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Kimo-sabi

Publicado: noviembre 24, 2018 en Cuentos
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Para J.S.

Solomon apretaba el gatillo y yo -viendo de frente, bizqueando mis ojos hinchados frente a su caño- no pude evitar lanzarme a buscar un cliché cualquiera para soportar sentirme así de solo, ya no tan seguro de querer mirar lo que me tocaba mirar y listo para cualquier excusa que me ayudase a bajarle el volumen al momento e ignorar a mi mejor amigo mirándome aburrido, al  final de todas las cosas.

No hay un solo ruido, pareciera que todo prefiere quedarse callado. Es eso, o es que yo no escucho nada. Y quizá por eso es que Solomon solo me mira con aburrimiento y se traga sus palabras y juguetea con sus dedos y cierro los ojos y digo algo dramático, porque para mí si las cosas llegan a un límite, queda mejor marcado cuando pasa algo dramático….

Casi no me sorprende cuando ante mi aparece el Negrito. Está echado en el pasto del patio de la segunda casa en que crecí, al menos de las que recuerdo en el recuento total de mis días. Su lengüita cuelga de su hocico, me da la impresión de que gotea encima del ladrillo tirado ahí debajo. Claro, el Negrito hacía eso. Corría alrededor del enorme caserón cargando el ladrillo en el hocico, desgastándose los dientes y perdiendo el aliento. Era su forma bizarra de mostrar que estaba contento, por lo general cuando mamá le hacía su lagua con cordero, o acababa de robarse uno de los rollos de queso que mi abuelita horneaba para el té. Me acerco, me reconoce, bate la cola y eleva el hocico, como para hacerme entender que desea ser acariciado. Mientras lo hago, llora quedamente y se relame. Creo notar que no es el mismo llanto que usa cuando mi abuelita lo tortura doblándole las orejas, o cuando mi abuelito está por llegar llevándole un pan, menos el que usa cuando quiere entrar a la casa, o ese llanto a ladridos cuando le desespera no poder atrapar la luz de algún espejo reflejada en cualquier lugar.

Escucho un ruido detrás y con los ojos empañados me veo a mi mismo abriendo la ventana, preguntándole al Negrito a que viene tanto llanto. ¡Qué aguda era mi voz! ¡Qué cara de crío ingenuo! Me faltan años para poder esconderla tras una tupida barba que disimulaba un poco lo que mi carácter jamás pudo ocultar. El Negrito me mira y, luego, me mira. Creo que no sabe con cual ir, así que opta por correr con su ladrillo a cuestas y tras un par de segundos en que ha dado la vuelta a la casa, sisíficamente vuelve a empezar. El niño ya no está en la ventana, seguro se fue adentro, al cuarto de mamá a ver Pokemon. No lo pienso demasiado y entro por la ventana pues lo quiero contemplar, pero el televisor está apagado y el niño ya no está solo: a su lado está el Negrito, echado dócilmente sobre la cama. El niño llora abrazándolo, le susurra lo sientos y le da besitos a su pastor alemán que, de rato en rato, lo olfatea y contempla pero nada más. Sé de buena fuente lo que pasó. El niño quiso recrear algo que vio en Los Picapiedras y terminó lastimando al pobre Negrito que lloró horrible, con un chillido ruidoso y tan fuerte como el súbito llanto del niño idiota que es, cuando descubrió lo que de verdad acababa de hacer. Entonces llegó al rescate mamá, y para consolar al niño inició la larga tradición de permitir a los canes echarse en la cama, donde el niño tiembla arrepentido y se abraza de su peludito.

Mi rostro ya chorrea, así que tengo que apartar la mirada. Salgo del cuarto de mi madre y me topo de nuevo con el niño, pero un poco más crecido. Muy de cerca lo sigue una doberman flacucha y vivaracha, batiendo la cola como batidora. No pierde de vista al muchacho, no hasta que me siente y se queda paradita mirando confundida, dividida entre su cría –el muchacho- y este grandulón que la mira desde lejos. Pero el muchacho tiene el buen tino de entrar al baño y ella se decide. Se acerca apresurada, haciendo cabriolas, “Artemisa, Artemisa.”, le susurro y ella llora que llora, como plañidera en funeral pero con dolor y sinceridad, como madre chillando por su hijo desahuciado. Mi mamá la saca pero ella se resiste y cuando se ve afuera hace de todo para volver a entrar.

