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“Estos son los viajes antes que me perdiera”
– Cerpin Taxt

Foto Antigua
Todos los días escuchamos al menos un poco de música. Sea en el taxi mientras nos movilizamos hacia cierto punto de la ciudad, o en el trabajo mientras nos fatigamos con las vicisitudes de conseguir el dichoso pan de cada día- pues de algo hay que morir, diría Cortázar- e inclusive en nuestras propias casas, intentando escapar al tedio de la náusea que nos queda al digerir la rutina. No es que la vida sea una especie de tortura, simplemente remarco la existencia de un tedio del que nos salva la música y sus misteriosas vibraciones que colman nuestro sentido del oído – y hasta el resto de los sentidos ¿por qué no?-, transportándonos fuera de (o quizá debería decir ecto, como en los líricos voltianos) donde sea que creamos que está vivir.

Pero casi siempre estamos oyendo más de lo mismo. Afrontémoslo, lo que generalmente se escucha hoy en día, sea en la radio o en los canales televisivos dedicados a la emisión de videos musicales, son tonadas repetitivas, poco pensadas y churriguerescas, dedicadas a un público que más que perderse en escuchar y moverse bajo un ritmo, desea idiotizarse en bailes insanos o ritmos repetitivos. Ello no es malo; bailar es una expresión importante y deliciosa. Sin embargo, en todo medio existe la tendencia a la exageración y degradación comercializada. Cada día nuestros oídos son castigados con grupos que no desean pasar de tocar lo mismo todo el tiempo, sin experimentación, sin ninguna variación, sin atreverse a mirar más allá de sus propias narices. Y, lo que es peor, en muchos casos, alimentan a sus oyentes de fantasías sexuales improbables, de ideales románticos anestesiantes y mentirosos que nos alejan del amor y nos acercan a ensueños imposibles que buscan perfección y se alimentan del engaño. Ni siquiera ahondemos en todas las canciones que venden la idea del machismo o de la idolatría al dinero. La moda de hoy invita a todas las anteriores, terroríficamente.

Por supuesto que no se puede aplicar esto a toda banda existente. Ni siquiera podemos decir que la totalidad de la obra de un músico sea una pérdida (excepto de Pitbull, él si apesta en todo), aunque sí se puede decir que estamos plagados por una era musical dedicada al comercialismo y a los anestésicos machistas. Pero en medio de esta epidemia de malas bandas surgieron, y probablemente aun surgen, unas pocas distintas. Como The Mars Volta. Ahora, me encantaría ensalzar a niveles religiosos a la que fue- y es, y será- mi banda favorita, pero no me parece justo simplificar lo que The Mars Volta era con semejante ceguera y actitud lamebotas. Sí, voy a hablar de la manera en que un fan habla. Sí, voy a ensalzar mis sentimientos cuando escucho a esta banda y espero que algún otro fanático que me lea pueda identificarse con lo que siento al escuchar The Mars Volta. Especialmente hoy, 24 de enero del 2013, que escribo esto, día que Cedric Bixler-Zavala anunció que ya no forma parte del dúo que comprendía a The Mars Volta y, por ende, al conjunto que era The Mars Volta Band.

Triste noticia (desgarradora para fans acérrimos como yo) que nos invita a pensar un poco en cómo surgió todo gracias al mismísimo Cedric Bixler-Zavala, como cantante y liricista, y al compositor, director, productor y multi-instrumentalista Omar Rodríguez-López, ex –miembros de la banda At The Drive In, oriunda de El Paso, Texas. Dos singulares personajes quienes mars_volta_guys_by_ImaWreckdecidieron abandonar el creciente éxito de At The Drive In debido a lo que Rodríguez-López llamaría “sofocamiento creativo y una onda muy Nü Punk Rock que no servía para nada”, saltando a fundar un grupo llamado De Facto con su amigo el sonidista Jeremy Ward. De Facto experimentaría con sonidos latinos/salsa y electrónicos y tras la incorporación a la banda de la bajista Eva Gardner y el tecladista Isaiah Ikey Owens, se formaría The Mars Volta.

Empezarían grabando un EP llamado Tremulant, tras el cual sacarían, el 2003, su LP debut, De-loused In The Comatorium (el cual, entrando en la lógica de los comercializados, vendió más de 500,000 copias pese a que el álbum prácticamente no fue promocionado). Este album recibió muchos elogios por parte de los exigentes críticos del momento. Después sacarían su segundo LP, Frances The Mute, el 2005, el tercero Amputechture, el 2006, el brutal cuarto álbum Bedlam in Goliath, el 2008, el quinto Octahedron, el 2009, y el último disco, Noctourniquet, el 2012.

Lo que atrajo a la gente a este grupo no fueron solo sus ritmos de rock progresivo con un toque de jazz, de punk y un poco de sabor latino, o sus letras bizarras y crípticas, sino también el contenido de esas letras, la energía que transmitían en su música, sin mencionar la improvisada, movida y especial forma en la cual tocaban en vivo. Rodríguez-López con su aparente manera explosiva, creativa, armoniosa y caótica de tocar la guitarra, que esconde a un tirano obsesionado con la perfección en sus parámetros, a tal punto que era cuerpo del grupo y parte del alma junto a Bixler-Zavala. Ambos sumergidos en un lago creativo donde nos confundían con sus letras al tiempo que nos contaban historias que hacen pensar, quizá en nosotros mismos o en los demás, no importa. Bixler-Zavala sabe cómo llevar su voz a un tono potente y con ella relatarnos las historias que su mente ha creado a través de un lenguaje especialmente tratado. Quizá en la improvisación, quizá en el cuidadoso estructuramiento de los líricos, de nuevo ¿importa? ¿De verdad importa cómo era que estos músicos creaban la música y su letra, tanto como que nos la traían?

