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Dedicado a A.B.C

Yet how superb, across the tumult braided,
The painted rainbow’s changeful life is bending,
Now clearly drawn, dissolving now and faded,
And evermore the showers of dew descending!
Of human striving there’s no symbol fuller:
Consider, and ‘tis easy comprehending –
Life is not light, but the refracted color.

– Faust II

Moría el 2007 – sin mucha gloria – y empezaba octubre, lo cual significaba que todavía faltaba más de un mes para la muy hablada reunión de Led Zeppelin. Sería un año que, entre muchas otras cosas, trajo a Chris Cornell abandonando Audioslave, la popularización del Ipod de Apple, la inevitable decadencia de Avril Lavigne, además de ser el año en que Gnars Barkley, Nine Inch Nails y Panic! At the Disco eran los actos más populares, mientras se fundaban bandas como Les Butcherettes, The Last Shadow Puppets y Mumford & Sons, entre otras. El internet ya era viejo conocido, no así las redes sociales para un público que se lanzaba a la novedad del Facebook, con MySpace aun en sus cabezas. Imaginen un tiempo sin Twitter, en que las tiendas de discos eran populares y lo que opinaba Lilly Allen le importaba a la prensa. Fue en un contexto así que, un 10 de octubre del 2007, Radiohead estrenó su séptimo álbum In Rainbows, uno de los más controversiales, no tanto por su contenido como por factores comerciales que pillaron a la industria de la música por sorpresa.

In Rainbows marcó un hito para la banda. Entre muchas cosas, también fue el primer disco que sacaban tras la finalización de su contrato con EMI, y su estreno no fue, para nada, convencional. Dos años siendo trabajado, el anuncio de su salida fue un magro post en el blog de la banda, anunciando que en 10 días más estaría disponible vía web. Y no puedo remarcarlo lo suficiente: esto fue tremendamente novedoso. Si bien no fueron la primera banda que lo hizo, sí eran los primeros de entre los gigantes de la industria musical que se animaban a ello: “Pay to download”. Esta era una genial oferta en la que pagabas lo que quisieses para bajar el producto, directamente a tu computador, en formato mp3, con calidad de 128kbps. Podías dar todos tus ahorros, así como no dar un solo centavo, en una época donde los sellos discográficos tenían estipulados precios estándar según la calidad, o popularidad del artista; una época en que la lucha contra la piratería empezaba a atraer a esos innovadores que querían ser los próximos responsables de algo como Napster, causando que aparezcan más y más reguladores de la industria. Obvio, estaba contra los intereses de las disqueras perder un solo centavo de las ventas y les jodía el internet facilitando la vida pirata.

Radiohead tuvo a sus fans esperando cuatro años por material nuevo. Se dice que durante ese tiempo los integrantes de la banda descansaron de la presión, de las giras, de tocar las mismas canciones como monos hasta el hastío, el cansancio y la saturación. Muchos sacaron proyectos independientes, contribuciones con otros artistas, el resto – quizá todos –  se enfocaron en sus vidas familiares y personales. Hail to the Thief había sido un disco agotador, así que por el espacio de dos años no hubo planes, ni intenciones de hacer nada con la banda pues ellos mismos sabían y presentían el estancamiento. Su sonido amenazaba con volverse repetitivo y la opinión general de la banda era que estaban acostumbrándose demasiado a su zona de confort.

El descanso se extendería hasta el 2005, año en que decidieron volver al estudio a ver si podían sacar algo nuevo e interesante. Su primera decisión fue despedir a Nigel Gondrich su, ya clásico, productor. Los grandes eruditos asumen que la banda deseaba renovar su estilo, aunque otros sabios hablan de un intento de cambio de enfoque… pero ni así la lograban. No parecían encontrar el sonido que fuera lo suficientemente convincente, mucho menos un tema completo que los hiciera sentir desestancados. En estos bailes pasó un año de rumiar una venenosa frustración que no los llevaba a ninguna parte. Entonces Thom, o Jonny – quizá todos –, bueno, uno de ellos dijo: “vayamos de gira” y el 2006 terminó marcado por un largo tour de conciertos, supuestamente para quitarse la presión de encima. Fue una movida inteligente que los ayudó a divertirse de nuevo al tocar, ya no condicionados por el ominoso estudio que les recordaba la imposibilidad de componer. Según las leyendas, llegaron a sentirse tan bien, que en una epifanía, o alguna de esas cosas que te cambian la vida y la forma de pensar, reenlistaron a Gondrich (acá el lector puede imaginar un reencuentro intenso, amistosa e incómodo por igual) y el vengativo de Nigel, que es un productor que sabe sacar cosas de su gente, alquiló una mansión derruida donde los hizo vivir, comer y, esto es lo importante, grabar. Así nacieron Bodysnatchers y Jigsaw Falling Into Place, primeros pasos de lo que más tarde sería In Rainbows.

