horror_by_Cybergore

 

Cuando llegamos a la finca de los Avellardo estábamos algo cansados por la caminata desde la carretera hasta el caserón, aparte que lo habíamos hecho en medio de la noche y sin linternas ante la insistencia de Álvaro de acostumbrar los ojos a ver en la oscuridad porque, según él, había que ahorrar baterías. Fue una caminata agotadora y confusa por un camino complicado y sin sendero claro, además que la oscuridad en el campo es diferente, por esa falta de artificialidad, y no hay más luz que las estrellas, que aquella noche brillaban por su ausencia, para colmos la lluvia había creado un fango arcilloso que restaba estabilidad a nuestros pasos y los rumores de la noche nos turbaban, así como los gritos del viento que amedrentaban el coraje. Pero supongo que es más fácil ponerte cobarde cuando te piensas desamparado en medio de la nada.

Se sentía una especie de compañía no deseada a nuestro alrededor, aunque no podría especificar si éramos nosotros los no deseados, o si lo no deseado era esa incertidumbre de qué pasaba. Sin luz no se distinguía quién era quién, o qué era qué, todo se resumía en el frío penetrante y la marcha a ciegas hacia la finca, apenas vislumbrando las rocas del camino, las ramas de árboles altos y tétricos que parecían brazos de ancianos tratando de acariciarnos. Si la ausencia de luna y estrellas era inquietante, ninguno de nosotros la mencionaba, concentrados, como estábamos, en mantenernos en pie hasta llegar al “Nogal”.

Lo primero que hicimos, cuando al fin llegamos, fue lanzarnos rendidos a un antiguo sillón de la sala, mientras Álvaro se daba el trabajo de revisar la casa. Me sentía agradecido por tener electricidad en aquel ombligo del mundo, y solo me levanté a verter el contenido de mi cantimplora en la caldera que descansaba en una de las dos hornillas de la mini cocina a gas, los demás se pararon a ordenar el resto de la cocina y las camas del dormitorio principal. La mesa para doce pronto crujió ante el peso de los víveres que habíamos llevado, Eduardo llenaba con recatos la alacena húmeda con algunos de ellos y yo servía té para tres y café para uno, pues nunca puedo dormir si no tomo café. La vejez de la casa me irritaba, de alguna manera, sus muebles polvorientos y crujientes, los insectos paseándose por el piso sucio con la total libertad del abandono humano. No me sentía muy cómodo, pero siempre me gustó irme al campo para extrañar la ciudad. Eduardo y Álvaro mataban alacranes en el otro cuarto, riendo y recordando anécdotas, sus preciados viejos tiempos pues ambos habían crecido visitando frecuentemente esa finca, al igual que Edmundo, quien cocinaba algo ligero y, creo, me contaba algo acerca su carrera, o quizá cosas sobre el clima, o las estrellas… Edmundo siempre fue de esos que adoran las estrellas y le gusta hablar sobre ellas, así que lo dejaba dar su cháchara mientras yo escuchaba intranquilo a Álvaro y su risa seca ante cada alacrán muerto, preocupado por que los matasen a todos y que no pasase que en una de las sacudidas de las sabanas se escapara uno y nos matase durante la oscuridad absoluta de la noche rupestre. Luego de comer todos en paz y charlar de esto y de aquello, entre risas nos venció el sueño y nos metimos en las camas del cuarto principal. Fue linda aquella noche. Solo nosotros, disfrutando de ese auto exilio de la vida.

Antes de dormir todos juramos despertar a las siete para poder salir a caminar por el campo, pero igual nos dormimos hasta eso de las diez y despertamos para un desayuno rápido, a la par que planeábamos el resto del día. Eduardo y yo nos encargamos de ir al pueblo para hacer algunas compras, Álvaro se quedó a limpiar mientras que Edmundo llenaba la piscina.

El pueblo era un simple reducto del mundo que, al menos, estaba pavimentado, y no hacía mucho en aquel entonces. Relleno con casas que parecían de barro y que cuando uno miraba dentro eran oscuras y húmedas, poseedor de pocos y elusivos habitantes, aquel pueblo contaba con instalaciones para un mercado más grandes de lo necesario y hasta un paupérrimo hospital, sin doctor que lo atienda. El pueblo tenía un aire antiguo, imposible de ignorar en medio de aquel silencio profundo tan propio del campo. Contaba la leyenda que desde un balcón, de este pueblo, la capitana más famosa del mundo había arengado a sus tropas, en orden de enfrentar a esos demonios que los esclavizaban. Observaba yo, justamente, este balcón, pensando en lo fácil que hoy en día le resultaría a un francotirador matar a quien sea se subiese ahí, cuando sentí el primer escalofrío. Fue rápido, casi letal y me hizo mirar a mi alrededor como si el francotirador de mi mente estuviese a punto de matarme. De ahí lo recordé: “los francotiradores solo matan gente que vale la pena”.

-      ¿Ernesto?

Me despertó Eduardo de mi alerta, me señaló la tienda y fuimos con calma mientras reíamos un poco, sin pensar en nada, uan sacudido por aquel escalofrío. Creo que hablábamos algo de que cuando uno no está en casa, la rutina se vuelve tan chica y lejana que al retornar todo su peso parece capaz de matarnos, pero ahí, en el Nogal, todo quedaba tan lejos con ese cielo caluroso y la promesa de pura diversión, o de excesos que uno nunca olvida, y eso hacía que la rutina del diario vivir pareciera una nada.

La tiendita la atendía una chiquilla que hubiera sido como cualquier otra, salvo que era difImagen001erente. Su silueta recordaba a un ideal extraño para aquellos que vivían en el pueblo, puesto que nadie tenía un cuerpo como ese entre sus habitantes; incluso por el detalle del pelo negro inmaculado parecía ser tan distinta. Pero lo más increíble eran sus ojos verdes. Tenían una grandeza especial, vivaces pícaramente pero como envueltos en una capa brillante de desconfianza que se notaba tanto en esa su, maldita, claridad. ¿Qué puedo decir? Hay memorias que revives con rencor, quizá por lo que pasó pero más por lo que no pasó. No hablaba mucho, la muchacha, ni cuando le pedimos pan, ni cuando preguntamos por cerveza, ni durante la viandada o el atún. Eso sí, sonrió con alguno de mis chistes y bajó la mirada cuando puse mis ojos en los suyos. Ahí supe que la deseaba.

Mientras Eduardo visitaba la iglesia me quedé con ella para convencerla de ir a la finca.

-      ¿El Nogal?- me preguntó con duda.

-      ¡Claro! ¡Anímate! Hay piscina, habrá parrillada, te vas a divertir – dije con la cachondería oculta en un velo de cordialidad.

Ahora recuerdo que me miró a los ojos y sonrió, despertando aun más lujuria en mí, concentrando mis pensamientos en imágenes de sus curvas, sus elevaciones, la sensualidad de sus exactas carnosidades como si fuese alguna especie de necesitado. Al final pude convencerla y quedamos en que iría a eso de las seis a la finca. Regresamos, con Eduardo, rápido para ayudar a arreglarlo todo para la tarde pues en unas horas más llegaría más gente desde la ciudad. Pasamos mucho tiempo sacando basuras, revolviendo cuartos olvidados que nadie, ni el cuidador, habitaban, sorprendiéndonos ante el polvo y el desgaste de todo, riéndonos de las historias que Álvaro contaba acerca del pasado oscuro de esa región. Él, junto a Eduardo y Edmundo, eran hijos de los actuales herederos de la finca. Eduardo y Edmundo hermanos y Álvaro su primo. Durante su infancia visitaron muchas veces El Nogal, conocieron la finca cuando era más grande y desde niños se habían familiarizado con las leyendas, historias, anécdotas y lugares de aquel sitio. Siempre contaban como cazaban pajarillos, o cómo los locales actuaban frente a ellos, también me contaron historias de duendes y aparecidos, las cuales en su momento encontré ridículas. Aun de niño prefería la lógica y la aplicaba a todo lo que me decían. Mi madre era la única crédula, ella estaba feliz creyendo que yo me tragaba todo eso de Papa Noel, el Conejo de Pascua y todos esos bichos, pero nunca lo hice. Las historias de los Avellardo no eran distintas. Todo el asunto de los aparecidos, del Silbaco ese, del diablo y esa clase de pendejadas simplemente no calzaban en la estructura lógica de la realidad. De mi realidad.

A eso de las 4 terminamos de limpiar. Yo me eché a dormir un rato, hasta eso de las cinco y media que fue cuando llegaron los demás.

La fiesta prometía. Invitamos a muchísima gente que acudieron a la finca en camionetas, petas, motocicletas que dejaron parqueadas delante la entrada principal de la vieja finca, llegaron muchos invitados y otros tantos no invitados pero que igual entraron con mucha familiaridad a la casona. Amigos, desconocidos, chicas lindas, carne a montones, mucho alcohol, música, además que Renato y Benjamín habían llevado marihuana para todos, y en cantidades bíblicas. También se tomaron la molestia de llevar unos cuantos ácidos, hongos y peyote para quien quisiese hundirse en la más profunda de las inconsciencias, olvidarse definitivamente del mundo, de los alrededores, sumergirse en un viaje inútil al olvido, que fue como yo siempre lo ví y experimenté. Tan solo un viaje al falso misticismo del no-quiero-que-nada-me importe. Pero con todo éramos una fiesta épica y ruidosa, éramos tipos apurando sus bebidas y muchachas mareadas que se dejaban toquetear coquetamente por tipos igual de ebrios que ellas, éramos gritos de euforia y bocas llenas de carne sangrante con un deje de limón y grasa de parrilla, cervezas derramadas en los pisos antiguos de los patios de la anciana finca, y música moderna que los silencios de la pampa no conocían.

