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Empecé mi año viniéndome dentro la esposa de uno de mis mejores amigos, de ahí en adelante todo fue cuesta abajo. No diré que no me moría de ganas de meterme entre sus piernas, pero tampoco quería dejar posibles evidencias que señalaran mi total e inequívoca culpa en todo el asunto. Soy de esos que lanzan la primera piedra y con la misma mano niega haberlo hecho, solo para poder lanzar un par de piedras más. Señoras y señores, soy el único culpable de mi propia autodestrucción. Si de pronto me abandoné al orgasmo fue más por susto que por saña, cuando los fuegos artificiales que anunciaban el nuevo año me sorprendieron intentando retrasar mi corrida pensando en cosas aburridas como las matemáticas, ir a la iglesia o las resacas que le siguen a toda borrachera; tarea difícil cuando todo me excitaba tanto. Supongo que lo necesitaba. No. Lo necesitábamos. Todo, pues. El encuentro fortuito, la excusa de la festividad, la ausencia no solo del marido sino de las preguntas, la ilusión de que el mundo no es una jungla, el whisky, el singani, la cerveza y el fernet, la presencia de otros, cómplices de los albores de nuestro pecado, además de la mota redentora, patrocinadora de charlas diferentes y sensaciones más profundas que en un punto nos evidenciaron como coquetos culpables de querer hacer algo perverso con nuestras vidas. Finalmente estábamos haciendo algo para no sentirnos tan dentro del pozo de mierda en el que jurábamos que estábamos. Ella frustrada por un matrimonio difícil, por un rato liberada del bebé que le robaba la juventud, yo en lo más bajo de un autocompadecimiento injustificado por la muerte de mi madre que no lograba sacudirme ni con las verdades más crudas siendo dichas en mi cara. Me dolía el pasado, me dolía que la gente se alejase o que muriese o, peor aún, que quedasen muertos en vida. Me sentía una piltrafa humana incapaz de nada y temeroso de todo. Ella también, pero de otro modo, uno que yo no alcanzo a entender pero que intuyo terrible y difícil de aguantar, aunque al final ¿qué clase de sufrimiento capaz de dejarte muerto en vida es fácil de soportar?

No era fea, al contrario, era de esas guapas que han perdido lustre a fuerza de una rutina que no supo controlar. Tenía veintitrés cuando tuvo a su hijo y no supo bien en qué momento terminó casada, cada vez reconociendo menos al novio en el esposo, ansiosa de ser notada pero apenas pudiendo encontrar su golosa belleza en el espejo donde una mujer cansada le devolvía la mirada. Aquella era su noche, no la mía. Los tragos, los otros presentes, la mota fueron las excusas que se fue consiguiendo para hacer caso a un juego de miradas que ya teníamos instalado en nuestras interacciones desde hacía rato y aquella era, justamente, nuestra chance de medir la profundidad del pozo con ambas piernas. Yo buscaba morir, ella sentirse viva, yo quería terminar de condenarme y ella solo deseaba darse una chance más. Desnudos en la cama matrimonial, la ventana semi abierta nos traía los nada silenciosos rumores de una noche de año nuevo, la penumbra del cuarto se compensaba con el brillo lunar que parecía inundarlo, en el suelo estaban nuestras ropas encima los juguetes que su hijo dejaba regados por doquier, las puertas abiertas del armario mostraban la ropa del matrimonio mezclada en lo que solo podía ser una fuente de constante discusión, y desde la cómoda me miraba una foto de ella con esposo e hijo en un parque, los tres sonriendo ampliamente y yo sudado y jadeando que miraba esa foto y me preguntaba cuánto de esas sonrisas era real. Aquella sonrisa paupérrima nada tenía que ver con la sonrisota que plantó antes, durante y después del coito, ni con la simpleza con que me dijo “que no se haga costumbre, pero de vez en cuando no estaría mal”.

De acuerdo. La corrida dentro no fue tanto un accidente como un “dejarse-llevar”. Ya lo dije, estaba buscando destruirme la vida porque no podía tolerar que las cosas tengan un final. Suena estúpido y de repente lo es, no lo sé. Poco me importaba que mi sufrimiento estuviese justificado, lo único que parecía importar era que ese sufrir era mío  y a los demás no les tocaba sentir lo que yo siento. Contaminado de una miseria rencorosa, anidada por años en mis delirios donde maldecía la negligencia de mi familia después que murió mi mamá, me metí a seducir a la esposa de mi amigo para quemar las últimas naves que me quedaban. Nunca esperé que me siguiera el juego, aun menos que lo llevase a otro nivel. Si yo le robé el primer beso, ella me robó los siguientes veinticuatro, si le besaba el cuello, ella me arrancaba la ropa y ya con el mero entusiasmo se ganaba los puntos que en secreto solemos dar. Para cuando mi osadía solo alcanzó a poner una mano en su muslo, la de ella me contagió hasta que de mí vino la iniciativa de penetrar. Y lo digo así de crudo no para provocar escarnio ni motivar a los histriónicos a indignarse por cualquier motivo que alcancen a inventar, en esa su intención chueca de cubrir sus propios ascos. Lo digo así porque eso es lo que yo quería: penetrarla sin limitarme a lo carnal. Como dije, era una guapa sin lustre pero guapa de verdad. Ya sus ojos me llamaron desde un inicio, el día que la conocí, pero sus otras partes las fui notando a lo largo de los años hasta ese momento en que la vi como una preciosa región extranjera que yo ansiaba conocer y explorar. Notarlo logró que algo más que mi hombría se levantara, algo que no es difícil de nombrar pero sí de explicar. Era como un empujón, un vértigo fascinante que de seguro sintieron los herejes al morir gritando su verdad. No estaba exento de culpa ese algo, ni se olvidaba de mi deseo de autoperjuicio primordial, pero tenía una cosa más que conocía de antes pero que no alcancé a calcular. Ni bien estuvimos enredados en besos, abrazos, caricias y jadeos, noté como ella se mordía los labios al pedirme que ya de una vez entrase con un tono y una cara que me pusieron más duro de lo que jamás pensé que podía estar, y en ese instante mágico hizo contacto nuestra genitalia y ¡voilá! Que me descubro no sólo tirando con quien no debía sino disfrutando del placer con que ella se conducía, que ya al final es lo que más me convenció. El olvido absoluto de todo lo que estuviese “más-allá” de nuestro momento procaz. Gemía, cabalgaba, elevaba las piernas, sudaba pero no me dejaba alejarme del calor del abrazo que nos unía, ponía expresiones, además, que me volvían loco. Una sucesión de micro expresiones, en realidad, que empezaban en la sorpresa, se transformaban en arrepentimiento, seguidos por una mueca de dolor, otra de placer, de ahí su rostro mostraba la inefable cara del placer doloroso, el rostro de la calma tras la revancha y, solo entonces, volvía a la sorpresa como si nunca se hubiese movido de aquella expresión tan bien ornamentada por sus ojos grandes y azules que le daban candorosidad a un momento que lo era todo menos candoroso. Y me gustaba tanto que  quería más, no solo del placer enorme que me estaba brindando sino de la sensación triunfadora de estar reviviendo a una muerta desahuciada, la inevitable impresión de estar haciendo algo bueno mediante algo ruin y, claro, la ironía y colmo de mal villano que termina salvando a la humanidad. Se sentía bien, no puedo negarlo y hasta me entran tentaciones estúpidas de describir cada etapa de mi placer…pero ya para qué, no tiene mucho sentido. El punto es que aquel bienestar momentáneo me daba excusas para creer en algo de redención. Quería yo quemar las naves pero nunca había pedido el milagro de una isla para ir a naufragar. No deseaba salvarme o esconder mi condición canalla, ni quería excusas para sentirme bien, solo ansiaba que alguien me terminase de crucificar. También por eso le dije que no tenía condones y ni siquiera pedí disculpas cuando descargué a mis probables hijos dentro suyo, solo seguí hasta que descargué muchos más, motivado por este bien que, sin querer, le hacía y este mal que yo, muy a propósito, me deseaba causar.

Aun sacudido por el shock de esa sensación misteriosa me largué a caminar por la ciudad, sin rumbo ni objetivo. Mi entrepierna se sentía especial, mis dedos olían a su sexo, tenía el sabor de su saliva en mi boca y aun temblaba ligeramente de la sensación dejada por el orgasmo y los recuerdos de esa intensa madrugada. Ni ella ni yo nos recuperábamos de inmediato, sino que nos tardábamos lo necesario en disfrutar el reencuentro con el placer. Había algo renovador en mancillar algo tan puro, algo fresco en creerla ingenua y sentirme el maldito que le venía a arruinar el candor. De pronto me sentía vivo y aun más porque se notaba que a ella no le molestaba mi mal llamada conquista de su inocencia. Vivificar era la palabra precisa de lo que yo quise hacer por ella y que ella terminó haciendo por mí. Nos vivificó a los dos con su osadía de frustrada y hasta me ayudó a darme cuenta que también mientras uno muere puede atreverse a vivir un poquito más. Se sentía bien eso de haber logrado que haya menos mierda en el pozo de otra persona, más todavía porque entre las ganancias estaba mi placer tanto físico como mental, en un trato en el que pensé que lo único que ganaría sería abandonarme a la villanía y ya de plano mandar al garete todo aquel intento de redención que pudiese elucubrar. Lo cierto es que me convencí de su candor solo para recordarme que todo eso estaba mal y no perder el rumbo hacía la muerte, el destino final. Pero soy un mal suicida, me perdono antes de saltar, me da un hambre tremenda cuando estoy por disparar el caño en mi sien y hasta me enamoro cuando la horca ya está ejerciendo presión en mi garganta. Claro que, no me enamoré de ella, ni ella de mí, tampoco quedó embarazada de ningún hijo mío. Supongo que cuento todo esto porque creo que sin ello nada de lo demás hubiese sido posible. No olvidemos que estaba cuesta abajo y que ninguna cogida, por magnifica que sea, cura todos los males, mucho menos soluciona problemas. Si por un rato había podido escapar a un lugar maravilloso, la realidad empezaba a perseguirme con todo y hedor. El paso de las semanas no trajo nada más que los mismos problemas y los mismos dolores repitiéndose, con breves escapes morbosos donde me jodía un poquito la vida de la forma que pudiese, más que nada rondando antros y otros calurosos hogares putativos, silencioso reviviendo la gloria de aquella vivificación que le devolvía frescura a mi cuerpo. No había vuelto a ver a la esposa de mi amigo pero ganas no me faltaban de repetir esa combinación de suplicio culposo que se goza a sí mismo y hasta se cree salvador. ¿No es culpa de él por no hacerla feliz? ¿No es santo quien cura el sufrimiento aunque sea por un rato? ¿Qué no un tango lo bailan dos? ¿Cuál quería ser yo, entonces? ¿El bailarín? ¿La bailarina? ¿El fisgón? Con preguntas parecidas intentaba justificarme nuevas visitas cuando, en los baños de un bar medianamente decente, me topé con una gótica de venas bien abiertas y tirada sobre un retrete desde donde abandonaría la mortalidad.

No puedo explicar lo que hice, no puedo explicar nada en realidad. Mi primer instinto fue el de cubrirla con mi abrigo, el segundo fue el de jalarla fuera del lugar. Sin correr ni apurarla, ir casi con calma, sosteniéndola del brazo para que no se cayese, dejando un rastro de sangre en el camino al hospital, dándole instrucciones que ella cumplía mansamente, quizá un poquito más allá que acá, y disfrutando del modo en que eso resultaba atractivo para mí ¿qué mejor vivificación que la que, de paso, evita que la afectada se mude para el otro lado? Le pregunté su nombre mientras caminábamos y murmuró Alicia, le pregunté su edad y me agradó enterarme que teníamos la misma edad pues, al final, nos gusta saber que alguien más está en el agujero a las mismas alturas de la vida que tú. Consuelo de tontos pero consuelo al final, y es que en situaciones como las nuestras cualquier consuelo es oasis. “Si los suicidas dan el último paso”, le dije mientras caminábamos al hospital, “es porque ya perdieron la perspectiva de cualquier consuelo, no les alcanzó la creatividad para ver una salida” y ella me observaba desde su obvia convalecencia con una mirada que, debo admitirlo, me ayudaba a respirar. Tenía aspecto de camorrera derrotada, de reina en exilio, de junkie emputecida y acabada, sin otra esperanza que de una vez irse a donde ninguno de nosotros la juzguemos ¿qué hacía yo vistiéndome de salvador de lo que, a todas luces, parecía un caso perdido? ¿la salvaba de un posible desfavorable juicio divino o me agenciaba puntos con cualquier dios en las alturas? No parecía, ella, una persona sencilla, pese a que la primera impresión era el juego oximorónico entre su aspecto tierno y su estilo gótico que le daba aires sensuales. Ahora que lo pienso, parecía un dibujo de Dean Yeagle. Las proporciones, las expresiones, hasta por las situaciones en las que se metía. Le faltaba el pelo rubio y el schnauzer tierno que propicia el accidente sensual pero inocentón. No podía evitar mirarle las piernas enmalladas, el corsé que apretaba la generosidad de su pecho, el negro intensificando el color de su piel y el de sus ojos ¿qué clase de salvador considera a una casi muerta como posible tire de una noche? ¿los puntos ganados por la buena obra alcanzaban a compensar los perdidos por los puros malos pensamientos? ¿es más pecado actuar que pensar, o ya desde el pensamiento estás condenado? No me fue difícil decir que yo era su primo hermano, ni siquiera me pidieron identificaciones, de pronto ya tenía permiso para quedarme en el cuarto que compartía con una viejita loca y un señor con quemaduras de cuerda en su irritado cuello, todos internos de un destartalado hospital. Eran compañeros de cuarto discretos por el día, inmersos en silencios imposibles que Alicia ni yo podíamos soportar, pero que agradecíamos porque camuflaban con su estruendo el propio del silencio que había entre ella y yo. Por las noches era otra cosa, si al principio pensé en la noche como el único momento donde podía pasarla dormido, evitando el angustiante silencio cómplice de no explicarnos qué hacía cada uno todavía acá, tanto la viejita con sus gritos roncos y agudos pidiendo que la dejen escapar, como los sollozos desgarradores que el don ese quería atenuar con la almohada, nos quitaron el sueño y pronto las noches se volvieron el escenario de charlas incómodas que intentaban no hablar de nada que no fuese superficial.

