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– Mira a tu cuerpo –

Una marioneta pintada, un pobre juguete

De partes unidas listas para colapsar,

Una cosa sufriente y enferma

Con la cabeza llena de falsos imaginarios

La Dhammapada

Las hermanas Escobar y yo teníamos mucha historia entre nosotros cuando tocaron mi timbre aquella mañana de invierno. Estaba yo totalmente cansado y asqueado de los excesos de la noche previa, así que el retumbar infernal del timbre me despertó de un profundo letargo que solo abandoné por la insistencia del repiqueteo de la campana. Cuando abrí la puerta me las encontré, de repente, frente a mí tras un año y medio que no sabía nada sobre ellas. Quedé totalmente petrificado al encontrarlas tan sanas, tan hermosas, como si la vida se hubiese encargado de sonreírles y sonreírles en aquel tiempo que pasamos separados. Las envidié, pues en mí se mostraban pruebas de todo lo contrario, cualquier observador ajeno a nuestra historia se habría preguntado qué hacían aquellos preciosos ángeles hablando con ese roñoso y destrozado intento de hombre. Lo admito, estaba demacrado, estresado, fuera de forma, deprimido y siempre intoxicado, mientras que ellas parecían rubicundas, alegres, tan preciosas como las más finas modelos famosas, incluso tenían un aire de contagioso bienestar que no tardó en molestarme. Me saludaron con cariño, me dieron abrazos cuya sinceridad me asqueó en un principio pero que, poco a poco, fueron quebrándome hasta que me encontré a mi mismo confortado como crío en el refugio del abrazo de ambas, con los ojos secos y furiosos, pero aun así disfrutando del abrazo de las hermanas.

Durante el abrazo las recordé como no las recordaba desde que sus abandonos en mi vida iniciaron. Mi mente viajó en el tiempo sin que yo pudiera evitarlo y, pronto, me encontré a mi mismo pensando en el tiempo en que las conocí, cuando aun íbamos a la escuela y estábamos en séptimo básico. Era la tercera vez que me enamoraba en toda mi vida. La escogida fue Martha, dos años menor que yo, un año menor que su hermana Raquel. Martha captó mi atención, primero, por su belleza innegable, acompañada de sus ojos cafés hipnotizantes, además de su trato fácil y agradable; años más tarde me seguiría enamorando, esta vez con su aspecto inocentón que salpimentaba la sensualidad de sus piernas y sus pechos, además de esos ojos tan grandes y redondos que gritaban ternura con un brillo peligroso y seductor que la disfrazaba de víctima y disimulaba su malicia. Raquel, su hermana, era más sensual, era un remolino de lujuria latente que inquietaba hasta al más cauto, sus ojos eran achinados en comparación a los redondos perfectos que eran los ojos de su hermana, pero eso solo le daba un aire más críptico a sus miradas penetrantes, miradas que yo disfrutaba mucho y a las que me sometía en largos diálogos que solo trataban de mi amor platónico por su hermana. Eran temporadas divertidas, aquellas de colegio, temporadas fáciles y llenas de dicha en que solo tenía que preocuparme de mi mudez ante Martha y disfrutar de mi estrecha amistad con Raquel. Para resumirlo en una palabra: cómodo. Era total y absolutamente cómodo estar así, atrapado en un amor imposible al que nunca podría tener, siendo consolado por otro amor imposible del cual ni yo era consciente.

Ese fue el antecedente, una infancia incómoda que solo cobraba sentido cuando olía, en la sana distancia, el perfume de Martha mientras las manos de Raquel acariciaban mi rosto. Todas esas tardes en casa de las Escobar riendo y jugando, dichoso de ser el centro de las atenciones de ambas hermanas, como si fuéramos ya un triangulo amoroso, aun en la tierna infancia. Luego vendría una adolescencia tumultuosa, totalmente rendida a los encantos florecientes de las Escobar, que cada día se parecían más a las leyendas de belleza que leía en los libros de ficción que poblaron aquella etapa de mi vida. Disfruté mucho de sus atenciones durante toda mi adolescencia, eran mías y solo mías, por más que sus atenciones nunca habían derivado en aquellos sentimientos románticos que yo tanto ansiaba.

Tras ello, ya cumplidos los dieciocho, desaparecieron de mi historia por un tiempo, temporada que aproveché para vivir. Lo recuerdo como si fuera reciente, pues el primer día sin las Escobar en mí vida fue triste, lleno de lamentos por su forzada partida, obligadas a morar en otro país, tan lejos del mío que cuando me lo anunciaron, lo primero que pensé fue que no las volvería a ver nunca jamás. Días pasaron antes de que pudiese digerirlo, mas cuando lo hice empecé a sentirme aliviado, como consciente de una cadena que me tenía atrapado a ellas y que con ellas lejos cesaba de existir. Fue así que caí en los vicios. Suena a una cobarde justificación y lo más probable es que lo sea. La ausencia de las hermanas me reveló un vacío dentro de mí que solo los vicios me ayudaban a olvidar, un vacío que me empujaba cada vez más lejos en los caminos más tumultuosos y malsanos, pues solo en esa miseria podía yo dejar atrás los hermosos días de antaño. Me había convertido en un parásito que chupaba vitalidad de los demás para mantener su patético intento de vida vigente Admitiré que no lo recuerdo con arrepentimiento, las memorias de esos días no me ruborizan en lo más mínimo, por mucho que cometí actos innombrables. Todo fue en aras de la diversión, de la juventud y la irresponsabilidad, todo fue para poder un día decir que yo había vivido como nadie, que había disfrutado de los excesos cuando el cuerpo aun era joven. Según Raquel eso me hacía un viejo atrapado en un cuerpo juvenil, pero en esos tiempos no estaba Raquel para recordármelo. Durante esos años, el perfume de Martha y el toque de Raquel no eran más que pueriles e inocentes recuerdos de una época mejor, una mucho más feliz y sencilla.

Volvieron a mi vida cuando recién daba yo mis primeros pasos en el mundo de los adultos. Me aterrorizaba la perspectiva de pagar por mis propias necesidades y eso cortó todos mis vicios con una efectividad que ningún duodécimo paso podría haber logrado. Dejé de ser el parásito vicioso y, en adelante, tuve que concentrarme en ignorar la voz caótica detrás de mi cabeza que me invitaba al desorden. Aprendí a callarla para poder hacerme un androide más del sistema, otro esclavo de la rutina que deja de tener aventuras y las cambia por un ambiente tranquilo, donde el miedo se traslada de los finales a los inicios y donde la inercia es la única amenaza a lo más preciado que tenemos los androides: la conformidad con el estancamiento. Era miserable, de verdad miserable, en aquella no tan lejana época, tenía que pelear cada día contra las tentaciones más ruines y triunfar si quería sobrevivir en el mundo de los autómatas, un mundo que hedía a engranajes triturando los cuerpos de los trabajadores para seguir lubricados con la sangre y el sufrimiento de estos. Quizá lo pinto exageradamente, pero lo hago porque fue así como lo viví en su momento. Fue esa dificultad de resistir las tentaciones la que forjó la dureza de mis modos y el silencio con que manifestaba mi conformismo. Creo, firmemente, que estaba en camino a convertirme en un ser despreciable, de aquellos que consideran al mundo inocente y a la gente buena, esos caprichosos cobardes que derraman lágrimas ante la primera manifestación del azar, o de la malicia del mundo. Ahora me da un poco de gusto verme como soy hoy, sin hallar culpa cuando analizo las cosas que hago para sobrevivir, para mantener viva mi sangre.

