Archivos para noviembre, 2012

El malentendido ocurre. Es uno de esos molestos inevitables que vienen incluidos con la vida, se quiera o no. Estamos destinados a malinterpretar tanto, o más, que las veces que nuestras palabras son interpretadas erróneamente. Lo gracioso es que esto nace de las palabras mismas. Asumimos que el mundo es una rutina sin más misterios que la muerte y el más allá, nos amparamos en la ilusión de la claridad.

 
“Te dije muy claramente que…”, “no pude ser más claro cuando te dije que…”, “pero si es más claro que el agua”. Nos apresuramos a decir esta clase de cosas, como justificando nuestros actos, o inculpando a los demás. Quizá ambos. El meollo está en que uno se pasa de largo la subjetividad ajena, más por el egoísmo de nuestra propia subjetividad que por otra cosa. Después de todo, uno solo apoya algo en tanto le conviene o no le hace daño.

 
Lo cierto es que nadie entiende nada igual. Si al ver el cielo, yo veo azul claro, quizá mi amigo más cercano vea celeste oscuro. Tal vez al escuchar el “no” de una mujer yo pueda escuchar un “tal vez” cargado de misterio y seducción, mientras que mi amigo solo pueda escuchar un “no” rotundo y despiadado. O, probablemente, al contarle algo que me haya pasado encuentre preocupantes cosas que yo no. A lo mejor escuchemos cosas parecidas pero, como dicen los Les Luthiers, “parecido no es lo mismo, caballero”.

 
Toda palabra es una trampa mortal de significados abiertos. Un vacío desesperante imposible de llenar. Y que, sin embargo, llenamos con lo que sea que se nos ocurra, creyendo que somos los más capos por haber seducido a alguien a base de labia, cuando en realidad la seducción ocurrió cuando, en un lapsus, dijimos algo que no deseábamos decir y ahí fue que cayó el flechazo. Y es que creemos llenar ese angustiante vacio con palabras precisas, con ciencias exactas, con planes elaborados en mucho tiempo. No negaré que llegamos a llenarlo un poco. Pero nunca completamente.

 

 


Es por ello que cada quien entiende lo que quiere. O lo que puede, muchas veces. Cada quien solo puede ver las partes que le atañen, que le importan o que conoce. Después de todo uno no puede hablar chino si en su vida solo aprendió a hablar en español. Y mal.

 
Y por eso ocurre el malentendido. Nos gusta tener la razón, nos gusta creer que es el otro quien se equivoca, nos gusta pensar que la verdad es absoluta y una sola. Que las palabras son claras como el agua, cuando no son más que máculas que vienen a engrandecer la mancha.

 

 

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¿Qué hace a la belleza? Cuando uno se detiene a pensarlo, es muy probable que se vea bombardeado por un aluvión de respuestas que no brindan tranquilidad alguna. Y creo que se debe a que tenemos a los muchos empresarios vendiéndonos a todas las Adrianas Lima que puedan, o incluso tentándonos con alguna Zooey Deschannel. “¿Desea una Hayden Panettiere? ¿Quizá una Julieta Prandi para llevar?”, “No, deme una Scarlett Johansson y una Alison Brie condimentadas con Hollywood.” “Y ¿de postre señor?” “Una Emma Stone, por supuesto.” Y nos distraemos en estas bellezas perfectas, estas mujeres irreales que nos muestran las propagandas, los carteles y las películas.

 
Y ¿por qué no? Después de todo, nuestros sentidos aprecian las cosas de diferente manera. Las chicas de cartel están ahí para inflamar los deseos visuales, virtuales y sexuales de los hombres. Por eso las poses lascivas, la poca ropa, las miradas hambrientas de las modelos dirigidas al vacío de la cámara, todo lo que sirva para que nos sintamos obligados a observar cuando alguna propaganda nos la imponga a la vista y las deseemos tanto que siempre pidamos más. No por nada las modelos dedican su vida a trabajar su cuerpo, sufren con dietas y rutinas de trabajo que las empuja a límites que otros no experimentan; podría decirse que, de cierta forma, venden su cuerpo y nosotros los compramos de mil y un maneras que nunca bastan para satisfacer esta sed adolescente de carne joven, fresca y sin máculas.

