Posts etiquetados ‘Xavier Velasco’

Puedo Explicarlo Todo

 

  • ¿Quién sabe si la muerte no es un segundo aire?
  • Si van a despreciarte porque eres lo peor, de una vez que se enteren que no tienes arreglo.
  • Que digan ay, qué cínico, pero nunca qué hipócrita.
  • Soy mi propio gurú en las ciencias ocultas del autoperjuicio.
  • Tú no entiendes lo que es ganarse las cosas, por eso nunca sabrás defenderlas.
  • Algo tiene la falsa sumisión que envanece y engolosina al incauto.
  • Tengo la dignidad de una puta con seis hijos hambreados.
  • Todo enamoramiento nace de una elección fraudulenta
  • Siento que estoy sacando provecho de un festín al que nadie me invitó. Peor aún, al que nadie me invitaría.
  • Ya sabes que la vida es como es y una se las arregla como puede. No es lo que yo quería, es lo que me cayó.
  • El rencor es así, vive con el sarcasmo a flor de labio.
  • Me salen miedos, fobias, rencores, prejuicios, me vuelvo como beata de pueblo. A cambio de eso, la intuición se me afina. No pienso pero huelo. Percibo, siento cosas, y es como si las estuviera viendo.
  • Pienso que te deseo. Fuera de eso, carezco de pensamientos.
  • La civilización consiste en que otros, no sabes quiénes, hagan las salvajadas en tu lugar, de preferencia mientras duermes en ese hogar sonriente y cariñoso donde nunca nadie ha matado a un cerdo.
  • Vivo así, puta mierda, esperando el colapso o la fatalidad, imaginando a veces que uno y otro corren con toda su alma para alcanzar la meta, que soy yo.
  • Una persona adulta espera a que otra persona adulta no se le ocurrirá cometer una niñería, cual si el origen de los miedos más hondos e irracionales no se escondiera en los primeros años.
  • Quedaba un gran consuelo para mi cobardía en saber que nunca hubo nada por hacer. Y aun si lo hubiese habido ¿qué tal si lo hacía mal, que era lo más probable?
  • ¿Quién, que viera a Caín recompensado, no alegaría que Dios es un demonio?
  • Uno sabe que tiene madera de villano cuando descubre en cada límite ajeno un desafío propio.
  • Tengo el perfil ideal del perdedor: decido con trabajos, me arrepiento de cada decisión, me arrepiento de haberme arrepentido.
  • Soy una fuerza contraproducente, y lo peor es sentir este entusiasmo.
  • Y ése era mi problema, como siempre. Pensar más en mi juego que en el del contrario.
  • La soledad nos vuelve bichos estrambóticos.
  • Si le confío estas cosas es para que se vaya dando cuenta de lo difícil que es mi posición. Yo tampoco soy una buscanovios, ni me interesa alcahuetear a nadie. Lo que pasa es que estamos en años difíciles, ya nadie tiene tiempo para nada, y menos para conocerse con extraños. Todos somos extraños, de repente. Lo único que yo hago es tratar de acercar a la gente, pero no a cualquier gente. Cuántas veces creemos, por desinformación, falta de tiempo, falta de observación, que encontramos a una persona que vale. Porque claro, queremos que nos entiendan. Valoramos para ser valorados. Y tanto lo queremos que pasamos por alto cosas muy importantes. Nos gusta la persona, nos mira muy bonito, nos dice cosas lindas. Y tómala, caemos redonditos. ¿Por qué? Porque tenemos esa necesidad. Les ayudamos a que nos digan mentiras, ya estamos de su lado cuando no han hecho ni el menor esfuerzo. No se vale, doctor. Yo misma me he enfrentado a esas situaciones infinidad de veces, y todo porque me faltó la frialdad suficiente para distinguir entre lo que se quiere y lo que se puede. Claro que quiere una el gran romance, la gran propuesta, la pareja perfecta, la familia ideal. Nada de eso nos llega si no tenemos cabeza fría.
  • Cuida uno sus palabras, su apariencia, sus modales, pero nunca sus muecas.
  • No es ella la que veo, es la que quiero ver. No podría decir que me atrae, pero así lo decido y es igual.
  • Sé que haré lo que haré porque soy uno de esos perseverantes que ni en sueños se privan de aprovechar una oportunidad para echarse la vida a perder.
  • Tiene un aura romántica esto de presentarse como el que nunca podrá uno ser.
  • Uno piensa que le teme a la sangre, supone que es del todo incompatible con cualquier fechoría de corte sanguinario, y cualquier día de éstos se descubre a merced del vértigo sensual de la crueldad, donde la sangre es solo uno más de los fluidos cuya derrama hace gozar al cuerpo.
  • Nadie sino uno mismo quisiera convencerse de que en realidad no es una cucaracha.
  • Vuelo libre con alas de mentira y turbinas de fe.
  • Se matrimonia uno con los vicios, se duerme y se despierta junto a ellos, disfruta de sus mimos sin pensar demasiado que es minoría dentro de sí mismo.
  • Las virtudes siempre tan vanidosas y repetitivas.
  • Creo que su más grande diversión era crear confusión para no dejar claro hasta dónde llegaba la broma.
  • Uno sabe que ha contraído un vicio cuando empieza a tratar de justificarlo.
  • Mis miedos son corruptos y oportunistas.
  • Nadie se aferra tanto a la vida como quienes han visto a otro perderla.
  • Las mentiras son como bisturíes, no cualquier huelepedos sabe usarlas sin que le tiemble la mano.
  • El chiste es que la gente desdeña los consejos de las clases sociales inferiores.
  • Todo lo que atormenta con el tiempo consuela.
  • Lo cierto era que estaba eligiendo desprotegerme cuando menos tres veces. Una, por escaparme con una sospechosa de mitomanía que ya me parecía lo bastante atractiva para pasarle cualquier falta por alto.
  • La sensación de escaparme junto a una loca potencial no me dejaba ni ponerme escéptico.
  • Ser romántico a solas y a la distancia, muchas veces a espaldas de la quimera amada, o hasta en venganza contra su desdén. Ser romántico para dar dignidad a la renuncia y color a la ausencia. Ser romántico por humor y cosquilla y capricho y por la conveniencia de lo inconveniente.
  • Tú no lo ves, pero esa zorra irradia mal fario. Le saltan los complejos. Fobias, resentimientos. Se le asoma el rencor de los bastardos.
  • Y es por eso que pierdo en el ajedrez, pienso más en mi juego que en el del enemigo, me importa poco que me coman los peones.
  • Los perdedores se consideran listos, les indigna que los menos dotados lleguen más lejos que ellos. Creen que el talento vale más que la persistencia.
  • ¿Qué es “mejor”, sin embargo, ser menos mentirosa o decir mejores mentiras, o no sé, más frecuentes?
  • Ya lo dicen los clásicos, no obtiene uno lo que merece, sino lo que negocia.
  • A los monstruos los apendejas con un valium, no se diga con antidepresivos. Pero el demonio tiene otro rango.
  • Uno teme a sus monstruos sólo porque escuchó la voz de sus demonios y creyó sin pensarlo que era la suya propia.
  • ¿Sabes cuál es el objetivo de un sarcasmo? Caricaturizar las fallas del otro.
  • Se trata de ofrecerle más, y luego más, y al final más, lo que tú quieres no es tirarte a una puta barata sino hacer cantidad de cochinadas al lado de la furcia más dichosa del mundo.
  • La gente cambia, Carnegie. A menos que la tenga uno contenta, y eso implica jugarle sucio a sus demonios.
  • ¿Cómo voy a explicarle al abogado que en ciertas circunstancias la imprudencia me tranquiliza más que la precaución?
  • Jugar ruleta rusa hasta el quinto intento, qué delicia vivir después de ese clic.
  • Hay días en que pienso que nací viejo.
  • Hay que ahorrar las mentiras, nunca sabes cuándo vas a necesitarlas.
  • Somos impunes frente a los cadáveres, podemos retorcer su jodida memoria de acuerdo a nuestras más mezquinas conveniencias.
  • Nadie nos asegura que hay un infierno, pero nos consta que existe la muerte.
  • Qué te puedo decir, Joaquín. Me gustas por verosímil. Pareces gente bien, nadie diría que eres mariguano y das las nalgas por mujeres conflictivas.
  • Al falso franciscano lo acusan sus eructos.
  • Los muertos también cuentan en el currículum. Te sacuden, te cimbran. Te enseñan más que todos los libros.
  • Puedes joder la vida que te habías propuesto reparar, y cuando lo hagas tendrás dos opciones: desangrarte o seguir chupando la sangre.
  • Nunca sabemos cuál va a ser el capítulo del que se va a colgar quien nos lea, ni tampoco cuáles va a digerir.
  • No crece uno por el empuje natural de su talento como por el combate sostenido contra su estupidez.