De hecho, fue una gran noche. Cocinamos, reímos, algunos bailaban, otros bebían, unos cuantos se iban aparte con Renato y Benjamín a perderse en esas anestesias. A eso de las seis y media llegó la chica de la tienda. La recibí contento, y algo orgulloso de las miradas de envidia tanto de chicos como de chicas. Me la llevé a un lado y la engatusé como pude, me empeñé y logré seducirla a toda costa, bajo cualquier precio. A medida que pasaba la noche, la escuchaba hablar y hablar cada vez menos tímida, le juraba no cargar demasiado su vaso mientras aumentaba las dosis de ron y bajaba el nivel de refresco. Se llamaba Amanda, en honor a una madrina española que tenía, esa noche me contó que su madre siempre le repetía que esa madrina era su madre verdadera, pues su padre era un puto de aquellos. Lo cual, viéndola, tenía sentido pues sus rasgos eran muy distintos, pese a que conservaban cierto aire parecido, a los lugareños, especialmente en su piel morena tan suave a la vista, y al tacto como pude notar cuando la toqué por primera vez en su vida. Cuando nos quedamos solos me la llevé a la piscina y me apresuré a tenerla desnuda y solo para mí, quitándole la chance a otro hombre de ser el primero al ver un rastro de sangre en el agua. Solos, los dos, en una entrega bizarra, placenteramente gozosa. Puro promesas vacías mías, palabras que la compraban para seguir probando su piel morena y esos sus ojos brillantes, completamente seguro de que en una semana me iría del Nogal y no volvería a verla nunca más.

Cuando desperté estaba avanzada la mañana. Me sentía observado. Me encontraba en la habitación principal, enfrente mío dormía Eduardo en un catre viejo y astillado, a su izquierda estaba Edmundo tumbado en la cama con dosel como elefante muerto, junto a una chica que no logré reconocer, fue mientras buscaba a Álvaro en la cama de la derecha que descubrí, a mi lado, la mirada de Amanda cargada de una sonrisa ligera. Y al recordar la noche anterior, sonreí también. No me molestó mucho que siguiese ahí, después de todo estaríamos seis días más en el Nogal y tenerla cerca a lo mejor hasta resultaba grato. Me paré y fui a la huerta a orinar, reparando en que me preocupaba un poco que la pobre tuviese algún desliz con su interpretación de mis intenciones, pero esos pensamientos desaparecieron cuando ella se presentó en la cocina mientras yo calentaba agua para el desayuno. Estaba completamente vestida y parecía dispuesta a escabullirse. Recuerdo haber pensado “genial, esta chica lo entendió todo bien”, no quería tenerla cerca si no iba a ser para divertirnos. Es como cuando acaricias a un perro callejero, pues es probable que te siga en busca de más caricias. Pero yo no quería esa responsabilidad. Yo solo quería vivir tranquilo y feliz, sin preocupaciones ni sufrimientos. Me acerqué para darle un beso de despedida en la mejilla pero de algún modo terminamos enrollados sobre la mesa del comedor, como si no tuviésemos control de nuestros actos.

Tras terminar, ella se vistió nuevamente y se encaminó a la puerta trasera de la finca, decidí escoltarla pretendiendo caballerosidad, haciendo quizá algún comentario estúpido, o tal vez sugiriéndole venir otro día, hasta que llegamos al umbral de la puerta trasera y nos vimos, ambos, paralizados por un miedo extraño pero intenso, tan descorazonantemente fuerte que solo 1010100_10152287841325281_1685268524_npudimos congelarnos por un rato. El sol quemaba la pampa, el sonido de muchas abejas perforaba la extraña calma, el verde de las plantas parecía brillar con un fulgor cegador y hermoso mientras nosotros, congelados en el umbral de aquella puerta, temblábamos ligeramente, sudando frío y con expresiones blancas y de sorpresa. Finalmente, al movernos nuevamente, automáticamente nos tomamos de la mano y entramos de nuevo a la cocina. Ella temblaba. Yo también. La abracé y ella me besó.

A nadie le pareció raro que Amanda se quedase, tal vez porque del otro cuarto salieron cinco amigos más y en el patio había otros tres durmiendo la mona. Desayunamos todos juntos, y no se podía negar el ambiente festivo pero no exento de la resaca. Aquel miedo parecía una lejana memoria, para mí y para amanda, y el único sombrío era Camilo quien, tras despertar en el patio, se unió al desayuno y bebía su café con una mirada trepidante y ausente.

Álvaro recordaba, en voz alta, los pormenores de la noche anterior, y no dejaba en paz a Eduardo pues creía haberlo visto con una amiga suya, haciéndose la burla ruidosamente, a propósito de ello. Tal vez por eso fue tan descolocadora la pregunta de Camilo, ¿o sería su tono de voz? ¿su mirada desquiciada y perdida en un punto sucio de la pared de la casona?, hubo algo en él que nos extrañó cuando se paró y preguntó:

-      ¿Alguien sabe quién era el de rojo?

-      ¿De rojo? Que yo recuerde no vi a nadie usando rojo anoche. – contestó Álvaro con una sonrisa cordial.

-      Te digo que vi a un tipo vestido de rojo- dijo Camilo con un tono que sonaba a súplica, sus ojos estaban muy abiertos y su mano izquierda se cerró como un puño. Su consternación empezaba a preocuparnos. Nadie recordaba a nadie de rojo.

-      ¿Qué hay del cuidador?- preguntó una chica con cara de sueño. Amanda se apretó contra mía.

-      No, el cuidador se fue de viaje ayer cuando llegamos. – respondió distraídamente Edmundo.

Todos callamos. Nadie parecía muy deseoso de crearse un misterio tan temprano, sobre todo después de semejante fiesta. Álvaro intentaba retomar el ambiente festivo, Eduardo parecía deseoso de seguir durmiendo, Edmundo le miraba el escote a la chica con la que había pasado la noche, los demás en silencio. Al final alguien sugirió ver las fotos para comprobar lo que Camilo decía. Mientras Eduardo iba por la cámara, todos guardamos un profundo silencio. Teníamos ganas de reírnos, pero Camilo parecía tan turbado que ni siquiera esas ganas podían contra la pesadez de su ánimo. Cuando empezamos a ver las fotos, sin embargo, no pudimos evitar reírnos ante las cosas que veíamos, o que decía alguno de los presentes, menos Camilo que miraba expectante y desorbitado. Habían fotos de la parrilla, Eduardo riendo, Álvaro sin polera saltando a la piscina, yo secando un shot de tequila, Amanda posando sonriente y sugerentemente, una foto que una chica maldijo porque salía con los ojos cerrados, la fogata, y así hasta que llegamos a una foto curiosa: muchos sentados alrededor de la fogata que había preparado Edmundo, riendo y gritando felices. Lo curioso era Camilo brindando con un tipo bajito que estaba de espaldas a la foto y vestía un traje rojo. Sus pelos canosos eran lo único que se veía de su cabeza. Nadie lo reconoció, no aparecía en otras fotos. Todos se preguntaron por su identidad, pero al no poder llegar a respuesta alguna simplemente nos conformamos con pensar que era un viejo colado.

Después de un rato algunos se marcharon a la ciudad. Solo Camilo, mi amiga Érica y Benjamín prefirieron quedarse. El resto del día pasó en el letargo de la resaca; Edmundo dormía, Eduardo escuchaba música romántica con sus audífonos, Álvaro salió en busca de perdigones y yo jugueteaba con Amanda. Por su lado, Camilo revisaba las fotos una y otra vez inquietando a Érica, quien se quejaba en voz alta de la actitud de Camilo. Benjamín, aburrido de esas quejas, optó por fumarse un porro y echarse a ver el cielo embobado. Todo el día pasó en una calma intensa donde incluso si nacía la idea de hacer algo, moría en los labios de quien la propusiese, como si todos deseáramos mantener aquella absurda quietud. Fue una tarde de muertos, de calor infernal y de un letargo como nunca sentí después. Sse sentía horriblemente irremediable, como si ni siquiera aferrarme al cuerpo de Amanda y esforzarnos en hacer ruido nos ayudase a escapar del silencio.

Por la noche escuchamos una risa. Calentábamos las sobras del día anterior al son de esta risa, una de esas forzadas y malintencionadas. Camilo no tenía hambre, parecía enfermo y no pudo parar de vomitar en todo aquel día, se lo veía triste y nos pedía que lo dejáramos solo. Después de un rato nos dimos cuenta que cuando se apartaba de nuestro lado, recién comenzaban las risas. Érica sugirió que Camilo se hacía el gracioso y que no le prestemos atención. No necesitaba decirlo, sentíamos mucha desesperante calma en el ambiente como para ocuparnos de los desvaríos de alguien.

Dormimos en la misma disposición que la noche anterior. Eduardo frente mío pero a la derecha, Edmundo frente mío pero mirando a Eduardo, Álvaro a mi derecha y yo con Amanda. Fue la primera vez que el miedo me quitó el sueño. Me era tan extraño y nuevo el estar en la oscuridad sin poder sentirme tranquilo, envuelto por esa tan palpable negrura, y pese a que sabía jhtgjgfque Amanda dormía a mi lado, pese a que recordaba la distribución de mis amigos en la habitación, pese a todo eso, la oscuridad era tan extrema que no podía recordarlo, ni siquiera podía ver mis manos pero sentía que podía tocar a la oscuridad y que la oscuridad me tocaba a mí, y los dos temíamos al otro. Lo de verdad inquietante era que Amanda me abrazaba pero yo no la sentía. Solo podía sentir un desamparo en el mundo y no lograba encontrar nada en mis pensamientos que me diese indicios de mi vida previa, me abandoné a la desesperanza sin dormir y angustiado, dedicándole mis pensamientos a la brevedad de la vida y a la tortuosa reflexión acerca qué pasaría una vez yo muerto. Edmundo diría el cielo o el infierno, pero yo diría que no sabemos, diría que hay certezas demasiado absolutas como para ser ciertas. Y en esa oscuridad, el miedo a la nada se intensificaba por una risa maldita que viajaba en medio de esa ceguera forzada, obligándome a llorar hasta caer dormido.