¿Qué tantas cosas nos perderemos por sucumbir a la tensión sexual y qué tantas otras perderíamos si no existiese tal cosa? De nuestro primer encuentro me llamaron más sus ojos moribundos que la sangre sobre los azulejos, y más me detuve a disfrutar del fetiche de sus ropas de gótica que a preocuparme de su fuga suicida o de estar en la rara situación de poder ser el testigo de un estertor. Creo que lo que me movió, y lo que tardé una semana de silencios en el hospital para confesar, fue que si la salvé era porque en medio de su agonía y desesperación tuvo el humor suficiente de mirarme a los ojos y decirme “¿qué quieres, buitre? ¿No vas a esperar a que me muera antes de penetrar?” con una sonrisa irónica y hasta trágica que me hizo excitar. Algo de mística hubo en que dijese “penetrar”, algo que me hizo querer creer en el destino por la rara coincidencia de que supiese justo la palabra tan pensada mientras traicionaba la confianza de mi amigo, incluso me fascinaba que hubiera reconocido al carroñero en mí sin mayor problema en semejante situación. Era el destino, pues ¿qué otra cosa podía ser? Cuando al fin se lo dije sonrió y me dijo que me podía quedar y, bueno, ¿ya para que pelearla si hasta mi instinto me empujaba hacia allá? Ni modo que niegue mi naturaleza mal agüera, o tenga reparos cuando igual yo me pensaba matar. Hay que ser buitre nomás.

Desde ese momento empecé a notar otras cosas. De pronto los silencios matutinos y el infierno de las noches en el hospital se convirtieron en un remanso de confidencias que Alicia y yo, de un momento a otro, comenzamos a disfrutar. No nos decíamos nada importante, solo anécdotas tontas como la primera vez que bebimos, nuestros colores favoritos y otras idioteces como nombres de nuestros primeros y últimos todo, intentos muy pobres de describir sabores sin usar los adjetivos usuales o largas y detalladas descripciones de nuestros paisajes favoritos. Creo que estábamos buscando los extremos históricos de momentos memorables, la clase de preguntas que un suicida le hace otro para enterarse de los pequeños consuelos con que alimenta sus excusas para quedarse un cacho más. Fue así que descubrí que el mérito del salvador no está en llegar para arreglar el día, sino en saber cuándo hacerlo. Alicia tenía otro montón de problemas en su propia vida, que yo no alcanzaba a intuir. Una historia complicada, llena de excusas válidas para sentirse mal, aun si según ella lo que le dolía era que nada de la terrible tragedia que asolaba a su familia la lastimase de verdad. Un accidente de avión, un aterrizaje forzoso, un par de fierros fuera la garganta de papá, hermano, hermana, tíos, primos, y hasta una de las abuelas. Una tragedia griega, un festival de lágrimas donde sólo faltó que todos se tirasen a los féretros para que el asunto adquiera más melodramatismo y de una vez enterrar a la familia apestada con el hado maldito de mortandad. En todo caso, más de lo que Alicia estaba dispuesta a soportar. Lo que me dijo que le jodía era que de pronto su desgracia ya no era privada sino que estaba en todas partes y a la vista de los demás. Incuso yo recordé que había leído algo sobre la tragedia de los Saenz Valdivia; las muertes trágicas, la viuda inconsolable, las dos hijas que quedaban, una muy infanta, la otra Alicia, los lamentos por la muerte de tan magnifico empresario como fue el padre y el pronto cobro de deudas que dejaron a los Saenz Valdivia sin propiedad privada donde morirse, todavía debiendo, además, un poco por las deudas secretas del padre y otro poco gracias a todos los fastuosos entierros que quizá nunca alcanzarían a pagar. “Jamás entierres a un muerto con lujo” me repitió con asco en el rostro, Alicia, mientras la viejita gritaba “háganme caso, por favor” con tono entre caprichoso y asustado. La luz naranja apenas iluminaba las penumbras, poco se podía ver de las sonrisas tenues de Alicia pero desde ya supe que por esa pata coja era que la llegaría a atrapar, si quería vivificarla tenía que ocuparme de esa herida gangrenada que ella se negaba a mirar, ser el único responsable de apretarle sus pústulas, tragarme su pus y así convencerla que yo era un buen carroñero, que tras comérmela la iba a resucitar, no como todos esos abogados y cobradores que enloquecieron a su madre y le robaron porvenir a la hermana infanta que no veía hacía meses y de la que no quería hablar.

No quería hablar de nada, en realidad. Parecía que solo deseaba sufrir en silencio y sin que nadie la molestase. Excepto yo, no tanto porque lo permitiera ella como porque me lo permitía yo. Si me distraía en considerar sus opiniones era porque estaba buscando la mejor forma de vulnerarla. Su empecinado silencio me enseñó que provocar a que se enojen de inicio es un lindo atajo para resolver las cosas de una buena vez y que nada es mejor que los roces como para hacerle recuerdo a alguien de que todavía vive. Hay que recordarle a la muerta en vida que sus huesos aún tienen algo de qué temblar y si Alicia se empecinaba en mantenerme carroñeando pero nunca consumiendo de su carne, pues de alguna forma tenía que intentar yo vivificarla. No mentía cuando dije que me traía loco la sensación esa que le dejaba a uno vivificar de cualquier forma, aunque tampoco mentiré en eso y lo diré de lleno: me la quería tirar. Nada más.

Otros, la mayoría, mirarían con malos ojos ese brote de sinceridad, la simpleza con que uno puede admitir querer tirarse a la deprimida suicida que ha sufrido un trauma de esos fuertes. Ella no. Supongo que encontraba novedosa la sinceridad, por lo que me enteré después supe que había crecido en la Florida entre tipos pijos y jailones, poco enterada de la existencia de otros barrios más humildes y con menos propensión a consumir caviar. La muerte del padre había sido un duro despertar para quien se pensaba intocable en una vida perfecta en la que nunca nada le iba a faltar. No creo que entonces pensase eso, pero vaya que lo pensaba mientras estuvimos en el hospital. Y así, en silencio, me fui armando de todos los argumentos y estocadas que necesitaría darle para resucitarla en mi cama y no volverla a llamar. Me gustaba el drama pero tampoco me gustaba tanto, además que estaba ocupado en destruir mi propia vida como para ayudar a reconstruir la vida de alguien que no se atrevía a volver a respirar. Lo mío era distinto, no solo era algo químico que me tenía perpetuamente en riesgo de depresión sino que ya no pretendía esconderme de mis problemas al ignorarlos, el plan ahora era dejar que los problemas cayeran bajo su propio peso, que me arruinen de una vez para asentarme en el fondo del agujero y ya no saber nada más. Los ratos que no estaba en el hospital me los pasaba visitando a cada persona que conocía y les decía la verdad, mi verdad, acerca sus vidas. No siempre era linda la reacción y cuando lo era, y la que reaccionaba era mujer, aprovechaba para robarle unas horas en sus camas sin importar su estado civil o anímico, como para echarle más leña a mi pira funeraria que insistía en edificar. Qué me importaba si al final esos encuentros eran mis últimas cenas antes de rendirme al abismo de la tristeza y la soledad. Ya no tenía dinero para comprar mis antidepresivos, les robaba comida a mis confrontados o los abandonaba en el restaurant del encuentro sin dejar más que unos simbólicos 5 bs. para la cuenta. No bebía pero me fumaba para no pensar tanto y para que toda sensación fuese más intensa todavía. Esto último lo sabía Alicia, no todo lo demás. Del resto se enteró por casualidad cuando me encontré con una de mis vivificadas mientras mudábamos las pocas cosas de Alicia a un nuevo departamento que había logrado alquilar. Tampoco podía decirse que estuviese muy interesada en mi vida, para ella yo era el basurero emocional donde podía verter su dolor, el amable desconocido al que le cuentas tu vida porque presientes algo de tu desgracia en sus gestos, sus palabras y acciones. Según ella jamás me la iba a tirar, según yo no hay mentira bien lanzada que no pueda derrumbar una verdad.

Hay cierto perdón en mandarse un lindo gesto antes, o después, de haber hecho lo peor. Como para perdonarse a sí mismo por lo no tan malo que al final uno fue. Con Alicia empecé suave pero pronto el “pinche emo glorificada” no alcanzaba a generar lo que obtenía del “huerfanita de cuervo de ala rota”. Eran insultos que parecían amigables, como los que hace alguien torpe o desubicado, pero yo los pensaba mucho antes de decirlos. Uno de esos insultos bien construido significaba una diferencia enorme en el humor de Alicia. No era lo mismo tenerla rabiosa por la noche y lista para estallar, azuzada por todo un día de los insultos más sutiles y perversos que se me podían ocurrir, comparado al de una Alicia que se la había pasado sola y atrapada en las mismas miserias que un día la alejaron de la vida esa donde se creía feliz. Cada nuevo insulto, apodo y calumnia que yo decía de su familia la volvían loca y día a día perdía el pudor de golpearme, escupirme, arañarme, gritarme cada vez con más intensidad. Solo lloraba cuando me pasaba de la raya, lo cual para ser justos no fue tanto como uno esperaría de los límites de una heredera mimada. Y ahí estaba el detalle, en darle una excusa para salir de su abulia, obligarla a canalizar el odio y la rabia en un solo lugar, en alguien que no fuera ella. Me consta que le ayudaban nuestras charlas post-pleito, cuando nos sentábamos en su mugre sillón y nos fumábamos un cigarrillo, felices de todo el caos de nuestros gritos, lapos, salivazos y otros horrores de los matrimonios más desahuciados que nosotros parecíamos disfrutar.

Para mí planificar esas peleas era una delicia, pero vivirlas era, digamos, otra realidad. Terminaba uno rendido, con un placer de arrogante y el desmayo del descanso tras la maratón. Según Alicia era como la macurca, un dolor repudiado pero en secreto disfrutado, “casi como un masoquismo” decía y se ponía a saltar balando como borrega alrededor mío y tanto esa opinión como aquel gesto eran muy buenas noticias para mí, pues me confirmaba que por muy agotador que fuera iba a valer la pena, después de todo solo un cordero de verdad vulnerable y culposo pondrá su propio cuello al alcance del cuchillo y ni modo que al anunciarme carroñero no cumpla con esa precisa función. Verla cada vez más en contacto con su dolor me garantizaba que cualquiera de estos días la pudiese tener pandeándose debajo de mí, con una sicalíptica mirada suya clavada en mis ojos, en mi cuerpo, en donde fuera mientras se tratase de mí. Y esa ilusión valía mucho, entonces, porque me ayudaba a escapar de mi otra realidad. No quise decirlo antes, porque esta es la clase de cosas que solo admites en confianza, pero ahí va: para entonces mi atención estaba en destruir mi familia, no toda pero si una gran parte de ella, la que me daba asco, la parte traidora que se habían cagado en las penurias que pasamos con mis padres cuando yo era adolescente, antes y después de que me quedase huérfano de madre, con un padre más dedicado a darle comodidad a la ancianidad de sus padres que cultivar cualquier tipo de relación con su hijo o su moribunda mujer. Siendo justo tendría que decir que ese tren ya había partido hacia tiempo y que si la muerte de mi madre no nos pudo unir, entonces decidí que tampoco lo necesitaba y  escapé de mi hogar. A él poco le importó y creo que más bien fue un respiro, la excusa perfecta para dedicar todas sus energías a sus propios papás. Él no me indignaba, finalmente existía muchísima historia por detrás que de alguna forma justificaba todo eso, e igual pensaba yo que llegaría el día del ajuste de cuentas una vez que ya no le quedara nadie más. Por eso lo dejé en paz. Por eso y porque no había peor castigo que cuidar los caprichos de mi abuela, cada vez más senil y paranoica. ¿Cómo hace una serpiente para parir perros falderos? ¿cómo hacen estos para engendrar cuervos? Pero esa era una cuestión para después, me convencí de ello y pasé a observar formas de arruinar a los demás. Para mí es obvio que arruinarles la vida a mis familiares no era solo una forma de exorcizar el dolor por el abandono en que nos tuvieron, sino que era otra manera de cortar todos mis lazos para, después. mejor morir en paz. Era mi excusa tanto para ya no tener nada que pudiese atarme a la vida, como para quedarme en el más acá y por eso que le tiraba tanta pelota, que me pasaba mis horas de insomnio planificando bien qué haría y las de ocio atreviéndome a hurgar donde nadie me había llamado. El plan tenía que ser sencillo. Para los primos tendría que preparar la total y completa destrucción de su vida social, lo cual repercutiría en la vida de los tíos, para los que tenía que alistar cosas más específicas. De entrada perdoné a muchos que siempre se habían portado bien conmigo, aparte que entendí que tampoco necesitaba demasiado para ser considerado nefando a los ojos de otros familiares ni bien escucharan el rumor de mis fechorías. Mis victimas elegidas eran mi tía Carmen y su esposo Florian, para los que preparaba un infierno a la medida de sus bajezas. El punto final a la vida perfecta que a toda costa se habían querido fabricar.

