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Para la Gata Negra

“Soy una bestia huraña, saco las uñas y enseño los dientes, pero muevo la cola cuando unos ojos francos me sonríen.”
– Xavier Velasco

Los perros callejeros son seres solitarios que divagan por las calles buscando comida, o un lugar caliente donde dormir, sin nadie que los acompañe. Los vemos cada día ir y venir sin un lugar fijo, algunos huraños, otros sucios, los más son perros mestizos de razas indefinidas que fueron abandonados o nacieron en la cruel intemperie urbana. Los perros callejeros son muy diferentes a los falderos, y eso es muy notable en como tienen una mirada distinta. Una mirada más marcada por la soledad y la tristeza, pero con una sonrisa secreta ante cada gesto de cariño.

Rápidos para la desconfianza, lentos para el apego, juguetones ante el cariño, mimosos cuando se lo permiten a sí mismos, sabios como ancianos, caprichosos como niños y más solitarios que cualquiera de los muchos dioses concebidos. Tal es la naturaleza de un callejero. Ocasionalmente se encuentran con otros perros, y juguetean juntos, pelean o pasan un rato. Pero siguen solos. Si los hombres sobrellevamos ciertas soledades, lo hacemos anhelando un poco de compañía. Sea desde la airada exigencia del selectivo, hasta la desesperada dicha del dadivoso, los humanos encuentran remedios a sus muchas soledades mediante la inevitable búsqueda de otro, uno que nos dé tanto como damos nosotros, incluso que dé antes que demos nosotros. No pasa así con los perros, especialmente con los callejeros, que están acostumbrados a dar cariños a quién los alimenta, a quién los acaricia o, finalmente, a quién no se para amenazador frente a ellos. Son ellos quienes se quedan cuando reciben, pero dan solamente por dar.

 
Un perro callejero nunca cesa de estar solo. Caminan en soledad, comen en soledad y mueren en soledad. Incluso si son adoptados, siempre habrá un resquicio de esa soledad impresa en sus miradas, en sus costumbres y en sus actos. Es una soledad absoluta que nos pasamos la vida temiendo, que si entramos en consciencia de ella nos aplastaría las certezas, después de todo no hay bien que la soledad no pueda trastocar. Y a veces, los callejeros, reciben caricias y persiguen al portador de la mano cariñosa hasta que se los adopta o se les lanza una piedra para alejarlos. Tal tozudez es solo concebible del lado de quién nunca tiene nada, ni nadie. Pero lo que estos callejeros hacen es regalarte un poco de su soledad, brindarte un cariño extraño, generar en ti un apego momentáneo lleno de una ternura cruel, que morirá en cuanto se deje atrás a dicho perro. Y de todas maneras la soledad de quién acaricia a un callejero se alivia un poco, es como dice Ximena Sariñana a propósito de un libro de Saint-Exupéry: “el Principito no hizo al amigo, para dejarlo desaparecer.”, pues aun cuando dejamos a esos perros atrás, el recuerdo de su calidez, o esa ternura que nos empeñamos en atribuirles, se mantiene y nos cura de la soledad por un momento.

Hay suicidas que nos ponemos en la posición de un callejero. Aún desde nuestra pobre condición humana. Y ello implica menear la cola en espera de otra caricia, de echarse en el pasto a escuchar como alguien cuenta sus problemas en voz alta, o sentarse con la lengua afuera esperando a que la persona te suelte otro poco de comida y te deje pasar a su hogar y, claro, temer que la persona de pronto te lance una piedra para sacarte definitivamente de su vida. Pero el problema ahí, es el mismo que el de cualquier niño, que sorprendido con Superman intenta volar saltando desde su terraza usando una toalla roja a manera de capa ¿Quién, que fuera humano, podría soportar dar sin esperar? ¿Querer sin expectativas? ¿Aceptar sin condiciones? ¿No que Superman es un kryptoniano que apenas entiende a la raza humana y, simplemente, nos compadece?

Hay crónicas que, por muy gloriosas que sean para uno, se las debe callar. Así son las crónicas de los cariños perrunos. Empiezan un día y pueden durar más de lo que durará el amor más hermoso de, nosotros, los humanos. Y cuando somos nosotros quienes las vivimos, a estas crónicas, no podemos aguantarnos y las gritamos a los cuatro vientos. Algunos hacen música con eso, otros escribirán novelas, los más intentan simplificarlo en un estado de Facebook. Pero ninguno sabe guardarlo en el secreto de la mirada. Quizá por eso nuestros ojos solo se profundizan con la vejez, y las de los perros callejeros siempre son profundas miradas que enternecen tanto como asustan.