Fuí el primero en despertar. Estaba abrazado de Amanda y no quise pararme. Vi que Álvaro estaba despertando y que tampoco parecía querer pararse. Nos quedamos en silencio. Tras un rato Eduardo despertó, y también se quedó callado esperando, hasta que Edmundo despertó casi al mismo tiempo que Amanda. Nadie habló, ni nos movimos, tan solo nos quedamos esperando, como si lo supiésemos de antemano, casi como si estuviésemos esperando el grito tremendo que vino del cuarto de al lado. Recuerdo haberme parado y vestido con calma. Eduardo y Edmundo salieron en pijamas y a toda prisa, Álvaro buscó primero su cuchillo y tras ello se apresuró al otro cuarto, ero yo seguía vistiéndome con calma, y una vez que estuve bien vestido dejé a Amanda en la cama y me dirigí al sitio del grito. Estaba Camilo tirado en su cama con las venas abiertas, la sangre fluía como una maldita fuente de agua, esparciéndose por el cuarto y hasta, incluso, manchando el techo. Era posible vislumbrar los huesos de Camilo a través de las heridas, estaba desnudo y tenía marcas de mordidas casi humanas por todo el pecho. Lo peor era su expresión, sus ojos abiertos y en blanco con lágrimas aun cayéndole copiosamente, como si estuviese vivo pese a la ridícula gravedad de sus heridas. Quise gritar ante su boca torcida que contenía un estertor, su escalofriante aire de absoluto horror en vida y ese mirar que brillaba con una chispa de vida, aun cuando comprobamos que no tenía pulso o latidos. Érica lloraba petrificada en su cama, vomitaba pero no parecía darse cuenta de ello, Benjamín miraba al suelo repitiendo algo que no logré entender. Entre Álvaro y Edmundo calmaron a esos dos, mientras Eduardo y yo revisábamos el cadáver. Las heridas estaban hechas con violencia profunda, era como un descuartizamiento incompleto. Sentí que Álvaro y Edmundo llevaban a Érica y Benjamín a la cocina para que, rato después, un grito histérico nos urgiese a correr a nosotros también hasta ahí.

Sentado en la mesa estaba un enano de gran nariz. Vestía un entero de color rojo con una capa negra, en sus manos arrugadas y filosas sostenía un sombrero de copa muy desgastado. Sus ojos nos analizaban con picardía, de rato en rato se llevaba a la boca una taza de peltre, ocultando por un rato su sonrisa terrorífica y amplia que dejaba ver una serie de colmillos afilados.

-      ¡Aaah! Buenos días- dijo con una voz ronca, aguda y un tanto cantada.

Nos mantuvimos callados ante el asombro. Ver su cara arrugada y su narizota era, de algún modo, una confirmación de que la sanidad era algo del pasado.

-      Dije: “Buenos días”. Lo educado es que me saluden de vuelta.

Érica rompió a llorar, Álvaro y Eduardo saludaron débilmente, Benjamín vomitó sobre Edmundo y yo corrí donde Amanda, quien temblaba sin saber por qué.

El extraño ser nos hizo sentar en la mesa. Nos miraba burlonamente mientras cada quién hacía lo imposible por no mirarlo.

-      ¡Aaah! Pues me presentaré. Les diría mi nombre pero es algo que humanos estúpidos no podrían pronunciar, algo demasiado sublime y exquisito, digno de los duendes, como para que un humano lo sepa en toda su magnitud. Pero supongo que debo darles un nombre. Pueden llamarme el Duende Sombrerero.

Lo dijo con un canturreo molesto para su voz carrasposa, casi como una dicha arrogante. Sin embargo lo que más nos sorprendió fue que se presentase, justamente, como una de las criaturas de las historias del campo. El duende sombrerero era una criatura que raptaba niños y se los comía, contaba la leyenda que disfrutaba, especialmente, los pequeños dedos de los cAskCnwniños que deambulan muy lejos de casa. Se decía que era un monstruo astuto y engañoso, que se ocultaba para cazar sus presas y que no se dejaba ver por los humanos. Pero ahí estaba uno, sentado en la cocina de los Avellardo, a pocos metros de donde Camilo yacía en su horroroso lecho de muerte.

 

-      Los he salvado- dijo el Duende mientras sacaba una gran pipa. Todos callamos, solo se escuchaban los sollozos de Érica- Los rescaté de sus muertes.

Una expresión de ira se dibujó en la cara del Duende tras esperar vanamente una respuesta. Presintiendo el peligro Edmundo preguntó, en medio de un tartamudeo, por qué decía eso. La expresión del Duende se suavizó y esbozó una amplia sonrisa.

-      Mi amigo… él vino por la noche y quiso devorarlos. Pero lo contuve, oh sí oh sí, vaya que contuve a ese sanguinario carnívoro.

-      ¿Tu amigo o tú?- pregunté con rabia en la voz y la mirada.

-      ¡Aaah! ¡Ernesto! Te he estado viendo. Tú deberías haber nacido duende – contestó en medio de una carcajada – pero, de hecho, los he salvado. Verán, mi amigo siente un placer especial por masticar los miembros de su víctima, disfrutándolos lentamente. Y sé de buena fuente que siempre está añorando ser bañado en la purificante sangre que expulsan ustedes, los humanos, cuando los descuartizamos. – prendió su pipa y se quedó mirando fijamente a Érica llorando. Así nos quedamos por un rato hasta que nos obligó a todos a fumar con él, tras ello se puso su sombrero y salió por la puerta trasera de la cocina que daba a la huerta.

La pampa sonaba a silencio. Desde el balcón del patio observábamos aturdidos la pampa con las montañas de fondo. Érica aun lloraba a mares, de rato en rato le venían espasmos espumosos e incontenibles, Benjamín optó por fumarse hierba hasta que su mirada se ausentó, Álvaro sacó el viejo rifle de su abuelo y se dedicó a darle mantenimiento, Eduardo rezaba con toda su ruidosa fe, Amanda estaba desmayada en un sillón, Edmundo y yo mirábamos al vacío en silencio. Creo que ambos buscábamos lógica a lo que habíamos visto. Al menos yo lo hacía, con una confusión creciente y desesperante.

Después de que se marchase el Duende hubo un caos tremendo. Nadie sabía qué hacer, o a qué atenerse cuando ya no escuchamos su risa. Nadie quería volver a ver el cadáver de Camilo pero, a eso de las diez de la mañana, llegó Santiago Mataindios, el famoso amigo del Duende, a comerse el cadáver. Apareció con su atuendo igual al de la estatua de la iglesia. Es más, parecía una de ellas pero más grande, debía de tener unos dos metros de altura, su piel era, también, como las de las estatuas de la iglesia, parecía hecha de cerámica y yeso, lo cual le daba un aire más inquietante ¿Qué tan a menudo un objeto como esos camina? Nunca. E igual lo vimos llegar, desde el balcón, con lentitud golémica, dejándonos paralizados ante su presencia. Pateó la puerta para abrirla, subió hasta donde Edmundo y yo mirábamos sin movernos, nos hizo un saludo sacándose el sombrero. Sus ojos de estatua estaban fijos en nosotros. Sin vida y con esa imposibilidad de movimiento, sus ojos se posaron de una manera tal, que descubrí que Edmundo y yo estábamos llorando ante la mera vista. La boca de Santiago Mataindios se abrió ligeramente, como la de una marioneta, y de allí salió un sonido como un gruñido de animal furioso y moribundo que aun nos persigue. Tras su saludo descendió con calma y se encerró en la casa ante la sorpresa de todos. No pasó mucho hasta que escuchamos mordidas, huesos rotos, líquido escurriéndose entre los dedos de Santiago y sus gruñidos ansiosos. Dos horas más tarde salió inmaculado, nos saludó de nuevo y se marchó. Nadie quiso entrar a la casa por un rato. Cuando finalmente lo hicimos, no pudimos encontrar rastro alguno de la existencia de Camilo, ni una sola mancha, ni un solo trozo de su ser, ni siquiera sus cosas, como si nunca hubiese venido.

 

XXXXXXX

 

La sequía azotaba la pampa desde hacía tres semanas. Para nosotros esto era crítico, pues hacía unos días que pudimos confirmar que Amanda estaba embarazada. Al principio nos asustamos porque sin agua, ni comida, era muy difícil cuidarla adecuadamente. Pero el Duende nos ayudó. Aparecía por las noches con una bolsa llena de manjares que solo Amanda podía comer, nosotros teníamos que comprar nuestra comida del pueblo y el dinero no era exactamente abundante. Cada día Santiago Mataindios nos traía dos grandes baldes con agua, se aparecía por la puerta trasera, la abría violentamente y dejaba los baldes en pleno patio, siempre con esa inexpresividad que me parecía hambre, yéndose con la misma velocidad con que llegaba. Por las tardes nos visitaba el Duende. Se quedaba horas charlando con cada uno, por lo general pregonaba su talento para cocinar, 551478_10151540104409835_181291349_ndescribía “suculentos” platos de niños asados, freídos, al horno, en aceite, en sus propios jugos, rellenos de vegetales y especias que solo los duendes conocen, o sopa de ojos y, su favorito, deditos acaramelados. Álvaro lo odiaba, no soportaba sus comentarios sardónicos ni sus alusiones al mundo de los duendes. A mí no me molestaba tanto, pero me sentía intimidado por su modo de mirarme cuando estaba con Amanda, me inquietaba también su manera constante de buscarme, charlarme como si fuese un amigo perdido instándome a fumar pipa con él, mirándome con malicia y sonreír mientras mencionaba que yo habría sido un grande entre los duendes con esa su voz de gallo. Eduardo y Edmundo estaban más espantados con Santiago el apóstol, quien a veces venía con el Duende y se sentaba silente a escuchar nuestras conversaciones mirando a la nada, comiéndose algún animalito muerto o algún miembro humano, casi con distracción.