Nada de esto sabía Alicia, pero se la olía. Aburrida de hablar de sí misma, un día empezó a preguntar sobre mí. Y al principio no dije gran cosa, pero a medida que ella se sentía mejor empecé a comunicarme más. Admito que fue un alivio, que hasta me sentía mejor pero ese bienestar solo le dio renovadas fuerzas a mis rencores y agudizó mi olfato para la revancha. Fue así que le encontré una utilidad al atractivo de Alicia, el mismo que a mí me tenía un par de meses intentando tirármela. Lo dije antes, era linda Alicia y a mí me gustaba el fetiche de sus atuendos góticos y todo el maquillaje que utilizaba, pero en una de esas tardes tras una temprana discusión mañanera nos encontramos jugando a los disfraces y pude verla usando vestidos de gala, trajes de ejecutiva, ropas de señora y de universitaria, diferentes aspectos de la que quizá habría sido ella de haber seguido vivo su papá. Y en todos esos atuendos parecía una persona diferente a la que yo conocía. Igual de atractiva como camaleónica, con aspectos difíciles de asociar, ya que no era lo mismo la imagen de una Alicia en vestido de gala y peinada por estilista que la de Alicia vestida de señora agobiada por su rutina. Era buena actriz, además. Muy buena, la verdad. Se metía tanto en el papel que, luego, era difícil sacarla del trance mientras le durase la emoción. Y esa era la clase de compromiso que yo buscaba, que necesitaba mejor dicho, para poder realizar de la mejor manera posible el Plan, que a todas luces no era nada complejo o intrincado. Era más bien simple: a él, Florian, lo delataba de adúltero y corrupto, a sus hijos los aislaba del resto de la familia con alguna clase de escándalo y lo demás era pura inercia. El asunto aquí no era tanto denunciar como evidenciar lo obvio. Mi tía era de esas que podía comerse kilos de mierda con tal de cuidar su imagen ante los demás. No era muy inteligente, pero sí astuta y tenía la sabiduría suficiente como para hacer la vista gorda a las numerosas infidelidades de su marido, quien la callaba con dinero y una vida cómoda en uno de los mejores barrios de La Paz, luego Santa Cruz, después otra vez La Paz. Tenían dos hijas y un hijo. El mayor era el hijo, Norberto, pero extra oficialmente ya no era bienvenido en el seno de esa familia por no sé qué líos que tenían doña Carmen y don Florian con la esposa que se había escogido su primogénito y otros líos más. La del medio estaba casada con un famoso cirujano plástico del que mi tía estaba enamorada y la menor vivía en Santa Cruz en un matrimonio tan de mierda como el que tanto le criticaron a mi madre cuando estaba viva.

Como dije el asunto estaba en ponerlos en evidencia, sacar sus trapos más sucios al aire y que todos vieran sus bajezas y vergüenzas. No podía imaginarme peor muerte para mi tía, ni mayor molestia para mi tío que ser puestos en evidencia ante sus hijos y la sociedad. Todo esto le expliqué a una Alicia que no paraba de llorar. Me dijo que algo recordó sobre sus padres y confesó no sentirse capaz de arruinar la vida de una familia como le habían hecho a ella. “Mierda, punto crítico” me dije y por un rato temí no contar con mi cómplice ideal, pero después de mucho chantaje emocional al fin aceptó al menos joder a los primos en su círculo social. Qué importaba. Total que eso era, de todos modos, la primera fase del Plan, y resultó aún más sencilla con la ayuda de Alicia, quien en su faceta de actriz y sus muchos disfraces, que un día robamos de su casa sin que nos descubriese su mamá, fue la carnada perfecta para introducirnos a las mundos de mis primos. Siempre disfrazados nos dedicamos a atender a eventos sociales donde sabíamos que estaría algún amigo de la familia y sacábamos información de todo lo que podíamos. Muchas veces ella tenía que quedarse sola haciendo algo llamativo mientras yo me escabullía a revisar los computadores en busca de mails o documentos que me dijesen algo acerca mi familia. No siempre conseguíamos nada, en especial porque nos teníamos que marchar ni bien llegaba alguno de mi familia, pero igual comíamos gratis y nos daba la chance de ser otras personas por un rato. De pronto nos metíamos mucho en el papel y teníamos bien pensadas las biografías y personalidades de nuestros personajes, en cada evento al que íbamos notábamos como nuestras actuaciones cada vez jugueteaban más con extremos histriónicos y escandalosos. Nos gustaba, nos hacía felices esa excusa para descansar de nuestras penas y preocupaciones. En su exhibicionismo y mi autodestrucción hallamos cierto solaz. Como si ya de por sí aceptáramos que éramos bichos raros con vidas de mierda que se encargaban de cagar más con tal de no tener que solucionarlas o de una vez tirarlas por el caño. Queríamos hundirnos, carajo. Y lo queríamos más porque también nos daba permisos para las libertades que nunca tuvimos. Ella era testigo del mundo del que su padre le había protegido, yo me enteraba de las cosas que nunca me enteré respecto a mi familia, encima nos dábamos el gusto de exorcizar demonios y fantasmas con esa farsa. Yo me vengaba por años de negligencia, ella se desquitaba con los suyos por atreverse a morirse y dejarla en tremenda cagada de situación.

No fue necesario mucho esfuerzo para llegar a la segunda parte del Plan. Ya infiltrados era más sencillo ir lanzando rumores que desprestigiasen a mis primos a ojos de sus amigos. Fue en el espacio de un par de meses de mentiras quirúrgicas y sutiles que pudimos convencer al mundo de que mi primo se había casado con su medio hermana y que el esposo de mi prima tenía un affair con su suegra. Mentiras infalibles pues se amparaban, relativamente, en la verdad. Si mis tíos no le admitían a nadie que odiaban a su primogénito, al menos se notaba el trato diferente que le profesaban, como más distante, más frío y hasta cargado de silencios. Por lo que me enteré de una prima hermana de mis primos, don Florian ya no hablaba con su hijo ni siquiera en un evento social y hasta con algunas copas de más admitía que se arrepentía de haberle dado vida y otras cosas de ese estilo que me contaban los primos de mis primos con caras de escándalo que escondían su morbosidad. Y no se necesitaba de un experto para notar que la suegra estaba camote del yerno, aunque claro ¿era convincente como para alcanzar a una verdad? Lo cierto es que la mentira no necesita mucho para volverse verdad. A los ojos de la gente, mis familiares eran ejemplares, gente buena y noble con las mejores intenciones y la familia perfecta. Eso los hacía una presa más suculenta de sus sospechas, de cualquier cosa que los confirmase como otra familia de mierda, más aun con acusaciones tan graves como incestuosas ¿es por eso que el Floriancito es tan sarcástico?¿Pero no le saca muchos años como para meterse con su yerno?¿quién se cree esa para serrucharle el piso a su propia hija?¿Es de verdad su media hermana del Norbertito? Entonces ¿la Carmencita es cornuda?¿tiene más hijos bastardos? ¿y la hija? ¿sabe? ¿sabe Norberto que esa es su hermana? ¡Y aun así se casó con ella! Después de un rato la sorpresa en sus rostros se convertía en asco y horror, escandalizados de haber compartido comidas con esos depravados y sus vidas pervertidas.

La fase tres exigía algo más tangible que rumores que señoras chismosas elegían creer. Necesitaba pruebas de que era mi tío un adúltero para terminar de mandar al carajo la situación de una familia que todavía no sabía la famita que se les endilgaba. Alguno de los amigos que hicimos en esas fiestas me mantenían al día con los chismes, mismos que ya habían crecido más allá de lo que jamás hubiera imaginado. Pero al final eran mentiras que proliferaban en el silencio de los chismosos y lo que yo necesitaba era una verdad imperdonable que los terminase de arruinar. Así fue que Alicia se disfrazó de empleadita y esperó a que hubiera vacante en la casa de mis tíos. Bien sabía yo que las empeladas nunca le duraban por esa costumbre de mi tía de enseñarles a ser perfeccionistas a base de gritos e insultos que muchas no lograban soportar. Total que Alicia eso mucho no le importaba porque no estaba atada a ellos y peores eran nuestras sesiones donde le tocaba las llagas y ella se ponía el limón y la sal en las heridas abiertas. Parecía mejor y más tranquila, establecida en una rutina que tenía de todo menos repetitiva. Sí estaba algo apagada, pero lo cierto es que yo andaba tenso esos días y no era muy fácil estar a mi alrededor. Aun peor, Alicia seguía sin dejarse vivificar, pero creo que eso fue porque en el proceso de hacerse a la imposible encontró el placer que a mí me negaba. Me preocupaba que todavía no contactase a su madre y hermana pero parecía más en paz con ello. Su lógica era que una boca menos de la que preocuparse era una gran ayuda y los mensajes esporádicos que mandaba desde celulares ajenos asegurándole estar bien le calmaban la consciencia de desaparecida. Mi lógica era que uno hace las cosas cuando está preparado para hacerlas sin enloquecer en el proceso. Las semanas siguientes las pasamos ensayando su acto de ignorancia y lentitud que volvería loca a mi tía y creo que logramos armar un acto bastante convincente, lo malo es que nunca lo pudimos usar porque, pues, conocimos a Fátima.

Era una chica más joven en la cabeza que en el cuerpo, era hija de un amigo de Florian, quien le sacaba treinta años. Eran amantes, de los que se ven cuatro veces por semana y siempre en el mismo motel, misma habitación, con el mes pagado por adelantado. La conocimos en una fiesta de unas amigas de mi tía Carmen, a la que nos colamos alegando ser los primos perdidos de Cochabamba. En situaciones sociales como esa la gente no le gusta dar cuenta de que no te conocen cuando tú, todo mamón, vas y los tratas con familiaridad. El asunto es que Fátima estaba ahí con su cara de corderito redimido, sus tremendos ojos celestes nunca mirando directamente, sus labios pintados de un rojo intenso, el vestido de gala todo azul eléctrico y su vaso lleno de leche chocolatada. Tenía un aire de las buenotas en los dibujos y los cómics, de esas que no dejan de sonreír, como si poblaran una dimensión alterna en donde estos problemas mundanos nuestros no son más que nimiedades, nada dignas de su atención. La corona fue un tatuaje en su espalda de un par de alas y el símbolo celta de la paz al medio, con eso yo no tuve otro objetivo que meterme entre sus piernas a toda costa para contaminarla un poquito. Me costó una rabieta terrible de Alicia pero conseguimos convencerla de ir a nuestro departamento a tomar unas copas y Fátima, en el papel de virgencita, primero no aceptó hasta que un susurro de Alicia la hizo dudar y nada más que la duda se necesita para que alguien horrible te secuestre. Y prácticamente eso hicimos, pero los culpables de que se loqueara fueron el trago y ella misma, pues ya en el departamento, y con un par de copas nada más, entró en un estado de euforia. Como niña pequeña preguntaba sobre todo y ni siquiera parecía escuchar las respuestas, de pronto pedía canciones, bebía y bebía y saltaba en el sofá y abrazaba a Alicia como si fuera su hermana y a mí me miraba como con ternura y picardía. No es necesario contarlo todo, pero la hice mierda en ese mismo sofá y a ella le gustó tanto que volvió por más a lo largo de la semana. En este punto yo no sabía que esta criatura era la amante de mi tío Florian, y me enteraría de la peor manera cuando, después de una sesión particularmente intensa, su celular recibió una llamada y en el id pude ver no solo el número de Florian, sino también una foto de él y ella besándose.

Momentos como ese son raros porque significan una oportunidad de inversión que dificilmente se volverá a repetir. Casi como viajar en el tiempo y que te regalen acciones mayoritarias de Apple, o como un trato de Vito Corleone. Simplemente no me podía dar el lujo de perder esa oportunidad. Me sentía tremendamente asqueado de haber estado con la misma persona que se acostaba mi tío, pero haciendo tripas corazón no me fue difícil mirar los candorosos ojos celestes de Fátima y planificar una forma de aprovecharme de toda esa información. Le hice un pequeño drama. No tanto por el asco que sentía dentro de mí, como por capitalizar una oportunidad tan caidita del cielo. Ella lloró, me lo contó todo, yo lo grabé, le juré amor eterno, me juró que lo terminaría, nos fumamos un poco de mota, lo hicimos con la pasión de los reconciliados, en realidad yo la quería agotada y dormida, lo cual logré y sin miedo ni vergüenza hurgué su cuarto, encontré fotos, cartas, emails y regalos que sospecho venían de la profunda billetera de don Florian. Todo. Miré hacia el rostro angelical de Fátima dormida y, por un instante, la quise con toda mi alma y al otro ya me escapaba hacia Alicia para contarle las novedades.

