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Era una mañana horrible y neblinosa cuando Francisco Antezana decidió vencer la flojera y dejó de ignorar los ruegos de su médico, el Morsa, que ya desde hacía unos años le rogaba que llevara una vida más sana. Se levantó criminalmente temprano, ignoró las quejas del bulto que era su esposa y embutió su cuerpo en un atuendo deportivo, de esos térmicos que mantenían todo el calor y el sudor adentro, y no dibujándose en contornos ofensivos debajo las axilas, o la espalda baja. Llenó una botella con agua y decidió saltarse el desayuno hasta después, convencido de que si salía lleno volvería vacío y con el aliento rancio. Abrió la puerta, salió a las calles del condominio, maravillándose con el empecinado silencio que reinaba a esas horas de la madrugada. Quizá fue un poco para salir de casa, o tal vez fue porque ya no soportaba el vozarrón del Morsa sonando en bucle dentro su cabeza con ese mismo tono de reproche con que dominaba a los ancianos y con la calidad de una vieja grabadora de cassettes. El viento frío creó un par de dudas, pero ni bien se puso los audífonos con música a todo volumen, sus piernas comenzaron a moverse solas y a una velocidad de la que él mismo no se imaginaba capaz.

El barrio era el mismo siempre. Un pequeño mundo de casas lujosas, cada cual marcada por su propio estilo arquitectónico, como si en algún momento de la historia de aquel sitio una guerra de estética entre unos cuantos arquitectos muy snob hubiera tenido lugar. Al principio, hace quizá unos quince años, Antezana disfrutaba llegar desde su oficina en la ciudad hasta ese remanso oculto de la civilización. El condominio estaba tan alejado como para que un par de los más acaudalados habitantes se vieran obligados a hacer inversiones de tal forma que el lugar tuviera su propio supermercado. Eso llevó a que muchos otros pusieran cafés, hamburgueserías, galerías, clubes de cine, librerías, bazares y otros intentos de negocios, todos pequeños, ninguno más que un divertimento con que algunos maridos le daban sentido al vacío en la existencia de sus esposas, quienes decoraban y administraban locales no pensados para ganar nada más que aislamiento. Eso sí, llegar por las noches era un espectáculo de luz y vida. Las casas aparatosas con todos los focos encendidos, los negocios igual, pero con la gente entrando, saliendo, yendo de aquí para allá, riéndose los unos con los otros, hablando de la familia, la propiedad privada y la descarrilada juventud, esos que los escuchaban en silenciosa sonrisa, bueno, al menos los que no estaban alborotando las calles y la noche con sus risas y sus charlas sobre el colegio, la lejana vida y el amor. Francisco pertenecía al grupo de esposos trabajadores llegando en lujosos autos, saludando desde las ventanillas a la comunidad entera. Todos se conocían, todos rotaban invitaciones de cenitas y tecitos y almuercitos, y tantas cosas que Antezana ya no disfrutaba como antes. Tal como las llegadas nocturnas a ese infierno de luz y cordialidad, de señoras llamándolo Panchito y jóvenes lanzándole discretas miradas insolentes en las que siempre encontraba a su mujer. Quizá la magia se había perdido, quizá vivir tan lejos de la ciudad ya no era novedoso, y ni siquiera podía decir “tan lejos” pues en los alrededores ahora existían otros condominios, todos estructurados como burbujas perfectas, cada vez más numerosas y apelmazadas.

Durante aquel trote Antezana descubrió que prefería el estado matutino del barrio. Los hogares grises y quietos, muertos en vida, las calles deshabitadas, los autos sin sus molestos conductores. Hasta la misma neblina le gustaba, daba la impresión de un aire de desahucio que, por algún motivo, lo llenó de alegría, tanto como le turbó ver que la luz de la viuda Ramírez ya estaba encendida, tal como muchas luces en el hogar de los Cardona, pero tras un rato dejó de molestarle el detalle y hasta se permitió divagar sobre qué clase de actividades se llevaban a cabo en hogares tan -o más- conservadores que los demás. Esto lo divirtió hasta que recordó la mano de hierro con que su esposa solía administrar las cosas, a su hijo rebelde sin causa y todas las agrias peleas para que dejara de ser un papelón en el barrio y que, por favor, por lo que más quisiese, fuese un poco más como su hermana, la Silvita, su hija querida, tan ingenua la pobre, pero buenita, todo un pancito de Dios. Nunca supo si fue el aire de la mañana o el cansancio acezante, pero de pronto la santidad de su hija le parecía poco encantadora. Justamente a él, que hacía unos días la miraba agradeciendo aquel mismo detalle ante la ya no tan lejana llegada de sus tiempos universitarios.

Llevaba casi veinte minutos de arduo trote cuando, por fin, el vozarrón del Morsa bajó un poco su volumen. Se sentía bien, obviando la falta de aliento y el sudor excesivo; Antezana pensó que no estaba tan fuera de forma como el doctor le había hecho creer con todos esos discursos de dieta y ejercicio, de una vida más larga, de los beneficios del verde y todas esas basuras que su hija lograba seguir con una facilidad religiosa. Claro que ella tenía treinta dos años menos que él. No, eran treinta y tres. Antezana solía olvidar que estaba en sus cincuenta redonditos, pero en su defensa podría decirse que apenas llevaba tres semanas desde el cambio de dígitos. Un cambio que llegó acompañado, justamente, de la voz del Morsa en su cabeza y una nueva angustia por su antes ignorada panza y/o las canas que ya pintaban de gris su larga y azabache cabellera. Pero Francisco no pensaba renunciar a los ocasionales pollitos nocturnos de doña Rosa, o a las hamburguesas de su ahora único amigo en el barrio, el flaco Portoño, mucho menos a los jueves de pizza con su hija o los viernes de póker con su hermano, cuando aprovechaban para beber cerveza y jugar alguno de los disparatados juegos de mesa de su sobrino. No, para nada. Todos eran los únicos placeres de una vida que nadie, ni él, habría podido llamar sacrificada pero que, definitivamente, estaba plagada de estrés. Entre la oficina y los quehaceres diarios, tenía Antezana poco humor para llegar a comerse una ensalada aderezando uno de esos chistes de soya que su mucama insistía en llamar carne. Aparte estaba el detalle de saber que ceder a ello desembocaría en su esposa mirándolo desde el otro lado de la mesa, con aquellos ojos endulzados de resentimiento, devorando lentamente un enorme y oloroso plato de comida italiana. Sacudió la imagen de su cabeza y prefirió pensar en los domingos en la piscina de los Gorena, con casi todos los hombres del barrio mirando su panza con envidia, algunos con esa nostalgia por las cosas que nunca se tuvo y así fue sintiéndose bien con el mar de sudor que expulsaba su cuerpo, con las miradas que generaría la posible ausencia de la que, a toda regla, era una panza mínima. Pancita, como le decía Silvita.

Casi terminado el circuito, cerca de la puerta de su casa, sintió el peso de la fatiga con la respiración fuerte y entrecortada, los miembros abotagados, la mente deseosa de rendirse y zamparse un desayuno americano en algún café cercano a la oficina, porque el de doña Clara no abría a esa hora. Delante suyo, aun por encima de la música en los audífonos, escuchó un portazo desde la casa de sus vecinos y notó a una figura esbelta vestida de apretado rojo, curvas de sílfide, movimientos armoniosos y trasero de durazno, casi cubierto por esa cabellera pelirroja tan característica de los Otero. Al principio Antezana no sabía si la fatiga le hacía ver cosas, entonces la voz de su esposa acusándolo de exagerado se hizo un cuchillo y nada más por eso tuvo que pisar tierra y admitirse que aquella flama de vivo rojo no era otra que una de las integrantes de esa familia. Aquella visión excitante era Manuela, la madre, o alguna de las dos hijas en ese hogar de ocho que vivía sumido en molestos escándalos melodramáticos, o fiestas de viernes, sábado y domingo. Su entrepierna se abultó un poco con el movimiento pendular de las caderas de la Otero y casi sin preverlo su mente le hizo apretar el ritmo hasta que pudo pasar a lado de ella para ladrar un magro saludo matutino que ella respondió con una sonrisa.

Era Catalina. La menorcita.

Esa noche programó la alarma, pero la retrasó para darse unos diez minutos más de sueño mientras su esposa miraba una serie en su celular con los audífonos a todo volumen. Recostado en la oscuridad contempló el techo con una mirada inefable. Nadie, ni su esposa, habría podido desentrañar lo que sucedía en su cabeza. Quizá para alguien que lo hubiera visto terminar la última vuelta de su circuito habría resultado fácil, hasta obvio, pero incluso en su casa apenas notaron que salió y para la tarde todo estaba olvidado. Giró incómodo entre sus sábanas y dejó volar la mente. El sueño se confundía con los recuerdos: la vida que se comparte con los vecinos, el parpadeo en que una niña se convierte en mujer, la gigantografía de lencería de camino al trabajo, los forzados miércoles familiares para ir a la plaza de cines, abarrotada gracias al 2 por 1, inundada de juventud con escasos trapos. Se acomodó los pantalones del pijama, miró la hora, se escandalizó, se levantó silencioso y bajó las gradas hacia el baño de visitas. Apretó los labios y con paciencia esperó a que el sudor actuara para evitar la fricción. Por un breve instante consideró en pensar en su mujer, pero la imagen de Catalina enflamada se filtraba en forma de violentos flashazos que se probaron más efectivos que cualquier recuerdo, y hasta más que las varias ofertas gratuitas interneteras. Ni siquiera vio venir el chorro, no hasta que lo tuvo escurriéndose en su propio rostro, con la expresión de sorpresa ante la fuerza de la expulsión y la garganta resentida por el grito que tuvo que ahogar. Y así un par de veces más hasta que la madrugada lo despertó con su frío y aprovechó de orinar dado que ya estaba en el baño.