El calor era cada día peor. En el pueblo corría el rumor de que el diablo se paseaba por los alrededores quemando cruces, y una viuda afirmaba haberlo visto orinar en el agua bendita de la iglesia. La pobre anciana lo gritó por las calles desiertas del pueblito, e incluso llegó a culpar al diablo de ese calor infernal pero nadie salió a escucharla por mucho que sabían que no mentía, ni exageraba. Al día siguiente se encontraron huellas descomunales marcadas en el duro concreto de la plaza y el cura bendijo cada esquina de pueblo solo para que se escuchase una carcajada burlona esa misma noche.

No mucho después el Duende lo invitó a nuestra mesa. Todas las noches, mientras el Duende alimentaba a Amanda con su bolsa de manjares, nosotros comíamos lo que podíamos en compañía de Santiago, pero desde entonces se nos unió la mole imponente del Diablo. Parecía un gigantesco fisicoculturista, sus músculos era tan abultados y marcados que asqueaba, tenía ojos completamente blancos, bigotes finos y cuernos gigantescos, se sentó junto a Santiago el apóstol y entre ambos se devoraron a la mujer gorda del pueblo. Era un charlatán, hablaba hasta por los codos y siempre decía la cosa adecuada, sus chistes eran muy buenos y hasta su olor era delicioso y adictivo, a diferencia de Santiago que dejaba un olor a azufre intenso.

El Diablo nunca se marchó. Más bien se acomodó en la antigua cama de Camilo para el horror de Érica y Benjamín. Después de eso, cada mañana se los notaba nerviosos y fatigados, a punto de llorar o gritar, pero el Diablo siempre bien, manteniéndose fresco y con su encantador carisma. Se levantaba tarde y salía hasta la noche, regresaba cuando Érica estaba a punto de dormirse entre sollozos, la levantaba y los obligaba a rezar, junto a él, tres padres nuestros, seis aves marías y un credo. Una noche trajo más inquilinos para “El Nogal”: varios súcubos y un íncubo que se acomodaron en distintas partes, algunos afuera, otros adentro, lo más se metían en nuestras camas o nos llamaban a las suyas con sus miradas de ojos falsos que nos invitaban a creer en su amor. Solo Benjamín cedió cuando no pudo más, pero cuando lo vimos al día siguiente lo encontramos drogado con todo lo que había podido traer o encontrar, dándole a su presencia un aire de retardo y el Diablo que se reía frotándose las manos con ansia, complacido por verlo en semejante estado.

 

XXXXXXX

 

Pese a no tener control médico, Amanda iba por su cuarto mes con aparente lozanía y hasta felicidad. Me sorprendía lo resistente que era a los monstruos que desfilaban en sus narices cada día. No mucho después del Diablo y su séquito infernal, fueron llegando fantasmas y condenados, cosas amarillas con miles de ojos que daban la impresión de saber algo de cada uno de nosotros, y después la insoportable presencia de la Achalay y su séquito de ninfas y sirenas, además de mil ciraturas y pesadillas indescriptibles que se paseaban por la casona y los patios.

Las noches se tornaron en terribles y no estoy muy seguro cómo sobrevivimos a lo que pasamos durante todo ese tiempo, porque tampoco existía el tiempo, parecía alargado e irresoluto, como un susurro que intentábamos escuchar. El Diablo y los suyos se perdían en ruidosas fiestas en que se divertían burlándose de nosotros, en actos impensables con todas esas bellas ninfas y sirenas, mismas que después nos buscaban y trataban de tentarnos. Cada día una nueva criatura se nos acercaba, uno de esos días pude ver un insecto del tamaño de un caballo trepándose a mi cama, mientras yo me orinaba inevitablemente, llorando a mares y maldiciendo la vida. Alrededor del segundo mes se instaló una niñita que pedía a gritos sus muñecas a una bailarina de ballet con piernas de cabra. En el pueblo nos llamaban “los malditos”, se decía que en el Nogal se respiraba un aire pesado, se rumoreaba que quien sea que estuviese por las cercanías desaparecía. El Duende decía que la culpa era de Edmundo, Eduardo, Álvaro y mía por nuestro aspecto: pálidos, sin bañarnos pero por la falta de agua, barbudos, olorosos, flacos, cansados y con una eterna cara de sufrimiento. El único momento que recuerdo haber sonreído fue cuando encontramos un tapado y no tuvimos que trabajar más. Ya por el sexto mes el pueblo entero se escondía a nuestro paso. Esto desesperaba sobre todo a Eduardo, según él eso solo levantaba una duda en su cabeza ¿estábamos vivos o muertos?

Personalmente no me importaba si estábamos vivos o muertos, tampoco me importaba el tiempo, ni el trabajo o el hambre. Me importaba la oscuridad, me importaba Amanda. Todo aquello era más ficción que terror. Así lo vemos hoy al menos. En su momento sufrimos por las muchas noches sin dormir, aterrados de cada habitante de la puta finca y escapábamos a largas caminatas por el campo hasta que nos deshidratábamos sudando, la mayoría de las veces nos seguía alguno de esos y se burlaba 1655915_10152300932604835_1014388940_nde nosotros con risas estridentes, igual que cuando regresábamos solo para quedar atrapados en sus fiestas interminables, pero cuando la panza de Amanda se hizo muy grande ya ni escapar podíamos. Ella estaba en su séptimo mes y parecía ilusionada, hasta planeaba llamar al bebé Ernesto como yo, su padre, o Sara si salía mujercita, como su madre-madrina española. Se preocupaba de comer bien, de cuidarse de hacer esfuerzos o cualquier asunto que la pusiese en riesgo de abortar, y el Duende también se preocupaba por ella. La acompañaba todo el día, charlándole para entretenerla, viendo si se encontraba cómoda, sirviéndole lujosos y deliciosos platos, y se portaba raro cuando yo estaba ahí. Todo era raro, por Satanás y Amanda no notaba nada, estaba tan feliz por su bebé que no notaba a las criaturas que vivían en la finca. Era todo tan bizarro al punto que Amanda solía recibirme cariñosa y alegre, deseosa de mimar y ser mimada como si fuéramos una pareja normal y no rehenes de todas esas criaturas. Me veía flaco, deshidratado, ojeroso y asustado pero me daba besitos tiernos, me preparaba sopas reconfortantes y me decía palabras hermosas, aparte me contaba su día, me hablaba del Duende como su mejor amigo y lo invitaba a comer con nosotros, pese a que él siempre declinaba probar bocado y prefería quedarse mirándome malicioso, sonriendo ampliamente con sus dientes de aguja y haciendo comentarios de doble sentido, sugiriendo que yo debería de haber nacido duende, fumando su pipa y carcajeándose suavemente de algún secreto.

Siete meses. A los siete meses yo me entregué a beber y beber sabiendo que nunca cesaría de tener sed. Edmundo, por su lado, parecía contrariado. Lo cierto es que nadie dormía mucho, pero creo que eso le afectaba mucho más a él, encima aseguraba que la Achalay se metía a su cama y lo tentaba todas las noches. Eduardo juraba que encerrándose en la capilla de la finca estaba protegido, pero eso le duró hasta que los sirios empezaron a flotar solitos y de la estatua de la virgen salieron gusanos con patas y dientes que le arrancaron un dedo del pie, cuando eso pasó decidimos dormir todos cerca al río, pero ahí los aparecidos no dejaban de mostrar sus desfiguradas formas y ahuyentaban la cordura y el sueño, entonces nos largábamos al pueblo a fumar en la plaza principal; y nadie se nos acercaba, nadie quería estar en contacto con nosotros, los maldecidos. Para ese entonces Álvaro ya acompañaba a Santiago a cazar, el uno iba con su rifle de la guerra del Chaco y el otro en su caballo blanco como el hielo, con su espada bañada en sangre de indios. Ericka estaba muerta una semana ya, no había podido soportar al miembro de un diablo que una de esas noches había decidido violarla. Lo peor fue verla colgando de la pelvis de aquel demonio durante días y días porque el muy ‘joputa le daba risa tenerla como ornamento. Benjamín murió de sobredosis y entre Santiago y el Diablo se dieron un festín con su cuerpo, luego caminaron por la pampa totalmente drogados de tanta droga que había en el cuerpo del tonto de Benjamín.