  • Nos enseñamos a admirar y reverenciar al que peor se la pasa. Traicionado, azotado, calvado, abandonado por Su Padre. Nos postramos ante un hombre que sangra. Queremos más a nuestra mamá si ha debido sufrir por nosotros. Por lo visto sus buenos momentos no cuentan. Es oficialmente incapaz de sentir un orgasmo.
  • El chiste no es tumbarle los calzones, eso va a suceder por la pura fuerza de la gravedad. Lo que tienes que hacer es tumbarle la aureola.
  • La gente cree lo que le cuentan no por lo que le cuentan sino por la manera en que se lo cuentan.
  • Le gustan sus rencores. Con ellos justifica sus insuficiencias. Los transfiere, además. Y los protege, con la coartada de que quiere olvidarlos.
  • Las disculpas son densas, pesadas, nadie quisiera tener que pedirlas, ni todos están listos para concederlas.
  • Puesto que a un enemigo de verdad no basta con matarlo, hay que ir a cagarse en su tumba diariamente.
  • Si te sonrió, leerás en su expresión la burla, o el desdén, o el desafío, lo mejor que le cuadre a tu resentimiento.
  • Si hay la opción de elegir, un cobarde prefiere morirse de a poquitos.
  • La mujer, Carnegie, de eso se trata el mundo.
  • Rascarse hasta la muerte, que deleite.
  • No sabe mientras rasca dónde acaba el placer y comienza el ardor.
  • Nadie termina nunca de arrepentirse por no haber hecho lo que quiso, pudo y quizás debió hacer, cómo saberlo si no se atrevió.
  • De mi fatal tendencia hacia la verborrea. No me sé controlar, es más fuerte que yo.
  • Nunca vayas y cuentes más mentiras de las que luego puedas controlar.
  • Imponerles un dios, un catecismo, una parroquia. Sepultar una verdad con otra.
  • La evidencia es calumnia.
  • Nunca creas nada específicamente. Creer así nos quita el margen de maniobra. La fe que nos importa es más estática.
  • La gente avorazada no saborea el pastel.
  • Es muy fácil creernos las cosas en el momento que más nos convienen.
  • No sé porqué hay un tipo de mujer que prefiere a los hombres que no saben tratarla.
  • Nunca cometas el error garrafal de usurpar el lugar de un ser de otro sexo. No vas a entender nada, así te pintes y te pongas peluca.
  • El golpe de la muerte es contundente. Un mazazo haz de cuenta. No tanto para el muerto, que ya dejó de estar, como para los vivos, que aunque no lo parezca se han muerto un poquito.
  • Lo Qué Pasó es tan grande que incluye en su interior todo aquello que ya no pasará.
  • Una paciente que odia más allá de la muerte está más fría que una paciente triste.
  • Uno debe alejarse de los diablos a los que no es capaz de seducir. Que a veces, claro, son los más seductores.
  • A la gente le gusta creer en los que ven más lejos, tanto que de repente les basta con que alguno lo proclame.
  • Lo mejor que uno tiene rara vez lo conoce. Hay que sufrir para eso, y en estos tiempos nadie quiere sufrir.
  • Las coartadas no legitiman a nadie, aunque a algunos los libran de pagar consecuencias.
  • Soy uno de esos neuróticos magnéticos a los que les sucede todo aquello que temen.
  • Soy un niño, no entiendo casi nada del futuro porque lo veo lejano como un astro sin luz.
  • Con esa ingenuidad apasionada, incondicional e íntegra que distingue al amor infantil de todos los demás.
  • Amor insobornable, devoto e indefenso. Amor sin cuerpo, ni esperanza, ni plan. Amor a solas siempre, y en silencio. Amor que se alimenta de sí mismo y encuentra coincidencias en la primera historia de amor que se le cruza. Amor desestimado y hasta cómico para cualquier adulto que atine a descubrirlo. Amor tierno que nada entiende de ternura porque se mira grave, cuando no trágico. Amor a todas luces imposible y  no obstante resuelto a respirar. Amor entre rendijas; clandestino, tenaz, escurridizo. Amor que se propone sobrevivir al tiempo y la distancia para cruzar un día, victorioso, el umbral de la mayoría de edad y demostrarse así capaz de cualquier cosa. Amor que da vergüenza y orgullo al propio tiempo. Amor sin restricciones de la imaginación, dueño de alas tan anchas que apenas caben dentro todos los sueños. Amor al otro lado de la barda, extranjero ante todos, minoría aplastante. Amor que se encarama en la cabeza y nos tapa los ojos con la vena tiránica de un redentor metido a lazarillo. Amor que imita todo cuanto cree que pueda parecerse al amor verdadero, pues se teme ilegítimo y se quiere infinito. Amor que nos perturba si buscamos la calma y nos calma si estamos perturbados. Amor sin nombre que de noche nos nombra y de día se esconde tras la sonrisa ingenua de quien cree haber dejado atrás la ingenuidad tan solo porque ya aprendió a fingirla. Amor cobarde que se quiere valiente y está dispuesto a todo menos a revelarse ante quien ama. Amor que llora a solas y en secreto, que antepone el secreto a sus demás apremios y pospone la vida por continuar en secreto. Amor que abre la boca cuando se ha hecho muy tarde y solo queda espacio para la añoranza. Amor que fue añoranza desde la hora misma de su alumbramiento, y hacia allá se dirige irremisiblemente. Amor siempre rendido, caído del cielo al limbo por obra y gracia de una deidad distante que nos lo entrega así, sin manual de instrucciones ni mucho menos póliza de garantía. Amor desobediente. Amor mandón. Amor de nadie más. Amor de mis entrañas. Amor mío.
  • Que todavía me gustan las chicas malas. Conservo la superstición enfermiza de creer que conmigo van a cambiar.
  • El verdadero triunfo de nuestros enemigos consiste en instalarse en nuestro pensamiento.
  • Precisamente porque no se puede, necesito que siga todo así.
  • ¿Cuál sería la palabra que designa a quienes se alimentan de relaciones imposibles?
  • Nunca conoce uno más que a quién se le da la gana de conocer.
  • Nadie se come kilos y kilos de mierda sin eructar rencor y vomitar revancha.
  • Más que de lo que se cuenta, la cizaña suele vivir de lo que calla.
  • El problema de las mujeres imposibles no es que sean imposibles, sino que llegan sin anunciarse.
  • Inclusive el ente más repelente sabe que no poder alcanzar al amor es una condición en extremo propicia para ser alcanzado por él.
  • Nada me inculpa más que mi inocencia.
  • Soporta uno la infancia y sobrevive a ella por la magia de la superstición.
  • ¿Qué es el amor, al fin, si no superstición? De él no sabemos nada y lo creemos todo, y a veces muy temprano averiguamos que en su ausencia se vive a merced del cinismo y la miseria, disimulando a medias la huella del fracaso primordial.
  • Voy cuesta abajo y no quiero parar.
  • Las criaturas, me explicaba entonces, sólo asimilan aquella información que pueden procesar sin desquiciarse.
  • Todo el día nos mienten, los cabrones adultos. Nos crían dentro de una burbuja de mentiras y todavía se atreven a exigirnos que les digamos la verdad.
  • Abusar del extremo cauteriza la herida. La inmuniza, también.
  • A veces uno suelta mentiras automáticas, que luego ya no logra desmantelar.
  • Es una de las leyes universales de la mediocridad. No intento porque no sé; no sé porque no intento.
  • Invitas a la gente a tu infiernito, para que vean lo que se siente. Que huyan despavoridos. Que te dejen reinar en tu silencio.
  • No es muy fácil contar la verdad sin mentiras.
  • Lo que más nos fastidia del enemigo, aquello que luchamos por no ver, y si es posible también suprimir, es algún asqueroso parecido.
  • No se ha inventado aún el odio sin celos, ni hay en el mundo celos libres de competencia.
  • ¿No era cierto que por ley natural el condenado duerme mejor que el sospechoso?
  • Todos los mentirosos nos ponemos en guardia siempre que la verdad se nos asoma.
  • Alejandrina juega a ser insoportablemente atractiva. La miro y se me ocurre que en realidad es atractivamente insoportable.
  • Nunca hay que contar todo, ni casi todo, y ni siquiera un poco, puta mierda. Pero cada uno quema las naves como puede.
  • Bendito sea el silencio, defensor natural de los acomplejados.
  • No existe el autoperjuicio sin automenosprecio.
  • El que se cree muy listo comete cuando menos dos errores. Uno es pensar que todos somos pendejos, el otro darle cuerda a la vanidad.
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Frases de Xavier Velasco I