Ponerse en la posición de un perro callejero, siendo humano es un juego peligroso, por no mencionar doloroso e ingrato. Si los canes están capacitados para vagabundear por todas partes regalando porciones de su soledad, viviéndola con la tranquilidad impresa en el abismo de sus miradas, ello no significará que los humanos seamos capaces de tal proeza. Nos preciamos de ser la raza superior, la raza racional y nos encerramos en vernos como centros del universo, sin notar que hay precios ante tanta “genialidad”. Si un perro puede ¿por qué no yo? Será la pregunta en general. La respuesta es simple, pero solo la entienden los perros.

De izquierda a derecha: Pelitos, Diana, Blacky.

Sin ánimo a  ofender, ni provocar, sin ánimo a nada en realidad, en medio de todo el rollo del reflexionar acerca la amistad, me pongo a pensar en quienes son mis amigos y quienes no y en medio de todo ese pedo inútil me vienen a la mente tres nombres que realmente me marcaron, tres nombres que influenciaron en mi vida como pocos pudieron, que siempre estuvieron ahí para escuchar (en la zamba imaginaria del neurótico), que siempre jugaron conmigo y con los que crecí al fin y al cabo.

Blacky, Diana, Pelitos. Tres nombres de tres con los que jugué en las inmensidades de mi primera casa en Sucre. Toda mi infancia con el Blacky mordiéndome los zapatos hasta que se hacían añicos, yo haciéndole perseguir el reflejo del vidrio de mi reloj, él corriendo como loco cargando un ladrillo que le pesaba como plomo. Me acuerdo del Blacky y me viene a la mente toda esa infancia solitaria donde mi único amigo era ese pastor alemán hiperactivo que ladraba como loco a lo que sea, que saltaba de felicidad cuando mi abuelito estaba cerca (porque le daba pan), que se ponía a correr por todo el vasto patio cuando llegaba doña Petrona (la lavandera), pero también recuerdo a ese hermano más que perro al que mi madre compró en La Paz y lo llevó a nuestro nuevo destino en ese pueblo extraño donde nos refugiábamos de algo que, aún hoy, desconozco. Mi hermano, compañero de juegos infantiles y primer ser al que le conté mis secretos de infante (el primer contacto con algún humano, el primer enemigo, el primer amor, el primer dolor). No subestimemos los lazos fraternales que se pueden establecer con un perro, después de todo no hay ser más solícito al juego o al secreto, a esa complicidad que necesitan los niños, que un perro. El Blacky cumplió la tarea de ser un hijo más de mi madre, no porque él así lo quisiese o porque mi madre lo necesitaba, sino porque ese niño idiota y huraño que yo era necesitaba un contacto con el mundo.

Al Blacky lo vi sufrir y sufrí yo por él. Cuando se escapaba de casa y volvía al día siguiente sucio y maloliente, o cuando regresó con todo el pecho abierto en una herida sangrienta (la primera vez que vi sangre ajena, la primera vez que tuve miedo a la muerte), cuando le vinieron ataques convulsivos y el veterinario lo dió por desahuciado,  ya sugiriendo  maneras de matarlo ante mis lagrimas innumerables. Esa vez fueron mi abuelo y mi madre quienes lo curaron con drogas de humanos y una terquedad que evitaba que les saliesen lágrimas como a mi. Y sobrevivió a ese deshaucio causando una dicha tremenda en casa, porque así se lo quería al Blacky, ese perrito que se había metido en la piel de mi familia (mi mamá, mi abuelita y mi abuelito) como uno nunca se imagina que un animalito hará.

La siguiente fue la Diana. El regalito de doña Petrona para nosotros. Ella era mía, solo me obedecía a mí y me protegía siempre. Mientras que el Blacky fue siempre hermano mío y perro de mi madre, Diana era más mía. La doberman majestuosa y mañosa, que rompía las barricadas que le poníamos para que no entre a casa, que abría la ventana de mi cuarto a la medianoche y se echaba a dormir en mi cama, para irse siempre al amanecer antes de que mi mamá la pillase. La Diana que les ladraba a todos menos a mí, que ignoraba a todos menos a mí y que solo obedecía una voz y no porque yo fuera la gran autoridad sino porque había elegido, más que a un amo, un hijo a quién darle lealtad y cariño y ese fui, honrosamente, yo.