Edmundo se repetía que estábamos muertos, creo que lo hacía como excusa para dejarse convencer por la Achalay sin miedo al deliquio mortal pero sin sucumbir nunca, Álvaro se protegía enseñándole usar el rifle a Santiago mientras los demonios se reían de Eduardo rezando empecinadamente. Por esos tiempos le agarré un gran cariño a Amanda, para mediados de su séptimo mes conocía gran parte de su vida y secretos que ella me había confiado, todos esos pensamientos tan suyos, muy suyos, que me ahuyentaban la realidad horrible y me hacían quererla, dejarme convencer con las bellezas de la paternidad y hasta desear que de una vez salga ese niño o niña. Para el octavo mes todo era Amanda y poco me preocupaba de la vida de los demás, y tal vez por eso no noté que el silencio de la pampa se iba llenando cada vez más y más de seres innombrables y ruidos inefables. Los días se fueron llenando de un calor intenso que parecía incendiar el pasto que dejaba ese color verdoso para dar paso a un amarillo opaco que al tacto era demasiado seco y áspero, y para colmos la Achalay convocaba a las ninfas y sirenas y las hacía danzar en el patio principal de la finca, como si con el sol no bastara para esas presencias seductoras que insistían en elevar las temperaturas más aun. Pero yo no miraba mucho ese espectáculo, yo me perdía más en que todo me sonaba a Amanda. Y ahora lo pienso y lo sobrepienso y siento que debí hablar más con el Duende. Debí tragarme el miedo y preguntarle cosas, sacarle cuanto pudiese de lo que nos rodeaba, a lo mejor hasta podríamos haber visto venir más cosas, no sé. Incluso creo que habríamos tenido menos miedo, especialmente de Santiago, quien cada día estaba más inquieto, y quien después de dominar el uso del rifle inmediatamente se sentó en una piedra del segundo patio y se quedó inmóvil. Era impresionante ver esos ojos, pintados sobre el yeso y la cerámica, estar así de quietos, estando cerca a él se respiraba un aire que cortaba el pecho y provocaba mucho frío en todas partes. Era casi fantasmal verlo sin moverse bajo las luces de la mañana, o al crepitar de los fuegos que provocaban las orgías de los muchos seres que invadieron la finca, era hasta insoportable esperar el momento en que posaría los ojos sobre uno y se lanzaría a toda velocidad para devorar la carne de nuestros huesos débiles. Los chicos pasaban todo el tiempo en aquel patio con la esperanza de que Santiago tuviese hambre, pero yo me encerraba en el cuarto de Amanda y le acariciaba el vientre, se lo besaba, le susurraba promesas y me quedaba callado cuando el Duende dejaba de lado sus obligaciones y modales de anfitrión y entraba al cuarto, a veces acompañado por alguna criatura a la que le susurraba cosas mientras yo podía sentir una atención asesina posada en mi persona, en mi debilitado ser que ya no podía dormir a ninguna hora, un ente cognoscente cuyo cuerpo no podía reconocer sus propias funciones, que vivía cada momento de la realidad como un soñador atrapado en una pesadilla que nunca cesaba, que parecía alargarse durante décadas y décadas pero sin jamás moverse, un trozo de carne que sabía que nada de aquello era real pero que se electrizaba cada vez que algo le demostraba que todo era cierto, que la realidad y el horror eran el mismo espacio vacío al que miraba a cada segundo y que ese espacio avanzaba y devoraba todo a su paso en una orgía de sangre, intestinos y llanto.

Era todo un círculo. Esa maldita realidad cíclica que le decían. Todos los días las mismas pesadillas se repetían en las caderas de las ninfas, los senos de las sirenas, los ojos de la Achalay, en los tentáculos que salían de los suelos, o de las extremidades de manchas borrosas que se deslizaban por las piedras y las maderas, por el pasto seco y la tierra mojada de las babas de bestias enormes y hediondas, con la sangre de demonios, de insectos, o los excrementos de humanoides. Cada día era el mismo y hasta era automático. Nos movíamos entre las pesadillas sin chistar, les traíamos aquello que nos ordenaban llevarles, los dejábamos amenazar con vejarnos y vilipendiarnos y luego cargábamos los cadáveres de lo que quedaba del pueblo y los apilábamos cerca a la plaza principal. Y los pueblerinos nunca se extinguían, las pesadillas nunca paraban, los demonios nunca descendían, Amanda no paría y ni Santiago se movía.

Un día apilábamos cuerpos cercenados, todo manchados en sangre, sudando y oliendo mal, nuestros cuerpos magullados apenas podían moverse a sí mismos por lo que cargar con esos trozos de carne muerta resultaba tortuoso. Había algo en el aire que nunca habíamos olido antes, pero que luego supimos se debía a la falta de gente dentro las casas. Estábamos en un pueblo silencioso que solo hedía a podrido y ya no a miedo. Antes podíamos escuchar los susurros asustados dentro de cada puerta y ventana, pero ahora solo veíamos las almas en pena quejarse adoloridas y sin posibilidad de muerte. Pero no era solo eso, había algo más en las estructuras de los tiempos y los susurros del viento, notaba algo distinto en las miradas de Eduardo, Edmundo y Álvaro, y el mismo camino que recorríamos, en esa eternidad, del pueblo a la finca, de la finca al pueblo, parecía haber cambiado de colores. Los cafés enlodados y los mostazas de paja pasaron a ser guindos rocosos y gris cielo, olía a sudor, todo olía a sudor y a sexo, como si una fiesta estuviese pasando, como si el calor trajese el hedor de los cadáveres descomponiéndose en la plaza del pueblo. Y fue en un desvío del camino entre el pueblo y la finca que nos encontramos con el Duende, sentado en una roca enorme que el río había traído hacía muchos años. No habló. Solo sonreía con sus dientes de aguja y miraba al cielo con paz en el rostro. Era casi religioso ver aquel rostro arrugado y horrible inundado por paz, Eduardo jura que era como si el Duende hubiese visto la cara de Dios, pero nadie que vea eso no podría continuar su vida sin perderse en el horror. Pasó un rato así, y luego se fijo en todos nosotros y no dijo nada. No habló. Volvió a sonreír y a by Bruno Nacifmirar al cielo. El atardecer lluvioso nos obligó a movernos rápido por la luz blanca que se proyectaba en la pampa y que parecía exenta de los brillos lúgubres de las criaturas y sus festejos. El calor había desaparecido y ya no sudábamos sino que nos mojábamos en la, cada vez un poco más, torrencial lluvia. Y era como si los cielos limpiaran la suciedad de mi cuerpo, de los cuerpos de mis amigos, el olor a sudor desaparecía y en su lugar mi nariz se inundaba de ese aroma a tierra y pasto mojados; Edmundo jura que el pasto seco se iba pintando de verde a medida que la lluvia lo empapaba, y puedo creerle porque aquella lluvia parecía una irrealidad hecha real, esa lluvia desbordaba el río teñido de rojo carmesí en cuya fuerte corriente se podían ver trozos de personas o partes indescriptibles de aquellas pesadillas, quienes se mataban las unas a las otras en los patios de la finca. Recuerdo que nos quedamos en el umbral de la puerta trasera de la finca, mojándonos en la lluvia, descansando de alguna forma pues fuera del rumor de las gotas no había otro sonido a nuestro alrededor y cuando entramos vimos a todas aquellas criaturas durmientes, descansando en paz como si fuera una tarde de verano, echados a lo largo de los patios, algunos roncando, otros abrazados entre sí, era totalmente inenarrable ver a todos esos monstruos en semejantes actitudes, como si fueran gente de bien, como si todo un pueblo no yaciera muerto en su propia plaza, como si el río teñido de sangre no fuera un espectáculo para helar el alma. Nos fuimos a buscar a Amanda y al pasar por el segundo patio comprobamos que Santiago seguía ahí, completamente inmóvil, pero con una ligera sonrisa en su cara de estatua. Entramos pero no encontrábamos a Amanda por ninguna parte, y un presentimiento funesto se apoderaba de todos nosotros. Tranquilamente salimos de la durmiente finca y corrimos por el sendero a buscar al Duende.

Quizá no la vi antes, quizá nos distrajimos tanto con la paz y quietud en el rostro del Duende que no nos fijamos en nuestro alrededor, no notamos las manchas oscuras en la piedra gigantesca que había traído el río, o tal vez el rojo del río nos acostumbró tanto que ni siquiera notamos las tonalidades de rojo mezclándose con el verde y el amarillo del pasto, con el café de la tierra, con el gris y blanco del cielo, con el transparente de la lluvia o el guindo y beige de las hojas. Asumo que estábamos tan cansados y demolidos que ya no era raro observar partes humanas por doquier y pienso que ya después de un rato no las veíamos, las bloqueábamos de nuestras miradas porque mirarlas era horrorizarse y ya no nos alcanzaban las fuerzas para tener miedo. Pero cuando retornamos a la piedra lo vimos. Lo vimos y Edmundo vomitó, Álvaro apartó la mirada mientras que Eduardo y yo lloramos. Sobre un montoncito de pasto arrancado, en la base de la piedra gigantesca, descansaba el cuerpo de Amanda. Desnuda con la piel, antes morena, ahora blanca como la leche, con un fulgor en cada centímetro de su cuerpo, las piernas largas contrastadas por pequeñas gotas rojas y algo de tierra, los brazos rasguñados, las manos sin dedos, los senos redondos y hermosos emanando hilillos de leche, el vientre abierto como si hubiera explotado desde dentro, su interior vacío y color carne, su rostro paralizado en terror, sus ojos abiertos y verdes con tonalidades de amarillo invadiéndolos como en un mal chiste post mortem, su pelo negro alrededor su cabeza como un sol. Amanda muerta descansaba sobre un montoncito de pasto. Y mientras Edmundo y Álvaro le ponían rosas, margaritas, lirios y jazmines, Eduardo sacó un encendedor de su bolsillo y empezó a quemar eucaliptos mientras rezaba en voz alta y yo miraba la sangre seca, los pedazos de intestinos repartidos por todas partes y escuchaba el sonido del masticar del Duende, hasta que no pude más y trepé a la piedra. El Duende me recibió con un abrazo cariñoso que me sabía a hermandad.

-      ¿Quieres? – dijo extendiéndome con su brazo derecho un pequeño brazito arrancado violentamente, a la par que se valía de su brazo y mano izquierda para devorar una regordeta piernita cubierta en placenta y sangre.

Grité. Grité hasta que dolió, lloré mirando como el Duende se reía con la boca llena y con el viento furioso acariciando mi rostro. Después vomité sobre la piedra y el Duende se reía más y más, casi atragantándose con su comida.