Antes de que hoy, 24 de enero del 2013 que escribo esto, me perdiera ante semejante noticia, pude viajar con la música que nos ofrecieron durante 11 años. Como en Ddelousede-Loused In The Comatorium que nos cuenta la historia de Cerpin Taxt y su suicidio. Esta historia está basada en la muerte del difunto amigo cercano de Bixler-Zavala y Rodríguez-López, Julio Venegas que se había suicidado de la misma manera que Cerpin Taxt (monumental momento del disco titulado Televators). En este álbum toda la música está escrita por Rodríguez-López, al igual que los líricos (salvo Drunkship of Lanterns y This Apparatus Must Be Unearthed, en donde recibe la contribución de Bixler-Zavala), pero la historia y el libro de Cerpin Taxt, una obra de mucha complejidad lingüística y plagado de imágenes surrealistas, fue elaborada por Bixler-Zavala con el apoyo de Jeremy Ward, el entonces sonidista de la banda y viejo amigo de Bixler-Zavala y Rodríguez-López. El álbum, en sí, tiene muchos ritmos del estilo latino y una prodigiosa y explosiva guitarra que Rodríguez-López maneja con maestría, además de la contribución de Flea y John Frusciante. En este primer LP de The Mars volta nos podemos perder en la bella tristeza nostálgica de Cicatriz ESP, o la lenta abrumadora vitalidad de Televators (balada en toda regla, hasta por estar fuera de las mismas), sin olvidar el intro que forman Son et Lumiere e Inertiatic ESP que, en palabras de otro fantatico acérrimo como yo, dio una patada en la cara al rock del 2003 anunciando un cambio inesperado que se confirma con la épica conclusión a este primer disco: Take the veil Cerpin Taxt. El gran mérito de este disco estreno fue la capacidad de convertir una novela en música vigorosa al compás de las poderosas orquestas que Rodríguez-López dirige y Bixler-Zavala canta.

En el periodo que siguió, el sonidista Jeremy Ward murió por una sobredosis de heroína, dejando a la banda un hueco y dos diarios. De esos dos diarios nacería el segundo LP, Frances The Mute. Uno de los diarios pertenecía a Jeremy Ward y hablaba de su vida de hijo adoptado, su eterna búsqueda de sus verdaderas raíces, y el otro diario (que había sido halladofrances por Ward) curiosamente tenía un contenido muy parecido al de Ward pese a pertenecer a un completo extraño. Los mitos marsvoltianos (que son muchos) cuentan que tras la muerte de Ward, Bixler-Zavala se encargaría de sacar una historia de ambos diarios, para luego transformar en líricos todo aquello mientras que Rodríguez-López se encargaba de crear música a la cual los líricos se adaptarían (o quizá fue viceversa, no me atrevo a afirmar nada sobre ello). Las canciones de este álbum son de un contenido bastante instrumental, momentos de calma que parece eterna para que sorpresivamente Rodríguez-López nos sorprenda, y maraville, con su explosiva guitarra, al mismo tiempo que Bixler-Zavala nos viola con los contenidos liricos y su voz en falsete pronunciando frases que parecen no tener sentido, pues es necesario contaminarse con ellas, pensarlas y convertirnos en aquello que creemos que expresan para poder hallar un sentido que quizá no exista. A todo lo dicho sumemos a la batería, el bajo, el saxofón, el teclado, la percusión, la trompeta de Flea, los violines y una gama de instrumentos que hacen un disco de rock progresivo-salsa-jazz orquestal. Prueben escuchar los 32 minutos de Cassandra Gemini sin escandalizarse ante los tremores de emoción que nacen de los silencios y de las explosiones instrumentales. Traten de no sentirse apabullados escuchando The Widow. Intenten escuchar todo el album evitando que nazca la pregunta ¿cómo es posible que la salsa, el rock y el jazz combinados suenen tan bien en una estructura de música clásica?

Después vino Amputechture. Disco en el que, en palabras de Cedric, quisieron hacer un: “…comentario sobre el miedo a Dios en lugar del amor a Dios que va mano-a-mano con el Catolicismo… Para mí, la religión es la razón por la cual hay tanto conflicto en este mundo, y pienso que simplemente es tan innecesario creer en este Dios de ojos azules, de blanca barba y de pelo cano. Amputechture es mi manera personal de describir la iluminación, o simplemente la celebración de esta persona que es un shaman y no una persona loca”. Como Cedric expresa, este álbum trata de mostrar su punto de vista sobre la religión, pero no solo criticando a la iglesia que la maneja, sino a los creyentes que la mantienen viva, Bixler-Zavala juega hábilmente con las palabras y crea términos nuevos, rescata palabras que han caído en un lento olvido debido a su poco uso en la rutina y nos obliga a ampliar nuestras mentes, no solo por el vocabulario utilizado en todas sus canciones sino también en el sentido de abrir nuestras mentes a este mensaje que intenta pasarnos.amputechture La música de este álbum causa un fuerte contraste con los anteriores, pues los ritmos son más lentos y menos explosivos pero aun así no dejan de ser sorprendentes y si escuchamos con paciencia logramos sentir de nuevo la energía explosiva y caótica de Rodríguez-López, especialmente en canciones como Tetragramaton, Meccamputechture y Day of Baphomets. Canciones como Vicarious Atonement, Asilos Magdalena y El Ciervo Vulnerado son de un ritmo más lento y letras más significativas propensas a esa pequeña crisis angustiosa de sumergirnos en algo que no comprendemos del todo, al tanto que Vermicide queda como la canción estructurada en un “verso- coro- Verso” que no deja de ser agradable, al tanto que Bixler Zavala se transforma en el alma de la banda puesto que lo que más sobresalta en la mayoría de las canciones es la pasión de su voz y sus líricos, menos en Day of Baphomets donde su voz y la guitarra de Rodríguez-López parecen competir por el liderazgo cuando, en realidad, el show es robado por Juan Alderete y su todopoderoso bajo que todo lo soporta. En suma, Amputechture es el mejor álbum creado por The Mars Volta, pero el más subestimado e ignorado por sus fans.