Esa madrugada se demoró en todo detalle que pudo al prepararse para obedecer al Morsa, y aun así estuvo sudando una eternidad de veinte minutos antes de que Catalina Otero saliera, esta vez con una calza negra más apretada que la del día anterior, un brevísimo top verde que no la protegía del frío invernal y unas gafas muy oscuras que velaban sus aceitunados ojos celestes de un sol ausente. Antezana se dio el gusto de pisar el suelo con la izquierda al compás del bamboneo de esa nalga derecha y estuvo a punto de tropezar un par de veces por no fijarse en los obstáculos esporádicos que traía el circuito. Tanto habían luchado los vecinos por un asfaltado mejor, pero la guerra contra el tiempo no la gana nadie, pensó apenado, justo cuando Catalina se dio la vuelta sin nunca dejar de trotar; le dirigió otra sonrisa que casi lo fulminó y apretó el paso hasta perderse de la vista de Antezana. Éste se esforzó, primero trotando y luego, cuando la compostura estuvo perdida, corriendo como un loco, aunque sea para ver un poquito de aquel poto y hacerle fotografías mentales, útiles para el insomnio. Pero la desgraciada era muy rápida y, cuando ya no pudo más, entró frustrado a su casa. Sin saber bien porqué, rompió a llorar en la ducha.

Mucho puede suceder en un mes. No pasó demasiado hasta que la familia Antezana se dio por enterada de los nuevos hábitos de su patriarca. Quizá fueron sus dramáticas entradas por las mañanas, cuando el resto de la familia desayunaba, todavía derrotados por la modorra, y él aparecía todo sudoroso, fatigado, con la respiración de quien sufrirá un ataque cardiaco en cualquier minuto, abriendo el refrigerador y quedándose parado ahí un rato, como deseoso de que el frío congelara las numerosas gotas chorreando desde su rostro, hasta que al fin sacaba una jarrita de zumo de naranja que se zampaba en un solo ruidoso golpe. Sí, quizá fueron esos momentos. O tal vez fue el progresivo cambio corporal de esbelto a atlético, que concordaba con el súbito capricho de entrar al gimnasio después de la oficina para llegar a casa tal como en las mañanas y repetir esas mismas pantomimas, hasta que cada quien se perdía en sus propios asuntos y el viejo seguro ya estaba fuera de la ducha y la vieja fija ya estaba en algún cafecito o snack del condominio, o la ciudad, o cualquier parte, no sabían, pero no en casa, eso era seguro. En todo ese mes, más que acostumbrarse al vacío hogar, tanto Silvita como Marito Antezana encontraron formas de explotar aquellas ausencias; ya sea en un encierro cada vez más premeditado y sesudo para escapar de los aullidos de los chicos que le pedían a la nerd que se sacase la actitud de monja y enseñase más las nalgas, o en la libertad absoluta para salir a vandalizar el condomio con otros muchachos disconformes con su barrio, siempre grabando todo para subirlo a una cuenta anónima de Instagram y ocultándose en la casa tan convenientemente vacía de padres.

Aquel mes fue el cielo para Marito. Por las mañanas soportaba el espectáculo de su padre hasta que éste se iba primerito que nadie, y entonces subía a su cuarto para demorarse en vestirse y alistarse de modo que su hermana -corcha de mierda- no tuviera otra más que irse sola a esperar la góndola. Su madre apenas le reprochaba el retraso y era la segunda más apresurada en salir, tomando el segundo auto hacia donde sea que fuesen las amas de casa que tienen una mucama que trabaje por ellas, pensaba Marito mientras esperaba los quince minutos tras la partida de sus padres para quedar completamente solo en su palacio. Las mañanas eran suyas para holgazanear y planificar las reuniones de la tarde. Sus amigos iban del colegio a su casa directamente, y algunos hasta saltaban el colegio de sus trayectos. De nueve de la mañana a cinco de la tarde, la casa Antezana era el mejor punto de reunión para ruidosos muchachos de dieciseis a diecisiete años con ganas de destrucción en las hormonas. Especialmente por las tardes que salían un rato de su rutina para tratar de espiar a la Cata Otero desde la ventana de la Silvita, quien no sabía cómo decirles que por favor se fueran para que pudiera estudiar en paz. La Cata solía llegar a las tres, directo a cambiarse el uniforme, y ellos, con las cortinas de la Silvita cerradas, con una cámara digital asomándose por una rendija, jugueteaban con el zoom hasta tener un vistazo de algo, lo que fuera, del cuerpo de la Cata. Nunca conseguían nada más que algún vistazo fugaz cuando a una cortina la elevaba el viento y ellos celebraban con un montón de grititos ahogados y risas gangosas. Mejor era cuando ella estaba apresurada y se olvidaba de cerrar esa condenada cortina y le veían la espalda en full technicolor, o aquella memorable vez que gracias a una hazaña del Urqueda, Cata se asomó a la ventana del baño y quedó retratada con la mirada inquisidora, mirando a todas partes menos hacia la cámara, con un sostén de frutillitas apenas conteniendo sus senos. Un video que batió un récord de vistas en los Whatsapp del curso y de otros colegios más.

Silvita soportaba la presencia de tanto muchacho en su habitación aprendiendo algo de los comentarios que lanzaban sin freno o filtro. Pronto se hizo experta en todas las formas en que se podía nombrar a los senos, o al trasero, o a las mujeres en general, y en ese mes desarrolló un oído que captaba hasta el más sutil de los innuendos. Podía soportar todo, tampoco tenía otra, se decía cada que su hermano convertía su dulce mirada de hermanito menor en los ojos de la furia encarnizada. Sentía pena, pues Catalina le caía bien. Era una chica inteligente y aplicada pero que también lograba muchísimo gracias a esa su irreal belleza. Lo más raro, y lo peor, era que Catalina podía ser muy amable y, por lo general, lo era. Rumores llegaban de lo arpía que podía ser, pero Silvita sabía que eran la clase de cosas que propagaba la Beatriz Pau de pura envidia. Otros rumores apuntaban a que la Bea Pau estaba enamorada de Catalina y por eso se esforzaba en odiarla, otros afirmaban que el lío estaba en que Catalina era una princesita que hablaba de feminismo y la Bea no creía que las princesas pudieran hacer eso. Su hermano le decía que Catalina estaba enamorada de un chico de la promoción, el mismo del que estaba enamorada la Bea y… por eso no le gustaba meterse mucho en ese mundo de socializar. Las ideas, los sentimientos y el tiempo se perdían en estupideces, en gente inútil como la tal Bea Pau. Pero Catalina sí que le caía bien y todos los días deseaba animarse a acercarse y decirle lo que su hermano hacía con sus amigos, consolarla por el video filtrado señalándole las gargantas de los culpables. Estaba más que segura de que ésta se lo agradecería y sería muy pero muy amable, y si no hubiera sido por las repercusiones en casa…

Silvita también temía por sus padres. No era nada nuevo que su madre nunca estuviera, aun cuando estaba ahí. Ya eran años de años que su madre llegaba de la calle con los ojos hinchados y actitud febril. Silvita la había visto en sus andares citadinos y no la culpaba por sentirse miserable en una casa que, a toda luz, no había logrado sobrevivir al crecimiento de los hijos. En realidad era su papá quien más la sorprendía. Esos cambios bruscos la asustaban y su nueva rutina le parecía demasiado brutal como para ser algo inocente. ¿Quién pasa de pedirse una triple hamburguesa con tocino a tomar batidos de manzana y apio mientras hace alrededor de tres horas de ejercicio por día? Les preguntaba a sus amigas y éstas especulaban que quizá era cosa de la edad. Su miedo entonces se exacerbaba, pues recordaba cómo alguna vez su padre, en una de esas rarísimas ocasiones que llegó borrachísimo de sus visitas al tío Raúl, confesó una fantasía que tenía. Un día salía de casa para pasear al perro y horas más tarde, quizá ella, quizá su madre, nunca Marito, se daban cuenta de la ausencia del perro. Preocupadas iban a buscarlo por la casa y lo encontraban atado al poste frente a la puerta de calle, tal vez aullando, aunque entre tufos Antezana le confesó a su hija que ese detalle ya era mucho melodrama. En fin, la fantasía continuaba con ellas, cualquiera de ellas, llamando molesta a su celular, pero sin que éste contestase nunca. Ahí por el tercer intento descubren que el celular está cargando dentro la casa y, molestas a no dar más, se sientan a esperar al retorno de Antezana para que explicase su conducta. Pasan dos, tres, cuatro horas pero éste no retorna, hasta que una de ellas, “probablemente tu madre” confesó Antezana a su cada vez más incómoda hija, se aburre y decide que ya es hora de dormir. Pasan los días, los años, pero él nunca retorna. “¿Esa es tu fantasía?”, le pregunto su hija. “Sí”, contestó Antezana. “No entiendo”, dijo ella. “Lo harás”, concluyó él. “Cuando crezcas, mi amor”, balbuceó dormido en el sillón.

Dos meses más pasaron. Nadie en la familia Antezana siquiera amagaba con la idea de una cena en conjunto. De hecho, se evitaban. Ahora la madre regresaba a las once, aprovechando que el marido hacía lo propio y Marito rumiaba rabia por cada esquina de la casa, reo de un castigo sin gendarme. Silvita había roto el silencio denunciando a su hermano con Catalina, y el padre de ésta con su nada sorprendida vecina que miró a Marito, como quien mira al mesero, y le anunció un severo castigo de meses y meses. De ahí en adelante las cosas mejoraron para Silvita. Ahora Catalina era su amiga, gracias a ello le iba mejor con la gente del colegio, de pronto sus notas mejoraron y hasta se consiguió un no muy tímido primer novio que le sonsacó el primer beso. Ella se sentía feliz, pero los momentos que pasaba en casa estaban plagados de su hermano susurrándole insultos, su hermano pateándole las canillas, su hermano mandándole crueles dibujos de ella como monja, de ella como rana, de ella como ornitorrinco, su hermano mandándole fotos de las cosas innombrables que le hacía a su cepillo, a su ropa, a sus toallas, y ella que no podía decir nada bajo la amenaza de la difusión de un supuesto video tomado mientras lloraba en el baño y susurraba el nombre de ese primer ex. Tal vez por eso prefirió el caos de la casa Otero, los cinco varones lanzándole miradas lujuriosas, dos de ellos, los mayores, siendo muy amables, la maternal hermana mayor tratándola como a niñita y Catalina siempre tan atenta, amorosa, riéndose de sus hermanos, hablando de muchachos, animándola a usar este maquillaje, esta faldita, esa blusa y la presencia del patriarca Otero, todo grande y robusto, peludo y serio, abultado en todos los cuartos a los que se metía, como llenando el breve espacio que no ocupaba su ausente esposa. Una mujer que, a diferencia de su propia madre, trabajaba y llegaba rendida en búsqueda de un remanso de silencio que encontraba en las píldoras somníferas que tomaba sagradamente tras engullirse cualquier cosa que pillaba en el refri. Pese al incidente con su hermano y su cámara morbosa, los Otero la querían mucho y en el condominio se decía que los Otero ahora eran nueve.