-      ¡Ah! ¡Deberías haberlo visto, Ernesto! ¡La fiesta se disparó! ¡Íbamos en comparsa por los patios! Y, no me vas a creer, pero Amanda vino voluntariamente mi querido Ernesto, se paró a duras penas y bailó con nosotros. Bailó tanto y con tanta fuerza que entró en labores de parto cuando nuestra comparsa pasaba por acá. – los ojos púrpuras del Duende no abandonaban los míos, sus arrugas parecían más pronunciadas ante la luz del cielo y la lluvia nos tenía calados a todos. Edmundo y Álvaro lloraban en silencio cerca de mí, Eduardo gritaba su rezo como desquiciado. – Me dio pena, créeme, me dio mucha pena. La muchachilla lloraba Ernesto, gritaba de dolor. Y te juro que si me quedé fue por buen samaritano, los demás marcharon a seguir la fiesta, y yo me quedé aquí a asistirla – su cara de bondad parecía sincera – ¿cómo, preguntas? – continuó tras mi silencio – Pues, simple. Introduje mi mano por su vientre y saqué al niño. Niña, quiero decir. Era enérgica, deberías estar orgulloso porque también era hermosa. Tenía deditos sabrositos. Suculentos, Ernesto. – una especie de locura empezaba a heder en él, en mí. – como para chuparlos por horas, los tragué ni siquiera los comí, y los de Amanda tampoco estaban mal, pero no se compara con lo suculenta que era la carne de ese bebé. Me estoy guardando el torso Ernesto, es chiquito pero carnoso. Es demasiado delicioso – la lluvia amilanó, los vientos se callaron, mis amigos seguían cerca, el Duende se puso serio, yo seguía llorando – Tu producto es excelente. A decir verdad, es lo mejor que he probado, aun los ojos tenían sabor a miel, era irreal mi queridísimo Ernesto. – el Duende acercó su rostro al mío, parecía como si estuviera a punto de besarme, podía oler la carne cruda en su aliento, podía contar los pliegues de sus arrugas. – Quédate. – susurró – Quédate con nosotros y hazme niños, puedes ser el chef principal de mis cocinas.

No respondí. Solo me quedé llorando. El Duende insistía e insistía y lo hizo hasta que le rogué que no, hasta que me volví loco gritando que por favor no. Y el Duende nunca perdió su sonrisa, ni tampoco se enojó, nos condujo de nuevo a la finca y nos dio de beber, lleno nuestros vasos de chicha, cerveza, vino y quién sabe que otros licores, nos dejamos alimentar por sus manjares y por todo aquello que solo las pesadillas devoran, nos dejamos desnudar por la Achalay y sus ninfas y sirenas, copulamos con todas ellas ya sin pensar en nuestra mortalidad, como si no estuviéramos cansados, ni tristes o enojados. Solo teníamos miedo. Eduardo, Edmundo, Álvaro, yo, todos desnudos y asustados, invadidos, siendo invadidos, registrando fugaces vistazos de las criaturas y sintiendo sus asperezas, viscosidades, la consistencia porosa de muchas pieles, o insectos entrándose a nuestras bocas. Recuerdo lenguas llenando mis intestinos y garras causando las cicatrices que aun hoy desfiguran mi espalda, recuerdo a Edmundo jadeando mientras una sirena le chupaba el cuello, a Eduardo gimiendo ante cada embate de los demonios, me recuerdo a mi mismo llenando y siendo llenado, recuerdo que ya no sentía placer después de un buen rato y que lo único que importaba era evitar que el horror me desquiciase ahí mismo.

Cuando abrí los ojos estaba en el segundo patio. Mantuve la mirada en el sol, esperando que todo hubiese sido un sueño, pese a que el ardor de las heridas en mi espalda me decía lo contrario. Me incorporé y noté que Santiago no estaba ahí, y que todas esas criaturas yacían muertas en charcos de los líquidos que segregaban sus masas corporales. Desnudo, solo, dolido, triste, horrorizado, me paseé por entre los cuerpos inertes de mil y un pesadillas y recorrí los vericuetos de la casa, los pasajes de mi memoria que ahora se asemejaban a pesadillas y cuando terminé de pensar y caminar me encontré con Santiago rematando a la última criatura en el umbral de la puerta trasera que daba al río. Estaban, tanto él como su espada, empapados en sangre y en líquidos de distintos colores, dándole un aspecto como si estuviera empapado por arcoíris de brutalidad. Santiago mascaba, se tragaba todo lo que estaba a su alcance con voracidad, desde los bellos contornos de la Achalay hasta los dedos como garras del Duende, cosas innombrables entraban por la boca de Santiago y yo observaba sentado, triste, ojeroso, viendo a la oscuridad y sintiendo que ella me veía a mí, y ambos nos temíamos. De la capilla, de la orilla del rio, de la copa de un árbol fueron saliendo Eduardo, Álvaro y Edmundo, quienes también se sentaron a ver al Mataindios aniquilando con sus fauces devoradoras. Cuando hubo terminado alguien murmuró “Dios” y Santiago se nos acercó lentamente, no nos movimos, esperamos resignados que llegase, pero solo se quedó mirándonos con sus ojos de bafometa, inexpresivo nos transmitía el vacío en sus facciones, en el fulgor del yeso y la cerámica y entonces dijo con una voz profunda y devastadora: “Soy yo”. Luego se dio la vuelta y se subió a su caballo blanco, a paso ligero se fue alejando y nosotros lo seguimos en silencio, hasta que llegó a la iglesia del pueblo y se posó en el lugar que le correspondía como imagen de santo, quedándose inmóvil en la misma posición en que lo encontramos dos años más tarde, cuando volvimos a la finca para hacer una parrillada y supimos que los nuevos habitantes del pueblo le rendían tributo cada semana.

Al salir de la iglesia volvimos a la finca, recogimos nuestras cosas, nos bañamos en las aguas del río que ya estaban menos rojas, nos vestimos y caminamos de vuelta al pueblo, donde encontramos un auto viejo y abandonado. Nos subimos sin mucha prisa y arrancamos para alejarnos del pueblo. Eduardo y yo íbamos atrás, Álvaro conducía y Edmundo iba de copiloto. Antes de llegar a la ciudad lanzamos el auto de un peñasco y proseguimos a pie hasta la ciudad donde nos recibieron con alegría y sin muchas preguntas.

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(Advertencia de spoilers)

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“Siempre pensé que era algo para que los niños hagan, mantenerlos ocupados, contarles historias de porqué están amarrando palitos.” Este casual comentario, realizado por el predicar de la congregación Afroamericana en el primer episodio, es una útil pista. Él nos habla de las Redes del Demonio, las cuales son haces de palitos unidos por cuerdas, pero en el momento exacto que pronuncia esta línea la imagen nos muestra una cruz de madera, dos palos amarrados juntos. Redes del Demonio y Cruces, ambos símbolos hechos de madera, compuestos por los mismos elementos, y poseedores de significados similares pero totalmente opuestos. Justo como una mente puede tomar la misma “realidad” y transformarla en narrativas opuestas.

Las Redes del Demonio, la religión cristiana y los detectives están conectados. Todos ellos existen, supuestamente, para repeler al mal. Específicamente, las Redes del Demonio son descritas como pasatiempos infantiles cuyo propósito es atrapar al Diablo si se acerca mucho; Cohle describe a la religión como una narrativa que absorbe el pavor de su audiencia proyectando una falsa certeza; y Cohle describe a los detectives como él y Marty como hombres malos “que mantienen a otros hombres malos de las puertas de los demás”. En cada caso hay una duda de si la intención del objeto/ritual/narrativa/autoridad para repeler a la maldad de hecho funcionó, o si es que introdujo nuevos males. La Red del Demonio parece como una manualidad infantil inofensiva, pero es asociada con el sacrificio ritual. La religión cristiana parece beneficiosa, pero es alienante para sus practicantes (piensen en los revivalistas de la carpa), a la vez que son guiados por hombres peligrosos y, posiblemente, depravados (cómo Tuttle).

Los detectives son la clave de la dramatización de esta idea de narrativas de protección contra el mal que nos formamos que son, por lo general, velos que nos escudan de ver al verdadero mal delante nuestro. Estos profesados hombres malvados, quienes cada cual a su modo viven vidas inmorales (Marty el infiel que destruye su familia, que trata mal a las mujeres, que se violenta y asesina sin pensar, quien está colmado de negación, rabia e impotencia; Cohle el pesimista que piensa que la humanidad merece apagarse, que puede hacer “cosas terribles a las personas con impunidad”, que puede descartar a las personas con un rápido “que se joda”, y que posiblemente podría ser el asesino al que persigue), y quienes son el modo de protección civil que la sociedad tiene contra la anarquía y la locura del mal absoluto.