No logro contener una carcajada. De modo que así fue el inicio de la guerra entre la Artemisa y mi mamá. Esa que se resumía en que mamá la sacaba y la perra abría puertas y ventanas para volver a entrar. El muchacho no lo sabe pero pronto verá barricadas hechas con maderas, sillas y cartones que Artemisa siempre derrumbará para infiltrarse en su cuarto y dormir con él. “Pensarás que es un monstruo.”, le digo al muchacho recordando ese miedo que me daban los fantasmas, cuando los confundía con el ruido que ella hacía para entrar a consolar al muchacho, acurrucándose a su lado hasta que se asomaba el amanecer y se retiraba en modo sigiloso, pues la guerra con mi madre volvía a empezar.

De pronto me doy cuenta que en un santiamén he sido testigo de la evolución de las barricadas que el muchacho conoció por años. Descubro que al moverme el tiempo va lento y cuando me quedo quieto se me escapa a traspiés. Pero no tengo ganas de maravillarme con mis descubrimientos, de pronto estoy demasiado ocupado ayudándole a la Artemisa a derribar las barricadas para que pueda echarse con el muchacho y, de paso, pueda yo sentarme a su lado y acariciarle el majestuoso pelaje mientras ella me contempla con sus ojos cafés, me lame con su lengua gigante, bate su cola y llora, siempre llora.

Otro descubrimiento: cerrar los ojos genera saltos temporales. Esto lo descubro porque noto que en este sueño no necesito parpadear. Claro que el experimento ha costado tiempo valioso y cuando ubico bien qué cosa he descubierto, buscó a mis pobres Negrito y Artemisa y me pongo a chillar. Aprovecho que el niño pierde su tiempo en el colegio para contarles mi vida después de que ellos murieron y siento que me comprenden, que hasta me quieren contestar. Y no sé bien cómo explicarlo, pero en esos mismos momentos es que recuerdo el borde del caño, la picazón en la frente y un dolor de plomo en el pecho, todo eso que no ha estado tan presente desde que entrecerré los ojos y aparecí en este lugar. Pero simplemente me relajo, doy un buen suspiro, contemplo sus miradas caninas y me permito sentir felicidad.

De tanto llanto se hinchan los ojos y en un descuido los cierro. Cuando los abro no encuentro a la Artemisa por ningún lugar. Camino hundiéndome hasta que me fijo en el muchacho y le calculo la edad. Claro, entiendo lo que va a pasar. Me enfilo al recibidor y la veo echada con la camada de cachorros que le puso el Negrito en la panza, ya todos fuera y sequitos, succionando las tetillas inflamadas de su mamá.

Por más que intento no logro reconocerlo al Tudito. Ni aun concentrándome en las palabras de mi madre que lo nombró Pelotudito por peludo, tonto y por ese par de perfectas esferas que tenía por bolas. No sé si es porque todos en la camada se ven muy parecidos entre sí, o porque me preocupa tanto lo que viene que no puedo pensar con claridad.

No falta mucho para el momento en que el muchacho se irá por un año a vivir en otra ciudad mientras sus dos madres lo llorarán en este lugar. Sé que no puedo hacer nada, lo que me inquieta es estar atado a la presencia del estúpido muchacho que deja todo atrás. Entonces llega la verdad, parte, se va, y con agrado descubro que, efectivamente, me puedo quedar. Por un rato intento consolar a mamá pero ni siquiera se inmuta de mi presencia. Así que regreso al recibidor y me acomodo con los cachorros, dándoles nombres secretos, mirándolos crecer, persiguiéndolos cuando mi madre les encuentra hogares, tomando nota de a dónde van, dispuesto a por fin enterarme qué fue lo que pasó con la progenie del Negrito y la Artemisa, procurando no alejarme demasiado hasta que vuelve el muchacho arrepentido, con la cola entre las patas, y el reloj de la Artemisa pronto parará.