Francisco no sabía qué pensar de aquella situación. Cuando se enteró del crimen de su hijo, su reacción fue tan furibunda que, en la intimidad pública de su hogar, agarró a su único varón y le dio una descontrolada tunda de sopapos. Marito no obtuvo más que cuatro cachetes dolidos e irritados que dejaron de arder dos días después, pero nunca olvidaría la furia de su padre. Aquel alfeñique ya no lo era, y la ira en su mirada lo tuvo acatando un castigo del que no se sentía merecedor. Francisco por su parte fue personalmente a pedir disculpas a los Otero y, de paso, a conocer a toda la prole. Mucho lo sorprendió encontrar a su hija abriendo la puerta de la casa y con su propio puesto para la cena, pero se quedó colgado en el atuendo casero de Catalina y la nada despreciable belleza menguada de su hermana. Se guardó para después un interrogatorio a su hija y mejor habló con el padre, la hermana y la misma Catalina. Pidió perdón por su hijo y por enterarse tan tarde. “El trabajo, usted sabrá”, dijo, y el rostro casi inexpresivo de don Otero, sus ojos más oscuros que los de su hija, no decían nada, pero su voz expresaba, con una amabilidad que parecía forzada, que todo estaba bien, que todo estaría en paz y que la Silvita compensaba la fechoría de su hermano, luego la hermana de Catalina diciendo que la niña era más que bienvenida en esa casa y Catalina con su “gracias señor, no se preocupe”.

Aquel tercer mes desde que Antezana comenzara a trotar fue el mejor que recordaba haber tenido en años. Ya eran obvios los beneficios de sus intensivos entrenamientos y cada día se parecía un poco más a esa diversidad uniforme de tipos del gimnasio que se miraban fijamente al espejo mientras flexionaban los músculos. En parte deseaba sobreponerse a la envidia que lo anonadó durante su primer día, pero también tenía que verse bien para los encuentros matutinos. En el espacio de un par de semanas de resultados gimnasianos, las trotadas matutinas se convirtieron en algo más que perseguir a Catalina. Ahora era una especie de concurso de gente muy atlética que iba demasiado a la par y que jugaban a quién pillaba al otro mirando. Había algo muy sensual en mirarla sudar, en notar la cabeza y media de altura que le sacaba, en darse cuenta que nunca repetía algún conjunto para ejercitarse, y que cada día había un color nuevo censurando su cuerpo, llenando de una notoria novedad a las conocidas curvas de sus caderas, la planitud de su panza, el arco en su espalda baja y haciendo brillar con nuevas luces a esos ojos celestes aceitunados que sonreían cada que ambos perdían y se quedaban mirándose chorreados de sudor bajo la luz gris de la madrugada. Ahí, en las calles del condominio, todo era más directo que en su auto, al que Catalina se subía con actitud tímida, agarrándose la falda, con la sonrisa contenida dibujada en sus labios carnosos y la camisa del colegio reventando, los botones superiores abiertos en un enorme escote. Cuando ella subía, de pronto él sonreía y engrosaba la voz para preguntar acerca la familia (“todos bien, la casa un caos como siempre, ya sabe”), los estudios (“el otro día casi llego tarde porque usted no me pasó a buscar, realmente esa góndola es terrible, yo no sé cómo hace la Silvi”), el novio (“pero Francisco, no tengo novio, ¿no te conté?”), y él, que apenas podía dividir su atención entre el camino, sus ojos, los autos, sus piernas y la larga avenida de moteles de amor, esa en la que la había encontrado la primera vez que se animó a llevarla. “Pero ¿qué haces por acá?”, dijo deteniéndose de repente, su hija seguía desayunando, su esposa prendía el segundo auto, su hijo veía algo en Netflix. “La góndola me dejó, no hay taxis, ¡Ay señor Antezana! ¡Ayúdeme que llego tarde!”, diría ella con una angustia sonriente en el rostro y ¡puf!, adiós sospechas de algo sucio, hola fantasías obsesivas, imágenes que lo atrapaban en los momentos menos pensados, particularmente aquellas pocas noches que se encontraba de frente a su mujer en casa y ésta ni siquiera le podía devolver el saludo con decencia, siempre con la mirada triste y la voz agria.

Pasar frente a los moteles era su momento favorito del día. Cuatro o cinco edificios, todos con nombres de romance vulgar, carteles de neón, colores extravagantes y ofertas por doquier, todos ofreciendo el paraíso pero ninguno garantizando limpieza. Para Antezana significaba callar un rato, dejar la charla formal, mirarle el escote sin miedo pero con cautela, relamerse por dentro y verla relamerse por fuera, anhelar virar de golpe, bajarla en brazos, llevarla a un cuarto y tratar de no pensar en la limpieza de los mismos, o en esas camas tan húmedas como el ambiente, o la paranoia de las cámaras de seguridad en los pasillos y lo escandaloso que podría resultar aquel uniforme escolar de no tener cuidado. Entonces pasaban a una enorme curva y unos metros más allá estaba el colegio donde la dejaba, alcanzando a irse mucho antes de que llegase la góndola trayendo a sus hijos. El resto de su día se iba en desquitarse, perder la intensidad de aquellos momentos matinales en flirteos con compañeras de trabajo primero, charlas apasionadas con extrañas después, y, finalmente, breves encuentros con mujeres que lo dejaban inconforme, ansioso de más y más.

Un mes antes del colapso, Antezana tenía un sistema infalible para encubrir sus infidelidades. Con una nueva cuenta bancaria reservaba un cuarto en el Sheraton cada viernes por la noche y sábado por la tarde. Durante la semana se dedicaba a pasarse por cafés y bares, de preferencia cercanos a alguna universidad, y ahí conocía a docentes y estudiantes. Las seducía, jugaba un juego paciente para conocerlas, encontrar en ellas algo que lo atrapase y las citaba en aquella habitación. Algunas no iban y otras veces simplemente no tenía suerte con nadie. No le importaba demasiado, a decir verdad. Le importaba que fueran bellas, más que nada, y conocerlas era una forma de encontrar algo más que lo alejase de los pensamientos que ya no cesaban en su cabeza. Cuando todo fallaba se acercaba a alguna chica en el gimnasio y se conformaba con algún rapidito en el baño. Panchito, Francis, señor Antezana, le decían y él que se ponía más duro, invitaba otra ronda de cervezas, llamaba a la recepción del hotel para pedir otra champaña, prometía otro vestidito de regalo, a lo mejor un libro, dependía de con quién estaba, a decir verdad. Muchas volvían por el interés en esos regalos, otras lo tenían bien calado y lo usaban tanto como él las usaba a ellas. “Tú te estás tirando a otra mientras tiras con todas nosotras”, le dijo un día una docente de medicina y él no se lo negó, ni tampoco dijo nada. Se quedó en silencio y quietito, ansioso por el ver el famoso video de Catalina, bien guardado en su celular, y sólo salió del trance cuando fue ella la que empezó a moverse para que continuara la danza.

Aquella noche, mientras regresaba a casa, a pocos metros de la curva que llevaba a la avenida de los moteles, comenzó a hacer cálculos para comprar un departamento en la ciudad, pues el Sheraton no era nada barato y ya la última vez se encontró con un amigo de su esposa a quien le dijo que estaba de guía de un viejo y aburrido, pero famoso, empresario que pensaba invertir en su oficina. Por suerte era uno de esos amigos lelos e inocentes que se lo tragaban todo, pero el asunto lo disgustó tanto que aquella noche no pudo empalmarse, justo en frente a una mata de vellos pelirrojos de una muy joven estudiante de primer año de administración de empresas. Aquello era un colmo que escondía a otros. No sólo había fallado con una conquista que le costó más de lo que imaginaba, también estaba el hastío a correrse de sus deseos, a tratar de encontrar la voz de Catalina en unas, su poto en otras, sus ojos en nadie, su pelo en muchas, su cinturita en las del gimnasio y así hasta que sintió que trataba de armar un rompecabezas que ya tenía resuelto y listo para ser armado en la comodidad de lo que, al parecer, sería su última noche en el Sheraton, antes de encontrar una cueva más discreta en la cual podría explorar más a fondo los misterios de la Otero.

Lo planificó todo con cuidado y se atrevió a ser más osado con Catalina cada mañana. No tanto como para asustarla, lo suficiente como para que ella también tomara la iniciativa. Fue por eso que la mañana previa al día del colapso ocurrió el beso. Uno largo, apasionado, salivoso, con una que otra mordida, con la respiración de ella perdiendo el control y la mano de él recorriendo esas piernas que tanto le gustaba mirar. Cuando se separaron, él se quedó mirándola a los ojos. El sol brillaba intenso y el cielo estaba despejado, con algunas pintorescas nubes decorándolo. Estaban detenidos en un callejón de la ruta al colegio, pasando la curva de los moteles. En la radio sonaba alguna de esas canciones que tanto le gustaban a Catalina y que los padres y madres del condominio odiaban y condenaban cada que podían. Ella comentó acerca la perfección de la banda sonora para el momento. Antezana no la ignoró pero tampoco le contestó, se sentía muy perdido en el brillo de aquel día reflejado en esos ojos celestes aceitunados y en todas las posibilidades que delataban los carnosos labios apretándose. Ni bien llegó a su oficina le dijo a su secretaria, amante generosa y enérgica, que lo comunicara con aquel amable agente de bienes raíces que cada tanto llamaba. En un abrir y cerrar de ojos tenía una flamante propiedad comprada, tras un par de semanas de dudas legales que su abogado despejó. Quedaba dar la noticia.