Mientras tanto – en el mundo real – la banda daba entrevistas donde hablaban en contra de la visión con que Terra Firma manejaba sus negocios en la industria musical. Esto es importante porque inspiró todo lo que después pasaría. Valiéndose del hastío y terror de sentirse estancados, buscaron crear un enfoque diferente, uno donde pudieran manejar formas de poder crear y presentar su nuevo álbum de una manera más comunitaria, apuntando a una idea que, hasta ciertos límites, iba en contra del capitalismo que los sustenta. Y sí, igual sacaron una versión física, un vinilo, un box set, todos esos productos destinados a exprimirle la última gota de jugo al fanático obsesionado, o especialista, o como quieran llamarlo. Eso no está mal, ni le quita ciertos méritos a la movida de Radiohead. Piensen que el mismo Omar Rodriguez-López admitió que es importante esto de ganar dinero para vivir y seguir produciendo nuevos discos. Dejaré eso de lado y voy a centrarme en que los Radiohead deseaban un álbum que saliese para todo el mundo y al mismo tiempo. El internet ofrecía la chance de dar el disco a toda una masa de fanáticos sin ningún crítico profesional rumiándolo primero, de entregar algo impoluto a los oídos de alegres compradores que podían haber no pagado nada por uno de los mejores discos del 2007. Fue algo único y bastante acertado que resultó en una estrategia que dio mucho de qué hablar por varios años, no solo por la movida per sé sino porque dicha movida incluía el lanzamiento de un disco alabado por la crítica, por la prensa, por los fanáticos y hasta por Bono, quien dijo que se necesitaba mucho coraje para buscar otra forma de conectar con sus fans. Porque, bueno, Bono, él sabe sobre ese tema de conectarse con sus fanáticos.

(En este punto, si nunca escuchaste el In Rainbows, es obligatorio que lo hagas de inmediato)

“En Arcoírises” fue descrito por Yorke como un hato de canciones sobre seducción, y luego también dijo que este álbum retrata el sentimiento de saber que cualquier momento morirás. Ambos significados son importantes en un disco donde la música crea un sentimiento refrescante respecto al usual estilo de Radiohead. Tampoco podemos decir que renovaron por completo su sonido – no – pero sí se sentía algo distinto e interesante, una suerte de vitalidad diferente que agradaba. Durante el descanso que tuvieron antes del disco, cada quien pudo ir a explorar sus propios sonidos y experiencias, esto permitió que la onda de Yorke y Greenwood dejase de ser impuesta a la banda (aun si todavía primaban) y se probase un enfoque, digamos, más comunitario que democrático, en pos de un producto casi completamente generado por la mera inercia de las interacciones en estudio y la búsqueda de que todos los comportamientos, expectativas, ideas, esperanzas, valores, creencias y simbolismos, que cada integrante de Radiohead aporta, se revelasen en el producto final. Al menos a nivel musical, puesto que los líricos son reino absoluto de Yorke.

El disco comienza frenéticamente con 15 Step, un sabroso ritmo vengador de percusión movida y con una guitarra que parece relajarnos por un rato hasta que un coro de niños nos devuelven las ganas de bailar. La canción demarca, muy efectivamente, que este no es un álbum que lidiará con tópicas o sonidos de la misma forma que sus predecesores. La onda yorkiana de electrónica experimental está presente, pero no es dominante, Jonny Greenwood – como siempre – es el más sobresaliente, pero la batería, los teclados, la percusión y el bajo parecen tener más notoriedad en el juego, mayor fluidez y participación en lo que fue el primer anuncio de un gran momento.