Publicado: noviembre 8, 2013 en Inefable
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Diablo Guardián

  • El sepelio es el fin de la primera persona. Una ocasión pomposa donde unos cuantos ellos despiden a otro yo de su nosotros, a la vez que lo envían a otro ellos, más hondo e insondable.
  • Pero ¿qué no un cristiano de verdad humilde tendría que considerarse criado, antes que siervo?
  • Las mujeres que duermen con cerdos poco a poco se van haciendo cerdas.
  • Siempre quiso esconderse, volverse invisible.
  • Un día descubrió que escribir era una buena forma de transparentarse, de estar sin nunca estar.
  • Si en el recreo estaba escribiendo en lugar de jugar fútbol o basquetbol o bote pateado, ello al menos le daba a su aislamiento el decoro de la propia elección: estoy solo porque me da la gana.
  • Escribirlas era darse a una vida subterránea.
  • El amor: qué cosa tan prohibida.
  • ¿En qué clase de infierno se habría convertido su ya de por sí horrenda escuela si alguno entre todos eso extraños hubiese conseguido asomarse a sus cartas de amor?
  • Para los otros, su cuaderno era el símbolo de la soledad y el tedio, para él, era como cargar dinamita en la mochila.
  • Cada historia era un fracaso asegurado, pero en tanto duraba era más divertida que todos los trofeos concebibles.
  • Para escribir, es preciso poseer un detecto de mierda, innato y a prueba de golpes.
  • O tal vez con el propósito de llegar a ser lo suficientemente duro para escribir alguna cosa de la que luego no se avergonzara hasta los huesos. Ya no una historia larga, ni corta, ni en episodios, sino cualquier escrito que le permitiera el lujo de medirse en una cancha reglamentaria – periódicos, revistas, lo que fuera –. Una reseña, una opinión, una idea preferentemente demoledora.
  • No es difícil ser implacable cuando se ha crecido entre toda suerte de mimos y licencias.
  • Pig no subía a los hombros de gigantes para ver más lejos, sino para dinamitarlos.
  • Mamita tenía una ventaja sobre el resto del mundo: sabía perder.
  • Como que a esas edades casi todo te pasa.
  • Vivía intensamente amores imposibles de raíz.
  • Prefería eludir todas las probables amistades para mejor centrar sus esfuerzos en seguirlas de cerca, siempre desde una sombra segura, aunque febril.
  • Ciertas mentiras dejan de serlo apenas son creídas por quien las concibió.
  • Por más que el Sapo, el Muecas, el Kilos y el Mister apreciaran sonoramente la huella escrita de sus desvaríos, Pig concentraba todos sus esfuerzos en atrapar los ojos, los oídos, el alma de la Sopa: la primera mujer que descompuso el Detector de Faulkner.
  • Acurrucado en una timidez todavía inexpugnable, Pig hubiera querido llamarla por su nombre.
  • Lejos de enamorarse de ella, Pig estaba prendado de su propia creación.
  • Con esa mezcla de prepotencia y piedad por si mismo que suele proteger al inseguro del ridículo abierto.
  • ¿Desde cuándo los cobardones que hacen pedazos todo lo que escriben necesitan musas?
  • ¿Para qué le servían todas esas trincheras, además de garantizarle un aislamiento a prueba de calor humano?
  • Digo, soy lo que quieras, nomás llégame al precio.
  • ¿Para qué quieres un millón de dólares guardados en el clóset? ¿Cuándo has visto a una niña rica llenando cochinitos?
  • A veces divertirte es llorar con toda tu alma.
  • Nadie se toma el trabajo de armar esas ofensivas asesinas sin un perol de pasiones quemándosele dentro.
  • ¿Te has fijado en lo poco decorativa que llega a ser la verdad?
  • Y si uno se confiesa es porque le hace falta.
  • Además una nunca le confiesa al padre los pecados que piensa cometer.
  • Hay cosas que a los adultos no se les pueden contar. Tampoco cuando crecemos y nos volvemos adultos, pues para entonces ya hemos aprendido a arrepentirnos de haberlas pensado, creído, temido, y así las enterramos en el subsuelo de la memoria: donde nunca hay por qué rascar.
  • Las personas adultas se avergüenzan de su infancia como de su inocencia, y luego también de su juventud, porque lo más fácil y lo más cómodo y lo de mejor gusto es olvidar a tiempo lo que ya no se tiene.
  • Era como el dolor, que siempre llega pero siempre se va. Hasta que cualquier día nos vamos con él.
  • Imposible lograr cualquier aplauso sin antes empuñar bien alto una nueva cabeza chorreando hemoglobina.
  • Exagerar su vida inconfesable, mirarla de soslayo.
  • ¿Cómo darse completamente a la escritura, sin desafiar con ello al buen gusto imperante?
  • Porque hasta cuando sabes que no puedes confiar en nadie te topas con que tienes que confiar.
  • No es cosa de dinero, sino de inversión. El que más invierte tiene la palabra.
  • Los senos son como dinero, ninguno acepta que los necesita pero ninguno deja de pensar en ellos.
  • ¿Por qué la gente cree que llorando y quejándose de lo triste que es su vida va a merecerse cualquier cosa mejor?
  • Una le inventa nuevos nombres a la gente para apropiarse de ella. Nombres con los que nadie más les llama, solo tú.
  • Necesitaba un Dios a mi medida.
  • Pero jamás tocaba el tema de sí mismo: demasiado pequeño a sus ojos. Inoportuno, aparte.
  • Su merecido era: soñar el día entero con ella.
  • Mirándose a los ojos tímidos y triunfantes, como dos niños que recién ahogaron al bebé de la sirvienta.
  • O porque, como tanto se lo había dicho Mamita, su temperamento de hijo único lo emparentaba naturalmente con los chivos: animales habituados al gozo simultaneo de mamar y dar topes.
  • Y no quiso desear, pero deseó.
  • Saltar es como apostar: nadie te obliga, pero lo haces como si no tuvieras otra opción.
  • Negociar: virtud de creativo, pecado de creador.
  • Harto de soledad, listo para treparse en cualquier tren.
  • ¿Cómo hace una mujer para insertarte en su órbita sin siquiera verte?
  • A la gente le gusta ver sufrir a la gente.
  • Aferrarse a la inercia que los lleva a la catástrofe.
  • ¿Cuál era el atractivo que había hecho de la casi-bonita una hermosura?
  • Que con tal de seguir apareciendo conveniente a los ojos de Rosalba podía hacer verdad cualquier mentira, hasta el punto de él mismo creerla y defenderla cual sólo se defienden las intensas certezas.
  • La intensidad de una pasión se mide por la soledad que la precede.
  • Uno prefiere hablar con las estampas porque ellas no se ríen, ni se apiadan.
  • Vamos por la noche como las ambulancias, aullando para silenciar las carcajadas del Creador.
  • Aunque después, muy tarde, Pig terminase descubriendo que no eran tanto los monstruos quienes pedían comida, cuanto la soledad que por su cuenta los amamantaba.
  • ¿Cómo, si no en soledad, puede uno dar crédito y cuerpo al pavor por la nada?
  • Amamos de la única manera soportable: como si jamás fuésemos a morirnos.
  • El amor es lo más parecido a las mentiras. Justifica u opaca la razón, por derecho o torcido que parezca, no requiere de justificaciones.
  • Uno le cambia el nombre a las personas y a las cosas porque así las convierte en solo suyos.
  • ¿No es acaso el amor una asombrosa, y a veces milagrosa, conjunción de patrañas?
  • No te quiero, te codicio.
  • El amor es, como la vida y la ficción, estúpido.
  • A veces las mentiras más obscenas resultan preferibles a una verdad del todo detestable.
  • Cualquiera se habría carcajeado de mirar sus estúpidos rituales, que sin embargo eran lo único que tenía para defenderse de la nada: esa mustia perversa que primero se había transfigurado en Hombre Lobo y después en aquella urgencia convulsiva que le exigía a gritos llamarle por su nombre: amor.
  • Se elige ser feliz, besado, afortunado, aun en la certeza de que sucederá lo opuesto, igual que se le dice “que te vaya bien” a un enfermo terminal.
  • El diablo de allá abajo y el diablo del amor podrán ser parientes y en momentos socios.
  • Pues pasa que el amor – su presencia engañosa i su ausencia estridente – es capaz de mimar todas las tentaciones, y llegado el momento resistirlas, si es preciso.
  • Dar fe a lo improbable es saberse caído, presa dentro, cautivo de una irrealidad en la que solo resta sumergirse, y así andar por las calles con lo que el desdichado juzga una sonrisa imbécil ¿Cuántos santos y mártires han muerto en el cadalso con la sonrisa impresa por una fe impermeable a la desdicha?
  • Porque en el reino del amor sólo sabe quién cree, y lo demás no existe.
  • Se iría solo, como había llegado, como se van al diablo siempre los que esperan.
  • ¿Cómo vivir así, con la vergüenza de aguantarse las ganas de encajarle a la vida una pistola en el ombligo?