En nada más varió su rutina. Mismos papeles, mismas horas, cafés, secretaria, colegas, reuniones y hasta el mismo sudor corrió por su rostro mientras mataba el deseo con el dolor del ejercicio. Sentenciaba a la noche como un refrito televisivo cuando divisó a su esposa entrando apresurada a un edificio. Unos días antes su abogado le advertía los peligros de mezclar divorcio con infidelidad, si alguien delataba algo de lo que ocurría en los cuartos del Sheraton, lo más probable era que terminase con la vida vuelta añicos, con más prospectos de terminar comiendo en la basura que alimentando a los que ahí viven. Sin embargo, algo en la actitud de su esposa le resultó extraño, aun si vagamente familiar. Quizá era la vivacidad con que caminaba, o su energía al girar la cabeza hacia los lados – pero no atrás, nunca hacia atrás – mientras traspasaba el umbral de la puerta y el portero la saludaba como si ella misma viviera en el edificio. Esperó mientras su esposa se metía al ascensor y los números digitales hablaban del catorce. Antezana se dirigió hacia el edificio y pasó de largo al portero diciéndole algo como piso catorce, donde el señor Archundia y sudó en seco durante todo el ascenso. ¿Cuánto tiempo sin ver a aquel viejo cascarrabias? Amigo de los padres difuntos de su mujer, Archundia era un viejo interesante que no toleraba la compañía, exceptuando la de ella, porque claro, era bonita y ese viejo cabrón siempre había sido un manoslargas en lo que refería a su esposa, aun desde pequeña. Llegó al piso esperando escuchar de todo menos los llantos a gritos de su mujer, una sarta de balbuceos incoherentes o incomprensibles que asustaron a Francisco. De pronto sentía ganas de derrumbar la puerta, tal vez sólo tocar el timbre, gritar él también, preguntarle en voz baja al vejete porqué lloraba su mujer, dejar de escuchar esa voz ronca derrotada por el tiempo diciendo cosas tan cliché como “déjalo salir”, “mejor afuera que adentro”, “no hay que aguantar las lágrimas” y en un punto Antezana se escuchó decir ya, a la mierda, antes de bajar corriendo las escalinatas, salir apresurado del edificio y quedarse sentado en las gradas que lo conectaban con la calle.

Esperó una hora, quizá dos, antes de que su esposa saliese. Gozó ligeramente con la expresión de horror y sorpresa que puso ella cuando lo vio y por un instante no supo cómo reaccionar más que con una euforia que tuvo la virtud de centrar a su mujer. Ésta se sentó a su lado y hablaron por horas, del clima, del gobierno, de su matrimonio, de sus vidas, del futuro. Casi como volverse a conocer. Francisco hablaba y, a la par, recordó su primera cita, cuando se encontraron en un restaurante de los caros y comieron charlando, se pensaron como personas fascinantes y tuvieron la certeza de que a cada uno le interesaba estar en la vida del otro. Aquella charla en las gradas del edificio, casi treinta años después, fue más como dos amigos reencontrándose. Ella contó que no había hecho gran cosa de su vida, que estaba casada, tenía dos hijos, no trabajaba porque no logró terminar la universidad. “Por los hijos”, le dijo ella. “Que cagada”, dijo él y añadió una pregunta sobre qué tal era su dichoso marido. Callaron, rieron un poco, callaron otra vez, ella se puso a llorar, él no supo qué hacer y entonces la abrazó, el llanto aumentó su cadencia, su intensidad, su humedad y entre balbuceos comprendió que su esposa trataba de hablar de él en términos lindos, pero sólo logrando sacar a relucir el techo que puso sobre sus cabezas, el pan que nunca faltaba y una vida incompleta, infeliz, que espera su turno para morir y probar suerte en ese asunto de la vida después de. “¿Es tan terrible?”, preguntó Antezana con una lágrima contenida. “No”, respondió ella, “es un tipo buen tipo que no sabe que soy lesbiana, eso no es culpa suya. Aparte que una mierda porque hace años le metí cuernos y ya no pude hacerlo más. Lo único que tengo es venir a llorar la frustración y el miedo en los brazos de un viejo verde que es lo más cercano que me queda a un padre. Amigo mío”, continuó su esposa, “créeme que yo quiero a mi marido, hasta he llegado a sentir cierto respeto por él, pero no me hace feliz y no sé cómo decirle que todo fue una mentira, que lo quiero dejar”.

A la mañana siguiente despertó con el cuerpo completamente extendido en la vastedad de su cama matrimonial. Tras muchos besos, abrazos y promesas de amistad, su mujer estuvo de acuerdo en quedarse en un hotel esa noche mientras él aprovechaba la ausencia de los niños para guardar algunas cosas. “No dejes las maletas fuera, por favor, primero tenemos que hablar con ellos”, le pidió su mujer y él estuvo muy de acuerdo. Por la mañana no fue a trotar. En lugar de ello hizo sus maletas y se conformó con mandarle un parco mensaje a Catalina. “Será hoy”, escribió y cómo respuesta recibió un emoji de besitos y caritas eufóricas. Antezana apresuró las cosas, metió treinta años de vida en aquel condominio dentro un par de maletas mal organizadas y bajó a las carreras al desayuno. Eran las ocho, seguro Marito y Silvita estaban ya en la góndola. Maldijo por lo bajo, pero pensando en Catalina. Sacó el auto, aceleró a lo desquiciado y cuando llegó a la parada ahí estaba ella, vestida con la ropa de su hermana, tal como Antezana le indicó. Arrancaron, surcando las calles como bólidos en dirección al Sheraton. Le dieron un cuarto casi de inmediato, tratándose de un cliente tan leal como era él y, dentro suyo, planificaba en cómo amoblaría su nuevo departamento donde se perdería en maratones sexuales con Catalina y sus ojos celestes aceitunados. Subieron besándose en el ascensor hasta el piso veinte y ella le pidió que esperase un minuto afuera del cuarto mientras preparaba el mood. Antezana aprovechó para ir a recoger los condones que guardaba en el auto y en su cabeza concluyó que estaba feliz. La noche anterior parecía un sueño, esos en los que todo empieza mal y termina bien.

El colapso empezó cuando Antezana volvía del garaje hacia la habitación. El ascensor paró en la planta baja y una marejada de gente luchó por entrar. Al parecer el hotel albergaba una convención de científicos o religiosos, Antezana los confundía, que esa semana celebraban un seminario o congreso en la ciudad. Era viernes y todos estaban deseosos de que se terminase el día y llegase la noche para caer rendidos en cama, o prepararse para ir a beber. Fue apenas un vistazo, esos que uno puede descartar como una ilusión óptica, pero Antezana sentía que no se podía equivocar: su hija estaba entre esa multitud, esperando el ascensor, perdida en ese maldito celular por el que su madre tanto le gritaba, maldiciendo a Catalina por haberla convertido en una dependiente del bendito aparato ese. Antezana se asustó, pulsó el botón del primer piso y bajó a las carreras, empujando a los demás y casi cayéndose en las gradas. Cuando llegó reconoció la ropa de su hija entrando a otro ascensor e hizo una nota mental de todos los pisos en los que se detuvo. Cinco, siete, diez, trece, diecinueve y veintidós. Se dio un rato para suspirar aliviado al no ver el veinte en digital y cuando llegó el otro ascensor se preguntó: “Entonces ¿qué hace acá?” Preocupado se detuvo en cada piso y llamó a su hija al celular, paseando frente a las puertas, escuchando atentamente ese ringtone estridente que le gustaba utilizar. Esa niña escucharía una cosa o dos sobre faltarse el colegio, se dijo en el piso diecinueve, justo cuando escuchó al celular sonar en una habitación del piso. Pegó el oído a la puerta para cerciorarse y ahí estaba el rumor vago de la cancioncita molesta y la voz de su hija riendo, pidiendo tregua, que no entendía por qué insistía tanto su papá y luego una voz profunda, ronca, peluda, le pedía que viniese a la cama y ella reía pero ya no como si le hicieran cosquillas sino diferente, raro, y entonces callan las risas y dan espacio a respiraciones y un gemido y Antezana, que ya no podía más, ciego de furia, tomó impulso y saltó para patear la puerta con ambas piernas. La puerta cedió y Antezana gimió en el suelo con el cuerpo magullado, se incorporó y el señor Otero lo miró sorprendido, con la espalda al desnudo cubriendo el cuerpo de su hija y un olor a humedad en el aire que casi lo hizo vomitar. El hombrón salió de su hija y se paró a lado de la ventana. El sol brillaba intensamente, estaba tan bonito el día. Otero lo miró con el cuerpo cubierto de vellos y sudor, el pene monstruoso enhiesto y desnudo, mirándolo como cíclope, tan sorprendido como su portador. Antezana se frotó el rostro, se arrancó un par de pelos, contuvo varios gritos y sintió su corazón palpitando en la frente. La niña lloraba y se cubría el cuerpo con una sábana, Otero movía los labios, con sus ojos azules aceitunados completamente cautelosos y ligeramente alarmados. La puerta estaba rota, así que sus puños sólo hicieron añicos los pedazos. A lo lejos su hija gritaba y también gritaban él y Otero. “Todos gritan”, pensó apenado y se levantó como zombie hacia su propia habitación.

Coño por coño, se dijo a sí mismo, ya capaz de un rencor del que no se habría creído capaz. Con una calma irreal subió las gradas y sacó las llaves, destrancó el seguro y se sacó la polera ante la sonriente Catalina, desnuda, escultural, esperándolo en la cama. De pronto alguien tocó la puerta y Antezana no quiso que todo terminase sin al menos probar. Se lanzó a la cama, la agarró de la cintura, la besó en los genitales y lamió aun cuando ella ahogó un grito de terror cuando oyó la voz de su padre pedirle a Antezana una chance para explicar. Lo ignoró y continuó lamiendo aun cuando la puerta se abrió y sólo se detuvo cuando un par de brazos lo arrancaron de entre las piernas de Catalina y lo lanzaron contra una pared.

Semidesnudos, furibundos, sordos a los llantos de sus hijas, pelearon ambos padres a lo largo de veinte pisos, siempre descendiendo, causando un escándalo de desmayos y grititos, que en retrospectiva fue más condenado por la desnudez y apenas se mencionó la extrema violencia. Superado, sangrante y asustado, Antezana tuvo la suerte de encontrar las llaves de su auto en el bolsillo del pantalón y se subió, acelerando ya sin que le importase nada más que escapar. El instinto lo llevó a casa, al condominio y ya cerca al colegio de sus hijos notó a Otero persiguiéndolo en su auto. “¿Cómo carajos…?”, susurró y apretó el pedal, soltándolo poco a poco hasta que Otero lo empezó a rebasar, ahí Antezana frenó de golpe y alcanzó a ver el rostro de Otero desfigurado en rabia, moretones y sorpresa, lo último que alcanzó a mirar antes del colapso.