Los líricos nos pintan ese primer instante de lo que Thom Yorke finalmente diría que es el significado del álbum: un disco que intenta describir el sentimiento de terror de que quizá deberías estar haciendo otra cosa con tu vida, misma que – recién notas – es más corta de lo que tú desearías. Yorke se mete con las partes más oscuras del amor, la vida y la muerte valiéndose de metáforas poderosas. Pero ilustrémoslo desarrollando un ejemplo que dio el mismo Thom. Imaginen a un hombre, al que llamaremos Fausto, sentado en su auto, atascado en el tráfico, mirando como loco su reloj porque está tarde para trabajar. Estresado, aburrido y detrás del volante, sus pensamientos empiezan a divagar por diferentes frustraciones hasta que se siente atrapado en el incesante y lento pasar de su rutina. De pronto le sucede algo que a todos nos pasa y que experimentamos con diferentes niveles de extrañeza: por un momento Fausto descuida sus escudos, vulnerado por una pena amorosa, y alcanza a darse cuenta que su vida se le escapa. Lo abruma un sentimiento sofocante, le perturba el pensamiento de que podría estar haciendo algo diferente a todo eso y, sin previo aviso, sin preparación alguna, lo asalta la consciencia – no la idea, sino la mera certeza – de que algún día morirá. “It comes to us all” canta Yorke en 15 Step, líricos que bien podrían ser el monólogo de la escena descrita en que Fausto mira hacia atrás, hacia su frustrada vida, y se pregunta “¿Ahora qué?”.

(Curiosamente las horcas tenían quince peldaños antes del súbito salto que conducía a la muerte).

Manteniendo el ritmo movidito y haciendo referencia a un importante filme de culto, el disco continúa con Bodysnatchers. Una canción que se siente más como un juego de armonías explosivas y sucias, que continúan alterando al oyente con esa onda suelta, menos críptica y más directa que caracteriza al disco en general. Fausto, asediado por una crisis existencial, de aquellas que ponen en duda hasta los más intrincados mecanismos que tiene la realidad, continúa atascado en el tráfico sin nada más que los autos cercanos y el paisaje vacío de lo urbano para distraer a su cabeza de toda idea que la asedie durante aquella árida mañana de embotellamiento. Su piel le escuece, sus pensamientos le queman, el sol hace mala combinación con los bocinazos de los otros autos atrapados en algo que parece nunca avanzará. A Fausto lo embarga el momento pues ha abandonado su zona de confort; eso le ha costado reconocer un conocimiento hasta entonces censurado: “no soy feliz, no estoy conforme”, y así empieza a dudar de que su vida tenga sentido. Fausto se encuentra en un momento en que la negación y la aceptación colisionan. No sólo no está cómodo consigo mismo – su cuerpo, sus ideas – también nota que ya no sabe quién ese que le devuelve la mirada desde el retrovisor. Digamos que Fausto está teniendo la misma crisis que los Radiohead tuvieron después del Pablo Honey – con el Ok Computer cada vez más cerca – cuando miraron sus pintas de roqueritos pop y, con los años, aprendieron a adoptar posiciones más sobrias en cuanto al manejo de imagen en sus carreras. Volviendo a nuestro torturado conductor atascado, vemos que empieza a golpear su volante, completamente confundido acerca de en qué momento todo se fue a la mierda. Los líricos denuncian la cobardía, tanto propia como ajena, y nos muestran la desesperanza neurótica de quien se siente estancado y se da cuenta que hace mucho que calla sus propios pensamientos. La canción termina con dos grandes realidades previamente no admitidas. En este caso, Fausto expresa sus conclusiones en boca y canto de Yorke: “I’m a lie/ I’ve seen it coming”

Pero tras los estallidos siempre viene una calma que, por lo general, anuncia la tormenta. Nude es esa balada que todo el mundo asoció con la sexualidad, pero es algo más que sólo eso. Apliquemos la canción a nuestro conductor atrapado en este embotellamiento cortazariano y veremos algo que puede equipararse con esos momentos lúcidos de autocrítica, esos a los que llaman “malditas epifanías”. Para Fausto llegan después de haber golpeado su volante, gritado y llorado un poco, cuando por fin se calma y admite la mentira en sus verdades. Se le ocurre pensar que la esperanza, las creencias, las certezas, también pueden conducir a tamaña frustración en un momento digno de un absurdista como Camus. Quizá por eso la canción es lenta, tranquila, altamente dependiente del bajo y la guitarra, con una batería poco presente pero para nada ausente. Y eco. Mucho eco. Lo innegable es que Fausto ya empieza a admitirse la causa y posible solución a la crisis que lo embarga, y esto lo notamos en cómo los líricos de amor se hacen más obvios, tomando forma completa tras este momento tan triste y existencial, después de esta armonía trágica que es Nude, ese instante previo a volver a la crisis, al estallido, a la tormenta propiamente dicha. Los sueños – en este caso, las esperanzas amorosas – no se cumplen. Fausto se siente vulnerable y quiere morir.