La importancia y el peligro de la narrativa es el escenario principal, dado que las narrativas que nos formamos para iluminar nuestro camino y conectarnos significativamente al mundo terminan cegándonos y desconectándonos de la realidad, enmascarando a la maldad que está frente nuestro. Lo que pensamos como bueno puede ser malo. Lo que pensamos verdadero de nosotros puede ser falso. Las señales toman el lugar de la realidad hasta que ya no está claro qué es verdadero y qué es falso, qué es correcto y qué no. Ese es el motivo por el cual nuestra vida es una “brillante y larga oscuridad”, llena de “estrellas oscuras”, vividas en un “cuarto cerrado” en donde el “secreto destino de toda la vida” es estar “atrapado por esa pesadilla en la que sigues despertando.” Uno está eternamente destinado a ser aprisionado por nuestra propia, siempre evolutiva, narrativa, la cual brilla y oscurece al mismo tiempo, ilumina y ofusca, lo cual no está necesariamente divorciado de la realidad pero también está indeleblemente marcado por todas las corrupciones del mundo y del propio yo. Cohle y Hart lidian con esta pesadilla perpetua a través de estrategias opuestas, uno abraza la verdad de la maldad, el otro la niega. Cohle siente vértigo por ver al abismo, regodeándose en cada dolorosa verdad, mientras que Hart está lleno de negaciones y rabia latente a la par que reacciona en expensas de su familia. La conciencia de Cohle, más aguda, más compleja y aventurosa que la de Hart, intenta darle sentido a una vida de horrores (hija asesinada y familia destruida, vida inmersa en violencia y depravación) a través de, simultáneamente, profundo desamparo respecto a los humanos y una noción romántica de cómo salvarlos. Hablando de Cohle, el autor Pizzolatto dijo: “El pesimismo y el romanticismo son dos lados de su misma ilusión.” Esa ilusión es que no hay una verdad objetiva para ser “detectada” que sea redentora.

Pese a la imposibilidad de ver claramente, todo el mundo está atrapado en una construcción constante de una narrativa. Cohle dice: “Todos quieren confesión, todos quieren una narrativa catártica para eso; especialmente los culpables.” En otras palabras, todos necesitan una narrativa que, en esencia, es una fantasía para sentirse menos culpables de su propia e inexplicable maldad.

Cierta maldad, sin embargo, es tan terrorífica que no puede ser repelida por la narrativa, y es por ello que el testigo de esta maldad enloquece. El Rey Amarillo es una historia acerca una historia que vuelve loco a quien sea que la lea. Rust es el hombre que no tiene miedo de esta narrativa, y posiblemente ella lo haya enloquecido. Marty es el hombre que esta aterrorizado de esta narrativa, y se esconde de ella al negar verdades y evadir la claridad. Si lo terrible de la verdad es suficiente para conducir a los hombres a la locura, entonces no es sopresa que la mayoría de nosotros estamos, como Marty, atrapados en incesantes intentos de evitar la confrontación con esa realidad.

Esta idea de ambigüedad y ofuscación narrativa, como un modo de rechazar verdades terribles acerca el mundo y el yo, es proporcionada por Pizzolatto a la audiencia en un meta-sentido. Nosotros, el público, somos forzados a ser detectives, analizando signos y formando narrativas para darle un sentido a todo, como yo lo hago ahora. Hart explica: “Estás buscando una narrativa. Interrogas testigos, juntas evidencia, estableces una línea cronológica, construyes una historia, día tras día.” Nosotros, en el público, somos quienes vivimos fuera de las dimensiones normales del tiempo de Hart y Cohle, mirando como dioses hacia abajo, hacia el círculo plano que son sus vidas, cada momento condensado, esparcido ante nosotros, disponible para ser movido a través del antes y el después, eternamente recurrente para nuestra consideración. Somos quienes buscamos olvido en una, supuestamente, confortante narrativa y aun así somos confrontados por un desespero existencialista; muerte, maldad, y la misma ilusión de creer. Somos forzados a considerar la fragilidad de nuestras propias narrativas, mientras el show se mueve y desliza lejos de nuestras suposiciones, y sostiene multiples y competitivas interpretaciones (¿Es Rust el asesino? O ¿Hay una conspiración que incluye a la iglesia y la policía?). Así que extasiados por la creación de nuestra propia narrativa es fácil olvidar que estamos siendo guiados a comparar y contrastar sistemáticamente una variedad de comportamientos inmorales, de asesinato ritualístico a infidelidad, a mala paternidad, a elecciones de fe o creencias tercas, y todo lo que está en el medio. Somos forzados a contemplar la naturaleza y el alcance y la maldad y nuestro lugar dentro ellos. Nuestras propias narrativas nos informan qué es bueno y qué es maligno, expía nuestra culpa al ponernos en el lado opuesto de una dimensión “ficticia” de maldad, pero el terrible centro de verdad que el show revela es que estamos implicados en esa maldad que el show explora, y aun así comprometidos en mantenernos alejados de ella. Catárticamente nos deshacemos de nuestra culpa a través de una narrativa que absorbe nuestro pavor y que distorsiona, y esconde, nuestra complicidad con la maldad.

True Detective articula a una persona con visión. La visión tiene un significado, y el significado es histórico. Tú eres esa persona.

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Por marvelousD (artículo original)

Traducido por: Adrián Nieve

 

-          Dedicado a lo indedicable.

-  El azar y la irracionalidad de un momento pasado han truncado que mi futuro sea el suyo, y viceversa. Hoy somos amigos, pero como me duele en lo interno.

Antonio de Jesús Chávez

-          All of us food, that hasn’t died.

Josh Homme

¿Qué nos pasó, Muerte? Solías ser mi anhelo más alto, mi verdad más pura, solía verte como el paso hacia la grandeza, como la única chance de importar en este mundo. Te he buscado en los alcoholes que me ofrecían hermosas señoritas de piernas ágiles, en los puños de desconocidos furibundos y las balas de creyentes de los otros bandos cuando escuchan mis monólogos. Incluso he llegado a sentirte cerca cuando me hospedaba en cuartos blancos que hedían a matadero, o en el suave abrazo de los orgasmos todas esas veces que busqué anestesiarme en los brazos del Placer. Mi rutina giraba en torno a buscarte y entregarme a tus tiernos consuelos, tus ojos que yo pensaba profundos y hermosos, tus piernas robustas y kilométricas que me mostrabas coqueta cuando la luna iluminaba mi mirada, o probar tus labios colorados por medio de besos indirectos robados a cualquier superficie en que se hubiesen posado, abrazarme a ese cuerpo hecho a mi medida. Perfecta. Así eras para mí, Muerte amada mía. Eras un remanso de perfección pura y absoluta, omnipotente como los del otro lado se imaginan a sus dioses.

Me gustaba añorarte. Eras esa muchacha prohibida que todos detestaban. A lo largo de mi vida te he visto coquetear con mucha gente, y te he visto llevarte con tus besos hasta al más leal de los esposos, o esposas dado que a ti te da igual como son los genitales de quien amas ¿Puedes creer que sentía celos de ellos? Me acercaba a los féretros con rostro compungido, me guardaba de la vigilancia de los dolientes y fijaba la mirada en los fallecidos. Los contemplaba con envidia, imaginando escenas morbosas donde sus cuerpos inertes se insertaban en tus carnes, donde el rigor mortis se convertía en una ventaja que una mirada pícara tuya capitalizaba. Solo entonces me paraba a observar el saco de carne que llamo mi cuerpo, detestándolo por ser mancebo y lozano, por devenir en mi mayor obstáculo para estar contigo. Era joven, el mundo era lo que yo quería que fuera, la vida dependía de mis creencias.

Me confié. Creí que la vida era tan simplona como para que solo exista un camino a la verdad. Me refugié en mi lealtad hacia tu amor, en mi insana obsesión de anhelar, imaginando encuentros contigo, formas de poder acercarme a ti. Y fuera de eso nada importaba, todo era pequeño y hasta nimio ¿quién puede oponerse a la Muerte? Nada, ni nadie. Y era tan cómodo que todo fuera así de simple, ser el príncipe del corazón roto, enamorado del amor, encamotado de la Muerte, por siempre expectante a que me devolvieses lo que yo tan alocadamente creía darte. Y eso estaba bien, habría sido feliz si hubiera aprendido a no esperar más de lo que yo podía dar.

Por ese entonces llegó Carlota. Vino cuando el pensamiento de tu amor primaba por encima de todo lo demás, en la época en que quise olvidarme de ti y tus artimañas. Ahí fue que llegó Carlota con su ternura, sus ojos grandes, su graciosa torpeza y sus formas de simplificarme las complicaciones. Carlota se anunció como otro coqueteo contigo, Muerte, pero terminó siendo un guiño a vivir. Carlota era la mentira más hermosa, de esas en las que uno cree por mero gusto, porque más allá de la fe uno sentía amor, o sentía algo que no era raro llamar amor. Y lo extraño no era sentir todo eso, lo raro era lo sencillo que resultaba convencerse de semejante mentira tras cada beso pudoroso que posaba en mis labios. Más raro aún era lo correcto que se sentía creer en ella.

Alguna vez me di cuenta que cada quien le gusta creer lo que más le conviene. Y Carlota no me convenía. O no nos convenía, mejor dicho. Quizá no tanto por ella, como por lo que representaba para mi vida y para mis desórdenes el mezclarme con ella. Pero sí, me mezclé con ella; y no me vengas con celos querida, no te quedan. Especialmente porque tú, promiscua, abrazas a quién sabe cuántos cada día. No sería justo que me digas que estás celosa, por mucho que yo sepa que sí lo estás. Es más, lo estuviste desde que Carlota y yo nos hicimos novios. Dejé de pensar en ti, ya no te buscaba en ningún callejón, ni en los bares, ni siquiera en las pelvis de limítrofes sensualonas. Pasaba mis días tratando de robarle su tiempo a la ocupada Carlota, monopolizar sus distraídos pensamientos, beber de su aroma, complacer su cada-momento y encabritarme en sus preocupaciones. Carlota era un bello malestar para lo que tú y yo teníamos. Pronto dejé de pensar en el destino secreto de todas las cosas, olvidé mis prédicas en contra la fatua sensación de verdad absoluta, por un instante dejé de verte, Muerte adorada, como la solución al problema humano. Al problema de mi vida y mi conciencia chocándose contra la imposibilidad de aprehender, siquiera, algo real. Carlota es alguien en quién el mundo debería creer, es otra de esas corrientes a los que nos aferramos para no enloquecer. Carlota es tan importante y hermosa como ella misma, como diosa de la eternidad repetitiva, como humana atrapada en la pesadilla de la existencia, como agente de una felicidad que muy tarde logré aceptar. Ya no sé si por honesto o autodesturctivo, solo sé que no lo pude manejar.

