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La conocí, una noche, llorando con rabia, toda maltrecha, en las gradas de un cine. A sus pies había un celular destrozado y en sus labios el nombre de su ex era repetido con un rencor que auguraba asesinato. Su pelo era rojo intenso, rapado del lado derecho y larguísimo del centro hacia el lado izquierdo, sus ropas eran negras y rotas en lugares estratégicos, su rostro de diosa estaba adornado por mil y un piercings, sus brazos estaban recubiertos por variopintos tatuajes. Me senté a consolarla con una botella de Lizto, y nos fuimos a Forum para que nos dijeran que no podíamos entrar. Asustamos a un par de fresitas facilonas que nos miraban con asco. Luego nos fuimos a la Belisario “Cantinas” y bebimos un combo mientras subíamos y bajábamos la empinada calle y esquivábamos a los pacos, para no tener que coimearlos y perder plata para el trago.

Me dijo que se llamaba Perra, y le dije que yo era un perro. Nos besamos un rato en una discoteca llena de gente sucia que danzaba con los monótonos sones de Bob Marley, que nos miraban como si fuéramos bichos raros, como queriendo preguntarnos qué hacíamos ahí, que si éramos punkeros, metaleros o qué clase de pesados para ser tan violentos y tan tatuados. Hablaban por ella, claro. A mí me veían como grande y peludo, con el ceño eternamente fruncido y eso los hacía asumirme peligroso y pirado.

Quizá era el modo obvio en que nos deseábamos o la forma en que criticábamos el reggae que resonaba como un castigo, pero de un momento al otro nos quitaron nuestros vasos y nos echaron a la calle, donde un par de metaleros nos hubieran asaltado de no ser que Perra los conocía de hacía mucho y charló con ellos, convenciéndolos de que yo estaba bien, de que no me golpearan. Después de un rato nos dejaron, no sin antes dirigirme miradas cargadas de celos y odio. Tres días más tarde me los encontré en una calle y me dieron la tunda prometida, y luego me invitaron a fumarme con ellos. Pero volviendo a Perra, cuando los metaleros nos dejaron entonces la llevé a un boliche de mala muerte y ella lo encontró agradable. Ahí dentro nos pedimos cinco botellas por persona, para empezar, y gastamos el resto en la rocola para escuchar rock y rock pesado.

No le gustábamos a los parroquianos. Todos choferes de taxis, micros y minibuses. Nos miraban con recelo y rabia, perdidos en inconsciencias alcohólicas que iban en aumento. Quizá era su voz ronca, o mis risas estridentes, quizá era el sexo con ropa, la crítica abierta y en voz alta, quizá eran sus tatuajes o mi barba, nuestra ropa o lo que sea. Quizá solo queríamos que nos desdeñen en cada lugar al que fuésemos esa noche, que nos mirasen con asco y que no ocultasen su rechazo, para poder disfrutar más del aceptarnos el uno al otro. Y regodearnos ante todos esos jailones, todos esos sucios hippies, todos estos chóferes, de que habíamos encontrado un escape morboso a nuestras sucias vidas. Y nos odiaban por eso. La cosa es que solo un chofer se animó a expresarlo. Se paró delante nuestro, mirándonos desorientado, y le preguntó a Perra por su pinta extraña y a mí sí me gustaban las lesbianas. Perra se paró sonriendo, viéndose hermosa, y le plantó un rodillazo en las bolas, tan fuerte que me extrañó no verlas salir por su boca. Luego se sentó como si nada, mientras que la cholita que acompañaba al desbolado gritaba al ver a su hombre tirado en el suelo vomitando de dolor. La mujer interpeló a mí, insultándome y empujándome fuera de mi silla, pero Perra se paró y la empujó hasta que empezaron a trenzarse y golpearse en el suelo. Un hombre bajito y rechoncho se acercó y me golpeó en el estomago, dejándome sin aire y casi derrotado, pero al escuchar a Perra aullando no pude más que incorporarme y morder a ese gordo que me había derribado. Con asco comprobé que le había mordido los genitales y tuve tiempo de enjuagarme la boca con cerveza antes que varios brazos me lanzaran a la calle donde ya despuntaba la madrugada. A mi lado descubrí a Perra, con la mirada feliz y sangrando de una ceja, nos reímos asustados y caminamos en silencio por un rato, hasta que llegamos a una casa de amigos suyos, donde continuamos tomando todo adoloridos y golpeados.

Cuando sus amigos se desmayaron, Perra me miró extrañamente. Sus ojos estaban rojos y las ojeras la hacían parecer más vieja de los veinte años que en verdad tenía. Sostuvo la mirada intensamente hasta que se puso a vomitar el alma en una maceta. La agarré mientras vomitaba y la besé en cuanto dejó de hacerlo. Perra se aferró con rabia, con ternura, con picardía y me chupó entero mientras yo la lamía todita. Solo recuerdo la sensación de entrar en ella, pero nada más.