 
No se puede culpar a un hombre por no usar la cabeza. Al menos no la de arriba. No se lo puede culpar por quedarse viendo un escote con senos tan grandes como uno se imagina que Dios es grande (dijo Chuck Palahniuk), o quizá admirando un trasero ampuloso ceñido a un jean, sobresaliendo casi como una invitación a la contemplación insana, plagada de ávidos deseos de manoseo, tal vez quedarse hipnotizado por unos ojos sicalípticos que brillan irrealmente tan claros, photoshopeados y luminosos que quitan el aliento, o hasta perderse en el deseo de recorrer con las palmas la longitud de un par de piernas asesinas. Lo malo, sin embargo, es que esto puede llevar a creer que las mujeres de nuestros entornos no se comparan a las de cartel en la vida real.

 

Pero están mal. Lo que pasa es que las chicas de cartel están inmersas en una dimensión que involucra a la realidad pero la disfraza y la condimenta con mentiras visuales que son mucho más sencillas de creer. Si embargo, en la vida real hacemos prácticamente lo mismo. Muchos se conforman con mirar a las mujeres a su alrededor y encontrarlas bonitas o buenotas basándose en esos estándares. Pero lo cierto es que resulta más fascinante buscar y encontrar sus bellezas discretas en desmedro de la corta y breve satisfacción de mirar las bellezas de las ninfas imposibles de los carteles. Incluso olvidando que, muchas veces, lo que ven en esos carteles es más photoshop que otra cosa. Comprensible. Las ilusiones son algo delicioso, quedarse prendados de esas mujeres es lo más cercano a amar a diosas de lo que creemos que estaremos jamás ¿qué hombre heterosexual, o lesbiana, se negaría a manosearse con Katy Perry? Y ya entrando más en lo real ¿quién sería capaz de hacerlo sin arruinarse la ilusión de divinidad? ¿Quién que conociese los defectos de su dios seguiría idolatrándolo?

 
Prefiero a las mujeres que me rodean. No me malinterpreten, me encanta mirar a las mujeres de cartel con hirvientes deseos adolescentes. Pero hay mayor fascinación en encontrar esos rasgos irreales en alguien a quien, de hecho, puedes ver tan de cerca que aun puedes oler e incluso tocar. Mujeres que no siempre se verán bien o incluso olerán como a sin bañar, como a un día pesado, que no siempre tendrán el peinado perfecto o estarán vestidas para matar. Ahí, descubres, hay un beneficio adicional: son mujeres a las que puedes escuchar, conocer y admirar o soportar. Prefiero morir deseando ver unos ojos color miel que uno vive como intensos, solo porque pueden estar cerca o lejos, pero que, finalmente, están en mi entorno. Existen en los límites de mi existencia. Mujeres con las que podría cruzarme en la calle, y hasta ser reconocido por ellas, mujeres que sean algo más que un estímulo visual y/o sexual, que no solo posean una voz sino que esta profiera cosas que a mi me sacudan por dentro, por fuera, por encima, por donde sea. Lo prefiero a emocionarme porque existan fotos de Megan Fox topless. Elijo sorprenderme con la belleza de alguien que puede decepcionarme, a quien yo mismo enmascararé con mentiras a la talla de la realidad que me toca vivir, antes que las imágenes sin vida de alguien presentada bajo la máscara de la perfección falsa.

http://bob-rz.deviantart.com/
Y las palabras. No olvidemos que una modelo hablará al vacío del público, de la opinión pública, del “qué-dirán”. Las mujeres que nos rodean podrán decirnos cosas parecidas, pero si uno escucha, si uno se da el trabajo de escarbar un poco más en el discurso superficial, se encuentra con bellezas marcadas por secretos horribles, gustos inimaginables, por frases destructoras y sensualidades impresas en los tonos, en el orden de las palabras, en mentiras obvias, en verdades inimaginables. Bellezas naturales cuando por accidente dicen o hacen cosas que no planeaban, en contraste a esas bellezas superficiales y sus discursos ensayados y repetidos hasta el hastío.

Lo cierto es que incluso las chicas de cartel deben ser chicas del entorno para alguien. Deben de ser tan reales para unos como son irreales para otros. Aún así me animo a decir que no hay mujer más bella que a la que uno le va descubriendo la belleza. Física o interna, la que más lo ponga a uno. O quizá esté hablando tonterías y simplemente necesite dejar de idealizar a las bellezas femeninas.