Ahí me reatrapaste, Muerte. Te extrañé y mandé al carajo lo que tenía con Carlota, porque no podía dejar de buscarte. Necesitaba besarte en los labios y seguir vivo, o a lo mejor necesitaba irme afuera de todo, sin saber bien a donde iría. Tan sólo irme y no notar nada, nunca más. No te culpo, ojo, mea culpa, lo puedo aceptar. Puedo decirte que el error de mi vida fue no poder dejarte ir, el problema fue que no pude admitirme que tú no eras una solución sino que eras tan solo una historia más esperando a ser repetida, o aceptar que tarde o temprano tú vendrías a por mí y nos uniríamos en un abrazo que me permitiese ¿dirigirme al olvido? ¿confirmar que no existe verdad, ni siquiera en el vacío del más allá, en el olvido de cesar de vivir?. Pero ¿quién quiere adentrarse por completo en el olvido? No yo. O por un instante ya no quise. Y sí quise caminar por la tierra viendo como los cielos se mueven cambiando sus colores de celestes a grises, a blancos, negros, rojos e infinito; anhelé presenciar cómo los hombres moldean al mundo, quise probar los sabores de todo lo nimio y olvidar que el tiempo es simultáneo y que, en cada segundo, mi vida entera sucede al mismo tiempo. En un segundo donde estoy naciendo, y en ese mismo segundo estoy con Carlota, además de estar muriendo. En ese segundo es tanto ayer, como hoy, mañana, como cualquier momento de mi pasado y mi futuro. Pretendí olvidar que en ese suspiro, que es la vida humana, no alcanzamos a nada más que contarnos mentiras sobre quiénes somos y a quienes queremos, repitiendo las palabras y los actos hasta formar una narrativa que nos permita vivir en paz, engañados y felices, como si no fuéramos marionetas que se dejan manejar por la ilusión de completitud, por la promesa de que el vacio está en realidad lleno, de que podemos ver las cosas por como son, que la realidad es tan simple como nos la pintamos.

Yo escogí la narrativa adecuada para estar cerca tuyo, Muerte. Pero luego me di cuenta que esa era mi mentira. Y de pronto quise creer en otra mentira, una menos complicada, una que me hacía sonreír con sus ocurrencias y rabiar cariñosamente con sus necedades. Una mentira que creía en sus propias mentiras a las que llamaba verdades, una mentira que no me prometía el paso al vacío eterno, ni ninguna de esas cosas. Pasé de la narrativa de la Muerte a la narrativa de Carlota. Derrotado por la ficción, ansioso de no darle un vistazo a cómo sería vivir sin narrativas.

Alguna vez volví con Carlota, pero ella ya me había dejado por mucho que decía que estábamos juntos. Pienso que Carlota se dio cuenta que pese a que me quería, quizá no le convenía tenerme en su narrativa. Se alejó, me dejó y yo volví a tus brazos Muerte, pero ambos nos dimos cuenta que ya no era lo mismo. Por primera vez viste en mí un deje de rechazo cuando vi, por fin, tu rostro; cuando furioso por Carlota haciéndome a un lado, ambicioné dejar de verte a través de los velos con que te ornamentabas y me atreví a estirar la mano, agarrar la seda fina y oscura, jalar de ella pese a tus quejidos débiles, y lo vi querida, vi tu rostro por mucho que me cegaste de inmediato con un beso de los labios que yo creía carnosos y que ahora se revelaban como tenias viscosas que se frotaban contra mis propios labios y forzaban su paso dentro mío. Y cuando esos horribles gusanos terminaron de colarse en mi garganta, pude alejarme asqueado y mirar bien al objeto de mis anhelos. Y algo en mí se marchitó cuando observé las cuencas de tu calaca, vacías y demasiado inmensas, que me provocaron tremendos escalofríos mientras tus ropajes caían y dejaban ver un brillante agujero que todo lo chupaba, un agujero que sostenía tu astillada calaca. Y lloré, Muerte. Lloré no solo del asco de sentir a las tenias moviéndose dentro mío, también lloré porque supe que no te estaba mirando a ti, estaba mirando un algo que nunca podré especificar, un algo que velaba al verdadero terror detrás suyo. Y sentí que podía explicar el problema de lo humano mientras el agujero me succionaba adentro tuyo y yo no veía ni luz, ni oscuridad, solo podía ver la mirada fija de tus ojos siguiéndome a donde fuera que yo me moviese, totalmente consciente de que mi piel goteaba en cada instante de la eternidad, y que yo no podía evitar ese derrame mayor en que me desestructuraba en el continuo de las cosas, viviendo cada punto de la historia y derritiéndola como a una fábula. Disperso por todas partes, Muerte, me dejaste disperso y sin ficción a la que aferrarme. Y detrás de la inmensidad de tu vacío interno, había un vacío más enorme y más insondable, un vacío perpetuo al que no se podía ni tocar sin volverte en nada tú mismo.

Y cuando volví, pues lo visto no podía ser no visto, las ficciones me habían abandonado. Por un tiempo hasta intenté recuperar a Carlota, pero así me enteré que las historias que no quieren ser contadas se mantienen inenarrables. Y así me quede persiguiéndola en vano, tal como a ti Muerte. Me quedé persiguiendo una verdad que ya no quería que yo la creyese. Pero me di cuenta que me quedaba una mentira a la que ya no podía llamar verdad. Me quedas tú, Muerte. Me queda también la vida, pero me sobra el horror de verte al rostro y recordar que soy una marioneta de mi propia tendencia a creerme los cuentos para seguir respirando, me pesa el pensamiento de ser una no-existencia aspirando a creer que existe, o estar acá esperando una chance para por siempre zambullirme en el olvido.

Los números del 2013

Publicado: enero 6, 2014 en Inefable

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2013 de este blog.

Aquí hay un extracto:

Un tren subterráneo de la ciudad de Nueva York transporta 1.200 personas. Este blog fue visto alrededor de 4.500 veces en 2013. Si fuera un tren de NY, le tomaría cerca de 4 viajes transportar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

Soy el Amante Furtivo. El Muertito Silencioso. Soy la languidez que le sigue al mal sexo, pero también soy la certeza de que algún día revivirá el cadáver del bienamado. Me han confundido con la fe y hasta con la felicidad, pero luego me conocieron mejor y se han arrepentido de haberme dejado respirar. Cuando se acuerdan de mí pocos sonríen, los más saborean a la amargura derrotarlos con ese sabor asqueroso que deja mi presencia que alguna vez se atrevieron a disfrutar. Sudo esperanzas, babeo creencias, la gente se arrima para despreciarme mientras lamen mis sudores y brindan con mis babas. Sé que se tragan mis cuentos y los venden como verdades, porque les acomoda no tener que preguntarse qué de lo que les digo es y no es verdad. Me traicionarían si supieran que soy traicionable y, lo que es peor, para no saberlo se convencen a sí mismos de que algo más nefando que yo no puede existir. Pruebas no les faltan: soy el bully que maltrata a quienes lo quieren y devasta a quienes se atreven a mirarlo chueco.

Mis miedos son bien gordos, mi coraje les da de comer. El fatalismo se me da fácil porque en secreto el optimismo me sale hasta cuando solo se puede llorar. Soy el hijo de la gran puta que parió a los caínes y los iscariotes. El villano disponible al que se le puede echar la culpa de hablar con verdades que suenan mejor cuando son mentiras. Si de algo estoy seguro es que en la condena que me quite la vida, se me acusará de ser honesto o de mentir con la verdad. Mis alegrías son ajenas, mi llanto mustio, mi risa contagiosa, aun si es que es a costilla mía creyendo que es a la de los demás, mis palabras cizañean, moldean y disponen, mis actos son rencorosos, cuando no esperanzados, y esconden en sus manos, sin nunca decidirse por cual repartir, cuchillos romos y rosas venenosas. Mis actos exorcizan, curan y hasta perdonan a la par que me exilan a un silencio que ni siquiera los muertos tienen que acatar. Mis sentimientos y mis ojos me delatan, me venden bien barato cuando me olvido que los tengo que ocultar si no quiero que la Parca se aparezca para divertirse marchitando todo aquello que me ayuda a respirar. Cuando me descuido, entre los dos le ponemos dinamita a todo lo que me importa y lo dejamos estallar.

Si soy el Muertito Silencioso es porque soy de esos cadáveres a los que no les permiten convertirse ni en zombies, ni fantasmas, ni hablar de espíritus. Hasta prohibido me tienen de volverme demonio o, cuando menos, desaparecer sin más burocracia que la de los sentimentalismos míos y de quienes no hayan podido terminar de odiarme. A veces pienso que todo esto es injusto pues a los otros muertos se les permite existir en ecos y susurros, memorias, rencores públicos y bien conocidos. A los demás alguien los declaró muertos y hasta tuvieron la amabilidad de anotar la hora en que fenecieron. Arman, los vivos, fiestas aburridas donde todos se sientan a llorarlos, mientras ellos, los muertos, se pasean en forma de fantasmas, memorias, espíritus, susurros, palabras o pensamientos, lo que sea que los permita continuar arraigados en penas, torturas, alegrías y todo aquello que los asocie a los hechos de los vivos, que les alargue la euforia que en vida tuvieron la oportunidad de experimentar. A mí no me permiten habitar en los recuerdos. A mí me olvidan porque cuando viví fui excesivamente inconveniente.

¿Para qué nace uno si de todas maneras aquello que hace para sobrevivir a duras penas se parece a respirar? El Muertito Silencioso es declarado indeseable desde el momento en que advierten mi presencia. