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Soy el Amante Furtivo. El Muertito Silencioso. Soy la languidez que le sigue al mal sexo, pero también soy la certeza de que algún día revivirá el cadáver del bienamado. Me han confundido con la fe y hasta con la felicidad, pero luego me conocieron mejor y se han arrepentido de haberme dejado respirar. Cuando se acuerdan de mí pocos sonríen, los más saborean a la amargura derrotarlos con ese sabor asqueroso que deja mi presencia que alguna vez se atrevieron a disfrutar. Sudo esperanzas, babeo creencias, la gente se arrima para despreciarme mientras lamen mis sudores y brindan con mis babas. Sé que se tragan mis cuentos y los venden como verdades, porque les acomoda no tener que preguntarse qué de lo que les digo es y no es verdad. Me traicionarían si supieran que soy traicionable y, lo que es peor, para no saberlo se convencen a sí mismos de que algo más nefando que yo no puede existir. Pruebas no les faltan: soy el bully que maltrata a quienes lo quieren y devasta a quienes se atreven a mirarlo chueco.

Mis miedos son bien gordos, mi coraje les da de comer. El fatalismo se me da fácil porque en secreto el optimismo me sale hasta cuando solo se puede llorar. Soy el hijo de la gran puta que parió a los caínes y los iscariotes. El villano disponible al que se le puede echar la culpa de hablar con verdades que suenan mejor cuando son mentiras. Si de algo estoy seguro es que en la condena que me quite la vida, se me acusará de ser honesto o de mentir con la verdad. Mis alegrías son ajenas, mi llanto mustio, mi risa contagiosa, aun si es que es a costilla mía creyendo que es a la de los demás, mis palabras cizañean, moldean y disponen, mis actos son rencorosos, cuando no esperanzados, y esconden en sus manos, sin nunca decidirse por cual repartir, cuchillos romos y rosas venenosas. Mis actos exorcizan, curan y hasta perdonan a la par que me exilan a un silencio que ni siquiera los muertos tienen que acatar. Mis sentimientos y mis ojos me delatan, me venden bien barato cuando me olvido que los tengo que ocultar si no quiero que la Parca se aparezca para divertirse marchitando todo aquello que me ayuda a respirar. Cuando me descuido, entre los dos le ponemos dinamita a todo lo que me importa y lo dejamos estallar.

Si soy el Muertito Silencioso es porque soy de esos cadáveres a los que no les permiten convertirse ni en zombies, ni fantasmas, ni hablar de espíritus. Hasta prohibido me tienen de volverme demonio o, cuando menos, desaparecer sin más burocracia que la de los sentimentalismos míos y de quienes no hayan podido terminar de odiarme. A veces pienso que todo esto es injusto pues a los otros muertos se les permite existir en ecos y susurros, memorias, rencores públicos y bien conocidos. A los demás alguien los declaró muertos y hasta tuvieron la amabilidad de anotar la hora en que fenecieron. Arman, los vivos, fiestas aburridas donde todos se sientan a llorarlos, mientras ellos, los muertos, se pasean en forma de fantasmas, memorias, espíritus, susurros, palabras o pensamientos, lo que sea que los permita continuar arraigados en penas, torturas, alegrías y todo aquello que los asocie a los hechos de los vivos, que les alargue la euforia que en vida tuvieron la oportunidad de experimentar. A mí no me permiten habitar en los recuerdos. A mí me olvidan porque cuando viví fui excesivamente inconveniente.

¿Para qué nace uno si de todas maneras aquello que hace para sobrevivir a duras penas se parece a respirar? El Muertito Silencioso es declarado indeseable desde el momento en que advierten mi presencia. Me callan, y me callo, cuando estoy por hablar. Consciente de mi inconveniencia quisiera morirme, o aunque sea aceptar ese mutismo forzoso al que me tengo que subyugar. Soy incapaz de perdonar por el simple hecho de que yo mismo fui concebido como imperdonable. Y ahí está el problema. De sobra me sé nefando y despreciable pero ni así escarmiento, todavía busco hablar y respirar.