Por un rato se me ocurre que puedo soportarlo, pero rápidamente descubro que no. Me hago un testigo nada mudo pero que Artemisa ignora como si ya no me pudiera escuchar. La flaca se come un durazno, se toma leche, los recibe de la mano de esa vecina de mierda, una vieja hija de puta que la asesina a través de la rejilla de la puerta de calle. Artemisa traga, yo intento arrancarle el corazón a la vieja, pero nada. Y no me queda otra más que sentarme a llorar un torrente ininterrumpido por parpadeos o deshidrataciones. Tanto así, que se extiende por los días y más días de convalecencia en que Artemisa comprende qué le depara el destino y –una mañana de sol algo cubierto por unas pocas nubes- el muchacho se marcha al colegio y la perra espera a que se despida y le da una última lamida y mira cómo se marcha y espera a escuchar la puerta de calle cerrarse y posa sus ojos en mí y -dedicándome un último llanto como silbido- los cierra para no abrirlos más.

Me resquebrajo y disuelvo, intento escapar. Me dispongo a perseguir a mi madre, a mi padre, a los que alguna vez me hicieron creer que existe la amistad, pero me doy cuenta de que estoy atado a los perros gracias a los varios jalones que me llevan a presenciar las vidas y las muertes de la camada de la Artemisa y el Negrito, cosa que no hace más que ahondar la comezón en la frente, el sabor a cobre y la desesperanza inicial.

Por algún motivo no se me permite quedarme a lado del Tudito y el Negrito en esa etapa que conozco de memoria, cuando llegamos a la tercera casa que recuerdo en el recuento total de mis días. Quiero, pero los jalones me transportan a todos los lugares donde conocí un can y vuelvo a compartir un ratito con esa totalidad. Los reconozco pues tenía la costumbre de sentarme a hablar con callejeros para contarles lo que sea que no había podido hablar con mi buen amigo Solomon. Pero no los presencio solo en el momento aislado que compartí con ellos, me toca ver sus vidas enteras y sus respectivos fines. Las muertes naturales, los molidos a palos, los cercenados y destripados, los envenados o atropellados, los que fueron amados y protegidos, los que enfermaron o los que siempre me recordaron, así como los que murieron recordando a otros amables extraños antes de morir. Todo sucede de súbito, como un golpe en los testículos. Soy testigo de la  vida que vivió el muchacho hecho universitario, aquellos momentos que terminan en un revolver que no termina de quebrarme.

Ya basta. Quiero despertar. Es mucho peludito abandonado que no pude adoptar. El acabose es volver del universitario al muchacho y luego al niño para presenciar el momento tras un campamento en que le tiene que tirar una piedra a un pobre perro mestizito, lleno de garrapatas, que se había dejado mimar al calor de las fogatas y que ahora llevaba como 5 kilómetros persiguiendo al carro donde va el niño cobarde que recién se atreve a espantarlo, tal como luego tendrá que hacer el universitario a un par de cachorros hermanos que lo persiguieron por un kilómetro, cuando aprendí que no había aprendido nada.

¿Qué queda? Aprieto los ojos con rabia y me dejo caer. Todos los perros lloran al unísono, lloran como la Artemisa, hasta que separo los párpados y lo veo al Cayo cagándose en todo el departamento de mi novia y obtengo un breve respiro en que me quedo a acompañarlo durante las largas horas que lo tenemos que dejar solito para irnos a trabajar. Me abrazo de su cuerpo huesudo, le aseguro que nad está mal y cuando llegamos, salto y vuelo, aterrizo en la casa de mi primita y lo mimo al abandonado Dumbo que llora y llora que llora  bajo la luna. No para de llorar.