“Otros, en cambio, dilapidan dinero y autoestima en perseguir quimeras inalcanzables. El amor, por ejemplo.”
– Xavier Velasco, El Materialismo Histérico

Fumar mota no bastaba. Aquella ocasión ameritaba algo más fuerte, algo que quizá lo sumiría en reflexiones acerca lo que justamente intentaba evitar, pero desde la cómoda lejanía de la inconsciencia. Esa bruma casi perfecta de desesperación que deja huellas casi imperceptibles, de un sufrimiento que no se podrá evocar con la memoria. Un mecanismo autodestructivo para lidiar con esa rara urgencia de querer ver cosas hermosas terminar.

Joaquín Ballesteros vertió whisky y singani en el vino. Pensó en como su amigo Lucas frunciría el ceño ante ello, incluso lo escuchó diciéndole: “¿Por qué eres tan cholo, Joaquín?” con esa su sonrisa plena de carisma resistiblemente irresistible. Joaquín agregó vodka y un toque de ajenjo a su mezcla- a la que denominó suicida- sonriendo ante la perspectiva de dejar de pensar. Tenía una jarra casi al tope, que terminó de llenar con el zumo de varias naranjas, que tornó la mezcla en un dorado extraño que lo hizo dudar, nomás un poquito. Habría sido mejor tener algún hongo, un ácido quizá, hasta podía haber aceptado la desesperante angustia del cacto San Pedro, que un antiguo amigo drogadicto le había enseñado a preparar en forma de mate, para mayor comodidad. “A falta de pan: mierda” pensó Joaquín, mientras llevaba la fría jarra a su cuarto, donde lo esperaba un ladrillo de marihuana para poderse cruzar. “A veces es necesario matar lo pacato del ambiente” pensó con un ligero temblor en los dedos.

Tomó un sorbo de la mezcla suicida y la encontró extrañamente agradable. No era fanático de los sabores amargos del alcohol, pero supuso que sus amarguras hacían que todo le supiese más dulce que amargo. Miró la simpleza de su cuarto. Una cama destendida, un escritorio con un computador, un ropero lleno de ropa negra, una silla de madera antigua con grabados ornamentales y cojines rosados ubicada bajo la única ventana del cuarto con sus cortinas blancas, además de un estante de libros robados y/o comprados. Todas las paredes estaban tan desnudas y blancas, que cuando Joaquín apagó la luz adquirieron unas tonalidades plomas que denotaban las muchas manchas que el descuido había provocado a lo largo de los tiempos. Cookie, una amiga de Joaquín, solía decir que el actual cuarto del muchacho era una especie de dejadez forjada en decepciones estúpidas, una especie de espera por un algo que lo obligase a llenar las paredes de color y ornamentos inútiles. “Algo así como esperar a la felicidad intentando ser miserable” decía Cookie a quien sea que preguntase por la decoración del cuarto del muchacho.
En la oscuridad se quitó la polera y la lanzó a un lado. Se echó de un salto en su cama y luego estiró su largo brazo para tomar un poco de la mezcla suicida, sin poder evitar comparar el dorado del líquido con el rubio de los cabellos de Celia. Por un rato se perdió en el deliquio de pensar en ella, de recordar sus momentos con ella, de las ropas que había usado aquel día, del café discreto de sus ojos que Joaquín tanto disfrutaba, el celeste de su top (¿o era verde marino?), su jean, la chaqueta de cuero negro, su piel blanca y el contraste con el rubio semi-oscuro de sus cabellos. Sonrió con esa expresión que incluso los enamorados reconocen como estúpida, y el peso angustioso del desconsuelo en su pecho volvió a crecer, después de todo no hay peso que se disfrute con tanto sufrimiento como el de los enamorados. Peor aún, cuando quien se enamora eleva a la categoría de imposible a su amada.