Más tarde dieron vida al Bedlam in Goliath, álbum que quizá no tiene la misma entereza experimental del Amputechture, pero que, en mi opinión, ningún álbum de su discografía tiene la energía que tuvo este. Es una patada voladora desde la canción de apertura llamada Aberinkualbum-the-bedlam-in-goliathla, cuyo desenlace se asemeja a la locura del disco en general. Es una explosión: energética, musical, cantada, conceptual y hasta emocional; eso se comprueba en la batería de cada canción (llevada brillantemente por Thomas Pridgen) que parece guiar a los demás instrumentos o, a veces, sostenerse por un camino solitario mientras los demás hacen otra cosa, sin que esto haga a las canciones menos armónicas. Metatron, Ouroboros, Cavalettas, Agadez, Wax Simulacra son confirmaciones a esta regla de la constante explosión con descansos aparentes que nos mantienen en tensión, esperando más golpes directos, más patadas voladoras sin darnos cuenta que ya nos encontramos en el suelo sangrantes y medio muertos de golpeados. Si Tourniquet man, Soothsayer, Conjugal Burns e Ilyena son canciones que nos dan la ilusión del respiro (donde no pasa otra cosa que un suspenso terrible y gozoso), Goliath es la canción donde todo se hace obvio, es esa pieza del rompecabezas que nos hace comprender la simpleza de todo el asunto, pero, y por lo mismo, hace obvia la belleza del álbum. Es decir: la complejidad sonando a simpleza ¿Cuántos músicos pueden preciarse de eso? Más de los que uno cree, pero en el panorama de la música actual, pues es una característica muy valiosa. Si a todo esto le añadimos la historia que cuentan los mitos marsvoltianos sobre la oujia que trajo a la banda desgracias e infortunios, podemos considerar que quienes disfrutamos de este álbum hemos podido sumergirnos en una fantasía extraña, como cuando uno es niño y de verdad cree en las cosas.

Todo continúa con Octahedron, esa colección de baladas electrónicas que buscaban definir lo que para ellos era lo aoctahedroncústico. Definiéndose como la banda que busca el cambio, la evolución y las mutaciones, The Mars Volta creó un álbum que forzaba a sus fans a comprender que ellos eran una banda amiga de violar zonas de confort. En especial las propias. Y no importa cuánto se note a un Pridgen, ese Balotelli de la música, buscando refrenar su habitual violencia para acoplarse a las intenciones acústicas, ni que el receso del álbum sea una canción explosiva llamada Cotopaxi, lo que aquí importa es el mensaje alto y claro que mandaron: nos gusta variar, y si para ello debemos hacer pop, so be it. Es un disco admirable cuando uno se pone a analizarlo, nadie presenta al electro-pop, tan masticado hoy en día, con esas ondas oscuras y graves para seguir siendo clasificado como rock progresivo.

El final de todo su legado recibió el nombre de Noctourniquet. Un viaje de rock, hip hop y post punk que ahondaba en las dinámicas musicales de los Volta, pero presentaba un producto que sabía a novedad. Con Deantoni Parks dándole un aire distinto a la batería, los Volta presentaron un álbnoctourniquetum muy esperado, muy retrasado pero que no decepcionó ninguna expectativa. Si bien en el aire ya se olía la muerte inminente, no se podía negar que desde The Whip Hand, Malkin Jewel y Aegis con su estilo hip hopero, el desborde rockero de Dyslexicon y Molochwalker, el delicioso atrevimiento post punkero de Empty Vessels Make the Loudest Sound, In Absentia, Imago y Noctourniquet y el adiós definitivo que, hoy, representa Zed and Two Naughts. Es un disco que, debido a lo que pasó, se ha convertido en casi inefable. Y no porque no podamos hablar del suspenso en que te mantiene escuchar el avance de cada track, o el deleite ante la batería jazzera tocando de esa manera. Se convirtió en inefable porque se lo anunció como el fin de una era. Y, vaya, terminó por serlo.