La frente arde, quema, desespera, pero es más fácil ignorarla y simplemente continuar. De alguna forma no me sorprende ser jalado a la presencia del Tudito. Ya se acercaba el día en que Solomon llegó con el revólver y supuse que algo tenía que pasar. Porque ahí no queda nada que contar. El Tudito tiene una extraña condición que hizo que toda su vida se viese como un cachorro pero igual no puedo evitar notar que ahora se ve mayor; seguramente hoy es el día en que el muchacho se va de la ciudad para hacerse universitario lejos de acá. El Tudito lo mira confiado, claro, para él este es un día más y algo me dice que no entiende porque reina tanta tristeza en su hogar.

El Tudito es hermoso. Sabe que el universitario no está pero me trata como si fuera él. Se echa conmigo y bate la cola mientras se acomoda y yo le charlo de la vida y la existencia, le cuento la leyenda de la amistad entre humanos y él me enseña que los humanos no tienen mejores amigos que los perros. Lo dice especialmente cuando las tormentas eléctricas lo dejan temblando y se refugia bajo la cama que perteneció al universitario y que entre los dos osamos usurpar. También lo protejo de los gatos del vecino que vienen a bullearlo, y trato de distraerlo de todos los fuegos artificiales por los que nunca antes lo pude consolar.

El paso de los años me enseña que quizá he subestimado al Tudito y sus prioridades. Cada que llega el universitario se olvida de mí y se dedica a él y a nadie más que a él. Son esos los ratos en que cierro brevemente los ojos y la frente me duele cada vez más. Tanto que me distraigo y sin querer llego a los años en que el universitario no regresó más. Y lo presencio, lo miro. Por fin veo lo que mi madre solo me pudo narrar: la decadencia del Tudito. Su vejez, su soledad en la que no soy más que un magro consuelo a mi ausencia. Lo noto cada vez más lento y cansado. Y cuando me mira… parece decirme “te amo, pero tú no eres mi Tú. Mi Tú me abandonó y no lo volveré a ver.”, y yo le pido paciencia desesperado con lágrimas en los ojos, pero él está derrotado y, para colmos, enfermo, con el estómago hecho un jirón. “Entonces, dime… ¿por qué no vuelve mi Tú?”, y yo le contestó que el universitario ahora es un bastardo que trabaja y no sabe cómo vivir, que no tiene vacaciones y además… con un gesto me desmiente, sabe que no digo toda la verdad. No sé cómo explicar que no supe regresar, que quise creer que mi vida estaba solamente en otro lugar y que volver me parecía morir, pero que nunca olvidé. Ni a él, ni a ninguno de los perros que me tocó amar.

Un día llega el bastardo a vuelo de cuervo y el reencuentro entre ambos fue tan dichoso como recordaba. No quise quedarme mucho, solo lo suficiente para ver eufórico a mi Tudito y regocijarme con las lágrimas del bastardo abrazándolo, herido de amor, todavía creyente de la hermandad entre humanos, arrepentido frente a la vejez de esos ojos que ve por última vez. Se desvanece y su voz se escucha en el altavoz del celular de mi mamá. El bastardo llora y da un discurso mientras la veterinaria prepara la inyección que parará la vejez que tanto lo tortura al Tudito, que ya ni comer puede. Me echo a su lado y empieza a llorar como Artemisa. Me contempla. “Nunca alcanza el adiós. Está lleno de preguntas, tristeza y asuntos pendientes. Pero ya nos vamos a encontrar.”, dice a duras penas y yo que me derrito y me quema la frente. No sé qué decir. Es la primera vez que veo la imagen que hasta ahora solo pude imaginar: el Tudito tendido en sus mantas, el cuerpito flaco, los ojos entreabiertos, la noche arrastrando el rumor de los santos y mi cabeza filtrando un haz de luz artificial sobre su rostro moribundo, cuando la veterinaria acerca la aguja y mi madre llora y yo le digo: “adiós al más miedosito, el más tierno, el eternamente cachorro que ni con tus achaques de viejo dejaste de parecer el inocente niño que siempre fuiste.” Y le pido perdón por la distancia, y él llora, y todo acaba… y ya no puedo más.