Pronto el humo inundó el cuarto con el peculiar aroma de la mota. La espesura de las nubes de humo no dejaba a Joaquín ver más allá de su cama y su vaso de mezcla suicida. Ambos narcóticos habían tenido la virtud de idiotizarlo más allá de lo cualquier emocionalidad podía. Sus pensamientos ya no se perdían en la incómoda deriva de la desesperanza, ni en las desmesuradas ilusiones de su deseo, o el desconsuelo de saber que no podía ser más que un número imperfecto en los cálculos de Celia. La suya era la típica pena de quienes no se sienten dignos de algo, y aun así terminan añorándolo ¿Qué otro nombre, más que el más nefasto, amor, podía usar Joaquín para nombrar aquella tristeza constante? ¿Con qué otra palabra podía resumir tanta mierda? “Se grita, se maldice pero si ya te convenciste de que el escozor que sientes en las tripas es amor, rascarse es equiparable a un cadalso o a un suicidio.- le había dicho Cookie alguna vez- Al menos si eres de esos cachorros que prefieren ser buenas personas, de esos nobles que intentan ser caballerosos y respetuosos, que entran con los sentimientos en la mano y con la sinceridad en cada acto romántico que efectúan en nombre de a quien sea que digan amar. Y eso es jodido nene, pues las nenas como que nos gustan los cretinos que nos tratan medio mal, que en la mano solo tienen el pene hambriento de nuestras rajitas y cuyos actos los rodea de misterio y una seductora suciedad que no deja traslucir sus verdaderas intenciones”. Joaquín sabía que su terco romanticismo lo había llevado a cagarla de nuevo. Justamente por eso se encerraba con sus narcóticos, para establecer una distancia entre sus añoranzas y él mismo, de modo que a través de la distancia pudiese olvidar que Celia existía, que Celia respiraba, que Celia era tan genial, para olvidar su fisionomía y su voz ronca que él disfrutaba tanto, para olvidar sus frases matadoras a lo Cookie, para olvidar su risa repentina y sus miradas cómplices, para dejar de hacerse las mil y un películas en su cabeza donde ambos se amaban, donde todo salía como él deseaba y donde todos podían ser infelices, menos él y ella. Olvidando que si bien la distancia puede, también, curar el mal de amores, es, sin embargo, una apuesta riesgosa pues, por lo general, suele agravarlo.

Joaquín se perdió en la confusión de los efectos del cruce de narcóticos. Hacía rato que la jarra de mezcla suicida estaba vacía y que el ladrillo de marihuana se había esfumado en forma de porros, bongs y pipas que su fiel candela había iluminado. Y fue así, con los ojos perdidos, su cabeza perdida, su vida perdiéndose y sus sentimientos apagados ante el abrumador desequilibrio de sus pensamientos, fue así como lo encontraron los cuervos.

Primero se preguntó de dónde habían salido tantos. Intentó recordar si había dejado la ventana abierta, puesto que la espesura del humo no le dejaba ver más allá de su posición fetal en la cama, pero no lograba concentrarse ante los revoloteos de los pajarracos encima suyo. Había algo raro en la hostilidad con que sobrevolaban, en la manera en que sus picos se abrían con espumas rabiosas fluyendo y graznaban violentamente sonidos estridentes que lastimaban a Joaquín. Y fue cuando vio la inquietante negrura de los ojos de los cuervos, esa oscuridad palpable que parecía transmitir un desasosiego tan familiar, fue entonces que comprendió que los cuervos estaban pero no estaban. Eran alucinaciones, quizá, que reflejaban sus propios demonios. Demonio, en realidad.

Desde niño que el amor era un límite de lo ilegal para alguien como él: demasiado invisible, demasiado pequeño, como una especie de accidente con patas que de haber amado y demostrado que lo hacía, sufriría un castigo por su crimen. Algo peor que simplemente soñar con la imposibilidad de tornar lo imposible en posible, aunque Joaquín no sabía de nada peor que aquello. ¿Cómo era que había terminado ahí, en el amor? ¿Qué clase de intensa soledad lo había empujado a tejer ilusiones de adolescente enamorado? ¿Cómo era que Celia había logrado pasar las pruebas de sus estándares, de por sí altos, para sentarse tan cómodamente en un trono que, quizá, exageraba sus atributos? Los cuervos que lo torturaban le recordaban la fragilidad de su mortalidad, representaban cada derrota, cada fracaso, cada defecto y cada motivo por el cual nunca sería digno a los ojos de Celia, con esa arrogancia que tienen los acomplejados y/o amargados de creerse capaces de antelarse a lo que se pensará de ellos. Pero más allá de los dolores típicos de un enamoramiento desesperanzado, los cuervos traían las torturas de cada aspecto de su vida, de todas las cargas con que se entorpecen los acomplejados. Y en medio de la bruma de los narcóticos sufrió. Con una inefable angustia y una inenarrable conjunción de tristezas, que le recordaban lo “loser” que era.

Nos entregamos a la Perdición cuando aun no deseamos casarnos con la Muerte. Es más bien una especie de coqueteo distante, donde miramos fijamente a la Muerte y susurramos cosas sucias mientras la manoseamos a la Perdición, quién nos deja marcas imborrables con sus besos y chupeteos. Quizá Ballesteros intuía que los cuervos no esperarían a su muerte para comer de su carne, quizá pudo leer, en aquellos temibles ojos completamente negros, que la paciencia era una maricada y que, primero, lo matarían para, después, llenarse más rápido sus estómagos.

No le sorprendió cuando los humos de la marihuana se disiparon de repente. No pudo sentir más que un estúpido embelesamiento cuando vio que la imagen de Celia se manifestaba en su habitación que había cerrado con llave y con la ventana intacta, como si nunca se hubiese abierto. Aun drogado, pudo notar que esta Celia brillaba con una luz tan digna de ella, como solo ella misma podía ser. En un flash de conciencia se sintió ridículo por todas las maricadas que pensaba. Pero luego reparó en la corona de flores que flotaba encima la cabeza de Celia, como si de una aureola se tratase. También notó que la oscuridad retrocedía ante su reconfortante luz, una luminosidad que los cuervos odiaban y ante la cual retrocedían furiosos.

Se arrastró. Se rindió ante el peso de aquella visión aceptando la cabrona realidad, consciente de que nada era real y que, sin embargo, todo lo era. Lo malo de los simbolismos es que crean imaginarios que nos gusta asumir como reales. Y era aquel un simbolismo perfecto en donde el amor linchaba, con su luz purificadora, todo sufrimiento pasado, toda derrota, toda posible amenaza a su ser. Y era el simbolismo que permitía al amor triunfar por encima de todas las cosas, donde el amor todo lo podía y todo lo perdonaba, donde el amor se presentaba en forma de Celia y dejaba a Joaquín Ballesteros entregarse a la enfermedad de amar como un “loser” y soñar, e ilusionarse y no dejarse lastimar por los cuervos. Fue así que Joaquín terminó arrodillado y refugiándose en la visión de su amada, mirando temeroso a los cuervos y hallando cierto tipo de confort en aquella aparición, quien miraba fijamente a los cuervos con una expresión de neutra conmiseración en el rostro igualito al de Celia, y los fulminaba con esos terribles y profundos ojos completamente negros.