Cuando despertó notó que estaban al inicio de la gran curva antes de los moteles. El auto de Otero estaba chocado contra la montaña y el suyo contra el de Otero. Salió a duras penas y no supo qué pensar de su brazo colgando y sus dedos doblados en ángulos imposibles. Ni siquiera le dolía. Lo que sí dolía, y mucho, era un vidrio enorme atravesando su muslo y un pequeño fierro atravesándole los perfectos abdominales que tanto le costó formar. Se arrastró como mejor pudo hasta el auto de Otero y lo encontró en el asiento del conductor. El auto parecía un acordeón, pero aun entre las tripas, Antezana reconoció un puente hábilmente ejecutado. Entonces notó el vidrio enorme que atravesaba la garganta de su rival y su cuerpo desecho entre el asiento trasero y el volante. Su rostro estaba congelado en aquella expresión que Antezana le vio antes del colapso, sólo que ahora también había algo de horror en ella, al menos eso certificaban ese ojo saltón, tan abierto como la boca en estertor, y el otro que colgaba y se metía dentro esa misma comisura. Antezana se arrastró hasta una piedra cercana y se quedó ahí sentado. El sol brillaba intensamente, estaba tan bonito el día. La presencia de gente mirando todo desde lejos, autos que pasaban o se detenían anonadados, devolvieron a su mente al condominio y sintió mucha curiosidad sobre lo que se diría de ahí en adelante. Supuso que pronto escucharía sirenas acercándose y voces intentando salvarlo. “¿Salvarme de qué?”, murmuró y sacó su celular, abrió la galería y puso el famoso video de Catalina Otero con su sostén de frutillitas.

 

 

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¿Cuál es el triunfo de los feos? En realidad no sabría si es tanto un triunfo como una ventaja, pero sigámosle el juego a esto del triunfo. Fetichistas condenados, empiezo por los feos porque ellos aprenden primero a mirar, después a contemplar y, finalmente, a observar con detalle no tanto por gusto como por revancha pues, a los feos, no hay quien los vea. Apenas miradas, eso es todo lo que obtienen y lo cierto es que ellos mismos lo comprenden, lo perdonan y hasta lo justifican. Saben que harían lo mismo, aun si se tratara de mirarse a sí mismos. Esclavos de las excusas de una sociedad de consumo, los feos y las feas miran lo que se antojan, contemplan lo que desean e idealizan en el trayecto, y observan todo aquello que no son y que, a veces, querrían ser.

La sociedad los refuerza y hasta los apoya con esa terrible tendencia de hacer primar lo estético para mejor vender y mejor ser comprado. Eso no nos extraña porque la sociedad se sostiene de esta manera, en esas mentiras inventadas para “nuestro bien” que nosotros les creemos porque no queremos que se caiga enterito el teatro de la civilización. Después de todo ¿no somos nosotros quienes inventamos esas mentiras, para algún día contárnolas como si no hubieran sido nuestra idea? Por eso los feos observan y se antojan, mientras que los lindos se dejan observar y se incomodan (por eso es que los regulares pretenden, mal y a medias, ser de cualquiera de estos dicotómicos bandos). Sin ese baile, sus identificaciones perderían sentido, sus preguntas serían otras y sus actuales certezas se irían por el mismo caño por el que desaparecen las defecaciones nuestras de cada día. ¿Cuándo se ha visto, en tierra de puro desconocido, que quien fuera se detenga a contemplar a un feo? Lo común, lo regular que le dicen, es pillar una de esas muchas características que nuestros instintos, normados por la sociedad, nos dicen que tenemos que chequear y nos perdemos en esa esquiva y regalada gana de disfrutar de instantes de superficialidad. Nada de malo hay en la muchacha con los ojos fijos en las pantorrillas de un atractivo chico con short, o en el crispamiento interno de los hombres cuando un cuerpo llama a su interés para posarlo en el todo de una mujer que su mente clasificó como preciosa. El problema no está en que miremos, el problema está en los filtros que nos imponen y que nosotros reforzamos.

Pero sigamos. A sabiendas de que todo ojo posado en ellos no estará ahí más que unos segundos, los feos aprovechan y lo ven todo desde una posición privilegiada que, simplemente, los atractivos no son propensos a alcanzar. Tal como buitres de mirada aguda, los feos circundan el anonimato y cuando no contemplan, observan cada detalle del objeto deseado – porque no hay forma de entrar en juegos superficiales sin volvernos todos objetos – y no siempre, pero casi invariablemente, caen en la trampa de enterarse que pueden mirar sin mucha consecuencia ni censura y hasta con más detalle que personas notorias por sus ventajas estéticas. Descubren, sin querer, que esa es su función. Mirar, contemplar, observar para imaginar a qué tanto sabe la gloria de estar al otro lado, conscientes de la complicidad de los observados, quienes se molestan al descubrirse observados, envaneciéndose secretamente de confirmarse habitantes del lugar donde el pasto es más verde y nada se parece a ese espacio en que habitan los feos, y que pueblan de vicios como la ilusión, probablemente intentando superar la amargura de la realidad antes de descubrir su verdadera ventaja: la segunda vista.

Rodeados de desconocidos, los ojos siempre se posan en los aventajados. Entrando en materia, y dicho de otra manera, uno no “chequea” a quien más asco le da sino a quien mejor encaja con lo que se tiene comprado acerca lo hermoso y, una vez encontrado, seguimos con disimulo a todo aquel que nos provoca algo de deseo, sin reparar que en el proceso se procura obviar todo aquello que en esos parámetros no encaja. Casi como un filtro que censura, o mejor dicho elimina, lo desagradable. Sin embargo, es así cómo obtienen su libertad los feos, que más que disfrutarla, y no adrede, la hacen su ama y señora, se esclavizan a ella, siempre deseando ser obviados de esos filtros y un día de esos figurar en los mapas, los radares, los pensamientos de aquellos que los ignoran. Es en esa libertad esclavizadora que dan cuerpo a sus pasiones secretas y, a veces, se esfuerzan por sobresalir, por importar, diferenciarse de ese grupo que tanto mira y nunca es mirado. Y sin querer algo se revela para algunos pero no ellos, algo que se gesta en sus traumas, sus deseos y sus medidas estéticas para ser aceptados que generan las actitudes que adoptan desde el esclavismo de querer pertenecer y la excéntrica libertad de estar siempre en el anonimato. Y es, justamente, por eso que un día un par de ojos que barrían el espacio en busca de algo hermoso se tropiezan con algo tan atípico que ningún filtro puede eludir.

De pronto los observados quieren observar y no saben cómo. Después de una vida que les dejó la costumbre de vivir distraídos por la belleza, gozando el enviciante placer de saberse ídolos de altares secretos, se enfrentan a la novedad de ese bizarro antojo de mirar lo que nunca miran, picados por la curiosidad que despertó alguna de estas excentricidades que usan los feos para esconderse. Esto puede, o no, ser una crisis para cualquiera de ellos, así como pueden, o no, notarlo. Eso no lo sabemos y no nos compete ¿Por qué diablos nos meteríamos a fingir que sí, cuando ni siquiera sabemos si no pertenecemos al tibio reino de los regulares? Lo más probable es que pasemos vidas enteras achicando lo descomunal e ignorando si somos de los feos, de los lindos, de los regulares, siempre cayendo en creernos algo que no somos y perdiéndonos de cosas tan gratificantes como el vuelo de ser observado, el viaje de observar o los triunfos secretos que todo ello implica.

 

– Mira a tu cuerpo –

Una marioneta pintada, un pobre juguete

De partes unidas listas para colapsar,

Una cosa sufriente y enferma

Con la cabeza llena de falsos imaginarios

La Dhammapada

Las hermanas Escobar y yo teníamos mucha historia entre nosotros cuando tocaron mi timbre aquella mañana de invierno. Estaba yo totalmente cansado y asqueado de los excesos de la noche previa, así que el retumbar infernal del timbre me despertó de un profundo letargo que solo abandoné por la insistencia del repiqueteo de la campana. Cuando abrí la puerta me las encontré, de repente, frente a mí tras un año y medio que no sabía nada sobre ellas. Quedé totalmente petrificado al encontrarlas tan sanas, tan hermosas, como si la vida se hubiese encargado de sonreírles y sonreírles en aquel tiempo que pasamos separados. Las envidié, pues en mí se mostraban pruebas de todo lo contrario, cualquier observador ajeno a nuestra historia se habría preguntado qué hacían aquellos preciosos ángeles hablando con ese roñoso y destrozado intento de hombre. Lo admito, estaba demacrado, estresado, fuera de forma, deprimido y siempre intoxicado, mientras que ellas parecían rubicundas, alegres, tan preciosas como las más finas modelos famosas, incluso tenían un aire de contagioso bienestar que no tardó en molestarme. Me saludaron con cariño, me dieron abrazos cuya sinceridad me asqueó en un principio pero que, poco a poco, fueron quebrándome hasta que me encontré a mi mismo confortado como crío en el refugio del abrazo de ambas, con los ojos secos y furiosos, pero aun así disfrutando del abrazo de las hermanas.

Durante el abrazo las recordé como no las recordaba desde que sus abandonos en mi vida iniciaron. Mi mente viajó en el tiempo sin que yo pudiera evitarlo y, pronto, me encontré a mi mismo pensando en el tiempo en que las conocí, cuando aun íbamos a la escuela y estábamos en séptimo básico. Era la tercera vez que me enamoraba en toda mi vida. La escogida fue Martha, dos años menor que yo, un año menor que su hermana Raquel. Martha captó mi atención, primero, por su belleza innegable, acompañada de sus ojos cafés hipnotizantes, además de su trato fácil y agradable; años más tarde me seguiría enamorando, esta vez con su aspecto inocentón que salpimentaba la sensualidad de sus piernas y sus pechos, además de esos ojos tan grandes y redondos que gritaban ternura con un brillo peligroso y seductor que la disfrazaba de víctima y disimulaba su malicia. Raquel, su hermana, era más sensual, era un remolino de lujuria latente que inquietaba hasta al más cauto, sus ojos eran achinados en comparación a los redondos perfectos que eran los ojos de su hermana, pero eso solo le daba un aire más críptico a sus miradas penetrantes, miradas que yo disfrutaba mucho y a las que me sometía en largos diálogos que solo trataban de mi amor platónico por su hermana. Eran temporadas divertidas, aquellas de colegio, temporadas fáciles y llenas de dicha en que solo tenía que preocuparme de mi mudez ante Martha y disfrutar de mi estrecha amistad con Raquel. Para resumirlo en una palabra: cómodo. Era total y absolutamente cómodo estar así, atrapado en un amor imposible al que nunca podría tener, siendo consolado por otro amor imposible del cual ni yo era consciente.