En esta época de androide recibí un llamado telefónico de un número desconocido. Fue peculiar porque al agarrar el celular me sentí extraño, y cuando al otro lado escuché la voz de Martha me sentí completamente fuera de mí, como si la imposibilidad se diese la contra a sí misma y se manifestase para mis oídos. Creo que habría esperado una llamada de Raquel, creo que hasta la iba ansiando desde el día de nuestra separación, más seguro de la amistad que tenía con ella que de las ínfulas amorosas que tuve con su hermana, por ello resultó aun más bizarro que fuera la voz de Martha la que me buscaba y me pedía un encuentro, una cita, un café. Lo que sea con tal de volver a contemplarnos.

Acepté, en medio del más profundo y desesperante terror acepté. No sé qué me asustaba tanto, no sé qué fue lo que me llevó a temblar cada vez que recordaba la cita que tendría en unos días. Pudo ser la antelación, la emoción de la reunión posiblemente, pero creo que hubo un oscuro presagio para quien era yo en ese entonces, como si un recóndito y misterioso resabio de magia me anunciara que aquel encuentro con Martha sería algo fuera de lugar, un reencuentro muy esperado en que todos los anhelos pasados serían cumplidos, por fin.

Previsiblemente no fue así. Martha me trató con cariño, con infinita ternura me hablaba y me contaba de su vida, de todo lo que había hecho desde que habíamos dejado de vernos, lo hizo con terrible detalle, lo cual me permitió inferir no solo los pormenores de su historia, sino los de su hermana y toda su familia también. La vida no había sido del todo amable con los Escobar, tenían fortuna económica, sí, pero a cambio la salud de los padres se precipitaba al abismo final, la muerte los esperaba en forma de tumores malignos inoperables que lentamente trasladaban a los señores Escobar más allá del alcance de sus hijas. A la par, Raquel había desaparecido en una sucesión de novios infieles que los padres miraban con malos ojos, pero Raquel parecía no querer parar, parecía no entender todo el sufrimiento que a sus padres traían sus ires y venires por las vidas de tipos que no la merecían. Ahí intuí el motivo por el que había sido convocado y Martha me lo confirmó minutos después, cuando me pidió que la ayudara a convencer a su hermana de calmarse un poco, aunque fuese por un rato para darles una tregua a sus enfermos padres. Yo no supe qué responder, no sabía cómo hablar de eso con Raquel, a quién, además, no veía hacía años, pero Martha ya lo tenía todo planeado, según ella solo tenía que volver a su vida para que ella encontrase, nuevamente, el camino adecuado. Fue así que volví a ver cada día a las hermanas Escobar.

¿Qué puedo decir de esa temporada? Llegaba por la noche, me recibía Raquel con una sonrisa muy amplia y me daba abrazos mientras Martha preparaba algo de comer, entonces nos echábamos a ver televisión sin verla, más concentrados en amenas charlas que me dejaban completamente sonriente. Fue una época alegre, eufórica mejor dicho. Me reencontré con los días de mi niñez al acompañar a Martha y Raquel cada minuto que podía. Las dos vivían juntas en un apartamento minúsculo, en el centro de la ciudad, al cual me trasladaba después de enfrentar mi agotadora jornada laboral. Llegaba a la puerta de ese apartamento con los ojos casi cerrados del cansancio, con el humor por los suelos debido a los inevitables choques con jefes o compañeros de trabajo, fatigado por las exigencias que la rutina imponía en mi vida, manejándola como le daba la regalada gana, sin consideración a mis proyectos y anhelos, perdidos ya en el remolino de mantener vivo mi vicioso consumismo con el que construía el hogar perfecto, equipado con los mejores muebles, los ornamentos más caros e inútiles que podía encontrar, esclavizado a hipotecas, cuotas, deudas y todos esos tormentos. Admito que tras todas esas jornadas agotadoras para ganarme el dinero que pagaría mis deudas, llegaba desganado y dispuesto a irme tras media hora de visita. Siempre me decía eso a mí mismo: “media hora y me largo que tengo mucho que hacer mañana” pero me quedaba, hasta bien entrada la madrugada me quedaba con ellas y reíamos y comíamos, bebíamos a veces, era un espacio donde hasta un androide como yo podía sentirse menos maquina y más humano, un lugar donde dejaba de preguntarme por qué necesitaba, un solitario como yo, el paquete de la casa, los muebles, los ornamentos cuando no tenía ni perro que me ladre. Me concentraba en reír, en disfrutar de la compañía de las hermanas que consolaban mis dudas y me daban ánimos para volver al trabajo a cumplir mis jornadas laborales y ganar el sustento, pagar mis deudas, ahorrarme dinero, ser un androide feliz y conforme.

Todo eso terminó un día en que antes de llegar al apartamento de las Escobar me encontré con Martha esperándome en la esquina de su cuadra. Me miró con una determinación que abrumó mis sentidos y confundió mis pensamientos durante un breve instante en que no pude respirar, me pidió que por favor esa noche no fuera a su casa pero que al día siguiente me pasase por ahí para visitarlas en el transcurso de la tarde. “No puedo” le dije “tú sabes muy bien que trabajo” agregué angustiado ¿por qué me negaba mi refugio nocturno? ¿Dónde curaría mi angustia laboral si no era en la relajada felicidad de pasarla bien con las Escobar? Pero ella me insistió delicadamente, hasta el punto en que mi terquedad cedió y le juré que al día siguiente acudiría a su llamado.

Tuve que reportarme enfermo aquella misma mañana, mandando una nota médica del puño y letra de un amigo galeno, al cual terminé debiendo un par de complicados favores de los cuales no quiero hablar en este momento. Sin embargo logré presentarme en el departamento de las Escobar ni bien el reloj dio las dos de la tarde. Dentro pensé que encontraría a ambas hermanas, así que grande fue mi sorpresa cuando solo me encontré con Martha. La tarde fue incómoda, no podía entender porqué pero sí lo sentía en los huesos y en la mente, algo no cuadraba en la hermenéutica de nuestras cortesías, algo había cambiado en nuestras miradas y en la forma en que las palabras sonaban cuando eran expulsadas de nuestras mentes a través de nuestras bocas. Como si algo estuviese descolocado y no hubiese forma de especificar qué. Esto era molesto en más de un sentido, pues le quitaba el aura de santuario al hogar de las Escobar, el único lugar donde me deshacía de todas mis preocupaciones terrenales estaba siendo mancillado por aquel ambiente extraño que la actitud de Martha propiciaba.

Pero he ahí que los designios misteriosos del vacío comenzaron a obrar. Cuando ya empezaba a enfadarme por la situación, Martha rompió un silencio que venía arrastrando desde hacia media hora y me pidió que le hiciese un hijo. La sorpresa que experimenté solo puede ser medida en cifras inefables, en expresiones en mi rostro que no creo poder repetir jamás, mientras que el rostro de Martha era frío, totalmente calculador e inconmovible ante mi sorpresa. Nos enfrascamos en otro silencio, aunque lo cierto es que solo era yo el callado, abstraído en la realización de que nunca había notado la frialdad en los ojos de Martha, mientras ella me lanzaba un discurso de la cercanía de la muerte de sus padres, del deseo de darles un nieto antes del amargo final y no sé cuantas justificaciones a semejante propuesta. Admito que mi deseo por ella se remontaba a la infancia, incluso puedo confesar que más de una vez incurrí en vergonzosas prácticas onanistas con ella en mente, prácticas sazonadas por fantasías cursis e imposibles en las que ella me entregaba todo su ser y se sometía a mis deseos más sublimes, en coitos en los que, a veces, participaba también Raquel, su hermana. No me oponía a tener relaciones sexuales con ella, para nada, pero sí me inquietaba la petición de un hijo. ¿Cómo podía darle yo un hijo? ¿Acaso era posible que yo fuera capaz de engendrar a un pequeño androide que terminaría igual de atrapado en la gran maquinaria del mundo en aras de sobrevivir? ¿Qué, en el vasto mundo de Dios, podía haberle hecho pensar a esta muchacha que yo era el candidato ideal para ser padre de su primogénito?