 

Laura Blandón 2

por Laura Blandón

Fran Lebowitz

 

“Lo malo era que en el fondo él estaba bastante contento de sentirse así, de no haber vuelto, de estar siempre de ida aunque no supiera adónde.”
– Julio Cortázar

“Si la cursilería fuera un pecado, yo cada noche me ganaría el infierno.”
― Xavier Velasco, Éste que ves

“Soy una fuerza contraproducente, y lo peor es sentir este entusiasmo.”
– Xavier Velasco, Puedo Explicarlo Todo

 

En momentos como este me gustaría tener algún dios en el cual creer.
Podría, por ejemplo, creer que me dirijo hacia una experiencia que cambiará el curso de mi destino. Algo tan increíble, tan mágico, tan predestinado a cambiarlo todo en mi vida sin más trámite que el de una mirada, o quien sabe cuántos miles de probabilidades que podrían darse en este encuentro al que me dirijo.

Podría estar rezando fervorosamente por un milagro. Deseando con toda mi alma, y esperando, una especie de atajo que me permitiese conseguir lo que quiero a cambio de mi más sincera y entregada fe, y es que ¿no tiene la esperanza algo de espera? No por nada las palabras son tan semejantes en sus estructuras, como para que solo tengas que aumentar un “nza” para convertir la espera en tortura. Alguna vez Marcelo, uno de mis mejores amigos, me dijo que yo le daba pena puesto que no creía en nada, que era de esos que iban por el mundo viendo todo de una manera tan gris y vacía, que de seguro era horroroso levantarse cada mañana a ver un mundo tan corrupto por la falta de una fe en un poder más grande, una especie de testarudez en el ridículo del “No puede ser que Dios exista”. Me cago en Dios. Probablemente porque él se cagaría en mí, y no por arruinarme la vida, sino porque de verdad considero que si hay un dios no pueden importarle los humanos. Después de todo, si un ser fuese omnisciente de verdad, no podría pensar en los mismos términos que, nosotros, los humanos.

Si creyera en algo divino, ahora mismo quizá no estaría consumido por este miedo asesino y esta inseguridad palpitante. Quizá estaría entregando las responsabilidades de lo que pase a lo que sea que Dios quiera. Horrible decisión si me preguntan, abandonar todo atisbo de control y decisión sobre tu propia vida y dejarlas en manos “más capaces”. Pero lo entiendo, ahora mismo siento como si pudiese vomitar de puro nervios pero el vomito no sale, está trancado en alguna parte de mi cuerpo haciéndome pensar que tengo mal aliento y ninguna menta, y eso me hace desear entrar en automático, no soy lo suficientemente fuerte para enfrentar este encuentro. Bien pensado, si de verdad creyese en lo divino, a estas alturas estaría vendiendo mi alma a cambio de un beso o un abrazo, inclusive.

En lugar de ello estoy simplemente sentado en el asiento trasero de un taxi. Nervioso, emocionado, asustado e impaciente. Viendo como las calles pasan y pasan delante mis ojos y no logrando registrar nada de verdad, solo pensando en el encuentro cercano, en la primera vista y todas esas chorradas de conocer a alguien, físicamente, por primera vez.

Ayer era un supuesto fin del mundo. Uno de esos apocalipsis donde los cielos se abren, y el mismísimo Dios baja a condenarnos a todos los pecadores y llevarse a los justos a su lado a disfrutar del regocijo eterno. Pero no pasó nada, fue un día tranquilo y rutinario donde los pecadores, como yo, seguimos respirando sin el calor de las llamas infernales y los justos, como Marcelo, aun no pueden disfrutar de la hermosa comodidad de flotar echados en una nube. Pero eso es puro marketing, lo cierto es que creo que algo de apocalíptico debe de haber en estos días. Todo se siente como un gran final, como en el sentido puro de la palabra apocalipsis: quitar los velos.

¿No es, acaso, este encuentro un gran ejemplo de ello? Mientras el taxi se estanca en un embotellamiento que no se si amo u odio, se me ocurre que quizá este sea el momento más lindo, ese momento de ignorancia donde todo puede ser, donde aun se puede soñar y creer lo que sea. Podría cegarme con velos improbables de mi imaginación, escenarios donde las cosas salen de un modo, o de otro, podría imaginarme que todo sale estupendamente bien o catastróficamente mal pero todo según lo que yo decida, lo que yo quiera, todo a mi voluntad y sin ninguna alarma, ni sorpresas.

Algo de apocalipsis hay en todo esto. Supongo que enfrentar la realidad es una suerte de apocalipsis, donde se pierde cierta capacidad de soñar, de ilusionarse con lo que sea que uno quiera y se debe enfrentar a una verdad que puede doler o no. Y es cuando pienso esto, que noto que podría pedirle al conductor que pare el puto carro, y podría salir corriendo hacia la libertad de la incertidumbre, para que ningún miedo se cumpla, ni mis contingencias fallen. Solo yo, corriendo hacia la ignorancia sin enfrentar nada y creyéndome una mentira, que dejaría de funcionar en cuanto el arrepentimiento llegase. Y llegaría con sed de sangre, porque el arrepentimiento es así, se muestra inofensivo e, incluso, peleable, pero cuando llega es violento, letal y te derrota de un simple golpe que mata lentamente.

Ya no importa, igual ya llegué y ahora me paro en esta esquina esperando al primer impacto. Lo hago con el corazón acelerado y con la angustia violando mi pecho, lo hago con un sentimiento de inevitable fatalidad, con temores a desencuentros, a desagrados, a malas impresiones, a tantas cosas ridículas que ya es hasta risible que me sienta tan nervioso, y me muestre tan calmado. No sé porque, ni que quiero. “Es solo un encuentro” me repito. Y así es.

Cuando llega el primer impacto es solo un atisbo lejano. Es ver desde donde estoy que las leyendas eran ciertas, que conocerla podría ser de esos momentos religiosos de catarsis, pero que mi testarudo pensamiento sin dios me salva de convertir el primer impacto en nada más que eso. Nada saldrá de esto. Nada se perderá tampoco y todo dolerá demasiado, pero habrá valido la pena. O al menos eso espero. Aunque solo sea un bip menor en sus radares.

Cuando llega el segundo impacto es una figurita bajita frente mío, abriendo los brazos, o quizá no, quizá la memoria me falla aun cuando estoy en el mismo momento. Quizá el segundo impacto haya empezado a destruir el mundo. Mi mundo.

Ya el tercero, cuarto, quinto impacto son difusos, hermosos y letales como la extraña calma durante la tormenta. Se han quitado los velos para revelar algo aun mejor de lo que me habría atrevido a soñar, porque al final el riesgo hace que el final sea más placentero o terrible. Y hay cosas que siempre acaban en tragedia, pero ¿acaso importa? Quizá jugar a la Ruleta Rusa no sea tan malo cuando sabes que algún dios te perdonará en su eterna misericordia, pero creo que es más delicioso sobrevivir a ella cuando tienes la idea de que esto es todo, cuando no concibes en tu cabeza nada más que un vacio eterno e inconsciente más allá de la muerte.