Ese fue el antecedente, una infancia incómoda que solo cobraba sentido cuando olía, en la sana distancia, el perfume de Martha mientras las manos de Raquel acariciaban mi rosto. Todas esas tardes en casa de las Escobar riendo y jugando, dichoso de ser el centro de las atenciones de ambas hermanas, como si fuéramos ya un triangulo amoroso, aun en la tierna infancia. Luego vendría una adolescencia tumultuosa, totalmente rendida a los encantos florecientes de las Escobar, que cada día se parecían más a las leyendas de belleza que leía en los libros de ficción que poblaron aquella etapa de mi vida. Disfruté mucho de sus atenciones durante toda mi adolescencia, eran mías y solo mías, por más que sus atenciones nunca habían derivado en aquellos sentimientos románticos que yo tanto ansiaba.

Tras ello, ya cumplidos los dieciocho, desaparecieron de mi historia por un tiempo, temporada que aproveché para vivir. Lo recuerdo como si fuera reciente, pues el primer día sin las Escobar en mí vida fue triste, lleno de lamentos por su forzada partida, obligadas a morar en otro país, tan lejos del mío que cuando me lo anunciaron, lo primero que pensé fue que no las volvería a ver nunca jamás. Días pasaron antes de que pudiese digerirlo, mas cuando lo hice empecé a sentirme aliviado, como consciente de una cadena que me tenía atrapado a ellas y que con ellas lejos cesaba de existir. Fue así que caí en los vicios. Suena a una cobarde justificación y lo más probable es que lo sea. La ausencia de las hermanas me reveló un vacío dentro de mí que solo los vicios me ayudaban a olvidar, un vacío que me empujaba cada vez más lejos en los caminos más tumultuosos y malsanos, pues solo en esa miseria podía yo dejar atrás los hermosos días de antaño. Me había convertido en un parásito que chupaba vitalidad de los demás para mantener su patético intento de vida vigente Admitiré que no lo recuerdo con arrepentimiento, las memorias de esos días no me ruborizan en lo más mínimo, por mucho que cometí actos innombrables. Todo fue en aras de la diversión, de la juventud y la irresponsabilidad, todo fue para poder un día decir que yo había vivido como nadie, que había disfrutado de los excesos cuando el cuerpo aun era joven. Según Raquel eso me hacía un viejo atrapado en un cuerpo juvenil, pero en esos tiempos no estaba Raquel para recordármelo. Durante esos años, el perfume de Martha y el toque de Raquel no eran más que pueriles e inocentes recuerdos de una época mejor, una mucho más feliz y sencilla.

Volvieron a mi vida cuando recién daba yo mis primeros pasos en el mundo de los adultos. Me aterrorizaba la perspectiva de pagar por mis propias necesidades y eso cortó todos mis vicios con una efectividad que ningún duodécimo paso podría haber logrado. Dejé de ser el parásito vicioso y, en adelante, tuve que concentrarme en ignorar la voz caótica detrás de mi cabeza que me invitaba al desorden. Aprendí a callarla para poder hacerme un androide más del sistema, otro esclavo de la rutina que deja de tener aventuras y las cambia por un ambiente tranquilo, donde el miedo se traslada de los finales a los inicios y donde la inercia es la única amenaza a lo más preciado que tenemos los androides: la conformidad con el estancamiento. Era miserable, de verdad miserable, en aquella no tan lejana época, tenía que pelear cada día contra las tentaciones más ruines y triunfar si quería sobrevivir en el mundo de los autómatas, un mundo que hedía a engranajes triturando los cuerpos de los trabajadores para seguir lubricados con la sangre y el sufrimiento de estos. Quizá lo pinto exageradamente, pero lo hago porque fue así como lo viví en su momento. Fue esa dificultad de resistir las tentaciones la que forjó la dureza de mis modos y el silencio con que manifestaba mi conformismo. Creo, firmemente, que estaba en camino a convertirme en un ser despreciable, de aquellos que consideran al mundo inocente y a la gente buena, esos caprichosos cobardes que derraman lágrimas ante la primera manifestación del azar, o de la malicia del mundo. Ahora me da un poco de gusto verme como soy hoy, sin hallar culpa cuando analizo las cosas que hago para sobrevivir, para mantener viva mi sangre.

En esta época de androide recibí un llamado telefónico de un número desconocido. Fue peculiar porque al agarrar el celular me sentí extraño, y cuando al otro lado escuché la voz de Martha me sentí completamente fuera de mí, como si la imposibilidad se diese la contra a sí misma y se manifestase para mis oídos. Creo que habría esperado una llamada de Raquel, creo que hasta la iba ansiando desde el día de nuestra separación, más seguro de la amistad que tenía con ella que de las ínfulas amorosas que tuve con su hermana, por ello resultó aun más bizarro que fuera la voz de Martha la que me buscaba y me pedía un encuentro, una cita, un café. Lo que sea con tal de volver a contemplarnos.

Acepté, en medio del más profundo y desesperante terror acepté. No sé qué me asustaba tanto, no sé qué fue lo que me llevó a temblar cada vez que recordaba la cita que tendría en unos días. Pudo ser la antelación, la emoción de la reunión posiblemente, pero creo que hubo un oscuro presagio para quien era yo en ese entonces, como si un recóndito y misterioso resabio de magia me anunciara que aquel encuentro con Martha sería algo fuera de lugar, un reencuentro muy esperado en que todos los anhelos pasados serían cumplidos, por fin.

Previsiblemente no fue así. Martha me trató con cariño, con infinita ternura me hablaba y me contaba de su vida, de todo lo que había hecho desde que habíamos dejado de vernos, lo hizo con terrible detalle, lo cual me permitió inferir no solo los pormenores de su historia, sino los de su hermana y toda su familia también. La vida no había sido del todo amable con los Escobar, tenían fortuna económica, sí, pero a cambio la salud de los padres se precipitaba al abismo final, la muerte los esperaba en forma de tumores malignos inoperables que lentamente trasladaban a los señores Escobar más allá del alcance de sus hijas. A la par, Raquel había desaparecido en una sucesión de novios infieles que los padres miraban con malos ojos, pero Raquel parecía no querer parar, parecía no entender todo el sufrimiento que a sus padres traían sus ires y venires por las vidas de tipos que no la merecían. Ahí intuí el motivo por el que había sido convocado y Martha me lo confirmó minutos después, cuando me pidió que la ayudara a convencer a su hermana de calmarse un poco, aunque fuese por un rato para darles una tregua a sus enfermos padres. Yo no supe qué responder, no sabía cómo hablar de eso con Raquel, a quién, además, no veía hacía años, pero Martha ya lo tenía todo planeado, según ella solo tenía que volver a su vida para que ella encontrase, nuevamente, el camino adecuado. Fue así que volví a ver cada día a las hermanas Escobar.

¿Qué puedo decir de esa temporada? Llegaba por la noche, me recibía Raquel con una sonrisa muy amplia y me daba abrazos mientras Martha preparaba algo de comer, entonces nos echábamos a ver televisión sin verla, más concentrados en amenas charlas que me dejaban completamente sonriente. Fue una época alegre, eufórica mejor dicho. Me reencontré con los días de mi niñez al acompañar a Martha y Raquel cada minuto que podía. Las dos vivían juntas en un apartamento minúsculo, en el centro de la ciudad, al cual me trasladaba después de enfrentar mi agotadora jornada laboral. Llegaba a la puerta de ese apartamento con los ojos casi cerrados del cansancio, con el humor por los suelos debido a los inevitables choques con jefes o compañeros de trabajo, fatigado por las exigencias que la rutina imponía en mi vida, manejándola como le daba la regalada gana, sin consideración a mis proyectos y anhelos, perdidos ya en el remolino de mantener vivo mi vicioso consumismo con el que construía el hogar perfecto, equipado con los mejores muebles, los ornamentos más caros e inútiles que podía encontrar, esclavizado a hipotecas, cuotas, deudas y todos esos tormentos. Admito que tras todas esas jornadas agotadoras para ganarme el dinero que pagaría mis deudas, llegaba desganado y dispuesto a irme tras media hora de visita. Siempre me decía eso a mí mismo: “media hora y me largo que tengo mucho que hacer mañana” pero me quedaba, hasta bien entrada la madrugada me quedaba con ellas y reíamos y comíamos, bebíamos a veces, era un espacio donde hasta un androide como yo podía sentirse menos maquina y más humano, un lugar donde dejaba de preguntarme por qué necesitaba, un solitario como yo, el paquete de la casa, los muebles, los ornamentos cuando no tenía ni perro que me ladre. Me concentraba en reír, en disfrutar de la compañía de las hermanas que consolaban mis dudas y me daban ánimos para volver al trabajo a cumplir mis jornadas laborales y ganar el sustento, pagar mis deudas, ahorrarme dinero, ser un androide feliz y conforme.

Todo eso terminó un día en que antes de llegar al apartamento de las Escobar me encontré con Martha esperándome en la esquina de su cuadra. Me miró con una determinación que abrumó mis sentidos y confundió mis pensamientos durante un breve instante en que no pude respirar, me pidió que por favor esa noche no fuera a su casa pero que al día siguiente me pasase por ahí para visitarlas en el transcurso de la tarde. “No puedo” le dije “tú sabes muy bien que trabajo” agregué angustiado ¿por qué me negaba mi refugio nocturno? ¿Dónde curaría mi angustia laboral si no era en la relajada felicidad de pasarla bien con las Escobar? Pero ella me insistió delicadamente, hasta el punto en que mi terquedad cedió y le juré que al día siguiente acudiría a su llamado.