Weird fishes/Arpeggi es un crescendo fabuloso que la banda utiliza para alterarnos de nuevo, donde lo importante es que este tema es el punto preciso del disco en que se combinan la calma y la tormenta. La música y los liricos, tal como la nostalgia, hablan de la muerte, pero también evocan lamentos, emociones intensas bajo el velo de la tranquilidad, que se va perdiendo a medida que la guitarra se distorsiona. Fausto está en ese punto de quiebre en que analiza qué hacer para mantener la mascarada, mientras una vocecita le cuestiona si acaso vale la pena. “¿Seguir y morir así?”, le dice la voz en su cabeza. “¿Cambiar y morir de todas formas?”, se responde atrapado en la depresión, en su situación actual, consciente de que va a morir y que no porque desees algo se cumplirá. Weird Fishes puede ser una atípica canción de amor propio, pues para Fausto representa ese momento en que se plantea que quizá esas esperanzas amorosas que vimos en Nude deben morir. “Why should I stay here?”, se dice Fausto y piensa que la vida es corta, que ya es hora de golpear fondo y escapar.

Entonces llegamos a All I Need, con su tono ominoso, lento y grave, importante variante del humor que ha estado predominando en el disco. Es un punto de quiebre interesante por no sentirse caótico ni abrumador. De nuevo reina el amor y Fausto mira a los otros conductores sin pensar en ellos, evocando la imagen de alguien más que no se encuentra presente. Es obvio que Fausto se siente torturado por alguna imposibilidad que puede deberse a un inicio que no llega pese a ser muy deseado, o a una continuación que no sucede por algún motivo que Fausto no termina de entender. En pocas, otra típica historia de amor y trascendencia que equipara a nuestro Fausto con el de Goethe, ese del libro donde se narra cómo un mortal hace un trato con el demonio Mefistófeles para ser inmortal y obtener poder y conocimiento que perdería ni bien llegara a ser feliz. Pero nuestro Fausto no es inmortal, todo lo contrario. No tiene tiempo de quedar atrapado en un auto pensando en un amor no correspondido, pero tampoco conoce a nadie más. Fausto ya no sabe qué está bien y qué está mal.

Entonces llega la hora de desperta: Faust Arp, esa de ritmos trágicos y tensos, de guitarra acústica que juega con los sonidos graves del teclado. La canción es tan corta como la lucidez. Fausto, tal como su tocayo, se pregunta: “¿He vendido mi alma por esto?”. Sea cual sea la situación en la que está envuelto, se pregunta si vale la pena seguir, a la par que resuelve que ya no puede más. Ya basta de toda esa rutina y toda esa esperanza estancada. De pronto empieza Reckoner, la canción más especial para Jonny Greenwood. En ella se combinan sonidos trágicos con tonos esperanzadores y otros más terribles. La percusión y batería se roban el show, especialmente durante sus ausencias y sus entradas vertiginosas, las cuales caben muy bien con la interpretación de Yorke sobre esta canción como un sueño tripeante del que no quieres despertar y luego no puedes recordar bien.

Reckoner es muchas cosas, tanto para la banda como para los fanáticos, ya que todos le han dado interpretaciones muy parecidas entre sí. Todas apuntan a que es una búsqueda de catarsis, es la frustración que a veces sientes, el ruego a los cielos oscuros durante una tormenta que parece nunca arreciará, es darte cuenta que vas a morir solo y aferrándote a la lejana esperanza de que sobrevivirás, aun si en el fondo sabes que la vida continuará, contigo o sin ti. La canción evoca algo símil a lo que el Fausto de Goethe descubre al aprender que no se trata de buscar una luz divina sino vivir con la luz como guía, en un disco que explora la idea de trascender, de empezar en un lugar y terminar en otro. La trascendencia es un tema muy presente a lo largo de In Rainbows. Está en la percusión que jugará junto a los teclados y la guitarra, tratando de emularla con ese ciclo de sonidos que se repiten y luego se doblan para sonar parecido, pero con otros tonos, otros ritmos, otras velocidades, otro – y el mismo – Radiohead.

En Reckoner, Fausto, todavía embotellado, logra despertar de una pesadilla de la que no quería despertar y descubre que vivir no es obsesionarse. Y aunque se resiste, tiene que admitir que buscaba olvidar la cruda realidad – a la que nuestro Fausto llama Mefistófeles. Claro, sigue ahí, no se fue, no se irá, es parte de él y está en él trascenderla. No olvidemos que el trato que hace el Fausto de Goethe con Mefistófeles es el de comprender el sentido de la vida hasta que logre ser feliz, momento en que su alma será tomada. Ese Fausto hace un trato así, porque en el fondo no piensa que pueda ser feliz, pero cuando lo logra su alma es reclamada y el cruel despertar llega junto a todo el horror de la consciencia y el súbito entendimiento de qué tanto arruinó la cosas. A diferencia del Fausto de Goethe, el nuestro, el de Yorke, no tiene un coro de ángeles que lo salven de las garras del infierno; nuestro Fausto está condenado a ser su propio yo, su propio coro de ángeles y su propio Mefistófeles. No sabe cómo alternar todos esos roles.