Lo malo del misticismo es que lo obnubila a uno de ver a su alrededor. O para ser sincero tendría que decir que es la excusa perfecta para dejarse convencer de algo, lo que sea, que nos permita construir certezas con raíces lo suficientemente poderosas como para aguantar cualquier embate de la realidad. Es un error muy común tratar de convertir a la fuerza cualquier argumento en axioma y con eso tener una solución rápida a la vida. Es el problema de confundir al azar con el destino, también es el problema con la sincronía, se confía uno no solo de la fortuna de haber estado en el lugar correcto en el momento preciso sino que sienten que se lo tienen que explicar, necesitan agradecérselo a algo o alguien y considerar que su deuda con el universo ha sido pagada, verse validados ante los ojos de un jefe supremo, una entidad cósmica, una deidad, y no tener que sentir culpa por disfrutar de cualquier bien que tienen por delante. Se aplica también a la desgracia ¿de qué otra forma se quita el estafado el sabor de la estafa? Con la misma leche amarga que le dieron a beber. Si me enojo porque me estafaron debería enojarme por haberme dejado convencer, total que ya me dieron hasta la excusa perfecta: no es mi culpa, me lo vendieron, me dejé convencer y con eso ya estas enganchado al perdón gratuito de un poder superior. Un negocio redondo y autosostenible. No es coincidencia que hayan tantas religiones y templos y rezos y santos y dioses y montón de cosas que por muy reales que sean, también te ayudan a justificar tus propias mentiras. El incidente con Fátima era demasiado bueno para ser cierto y desde niño que he sentido alerta cuando todo está muy bien, pero ¿qué podía esconderse detrás del candor de esos ojos azules?¿quién que se sonrojaba con miradas y se cubría los senos durante el orgasmo podía ser capaz de alguna maldad? Tampoco me detuve a sospechar mucho de ella, me enfoqué en el juego que controlaba e hice lo mejor que pude.

Reunimos las pruebas de la infidelidad de mi tío Florian en un enorme archivador ordenado de tal manera que el golpe fuera lento y cada vez más terrible. Me había leído toda esa correspondencia y mucha otra más en cosa de una semana. Mi tío era de esos cochinazos sentimentales que le demuestra a su amante que la ama dándole las contraseñas de casi todo, exceptuando la tarjeta de crédito. No solo leí los amoríos con Fátima, sino que tecleando “153962FS” me enteré del romance con Zuleyma, los encuentros con Josefina, las pensiones para Eva, las demandas de Cecilia, las visitas a Patricia y los horarios de Rubí. Era tan amable el universo que hasta me mandaba fotos, videos, mensajes de voz y confirmaciones via mail para compra de pasajes a exóticos lugares que nunca escuché a mi tía presumir. Era perfecto. Once días tomó clasificar el material, ordenarlo según su impacto y ponerlo en el archivador al que Alicia y yo llamábamos El Collage. Incluso nos dimos el trabajo de grabar cada mensaje de voz y video en dvd’s que incluíamos en el archivador. El Collage sería la obsesión de mi tía por un largo período de tiempo, el suficiente como para calmar mi propia rabia, la que guiaba a mi olfato hacia los lugares que más podían sangrar. Y ese era el problema: demasiado angurriento, entregado a las benditas justificaciones potenciadas por la mística que insistía en buscar, siempre en pos de ese encanto que tiene el mundo cuando se lo ve a través de la fe. Si nos escudamos en algo tan grande como es la mística es porque intuimos que ninguna de nuestras necesidades, pensamientos o deseos tienen la menor importancia. Toleramos, y hasta creemos, en la religión, en la fortuna, en el vendedor, por ser esos encantadores potenciadores que le dan alas a nuestro ego y nos colocan como los mimados de una entidad cósmica, de un concepto abstracto capaz de crear vida de la nada. Lo malo, al fin, de las revanchas no es que uno esté ciego, ni sordo, peor mudo de ira sino que se agudiza el olfato. De pronto lo identificas todo desde lo visceral, azuzado por la ira que te dice, te jura, te susurra que después tendrás tiempo para reparar la tierra quemada cuando la revancha haya terminado. Y sí, es cierto, aunque no del todo. Quema uno las naves con esa ilusión de que aparezca alguien lo suficientemente idiota como para intentar apagar tamaño incendio, que en nada se compara al conflicto interno que buscas expresar, quema uno las naves porque es más sencillo destruir que terminar de irse al más allá. Quema uno las naves para que lo miren, pero no siempre lo vamos a notar.

Todos caemos, carajo. Sea en estafar o ser estafados y no hay vergüenza en ello. Lo peor es estar al medio, en la parte gris y plagada de la aburrida sensación de duda ¿era mejor ese extremo, o el otro? ¿vale la pena? Después de un rato le hallas lo bonito a lo gris y hasta, en un descuido, encuentras felicidad e ilusión de plenitud. Con la mística, cómo si no. Pero nunca es lo mismo que irse a los extremos, ni tiene igual sabor, el del vértigo de casi morirse y el goce de por fin respirar. Tan visceral que no necesitamos a la mística para magnificarlo sino para protegernos de que nos desquicie. Y por eso caí, por candoroso. Planificamos todo para un lunes por la noche, movidos por el morbo de jugar con las supersticiones de mi tía, quien juraba que si el lunes ocurrían desgracias entonces la semana también estaría llena de ellas. Tocaría la puerta durante la cena, lo común era que tanto Florian como Carmen estuviesen, acompañados por mi prima, la del medio, que vivía a lado y mis sobrinos esperando a que llegué su papá. Estarían sorprendidos y bastante incómodos de verme, serían amables, me harían chistes culposos respecto a mi ausencia, cómo para lavarse las manos de ellos no haberme buscado tampoco, me preguntarían en qué trabajo, qué hago de mi vida y tantas otras cosas que yo no respondería. Me limitaría a entregarle su copia a mi tía, otra a mi tío, a mi prima, a su esposo, anunciar que las copias de sus otros hijos ya estaban siendo enviadas y que algunas habían sido mandadas, por error, claro, a algunos de sus amigos. Me quedaría a ver sus rostros y disfrutarlos, muy al margen de la apuesta que tenía con Alicia de si mi tía primero me atacaría a mí por actuar de Capitán Obvio, o a su marido, por fin, después de tantos años de aguantarse. Nos retrasó mucho, tener que hacer las copias del Collage, hacer los arreglos para que los entreguen pero en las vísperas de nuestro golpe era todo pura euforia y nada nos podía arruinar. Alicia me sonreía como nunca y yo no podía evitar sentirme, desde ya, algo aliviado. No hay peor ciego que el que puede ver, como quitándole la mística al famoso dicho en la espera de que rompiendo místicas pueda ver uno más claro a su alrededor. No comprarse la propia estafa, ni engolosinarse en las ofertas ajenas, cuidar el trasero propio y de los tuyos, tener planes de respaldo y siempre cuidar las ganancias. Enterarse que hay dimensiones en esto de la ingenuidad.

Por supuesto que todo salió más o menos como lo planeado, pero para nada cómo lo esperado. Los Collages llegaron a todos y cada uno de los que tenían que recibir uno y ya no sé si los habrán visto pero de que los tienen, los tienen. El problema es que hubo dos sorpresas esa noche. La primera empezó una hora antes de mi momento de partir hacia casa de mis tíos. Alicia estaba de un humor especial y yo muy nervioso cuando tocaron el timbre, nos sobresaltamos y nos preguntamos en voz baja quién podía ser, hasta que los chillidos alegres de Fátima nos cortaron la incertidumbre. La dejé entrar y rato más tarde me abalanzaba sobre la puerta para apresurarme a la casa de mis tíos. Nunca calculé que Fátima se tomase tan a pecho su vivificación y el pequeño drama que le armé para que me revelara sus secretos. En lo que sin duda consideraba el acto más romántico de amor supremo, la chica fue a casa de Florian y se reveló ante mi tía, le contó toda la verdad o, bueno, una verdad llena de censuras y disculpas ante cada lágrima que veía en los ojos de esa operada señora. Así las encontró mi tío, abrazadas y chillando, la una de rabia con su rostro inexpresivo de tanto botox inyectado, y la otra de arrepentimiento con su carita candorosa brillante y compungida ¿se esperaba ese giro de sucesos? ¿qué clase de pesadilla es que tu mujer y tu amante se lleven bien y a tus espaldas? ¿dónde, exactamente, está lo pesadillesco de todo eso? El lío adquirió nuevos carices y Fátima fue testigo silente de una discusión entre dos que pronto olvidaron la presencia de la tercera, lo cual le permitió escaparse a darme las buenas nuevas de nuestra exclusividad.

No pensé, solo me lancé a la calle con los Collages y paré el primer radiotaxi que quiso llevarme. Ni bien llegué lo que encontré fue la puerta de calle abierta y una seguidilla de decepciones empezaron a operar en mi cabeza ¿me lo había perdido? Maldiciendo mi suerte entré sin dudar y noté que en el jardín, que también servía de garaje, estaba solo un auto y no los dos que solía albergar. “No es nada” me dije y hasta me propuse que quizá ya no tenían dos autos como acostumbraban, que mucho podía haber cambiado en tanto tiempo y otras basuras parecidas, pero el pensamiento se me pinchó ni bien escuché los sollozos de mi tía en la sala de su casa. Entré, el suelo estaba lleno de macetas y adornos rotos, mi tía estaba sentada en un sillón para tres, lloraba a moco tendido con las luces apagadas sumidas en las sombras de la noche y una estela de luz de luna cayendo a sus pies. No dijo nada al verme, ni cuando me reí, peor cuando dejé un Collage a su lado y me fui. Más tarde encontré a don Florian en el Hotel Radisson y dejé su Collage como mensaje en recepción. Tras esas dos entregas emprendí el camino a casa algo triste pero más feliz que otra cosa. Mi madre no había muerto por directa culpa de esa gente, pero se sentía bien culparlos del abandono, destruirlos hurgando en sus cuidadosas hipocresías, hacerles doler lo mucho que me hicieron falta cuando ya nadie me quedó en el mundo más que un padre que estaba demasiado ocupado en sus padres como para ayudarme a lo que sea. Si dejarle el Collage a mi llorosa tía era un golpe bajo y en el suelo, eso no evitó que me sintiera tremendamente feliz al imaginarme torciendo un cuchillo imaginario que acababa de clavar en la boca del estómago de esa familiar detestada. Hasta el dolor y la tristeza parecieron ceder, me dieron la perspectiva de un mundo perfecto, uno donde el rencor calmado ya no sería un factor que me controlase y aun si era patético sentirme bien a la costa de la desgracia de alguien más. Estaba chocho de la vida porque hacía rato que no me sentía así de genial. No calculé que le arreglé la vida a mi tía con ese gesto cruel puesto que, mucho después, pediría el divorcio y presentaría el Collage como evidencia suficiente como para dar por muerto cualquier futuro que don Florian hubiera podido abrazar, sentenciándolo a una vejez amarga y pobre, solo y abandonado por los hijos que él alguna vez no dudó en abandonar. Como dije, eso le valió mucho dinero a mi tía y le arregló la vida en los modos que yo hubiera deseado le saliesen mal, pero eso no quitó que tuvo que mudarse y cortar relaciones con mucha gente clave de su importante circulo social. Igual que sus hijos hicieron, después de repudiarla, no dudo que haya rearmado todas sus farsas en Santa Cruz, que fue donde se mudó, pero nunca debió de ser lo mismo para ella hacerlo vieja, cornuda y divorciada a ser la señora perfecta de antes, esa con el marido que proveía y una familia ejemplar. Una hora después de la fechoría ya me sentía vacío, un tanto arrepentido pero todavía satisfecho. De menos le quité la facilidad a sus farsas e hipocresías, que sigue siendo poco considerando cuánto me costó todo esto. Por lo que sé nunca se volvió a casar y solo una de sus hijas le perdonó las infidelidades del padre. No los culpo, ni creo que lo haya hecho ella, después de todo habían sido criados en el cautiverio de esa hipocresía de la familia ejemplar. Yo mismo reflexioné y concluí que probablemente ellos no entendían la gravedad de sus acciones, justificadas por la creencia de pertenecer a la funcionalidad de esa dichosa familia ejemplar. Y, antes de la segunda sorpresa, entendí que mi mística había sido el odio y que ahora necesitaba ver la realidad.

¿Qué es lo peor de la verdad? Algunos piensan que su inevitabilidad pero olvidan al olvido, precisamente. Si la mentira tiene patas cortas, la verdad apenas camina con lo largo de las suyas. Y es justo por esa notoriedad histriónica que tiene la verdad, que lo peor es ser el último en notarla, en enterarse de ella y todas sus implicaciones. ¿Qué clase de simpatía es esa de cortarse las venas en una bañera? Te vas a morir, ya qué importa que alguien tenga que limpiar, total que no será tu problema y si decidiste abandonar este mundo es porque te recontra cagas en el alma y las opiniones de los demás. Lo que los suicidas no saben, o prefieren ignorar, es que una vez que se van de este mundo sus opiniones, sus deseos, sus preferencias se van a la mierda, se pierden en lo que los deudos necesitan. Los vivos siempre son el problema, son los que imponen sus caprichos internos disfrazados del “así lo hubiera querido el difunto”. Es una forma de lidiar con la pérdida de alguien y la consciencia de la muerte, pero eso no le quita lo hipócrita. Por eso los suicidas no deberían tener atenciones como cortarse las venas en una tina para que el agua se mezcle con la sangre ¿piensan que será más fácil, más cómodo? ¿Cómodo para quién, entonces? El muerto siempre estará cómodo, ya no hay nada ni nadie que lo pueda molestar y lo suyo será esa región innombrable que ninguno nosotros conoce pero que la mística nos ayuda a soportar. De seguro Alicia mostró señales que yo no noté, lo cierto es que elegí creerme la farsa de su sonrisa para mejor calmar esta sed de revancha que más se parecía a una indigestión de ego y autodestrucción. Nunca le pude decir lo mucho que me vivificó y jamás lamenté tanto no haber podido vivificar a una muerta en vida. Subestimamos, o sobrestimamos también, a las personas en base a nuestras conveniencias. Queremos la entrega absoluta hasta que la obtenemos y cuando lo hacemos nos gana el terror a que la plenitud sea más jodida que el vacío. “Qué cosa más pesada debe ser vivir el infinito” me puso en un papel que encontré a lado de su cuerpo inerte y desnudo en la tina. La sonrisa revanchista desapareció en un mar de lágrimas y lamentos, no me atreví a sacarla del agua roja y, siempre con la nota en la mano, me fui a recorrer cada cuarto para rastrear los últimos pasos de la reciente muertita que se pasaba en calidad de zombie al más allá. En la cocina faltaba el trozo de pizza que guardé para celebrar, en su cuarto estaba todo ordenado y empacado con la precisión de quien sabe que no volverá, en la sala habían muchos pañuelos usados y los borradores de la nota que al final me dejó.