La Diana y el Pelitos

La Diana escuchó mi vida adolescente, los amores imposibles y el desgarramiento de existir. Ella tuvo la paciencia de escucharme llorar en el pequeño infierno que fue mi vida en esos tiempos y no fue menos atenta en los buenos tiempos. Fue la primera en irse, fue la primera en morir. Débil por lo flaca que estaba  ya que nunca engordó mucho tras dar a luz. Se me fue, enferma tras varios días de pena. Nunca me sacaré de la cabeza que esperó a que yo me marchase, el día de su muerte. Sé que esperó a que me acercase a despedirme de ella antes de ir al colegio y cerró ligeramente los ojitos cuando la acaricie con cariño, luego ella me miró con sus ojos cafés e inmensos, me lamió, me batió la cola (cosa que, mi madre se dió cuenta, no hacía desde hacía mucho) y me marché para que al volver a casa mi madre me dijese que el minuto que cerré la puerta para marcharme, ella la vió morir con un suspiro.

Solo quedaron el Blacky y ese cachorro suyo con la Diana: el Pelitos. Al pobre cachorro no logré disfrutarlo mucho cuando aún era pequeñuelo, todo ese tiempo estuve en viviendo un año en La Paz. Cuando regresé lo hice a tiempo para ver la muerte de mi Diana y al pequeñuelo más grande. El Pelos es ese perrito miedoso, comodón, desconfiado y mimoso que me recuerda a ese niño que le lloraba al Blacky, a esa huahua que se llevaba mejor con los canes y que no deseaba salir nunca de su casa, de su patio lleno de piedras y árboles de ciruela…de esa su soledad que ya desde pequeño lo seducía, cuya única panacea eran esos peludos canes. El Pelos me agarró un cariño de hijo, aprendió a temerle a todo menos a mí o a mi madre, pero aprendió a ser mañoso con esto, a manipular si se quiere con su aura de indefenso. El Pelitos poco conoció de mi primera casa, el suyo fue siempre el reino compacto de mi segunda casa, dónde el Blacky vivió su vejez, donde un día lo encontré echado en su cama, donde me miró con sus ojos viejos y casi ciegos mientras lo acariciaba para morir, así, en mis manos, tras años de ser mi hermano, mi amigo, dejando a mi madre, a mí y a su cachorro tras haber sobrevivido a tanta enfermedad, herida, mudanza, tras haber soportado las penas mías, las penas de mi mamá y la muerte de mi abuelo, el pobre pastor alemán se murió en mis manos luego de una vida larga pero, espero, hermosa.

El Blacky descansando en mi primera casa.

Hoy por hoy, me queda el Pelitos que me recibe como un Argos a Ulises cuando visito mi hogar en Sucre. El Pelitos que me recuerda que, aún en mi soledad, está él con su constancia, con su cariño puro, inmaculado por lo humano y su gana de seguirme a todas partes, de no perderme de vista como reprochándome mis largas ausencias. Y lo quiero tanto porque él logra sacarme del pantano de mi soledad, proyectarme a un poco de vida y de respirar sin sentirme tan mal.

Así que este día y todos los demás los dedico por siempre (forever) a esos tres. Ese hermano de mi infancia, a esa madre canina con ánimo sobreprotector de mi adolescencia, a ese hijo mañudo de mi presente, a esos seres que me salvaron de una existencia solitaria y dolorosa, esos canes que me vieron como nunca nadie me vió jamás, esos perros que me acompañaron en los momentos más difíciles de mi vida (la muerte de mi Abuelo, de la Hele, los problemas en mi casa, mi mudanza a La Paz, mi retorno a Sucre y se opusieron heroicamente como tres héroes a todo lo tóxicos en mi vida) y los no tan difíciles, pero aun así igual de dolorosos (tantos encuentros y desencuentros, amores imposibles y otros improbables).

El Pelitos oculto en la maleza de mi segunda casa.

Sé que este no es mi tono usual, se que quizá hablo de puro imaginarios como todo buen neurótico, pero eso no me importa porque nadie, ni nada puede borrar el hermoso recuerdo de mis perros en mi vida y de cómo me hicieron quien soy hoy.

¡Gracias Blacky, Diana, Pelitos!