En sí, The Mars volta fue considerado como un grupo singular. Los mismos fundadores del grupo no deseaban ser etiquetados dentro del rock progresivo, pues decían que la cosa está en hacer música sin preocuparte por las etiquetas que podría recibir esa música que creaste. Sin límites para una canción, que bien puede durar un minuto o media hora, sin aferrarse a la seguridad del éxito de una formula repetitiva donde todas las canciones terminan por ser una copia al gran hit que los hizo famosos, con letras que narran historias de una manera compleja, elaborada, surreal de repente, pero siempre con palabras que no apuntan a sentidos fijos y que- quizá adrede, quizá no- son interpretables de diferentes maneras en cada persona que las escucha. Sin contar con que las palabras proferidas por Cedric son tan dinámicas que Asilos Magdalena significará una cosa hoy, otra mañana. Significantes ricos en significados, algo más común de lo que parece, y aun así difícil de lograr, cuyo mérito recae en lograr hacer obvia su riqueza de significancias. Podría decirse que The Mars Volta fue el resultado del deseo de dos hombres de El Paso, Texas que no quisieron que la música que hacían se volviese repetitiva tan solo por gustar al público o que se vieran limitados por seguir un estilo fijo, sino deseaban que su música implosione en el mundo, sin límites, al tanto que nos contaban la historia de su amigo Julio Venegas, de su amigo Jeremy Ward, del anónimo autor del diario que Ward halló y del mundo que los rodea. Es por eso que The Mars Volta se transforma en una de las pocas bandas que se atrevió a tocar lo que quiso y no lo que los demás pidieron.

Hoy nada más queda que su recuerdo. Quisiera mirar al frente con la esperanza de una reunión, quizá soñar con discos inéditos. Lo cierto es que esa espera es un signo claro de un proceso de duelo que te obliga a estallar por dentro y morir, para luego renacer y darte cuenta que el mundo no es el mismo. Todo se ve igual, pero sabe diferente. La muerte es así, se ensaña con los vivos, los tortura con su presencia y no los deja mirar al frente sin querer derramar una lágrima o dos. Habrán quienes piensen que The Mars Volta era nada más que una banda, buena, mala, rara o como sea que la vivan, no discutiré con ellos. Es más, les daré la razón: no eran más que una banda más en el sinfín de bandas que existen. Una buena banda, sí… pero una banda al fin y al cabo. Pero para quienes crecimos junto con la banda, para quienes esperábamos con ansias cada álbum, que escuchábamos sin descanso sus canciones, maravillándonos en cada ocasión con algo nuevo que notábamos en sus liricos y en su música, para quienes fuimos pasajeros de su Drunkship e hicimos los viajes más increíbles donde encontramos revelaciones sobre la importancia de experimentar e innovar y encontramos, también, cierto sentido en el vigor insano de sus producciones…para quienes cambiamos con, y gracias a, ellos, pues es como perder a un ser querido y encontrarse con las inevitables lágrimas enturbiando las perspectivas del futuro. Es como perderse, desgraciadamente.

Termino estas palabras de adiós a una gran banda recordando la ocasión en que le mandé a Cedric, por Twitter, unos liricos que había encontrado de los Dregtones (otra gran banda que deben escuchar) en internet, preguntándole si es que eran correctos. Nunca olvidaré su respuesta puesto que es uno de los mejores consejos que me dieron jamás: “Nunca confíes en las interpretaciones de los demás”. Y me doy cuenta que todo este panegírico ha ahondado en mi interpretación de la música de los Volta, en una especie de dolorosa terapia para superar el deceso de mi banda favorita. Así que, además de poner el discurso final de Cedric Bixler-Zavala en relación al fin de la banda, los dejo invitándolos a que formulen sus propias interpretaciones de la música que cambió mi vida, quizá en la cándida esperanza de que nadie se pierda la chance de ser revolucionado como yo lo fui alguna vez, o quizá porque quiero que sean muchos quienes lamenten la partida de algo tan grande.

Palabras de Cedric, en Twitter, respecto a la disolucion de la banda:
“Thank you to all Volta fans you deserved more, especially after the way you rooted for us on this album. I tried my hardest to keep it going, but Bosnian Rainbows was what we all got instead. I can’t sit here and pretend anymore. I no longer am a member of Mars Volta. I honestly thank all of you for buying our records and coming to our shows. You guys were a blast to play in front of. We could never had done it without you. My dream was to get us to the point where Jon Theodore and Ikey Owens came back but sadly it’s over. Thank you a million times over for ever giving a fuck about our band. For the record I tried my hardest to get a full scale North American tour going for Noctourniquet but Omar did not want to. I guess a break from Mars Volta means starting another band and ignoring all the support the fans gave us. I tried my hardest, guys. All I can do is move forward with my music and just be happy that Volta ever happened at all. God Damn we had a blast! Thank you again. I just feel really guilty for not even really saying the truth because a hiatus is just an insult to the fans. To all our fans all over the world: thank you for giving a fuck. You all ruled! I don’t think I’ll ever hear “A Fistful Of Dollars” the same. My record will see the light of day soon and I’m excited because it sounds nothing like my previous endeavors. I’m not joking about any of this, I owe it to you guys (all fans) to be serious about this. Thank you to all past members who helped Volta along, as well. We blasted through like a comet and left our mark! If you ever see me in person and want to know why I’ll tell you my side of the story. Finally, Please just be happy that it happened at all, remember all the opposition we were met with for just starting a new band back in 2001.”

finale

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– Para Laura A.