Lo malo de los momentos de lucidez y claridad no es que lleguen, sino que terminan. Si no han sido aprovechados, la trascendencia es mandada a un particular purgatorio y nosotros quedamos atrapados en nuestros ciclos, esperando una indeseable nueva crisis que nos ayude a lograr trascender a otro ciclo… donde pasará lo mismo, y así hasta que la muerte nos detenga. Me parece interesante que la palabra reckoner pueda ser traducida como “experto en cálculos” u “hoja de fórmulas matemáticas”, hasta “chanchullo”, pero también como el ajuste de cuentas bíblico: el Apocalipsis. Lo cual le daría otro sentido al encierro de Fausto, quien atrapado y sin chances a escapar de sí mismo, empieza a pensar en la existencia en los parámetros de hacer lo que se siente bien versus lo que uno debe hacer. La crisis de nuestro Fausto viene, precisamente, de siempre hacer lo que debe y nunca lo que quiere gracias a ese su eterno cálculo de resultados.

En ese estado te encuentra House of Cards, donde vuelve una relativa calma gracias a los tonos menos graves y tristes que caracterizan a una canción que no sube ni baja su velocidad y que pareciera terminar en un lamento. Un ruego, en realidad. Una última petición patética que hace Fausto a su amada desde su pequeña e infeliz celda motorizada, dando paso a Jigsaw Falling Into Place, que según Yorke trata sobre borracheras universitarias, boliches donde la conexión con una persona se da en miradas, pequeños roces durante los bailes, en sonrisas tenues al compás de música ligera durante el transcurso de una noche coqueta, hasta que la pieza final del rompecabezas es puesta y las esperanzas quedan quebradas al notar que todas esas señales no generaron nada más que ilusiones, tal como lo que le pasó a Fausto, quien no pudo, o no quiso, hacer nada con su amada. El sonido va creciendo hasta sentirse como una energía contenida, ningún instrumento prima sobre el otro y la voz de Yorke retrata el quiebre de la esperanza, la fatalidad de la realidad, la decepción final que nos conduce a Videotape.

La última canción de In Rainbows es una marcha fúnebre, una aparente balada, triste, oscura, que es más de lo que parece. Para nuestro Fausto es una despedida, en realidad. El final de todo un camino, el maldito momento en que el tráfico por fin avanza y Fausto ha quedado con la vida hecha pedazos. Mientras conduce hacia su horrible trabajo, piensa que cuando muera no quedará de él nada más que algo parecido a un VHS. Algo que puede haber registrado quién fue y qué hizo, pero que en sí es un formato muerto que nadie mirará. Fausto nota que podría morir en ese momento. Su crisis lo ha llevado a algo más que superar a un amor imposible que ya no está – o quizá nunca estuvo. Nuestro Fausto, como el de Goethe, ha llegado a darse cuenta que la vida es hermosa porque es corta.

Tal es el contenido de un disco intenso que refleja mucho del momento que vivía Radiohead. Un momento que bien podía haber sido crítico o no. No importa. La cosa es que buscaban reinvención, pues no sabían qué hacer con sus vidas, así que crearon un disco muy introspectivo y de alguna forma trascendieron y se metieron a los nuevos ciclos que algún día tendrán que trascender. Eso es lo que se escucha en In Rainbows y en la historia de este accidental Fausto yorkiano. Y sí, estas son interpretaciones mías basadas en interpretaciones de otros fanáticos y las de la misma banda, porque al final esa era una intención del lanzamiento vía web: unirnos en un nivel diferente al momento recibir y entender la música de este álbum.

Mientras esto pasaba en las mentes de Radiohead y sus fanáticos, en el mundo real la gente se concentraba más en la movida del “Pay to Download” usada por la banda. Fue un lío tremendo en el que todos quisieron dar su opinión acerca de qué era lo malo y lo bueno de esta “revolución” que Radiohead había iniciado, con una gran mayoría de artistas de sellos discográficos hablando en contra del disco por sus consecuencias económicas, con Gene Simmons y Trent Reznor a la cabeza. Se hablaba de un mal modelo de negocios, se tildaba a In Rainbows como una carnada hecha de sonido de baja calidad, que fomentaba la piratería, cuando lo que querían decir es que era un mal negocio, pero para ellos – aunque sí es cierto que este tipo de modelo le arrebata oportunidades de crecimiento económico a bandas más jóvenes y desconocidas.

