el brazo de don Anselmo e hizo presión mientras le doblaba el codo. El tiempo se alargaba y Roberto desesperaba ante cuanto tardaba, hasta que el hombro cedió y el codo de Anselmo se fue para atrás. No escuchaba el grito, pero una vez frente a don Anselmo notó que este se había mordido la lengua. La sangre chorreaba entre los labios.

 
– Anselmo Soto Guarín – dijo la voz profunda de Pablo, que leía en voz alta un hoja de cuaderno – se le ejecuta hoy un cobro, en pago a todo el mal karma que haz juntado en tu vida. Mismo que nunca ha sido pagado, ni solventado. Nosotros venimos a darte castigos adecuados a tus acciones y la impunidad de las mismas.

 
El cuchillo que Mateo le había pasado picaba a Roberto en la palma.

 
– ¿Gue guwe o e hize?- lloró don Anselmo- o guro que no sabdía, o guro, o guro.

 
Roberto sintió pena por Anselmo. Parecía un hombre común, uno que le recordó a su abuelo y sus regalitos de viejito bondadoso. Mientras el vozarrón de Pablo seguía con la lectura, Roberto se transportó a cuando visitaba a su abuelo y este le daba variopintos chocolates. Observó las lágrimas de don Anselmo mezclándose con la sangre y lo vio negar con la cabeza mientras dirigía una mirada suplicante al cielo. Se giró a ver a Mateo que parecía rezar con los ojos cerrados, murmurando algo parecido a “karma siendo cobrado”. Juan y el otro novato agarraban las piernas del viejo con mirada vacías; cuando Pablo calló, Roberto tardó un momento en darse cuenta que todos, aun Anselmo, lo miraban expectantes. Pero nadie ordenó nada, ni se produjo el más mínimo ruido. El mundo callaba con esa clase de silencios que Roberto sentía tensos e incómodos. “El momento del cobro lo define el karma, no el cobrador” recordó que había dicho Mateo cuando el azar quiso que el cobrador de aquella noche fuese Roberto.

 
Se adelantó un solo paso agarrando el cuchillo. En sus manos estaba decidir que herida final aplicarle al cobrado. El silencio lo abrumó con su absoluta y enorme presencia, pese a que recién lograba registrar ruidos de bocinas lejanas y grillos inoportunos cantando para semejante escena. Incluso don Anselmo miraba casi inerte a Roberto, sin suplicas en la mirada. O quizá aceptando sus crímenes. “Debo matarlo” pensó Roberto sosteniendo su vejiga con un titánico esfuerzo, cuidando que el cuchillo no resbalase con el sudor de su mano.

 
– ¡Cagaste pinche viejo maricón!- oyó a su voz sonando grave y llena de rabia- ¿te creías inmune al castigo? ¿Qué tus pecados no aflorarían? ¡Paga el coste de tus mentiras sin rogar a Dios!- de pronto empezó a gritar sin saber porqué- ¡Escúchame viejo puto! ¡Dios es un producto del arte! ¡arte que nos consuela y nos distrae de la justicia que yo y mis hermanos repartimos!- Roberto acercó el cuchillo al cuello de Anselmo- Arte que nos protege de pensar o sufrir con su belleza, su consuelo y sus formas…

 
Todo quedó en silencio, nuevamente. Juan, Pablo y Mateo lo miraban fijamente. Roberto asumió que les molestaban sus falsas pretensiones como Karmacobrador. No pudo menos que quedarse anonadado cuando Mateo y Pablo le dijeron cosas parecidas a don Anselmo, el cobrado. Eso dio tiempo a Roberto para reagruparse, limpiarse el sudor de las manos y la frente, controlar los temblores en sus piernas. Escuchó, aparentemente, impasible los insultos que Mateo lanzaba a don Anselmo y lo siguió escuchando hasta que Anselmo gritó llamando a Dios, chillando por una muerte rápida.

 
– No somos Dios. Somos Karmacobradores.

 
La frase se le había escapado mientras hundía el cuchillo en el estomago de Anselmo y lo movía brutalmente usando toda la fuerza posible en sus brazos para cercenar todo lo que pudiese. La sangre salió casi chorreando, tibia y espesa, tiñendo de negro su mano derecha. De pronto Roberto estaba relajado, se sentía ligero y cansado. Se sentó de golpe en el suelo abandonando el esfuerzo de comprender las cosas, mientras veía a don Anselmo retorcerse en el suelo agarrándose algo que parecían entrañas saliendo de su barriga en un simple y penetrante grito de dolor. Acomodó mejor el trasero y reparó en que se había orinado, rió suavemente de ello mientras notaba, con asco, que Anselmo se estaba cagando nuevamente. Intentó respirar mientras pensaba en la dolorosa muerte de Anselmo, un sufrimiento terrible que terminaría de expiar todo karma de su cuerpo vicioso. “Es una limpieza” pensó sintiéndose bien por estar limpiando algo tan sucio, como la suave satisfacción de limpiar polvo amontonado durante años, como repartir redenciones; era tener el poder de purificar. Por un rato evadió la ineludible culpa y se regocijó en los gemidos y estertores de don Anselmo. Hasta que Pablo lo devolvió a la realidad de un tirón.

 
– ¡Pacos! ¡corre cojudo! ¡la poli!

 
Se levantó a las carreras y corrió como condenado. El viento le enfriaba la entrepierna mojada y le hacía lagrimear los ojos, a su lado corría Mateo aun carcajeándose. Una vez a salvo, notaron la ausencia de un novato pero Pablo los calmó con alguna referencia al karma que Roberto no alcanzó a escuchar. De pronto lo había asaltado una duda maligna que le provocó arcadas. Cuando recuperó la compostura se enfrentó a las insondables miradas de los otros.

 
– ¿Cuál fue el crimen de don Anselmo?- su voz, aun jadeante, resonó en el silencio.

 
– ¿Crimen?- Pablo fruncía el entrecejo. Pero Mateo sonreía con la mirada.

 
– ¿Crees que somos vulgares verdugos? Hay diferencias entre castigar crímenes y cobrar karma- el tono de Mateo parecía una carcajada.- Puedes ser el más legal y más santurrón del mundo, pero el karma se acumula en miles de pequeños malos actos no cobrados que pueden merecer estos cobros. A don Anselmo nunca le fue mal, no había castigos activos en su vida que solventasen su buenaventura.- Mateo tenía voz de predicador- Por otro lado, ¡que buen discurso allá atrás, hermano! Parecíamos muy unidos y violentos. Propondré a los demás….

 
Pero Roberto no escuchó más. Se movió junto a ellos automáticamente, se tragó la bilis y el vómito, se aguantó las lágrimas, sonrió ante las alabanzas. Pero cuando dejaron de prestarle atención se le escapó un susurro:

 
– Dementes. Estamos todos dementes.