Despierto una mañana gris en la tercera casa que puedo recordar. A mi lado duermen el muchacho con su Tudito, huelen a algo que deja un sabor dulce en mi boca, como a inocencia y juventud. Y lo sé. No necesito del ardor en la frente y la tristeza devorándome para darme cuenta qué va a pasar. Así que me adelanto a los hechos y bajo al patio donde me espera el Negrito botado en su casita. Desde hace un tiempo que casi no se mueve. No está tan enfermo, simplemente cansado.  Embrujado por la conjunción de días que ha sabido vivir. Verlo así de apagado es un axioma roto. Rompe con la imagen del cachorro mordiéndome los pies para destruir mis zapatos, jugando conmigo como el hermano can que tuve; aniquilan su inmortalidad ganada cuando, contra todo pronóstico, venció el parvovirus o cuando sobrevivió tras ser aplastado por las llantas de un auto a toda velocidad. Lo acaricio y me reconoce. No sé si él lo sabe, pero el muchacho bajará en unos minutos y lo verá morir. El Negrito se irá mientras el muchacho lo acaricia, le dirigirá una última mirada con sus ojos de amanecer y se marchará para siempre a dondequiera que se van los amigos fieles cuando les toca desaparecer.

Estoy seguro de que si tuviera sangre me estaría desangrando de labios y lengua de tanto morderme para aguantar el dolor de la frente, de hecho estaría sangrando tanto como el Negrito aquella vez que volvió de una de sus escapadas a la calle con un tajo gigantesco en el pecho, que el niño nunca supo cómo su mami y su abuelito lograron curar. El Negrito nota mi dolor y me da un débil lengüetazo. “Gracias, gracias Negrito, pero guárdale un poco al muchacho que ahorita va a llegar.” Y él me pide que acerque la manga, la muerde bien fuerte, la daña, la suelta, y me pide que cuando pueda, le entregue de su parte ese mensaje a mi mamá.

El muchacho llega y se acuclilla frente al Negrito. El dedo de Solomon ya ha emitido su juicio, su indiferencia grita aburrimiento, la frente quema, el corazón es un plomo, el Negrito gime bien suavito y a mí se me escapan lagrimones confundidos. Desde algún lugar murmuran la Artemisa, el Tudito, el Cayo, el Dumbo y me pongo a pensar que quizá me espera un sitio construido por los perros y que ahora ellos guardan. El muchacho ya entiende lo que va a pasar, la inocencia muere en sus ojos, pero la yerba mala es la ingenuidad. Me arrastro a la casa del Negrito, me echo encima suyo, nos fusionamos sin dramas, ni luces, ni brillos, apenas un suspiro al unísono que presentimos es el penúltimo que vamos a dar. Miramos al muchacho, le deseamos lo mejor, le decimos que lo amamos, que lo vamos a extrañar y mientras cerramos nuestros ojos, lo último que alcanzamos a ver es el llanto silente del muchacho pero también los ojos de mi mejor amigo, mirándome aburrido detrás del humeante caño, al final de todas las cosas.

 

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–          Para la Fuerza Inenarrable

Marrón almendra

En materia de placeres, colores y sabores existen demasiadas opiniones y variables como para que todos manejemos un mismo estándar. Si se dice que en estos temas no hay nada escrito, es nomás para evitarnos la complicación de la discusión que el tema trae. Por eso no existe un estándar absoluto, porque nadie quiere meterse a esa guerra encarnizada que pone en juego el estatus bueno de su gusto ¿o quién disfrutaría como poseedor de la famita de tener un mal gusto?

Más allá de eso, lo que, casi siempre, fallamos en notar es como nuestros gustos son tan cambiantes, como es apático el asombro. Una vez que uno ha comido su plato favorito por enésima vez, se encuentra repitiéndose lo sabroso y glorioso que es, en voz alta, como necesitado de pregonarlo, pero sin sentir algo especial. Nada nuevo ha pasado. El sabor, no es que lo haya sorprendido, simplemente uno recuerda que siempre clamó a eso que se ha comido como su comida favorita. Y el protocolo, o la costumbre, dictan que uno lo disfrute.