Entre lectura y lectura fui comprendiendo que Alicia hacía rato que tenía planeado marcharse y que mi supuesta vivificación no fue más que una última distracción que se permitió antes de matarse. La nota era muy corta pero todo se compensó con el exceso de confesiones que fui encontrando en cada borrador y en su diario, que forcé cuando despuntaba el alba y mis ojos ya no podían llorar más. Así fue que me enteré que su madre se había matado hacía un mes y con ella se había llevado a la hija más pequeña en un suicidio brutal y hasta repugnante que Alicia tuvo que soportar mientras yo la arrastraba a fiestas de gente estúpida solo para darme la chance de una revancha tan tonta como fútil. En su nota de despedida, la madre parecía segura de que Alicia nunca volvería al seno de una familia desgraciada, a la que el sufrimiento se quería llevar al otro lado a toda costa y no encontró mejor salida que liberarla de la desgracia con el sacrificio doble que “calmaría la sed de este Dios cruel, hija mía”. Los misticismos sostienen verdades y mentiras, pero que tan cierto sea algo no le quita lo mortífero. Mientras yo creía ciegamente en la revancha, la madre de Alicia se consolaba con la idea del sacrificio, por lo que pude enterarme después la señora no estaba en sus cabales pero tampoco nadie se ocupó de auxiliarla, ni internarla, nadie pensó en la niña, todos se encerraron a lidiar con lo que había pasado en soledad. Alicia no se perdonaba haber creído que su distancia le hacía bien a su madre y hermana, cuando lo cierto es que estaba movida por motivos egoístas. De haberla encontrado viva le habría dicho que no era del todo su culpa, que ella también necesitaba recuperarse en soledad y que su único pecado fue tardarse en animarse a buscarlas, a dejar de ver lo que ella quería y enfrentar la realidad. Como yo, que me arrepentía de eso mismo y le expresaba, tarde y motivado por una reveladora entrada en su diario, que yo también la quería, que hasta la amaba, y que yo también lo había descubierto la misma noche que  Fátima entró en juego con esa su presencia karmática que tanto terminó por marcar. ¿Quién sospecha de los ingenuos? Peor aún ¿quién se imagina que lo que lo joderá no será la astucia sino la mera ingenuidad? Ya no pude volver a ver a Fátima, no sé que habrá sido de ella, pero sospecho que sufrió y volvió a ser linda y finita, de seguro se casó con algún Florian que la condenará al destino al que se condenó Carmen. O no sé, estoy consciente que nada fue su culpa pero disfruto un poco esos pensamientos de ave de mal agüero. Si yo, señoras y señores, caí por engolosinarme de mi olfato revanchista y distraerme en estas ganas de vivificar, lo mejor que podía hacer tras tantas tragedias era aceptarme como el cuervo que soy y que siempre seré.

Cuando volví al baño recién noté que sonaba un disco de NERD en la radio que compramos para escuchar mientras nos duchábamos. A Alicia le fascinaba Pharrell, le encantaba que fuera tan feíto y atípico y aun así estuviera tan cómodo en su propia piel, como para hacerte querer bailar esos sus temas sexistas y plagiados. Solía pasarse horas vanagloriándolo a la par que le lanzaba esos insultos sutiles y venenosos de fan resentida e indignada. Se ponía intensa y así se veía sexy, le decía yo y la comparaba con Alesha Dixon en el video de She Wants to Move y ella se reía a carcajadas, se ponía un vestido corto e imitaba el baile de la actriz. Lo hacía muy mal pero igual a mi me encantaba verla feliz en ese baile que era aborto de sensualidad. “Lo que más recordamos de She Wants to Move no es tanto a Pharrell siendo tan peculiar, sino a Alesha Dixon probándose a la altura de diosa, una mera ninfa del baile y la sensualidad y la actitud” le decía mientras le robaba besos a sus cachetes, a su frente, a sus manos y hasta sus hombros, pero nunca en la boca, ni en los labios, jamás un beso donde hubiera contado para ver si nuestro romance la convencía de quedarse un rato más o terminaba de indicarle que ya era su hora de partir. Que al final eso pasó, pero sin darme a mí la chance de convencerla, sin que pudiese recuperar las oportunidades perdidas para vivificarla, estancado para siempre en el gris de las cosas, con preguntas que ya no serían contestadas y con ganas de desnudarme y unirme a ella en esa bañera en la que también podía dejar mi sangre para que quien fuera que limpiase la escena del crimen no lo pasara tan mal. “¿Y eso a mi qué me importa?” me dije entre llantos y miré distraídamente el dorso de la nota donde noté que estaba escrita otra frase que antes no leí. “¿Qué pasa, cuervo? Siga volando que afuera hay mucha carroña para que puedas penetrar”. Y lloré, claro. Chillar sería más apropiada palabra para ese momento de mierda en que abandonaba la anestesia emocional y permitía al dolor fluir en ese peculiar adiós a mis muertos. Dejé la nota a un lado, llamé a la policía y me metí a la bañera para darle un incómodo último abrazo a mi entrañable suicida, mi cómplice perfecta, un abrazo más para mis morbos mortales que para intentar robársela a la eternidad.

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Sinfonía

Publicado: noviembre 12, 2015 en Cuentos
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Nada resonaba en los vastos parajes del barrio. Las casas iluminadas se perdían en el anonimato y coloreaban la azul noche con tonos naranjas y amarillos que buscaban competir con la luz blanca de la luna. La más brillante de las edificaciones era la de la estación de policía, enorme, poco poblada, inútil fuera del simbolismo que infundía cierto respeto en aquellos que surcaban esas calles bajo la ley de la sangre derramada en conflictos pueriles, o no tanto, en que navajas y mariposas cortaban el aire y desangraban a víctimas que iban a parar al hospital cercano, separado de la comisaría solo por una cancha y un pequeño parque, en la empinada calle nombrada en honor a una patriota olvidada y conocida como Mercedes, en un barrio alejado de esta ciudad. Tenía fama el barrio, de peligroso, de terrible, de tantas cosas que a los vecinos, protegidos por la belleza de lo cotidiano, los traía sin cuidado ni sorpresa. La calle Mercedes descansaba tranquila durante aquella noche calurosa de sábado.

De repente un sonido hizo eco en las despobladas cuadras, un sonido un tanto agudo que se originó en la calle Mercedes pero que fue escuchado en todo el barrio, aun si no por todos sus habitantes. Era un grito. Un gritito, mejor dicho. Agudo, jadeante, penetrante a tal punto que cualquiera habría esperado que alguna ventana se viese oscurecida por la súbita aparición de la sombra de un curioso intentando otear la noche. Pero fue solo un instante antes de que el silencio reanudase su acostumbrada calma, con la diferencia de que ahora los habitantes de la calle Mercedes lo sentían diferente. Casi como si ya no fuese un continuo constante y ahora estuviese interrumpido, contaminado, por respiraciones entrecortadas que se unían al canto de los grillos y el zumbar de los postes de luz. Nadie interrumpió su cotidianeidad, pero mantuvieron los oídos atentos allá donde los ojos no se atrevían, en cada casa la gente intranquila dejaba las conversaciones y se sumían en un caprichoso mutismo, como intentando evocar un ejemplo que la calle debía seguir ¿quién osaba mancillar la paz de la noche?

Los grititos comenzaron a sonar con mayor frecuencia. Al principio venían irregulares, desordenados, algunos se habrían atrevido a decir inseguros, como si su origen no estuviese bien definido, como un grito continuo escuchado en parpadeos. Entonces las duraciones se alargaron y con ellas cambiaron los tonos, los ritmos, los tiempos de los grititos y a ellos se sumó un jadeo más pesado, más ansioso que complacido, más suave que los sonidos agudos que cada casa escuchaba con terrorífica nitidez esperando que nada más ocurriese, que por favor los culpables se callasen y así volver a la vida, volver a la espera de que algo pase, sentarse frente al televisor y ver cualquier basura ruidosa y ya. Pero a los gritos y al jadeo se sumó una estruendosa seguidilla de roces que los oídos creyeron identificar como una piel chocando con otra, como telas cayendo al concreto, dedos pasando apurados por vellos para hundirse y causar ese sonido húmedo que estremeció a las señoras, quienes se persignaron apresuradamente y cerraron los ojos para ya no escuchar. El escándalo no era novedoso, los ruidos tampoco, la gente crecía intentando ignorar esos sonidos cuando aparecían y aquella costumbre había pasado por generaciones enteras dedicadas a respetar el silencio de la noche por mucho ruido que escuchasen. Pero aquella ocasión algo estaba mal en todo ello ¿dónde estaban los sonidos habituales? ¿No era deber de la policía velar por la paz y el silencio del barrio? La comisaría estaba anormalmente silente. La calle, no, el barrio entero estaba tan acostumbrado al ruido infernal de la policía que, en sus mentes, lo tuvieron que transformar en silencio. Lo que inició como disonante era, ahora, común y no hacía mucho que descubrieron que ya no tenían que hacer ningún esfuerzo mental para ahogar las risas funestas, las bromas pesadas, las ordenes ricas en microscópicos escupitajos que se asentaban en la piel de subordinados aterrorizados que, poco a poco, se transformaban en eso que tenían que odiar. Ahora, sin embargo, ni siquiera eso, lo cual hizo pensar que ellos también escuchaban atentos, que sabían que algo pasaba cerca de ellos, una cuadra más debajo de ellos inclusive. No podían no saberlo, todos lo escuchaban, todos estaban atentos al roce pieles, a los toques apresurados, a los ropajes siendo arrancados, los sonidos de los movimientos invasivos que ocasionaban los grititos y el jadeo y ¿los besos? ¿las risas? ¿Qué estaba pasando?

El silencio volvió pero no tardó en ser interrumpido por susurros que una voz suave profería con angustia y que una voz más gruesa, que no se molestaba en susurrar, callaba con algo que sonaba a una bizarra combinación de dulzura e impaciencia. Pero los susurros insistían, cada vez menos tensos, cada vez más sonrientes, hasta que el sonido de pequeños besos fueron ocupando el ambiente y pronto volvieron los jadeos, los grititos, los toques húmedos, el roce de pieles y otros nuevos sonidos fueron apareciendo. Primero el viento trajo el rumor de un golpe seco contra el concreto, luego con su silbido frío le dio una agradable armonía a la curiosa canción de dos cuerpos rodando por la acera. Fue entonces que los roces fueron creciendo, los grititos cesaron y a los jadeos se sumaron otros jadeos más ansiosos, como adoloridos pero anhelantes y la calle entera cerró los ojos para escuchar mejor. Esos eran definitivamente besos, esas por supuesto que eran caricias, aquello ¿era o no era? Los habitantes de la calle Mercedes estaban confundidos, no porque desconociesen aquellos ruidos sino que algo novedoso en ellos les arrebataba la calma de lo conocido y los sumía en el terror de algo que parecía novedoso. Entonces volvió el gritito pero esta vez ya no era suave, ni entrecortado, ahora era fuerte, hermoso, cortado solo por pequeñas pausas que se daba la voz para respirar. Los jadeos, en cambio, bajaron su frecuencia pero se hicieron más potentes, compitiendo por el protagonismo entre tanto sonido en el silencio de la noche.

La calle Mercedes escuchó todo y solo algunos se animaron a utilizar el olfato para confirmar qué sucedía gracias a ese olor tan peculiar, ese aroma que los románticos insistían en rememorar con demasiado goce pero no detectaron el olor de moretones, ni golpes. Sí captaron sudor, alcohol, saliva y tantos otros fluidos conocidos para sus narices que jugaban a una especie de tula con un perfume que olía a sandía y un desodorante lima-limón. Mientras tanto la sinfonía creció, su armonía llegó al barrio entero, muchísimos más ojos se cerraron, ya no tanto para seguir la rutina de ignorar lo que usualmente pasaba cerca a la comisaría, como para no perderse detalle de esa canción que la novedad les traía, preguntándose qué clase de almas foráneas podían animarse a traer aquella composición escandalosa a un escenario tan público y habituado a canciones más violentas y sangrientas. Por un rato el barrio enteró calló ante el volumen de la sinfonía y, con las caras coloradas, con los ojos en el suelo, los habitantes de las casas optaron por hacer lo que siempre hacían y no dijeron ni hicieron nada, esta vez azotados por un pudor que intentaba esconder los deseos que aquellos ruidos les evocaban, estáticos en la última actividad en que aquellos sonidos los habían pillado. Y esperaron, silentes, a que todo terminase en esa conclusión abrupta, aliviadora, esa peculiar mezcla simultánea de jadeos, gritos, chorros, besos, palabras, sudor cayendo contra la piel, contra el concreto, dedos recorriendo kilómetros de lo que sonaba como una larga y sedosa cabellera, la distensión de la piel, el suspiro que terminaba con los jadeos, los botones siendo abrochados, la incomodidad rota con un besito que fue extendiéndose hasta hacerse un beso de esos que escuchas en las películas. Un taxi siendo detenido, una puerta cerrándose y ocultando el rumor de un par de voces que hablaban como si se les permitiera hablar en voz alta, el silencio retornando pero todavía incomodo, todavía sorprendido de haber sido mancillado de esa manera hasta que la comisaría volvió a sus ruidos habituales y solo así pudieron las casas volver a estar en paz.