Ninguna de estas preguntas me fueron respondidas entonces. Por enésima vez en mi vida no supe qué hacer, ni qué pensar y mientras yo callaba completamente inmóvil, Martha se desnudaba revelando las carnes que siempre había imaginado en aquellas noches adolescentes. Mas ni siquiera mi cuerpo respondía a ninguna de las órdenes de mi cerebro, estaba paralizado de terror y por eso dejé que me quitara la ropa y me eché en su cama mientras ella frotaba su piel contra la mía, dejándome completamente electrizado ante cada embate de su cuerpo rozando al mío. Y ni así pude obtener una erección, en un acto que declaro fue una completa traición al joven yo que tanto había soñado con las Escobar, seguro de que nunca las tendría, poco consciente de la traición de su yo del futuro. Ese sentimiento no ayudaba al cometido de las caricias de Martha. Sin embargo ella insistía, me susurraba muchos por favores al oído, me rogaba que le plantase mi semilla, que la hiciera mía para siempre, que ella lo venía soñando desde que éramos más jóvenes, como si estuviera hablando directamente a mi pasado, haciéndome feliz demasiado tarde. Llegó al punto de estimularme de todas las maneras posibles con sus palabras, con sus caricias, con su lengua y hasta con su sexo, no fue hasta después de horas que pudo obtener una erección mía y la aprovechó sin perder el tiempo mientras yo me quedaba inmóvil, nuevamente, y perdido en el miedo a procrear, el más arraigado temor a arrastrar una nueva vida al destino mísero de los humanos, enjaulados por la sociedad, obligados a vivir engañados por empleos mentirosos que prometen bienestar al ingenuo que los necesita, solo para encerrarlos en círculos viciosos que perpetuán la desesperanza del ciclo de la vida y la muerte. Vidas controladas por una insistente ceguera que nos protege de ver los hilos que cuelgan de nuestros cuerpos de marionetas. Tales eran mis pensamientos mientras Martha me montaba, gimiendo suavemente, estimulando mis temores con una mirada espectral que tardó mucho en desaparecer de mi vida. Tardé demasiado en acabar, pero cuando lo hice fue cuantioso y dentro ella, cumpliendo así con la petición que ella me había formulado horas antes.

Luego se echó a lado mío y se quedó dormida. No tapó su desnudez con nada, solo se durmió y me dejó a solas con mis pensamientos. Podría haberme detenido a pensar en todo lo acaecido, pude – y a toda costa evité – llorar amargamente pues, por alguna razón, eso deseaba; tenía un peso titánico en el pecho, una angustia insoportable que me lleno de pensamientos oscuros y me obligó a salir a medio vestir de aquel lugar que alguna vez había considerado mi santuario. Ni bien llegué a la calle me largué a correr como nunca he corrido en mi vida, hasta que mis ojos ardían por el contacto con el sudor y mis extremidades pedían a gritos un descanso antes de que sucumbieran y quedaran completamente destrozadas. No podía entender el origen de mi ansiedad, no lograba comprender nada en ese momento, solo sabía que vislumbraba dentro mío algo innombrable que amenazaba con cambiar la configuración de mis días, un oscuro presagio que me eliminaría poco a poco, hasta que no quedase de mí más que un mísero intento de humano, una burda imitación de vivir, y a eso se reduciría mi historia.

Así se manifestaban los miedos en mi cabeza y yo intentaba olvidarlos con el dolor de mi fatigado cuerpo. No fue hasta que tropecé y me rompí el brazo que pude dejar de gritar en mi mente y escuché una voz acusadora y angelical que me recordó que yo era un androide, que yo había sido un parásito, un mísero intento de humano que imitaba, burdamente, lo que en su achicada percepción era vivir. Me levanté con la nariz sangrante y el brazo torcido, cojeé por los callejones más oscuros de esta ciudad hasta que la voz de Raquel me llegó como si de un sueño dentro una pesadilla se tratase. Efectivamente, pude notar que ella estaba ahí cuando sequé el sudor de mis ojos y dejé entrar aire a mis desvencijados pulmones. Me pareció un milagro hermoso y terrible encontrarme con ella, captar el olor a desodorante femenino que ella siempre desprendía y que colmó todos mis sentidos en apenas segundos. No sé cómo explicarlo, pero estoy seguro de que pude tocar ese aroma, pude verlo, degustarlo y hasta escucharlo abrirse paso por el aire frío de la noche, en aquel callejón que carecía de tráfico, apenas iluminado por una luz titilante. Raquel me dio un abrazo poderoso mientras decía cosas sin sentido, mencionaba algo sobre una rastrera y me preguntaba si es que había acabado dentro su hermana; yo respondí con la verdad a esa y muchas otras preguntas que prefiero no recordar, pues delataban al autómata que soy, a la mísera simulacra de humano que he sido siempre.

Ignoro cuando fue que me puse a gritarle, tampoco recuerdo qué fue lo que me provocó tanta rabia. Solo sé que de un momento a otro me vi a mi mismo gritándole a Raquel como si ella fuese la culpable de mi cobardía, de mi miseria y mi angustia. Me abochorna confesar que hasta le di un revés en pleno rostro y me avergüenza aun más confesar que encontré placentero verla gritar de esa manera, no porque sus gritos indicaran que sufría, sino porque me pedía que continuara, lo gritaba a viva voz, parecía desquiciada y perdida en morbosas peticiones de más golpes, de muchísimo más dolor que solo mis propias manos podían darle. “Lo deseo” me repetía, “dámelo” gritaba en mi oído hasta que mis instintos más deplorables estallaron a flor de piel y, poniéndola contra la pared, arranqué sus ropas y la tuve ahí mismo, olvidado de toda vergüenza y cuidado, del riesgo mortal que implicaba haber estado dentro de otra mujer unas horas antes – nada menos que su hermana – sin protección y entrar dentro ella, también sin protección. Tuve a Raquel en aquel callejón gris que brillaba naranja intermitentemente, gracias al palpitante y magro fulgor del poste de luz, la tuve violentamente mientras el sudor volvía a cegar mis ojos y la sangre de mi nariz bañaba su espalda, primero, y su hombro y pecho izquierdo, después, hasta que ya no quedó nada de mi semilla y toda fue vertida dentro Raquel.

Cuando abrí los ojos ya era de día y estaba tirado en plena acera, con los pantalones abajo y la cara manchada por sangre seca. Por mi vida que no alcanzo a recordar en qué momento me desmayé, pero poco me importaba ese tonto detalle en aquel instante pues estaba ahogado por una profunda vergüenza que logró resquebrajar las resoluciones más intensas de mi corazón. Ni siquiera intenté asearme, o beber, o comer, volví a correr sin el menor aprecio por mi cuerpo de androide, ni la fatiga acumulada del traumático día anterior que me había tocado vivir, solo corrí al hogar de las Escobar y estuve tocando la puerta por buena parte de la mañana sin respuesta alguna. Alrededor del mediodía la frustración le ganó a mi paciencia y le di una patada a la puerta que, para mi sorpresa, se abrió con facilidad pues no estaba cerrada con llave. Dentro no me esperaba nada y por mucho que esperé un par de meses sin moverme de ese lugar, las Escobar nunca retornaron. Dejaron todas sus cosas atrás y se marcharon a donde yo no podía perseguirlas.

Huelga decir que mi primer mes ahí estuvo dominado por la culpa. Cada día me despertaba y revivía las escenas vividas con cada una de las hermanas. Por mucho tiempo lamenté mi indecisión, mis dudas, mi cobardía frente a Martha, pero luego recordaba mi violencia, mi morbosidad y el descontrol frente a Raquel y ya no sabía qué pensar. El segundo mes estuvo dominado por la rabia, pues empecé a preguntarme demasiados porqués que me mantenían en vela, que me hicieron olvidar mi programación de autómata y me permitieron dejar ir todas las angustias, transformadas en una furia asesina que no encontraba donde ser encausada. O al menos no lo encontraba hasta que, al terminar el segundo mes en casa de las Escobar, destruí el lugar con mis propias manos en un estallido tremendo y sin precedentes que dejó cicatrices en todo mi cuerpo.