El asombro se aburre fácil. Prueba de todo, y lanza opiniones intensas, extremas y axiomáticas si es que se excita. Pero pronto se olvida de lo que ha probado y se dedica a esperar la siguiente sorpresa. Que no siempre llega de inmediato, pero siempre está a la vista en el horizonte por mucho que uno no le vea ni la silueta. El asombro es ese curioso malnacido que nada le importa más que la novedad, solo la novedad y nada más que la novedad. Pues la vive de la única forma en que sabe vivir: con intensidad.

Pero lo que el asombro no sabe, o no mide, es que la intensidad nunca se va sin dejar huella. O, mejor dicho, cicatrices. Pues mientras más se tiene, menos se siente. Con el tiempo solo amarga, y eso obliga a la intensidad a contenerse más. No menguar, pero sí que estar contenida de modo que sea cada vez más difícil despertarla. tumblr_mfvmjpspnp1qz6f9yo1_500Entonces sucede que lo más fácil es amargarse, o ya no deslumbrarse. Que a la larga viene a ser lo mismo, pues si ya no te deslumbras, si no tienes cuidado con eso, la falta de lumbre te amarga, y te encierra en esa lógica adictiva de las drogas, pues la intensidad es como una droga. Mientras más las usas, más te jodes la cabeza.

¿Qué ocurre cuando la intensidad se pasa de la raya, e invade otros lugares que no le incumben? ¿Cuánto daño hace una sobredosis de intensidad? ¿Con qué métodos destruye todo aquello que no debería ser intenso? Preguntas importantes que al asombro lo traen sin cuidado, pues es solo a través del toque de la intensidad que encuentra excusas para no suicidarse. Hambriento de novedad, el asombro suele olvidar que ciertos placeres están exentos de aquello que la intensidad necesita para existir.

Pero hasta el asombro se sorprende, de vez en cuando, con lo viejo. Prueba una variación de un sabor antiguo y se siente complacido ante el nuevo enfoque. Igual se olvida al rato, pero por unos instantes se da cuenta que es un amargado. Que a medida que el tiempo pasa, las cosas que le parecían brillosas han perdido su lumbre. Y cada vez le es más difícil encontrar algo que ilumine con el mismo fulgor de antaño. Cuando uno come por enésima vez una fruta, ya no hay sensaciones nuevas. No hay misterio que valga, solo una cómoda espera. Un sabor antelado, masticado y demasiado conocido. Y si bien se lo disfruta mucho, el asombro lo empuja a uno a preguntarse ¿dónde está ese vértigo? ¿Por qué ya nada me gusta con la misma intensidad que solía sentir?

(El tiempo no solo nos vuelve sabios. Nos amarga, nos quita la curiosidad, nos enseña a dar por sentadas muchas cosas que antes constituían preguntas irrespondibles, cuya búsqueda de respuestas terminaban en crisis. El tiempo nos hace olvidar no solo lo malo, sino también lo bueno. Aminora la novedad y nos pone en riesgo de ahogarnos en rutina.)

Nunca me gustaron las almendras. De hecho solo las probé una vez, de pequeño, y el sabor me pareció algo mediocre. Como que no había textura, ni progresión, o misterio alguno que las hiciera dignas de mis dentelladas. Total que era lo 1098481suficientemente joven como para desterrarlas al olvido tras tan solo degustarlas una mera vez. Soy de esos que se pone exigente con lo que prueba y ese detalle, con el tiempo, me convirtió en seleccionador riguroso de aquello que glorificaré en mis gustos. Pero después vinieron la rutina, sabores nuevos, numerosos sinsabores y demasiados etcéteras que sin querer, y sin que yo me dé cuenta, me fueron cambiando el panorama. Me afianzaron en la comodidad de lo conocido y me vetaron los misterios de lo ya rechazado. Olvidé que uno cambia tan sutilmente, que se aferra a lo masticado para no derrumbar los axiomas en los que ha construido su vida ¿quién desea ser el autor de la destrucción de sus certezas? Ni siquiera los autodestructivos atentan contra algo tan delicado como las certezas, pues son ellas las que nos mueven a donde sea que vayamos.