Cuando desperté, en un cuarto extraño, noté que estaba desnudo y ella, también desnuda, a mi lado. Cuando volvía  despertar estaba vestido, botado en la puerta de la casa de su amigo, sin dinero, ni celular, ni zapatos, con el cuerpo moreteado, el ego traumatizado y una nota con un número telefónico al que, por más que así lo deseaba, no pude encontrar las bolas para llamar en un buen tiempo.

 

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Noche y día. Quizá la fuerza de este cambio no se encuentre tanto en el porqué se oculta el sol o brilla la luna. Quizá la fuerza de este cambio opere al nivel de las acciones de las personas. Sobre todo porque la gente misma no nota estos cambios. Y es que están ahí e incluso se habla de ellos, pero la cara de la ciudad cambia drásticamente en cuanto se asoma la noche. Desde la calma falsa de la Belisario Salinas, los puestos del burguero muertos a la luz del día, los boliches en general con ese su silencio que parece anteceder las mil y un tormentas que ocurrirán en sus fueros internos cuando caiga la noche. La mentalidad de la gente, en sí, parece sufrir un cambio. Se sonríe más, se está menos apurado, se deja de temer una inevitable marcha que lo bloquee todo, se espera en la trancadera al trufi que nos lleve a casa, se despierta una sed poderosa que se delata en nuestras miradas y que muchos intentan calmar con alcoholes, drogas o amor. Pero esta es una sed quejumbrosa que reclama una saciedad que jamás tendrá, pues lo que busca es librarse de los velos del día, y no hacemos más que dar otro velo. El de la noche. Pero este velo también le da vigor a los paisajes paceños, cuando se ven grupos que salen a comprar bebidas alcohólicas o se entran a los antes muertos boliches para darles vida con sus insanas peroratas, y sus sedientas gargantas de un líquido que los transporte a la no-preocupación.

 

 

 

Esto es muy notorio en cómo se apostan en las plazas, en puertas y otros boliches dispuestos a darle vida a la noche. Si en el día caminaron agotados, sudaron para ganar el Samsung Galaxy de cada día, pensaron en sus problemas cotidianos y se ahorraron todas las lágrimas… por la noche todo estallará en un proceso de juerga que les quitará el agotamiento, mientras se mueven de un boliche al otro, beben en exceso o amistosamente y suben el tono de la voz al ritmo de un canto que algún DJ se digne a poner. En otros se notará en como tomarán las calles, y todos esos espacios que la gente ignora, transformándolos en una pista de baile, en un bar improvisado o en un espacio para recurrir a los besos. También se notará en como muchos llorarán sin lágrimas o a viva voz, pero llorarán al fin y al cabo.

 

 

A todo esto el alcohol seguirá fluyendo, los mendigos seguirán pobres, el gobierno seguirá trabajando, las oficinas estarán desiertas como sus hermanos los boliches lo estuvieron por la mañana, y las voces de la razón se apagarán cada vez un poco más hasta que se pueda recuperar un poco de la conciencia con algún burguero madrugador, o tal vez solo se atine a pasar de todo para terminar perdiendo el pinche Samsung Galaxy por el que tanto trabajaste.

 

 

El día conlleva ese aire de responsabilidades y secretos en susurros. La noche conlleva ese aire de olvido y secretos revelados. En el monologo de los que habitan la noche, se nota como sus frustraciones y alegrías afloran. En el día estará esa necesidad de la apariencia, de ser funcional y demostrarlo. Trabajar, caminar, saludar, ir a un retrete para ir al baño, beber a ocultas, emborracharse anónimamente en algún boliche práctico que abre los brazos desde las 4 de la tarde. La noche despierta una especie de salvajismo forzado que mueve a la gente a divertirse, lamentarse sin vergüenza, motivarse con sustancias, de repente solo perderte en amores u otros venenos, mear donde a uno le plazca como ignorando la normativización de lo correcto en sociedad, beber en público y a gritos hasta que la cana asome la fea cara.

 

 

Si la gente se pusiera a pensar en cómo son de día, y cómo son cuando salen de noche, notarían mil y un cosas que antes dieron por comunes. De pronto se extrañarían de que los burgueros de las 6 de agosto sean posibles solo por la noche (pues más allá de antojarse ¿Quién podría concebir una guesa al mediodía? ¿No es el almuercito un respetable contrapunto a la doña guesa?), también verán con otro rostro la puerta del equi o del mecca, y recordarán cualquier cosa mientras pasan distraídos por la Belisario Salinas, un escenario que vió borrachos a más de uno, sino a todos nosotros. Quizá hasta nos daríamos cuenta de esa eterna transformación entre el día y la noche, que es tan fuerte que hasta a la misma ciudad le cambia el rostro. Tal vez podríamos vernos en nuestra metamorfosis y podríamos sacar una especie de conclusión, una unión entre nuestro yo rutinario y nuestro yo fiestero, y, claro, nuestro otro yo que está al medio. Pero el día vela para que esa magia se pierda y la noche vela porque esa magia se difumine entre tanto olvido al que deseamos someternos.