 

 

 

La vida está llena de cosas incontrolables. Hay gente que va por el mundo planeándose la vida, decidiendo como mejor organizar al día siguiente, que decir cuando cierta situación llegue, como actuar para que la gente piense bien de uno, llegan a escribir en la mano que decir durante una confesión, durante una auditoría, durante un interrogatorio. Aun peor, hay quienes planifican que harán al salir del colegio, la universidad, el trabajo, el asilo o la tumba. Y en tiempos inexistentes se adelantarán al azar y decidirán el cauce de sus actos para que les salga bien la vida. Es difícil entender el afán de planear lo no panificable.

 
No es que lo reproche. No mucho, cuando menos. Las personas necesitamos la seguridad de lo certero, la calma de lo predecible. Y, sin embargo, terminamos por complicarnos por cosas tan mundanas como las instituciones que buscan regularnos, la moneda que busca comprarnos, nos torturamos por vernos indignos o incapaces de encajar en la sociedad, sea por nuestro estilo, nuestra belleza (o falta de ella), por las creencias que muchas veces respetamos pero que otras olvidamos convenientemente, nos dejamos complicar por nuestros pasados que nos marcan caminos que ya hemos recorrido y que, a veces, recorremos miles más por pura gana y gusto de tropezar con las mismas piedras. O parecidas.

 
Adversidades nunca faltan. Los planes son imperfectos y las contingencias fallan. Los temores se cumplen y la vida no es tan lineal y aburrida como para que podamos simplificarla mediante planes.

 
Cuando ya la sentencia resuena en nuestros cerebros y sabemos que el cadalso es el único posible final a tanto suplicio de pensar en todas estas cosas, es ahí cuando alguien viene hacía nosotros con cara de circunstancia, se planta con cierta elegante piedad delante nuestro y nos dice, con la cara compungida por la pena y la bondad de sus corazones: “a mal tiempo buena cara” o alguno de sus derivados. Creo que este es el momento en que muchos no saben como mejor calzarse la cara de “¿por qué no te vas un poquito al carajo?”.

 
Tener Actitud (y no simple y llana actitud) implica poder cagarse en todo lo previamente dicho. Desde el constante repiqueteo de las preocupaciones del día siguiente hasta la posible rabia (o incluso alegría) ante la pena mal disimulada de quien se compadece de nuestras desgracias. Y no solo cagarse, sino también hacerlo con la elegancia de quien sigue adelante con la cabeza en alto sin dejarse amedrentar por las adversidades, simplemente dejando que las cosas no terminen por matarlo a uno puesto que los problemas tienen la magnitud que uno les da. El truco está en poder aceptar que, con la correcta Actitud, podría uno seguir por la vida con un cuchillo en el cuello y una bala incrustada en el pie sin doblar la rodilla ante nadie, como dicen en el norte.

 

– Para Helene Fechener          – Para Gustavo Sánchez

– Para Diana                                 – Para Blacky

Y una mención muy especial para:                   

– Liliana Sánchez                                        

De niño, Alejandro, no temía a la muerte. Era como un concepto muy lejano e inexistente en las posibilidades de su vida. Bien podía acabarse el mundo, pero su madre, su abuelo y sus perros estarían para siempre ahí. Pero eso solo fue hasta que Diana murió, y fue entonces que adquirió una desesperante conciencia de la mortalidad. Una especie de sentimiento de vacio avallasador que se presentaba por sorpresa y lo amedrentaba hasta el cansancio, lo dejaba con las lágrimas trancadas en el pecho y con la angustia a flor de piel. Tales eran las tortuosas visitas a los pensamientos acerca la mortalidad.

 
Diana había sido una doberman orgullosa con un complejo de madre sobreprotectora cuando se trataba de Alejandro. Su muerte había llegado tras dos días de enfermedad, al haberse quedado débil al dar a luz a una cuantiosa camada de cachorritos. Era una perra inteligente y traviesa. Se daba modos de colarse dentro de la casa, sea derribando puertas, rompiendo ventanas, aprendiendo a manejar manivelas, todo para pasar tiempo con su hijo adoptivo, su cachorro humano Alejandro. Aun antes de morir se había preocupado de mantenerse viva, hasta que el infante Alejandro se despidiese y marchase al colegio, había alargado su vida lo necesario para que Alejandro cerrase la puerta de calle y así ahorrarle el horror de la desolación al ver la vida abandonando a un ser amado.

 
La impresión lo había calado tan hondo que, pronto, la noción recién aprendida de muerte sacó más lágrimas a los ojos del niño, además de las que había derramado cuando su madre le explicó sobre la muerte de su perrita. Y entre lágrimas rogaba a su madre que no se muriese, que jamás se muriera. Y tanto rogó, que al final su madre le contó una mentira piadosa para calmar el llanto de su niño. “¿Ves este lunar en mi ojo? Quienes lo tenemos nunca moriremos” había dicho con una sonrisa en la mirada y voz conciliadora. Fue desde ese entonces que la muerte se convirtió en revisar quienes tenían aquel lunar en el ojo.