Pasé el siguiente año y medio ganando el dinero justo para sobrevivir y para costear vicios, fueran los que fueran, ninguno me quedaba corto, todos esos vicios me ayudaban a dejar de lado mi pasado de autómata, olvidando que si bien ya no era uno, me había convertido en otro tipo de esclavo. Uno mucho peor pues no lograba olvidar las angustias de su pasado de androide, ni podía perdonar a quienes le habían robado la comodidad de esa vida. Tenía cuantiosos ahorros acumulados, precisamente, en esa época, pero era dinero que las Escobar me habían motivado a ganar y por lo mismo me asqueaba. No quería volver a entrar en contacto con lo ya vivido, ni siquiera con el futuro, solo deseaba olvidarlo todo y morirme en vida. Y así fue hasta que, una mañana de invierno, abrí la puerta y ahí estaban las Escobar.

No fue un encuentro grato. Tuve que recurrir a todo mi autocontrol para no vomitar, para no estallar en lágrimas de crío al verlas sentadas en mi desastrosa sala, todas serias y altivas, frías con un aura gélida que lastimó mi cabeza torturada por una resaca karmática que hacía tiempo venía durmiendo con más alcohol y narcóticos. Pero esa resaca tenía que llegar, ver a las Escobar lo hizo más claro que nunca.

Me lo explicaron todo y vaya que dolió, cada palabra que dijeron dolió como lanzas atravesando mi pútrida carne. Era todo una mentira, desde la tierna infancia hasta el último y pérfido día. Yo no era más que una apuesta entre las hermanas, una víctima de un, particularmente enfermo, juego largo, un juego que había evolucionado con el tiempo. “Empezó como apuestas de quién te hacía reír” comenzó Martha, “luego pasamos a ver quién lograba hacerte llorar, pero nunca nadie ganó esa apuesta” continuó Raquel, “el tiempo trajo diferentes retos que fuimos logrando, mantuvimos un registro de nuestros puntajes muy estricto” siguió Martha y, entre ambas, me contaron acerca muchas de sus apuestas, de esa cruel y encarnizada competición que, muy a mi pesar, encontré apasionante por el relato fiero que daban mis dos torturadoras. La noche ya teñía el cielo cuando llegaron a la apuesta final, la trampa en la que caí como idiota al creerme esa mentira infame de los padres moribundos, de la vida descontrolada de Raquel, toda una sinfonía tocada por la mejor de las sinfónicas, pero por esa noche me consolé con el hecho de que esa apuesta final, al parecer, había resultado infructuosa.

Se fueron esa misma noche. Dijeron que se marchaban del país, que Martha tenía un prometido europeo y que Raquel recorrería Asia. Naturalmente no les creí nada de nada, pero comprendí que no mentían en el hecho de que se marchaban y de que, por fin, me dejarían en paz. Entonces retornó la angustia, cuando Martha y Raquel me dieron un último beso de despedida y me anunciaron que partían sin más arrepentimiento que nunca haber logrado cumplir con la apuesta de hacerme llorar, punto que habría roto el empate en que todo había quedado.

Esa noche no dormí, acosado por pensamientos nefastos traídos por las revelaciones de aquella jornada. No lloré, no experimenté ira, no sentí absolutamente nada, como si ya no fuera ni un autómata, ni un parásito, como si por fin fuera un homúnculo sin sentimientos, creado para no reaccionar, ni indignarme, perdido en la más absoluta apatía. Y esperé. Esperé a que la madrugada pasase, vi como los cielos oscuros se fueron destiñendo hasta que alcanzaron las tonalidades grises del amanecer y el sol fue saliendo poco a poco, iluminando mis cansados ojos rojos que miraban al vacío como nunca antes lo habían hecho – directamente y sin velos – sin más mentiras que las propias que me salvaban de enloquecer, ojos desfallecientes que no parpadearon cuando el timbre sonó y no se cerraron en la media hora que esperé tras el repiqueteo de la campana. Cuando, por fin, me levante y abrí la puerta me esperaban dos pequeños paquetes que se movían y respiraban pero, milagrosamente, no lloraban.

Metí a los bebés a casa y las revisé por toda buena parte de una hora. Eran dos niñas preciosas a las que nombré en el acto, las acomodé en mi cama y las contemplé con los mismos ojos rojos que hacía poco contemplaban el vacío. Después de un rato viéndolas dormir, descubrí que sonreía como un idiota y supe que ya no era ni un androide, ni un parásito, ni un homúnculo. No supe, ni sé que soy, pero ahí mismo descubrí que importa poco lo que yo sea o lo que yo pueda ser, nunca dejaré de ser un esclavo, mas ahora puedo ser un esclavo feliz, un esclavo que sonríe y ama a sus nuevas amas. Un esclavo que rompió a llorar mientras las contemplaba, sangre de su sangre, rendido a amarlas.

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–          Dedicado a lo indedicable.

–  El azar y la irracionalidad de un momento pasado han truncado que mi futuro sea el suyo, y viceversa. Hoy somos amigos, pero como me duele en lo interno.

Antonio de Jesús Chávez

–          All of us food, that hasn’t died.

Josh Homme

¿Qué nos pasó, Muerte? Solías ser mi anhelo más alto, mi verdad más pura, solía verte como el paso hacia la grandeza, como la única chance de importar en este mundo. Te he buscado en los alcoholes que me ofrecían hermosas señoritas de piernas ágiles, en los puños de desconocidos furibundos y las balas de creyentes de los otros bandos cuando escuchan mis monólogos. Incluso he llegado a sentirte cerca cuando me hospedaba en cuartos blancos que hedían a matadero, o en el suave abrazo de los orgasmos todas esas veces que busqué anestesiarme en los brazos del Placer. Mi rutina giraba en torno a buscarte y entregarme a tus tiernos consuelos, tus ojos que yo pensaba profundos y hermosos, tus piernas robustas y kilométricas que me mostrabas coqueta cuando la luna iluminaba mi mirada, o probar tus labios colorados por medio de besos indirectos robados a cualquier superficie en que se hubiesen posado, abrazarme a ese cuerpo hecho a mi medida. Perfecta. Así eras para mí, Muerte amada mía. Eras un remanso de perfección pura y absoluta, omnipotente como los del otro lado se imaginan a sus dioses.

Me gustaba añorarte. Eras esa muchacha prohibida que todos detestaban. A lo largo de mi vida te he visto coquetear con mucha gente, y te he visto llevarte con tus besos hasta al más leal de los esposos, o esposas dado que a ti te da igual como son los genitales de quien amas ¿Puedes creer que sentía celos de ellos? Me acercaba a los féretros con rostro compungido, me guardaba de la vigilancia de los dolientes y fijaba la mirada en los fallecidos. Los contemplaba con envidia, imaginando escenas morbosas donde sus cuerpos inertes se insertaban en tus carnes, donde el rigor mortis se convertía en una ventaja que una mirada pícara tuya capitalizaba. Solo entonces me paraba a observar el saco de carne que llamo mi cuerpo, detestándolo por ser mancebo y lozano, por devenir en mi mayor obstáculo para estar contigo. Era joven, el mundo era lo que yo quería que fuera, la vida dependía de mis creencias.

Me confié. Creí que la vida era tan simplona como para que solo exista un camino a la verdad. Me refugié en mi lealtad hacia tu amor, en mi insana obsesión de anhelar, imaginando encuentros contigo, formas de poder acercarme a ti. Y fuera de eso nada importaba, todo era pequeño y hasta nimio ¿quién puede oponerse a la Muerte? Nada, ni nadie. Y era tan cómodo que todo fuera así de simple, ser el príncipe del corazón roto, enamorado del amor, encamotado de la Muerte, por siempre expectante a que me devolvieses lo que yo tan alocadamente creía darte. Y eso estaba bien, habría sido feliz si hubiera aprendido a no esperar más de lo que yo podía dar.

Por ese entonces llegó Carlota. Vino cuando el pensamiento de tu amor primaba por encima de todo lo demás, en la época en que quise olvidarme de ti y tus artimañas. Ahí fue que llegó Carlota con su ternura, sus ojos grandes, su graciosa torpeza y sus formas de simplificarme las complicaciones. Carlota se anunció como otro coqueteo contigo, Muerte, pero terminó siendo un guiño a vivir. Carlota era la mentira más hermosa, de esas en las que uno cree por mero gusto, porque más allá de la fe uno sentía amor, o sentía algo que no era raro llamar amor. Y lo extraño no era sentir todo eso, lo raro era lo sencillo que resultaba convencerse de semejante mentira tras cada beso pudoroso que posaba en mis labios. Más raro aún era lo correcto que se sentía creer en ella.

Alguna vez me di cuenta que cada quien le gusta creer lo que más le conviene. Y Carlota no me convenía. O no nos convenía, mejor dicho. Quizá no tanto por ella, como por lo que representaba para mi vida y para mis desórdenes el mezclarme con ella. Pero sí, me mezclé con ella; y no me vengas con celos querida, no te quedan. Especialmente porque tú, promiscua, abrazas a quién sabe cuántos cada día. No sería justo que me digas que estás celosa, por mucho que yo sepa que sí lo estás. Es más, lo estuviste desde que Carlota y yo nos hicimos novios. Dejé de pensar en ti, ya no te buscaba en ningún callejón, ni en los bares, ni siquiera en las pelvis de limítrofes sensualonas. Pasaba mis días tratando de robarle su tiempo a la ocupada Carlota, monopolizar sus distraídos pensamientos, beber de su aroma, complacer su cada-momento y encabritarme en sus preocupaciones. Carlota era un bello malestar para lo que tú y yo teníamos. Pronto dejé de pensar en el destino secreto de todas las cosas, olvidé mis prédicas en contra la fatua sensación de verdad absoluta, por un instante dejé de verte, Muerte adorada, como la solución al problema humano. Al problema de mi vida y mi conciencia chocándose contra la imposibilidad de aprehender, siquiera, algo real. Carlota es alguien en quién el mundo debería creer, es otra de esas corrientes a los que nos aferramos para no enloquecer. Carlota es tan importante y hermosa como ella misma, como diosa de la eternidad repetitiva, como humana atrapada en la pesadilla de la existencia, como agente de una felicidad que muy tarde logré aceptar. Ya no sé si por honesto o autodesturctivo, solo sé que no lo pude manejar.

Ahí me reatrapaste, Muerte. Te extrañé y mandé al carajo lo que tenía con Carlota, porque no podía dejar de buscarte. Necesitaba besarte en los labios y seguir vivo, o a lo mejor necesitaba irme afuera de todo, sin saber bien a donde iría. Tan sólo irme y no notar nada, nunca más. No te culpo, ojo, mea culpa, lo puedo aceptar. Puedo decirte que el error de mi vida fue no poder dejarte ir, el problema fue que no pude admitirme que tú no eras una solución sino que eras tan solo una historia más esperando a ser repetida, o aceptar que tarde o temprano tú vendrías a por mí y nos uniríamos en un abrazo que me permitiese ¿dirigirme al olvido? ¿confirmar que no existe verdad, ni siquiera en el vacío del más allá, en el olvido de cesar de vivir?. Pero ¿quién quiere adentrarse por completo en el olvido? No yo. O por un instante ya no quise. Y sí quise caminar por la tierra viendo como los cielos se mueven cambiando sus colores de celestes a grises, a blancos, negros, rojos e infinito; anhelé presenciar cómo los hombres moldean al mundo, quise probar los sabores de todo lo nimio y olvidar que el tiempo es simultáneo y que, en cada segundo, mi vida entera sucede al mismo tiempo. En un segundo donde estoy naciendo, y en ese mismo segundo estoy con Carlota, además de estar muriendo. En ese segundo es tanto ayer, como hoy, mañana, como cualquier momento de mi pasado y mi futuro. Pretendí olvidar que en ese suspiro, que es la vida humana, no alcanzamos a nada más que contarnos mentiras sobre quiénes somos y a quienes queremos, repitiendo las palabras y los actos hasta formar una narrativa que nos permita vivir en paz, engañados y felices, como si no fuéramos marionetas que se dejan manejar por la ilusión de completitud, por la promesa de que el vacio está en realidad lleno, de que podemos ver las cosas por como son, que la realidad es tan simple como nos la pintamos.

Yo escogí la narrativa adecuada para estar cerca tuyo, Muerte. Pero luego me di cuenta que esa era mi mentira. Y de pronto quise creer en otra mentira, una menos complicada, una que me hacía sonreír con sus ocurrencias y rabiar cariñosamente con sus necedades. Una mentira que creía en sus propias mentiras a las que llamaba verdades, una mentira que no me prometía el paso al vacío eterno, ni ninguna de esas cosas. Pasé de la narrativa de la Muerte a la narrativa de Carlota. Derrotado por la ficción, ansioso de no darle un vistazo a cómo sería vivir sin narrativas.

Alguna vez volví con Carlota, pero ella ya me había dejado por mucho que decía que estábamos juntos. Pienso que Carlota se dio cuenta que pese a que me quería, quizá no le convenía tenerme en su narrativa. Se alejó, me dejó y yo volví a tus brazos Muerte, pero ambos nos dimos cuenta que ya no era lo mismo. Por primera vez viste en mí un deje de rechazo cuando vi, por fin, tu rostro; cuando furioso por Carlota haciéndome a un lado, ambicioné dejar de verte a través de los velos con que te ornamentabas y me atreví a estirar la mano, agarrar la seda fina y oscura, jalar de ella pese a tus quejidos débiles, y lo vi querida, vi tu rostro por mucho que me cegaste de inmediato con un beso de los labios que yo creía carnosos y que ahora se revelaban como tenias viscosas que se frotaban contra mis propios labios y forzaban su paso dentro mío. Y cuando esos horribles gusanos terminaron de colarse en mi garganta, pude alejarme asqueado y mirar bien al objeto de mis anhelos. Y algo en mí se marchitó cuando observé las cuencas de tu calaca, vacías y demasiado inmensas, que me provocaron tremendos escalofríos mientras tus ropajes caían y dejaban ver un brillante agujero que todo lo chupaba, un agujero que sostenía tu astillada calaca. Y lloré, Muerte. Lloré no solo del asco de sentir a las tenias moviéndose dentro mío, también lloré porque supe que no te estaba mirando a ti, estaba mirando un algo que nunca podré especificar, un algo que velaba al verdadero terror detrás suyo. Y sentí que podía explicar el problema de lo humano mientras el agujero me succionaba adentro tuyo y yo no veía ni luz, ni oscuridad, solo podía ver la mirada fija de tus ojos siguiéndome a donde fuera que yo me moviese, totalmente consciente de que mi piel goteaba en cada instante de la eternidad, y que yo no podía evitar ese derrame mayor en que me desestructuraba en el continuo de las cosas, viviendo cada punto de la historia y derritiéndola como a una fábula. Disperso por todas partes, Muerte, me dejaste disperso y sin ficción a la que aferrarme. Y detrás de la inmensidad de tu vacío interno, había un vacío más enorme y más insondable, un vacío perpetuo al que no se podía ni tocar sin volverte en nada tú mismo.