Yorke admitió eso, pero también dijo que sintieron placer al decirle “fuck you!” al modelo clásico de negocios de la industria musical. Su modelo no era perfecto, de hecho estudios posteriores demostraron que pese a todo, igual hubo piratería. Si bien solo un 38% pagó por el disco, y el 62% restante se lo llevó gratis desde la página, más fueron los que se llevaron ese mismo producto en torrents y otras formas de descarga pirata – o sea, afrontémoslo, la piratería ya estaba muy bien establecida el 2007, como para necesitar la ayuda de una banda inglesa. De todas formas, eso no afectó mucho a la venta del álbum, que en las ganancias que generaron en ese 38%, obtuvieron más dinero que en todos sus discos previos combinados. Nada mal para un “fuck you!” que probó que existen otros caminos para vender. Y la industria lo notó, entendieron que si bien las ventas legítimas debían reducir la piratería, en realidad son el interés y la consciencia de la existencia de un producto lo que más la promueven. Evaluando el impacto, años después, es notorio como la polémica del momento ahogó muchos aspectos positivos del modelo utilizado para lanzar el disco. Hoy por hoy, los analistas y críticos concluyen que es mejor explorar nuevas opciones legales para distribuir productos artísticos en pos de batallar la piratería.

 “No era un modelo, era una respuesta a una situación” dijo Yorke en medio del tumulto del 2007 y nadie le hizo caso hasta mucho después, cuando se comprobó el éxito del modelo que nunca más volvería a ser usado por la banda inglesa. Ya después otros artistas empezarían a tomar formas alternativas de estreno y financiación de sus discos, como Amanda Palmer hizo con Kickstarter el 2012, alegando que “cada músico tiene que buscar su fórmula”. Pero eso ya es otra historia. Lo importante es que In Rainbows sobrevivió a la polémica y trajo de vuelta el sentimiento de hacerte tiempo en tu vida para comprar un álbum sin que te llegue rumiado, que trajo un sentido comunitario al conectar a sus fans con el artista y entre ellos mismos, en una movida que hoy solo generaría bostezos, pero que en ese momento logró mostrarnos a todos, de distintas formas, que estábamos estancados y que ya era la hora de trascender a un nuevo ciclo y así hasta que Mefistófeles nos arrastre, o nos salve algún coro de ángeles de este maldito embotellamiento.

 

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“Otros, en cambio, dilapidan dinero y autoestima en perseguir quimeras inalcanzables. El amor, por ejemplo.”
– Xavier Velasco, El Materialismo Histérico

Fumar mota no bastaba. Aquella ocasión ameritaba algo más fuerte, algo que quizá lo sumiría en reflexiones acerca lo que justamente intentaba evitar, pero desde la cómoda lejanía de la inconsciencia. Esa bruma casi perfecta de desesperación que deja huellas casi imperceptibles, de un sufrimiento que no se podrá evocar con la memoria. Un mecanismo autodestructivo para lidiar con esa rara urgencia de querer ver cosas hermosas terminar.

Joaquín Ballesteros vertió whisky y singani en el vino. Pensó en como su amigo Lucas frunciría el ceño ante ello, incluso lo escuchó diciéndole: “¿Por qué eres tan cholo, Joaquín?” con esa su sonrisa plena de carisma resistiblemente irresistible. Joaquín agregó vodka y un toque de ajenjo a su mezcla- a la que denominó suicida- sonriendo ante la perspectiva de dejar de pensar. Tenía una jarra casi al tope, que terminó de llenar con el zumo de varias naranjas, que tornó la mezcla en un dorado extraño que lo hizo dudar, nomás un poquito. Habría sido mejor tener algún hongo, un ácido quizá, hasta podía haber aceptado la desesperante angustia del cacto San Pedro, que un antiguo amigo drogadicto le había enseñado a preparar en forma de mate, para mayor comodidad. “A falta de pan: mierda” pensó Joaquín, mientras llevaba la fría jarra a su cuarto, donde lo esperaba un ladrillo de marihuana para poderse cruzar. “A veces es necesario matar lo pacato del ambiente” pensó con un ligero temblor en los dedos.