Yesenia abrazada de la jirafa púrpura esconde el escote, y con una enorme mochila caqui la forma de sus piernas tras la calza y la falda. El extraño de pelo largo la mira desde los asientos de enfrente. Es obvio. Demasiado. La mira sin vergüenza, se la come con los ojos, mueve incómodo la entrepierna cada que se reacomoda en el asiento. Yesenia escucha a su madre parlotear algo acerca su hermanita y de fondo la lengua incompresible de las informaciones de aeropuerto proclama algo que a ella no le incumbe. El clima está templado y agradable. No hay mucha gente alrededor. Solo un par de ancianos, un gringo que esconde su obvia calvicie y que mira a una fea de cuerpazo que, notoriamente, resiente a Yesenia las miradas robadas. Hay, además, un par de niños con su agotada madre que parece querer dormir. Y él, claro. El extraño de pelo largo y ojos grandes.

Yesenia detesta la manera en que la mira. Como hambriento y desesperado. Fijo y sin distraerse. Su madre no lo nota. Ella sigue dale que dale con hablar de Roxanita. Pinche feta malcriada. Se larga de vacaciones con su tía y retorna embarazada ¡Con qué cara llegaría la tonta! Ya su madre no mostraba huella alguna de todo el llanto que ella se había tenido que tragar. Demasiado bien sabía que Roxanita no tendría que ver a su mamá llorar y algo en ello le sonaba injusto. Revisó la pantalla de vuelos a su izquierda. Obvio. Roxanita, también en eso, se retrasaba.

La chica del cuerpazo se pasea por ahí. Meneándose como loca la muy culisuelta. Habla por el celular meneándose. De aquí a allá meneándose. Delante del gringo meneándose. Pero el extraño ni la mira. Sigue fijo en Yesenia.

– Perra – se le escapa.

– ¡Hija! ¿Cómo se te ocurre? Es tu hermana – alcanza a escuchar.

– No mamá. No la Rox. – responde señalando con la cabeza a la culisuelta.

– Hija, tenemos que apoyar a tu hermana, tenemos que… – la ignora su madre. Yesenia reflexiona. Aquel “tenemos” lo venía escuchando desde que Roxana había nacido. Desde beba que la malcriada se las arreglaba para desacomodar su vida. “Tú serás 12 años mayor así que debes cuidarla mucho” le dijeron con el tono con que se sentencia de muerte a un adolescente. Así perdió el cuarto, la ropa, las muñecas, los cariños, los tíos, las primas. Todo. “Yessy, la beba lo necesita.”, “hija, tu hermana también vive en esta casa.”, frases derivadas que poblaron su adolescencia y que ahora las escuchaba retumbar en su cabeza mientras su madre seguía con la perorata y el extraño de pelo largo continuaba mirándola a ella. Solo a ella.

“¿Será que me vine muy provocativa?” teoriza Yesenia poniendo a un lado la mochila y el peluche, dejando respirar aquel amplio y generoso escote que dejaba entrever sus maravillosos senos. “Ahora a la Rox le crecerán” pensó decepcionada, o quizá asustada de verse superada. Revisa su falda negra y corta adornada por encajes que le dan estilo a la apretada calza púrpura que se puso y se pregunta si el extraño de pelo largo es de esos que se excitan con algo tan chontano ¿O sería que aquel extraño miraba su cabello por aquel rojo claro que teñía el castaño del cuelllo para abajo? ¿O sus ojos, su nariz, sus labios, mucha pintura tal vez, o poca en todo caso? ¿Era por las botas? ¿Los aretes? ¿Qué mierdas veía el pervertido ese con tanta fijación?

Los niños armaban tremenda bahatola y los ancianos los miraban enojados. Yesenia no tenía calor pero sudaba. Sobretodo en el pecho y los piercings. Por un rato, mientras miraba a todas partes, se dedicó a sentirse avergonzada de su posible olor hasta que reparó en que el extraño de pelo largo estaba muy lejos como para olerla. Rió. Y meneó el pelo mientras lo hacía. Se avergonzó ¿Por qué tenía que hacerse a la sexy?

Entonces sucedió. Fue un golpe tremendo e inesperado, un miedo angustiante apretándole el pecho, dilatando sus pupilas, erectando sus pezones y creando un compás jazzero con sus latidos. El extraño se levantó y caminó hacia ella. Apurado, indiscreto, sediento fue acercándose y Yesenia paralizada ya ni pensó en Roxana o su madre. Solo en ese maldito acercándose tan seguro de sí. Sin saber si temía que el tipo ese la besara o la violara, o si es que lo que más temía era admitir que quería que el tipo la arrancase de su vida, la alejara de la realidad y la sumergiera en una fantasia sexual donde el olvido es un deliquio permanente, donde el placer no da paso al pensamiento y los cuerpos sudados y desnudos son un estado natural. Por eso no quiso aceptar que la ignorara por ver la pantalla de las llegadas y salidas de los aviones. No quiso tolerar que el desgraciado regresara campante a su asiento y hasta se atreviera a conversar con el gringo obviamente calvo mirando en dirección de la culisuelta. Mamá aun hablaba, Roxana no llegaba, los niños gritaban y la culisuelta se meneaba por aquí y por allá, por aquí y por allá y por aquí y por allá como si fuera la reina de algo tan vulgar como un cuerpo operado y vistoso. Yesenia miró su natural ampulosidad de sus senos, que caían un poco por su amplitud, y los comparó con aquel par de melones perfectos y esféricos de la culisuelta, que, de paso, parecía tener una cola con forma de manzana y cuya cara de seguro era muy distinta a la que tenía desde niña, ni así logrando verse medianamente decente. Abrazó, rabiosa, el peluche de jirafa púrpura que había comprado para regalar a su hermanita ¿Por qué podía la culisuelta menearse con semejante esperpento falso y artificial, cuando ella misma era toda una mezcla de redondeces que los hombres anhelaban probar? ¿Quién era ese extraño de pelo largo para dejar de verla luego de haber sido tan intenso con su manera de cosificarla con la mirada?

Cruzó las piernas. Mordió a la jirafa púrpura y le chupó el hocico mientras la alejaba de sí lentamente y mirando al vacío. Yesenia actuaba de puro reflejo mientras en su mente se arremolinaban imágenes variadas. Recuerdos, alegrías, rencores y frustraciones se mezclaban en un coctel que la emborrachaba. Se acomodó el corpiño y pasó los dedos por su pelo. Cerró los ojos y puso una mano encima su cabeza y la otra en el cuello. Y acarició. Lo hizo como por accidente, sin nunca abrir los ojos, ansiosa de saber si era observada, bajando un poco y deteniéndose en esa raja amplia y profunda de su pecho, sintiendo que a sus bultos le crecían un par de bultitos que gritaban por debajo de su delgada blusa ploma para hacerse notar. Cerró los ojos con más fuerza y murmuró algo como “por favor” al notar chillidos histéricos de su madre a lado. “habrá llegado la Rox” se dijo mientras una mano apretaba a la jirafa púrpura y la otra dejaba de demorarse en los senos para pasar al estómago y ahí tardarse cuanto pudiese en el ombligo y el piercing hasta que los zarandeos de su madre la fuerzan a abrir los ojos.

Los niños están quietos. Los ancianos cardiacos. La culisuelta fruncida. El gringo calvo divido entre la excitación y el escándalo. Su madre grita, levanta el nombre de Dios y se pregunta por qué esas hijas le tocaban a ella. Pero el extraño de pelo largo no parece reprochar nada. Él la mira con intensidad, con las manos crispadas, resoplando y con expresión de sorprendido, quizá maravillado, probablemente asustado. Ella lo mira fijamente y confirma que en los ojos del extraño de pelo largo se refleja la lujuria más pura, el deseo más profundo, el terror más abominable y entonces llega Rox y el culmen de todo acontece cuando la madre la ignora. Yesenia sonríe, abraza a su hermana, le entrega su jirafita, le anuncia que ya no es niña, le da la mano y se alejan en paz, haciendo oídos sordos de las quejas maternas, del murmullo de los ancianos, del sonido de la confusión de los niños y los pantalones apretados de gringos y extraños de pelo largo. Se alejan sin nunca mirar atrás

 

– Mira a tu cuerpo –

Una marioneta pintada, un pobre juguete

De partes unidas listas para colapsar,

Una cosa sufriente y enferma

Con la cabeza llena de falsos imaginarios

La Dhammapada

Las hermanas Escobar y yo teníamos mucha historia entre nosotros cuando tocaron mi timbre aquella mañana de invierno. Estaba yo totalmente cansado y asqueado de los excesos de la noche previa, así que el retumbar infernal del timbre me despertó de un profundo letargo que solo abandoné por la insistencia del repiqueteo de la campana. Cuando abrí la puerta me las encontré, de repente, frente a mí tras un año y medio que no sabía nada sobre ellas. Quedé totalmente petrificado al encontrarlas tan sanas, tan hermosas, como si la vida se hubiese encargado de sonreírles y sonreírles en aquel tiempo que pasamos separados. Las envidié, pues en mí se mostraban pruebas de todo lo contrario, cualquier observador ajeno a nuestra historia se habría preguntado qué hacían aquellos preciosos ángeles hablando con ese roñoso y destrozado intento de hombre. Lo admito, estaba demacrado, estresado, fuera de forma, deprimido y siempre intoxicado, mientras que ellas parecían rubicundas, alegres, tan preciosas como las más finas modelos famosas, incluso tenían un aire de contagioso bienestar que no tardó en molestarme. Me saludaron con cariño, me dieron abrazos cuya sinceridad me asqueó en un principio pero que, poco a poco, fueron quebrándome hasta que me encontré a mi mismo confortado como crío en el refugio del abrazo de ambas, con los ojos secos y furiosos, pero aun así disfrutando del abrazo de las hermanas.

Durante el abrazo las recordé como no las recordaba desde que sus abandonos en mi vida iniciaron. Mi mente viajó en el tiempo sin que yo pudiera evitarlo y, pronto, me encontré a mi mismo pensando en el tiempo en que las conocí, cuando aun íbamos a la escuela y estábamos en séptimo básico. Era la tercera vez que me enamoraba en toda mi vida. La escogida fue Martha, dos años menor que yo, un año menor que su hermana Raquel. Martha captó mi atención, primero, por su belleza innegable, acompañada de sus ojos cafés hipnotizantes, además de su trato fácil y agradable; años más tarde me seguiría enamorando, esta vez con su aspecto inocentón que salpimentaba la sensualidad de sus piernas y sus pechos, además de esos ojos tan grandes y redondos que gritaban ternura con un brillo peligroso y seductor que la disfrazaba de víctima y disimulaba su malicia. Raquel, su hermana, era más sensual, era un remolino de lujuria latente que inquietaba hasta al más cauto, sus ojos eran achinados en comparación a los redondos perfectos que eran los ojos de su hermana, pero eso solo le daba un aire más críptico a sus miradas penetrantes, miradas que yo disfrutaba mucho y a las que me sometía en largos diálogos que solo trataban de mi amor platónico por su hermana. Eran temporadas divertidas, aquellas de colegio, temporadas fáciles y llenas de dicha en que solo tenía que preocuparme de mi mudez ante Martha y disfrutar de mi estrecha amistad con Raquel. Para resumirlo en una palabra: cómodo. Era total y absolutamente cómodo estar así, atrapado en un amor imposible al que nunca podría tener, siendo consolado por otro amor imposible del cual ni yo era consciente.

Ese fue el antecedente, una infancia incómoda que solo cobraba sentido cuando olía, en la sana distancia, el perfume de Martha mientras las manos de Raquel acariciaban mi rosto. Todas esas tardes en casa de las Escobar riendo y jugando, dichoso de ser el centro de las atenciones de ambas hermanas, como si fuéramos ya un triangulo amoroso, aun en la tierna infancia. Luego vendría una adolescencia tumultuosa, totalmente rendida a los encantos florecientes de las Escobar, que cada día se parecían más a las leyendas de belleza que leía en los libros de ficción que poblaron aquella etapa de mi vida. Disfruté mucho de sus atenciones durante toda mi adolescencia, eran mías y solo mías, por más que sus atenciones nunca habían derivado en aquellos sentimientos románticos que yo tanto ansiaba.

Tras ello, ya cumplidos los dieciocho, desaparecieron de mi historia por un tiempo, temporada que aproveché para vivir. Lo recuerdo como si fuera reciente, pues el primer día sin las Escobar en mí vida fue triste, lleno de lamentos por su forzada partida, obligadas a morar en otro país, tan lejos del mío que cuando me lo anunciaron, lo primero que pensé fue que no las volvería a ver nunca jamás. Días pasaron antes de que pudiese digerirlo, mas cuando lo hice empecé a sentirme aliviado, como consciente de una cadena que me tenía atrapado a ellas y que con ellas lejos cesaba de existir. Fue así que caí en los vicios. Suena a una cobarde justificación y lo más probable es que lo sea. La ausencia de las hermanas me reveló un vacío dentro de mí que solo los vicios me ayudaban a olvidar, un vacío que me empujaba cada vez más lejos en los caminos más tumultuosos y malsanos, pues solo en esa miseria podía yo dejar atrás los hermosos días de antaño. Me había convertido en un parásito que chupaba vitalidad de los demás para mantener su patético intento de vida vigente Admitiré que no lo recuerdo con arrepentimiento, las memorias de esos días no me ruborizan en lo más mínimo, por mucho que cometí actos innombrables. Todo fue en aras de la diversión, de la juventud y la irresponsabilidad, todo fue para poder un día decir que yo había vivido como nadie, que había disfrutado de los excesos cuando el cuerpo aun era joven. Según Raquel eso me hacía un viejo atrapado en un cuerpo juvenil, pero en esos tiempos no estaba Raquel para recordármelo. Durante esos años, el perfume de Martha y el toque de Raquel no eran más que pueriles e inocentes recuerdos de una época mejor, una mucho más feliz y sencilla.