A los otros muertos les da por recordar con nostalgia la vida, pero conmigo eso no funciona pues yo nací muerto viviente. Condenado a desear respirar, mientras ellos vivían vidas alocadas que los convertían en bandidos. Amantes Bandidos que se robaban besos, caricias, promesas, anhelos, deseos y alguna que otra calamidad. Algunos se mantenían, se mantienen, se mantendrán bandidos hasta la muerte, otros se dejan legalizar por alguna estabilidad. Ahí acaba el bandidaje y solo queda esperar la muerte, siempre y cuando nada sucediese que los volviese a ilegalizar.

Mientras tanto yo ando de Amante Furtivo. Escucho todo, lo comprendo además, predigo el futuro y compruebo que la ventaja del silente es que puede ver más. Soy el testigo y el envidioso de los amantes bandidos y sus hazañas. Escucho de ellos en boca de a quienes me quiero mostrar. Esos seres gracias a los que existo y que cuando se enteran de mí no pueden evitar sentirse asustados y ya me quieren asfixiar. Y mientras relatan las hazañas o los planes de los amantes bandidos, yo me ahogo en mi impotencia, en el silencio que se me impone. Entonces me precio de furtivo para poder maquinar estrategias y embustes que me permitan acercarme a imponer mi verdad. Me caga no existir más que en una probabilidad lejana, un secreto a voces, ser un pinche zombie vegetariano que no termina de aceptar su papel de mudo y muerto. Ser furtivo es la única respuesta que encuentro desde el silencio, y hasta me conformo con que sea una respuesta tan flaca, escuálida incluso, que no garantice nada más que toneladas y toneladas de fe. A los amantes bandidos la fe los propulsiona al éxito, a los furtivos nos envenena e impulsa a saltar a los vacíos que no sabemos si podremos circunnavegar.

Se supone que la faceta del Amante Furtivo está ahí para algo lograr. Que de tantas trampas, indirectas y estratagemas algo salga que me permita creer que puedo llegar a más que esta simple bazofia de lanzarse a habitar sentimentalismos solitarios, de desear ser deseado y hasta sobrestimar con la misma libertad con que me subestiman. Lo cierto es que me gustaría dejar de comprender los porqués de cada falla que atormentan al Amante Furtivo, los motivos por los cuales es difícil que sus anhelos sean escuchados, mucho menos validados. Me perjudican pues. Me arruinan el esfuerzo de mentirme para creerme el Amante Silencioso que algún día les arrebatará la damisela a los amantes bandidos. Creerme el Amante Silencioso para no tener que aceptar que los Amantes Furtivos lo son para no tener que vivir un final, que los Muertitos Silenciosos eligen callarse porque les da miedo que la vida los termine de matar.

Y no lo puedo evitar. Nunca seré un amante bandido, aun peor el oficial. No seré ni el muertito ruidoso, jamás podré existir sin pasar por el secreto y la imposibilidad. A las damiselas no les agrada lo que tienen que decir los silencios de los Furtivos y los Silenciosos. A nadie en realidad. Ni siquiera a nosotros mismos nos gusta escucharnos cuando estamos tan conscientes de qué implica la imposibilidad. Pero ni modo, que igual existo. Me conformo con poco, sueño alto, sobrestimo y hasta se me ocurre esperar que de tanta lucha, alguien a quien le hablo se le ocurra escuchar.

“There’s always a siren singing you to shipwreck”
– Thom Yorke, There there

“La paz a cambio del silencio, no vale una mierda”
– Laura Blandón

Hay silencios que preludian un adiós. Los hay, también, que preceden algo nuevo. Un saludo, quizá. Hay silencios que se nos adelantan y llenan con su ruido cualquier atisbo de conversación con alguien más. Hay silencios que nos importan, así como hay otros que pasan desapercibidos, como buenas compañías del momento. Y hay silencios que delatan la propia cobardía. La denuncian a gritos y esos son los peores de todos, pues significan saber que si uno calla es por miedo y no por imposibilidad. Lo que más duele es que una impotencia nacida del silencio es la más difícil de callar.

Toda la semana estuvo marcada por una especie de depresión extraña. No causada por nada específico, sino que solo pasaba. El gatillo era atribuible a la muerte de un personaje en una novela que leo. Pero la reacción era muy desmedida. No se puede estar tan deprimido por ello. Quizá era un antelamiento extraño, de esos que la gente insiste en transformar en místico. De esos que se revisten de vaticinio para validarse como previsores. Y luego, ya durante el fin de semana, caer en cuenta de que eran los silencios. Los muchos silencios que anunciaban tormentas. Y lo peor es que cuando ya estás en la tormenta hay tanto ruido interno que se censura en un silencio profundo, inviolable e infranqueable que buscaba esconder los variados pensamientos que asaltan la cabeza. Estar jodido, como le dicen en la calle.