Tuve que reportarme enfermo aquella misma mañana, mandando una nota médica del puño y letra de un amigo galeno, al cual terminé debiendo un par de complicados favores de los cuales no quiero hablar en este momento. Sin embargo logré presentarme en el departamento de las Escobar ni bien el reloj dio las dos de la tarde. Dentro pensé que encontraría a ambas hermanas, así que grande fue mi sorpresa cuando solo me encontré con Martha. La tarde fue incómoda, no podía entender porqué pero sí lo sentía en los huesos y en la mente, algo no cuadraba en la hermenéutica de nuestras cortesías, algo había cambiado en nuestras miradas y en la forma en que las palabras sonaban cuando eran expulsadas de nuestras mentes a través de nuestras bocas. Como si algo estuviese descolocado y no hubiese forma de especificar qué. Esto era molesto en más de un sentido, pues le quitaba el aura de santuario al hogar de las Escobar, el único lugar donde me deshacía de todas mis preocupaciones terrenales estaba siendo mancillado por aquel ambiente extraño que la actitud de Martha propiciaba.

Pero he ahí que los designios misteriosos del vacío comenzaron a obrar. Cuando ya empezaba a enfadarme por la situación, Martha rompió un silencio que venía arrastrando desde hacia media hora y me pidió que le hiciese un hijo. La sorpresa que experimenté solo puede ser medida en cifras inefables, en expresiones en mi rostro que no creo poder repetir jamás, mientras que el rostro de Martha era frío, totalmente calculador e inconmovible ante mi sorpresa. Nos enfrascamos en otro silencio, aunque lo cierto es que solo era yo el callado, abstraído en la realización de que nunca había notado la frialdad en los ojos de Martha, mientras ella me lanzaba un discurso de la cercanía de la muerte de sus padres, del deseo de darles un nieto antes del amargo final y no sé cuantas justificaciones a semejante propuesta. Admito que mi deseo por ella se remontaba a la infancia, incluso puedo confesar que más de una vez incurrí en vergonzosas prácticas onanistas con ella en mente, prácticas sazonadas por fantasías cursis e imposibles en las que ella me entregaba todo su ser y se sometía a mis deseos más sublimes, en coitos en los que, a veces, participaba también Raquel, su hermana. No me oponía a tener relaciones sexuales con ella, para nada, pero sí me inquietaba la petición de un hijo. ¿Cómo podía darle yo un hijo? ¿Acaso era posible que yo fuera capaz de engendrar a un pequeño androide que terminaría igual de atrapado en la gran maquinaria del mundo en aras de sobrevivir? ¿Qué, en el vasto mundo de Dios, podía haberle hecho pensar a esta muchacha que yo era el candidato ideal para ser padre de su primogénito?

Ninguna de estas preguntas me fueron respondidas entonces. Por enésima vez en mi vida no supe qué hacer, ni qué pensar y mientras yo callaba completamente inmóvil, Martha se desnudaba revelando las carnes que siempre había imaginado en aquellas noches adolescentes. Mas ni siquiera mi cuerpo respondía a ninguna de las órdenes de mi cerebro, estaba paralizado de terror y por eso dejé que me quitara la ropa y me eché en su cama mientras ella frotaba su piel contra la mía, dejándome completamente electrizado ante cada embate de su cuerpo rozando al mío. Y ni así pude obtener una erección, en un acto que declaro fue una completa traición al joven yo que tanto había soñado con las Escobar, seguro de que nunca las tendría, poco consciente de la traición de su yo del futuro. Ese sentimiento no ayudaba al cometido de las caricias de Martha. Sin embargo ella insistía, me susurraba muchos por favores al oído, me rogaba que le plantase mi semilla, que la hiciera mía para siempre, que ella lo venía soñando desde que éramos más jóvenes, como si estuviera hablando directamente a mi pasado, haciéndome feliz demasiado tarde. Llegó al punto de estimularme de todas las maneras posibles con sus palabras, con sus caricias, con su lengua y hasta con su sexo, no fue hasta después de horas que pudo obtener una erección mía y la aprovechó sin perder el tiempo mientras yo me quedaba inmóvil, nuevamente, y perdido en el miedo a procrear, el más arraigado temor a arrastrar una nueva vida al destino mísero de los humanos, enjaulados por la sociedad, obligados a vivir engañados por empleos mentirosos que prometen bienestar al ingenuo que los necesita, solo para encerrarlos en círculos viciosos que perpetuán la desesperanza del ciclo de la vida y la muerte. Vidas controladas por una insistente ceguera que nos protege de ver los hilos que cuelgan de nuestros cuerpos de marionetas. Tales eran mis pensamientos mientras Martha me montaba, gimiendo suavemente, estimulando mis temores con una mirada espectral que tardó mucho en desaparecer de mi vida. Tardé demasiado en acabar, pero cuando lo hice fue cuantioso y dentro ella, cumpliendo así con la petición que ella me había formulado horas antes.

Luego se echó a lado mío y se quedó dormida. No tapó su desnudez con nada, solo se durmió y me dejó a solas con mis pensamientos. Podría haberme detenido a pensar en todo lo acaecido, pude – y a toda costa evité – llorar amargamente pues, por alguna razón, eso deseaba; tenía un peso titánico en el pecho, una angustia insoportable que me lleno de pensamientos oscuros y me obligó a salir a medio vestir de aquel lugar que alguna vez había considerado mi santuario. Ni bien llegué a la calle me largué a correr como nunca he corrido en mi vida, hasta que mis ojos ardían por el contacto con el sudor y mis extremidades pedían a gritos un descanso antes de que sucumbieran y quedaran completamente destrozadas. No podía entender el origen de mi ansiedad, no lograba comprender nada en ese momento, solo sabía que vislumbraba dentro mío algo innombrable que amenazaba con cambiar la configuración de mis días, un oscuro presagio que me eliminaría poco a poco, hasta que no quedase de mí más que un mísero intento de humano, una burda imitación de vivir, y a eso se reduciría mi historia.

Así se manifestaban los miedos en mi cabeza y yo intentaba olvidarlos con el dolor de mi fatigado cuerpo. No fue hasta que tropecé y me rompí el brazo que pude dejar de gritar en mi mente y escuché una voz acusadora y angelical que me recordó que yo era un androide, que yo había sido un parásito, un mísero intento de humano que imitaba, burdamente, lo que en su achicada percepción era vivir. Me levanté con la nariz sangrante y el brazo torcido, cojeé por los callejones más oscuros de esta ciudad hasta que la voz de Raquel me llegó como si de un sueño dentro una pesadilla se tratase. Efectivamente, pude notar que ella estaba ahí cuando sequé el sudor de mis ojos y dejé entrar aire a mis desvencijados pulmones. Me pareció un milagro hermoso y terrible encontrarme con ella, captar el olor a desodorante femenino que ella siempre desprendía y que colmó todos mis sentidos en apenas segundos. No sé cómo explicarlo, pero estoy seguro de que pude tocar ese aroma, pude verlo, degustarlo y hasta escucharlo abrirse paso por el aire frío de la noche, en aquel callejón que carecía de tráfico, apenas iluminado por una luz titilante. Raquel me dio un abrazo poderoso mientras decía cosas sin sentido, mencionaba algo sobre una rastrera y me preguntaba si es que había acabado dentro su hermana; yo respondí con la verdad a esa y muchas otras preguntas que prefiero no recordar, pues delataban al autómata que soy, a la mísera simulacra de humano que he sido siempre.

Ignoro cuando fue que me puse a gritarle, tampoco recuerdo qué fue lo que me provocó tanta rabia. Solo sé que de un momento a otro me vi a mi mismo gritándole a Raquel como si ella fuese la culpable de mi cobardía, de mi miseria y mi angustia. Me abochorna confesar que hasta le di un revés en pleno rostro y me avergüenza aun más confesar que encontré placentero verla gritar de esa manera, no porque sus gritos indicaran que sufría, sino porque me pedía que continuara, lo gritaba a viva voz, parecía desquiciada y perdida en morbosas peticiones de más golpes, de muchísimo más dolor que solo mis propias manos podían darle. “Lo deseo” me repetía, “dámelo” gritaba en mi oído hasta que mis instintos más deplorables estallaron a flor de piel y, poniéndola contra la pared, arranqué sus ropas y la tuve ahí mismo, olvidado de toda vergüenza y cuidado, del riesgo mortal que implicaba haber estado dentro de otra mujer unas horas antes – nada menos que su hermana – sin protección y entrar dentro ella, también sin protección. Tuve a Raquel en aquel callejón gris que brillaba naranja intermitentemente, gracias al palpitante y magro fulgor del poste de luz, la tuve violentamente mientras el sudor volvía a cegar mis ojos y la sangre de mi nariz bañaba su espalda, primero, y su hombro y pecho izquierdo, después, hasta que ya no quedó nada de mi semilla y toda fue vertida dentro Raquel.

Cuando abrí los ojos ya era de día y estaba tirado en plena acera, con los pantalones abajo y la cara manchada por sangre seca. Por mi vida que no alcanzo a recordar en qué momento me desmayé, pero poco me importaba ese tonto detalle en aquel instante pues estaba ahogado por una profunda vergüenza que logró resquebrajar las resoluciones más intensas de mi corazón. Ni siquiera intenté asearme, o beber, o comer, volví a correr sin el menor aprecio por mi cuerpo de androide, ni la fatiga acumulada del traumático día anterior que me había tocado vivir, solo corrí al hogar de las Escobar y estuve tocando la puerta por buena parte de la mañana sin respuesta alguna. Alrededor del mediodía la frustración le ganó a mi paciencia y le di una patada a la puerta que, para mi sorpresa, se abrió con facilidad pues no estaba cerrada con llave. Dentro no me esperaba nada y por mucho que esperé un par de meses sin moverme de ese lugar, las Escobar nunca retornaron. Dejaron todas sus cosas atrás y se marcharon a donde yo no podía perseguirlas.

Huelga decir que mi primer mes ahí estuvo dominado por la culpa. Cada día me despertaba y revivía las escenas vividas con cada una de las hermanas. Por mucho tiempo lamenté mi indecisión, mis dudas, mi cobardía frente a Martha, pero luego recordaba mi violencia, mi morbosidad y el descontrol frente a Raquel y ya no sabía qué pensar. El segundo mes estuvo dominado por la rabia, pues empecé a preguntarme demasiados porqués que me mantenían en vela, que me hicieron olvidar mi programación de autómata y me permitieron dejar ir todas las angustias, transformadas en una furia asesina que no encontraba donde ser encausada. O al menos no lo encontraba hasta que, al terminar el segundo mes en casa de las Escobar, destruí el lugar con mis propias manos en un estallido tremendo y sin precedentes que dejó cicatrices en todo mi cuerpo.