– Al final el dolor será vitalidad (Anónimo)

– Under and behind and inside everything the man took for granted, something horrible had been growing (Chuck Palahniuk)

Quizá era un concepto que lo sobrepasaba. No sabía bien si porque de niño nunca le enseñaron a creer en esas cosas, o porque siempre estaba en la otra corriente. Se lanzó al pasto a llorar quedamente, mirando como si nada al sol mientras este lo acariciaba con calma, como quien consuela a un ser querido, mientras los recuerdos se amontonaban en su mente. No, no lo entendía. Le parecía imposible lo inefable de aquel momento y de algún modo eso bastaba. Aquel final marcaba un nuevo inicio, uno libre pero no exento de sus recuerdos de Helena.

 
A Helena la conoció en la casa de un Cupido. Sonaba raro, o quizá sonaba más a mentira pues costaba imaginarse a Ángel, el número 28, vestido con apenas un pañal y dotado con alitas, arco y flecha. Pero había sido un buen Cupido. Cuando conoció a Helena no pudo evitar quedarse mirándola embobado. Tiempo después ella se reiría de su expresión aquel día y preguntaría, con su mirada de súcubo, que tanto era lo que observaba; él, Ernesto, avergonzado confesaría la verdad a medias, no sería tan simple decir que la miraba sorprendido por la forma con que había entrado al cuarto, como con un dominio indiscutible de todo, y más bien murmuraría un par de palabras sobre la fuerza de sus movimientos. No diría que la encontraba helenamente hermosa, tan candente en esa estética tan masticada ya, tan rescatada constantemente por los teóricos de lo griego, tan precisa en sus caderas y sus nalgas, y obviaría su impresión ante sus primeras frases hasta mucho después cuando al fin podía perderse en sus brazos ardientes y aspirar su aliento de azufre, deseando caer muerto en semejante beatitud y sufrimiento.

 

X X X X X

 

El sol negro salía con virtuosa lentitud. El Diablo guardaba a su presa. Aunque quizá llamarlo presa era muy inexacto, pero su orgullo le obligaba a negarlo como sea, a sentirse inmune y omnipotente, cuando ni Dios lo era. Tosió suavemente bañado por la lluvia roja del alba. Le agradaba, lo relajaba, lo representaba. Lo malo de ser el Diablo era la divinización, no solo suya sino también de Dios. Si bien eran viejos e inmortales y podían hacer cosas raras, increíbles, mágicas, lo milagroso era una exageración insulsa. Le daba rabia que los humanos los creyesen reyes enfrentados por el reino terrenal. Egocéntricos les decía, la realidad era menos complicada y su poder sobre el mundo no era como se imaginaban. No podía negar que eran poderosos pero nada más, ni el Diablo ni Dios conocían a su creador. Un día despertaron y desde entonces se mantuvieron iguales ¿de dónde venían? No sabían ¿era la Creación obra de alguno de ellos? Aun peor, pero estaban ahí, en clara ventaja del resto… y lo usaron, cada cual a su modo, pero lo hicieron.

 
No estaban exentos del pecado. El de Dios era creerse superior a todo, el del Diablo permitírselo. Recordaba a los primeros humanos: frágiles y tontos, fáciles de convencer, aunque si se sentaba a analizarlo concienzudamente, él también lo era ¿no se había dejado comprar por los planes de Dios? ¿Ante la oferta de la adoración de esos idiotas? y aunque no hubo error en eso, no pudo predecir que él sería visto como el maldito, el errado. Ya no importaba, ya era muy tarde para cambiar lo que incontables generaciones de estúpidos humanos habían racionalizado y creído. Además Dios había sido castigado hacía mucho, aunque ya no le importase, porque ese Dios era canalla e insensible. O al menos eso aparentaba. Pero ahí estaba la cuestión, rememoraba al primer amor de Dios y encontraba que las situaciones eran horriblemente parecidas, y él no se sentía merecedor de aquel dolor. Si bien había hecho daño aquí y allá, nunca nada como Dios en su coup d’etat de todos esos montes de Olimpo. Él se había conformado con un segundo puesto, de odiado y todo eso. No merecía esto.

 
Era su momento de duda, uno de los pocos que había tenido y que tendría a lo largo de su vida. Tal vez no era gran cosa para alguien como él, pero siendo la primera vez, algo tenía que soltar, al menos eso era lo más humano a hacer. La duda es solo natural para un ser humano.

 
Ahora sería humano. Humana mejor dicho, el nacimiento de sí mismo en algo diferente, otro ser con una imagen no tan poderosa, no tan grande como él se creía. “Su propia versión del Mesías” decía Dios en tono de burla, recordando su chiste enfermo de convertirse en el hijo de una mujer de la que se había enamorado. Y es que el Diablo no quería terminar como Dios, usando a su amada como solo un instrumento para subrayar su imaginaria grandeza y luego descartarla.
Y de nuevo Ernesto. Pero Ernesto antes de Helena, y esta cuando aún era el Diablo. Ernesto estaba solo, aunque más desamparado que solo. Era ingenuo y era justamente esa ingenuidad lo que atraía al Diablo. No que fuese un alma pura, podría decirse que Ernesto era tan solo un alma confundida, tan aislada que caería fácilmente en las redes de engaños de su forma de amar. Lo que el Diablo no se admitía era el haber caído presa de casi lo mismo. Él, también, se sentía desastrosamente solo. Dios solo era un pedante más, que le hablaba bonito mientras lo hacía quedar mal con el mundo eterno. Además Ernesto lo enternecía, le atraía, lo confundía.