Tomó un sorbo de la mezcla suicida y la encontró extrañamente agradable. No era fanático de los sabores amargos del alcohol, pero supuso que sus amarguras hacían que todo le supiese más dulce que amargo. Miró la simpleza de su cuarto. Una cama destendida, un escritorio con un computador, un ropero lleno de ropa negra, una silla de madera antigua con grabados ornamentales y cojines rosados ubicada bajo la única ventana del cuarto con sus cortinas blancas, además de un estante de libros robados y/o comprados. Todas las paredes estaban tan desnudas y blancas, que cuando Joaquín apagó la luz adquirieron unas tonalidades plomas que denotaban las muchas manchas que el descuido había provocado a lo largo de los tiempos. Cookie, una amiga de Joaquín, solía decir que el actual cuarto del muchacho era una especie de dejadez forjada en decepciones estúpidas, una especie de espera por un algo que lo obligase a llenar las paredes de color y ornamentos inútiles. “Algo así como esperar a la felicidad intentando ser miserable” decía Cookie a quien sea que preguntase por la decoración del cuarto del muchacho.
En la oscuridad se quitó la polera y la lanzó a un lado. Se echó de un salto en su cama y luego estiró su largo brazo para tomar un poco de la mezcla suicida, sin poder evitar comparar el dorado del líquido con el rubio de los cabellos de Celia. Por un rato se perdió en el deliquio de pensar en ella, de recordar sus momentos con ella, de las ropas que había usado aquel día, del café discreto de sus ojos que Joaquín tanto disfrutaba, el celeste de su top (¿o era verde marino?), su jean, la chaqueta de cuero negro, su piel blanca y el contraste con el rubio semi-oscuro de sus cabellos. Sonrió con esa expresión que incluso los enamorados reconocen como estúpida, y el peso angustioso del desconsuelo en su pecho volvió a crecer, después de todo no hay peso que se disfrute con tanto sufrimiento como el de los enamorados. Peor aún, cuando quien se enamora eleva a la categoría de imposible a su amada.

Pronto el humo inundó el cuarto con el peculiar aroma de la mota. La espesura de las nubes de humo no dejaba a Joaquín ver más allá de su cama y su vaso de mezcla suicida. Ambos narcóticos habían tenido la virtud de idiotizarlo más allá de lo cualquier emocionalidad podía. Sus pensamientos ya no se perdían en la incómoda deriva de la desesperanza, ni en las desmesuradas ilusiones de su deseo, o el desconsuelo de saber que no podía ser más que un número imperfecto en los cálculos de Celia. La suya era la típica pena de quienes no se sienten dignos de algo, y aun así terminan añorándolo ¿Qué otro nombre, más que el más nefasto, amor, podía usar Joaquín para nombrar aquella tristeza constante? ¿Con qué otra palabra podía resumir tanta mierda? “Se grita, se maldice pero si ya te convenciste de que el escozor que sientes en las tripas es amor, rascarse es equiparable a un cadalso o a un suicidio.- le había dicho Cookie alguna vez- Al menos si eres de esos cachorros que prefieren ser buenas personas, de esos nobles que intentan ser caballerosos y respetuosos, que entran con los sentimientos en la mano y con la sinceridad en cada acto romántico que efectúan en nombre de a quien sea que digan amar. Y eso es jodido nene, pues las nenas como que nos gustan los cretinos que nos tratan medio mal, que en la mano solo tienen el pene hambriento de nuestras rajitas y cuyos actos los rodea de misterio y una seductora suciedad que no deja traslucir sus verdaderas intenciones”. Joaquín sabía que su terco romanticismo lo había llevado a cagarla de nuevo. Justamente por eso se encerraba con sus narcóticos, para establecer una distancia entre sus añoranzas y él mismo, de modo que a través de la distancia pudiese olvidar que Celia existía, que Celia respiraba, que Celia era tan genial, para olvidar su fisionomía y su voz ronca que él disfrutaba tanto, para olvidar sus frases matadoras a lo Cookie, para olvidar su risa repentina y sus miradas cómplices, para dejar de hacerse las mil y un películas en su cabeza donde ambos se amaban, donde todo salía como él deseaba y donde todos podían ser infelices, menos él y ella. Olvidando que si bien la distancia puede, también, curar el mal de amores, es, sin embargo, una apuesta riesgosa pues, por lo general, suele agravarlo.

Joaquín se perdió en la confusión de los efectos del cruce de narcóticos. Hacía rato que la jarra de mezcla suicida estaba vacía y que el ladrillo de marihuana se había esfumado en forma de porros, bongs y pipas que su fiel candela había iluminado. Y fue así, con los ojos perdidos, su cabeza perdida, su vida perdiéndose y sus sentimientos apagados ante el abrumador desequilibrio de sus pensamientos, fue así como lo encontraron los cuervos.