Volvieron a mi vida cuando recién daba yo mis primeros pasos en el mundo de los adultos. Me aterrorizaba la perspectiva de pagar por mis propias necesidades y eso cortó todos mis vicios con una efectividad que ningún duodécimo paso podría haber logrado. Dejé de ser el parásito vicioso y, en adelante, tuve que concentrarme en ignorar la voz caótica detrás de mi cabeza que me invitaba al desorden. Aprendí a callarla para poder hacerme un androide más del sistema, otro esclavo de la rutina que deja de tener aventuras y las cambia por un ambiente tranquilo, donde el miedo se traslada de los finales a los inicios y donde la inercia es la única amenaza a lo más preciado que tenemos los androides: la conformidad con el estancamiento. Era miserable, de verdad miserable, en aquella no tan lejana época, tenía que pelear cada día contra las tentaciones más ruines y triunfar si quería sobrevivir en el mundo de los autómatas, un mundo que hedía a engranajes triturando los cuerpos de los trabajadores para seguir lubricados con la sangre y el sufrimiento de estos. Quizá lo pinto exageradamente, pero lo hago porque fue así como lo viví en su momento. Fue esa dificultad de resistir las tentaciones la que forjó la dureza de mis modos y el silencio con que manifestaba mi conformismo. Creo, firmemente, que estaba en camino a convertirme en un ser despreciable, de aquellos que consideran al mundo inocente y a la gente buena, esos caprichosos cobardes que derraman lágrimas ante la primera manifestación del azar, o de la malicia del mundo. Ahora me da un poco de gusto verme como soy hoy, sin hallar culpa cuando analizo las cosas que hago para sobrevivir, para mantener viva mi sangre.

En esta época de androide recibí un llamado telefónico de un número desconocido. Fue peculiar porque al agarrar el celular me sentí extraño, y cuando al otro lado escuché la voz de Martha me sentí completamente fuera de mí, como si la imposibilidad se diese la contra a sí misma y se manifestase para mis oídos. Creo que habría esperado una llamada de Raquel, creo que hasta la iba ansiando desde el día de nuestra separación, más seguro de la amistad que tenía con ella que de las ínfulas amorosas que tuve con su hermana, por ello resultó aun más bizarro que fuera la voz de Martha la que me buscaba y me pedía un encuentro, una cita, un café. Lo que sea con tal de volver a contemplarnos.

Acepté, en medio del más profundo y desesperante terror acepté. No sé qué me asustaba tanto, no sé qué fue lo que me llevó a temblar cada vez que recordaba la cita que tendría en unos días. Pudo ser la antelación, la emoción de la reunión posiblemente, pero creo que hubo un oscuro presagio para quien era yo en ese entonces, como si un recóndito y misterioso resabio de magia me anunciara que aquel encuentro con Martha sería algo fuera de lugar, un reencuentro muy esperado en que todos los anhelos pasados serían cumplidos, por fin.

Previsiblemente no fue así. Martha me trató con cariño, con infinita ternura me hablaba y me contaba de su vida, de todo lo que había hecho desde que habíamos dejado de vernos, lo hizo con terrible detalle, lo cual me permitió inferir no solo los pormenores de su historia, sino los de su hermana y toda su familia también. La vida no había sido del todo amable con los Escobar, tenían fortuna económica, sí, pero a cambio la salud de los padres se precipitaba al abismo final, la muerte los esperaba en forma de tumores malignos inoperables que lentamente trasladaban a los señores Escobar más allá del alcance de sus hijas. A la par, Raquel había desaparecido en una sucesión de novios infieles que los padres miraban con malos ojos, pero Raquel parecía no querer parar, parecía no entender todo el sufrimiento que a sus padres traían sus ires y venires por las vidas de tipos que no la merecían. Ahí intuí el motivo por el que había sido convocado y Martha me lo confirmó minutos después, cuando me pidió que la ayudara a convencer a su hermana de calmarse un poco, aunque fuese por un rato para darles una tregua a sus enfermos padres. Yo no supe qué responder, no sabía cómo hablar de eso con Raquel, a quién, además, no veía hacía años, pero Martha ya lo tenía todo planeado, según ella solo tenía que volver a su vida para que ella encontrase, nuevamente, el camino adecuado. Fue así que volví a ver cada día a las hermanas Escobar.

¿Qué puedo decir de esa temporada? Llegaba por la noche, me recibía Raquel con una sonrisa muy amplia y me daba abrazos mientras Martha preparaba algo de comer, entonces nos echábamos a ver televisión sin verla, más concentrados en amenas charlas que me dejaban completamente sonriente. Fue una época alegre, eufórica mejor dicho. Me reencontré con los días de mi niñez al acompañar a Martha y Raquel cada minuto que podía. Las dos vivían juntas en un apartamento minúsculo, en el centro de la ciudad, al cual me trasladaba después de enfrentar mi agotadora jornada laboral. Llegaba a la puerta de ese apartamento con los ojos casi cerrados del cansancio, con el humor por los suelos debido a los inevitables choques con jefes o compañeros de trabajo, fatigado por las exigencias que la rutina imponía en mi vida, manejándola como le daba la regalada gana, sin consideración a mis proyectos y anhelos, perdidos ya en el remolino de mantener vivo mi vicioso consumismo con el que construía el hogar perfecto, equipado con los mejores muebles, los ornamentos más caros e inútiles que podía encontrar, esclavizado a hipotecas, cuotas, deudas y todos esos tormentos. Admito que tras todas esas jornadas agotadoras para ganarme el dinero que pagaría mis deudas, llegaba desganado y dispuesto a irme tras media hora de visita. Siempre me decía eso a mí mismo: “media hora y me largo que tengo mucho que hacer mañana” pero me quedaba, hasta bien entrada la madrugada me quedaba con ellas y reíamos y comíamos, bebíamos a veces, era un espacio donde hasta un androide como yo podía sentirse menos maquina y más humano, un lugar donde dejaba de preguntarme por qué necesitaba, un solitario como yo, el paquete de la casa, los muebles, los ornamentos cuando no tenía ni perro que me ladre. Me concentraba en reír, en disfrutar de la compañía de las hermanas que consolaban mis dudas y me daban ánimos para volver al trabajo a cumplir mis jornadas laborales y ganar el sustento, pagar mis deudas, ahorrarme dinero, ser un androide feliz y conforme.

Todo eso terminó un día en que antes de llegar al apartamento de las Escobar me encontré con Martha esperándome en la esquina de su cuadra. Me miró con una determinación que abrumó mis sentidos y confundió mis pensamientos durante un breve instante en que no pude respirar, me pidió que por favor esa noche no fuera a su casa pero que al día siguiente me pasase por ahí para visitarlas en el transcurso de la tarde. “No puedo” le dije “tú sabes muy bien que trabajo” agregué angustiado ¿por qué me negaba mi refugio nocturno? ¿Dónde curaría mi angustia laboral si no era en la relajada felicidad de pasarla bien con las Escobar? Pero ella me insistió delicadamente, hasta el punto en que mi terquedad cedió y le juré que al día siguiente acudiría a su llamado.

Tuve que reportarme enfermo aquella misma mañana, mandando una nota médica del puño y letra de un amigo galeno, al cual terminé debiendo un par de complicados favores de los cuales no quiero hablar en este momento. Sin embargo logré presentarme en el departamento de las Escobar ni bien el reloj dio las dos de la tarde. Dentro pensé que encontraría a ambas hermanas, así que grande fue mi sorpresa cuando solo me encontré con Martha. La tarde fue incómoda, no podía entender porqué pero sí lo sentía en los huesos y en la mente, algo no cuadraba en la hermenéutica de nuestras cortesías, algo había cambiado en nuestras miradas y en la forma en que las palabras sonaban cuando eran expulsadas de nuestras mentes a través de nuestras bocas. Como si algo estuviese descolocado y no hubiese forma de especificar qué. Esto era molesto en más de un sentido, pues le quitaba el aura de santuario al hogar de las Escobar, el único lugar donde me deshacía de todas mis preocupaciones terrenales estaba siendo mancillado por aquel ambiente extraño que la actitud de Martha propiciaba.

Pero he ahí que los designios misteriosos del vacío comenzaron a obrar. Cuando ya empezaba a enfadarme por la situación, Martha rompió un silencio que venía arrastrando desde hacia media hora y me pidió que le hiciese un hijo. La sorpresa que experimenté solo puede ser medida en cifras inefables, en expresiones en mi rostro que no creo poder repetir jamás, mientras que el rostro de Martha era frío, totalmente calculador e inconmovible ante mi sorpresa. Nos enfrascamos en otro silencio, aunque lo cierto es que solo era yo el callado, abstraído en la realización de que nunca había notado la frialdad en los ojos de Martha, mientras ella me lanzaba un discurso de la cercanía de la muerte de sus padres, del deseo de darles un nieto antes del amargo final y no sé cuantas justificaciones a semejante propuesta. Admito que mi deseo por ella se remontaba a la infancia, incluso puedo confesar que más de una vez incurrí en vergonzosas prácticas onanistas con ella en mente, prácticas sazonadas por fantasías cursis e imposibles en las que ella me entregaba todo su ser y se sometía a mis deseos más sublimes, en coitos en los que, a veces, participaba también Raquel, su hermana. No me oponía a tener relaciones sexuales con ella, para nada, pero sí me inquietaba la petición de un hijo. ¿Cómo podía darle yo un hijo? ¿Acaso era posible que yo fuera capaz de engendrar a un pequeño androide que terminaría igual de atrapado en la gran maquinaria del mundo en aras de sobrevivir? ¿Qué, en el vasto mundo de Dios, podía haberle hecho pensar a esta muchacha que yo era el candidato ideal para ser padre de su primogénito?

Ninguna de estas preguntas me fueron respondidas entonces. Por enésima vez en mi vida no supe qué hacer, ni qué pensar y mientras yo callaba completamente inmóvil, Martha se desnudaba revelando las carnes que siempre había imaginado en aquellas noches adolescentes. Mas ni siquiera mi cuerpo respondía a ninguna de las órdenes de mi cerebro, estaba paralizado de terror y por eso dejé que me quitara la ropa y me eché en su cama mientras ella frotaba su piel contra la mía, dejándome completamente electrizado ante cada embate de su cuerpo rozando al mío. Y ni así pude obtener una erección, en un acto que declaro fue una completa traición al joven yo que tanto había soñado con las Escobar, seguro de que nunca las tendría, poco consciente de la traición de su yo del futuro. Ese sentimiento no ayudaba al cometido de las caricias de Martha. Sin embargo ella insistía, me susurraba muchos por favores al oído, me rogaba que le plantase mi semilla, que la hiciera mía para siempre, que ella lo venía soñando desde que éramos más jóvenes, como si estuviera hablando directamente a mi pasado, haciéndome feliz demasiado tarde. Llegó al punto de estimularme de todas las maneras posibles con sus palabras, con sus caricias, con su lengua y hasta con su sexo, no fue hasta después de horas que pudo obtener una erección mía y la aprovechó sin perder el tiempo mientras yo me quedaba inmóvil, nuevamente, y perdido en el miedo a procrear, el más arraigado temor a arrastrar una nueva vida al destino mísero de los humanos, enjaulados por la sociedad, obligados a vivir engañados por empleos mentirosos que prometen bienestar al ingenuo que los necesita, solo para encerrarlos en círculos viciosos que perpetuán la desesperanza del ciclo de la vida y la muerte. Vidas controladas por una insistente ceguera que nos protege de ver los hilos que cuelgan de nuestros cuerpos de marionetas. Tales eran mis pensamientos mientras Martha me montaba, gimiendo suavemente, estimulando mis temores con una mirada espectral que tardó mucho en desaparecer de mi vida. Tardé demasiado en acabar, pero cuando lo hice fue cuantioso y dentro ella, cumpliendo así con la petición que ella me había formulado horas antes.

Luego se echó a lado mío y se quedó dormida. No tapó su desnudez con nada, solo se durmió y me dejó a solas con mis pensamientos. Podría haberme detenido a pensar en todo lo acaecido, pude – y a toda costa evité – llorar amargamente pues, por alguna razón, eso deseaba; tenía un peso titánico en el pecho, una angustia insoportable que me lleno de pensamientos oscuros y me obligó a salir a medio vestir de aquel lugar que alguna vez había considerado mi santuario. Ni bien llegué a la calle me largué a correr como nunca he corrido en mi vida, hasta que mis ojos ardían por el contacto con el sudor y mis extremidades pedían a gritos un descanso antes de que sucumbieran y quedaran completamente destrozadas. No podía entender el origen de mi ansiedad, no lograba comprender nada en ese momento, solo sabía que vislumbraba dentro mío algo innombrable que amenazaba con cambiar la configuración de mis días, un oscuro presagio que me eliminaría poco a poco, hasta que no quedase de mí más que un mísero intento de humano, una burda imitación de vivir, y a eso se reduciría mi historia.