 
Fue breve el momento de transición de ser el Diablo a ser Helena. Su estatura se redujo, su figura cambio, varios órganos nacieron, su complexión se alteró, sus irises se tiñeron de un rojo infernal pero su mirada se hizo dulce. Dios se rió, un poco recordando su breve tiempo como Jesús, y vio como el Diabl… perdón, Helena se levantaba desnuda y bella, se vestía con trapos caros y creaba una vida falsa con los dones mágicos que ambos poseían. Entonces Dios se preguntó cuánto le duraría Ernesto.

 
Helena no sabía amar. A lo largo de su extensa vida se había ocupado de ayudar a Dios a ser quién era hoy, pero por ello había olvidado la cuestión de definirse a sí misma, y sin querer terminó convertida en lo que Dios decía de ella. El suyo era un concepto muy cliché del amor; general, conveniente, que no le servía para explicar que sentía por Ernesto al momento de presentarse ante él. Pero una vez cruzada esa línea de similitudes con Dios, cuando se autoproclamó mesías de sí mismo, debía seguir las reglas del juego. Y Dios era un tramposo colmado de envidias ¿o acaso celos?
Necesitaba práctica. Ahora que era humana, sentía que necesitaba crearse historias para contar a Ernesto. Su encanto le hizo fácil conseguir seguidores, hombres que se enamoraban de su belleza y que ella trataba como esclavos, que la seguían por la sola promesa de un beso, un abrazo… algo que sacie el vacio que dejaba atrás la vida que Helena les chupaba a sus “novios”.

 
Después de 2 años de probar diferentes carnes, Helena se lanzó al éxito y fue tras Ernesto. Oficialmente lo conoció en la casa de un Cupido que resultó poco angelical, y fue sorpresivamente difícil hablarle pese a la planificación tan meticulosamente estructurada. Helena descubrió que el aire solitario de Ernesto era demasiado desconsolado, su pacto de aislamiento era excesivamente estricto y su miedo a exponerse era abrumadoramente fuerte. Ni sus artes diabólicas, e incluso las divinas, lograban cautivarlo como para que se rindiese ante ella y abandonase esa empecinada soledad suya que lo mantenía contento en el placer de la desolación, al mismo tiempo que se podría en la añoranza de compañía.
Dios se reía en secreto de la turbación de Helena. La veía empecinada en una empresa imposible para seres fantásticos como ellos. Comprendía que Ernesto era una criatura destinada a la nada pura y desesperante, que él mismo, con todas sus dotes divinas y sus incontables seguidores, temía. Pero, al final, lo que enamoró a Ernesto, contra todas las profecías de Dios, no fueron las artes diabólicas o las dotes angelicales de Helena, fue más bien la humanización que experimentó al frustrarse por sus fallos constantes. De ahí en más, Ernesto se permitió soñar con cosas posibles y decidió abandonar el camino solitario a la muerte, se entregó a Helena hambriento de calor humano, y ella agradecida le dio de su calor infernal a cambio.

 
Era gracioso. Al menos así lo veía Dios, pues Helena parecía feliz y, efectivamente, lo estaba. Nunca fue, ni sería tan feliz como las dos primeras semanas de su enamoramiento con Ernesto. Pero Dios vigilaba al muchacho con ojos críticos, encontrándose ante alguien cuyas únicas grandiosidades eran esa terca desolación y esa simpleza de las personas con penas y sin glorias. El cambio del Diablo a Helena era algo que lo hizo reír con la rabia con que se carcajeó cuando lo clavaron en la cruz, desconsolado por haber usado a sus amores como instrumentos de su plan para su gloria, renunciando para siempre a compañía alguna. Y solo logró elucubrar dos posibles razones para semejante enamoramiento de quien fuera su Diablo y, ahora, era la Helena de Ernesto: o estaba intentando repetir la treta, por si mismo usada, para crecer en influencia entre los mortales, o es que en su perpetua sumisión a Dios, el Diablo se había enamorado de alguien que vivía en la misma luctuosa soledad. Descartó la primera opción, ya que sabía que hacía tiempo que el Diablo había renunciado a la gloria de existir para sí mismo por la áspera victoria de ser para Dios, pero por lo mismo lo asustó la chance de la segunda opción. Dios podía entender como el Diablo había visto en Ernesto una conjunción de ambos seres fantásticos. Un ser que vivía en el aislamiento que él, el Diablo, estaba y poseedor del halito solitario de sí mismo, Dios, y no supo medir si todo ello desembocaría en algo que lo despertaría del sopor de sumisión en que el pobre Diablo estaba sometido gracias a Dios. Como no estaba seguro, terminó por decidir que lo mejor era acostumbrarse a que el Diablo era Helena, dejando pasar los días siempre observador.

 
Ernesto, el número 29, se entregó a Helena casi completamente. Por mucho que intuía la mentira en la boca de su amada, y reconocía lo bizarro de las ocasiones que de tanto mentir a Helena le venía un aliento de azufre, o incluso que cuando la besaba sentía que la piel de Helena quemaba con un fuego infernal. Incluso su santidad falsa cuando lo provocaba y lo cegaba con lujuria. Helena ya estaba acostumbrada a ser adorada, no solo en su milenaria vida como Príncipe de las Tinieblas sino en su corta carrera como nena de agasajo, donde en poco tiempo se encargó de hacerse de 28 hombres que la amaron sin límites y que nunca fueron correspondidos como ellos hubiesen deseado. Ahora Ernesto se enfrentaba a la muerte de su eterna soltería, acostumbrado a deambular solo por el mundo se mareó ante la pequeña figura de Helena con su voz de mando, sus sutilezas venenosas, su ternura fingida y su lujuriosa necesidad de adoración. Siempre un paria, de niño jugaba con perros en la vastedad de la casa materna, su juventud la había pasado en un trance que no admitía la intromisión de otros, ahora bordeaba la edad adulta sin nada ni nadie. Las amistades le habían brindado un consuelo que a la hora de la verdad resultaba insuficiente y era extraño que ahora esa menuda belleza, como era Helena, lo despertase con el calor de mil soles en una maldita canícula. Era un nuevo tipo de encierro, se despertaba pensando en quererla y se dormía temiendo perderla. Helena, por otro lado, conoció la paz de descansar sabiéndose reina del mundo, y pese a que la suya era una conquista mundana, aun así la sentía como si hubiese iniciado una religión tan exitosa como las de Dios, y solo con sus 28 fieles y su favorito el número 29.

 
Pasaron los meses. Tiempo que Helena aprovechó para venderle a su crédulo novio sus pseudologías fantásticas que llenaban el breve espacio temporal de esa su vida de humana, así se enteró Ernesto de que Helena había nacido tras varios intentos fallidos de sus padres y que por ello era la corona de su padre, que de niña había sido muy precoz, una pequeña plaga muy decidida y sabia, bastante independiente desde sus cinco. Ernesto escuchó estupefacto la historia de Andrés, el 24, un ex novio suicida, que intentaba darse muerte cada vez que ella lo rechazaba, se forzó a tragarse la historia de que ella era una espía de un gobierno lejano y lloró convincentemente cuando se enteró que estaba enferma terminalmente y que algún día moriría, quizá más antes que después. Dios y Helena se maravillaban de lo crédulo que era, incluso el mismo Ernesto se preguntaba porque se creía toda esa basura que le contaba su novia aliento de azufre y solo cuando tiempo después terminaron, se dio cuenta que una parte suya no deseaba regresar a despertar pensando en dormirse y dormirse pensando en no despertar.

 
Dios fingía. No era nuevo para él actuar como si nada ocurriese en las misteriosas profundidades de su mágico ser. Empezó a distraerse con lo usual: alguna catástrofe espontanea que quitara la fe del mundo en él, pasearse por los campos de los damnificados otorgándoles pequeños milagros que los reconfortasen de la miseria en que ahora vivían, para recuperar, y con creces, los feligreses perdidos. Entonces se aburría de limpiar su desastre y marchaba a “meditar” en Castelgandolfo para poder estar ebrio de néctar y adoración. Fue en medio de estas papales orgias que Dios pudo apreciar cuanto lo lastimaba la ausencia del Diablo. O que era lo que sentía por él ¿Qué era? Y debía recordar que ya no era un él, era una ella. Dios se vio a sí mismo el día que despertaron, vieron el mundo y tuvieron miedo de él. Recordó el desasosiego con que temblaban abrazados mientras atestiguaban las pequeñas magias de la naturaleza. Pronto se dio cuenta que en un principio fueron inseparables y que hasta los humanos, en su inevitable ignorancia, los habían percibido y nombrado como Yavéh y Asherah. De pronto Helena era lo más bello de la Creación y el alcance de aquella belleza iba más allá de las mentiras sembradas a lo largo de los años, y Dios no soportaba como lo contaminaba aquella belleza y su ira se dirigía a su actual propietario: Ernesto.

 

X X X X X

 

Ernesto nunca pudo desentrañar cual fue el momento exacto en que inició su mala suerte. De algún modo lo rememoró como algo presente desde su nacimiento, claro que solo Dios sabía cuando había empezado a torturarlo desde lejos. Nada muy grave, lo asaltaba con caiditas tontas, poco éxito con el dinero, coordinando para su mal los tiempos de sus actividades o evitándole los pequeños placeres de ciertas cosas. Helena no lo notaba, triunfante con su amado domado se relamía en el poder de la influencia que sobre él ejercía, sobre el 29 y los otros 28… y eso solo ahondaba la desesperanza de Dios, que veía a Ernesto cada vez más enamorado, aun en su posición de juguete de los dioses, juguete maldito que lo hacía infeliz pero hacía dichosa a Helena. Lo malo es que Dios nunca había deseado su dicha, más bien anhelaba su sumisión como antes. Helena ahora lo negligía, concentraba todo en sus 29 Idiotas que la adoraban y ella que les repetía “¡Los adoro!” como quién habla a su perro.

 
Ernesto estaba feliz. Prefería ignorar a los fans de su novia, así como obviaba su aliento a azufre cuando mentía constantemente, o su mirada lujuriosa cuando lo provocaba con su virginidad forzada, su piel quemante cuando se acariciaban acezantes y hasta ese extraño hábito que tenía de despreciar a los demás con ternura e inocencia, casi con cariño.