Pasé el siguiente año y medio ganando el dinero justo para sobrevivir y para costear vicios, fueran los que fueran, ninguno me quedaba corto, todos esos vicios me ayudaban a dejar de lado mi pasado de autómata, olvidando que si bien ya no era uno, me había convertido en otro tipo de esclavo. Uno mucho peor pues no lograba olvidar las angustias de su pasado de androide, ni podía perdonar a quienes le habían robado la comodidad de esa vida. Tenía cuantiosos ahorros acumulados, precisamente, en esa época, pero era dinero que las Escobar me habían motivado a ganar y por lo mismo me asqueaba. No quería volver a entrar en contacto con lo ya vivido, ni siquiera con el futuro, solo deseaba olvidarlo todo y morirme en vida. Y así fue hasta que, una mañana de invierno, abrí la puerta y ahí estaban las Escobar.

No fue un encuentro grato. Tuve que recurrir a todo mi autocontrol para no vomitar, para no estallar en lágrimas de crío al verlas sentadas en mi desastrosa sala, todas serias y altivas, frías con un aura gélida que lastimó mi cabeza torturada por una resaca karmática que hacía tiempo venía durmiendo con más alcohol y narcóticos. Pero esa resaca tenía que llegar, ver a las Escobar lo hizo más claro que nunca.

Me lo explicaron todo y vaya que dolió, cada palabra que dijeron dolió como lanzas atravesando mi pútrida carne. Era todo una mentira, desde la tierna infancia hasta el último y pérfido día. Yo no era más que una apuesta entre las hermanas, una víctima de un, particularmente enfermo, juego largo, un juego que había evolucionado con el tiempo. “Empezó como apuestas de quién te hacía reír” comenzó Martha, “luego pasamos a ver quién lograba hacerte llorar, pero nunca nadie ganó esa apuesta” continuó Raquel, “el tiempo trajo diferentes retos que fuimos logrando, mantuvimos un registro de nuestros puntajes muy estricto” siguió Martha y, entre ambas, me contaron acerca muchas de sus apuestas, de esa cruel y encarnizada competición que, muy a mi pesar, encontré apasionante por el relato fiero que daban mis dos torturadoras. La noche ya teñía el cielo cuando llegaron a la apuesta final, la trampa en la que caí como idiota al creerme esa mentira infame de los padres moribundos, de la vida descontrolada de Raquel, toda una sinfonía tocada por la mejor de las sinfónicas, pero por esa noche me consolé con el hecho de que esa apuesta final, al parecer, había resultado infructuosa.

Se fueron esa misma noche. Dijeron que se marchaban del país, que Martha tenía un prometido europeo y que Raquel recorrería Asia. Naturalmente no les creí nada de nada, pero comprendí que no mentían en el hecho de que se marchaban y de que, por fin, me dejarían en paz. Entonces retornó la angustia, cuando Martha y Raquel me dieron un último beso de despedida y me anunciaron que partían sin más arrepentimiento que nunca haber logrado cumplir con la apuesta de hacerme llorar, punto que habría roto el empate en que todo había quedado.

Esa noche no dormí, acosado por pensamientos nefastos traídos por las revelaciones de aquella jornada. No lloré, no experimenté ira, no sentí absolutamente nada, como si ya no fuera ni un autómata, ni un parásito, como si por fin fuera un homúnculo sin sentimientos, creado para no reaccionar, ni indignarme, perdido en la más absoluta apatía. Y esperé. Esperé a que la madrugada pasase, vi como los cielos oscuros se fueron destiñendo hasta que alcanzaron las tonalidades grises del amanecer y el sol fue saliendo poco a poco, iluminando mis cansados ojos rojos que miraban al vacío como nunca antes lo habían hecho – directamente y sin velos – sin más mentiras que las propias que me salvaban de enloquecer, ojos desfallecientes que no parpadearon cuando el timbre sonó y no se cerraron en la media hora que esperé tras el repiqueteo de la campana. Cuando, por fin, me levante y abrí la puerta me esperaban dos pequeños paquetes que se movían y respiraban pero, milagrosamente, no lloraban.

Metí a los bebés a casa y las revisé por toda buena parte de una hora. Eran dos niñas preciosas a las que nombré en el acto, las acomodé en mi cama y las contemplé con los mismos ojos rojos que hacía poco contemplaban el vacío. Después de un rato viéndolas dormir, descubrí que sonreía como un idiota y supe que ya no era ni un androide, ni un parásito, ni un homúnculo. No supe, ni sé que soy, pero ahí mismo descubrí que importa poco lo que yo sea o lo que yo pueda ser, nunca dejaré de ser un esclavo, mas ahora puedo ser un esclavo feliz, un esclavo que sonríe y ama a sus nuevas amas. Un esclavo que rompió a llorar mientras las contemplaba, sangre de su sangre, rendido a amarlas.

En su “Tratado de la Desesperación”, Kierkegaard decía que una de las características de la desesperación, postulada en términos similares a la locura, era aprender mentiras como si fueran verdades. Un aproximamiento un tanto iluso diría yo ¿no creemos, todos, que nuestras verdades son las únicas, mientras que los demás están equivocados? Todos tenemos una versión de la verdad, y todos nos creemos nuestras mentiras como verdades. Si uno lo piensa bien, nuestras verdades (por muy científicas que sean) podrán ser mentiras a ojos ajenos. Y viceversa.

 
La verdad no es una cosa simple como aun Aristóteles creía. La realidad es algo más que los sentidos y sus capacidades, también están lo que subjetivamente crea nuestro cerebro, mismo que está condicionado por el lenguaje, por lo que se dice del sujeto, por la cultura y tantos etcéteras que nos llevan a formular diversas miradas y percepciones a diferentes situaciones y fenómenos. Especialmente en estas épocas donde la postmodernidad ha cambiado la forma que tiene el individuo de concebirse y construirse.

 
Es desde esa luz, que no parece raro que sea la familia la principal responsable de criarte para la funcionalidad social, o sea quién nos lleve a ser parte de este gran sistema. Aun si es a precio de lo que uno desea o prefiere. Se nos venden verdades a través de las estrellas de cine, el internet, la publicidad y la televisión. Se nos enseña que la belleza tiene parámetros específicos que pueden comprarse con más de 100 dólares invertidos en Yanbal o en Gucci, Calvin Klein, o incluso consumiendo Camel o Coca Cola. Ser un individuo, hoy en día, significa buscar el triunfo individual. Pero esto no basta, pues el ser necesita un algo social, un vinculamiento. Sin embargo, podría decirse que hoy en día no se crean estos lazos, así como antes solían establecerse. Podría decirse, que hoy en día lo que se hace es reunir congregaciones que siguen una moda, o unas normas, para poder ser aceptados en un grupo social (tribu urbana o parecidos) quienes los validarán como sujetos (de dinero, fama, poder o lo que sea que la identidad necesite) y les permitirán avanzar en las jerarquías de cada grupo. De ahí, con esa seguridad de la aceptación, es más fácil saltar al camino de la “normalidad”. El ser social, totalmente funcional, que busca su éxito a costa de sus deseos.

 
Pagar por éxito con tus deseos es un precio muy caro. Olvidarse de uno mismo para poder ser un mejor ciudadano. Prohibirse, por ejemplo, amar para poder triunfar individualmente. No pensar más allá de la línea límite entre lo permitido y lo deseado. Si amar nos crea un nuevo mundo, basado en un deseo, ¿por qué la sociedad permitiría felicidad más allá de sus tiránicos mandatos? ¿por qué validaría un éxito no medible en sus términos?

 

La verdad os hará libres

 

No es sorpresivo que el matrimonio sea presentado como una institución. Una inviolable además. Una sociedad en que dos personas firman un contrato con la sociedad en el que juran ser fieles a los objetivos de la empresa, disfrazándolo de amor y fidelidad. La ruptura de este contrato conlleva a consecuencias de castigo social. Ahí se ven las pérdidas económicas, el cada vez menos frecuente oprobio del divorciado y la pelea entre dos que confundieron amor con negocios. De ahí que la lucha sea tan encarnizada: meterse a los negocios de la manera en que uno ama, es un suicidio sentimental. Si bien ambos son guerras violentas donde todo es posible y todo vale, cuando uno realiza inversiones obnubilado por las emociones, lo más seguro es que el primer estafador, que lo note, te añada a su lista de favoritos.

 
El amor, a veces, no necesita avales sociales. A veces, por poner un ejemplo, consiste en liberar las tensiones corporales, para luego compartir un simple beso en la mejilla. Un orgasmo seguido de un besito ¡que gloria tan asocial! Especialmente por librarse un rato de todo concepto, de toda preocupación en la pequeña muerte del orgasmo. Darle un alivio a esa tensión que brinda el estrés, a todo ese malestar físico que conlleva estar estresado, es una gran huida de los yugos tiránicos de tener éxito en la sociedad. Después de todo, hoy en día, el precio del confort es el disconfrot. Si se nos asocia al placer sexual con la locura, con el pecado, con el tabú es debido a que una perdición de este estilo nos obliga a mirar más allá del plano cartesiano. Y he ahí el pecado más grande, según lo que se nos enseña.

 
Amar es una muerte en vida. Para el poder, en cambio, es una lenta ponzoña que le desbarata todas sus funciones antes de mandarlo al otro mundo. Si el poder se midiese en inmortalidad, entonces los muertos en vida serían los débiles por excelencia. Pero, es cierto que los poderosos deben asumir deberes y responsabilidades más allá de sus voluntades, mientras que los débiles tienen más libertades. El amo y el esclavo dirían Hegel, Kojeve y Lacan.

 
Pero, y este es un gran pero, nos movemos en escudos. En esos modos de ser, las identidades, esas conciencias de nosotros mismos que nos regulan y nos protegen ante las impertinencias del mundo. Aquello que nos facilita la función social, adaptar nuestros deseos de ser a lo que la sociedad espera de nosotros y, así, nos centramos en ese otro social. La creación de la identidad y la personalidad serán esos escudos definitivos, así como serán las luces con que guiamos nuestros caminos. Armas de doble filo, si se quiere simplificar.

 
Pero la personalidad no lo define a uno. Hacerlo significaría limitarse. Significaría anclarse en una idea fija que no se irá fácilmente y nos condicionará el resto de los movimientos, nos encerrará en nosotros mismos, nos convencerá de la certeza de nuestras verdades ¿Y qué peor locura que creer que estamos en lo correcto?