¿Por qué no jugar a la Ruleta Rusa? Cuando el apocalipsis ya ha empezado, lo mejor que se puede hacer es seguir el caudal de las revelaciones y ver a que otras preguntas te dirigen. Disparas una vez, dos, tres y aun sigues vivo, viendo el caño de la pistola esperando a que en los dos intentos restantes que te quedan no te vueles los sesos. Y debe ser la gloria más enorme cuando dejas la pistola a un lado después del quinto intento, con la bala estancada en el sexto intento y la vida brille con esa deliciosidad que solo la cercanía a la muerte revela.

Calvin

 

Frases del Diablo Guardián

Publicado: diciembre 15, 2012 en Zopilotadas
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Encontré esta recopilacion de frases de mi autor favorito en su libro “Diablo Guardián“. La pongo pues me parece una selección buena, aunque le faltan muchas otras que yo habría puesto.

Blog de Israel Pintor

Por más que añoremos a nuestros muertos, no queremos estar ni un instante en su mundo. Ni respirar su aire, ni mirar su paisaje.”

Las mujeres que duermen con cerdos poco a poco se van haciendo cerdas.”

…descubrió que escribir era una buena forma de transparentarse, de estar sin nunca estar. ¿Por qué tenía que esconderse con todo y sus nueve años? Primero, para disimular su extranjería de niño mimado: si en el recreo estaba escribiendo, en lugar de jugar futbol o basquetbol o bote pateado, ello al menos le daba a su aislamiento el decoro de la propia elección: estoy solo porque me da la gana. En segundo lugar, porque nadie más que él sabía las cosas que pasaban en todas esas hojas infestadas de garabatos y tachones, de modo que escribirlas era darse a una vida subterránea donde podía hacer, decir y decidir todo lo que en…

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Para la Gata Negra

“Soy una bestia huraña, saco las uñas y enseño los dientes, pero muevo la cola cuando unos ojos francos me sonríen.”
– Xavier Velasco

Los perros callejeros son seres solitarios que divagan por las calles buscando comida, o un lugar caliente donde dormir, sin nadie que los acompañe. Los vemos cada día ir y venir sin un lugar fijo, algunos huraños, otros sucios, los más son perros mestizos de razas indefinidas que fueron abandonados o nacieron en la cruel intemperie urbana. Los perros callejeros son muy diferentes a los falderos, y eso es muy notable en como tienen una mirada distinta. Una mirada más marcada por la soledad y la tristeza, pero con una sonrisa secreta ante cada gesto de cariño.

Rápidos para la desconfianza, lentos para el apego, juguetones ante el cariño, mimosos cuando se lo permiten a sí mismos, sabios como ancianos, caprichosos como niños y más solitarios que cualquiera de los muchos dioses concebidos. Tal es la naturaleza de un callejero. Ocasionalmente se encuentran con otros perros, y juguetean juntos, pelean o pasan un rato. Pero siguen solos. Si los hombres sobrellevamos ciertas soledades, lo hacemos anhelando un poco de compañía. Sea desde la airada exigencia del selectivo, hasta la desesperada dicha del dadivoso, los humanos encuentran remedios a sus muchas soledades mediante la inevitable búsqueda de otro, uno que nos dé tanto como damos nosotros, incluso que dé antes que demos nosotros. No pasa así con los perros, especialmente con los callejeros, que están acostumbrados a dar cariños a quién los alimenta, a quién los acaricia o, finalmente, a quién no se para amenazador frente a ellos. Son ellos quienes se quedan cuando reciben, pero dan solamente por dar.

 
Un perro callejero nunca cesa de estar solo. Caminan en soledad, comen en soledad y mueren en soledad. Incluso si son adoptados, siempre habrá un resquicio de esa soledad impresa en sus miradas, en sus costumbres y en sus actos. Es una soledad absoluta que nos pasamos la vida temiendo, que si entramos en consciencia de ella nos aplastaría las certezas, después de todo no hay bien que la soledad no pueda trastocar. Y a veces, los callejeros, reciben caricias y persiguen al portador de la mano cariñosa hasta que se los adopta o se les lanza una piedra para alejarlos. Tal tozudez es solo concebible del lado de quién nunca tiene nada, ni nadie. Pero lo que estos callejeros hacen es regalarte un poco de su soledad, brindarte un cariño extraño, generar en ti un apego momentáneo lleno de una ternura cruel, que morirá en cuanto se deje atrás a dicho perro. Y de todas maneras la soledad de quién acaricia a un callejero se alivia un poco, es como dice Ximena Sariñana a propósito de un libro de Saint-Exupéry: “el Principito no hizo al amigo, para dejarlo desaparecer.”, pues aun cuando dejamos a esos perros atrás, el recuerdo de su calidez, o esa ternura que nos empeñamos en atribuirles, se mantiene y nos cura de la soledad por un momento.

Hay suicidas que nos ponemos en la posición de un callejero. Aún desde nuestra pobre condición humana. Y ello implica menear la cola en espera de otra caricia, de echarse en el pasto a escuchar como alguien cuenta sus problemas en voz alta, o sentarse con la lengua afuera esperando a que la persona te suelte otro poco de comida y te deje pasar a su hogar y, claro, temer que la persona de pronto te lance una piedra para sacarte definitivamente de su vida. Pero el problema ahí, es el mismo que el de cualquier niño, que sorprendido con Superman intenta volar saltando desde su terraza usando una toalla roja a manera de capa ¿Quién, que fuera humano, podría soportar dar sin esperar? ¿Querer sin expectativas? ¿Aceptar sin condiciones? ¿No que Superman es un kryptoniano que apenas entiende a la raza humana y, simplemente, nos compadece?

Hay crónicas que, por muy gloriosas que sean para uno, se las debe callar. Así son las crónicas de los cariños perrunos. Empiezan un día y pueden durar más de lo que durará el amor más hermoso de, nosotros, los humanos. Y cuando somos nosotros quienes las vivimos, a estas crónicas, no podemos aguantarnos y las gritamos a los cuatro vientos. Algunos hacen música con eso, otros escribirán novelas, los más intentan simplificarlo en un estado de Facebook. Pero ninguno sabe guardarlo en el secreto de la mirada. Quizá por eso nuestros ojos solo se profundizan con la vejez, y las de los perros callejeros siempre son profundas miradas que enternecen tanto como asustan.

Ponerse en la posición de un perro callejero, siendo humano es un juego peligroso, por no mencionar doloroso e ingrato. Si los canes están capacitados para vagabundear por todas partes regalando porciones de su soledad, viviéndola con la tranquilidad impresa en el abismo de sus miradas, ello no significará que los humanos seamos capaces de tal proeza. Nos preciamos de ser la raza superior, la raza racional y nos encerramos en vernos como centros del universo, sin notar que hay precios ante tanta “genialidad”. Si un perro puede ¿por qué no yo? Será la pregunta en general. La respuesta es simple, pero solo la entienden los perros.