 
Nada de esto agradaba a Dios. Solo. Desamparado buscó consuelo en los feligreses que lo llamaban por distintos nombres apelando a una misma autoridad, y por un rato se sentía bien escuchando lo absoluto y todopoderoso, lo bueno y justo, lo omnipotente y grande que era ¡Oh Padre! Creador del cielo y de la tierra. Pero luego llegaban los ruegos, las basuras mundanas que escuchaba y repetía burlonamente con tono mongólico: “cura mi cáncer”, “salva a mi hijo”, “el mundo se muere”, “no tengo dinero”, “quiero ganar la lotería”, “cuida a mis seres queridos” imitaba burlón. Era esa la razón porque odiaba a los mortales, y si no les mandaba algo lo suficientemente groso como un Apocalipsis era porque entonces los ruegos cesaban y daban paso a injurias contra ella, llamaban a Helena por su antiguo nombre, la condenaban como la Caída y débil, la maldad y el castigo, la traidora del señor ¡Sálvanos de ella Oh Padre! Y era eso lo que quería oír, era eso lo que lo emborrachaba, lo dejaba llorando a cantaros, gritando que la amaba a su Helenita, que era tan buena y paciente, que sin ella no era nada y prefería ahogar a los imbéciles de abajo antes que vivir su eternidad sin ella. Para los mortales llovía.

 
Diluviaba más bien. Subía el nivel del mar y cada vez se tenía que drenar más seguido, algunos países se ahogaban. La gente veía la imparable lluvia como la única posible conclusión a tanta destrucción del hombre a su propio mundo, otros le llamaban el fin de los días que Nostradamus, los mayas y tantos otros habían profesado. Nadie supo que esa lenta muerte de la humanidad se debía a que Dios estaba enamorado. Y algo intuía Helena, sintiéndose observada pero importante, fue esa la temporada en que el olor a azufre de su aliento más fuerte se hizo, cuando Ernesto tenía que tragarse la historia de un tal Armando que la espiaba y la vigilaba y ella pobrecita se quejaba a sus 29 y todos sufrían. Luego les dijo que su enfermedad se había agravado, seguía siendo un misterio de que exactamente padecía, pero los 29 suspiraban tranquilos pues ella les hablaba de un valiente médico que la estaba ayudando a seguir viva con técnicas dolorosas e innovadoras. Y Ernesto tan impotente y frustrado se preguntaba porque nunca podía ver a este médico o porque no podía librarla de ese tal Armando. Y se sentía solo, pero no tanto.

 
Para Helena aquel era el paraíso. Dividida entre Ernesto y esa lluvia imparable, en la cual se empapaba y saboreaba ese gusto a agua bendita, con su maligna sonrisa y sus ojos falsos adorando a Dios que lloraba y lloraba.
¿Qué hacía un humano entre dos “dioses”? sobretodo alguien tan nada como Ernesto. Metiéndose a actuar de amante, de comprensivo, de bueno, de útil, de tierno, cooperador, amable, paciente y tantos etcéteras en orden de no estar solo. Recién cuando el nivel del mar subió tanto que inundó parte de América, empequeñeció Asia, dejó a Europa en una ruina equiparable a la desesperada situación africana, solo entonces Ernesto aceptó que solo era y solo estaba, que odiaba a Helena con su voz de chillido infernal, con su piel tan fría que quemaba como fuego, sus ojos de mirar falso, su horrible tendencia a pseudologías fantásticas, sus 28 exnovios que la perseguían por todas partes y su enfermedad falsa, su tal Armando que ni existía, aparte su aliento a azufre y su manipulación constante, su falso tono inocentón pero amén que estaba buena.

 
La dejó. La abandonó un día soleado y lluvioso, terminó aquel noviazgo en su lugar favorito. Ella se molestó, lo amenazó, lo engatusó, lo tentó, le rogó pero él se fue, tan de repente como ella llegó a su vida, y así dejó de llover, así paró de mentirse.

 
Y se lanzó al césped incapaz de explicar el momento inefable que le tocaba vivir, cuando la lluvia cesó de repente y de los cielos descendió Dios en toda su gloria inventada. Casi todos quienes lo vieron murieron o se quedaron ciegos, Ernesto lo observó calmado, percibió a un alma parecida a la suya, reconoció al 0 y al 30, el primero y el último en ese ser raro. Y a Helena la vió en llamas, con sus ojos brillando, sonriendo maligna y acercándose a Dios, presenció el momento en que se unieron en un beso hereje que vieron en Babilonia, en Sodoma, en Gomorra, lo vieron estupefactos desde Castelgandolfo y lo alabaron los muertos de Tierra de Fuego, lo vitorearon desde los cementerios cimentados en tragedias tan humanas, más aun ante ese beso inmortal de Dios y su Diablo. Helena maligna con su apóstol numero treinta que la amaba, y la amaba de verdad, la conocía como nadie y ella a él. Se perdieron en el esfuerzo de vencer la incomodidad de ese primer beso de amigos, a la par que se elevaban al abismo infinito del cielo mientras sus manos se palpaban y se unían en un coito que el mundo entero y Ernesto atestiguaron mudos de asombro. O de indignación quizá. Presenciaron como abandonaban la tierra y el mundo de Ernesto en cada gemido, cada movimiento pélvico, cada milímetro que se elevaban abandonando a los mortales, más allá del espacio, de las galaxias y de la existencia en realidad, hasta que se perdió el último gemido de Helena y los continuos jadeos de Dios, y el caos dominó al mundo por la buena nueva: Dios existe, y la mala nueva: se coge al Diablo. Y todos reconociendo que en verdad eran ellos, que sin lugar a duda el mundo entero había presenciado a Dios y al Diablo. Y se preguntaron si es que se habían ido por siempre, mientras Ernesto se echaba en el pasto, libre de toda vergüenza y congelado sin respuestas, solo al fin dispuesto a esperar su muerte en soledad, en aquel mundo sin dioses que por primera vez se sentía desamparado.