 
Fue así como no lo sorprendió cuando, mucho tiempo después, su abuelo murió. Él también le ahorro el horror de la desolación puesto que murió, tras una larga enfermedad, mientras él estaba en la escuela. Y si bien el dolor estaba ahí, además del miedo acezante, no pudo evitar pensar que hacía mucho que sabía que su abuelo moriría. Pero de la misma manera estaba consciente de que él también moriría.

 
Lo había notado días después de que su madre le revelara la verdad sobre los lunares de ojo. Se había revisado durante horas sus ojos celestes pero sin ningún éxito. Sin ningún lunar que certificase su eterna permanencia en el mundo. Y eso lo introdujo al horror de la mortalidad propia. Y su angustia pasó a preguntarse a donde se iban los muertos, a qué lugar inaudito partían los muertos ¿sería la muerte una inconsciencia infinita? ¿un espacio negro donde ni los pensamientos tenían cabida? ¿era la muerte olvidarse de existir, o era aprender a existir de otra manera?

 
Por eso se sentía más o menos curtido para cuando la tercera muerte en su vida acaeció. No era más que un adolescente cuando Blacky, su perro más viejo, murió en sus brazos, cansado del mundo en esa innatural muerte natural. En aquella ocasión, por fin, había presenciado el horror de la desolación, mismo que lo remitió a esos antiguos y perenes vacios de su infancia. La angustia absoluta ante la muerte de su perra, ante la chance de la muerte de su madre, ante la repentina realización de su propia fragilidad de mortal, ante el cese de quien en vida había sido más padre que abuelo, más consentidor que severo, más bondadoso y sensible que aquella figura mítica que su madre decía que era el abuelo. La muerte de Blacky, en cambio, fue la muerte de un hermano, fue la muerte que le hizo dar cuenta que su pobrecilla madre inmortal quedaría sola en el mundo cuando todos ellos, incluido él, se hubiesen ido. Y aquello representaba otra razón para temerle a la muerte.

 
Fue Helene quien lo cambió todo. Helene y sus verdes ojos, sus inocentes ideas, su vocecilla tierna, su belleza de mujer y su aura de niña. Helene y sus tristezas, la dicha que ella traía y la dicha que se robaba. Ella y su lunar en el ojo, uno igual al de su madre. Incluso ubicado de la misma manera. La maravilla de Alejandro por encontrar a otra alma inmortal era una sin par, como nunca más se vio en el mundo. Sabiendo inmortal a Helene, se largó a amarla con la misma intensidad con la que temía a la muerte, se lanzó a unirla a su pobre inmortal madre para que se hicieran compañía cuando el inevitablemente muriese y las dejase solas para irse a un lugar donde no podría darles de su cariño. Ni tampoco recibirlo. Aunque quizá, con algo de suerte, si estar con sus perros y su abuelo.

 
Por eso el golpe fue más profundo, poco tiempo después, cuando una voz al teléfono le anunció que Helene se había suicidado. De nuevo lo atrapó el vacio, le recordó al horror de la desolación y lo dejó estúpido ante la mala nueva de que no existía nada inmortal en la vida. Y convencido de que más allá solo esperaba un olvido tan enorme del que ningún lunar podría salvarlo.

 
Cuando se lo dijo a su madre las lágrimas le nublaron la mirada. Se encontró a si mismo todo mayor y crecido llorando en los brazos de su madre como el niño que alguna vez había sido. Llorando por su perrita y su perrito, por su abuelo y por si mismo, por Helene y su suicidio, por Helene a quien amaba, por Helene a quien extrañaba, por su madre para que nunca se fuese de su lado, por su madre para que no lo dejase solo esperando a la muerte, mientras a su alrededor todos se marchaban, lloró más que nada por la abominación de la desolación y el eterno vacio, la nada absoluta y el olvido supremo que significaban para la muerte.

 
Fue entonces que su madre lo miró con una especie de tierno reproche. Le señaló su lunar en su ojo y le dijo: “¡Ay mi tonto hijito! ¿Qué no entiendes que la vida no se trata de eso? Quizá la vida es creer que se tiene un lunar en el ojo, justamente porque nadie lo tiene.