La comodidad de masticar lo digerido. Rumiar. Supongo que eso le quitó sorpresa a la vida. Confiarme en que lo rechazado ya no puede ser aceptado, en que lo aceptado es lo único que puede ser tragado. O tal vez fue el esforzarse demasiado en buscar cosas nuevas bajo la luna. Todo cambia, queramos o no todo fluye sin que lo percibamos hasta que algo, o alguien, lo pone en evidencia. Y cuando eso pasa, podemos ir con la corriente o mantenernos firmes en pensar que nada ha fluido. Ambas son opciones válidas.

Y de nuevo las almendras. Hace ya casi dos años que una fuerza inenarrable me cambió los parámetros. Me sumergió en una reevaluación del asombro, de la rutina, de qué importa y qué no. Me alteró los estándares, y yo acepté la metamorfosis. No cambia uno su esencia, solo el cómo la enfoca. En el fondo seguimos siendo los mismos perros de siempre. Sigo siendo el niño que prueba almendras y las rechaza tras un mero mordisco. Pero he aquí que la Fuerza Inenarrable adquiere sus, bien merecidas, mayúsculas, cuando, al dar otro mordisco a las almendras, descubre uno que el asombro ha retornado con todo y empuja a querer devorar esas semillas a montones, enviciado por un sabor nuevo y un ansia incontrolable.

Quizá las almendras sean solo un prolegómeno a otra cosa. Quizá las almendras sean un gusto más fijo. Quizá no valga la pena tanta reflexión en que traerá el sabor de las almendras, y solo importe dejarse abandonar en el placer de saborearlas mientras dure el asombro.

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– Para el famoso Coco Flowers

Es curioso como ciertos lugares recuerdan a uno vivencias específicas. Y no solo al nivel de ver en la cabeza la escena de dicha memoria en imágenes de antaño sino, también, por traer de vuelta olores, sonidos e incluso sensaciones que habíamos pensado olvidadas. De pronto retornan con una intensidad, a veces, poco saludable que nos golpea de pura sorpresa. No todo recuerdo es apreciado, ni toda vivencia es placentera. Los lugares terminan por ser una especie de recordatorio imposible de destruir. No son pocos los que fantasearon con destruir el Montículo o la Recoleta, y no por locos antisociales, solo por desconsolados furiosos. Los caudales de malas memorias que estos lugares causan son inevitables. Pero si son olvidables, ignorables e, incluso, con práctica, aceptables.

 
Al fin y al cabo cada espacio por el que nos movemos es el posible escenario de algún momento especial ¿O acaso, tras la ruptura, no nos duelen las locaciones en que hemos vivido cosas con la ex? ¿No sonreímos, casi idiotamente, al ver el parquecito al que nos llevmentally_by_jeffrey-d4tw9v4aban cuando aún creíamos en seres como Papa Noel, el Conejo de Pascua y todos esos bichos fantásticos? Uno nunca sabe que lugares serán testigos de nuestras vidas y sus cauces. Sea en la dicha o en la desgracia. De pronto un ambiente brindará una confusa mezcla de ambos, o quizá ninguno. Lo cierto es que nadie queda impune ante la vida y sus vicisitudes. Por muchas burbujas en las que se encierre uno.

 
Es curioso como la memoria transforma todo antiguo sentimiento en nostalgia, aún desde el rencor propio de los malos recuerdos. Pero ni así se deja de sentir una picazón de arrepentimiento o un ardor rabioso ante ciertas memorias. El tiempo cura nos dicen, y lo repetimos como si lo creyésemos simulando que una parte de nosotros no desprecia ese conformismo y se frustra ante la perspectiva de tener que esperar a que se pase el dolor. Y nada más impaciente que el dolor, quién exige ser aliviado en cuanto nace ¿o por qué los niños caen en la trampita del “sana sana colita de rana”? ¿No son esas palabras una inocente estafa convertida en bálsamo?