Y cuando volví, pues lo visto no podía ser no visto, las ficciones me habían abandonado. Por un tiempo hasta intenté recuperar a Carlota, pero así me enteré que las historias que no quieren ser contadas se mantienen inenarrables. Y así me quede persiguiéndola en vano, tal como a ti Muerte. Me quedé persiguiendo una verdad que ya no quería que yo la creyese. Pero me di cuenta que me quedaba una mentira a la que ya no podía llamar verdad. Me quedas tú, Muerte. Me queda también la vida, pero me sobra el horror de verte al rostro y recordar que soy una marioneta de mi propia tendencia a creerme los cuentos para seguir respirando, me pesa el pensamiento de ser una no-existencia aspirando a creer que existe, o estar acá esperando una chance para por siempre zambullirme en el olvido.

El malentendido ocurre. Es uno de esos molestos inevitables que vienen incluidos con la vida, se quiera o no. Estamos destinados a malinterpretar tanto, o más, que las veces que nuestras palabras son interpretadas erróneamente. Lo gracioso es que esto nace de las palabras mismas. Asumimos que el mundo es una rutina sin más misterios que la muerte y el más allá, nos amparamos en la ilusión de la claridad.

 
“Te dije muy claramente que…”, “no pude ser más claro cuando te dije que…”, “pero si es más claro que el agua”. Nos apresuramos a decir esta clase de cosas, como justificando nuestros actos, o inculpando a los demás. Quizá ambos. El meollo está en que uno se pasa de largo la subjetividad ajena, más por el egoísmo de nuestra propia subjetividad que por otra cosa. Después de todo, uno solo apoya algo en tanto le conviene o no le hace daño.

 
Lo cierto es que nadie entiende nada igual. Si al ver el cielo, yo veo azul claro, quizá mi amigo más cercano vea celeste oscuro. Tal vez al escuchar el “no” de una mujer yo pueda escuchar un “tal vez” cargado de misterio y seducción, mientras que mi amigo solo pueda escuchar un “no” rotundo y despiadado. O, probablemente, al contarle algo que me haya pasado encuentre preocupantes cosas que yo no. A lo mejor escuchemos cosas parecidas pero, como dicen los Les Luthiers, “parecido no es lo mismo, caballero”.

 
Toda palabra es una trampa mortal de significados abiertos. Un vacío desesperante imposible de llenar. Y que, sin embargo, llenamos con lo que sea que se nos ocurra, creyendo que somos los más capos por haber seducido a alguien a base de labia, cuando en realidad la seducción ocurrió cuando, en un lapsus, dijimos algo que no deseábamos decir y ahí fue que cayó el flechazo. Y es que creemos llenar ese angustiante vacio con palabras precisas, con ciencias exactas, con planes elaborados en mucho tiempo. No negaré que llegamos a llenarlo un poco. Pero nunca completamente.

 

 


Es por ello que cada quien entiende lo que quiere. O lo que puede, muchas veces. Cada quien solo puede ver las partes que le atañen, que le importan o que conoce. Después de todo uno no puede hablar chino si en su vida solo aprendió a hablar en español. Y mal.

 
Y por eso ocurre el malentendido. Nos gusta tener la razón, nos gusta creer que es el otro quien se equivoca, nos gusta pensar que la verdad es absoluta y una sola. Que las palabras son claras como el agua, cuando no son más que máculas que vienen a engrandecer la mancha.

 

 

Milonga. Un baile vertiginoso que invita a la sensualidad, a una violencia sorda marcada por un romance de un tinte sexual ¿cómo pude yo mantener la calma en semejante baile? Aun peor ¿cómo osé robarle un baile a una sirena? Y eso que empecé con una pareja sin importancia. Una mujer de sonrisa agradable pero de risa chocante a la que agarré por la cintura para guiarla en los primeros pasos de aquel baile. Y terminé abrazado a una mujer impactante y a quien pude guiar en los pasos de aquella danza. Sin darme cuenta que un baile nunca es simplemente eso.

 
En sí era solo un baile. Al menos con aquella primera pareja no era más que eso. No era su culpa no despertar nada en mí; apuesto que quizá alguien la ve con mejores ojos que yo. Quizá nunca lo sepa. Lo más probable es que nunca me importe. Lo de verdad importante empezó cuando una vocecilla mandona gritó, con un dejo imperioso, “¡cambio de parejas!”. Lo siguiente fue una confusión leve, de esas que pasan en un parpadeo pero que quitan el aliento. Todo en un segundo que basta para atufar, y no lograr nada más que conformarse con cualquier esperpento que te agarre. Pero no aquella vez. “No lo permitiré” me dije. Fue, como, mágica la forma en que el tiempo se dobló para permitirme reflexionar, para buscarla con la mirada, para encontrar sus ojos y murmurar “es ahora o nunca”, y abalanzarme, correr hacia ella y abrazarla para indicarle que bailaría conmigo y solo conmigo.

 
Agarrarla de la cintura fue una gloria discreta. De esas que no se celebran, ni se sonríe por ellas, sino que son como un escalofrío delicioso del que nunca se habla. Ella sonreía con una amistad evidente que me golpeaba como un lapo, y fue ahí que me di cuenta que no bailaba un solo y simple baile. Uno más grande y difícil estaba en juego en aquel momento: la conquista.

 
Mientras nos deslizábamos entre las parejas, luchando contra nuestros cuatro pies izquierdos, alcancé a ignorar al Gran Baile y ser feliz con ese bailecito, que no es más que un simple baile y no una metáfora de algo más complicado. Un baile sublime que difumina tristezas, para luego agudizar las desesperanzas cuando se acaba la insana euforia del contacto y la melodía que lo propicia. Y no sé si es la música o el atrevimiento, pero nunca nada ha sido tan armonioso como esto.

 
Son los cuerpos que se acercan y se tocan con ligereza. Es su aliento cerca al mío y las miradas que deben sostenerse mientras las piernas se deslizan por el suelo en coordinaciones que pegan sus pechos a mi torso. Es mi mano en su espalda baja, que quiere, justamente, bajar a sus nalgas, es su sonrisa nerviosa mientras mi mente se queda en blanco, sin reparar en complejos o vergüenzas mientras un discreto deseo se asoma en mi piel estremecida y nos reímos de cuan malos somos en esta milonga. Es la vocecilla mandona de la instructora que nos dice que las mujeres cierren los ojos y se dejen guiar, para que yo pueda reparar en su ropa, en la cercanía y en su lento respirar que llega directo a mi cuello. Y es un estremecimiento sin par, sin igual y sin bis.

 
Cuando termina miro a mi pareja a los ojos y sonreímos divertidos. Para ella ha sido un baile, para mí también. Para ella termina todo ahí, y para mí seguirá en la piel durante toda la semana, y más quizá puesto que yo seguiré danzando el Gran Baile con todas sus vicisitudes. Esa complicada sucesión de pasos de quién desea convencer a otro de que vale, y mucho, para un encuentro más allá de la amistad. Esa forma de lanzarse al vacío esperando que a uno le crezcan alas ¿cuántas otras maneras habrá de nombrar al momento en que una mujer te da la señal de seguir adelante con tus galanteos? ¿Será que solo a quienes les cuesta tanto, pueden sentirlo como un triunfo casi inigualable?

 
Todos gozan ese Gran Baile. Desde los románticos empedernidos hasta los mujeriegos reincidentes. Todos danzan al compás de esa milonga apabullante llamada conquista, y cada quien la baila a su modo. Algunos en la racha exitosa del carismático, otros en la virginal comodidad del aislamiento, hay quienes optan por el conformismo y obtienen mucho más de lo que esperaban cuantitativamente (intentando no pensar en lo cualitativo). Los danzarines expertos leerán todas estas palabras y se reirán o se preguntarán cómo algo tan simple puede ser tan complicado para otros. Otro gran sector se preguntará porque alguien se arriesgaría a tanto para algo tan nimio como un baile con alguien que te mueve las seguridades (y las inseguridades también). Otros sabrán a que me refiero cuando digo que no sé bailar, ni el Gran Baile ni el bailecito, pero quiero atreverme a igual bailarlos.