 
Quizá por eso me atrevo a nombrar sirenas a mis fuentes de caos. Bellas criaturas que se menean sensuales en bailes provocativos, que con sus miradas claras no ven más allá de lo que ellas desean, que sonríen y coquetean hasta con los más ilusos porque pueden y les gusta oírlos caer. Sirenas que con su canción invitan a la locura, rompen las barreras de la lógica para que el marinero se vaya solito hacia su muerte. A la mierda, como se dice en la calle. Cuando los silencios se han apoderado de tus momentos, cuando los silencios anuncian una tristeza basada en escuchar demasiado de estos cantos de sirena, cuando los silencios se usan como escudo para no tener que enfrentar a nuevas sirenas ¿no es eso el caos quieto de vivir? ¿O es, acaso, estar perdiendo la cordura después de tanto vals con las sirenas?

Algo de loco hay que ser para meterse con las sirenas y su fatalidad anunciada. Los más se limitan a nombrar ninfas a muchachas comunes sin más belleza que la que sus ojos pueden ver, o a yacer con cualquier animal bajo la esperanza de que sea Zeus disfrazado. Otros son más rudos y se encaman con las gorgonas con ese ánimo suicida tan típico de los héroes de antes. Pero solo los locos se amarran a mástiles para probar el ruido de la canción de las sirenas. Personalmente, en el transcurso del año, he escuchado cuatro canciones de distintas sirenas, y ando con ánimos para escuchar a una quinta que divisé desde mi proa hace unos meses. Sobrevivir a tantas sinfonías, solos y duetos indica o que se tiene una predisposición ridícula a la locura, o quizá que el silencio es mejor armadura de lo que se cree. Quizá la locura es callarse tanto.

Escudarse en el silencio es una cobardía. Nacida, quizá, del deseo de no recibir herida alguna en las muchas guerras que se libran con los otros. Más probablemente se usa el silencio con una sirena para luchar contra su canto fatal, creyendo que eso librará a uno de naufragar. Lo cierto es que si uno elige callar cuando una sirena canta es porque se está entregando a la locura de escucharla y, aun peor, a la insana perspectiva de apasionarse por su canto. Encamotarse, como le dicen en las calles.

Los silencios pueden ser más ruidosos de lo que se cree. Si uno se empeña en que, por cualquier motivo, es mejor callar a expresar todo lo que bulle internamente deberá tomar en cuenta que la dificultad, en esa decisión, radica en que no hay peor traidor que la propia mente y sus pequeños deslices. El que guardes silencio no significa que no hables de nada, sino que no digas lo importante. Y lo malo de querer ser discreto es que no te das cuenta de todo el ruido que haces. Y eso es peor cuando vas confiado por el mundo creyendo que tus secretos son solo tuyos pues los haz recubierto de un silencio cobarde, uno tan fuerte que el ruido del mismo ha despertado a medio mundo que se enteran de todo e incluso de más de lo que tú sabes o sabrás. Al final, cuando el naufragio es un hecho y la canción de la sirena nunca se borrará de la memoria, se sufre más por la doble ilusión que se ha creado: la de creerse intocable, gracias al silencio, y la de haber tejido secretamente esperanzas estúpidas con todo lo no dicho. Y encima haber sufrido por que nunca te respondieron como deseabas al poco ruido que hiciste. O si lo hicieron resulta que podías haberte robado a la sirena pero ya era muy tarde

A veces la calma es la tormenta. Si uno manda mensajes crípticos es porque desea que sean interpretados. Algo así como arriesgarse pero sin correr riesgos. Y encima se sufre cuando los mensajes no son descifrados, pues los cobardes se torturan amarrándose las manos cuando tienen lo deseado frente a ellos. El drama del silencio del cobarde es esa preguntita que los ha vuelto tullidos: ¿Cómo garantizar que una vez roto el silencio todo sea bueno y dichoso?, pues ahí empiezan las dudas y ahí se origina el empecinamiento de soñar despiertos y nunca hacer nada. Pero las posibles respuestas solo llegan cuando rompen el silencio. Y he ahí el problema.