Primero se preguntó de dónde habían salido tantos. Intentó recordar si había dejado la ventana abierta, puesto que la espesura del humo no le dejaba ver más allá de su posición fetal en la cama, pero no lograba concentrarse ante los revoloteos de los pajarracos encima suyo. Había algo raro en la hostilidad con que sobrevolaban, en la manera en que sus picos se abrían con espumas rabiosas fluyendo y graznaban violentamente sonidos estridentes que lastimaban a Joaquín. Y fue cuando vio la inquietante negrura de los ojos de los cuervos, esa oscuridad palpable que parecía transmitir un desasosiego tan familiar, fue entonces que comprendió que los cuervos estaban pero no estaban. Eran alucinaciones, quizá, que reflejaban sus propios demonios. Demonio, en realidad.

Desde niño que el amor era un límite de lo ilegal para alguien como él: demasiado invisible, demasiado pequeño, como una especie de accidente con patas que de haber amado y demostrado que lo hacía, sufriría un castigo por su crimen. Algo peor que simplemente soñar con la imposibilidad de tornar lo imposible en posible, aunque Joaquín no sabía de nada peor que aquello. ¿Cómo era que había terminado ahí, en el amor? ¿Qué clase de intensa soledad lo había empujado a tejer ilusiones de adolescente enamorado? ¿Cómo era que Celia había logrado pasar las pruebas de sus estándares, de por sí altos, para sentarse tan cómodamente en un trono que, quizá, exageraba sus atributos? Los cuervos que lo torturaban le recordaban la fragilidad de su mortalidad, representaban cada derrota, cada fracaso, cada defecto y cada motivo por el cual nunca sería digno a los ojos de Celia, con esa arrogancia que tienen los acomplejados y/o amargados de creerse capaces de antelarse a lo que se pensará de ellos. Pero más allá de los dolores típicos de un enamoramiento desesperanzado, los cuervos traían las torturas de cada aspecto de su vida, de todas las cargas con que se entorpecen los acomplejados. Y en medio de la bruma de los narcóticos sufrió. Con una inefable angustia y una inenarrable conjunción de tristezas, que le recordaban lo “loser” que era.

Nos entregamos a la Perdición cuando aun no deseamos casarnos con la Muerte. Es más bien una especie de coqueteo distante, donde miramos fijamente a la Muerte y susurramos cosas sucias mientras la manoseamos a la Perdición, quién nos deja marcas imborrables con sus besos y chupeteos. Quizá Ballesteros intuía que los cuervos no esperarían a su muerte para comer de su carne, quizá pudo leer, en aquellos temibles ojos completamente negros, que la paciencia era una maricada y que, primero, lo matarían para, después, llenarse más rápido sus estómagos.

No le sorprendió cuando los humos de la marihuana se disiparon de repente. No pudo sentir más que un estúpido embelesamiento cuando vio que la imagen de Celia se manifestaba en su habitación que había cerrado con llave y con la ventana intacta, como si nunca se hubiese abierto. Aun drogado, pudo notar que esta Celia brillaba con una luz tan digna de ella, como solo ella misma podía ser. En un flash de conciencia se sintió ridículo por todas las maricadas que pensaba. Pero luego reparó en la corona de flores que flotaba encima la cabeza de Celia, como si de una aureola se tratase. También notó que la oscuridad retrocedía ante su reconfortante luz, una luminosidad que los cuervos odiaban y ante la cual retrocedían furiosos.

Se arrastró. Se rindió ante el peso de aquella visión aceptando la cabrona realidad, consciente de que nada era real y que, sin embargo, todo lo era. Lo malo de los simbolismos es que crean imaginarios que nos gusta asumir como reales. Y era aquel un simbolismo perfecto en donde el amor linchaba, con su luz purificadora, todo sufrimiento pasado, toda derrota, toda posible amenaza a su ser. Y era el simbolismo que permitía al amor triunfar por encima de todas las cosas, donde el amor todo lo podía y todo lo perdonaba, donde el amor se presentaba en forma de Celia y dejaba a Joaquín Ballesteros entregarse a la enfermedad de amar como un “loser” y soñar, e ilusionarse y no dejarse lastimar por los cuervos. Fue así que Joaquín terminó arrodillado y refugiándose en la visión de su amada, mirando temeroso a los cuervos y hallando cierto tipo de confort en aquella aparición, quien miraba fijamente a los cuervos con una expresión de neutra conmiseración en el rostro igualito al de Celia, y los fulminaba con esos terribles y profundos ojos completamente negros.

 

Laura Blandón 2

por Laura Blandón