Mandrake bailando bien el Gran Baile

Quiero danzar para olvidar este Baile. Ya no pensar en cuanto duele, sino es en términos de cuanto vives a través de ello. Ser capaz de sentir aquella misma sensualidad de la milonga en el Gran Baile, convenciéndola a ella de que no seré buen bailarín pero que al menos si soy un esforzado patoso que la hará bailar ritmos que nunca creyó poder probar. Caerme, tropezarme, rozarla, acariciarla, guiarla, avergonzarme pero seguir de todas maneras, respirarla, ser respirado, dar los pasos, volver a sexta, sonreír cuando me pisa, pisarla sin querer (o queriendo, pues hasta en el romance se tiene que lastimar) y dejarse llevar por esa música que taponea al silencio, poder embrutecerme con la armonía y tenerla bailando conmigo, con los rostros descubiertos, danzando al borde del vacío.

 
Pero, al final, el mejor velo y la peor tortura es el silencio.

 

 

 

Por Adrián Nieve/Diodoro

“¿Dónde se ha ido Dios? Yo os lo voy a decir. ¡Nosotros lo hemos matado, vosotros y yo! ¡Todos nosotros somos sus asesinos!

(Nietzsche, 1888)

Nací hace setenta años exactos y es todo lo que diré sobre ello. Quizá porque esa fecha no tuvo ninguna importancia sino hasta que cumplí cuarenta y tres, cuando dejé de ser un cualquiera y me convertí en profeta; eso no me aseguró ni la mujer ni la comida en la mesa pero sí la inmortalidad. Hoy me dicen maestro y me miran con temor, hoy miro con desdén y hago mofa de su credulidad. Quien sea que vea esta video confesión espero tenga un buen sentido del humor, sobre todo si fue uno de mis creyentes. Después de todo, no se juega con la fé de millones para luego confesar la travesura con tanta calma. Incluso con tanto goce. Me inauguré de profeta días después de que mi esposa me dejara, lo hizo por razones comprensibles, lo cierto es que no tengo la más mínima costumbre de higiene u orden, el trabajo tampoco es amigo mío y nunca quise su compañía; por otra parte si le había quitado a esa persona el vestido y la chapa de hembra lo hice con todo el sufrimiento de quien se sabe un hijo de puta. Vine a perjudicarla a ella, justamente tan santurrona, tan mojigata, tan perjudicable. Asumo que fui su peor calvario pues ni me casé en iglesia, ni le hice un hijo y, siendo sincero, en más de una ocasión a mí me dio asco acostarme conmigo mismo. Pero la resignación es así, es capaz de tragar mierda con tal de no claudicar ante la derrota, supongo. Segundos después que ella cerrara la puerta entre sollozos –dándose cuenta de la vida perdida conmigo – fue arrollada por un auto en plena calle; fui testigo de esto ya que salí al umbral de la casa con fin de despedirme y desearle suerte en su vida. No sé si con deseo de mofa o de sacarle jugo a la tortura de mi presencia hasta el último segundo posible, pero sé que viendo volar sus maletas, que dejaban caer su contenido en una mistura de calzones y corpiños multicolores, algo dentro de mí conectó y empecé a reír frenéticamente, ¿Por qué?, pues porque ella siempre había querido hacer algo con su vida, y no era culpa mía que hubiera decidido postergarla por mí y… bueno… los quince segundos de nuestra sala a la calle no le bastaron para lograr nada. Al día siguiente continuaba sin poder parar mis carcajadas, y eran tan sonoras y contagiosas que todo el mundo se reía conmigo. Lo cierto era que al no poder parar, ni siquiera podía dormir o comer o hacer lo que sea, estaba varado en una mortal carcajada que bien podía haberme costado la vida.

Ahora, no recuerdo qué diablos fue lo que me condujo a trepar aquel cerro, pero lo ascendí en solitario escuchando mis sonoras carcajadas perderse en el silencio de aquella noche, y lo hacía rezando fervorosamente. “Por favor diosito, no dejes que me muera, no así, no ahora, no me mates a carcajadazos que no me imagino muerte más ridícula.” Y no sé si fue la entrega ciega a mi fe de aquella noche, o si fue el hálito de muerte que mi carcajada interminable brindaba a mis días, lo cierto es que cuando llegué a la cumbre me esperaba un Cristo gigantesco sentado sobre una piedra. Mi reacción fue reírme. Aun en medio de semejante carcajada, como resignándome a la locura o a la muerte, quizá a esas alturas ya ni me importaba. Pero cuando ese Jesús habló, la carcajada cesó. Ni siquiera recuerdo qué fue lo que me dijo, tampoco me queda claro si era el diablo disfrazado o el mismísimo miembro de la Trinidad quién me dio el cargo de profeta. Total que no importaba mientras la risa cesase. Es mejor olvidarlo, pues a veces pienso que saber para qué clase de cretino predicaría me habría dificultado el trabajo.Y ahora que lo pienso, no podría continuar sin antes recordar cómo entré en consciencia de mi inmortalidad. No, no fue la muerte de mi esposa, aunque debo decir que librarme de ella me agudizó el oído que perdí por sus constantes quejas y mejoró el pulso que me temblaba con las tan seguidas ganas de golpearla que tenía. Tras el incidente con ese Cristo, me encontré a mi mismo en una planicie cerca del mar mediterráneo algunos años después sin la más mínima memoria de lo que había pasado desde aquella noche. Algo aturdido y cojudo, me levanté para toparme con el paisaje en que Gibreel y Chamcha habrían aterrizado tantos años atrás y caminé sin rumbo, pensando que todo aquello era un sueño prolongado hasta que llegué a una de esas fronteras donde la cortesía diplomática no necesita de copas y un buen vino, sino palos y balas. Cuando recibí el tiro en la cabeza sentí un fuerte dolor que se expandió a lo largo de mi cráneo y las órbitas de mis ojos, caí al suelo y desperté en una choza donde los afligidos padres de la muchacha, que sin querer había salvado al interponerme involuntariamente entre la bala y ella, me besaban las manos entre mocos y lágrimas. Ahí conocí a mi Magdalena, a ella parecía no importarle ni el aroma a podrido de mi cuerpo ni la obesidad transparentada en sudor que me caracterizaba. Esa mujer fue más que mi Magdalena, fue mi Aisha, eramos tan parecidos que nos comprendimos de inmediato, sus padres me la dieron en sinónimo de agradecimiento y ella aceptó de buena gana y sin poner ninguna queja.

A veces pienso que era aquel particular aroma que emitíamos, ambos, el que llamaba la atención de la gente antes que mis espectáculos suicidas. Y no saben lo curioso que me es haber olvidado el nombre de esa muchacha. Su presencia era como una herida leve, esas que arden de una manera adictiva, que te tocas solo para sentir ese ardor que te confirma estar vivo, porque ser inmortal es tan sólo otra forma de morir. La muchacha con sus modales tan tradicionales para su cultura, su entrega secreta cuando teníamos sexo, y el aroma consiguiente que nunca cesó de fascinar fueron un manantial en este infierno de la vida eterna. Estoy seguro que lo recuerdas espectador, de seguro que tú la viste allá por el inicio de mi prédica. Y debiste haberla deseado, todos la deseaban. No los culpo, su figura de ninfa era un ornamento a su aire tiránicamente atractivo, y muchos ojos la registraban exhaustivamente ante la sorpresa de mi enojo. Tenían la osadía de retarme mirando a mi mujer. Tenían el descaro de menospreciar mi autoridad imaginándose con ella en quién sabe qué actos de coito y lujuria. Y si la hice apedrear por los feligreses fue porque no existe mejor cura a la fe que la muerte del objeto divinizado, aun mejor si eres tú quien mata al objeto ¿O me dirás que aun habrían religiones judeo-cristianas si es que alguien se apareciese con el cadáver de Dios por la tele? Y acusarla, gozando ante la delicia de sus mansos ojos aceptando lo que es mejor para mí, fue la mejor manera de mostrar cuan absoluto soy, cuan fuerte es mi palabra, esa que todos atribuyen a ese Dios todopoderoso ¿Lo recuerdas no? Su cuerpo destrozado, luego profanado y nunca enterrado mas que en los estómagos de animales carroñeros, muerta en la misma planicie donde sin querer la salvé para añadirle un sentido de poesía a toda esa charada.Ahí aprendí que un profeta debe poder matar con su prédica a quienes se le oponen, y evitar que estos lo maten a él. Mi inmortalidad me salva de destinos patéticos como los de aquellos asesinados por snipers o pistoleros de morandanga. Mi inmortalidad solo me deja a los enemigos ideológicos, a esos símbolos que podrían alzarse más allá de mí. Y ella era uno, tenía que morir, tenía que eliminar su trascendencia si quería sacarle algo a mi inmortalidad.