 
Un bálsamo es algo impredecible. Si bien todos tenemos nuestras propias recetas para prepararlos, no es raro que uno nuevo se aparezca para actuar de analgésico mientras esperamos a que el dichoso tiempo le dé por curarnos con el olvido, la aceptación o alguno de esos asuntos existenciales. Sin embargo lo cierto es que el tiempo es otro bálsamo casero al que confundimos con cura para nuestras algias. Si recorrer las calles de la ciudad donde crecí me remonta o, mejor dicho, me transporta atrás en el tiempo, me devuelve a ese instante olvidado en la supuesta linealidad del tiempo, entonces ¿de qué ha servido que el tiempo haya pasado? ¿No se acaba de negar el efecto de este bálsamo con tan solo un recuerdito? ¿De qué ha servido morderme frustrado, esperando que el tiempo me alivie si es que algo tan frágil como la memoria me arruina la terapia? ¿Vale la pena posponer los dolores para que retornen, así, inesperados?

 
No se debe confundir a la paciencia con la espera, ni a la aceptación con el conformismo. Si la herida aún arde es porque todavía no ha curado, y no será el tiempo, por sí solo, quién se encargue de cicatrizarla. Lo más probable es que, incluso, se encargue de añejarla. Añadirle algunos rencores, agrandarla con nuevas derrotas, infectarla con frustraciones o desengaños, abrirla a base de rabia e impotencia, en fin, lo que mejor le calce a nuestras sensibilidades. No olvidemos que al dolor no le importan tanto nuestros aciertos como nuestras fallas, razón por la cual no dudará en alimentarse de cuanto fatalismo encuentre. Incluso si, dejando pasar el tiempo, es olvido lo que logramos, no certificará que las cosas estén mejorando. No por ignorar la herida, evito que la gangrena me robe un brazo. Tampoco por aceptarla. Tan solo aceptar alguna de estas cosas, suena a respirar profundo y decir “de acuerdo”, sin haber cambiado nada.

 
Enfrentar las algias, curar las heridas, asumir los errores, resolver los rencores. Llámese con el romanticismo que se prefiera, en el fondo no se debe perder de vista que acá el dolido es uno, y debe encargarse de sus propias curas. Si uno no se responsabiliza de su herida, no importará cuantos médicos la suturen, ni cuantas enfermeras la atiendan, o cuantos Coelhos lo “autoayuden”, aun peor serán en balde todos los sana sanas que se le hagan. A la herida no le sirve el tratamiento si el paciente no se cuida para que no vuelva a abrirse. Obviando que siempre hay alguno que otro sangrado, a lo largo de la vida, de heridas que creíamos cicatrizadas, no es posible negar que existen quienes se desangran por el mero gusto de revolcarse en su propia sangre y ¿habrá muerte más dolorosamente ridícula que la de un desangramiento por herida mal curada?

 
A medida que pasa el tiempo, los sana sanas pierden su efectividad de manera progresiva. Ya para cuando uno está crecidito, los bálsamos se tornan en cosas complejas y difíciles de conseguir para el paupérrimo efecto que proporcionan. Como con las drogas y medicamentos, nuestros cuerpos terminan por habituarse al efecto y a requerir más y más ¿Quién tiene tanta vida, en este mundo, para depender del tiempo como analgésico o, aun peor, como cura? ¿Quién, que se respete a sí mismo, intenta ayudarse con la patraña de autoayudarse en vez de asumir que el único que puede ayudarse es él mismo, y no un charlatán? ¿Quién desea posponer sus dolores cuando puede detenerlos? No dudo que habrá más de un masoquista que prefiera el dolor tortuoso de la herida gangrenada, así como tampoco dudo que existirán quienes gozan causando estas heridas a diestra y siniestra por el placer de ver sangre chorrear, pero ellos son otro tema a tratar y el papel se me acaba.

 

 

Paciencia