Así se manifestaban los miedos en mi cabeza y yo intentaba olvidarlos con el dolor de mi fatigado cuerpo. No fue hasta que tropecé y me rompí el brazo que pude dejar de gritar en mi mente y escuché una voz acusadora y angelical que me recordó que yo era un androide, que yo había sido un parásito, un mísero intento de humano que imitaba, burdamente, lo que en su achicada percepción era vivir. Me levanté con la nariz sangrante y el brazo torcido, cojeé por los callejones más oscuros de esta ciudad hasta que la voz de Raquel me llegó como si de un sueño dentro una pesadilla se tratase. Efectivamente, pude notar que ella estaba ahí cuando sequé el sudor de mis ojos y dejé entrar aire a mis desvencijados pulmones. Me pareció un milagro hermoso y terrible encontrarme con ella, captar el olor a desodorante femenino que ella siempre desprendía y que colmó todos mis sentidos en apenas segundos. No sé cómo explicarlo, pero estoy seguro de que pude tocar ese aroma, pude verlo, degustarlo y hasta escucharlo abrirse paso por el aire frío de la noche, en aquel callejón que carecía de tráfico, apenas iluminado por una luz titilante. Raquel me dio un abrazo poderoso mientras decía cosas sin sentido, mencionaba algo sobre una rastrera y me preguntaba si es que había acabado dentro su hermana; yo respondí con la verdad a esa y muchas otras preguntas que prefiero no recordar, pues delataban al autómata que soy, a la mísera simulacra de humano que he sido siempre.

Ignoro cuando fue que me puse a gritarle, tampoco recuerdo qué fue lo que me provocó tanta rabia. Solo sé que de un momento a otro me vi a mi mismo gritándole a Raquel como si ella fuese la culpable de mi cobardía, de mi miseria y mi angustia. Me abochorna confesar que hasta le di un revés en pleno rostro y me avergüenza aun más confesar que encontré placentero verla gritar de esa manera, no porque sus gritos indicaran que sufría, sino porque me pedía que continuara, lo gritaba a viva voz, parecía desquiciada y perdida en morbosas peticiones de más golpes, de muchísimo más dolor que solo mis propias manos podían darle. “Lo deseo” me repetía, “dámelo” gritaba en mi oído hasta que mis instintos más deplorables estallaron a flor de piel y, poniéndola contra la pared, arranqué sus ropas y la tuve ahí mismo, olvidado de toda vergüenza y cuidado, del riesgo mortal que implicaba haber estado dentro de otra mujer unas horas antes – nada menos que su hermana – sin protección y entrar dentro ella, también sin protección. Tuve a Raquel en aquel callejón gris que brillaba naranja intermitentemente, gracias al palpitante y magro fulgor del poste de luz, la tuve violentamente mientras el sudor volvía a cegar mis ojos y la sangre de mi nariz bañaba su espalda, primero, y su hombro y pecho izquierdo, después, hasta que ya no quedó nada de mi semilla y toda fue vertida dentro Raquel.

Cuando abrí los ojos ya era de día y estaba tirado en plena acera, con los pantalones abajo y la cara manchada por sangre seca. Por mi vida que no alcanzo a recordar en qué momento me desmayé, pero poco me importaba ese tonto detalle en aquel instante pues estaba ahogado por una profunda vergüenza que logró resquebrajar las resoluciones más intensas de mi corazón. Ni siquiera intenté asearme, o beber, o comer, volví a correr sin el menor aprecio por mi cuerpo de androide, ni la fatiga acumulada del traumático día anterior que me había tocado vivir, solo corrí al hogar de las Escobar y estuve tocando la puerta por buena parte de la mañana sin respuesta alguna. Alrededor del mediodía la frustración le ganó a mi paciencia y le di una patada a la puerta que, para mi sorpresa, se abrió con facilidad pues no estaba cerrada con llave. Dentro no me esperaba nada y por mucho que esperé un par de meses sin moverme de ese lugar, las Escobar nunca retornaron. Dejaron todas sus cosas atrás y se marcharon a donde yo no podía perseguirlas.

Huelga decir que mi primer mes ahí estuvo dominado por la culpa. Cada día me despertaba y revivía las escenas vividas con cada una de las hermanas. Por mucho tiempo lamenté mi indecisión, mis dudas, mi cobardía frente a Martha, pero luego recordaba mi violencia, mi morbosidad y el descontrol frente a Raquel y ya no sabía qué pensar. El segundo mes estuvo dominado por la rabia, pues empecé a preguntarme demasiados porqués que me mantenían en vela, que me hicieron olvidar mi programación de autómata y me permitieron dejar ir todas las angustias, transformadas en una furia asesina que no encontraba donde ser encausada. O al menos no lo encontraba hasta que, al terminar el segundo mes en casa de las Escobar, destruí el lugar con mis propias manos en un estallido tremendo y sin precedentes que dejó cicatrices en todo mi cuerpo.

Pasé el siguiente año y medio ganando el dinero justo para sobrevivir y para costear vicios, fueran los que fueran, ninguno me quedaba corto, todos esos vicios me ayudaban a dejar de lado mi pasado de autómata, olvidando que si bien ya no era uno, me había convertido en otro tipo de esclavo. Uno mucho peor pues no lograba olvidar las angustias de su pasado de androide, ni podía perdonar a quienes le habían robado la comodidad de esa vida. Tenía cuantiosos ahorros acumulados, precisamente, en esa época, pero era dinero que las Escobar me habían motivado a ganar y por lo mismo me asqueaba. No quería volver a entrar en contacto con lo ya vivido, ni siquiera con el futuro, solo deseaba olvidarlo todo y morirme en vida. Y así fue hasta que, una mañana de invierno, abrí la puerta y ahí estaban las Escobar.

No fue un encuentro grato. Tuve que recurrir a todo mi autocontrol para no vomitar, para no estallar en lágrimas de crío al verlas sentadas en mi desastrosa sala, todas serias y altivas, frías con un aura gélida que lastimó mi cabeza torturada por una resaca karmática que hacía tiempo venía durmiendo con más alcohol y narcóticos. Pero esa resaca tenía que llegar, ver a las Escobar lo hizo más claro que nunca.

Me lo explicaron todo y vaya que dolió, cada palabra que dijeron dolió como lanzas atravesando mi pútrida carne. Era todo una mentira, desde la tierna infancia hasta el último y pérfido día. Yo no era más que una apuesta entre las hermanas, una víctima de un, particularmente enfermo, juego largo, un juego que había evolucionado con el tiempo. “Empezó como apuestas de quién te hacía reír” comenzó Martha, “luego pasamos a ver quién lograba hacerte llorar, pero nunca nadie ganó esa apuesta” continuó Raquel, “el tiempo trajo diferentes retos que fuimos logrando, mantuvimos un registro de nuestros puntajes muy estricto” siguió Martha y, entre ambas, me contaron acerca muchas de sus apuestas, de esa cruel y encarnizada competición que, muy a mi pesar, encontré apasionante por el relato fiero que daban mis dos torturadoras. La noche ya teñía el cielo cuando llegaron a la apuesta final, la trampa en la que caí como idiota al creerme esa mentira infame de los padres moribundos, de la vida descontrolada de Raquel, toda una sinfonía tocada por la mejor de las sinfónicas, pero por esa noche me consolé con el hecho de que esa apuesta final, al parecer, había resultado infructuosa.

Se fueron esa misma noche. Dijeron que se marchaban del país, que Martha tenía un prometido europeo y que Raquel recorrería Asia. Naturalmente no les creí nada de nada, pero comprendí que no mentían en el hecho de que se marchaban y de que, por fin, me dejarían en paz. Entonces retornó la angustia, cuando Martha y Raquel me dieron un último beso de despedida y me anunciaron que partían sin más arrepentimiento que nunca haber logrado cumplir con la apuesta de hacerme llorar, punto que habría roto el empate en que todo había quedado.

Esa noche no dormí, acosado por pensamientos nefastos traídos por las revelaciones de aquella jornada. No lloré, no experimenté ira, no sentí absolutamente nada, como si ya no fuera ni un autómata, ni un parásito, como si por fin fuera un homúnculo sin sentimientos, creado para no reaccionar, ni indignarme, perdido en la más absoluta apatía. Y esperé. Esperé a que la madrugada pasase, vi como los cielos oscuros se fueron destiñendo hasta que alcanzaron las tonalidades grises del amanecer y el sol fue saliendo poco a poco, iluminando mis cansados ojos rojos que miraban al vacío como nunca antes lo habían hecho – directamente y sin velos – sin más mentiras que las propias que me salvaban de enloquecer, ojos desfallecientes que no parpadearon cuando el timbre sonó y no se cerraron en la media hora que esperé tras el repiqueteo de la campana. Cuando, por fin, me levante y abrí la puerta me esperaban dos pequeños paquetes que se movían y respiraban pero, milagrosamente, no lloraban.

Metí a los bebés a casa y las revisé por toda buena parte de una hora. Eran dos niñas preciosas a las que nombré en el acto, las acomodé en mi cama y las contemplé con los mismos ojos rojos que hacía poco contemplaban el vacío. Después de un rato viéndolas dormir, descubrí que sonreía como un idiota y supe que ya no era ni un androide, ni un parásito, ni un homúnculo. No supe, ni sé que soy, pero ahí mismo descubrí que importa poco lo que yo sea o lo que yo pueda ser, nunca dejaré de ser un esclavo, mas ahora puedo ser un esclavo feliz, un esclavo que sonríe y ama a sus nuevas amas. Un esclavo que rompió a llorar mientras las contemplaba, sangre de su sangre, rendido a amarlas.

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Ella es una gordibuena de peligrosas curvas que me ha guiñado el ojo y luego, casi inevitablemente, hemos terminado en su cuarto, en casa de sus padres, intentando no hacer ruido y riendo ante nuestra estrepitosa falla en ello. Tiene ojos grandes y cabello castaño, se mueve mejor que yo en este asunto del juego previo y, hasta, retrasa el acto, como si con esa histeria quisiera matarme con una espera desgraciada. Cuando, por fin, empieza a quitarse sus pantaletas color naranja claro, lo hace de espaldas, agachada, como presumiendo de la casi perfecta redondez de la figura en forma de corazón que puedo apreciar cuando sus manos tocan el suelo. Y entonces, sin motivo, me viene a la cabeza la imagen de un durazno.

Pocos admiten los devaneos de la cachondez interna. A veces pasa que vemos un jugoso durazno, o un plátano recién pelado, quizá una cerveza explotando y expulsando espuma por doquier, o escuchamos un llanto plagado de gemidos que nos recuerdan a otro tipo de gemidos que llegan durante la intimidad de una buena follada y, por lo general, nos preguntamos: “¿qué me pasa?”, sea porque la situación no amerita que pensemos en sexo o porque, tal vez, pensamos que lo hacemos demasiado. Bien puede pasar que aceptemos, o no, dichos pensamientos, pero eso no quita que siempre están ahí y que llegarán en momentos insospechados, pues a la cachondez le importa poco cuan apropiada es su presencia.

Lo gracioso son las situaciones que esto genera. A lo apropiado lo dejamos pasar por su condición de niño bueno y legal, pero es cuando nos calienta el llanto, o le vemos lo sexy a una fruta, o cuando una erección perturba el curso de actividades que poco, o nada, tenían que ver con cualquier acto sexual, es ahí cuando nos da por levantarnos el estandarte de lo inapropiado y, encima, darnos palo con su mástil. Pero eso no solo pasa por esa tendencia santurrona de la presión social y la dichosa decencia, todo eso también es atribuible a que nos hemos olvidado de la picardía.

Es un juego, nada más. Los más se escandalizan si es que la cachondez los asalta en plena escena dramática, cuando la protagonista de la película se está muriendo y el pelmazo de su enamorado, al que le queda corto el rol de príncipe azul, se desvive en lágrimas. “¿Por qué esto me está excitando?” se preguntará, al igual que lo harán la publicista negociando un contrato, el abogado cocinando un bife, la abuela leyendo el libro de su nieta, el padre yendo al colegio de su hija, un político diciendo la verdad, o una jovencita cuidando ancianos. Y será un por qué tortuoso y cargado de dudas, apuntando como revólver bien cargado a la cabeza de sus certezas y amenazando con acabarlas. Ni siquiera tiene que ser continuo, ni constante, a veces no es más que un relámpago de pensamiento que impresiona tanto al que lo ha concebido, que después la duda se hace fuerte y abrumadora, tanto que da paso al miedo y a muchas muletas que, en realidad, evitan que caminemos. Humanos, demasiado humanos.

Hay un sabor dulcemente delicioso en reírnos de la cachondez. En mirar un durazno y encontrarlo parecido a alguna parte de la biología de otra persona, en reír con aquellos que ríen sonrojados ante alguna frase desafortunada, de algún desubicado que no sabe que decir “dame de tu mayonesa” puede suscitar chistes burdos, simplones y, hasta, los mal catalogados, chistes infantiles. Pero ¿y qué? Seguro, toda exageración aburre y los chistes, o los pensamientos, morbosos tienden a salirse de control con relativa sencillez (¿será que son como el sexo al que evocan, en este sentido?), pero bien controlados, y acompañados de una sana picardía, traen más risas que otra cosa. Risas que hasta podrían convertirse en curiosidad, en el descubrimiento de nuevos placeres o novedosos fracasos. Que importa, nada les quita lo bailado. Mejor dicho: “lo reído” y, aun mejor dicho, “lo gozado”.

Se señala con el dedo al humorista soez, se lo llega a calificar de inmoral por valerse del mismo descaro con que los santurrones entierran sus pensamientos impuros y proclaman pureza, o exigen respeto faltando al mismo, encerrados en su idea “solo yo estoy en lo correcto” y empeñándose en seguir las reglas de libros escritos, o no, que determinan, en perversos absolutismos, qué sí y qué no, qué bien o qué mal. Pero repito: es un juego. Vale la pena ver que sale de él. Puede ser bueno, malo, divertido, aburrido, fatal o una gloria, la cosa es dejar surgir al pensamiento, mirar con una sonrisa al durazno y darle un pícaro mordisco. Quizá así se calienten las cosas.