Sí, espectador: soy inmortal. Soy de esos que no envejecen y nada puede matarlos, viviré para ver cómo los años pasan y el mundo va cambiando, estaré acá para cuando tus descendientes sean polvo puro y el mundo acabe. Y no sé si así moriré al fin o si quedaré flotando eternamente en el espacio en espera de llegar, tarde o temprano, a nuevos mundos. Pero no nos alejemos al futuro, centrémonos un momento en este presente aciago. Bueno, aciago para tí. Que si yo grabo este video es para dejar constancia de mis actos y que los miles de seguidores que esperan afuera de esta habitación por mi sagrada palabra se enteren, de una buena vez, de la clase de desgraciado que seguían ¿Cuántos crees que lo aguanten? ¿Cuántos lo negarán alegando una falsificación? ¿Cuál será el conteo de suicidios de este día? Si soy un profeta, no es porque diga cosas que algún santo o demonio me comunicaron. Soy un profeta demasiado humano, de esos que improvisa parábolas vacías cuando estoy frente a multitudes porque yo sé muy bien que no hay mejor garantía de éxito que la fé del prójimo. Si yo hubiese dicho a mis feligreses que el fin del mundo sería mañana, con la vasta cantidad de seguidores con que contamos, podría apostar que tranquilamente sus lloriqueos y pánico habrían traído un verdadero fin del mundo. Soy un cretino inmortal con la habilidad de predicar una Palabra vacía, una sarta de mentirotas a las que los más desesperanzados se aferran como bebé a un seno. Mis palabras son el maná, mis pensamientos son Dios, sin mí hace mucho que incontables centenares se habrían mandando a sí mismos a la mismísima mierda y hay un triunfo vacío en saberlo, hay un placer estúpido en disfrutarlo.

Ahora bien, volviendo a cómo llegué donde estoy, diré que el verdadero reto no fue lanzarme de los puentes o caminar sobre el agua para sorprender a la plebe. La plebe es ignorante, ergo fácil de sorprender. El verdadero conflicto fue crear una ficción. Aprenderás como mi predecesor aprendió, y como yo aprendí, que todo en este mundo es un circo, que todos cumplimos un rol en la gran ficción de la vida. Pero mi reto era doble; verás, mientras unos hacen el acto de guiar, otros realizan el acto de seguir, pero eso es vacío, lo que necesitaba para dar fuerza a mis palabras y acciones era mover a la gente para que no haga un acto, sino para que su acción esté guiada por la voluntad de la verdad, cuál, te preguntarás, y la respuesta es muy sencilla: la que ellos crearan. La gente buscaba un sentido que sus creencias no les daban, que la familia minaba, que el consumo asesinaba, que no iba acorde a los deseos del mercado en que vivían, masas de imbéciles incapaces de dar sentido a su vida y yo, pues, era el más indicado para dárselas al no tener aspiraciones ni deseos pero estar bendecido, o quizás maldito, con la eternidad. Yo era un significante vacío listo para ser llenado, un recipiente al gusto del consumidor, tan solo necesité decirles que sean en mí como quisieran ser en sí. Una quimera de desenfreno que respondía a sus necesidades humanas, las necesidades salvajes de la brutalidad, de la violencia, la lujuria y la gula en las que exceden capitalmente, en un mundo donde todo, o casi todo, es una excusa para la masturbación constante. Nuestros feligreses, antes de mí, vivían vidas masturbatorias donde consumían lo que los vendedores comerciaban y anunciaban, lo compraban para desecharlo dos días más tarde, con el vacío aun en sus pechos bullendo intensamente, preguntándose porqué teniendo todo aun estaba esa angustia asfixiante. Si digo que yo represento un vacío a ser llenado, es porque mis mentiras son tan horrendas que cualquiera prefiere creerlas. No solo porque son demasiado terribles, te equivocas mí querido espectador si eso es lo que piensas. Mis mentiras son terribles mas son esperanzadoras, pero además mis mentiras brindan algo que ningún producto que el consumismo ofrece puede brindar: saciedad. Si sufres hoy por haber comprado el celular que no servirá mañana, cuando te conviertes en un creyente de mi senda, de repente puedes abrazar cualquier frase mía y ensalzarla como un bálsamo a tu angustia, de pronto sentirte completo en lo incomprobable y mandar al cuerno a todo vendedor de fetiches, a todo comerciante que se plante en tu delante ¿Quién necesita al mundo y sus muletas cuando tienen la savia de la ceguera?

No te confundas, creer puede ser una ceguera, una sordera, ambas inclusive pero siempre conllevará a un mutismo leve. Creer puede significar saciedad, creer es llenar ese vacío donde te prendas de palabras que no entiendes y les das un sentido a tu medida, o mejor dicho a la medida de tus caprichos. Y te conozco espectador. Sé que el primero que verá esta suerte de confesión televisada será a quien nombre Papa de mi Iglesia y no sabes cómo me ahce reír eso. Perdóname, pero, como antaño, me rio a carcajadas imaginándote intentando explicar lo inexplicable, porque tú y yo sabemos que este video será destruido en cuanto termine. Y no porque aprecies a los feligreses, no porque creas en el evangelio falso que he proporcionado a este mundo, cuya veracidad fue sostenida por mis actos públicos de suicidios que acababan en mi persona con vida. Si tú destruyes este video será para no perder el poder que ahora probaste, dedicarás tu vida a mis mentiras, tal como mis esposas, y morirás del mismo modo, mientras yo sigo lastimando a este mundo con mis profecías nefandas, usando diferentes máscaras en distintos tiempos. Y reiré mientras me consuelo con que no importa si fue Dios o el Diablo quien me habló esa noche, lo único que de verdad importa es que está de mi lado.

Seguramente te estarás preguntando porqué siendo yo inmortal te dejo a ti, que morirás, mi iglesia. Te preguntarás porqué los abandono y no porque les mentí. Te preguntarás el porqué de mi alejamiento repentino, justo cuando los feligreses parecen multiplicarse mágicamente alrededor del mundo. Pues bien, déjame decirte que al ver esta cinta estás adentrándote al umbral, estás en las puertas mismas del principio y del fin, este momento es el más importante de tu historia, estás presenciando la creación del mito, que no es otra cosa que una mentira muy grande para ser clasificada como una. Y ahora espectador mío, único conocedor de la verdad de mis mentiras, también te preguntarás a donde voy, y lo harás porque no sabes por qué te dejo la insoportable carga de anunciar que el profeta ha muerto, pues te diré que no voy a la derecha de un padre, hijo mío, no voy a seguir siendo un profeta. Si me voy es porque planeo tomar su trono. Voy a robar la gloria de quienes me antecedieron, voy a mirar a Dios o al Diablo, cualquiera sea mi benefactor, a los ojos y viviré gracias al don que se me ha otorgado. Voy a mentirle a un mentiroso constructor de verdades y voy a ganarle en su juego. Voy a hacer que toda patraña por mi contada ascienda al reino de lo comprobable. Voy a brillar en el vacío de las imposibilidades.