Estaba hoy en clases (no diré de que por temor a delatarme) leyendo un libro de cuentos de mi autor favorito, Xavier Velasco. No prestaba atención al docente y mi amiga, Alejandra, quien inquieta quizá por mi descaro o movida por la curiosidad me preguntó que era lo que leía. Cuando le dí el nombre del autor ella sonrió, comentó que siempre me ve con distintos libros del mismo autor, respondí que efectivamente me encanta, a lo que ella preguntó simplemente: “¿Por qué?”. Le respondí con la siguiente historia, que fui improvisando en el momento:

Creo que los libros de Xavier Velasco me gustan por esa su manera de describir al mundo como un algo no exento de cierta grandiosa malignidad. Un escenario donde todos somos viciosos y mentirosos pero que nos gusta probarnos lo contrario, mientras que a otros les gusta revolcarse en esa deliciosa crapulencia. Me revientan esos que solo le ven lo bueno o lo malo a todo. Según yo, el mundo consiste en varias tonalidades grises que nunca llegamos a concebir totalmente. Lo bueno y lo malo son una ilusión totalitaria que nos ciega de vivir las cosas. Pero lo que más disfruto de Xavier son sus autodestructivos personajes, tal vez porque me siento hermanado a estos, como si fuese uno de ellos pero uno que nunca llegó a ser libro.

Es más, creo que cuando Xavier era joven se puso a desarrollar un personaje. Pero dado que, quizás, aún se sentía novato lo desechó rápidamente, dejó el bolígrafo con el que escribía a un lado y arrugó la hoja de papel sin misericordia para echarla sin contemplaciones en un basurero, allá en su México natal.

Mi teoría es que ese papel se sabía condenado. Todo le indicaba que su corta vida como receptáculo de tinta finalizaba en aquella triste noche en que Xavier Velasco concibió un personaje al cuál desechó. Digamos que mucha ambición no tiene un papel, quizá simplemente la de soportar la tortura de los tatuajes con que los llenamos y rogar al dios de los papeles que no lo boten, ni arruguen, desechen, quemen, corten o tantos etcéteras. El papel quiere jubilarse, que lo dejen tranquilo en alguna estantería o cajón, que lo lean sí pero que no lo maltraten. Pero este papel en cuestión se sabe ya muerto, escrito de cabo a rabo pero igual descartado. Digamos, también, que de vivir tampoco sabe mucho un papel, así que hizo lo único para lo que le alcanzó el instinto y el deseo de perpetuidad. El papel se desarrugó como pudo y rompiéndose un poco inició por primera, única y última vez en vida un onanismo feroz y rencoroso, tan acezante y vigoroso que en poco tiempo lo que eyaculó fue un pequeño esperma negro, un solo microscópico espermatozoide negro como la tinta que había desaparecido del ya difunto papel. Las palabras de Xavier Velasco, su personaje descartado ahora eran un diminuto espermatozoide negro.

Poco recordamos de nuestro tiempo como espermas, si no nada. Algunos dicen recordar una luz intensa y a un desgraciado vestido de blanco que los sacó de la comodidad del útero. Patrañas. Nadie tiene memoria suficiente como para recordar el momento traumático en que nos insertan a patadas en esta realidad. Pero habemos quienes recordamos nuestra odisea para llegar a los óvulos. Ese espermatozoide negro, creado del personaje rechazado de Xavier Velasco y traído al mundo por el desenfreno solitario de un papel moribundo, sabía que su misión consistía en llegar a un óvulo, su misión era vivir.

Hablar de las peripecias de un minúsculo espermatozoide es aun más magnifico de lo que uno pudiese imaginar. El mismísimo Xavier Velasco lo dijo: “Y pensar que hay pazguatos que suponen a la naturaleza pacífica”. Tan solo imaginen a algo tan poco visto y tan débil como un esperma negro. Ahora imagínenlo caminando por el mundo asediado por las hostiles bacterias, hostigado por insectos monstruosos de variados colores y tamaños, aterrorizado de esos gargantuas humanos con sus caminares destructivos, y eso que ni siquiera estamos hablando de las condiciones climáticas (para un espermatozoide, por ejemplo, una llovizna es lo mismo que mil y un tsunamis) o de las chances de extinguirse, sin más, mezclado, sin querer, en alguna otra sustancia.

Si algún día se escribiese un libro sobre esto, se llamaría “Las Increíbles Aventuras del Espermatozoide Negro”. Y pese a que todos se reirían de titulo semejante, pronto mandarían a la mismísima mierda a Ulises, Aquiles, Ollanta, Eneas y todos esos héroes épicos. Ninguna aventura puede tener la magnitud, la grandiosidad y la peligrosidad de un espermatozoide buscando un óvulo. Aun peor si este esperma está hecho de tinta y se muda, sin saber cómo, de México a Bolivia.

Pero volvamos al esperma negro. Estamos en agosto del 88, los horribles años ochenta llegan a su fin y el esperma negro ha llegado a Bolivia después de haber sufrido miles de pesadillas que aun lo persiguen. Está buscando a la persona ideal en la que meterse, pero aun no ha dado con aquel ser. Se guía por un instinto funesto, una rabia que le ha permitido sobrevivir hasta ahora. Fue entonces que vio a una pareja dispareja, un hombre y una mujer que parecen movidos por un deseo extraño, una especie de polaridad que confirma lo que dicen los Artic Monkeys (“All that’s left is the proof that love’s not only blind but deaf”). El carácter que Xavier Velasco le imprime a sus personajes, la forma en que sobrellevan sus vidas, la trampa implícita, la resignación mentirosa de los que se auto condenan al cadalso, la inocencia a la que uno se aferra con las garras del zopilote que uno sabe que es, quizá todo eso y más fue lo que movió al esperma negro a introducirse al pene de mi padre, hacerlo lentamente, sin llamar la atención de todos esos espermatozoides blancos, acomodarse y observarlos con esa paciencia que solo tienen los ociosos.

La carnicería de los espermatozoides blancos vino poco después (ya cuando agosto amenazaba con terminarse). El esperma negro sabía que aunque la vida puede que sea un regalo, no es regalada. Hay un precio, un coste que siempre hay que pagar. Entonces el esperma negro tomó una decisión tal vez cruel, pero no muy diferente a lo que hacen los hombres (adolescentes y adultos) cuando deciden darse placer a sí mismos, y millones de potenciales hijos terminan muriendo en algún Kleenex encubridor del crimen. El espermatozoide negro mató a todo esperma blanco existente en mi padre, los aniquiló con la minuciosidad con que un obsesivo se limpia después de ir al baño, con la crueldad de los niños al pensar en apodos humillantes para un compañero en desgracia. Y cuando ya no hubo ninguna competencia, cuando todo esperma blanco estuvo muerto, recién se supo seguro de su próxima existencia, fue ahí cuando mandó mensajes discretos al cerebro que lo increparon a tener sexo con aquella mujer tan brutalmente opuesta, con ese deseo inentendible (como todo deseo) con que la tomó, sin saber que un condón, para un esperma de tinta que ha pasado por peligros más nocivos en su periplo del basurero del cuarto de Xavier Velasco a la eyaculación de quién sería mi padre, era una nada.

Nueve meses más tarde, en un nevado invierno paceño de mayo del 89, del útero de mi madre y a través de una cesárea necesaria, se materializó un personaje de Xavier Velasco en el mundo, se hizo de carne y hueso. Pero no lo llamaron Joaquín, o Pig, o Isaías, o incluso Basilio, mucho menos lo apellidaron Alcalde, Basaldúa o Flexus. Lo nombraron Adrián Paredes, el personaje rechazado de Xavier Velasco que gracias a la osadía de un esperma de tinta negra pudo materializarse en este mundo con zopilotadas incluidas.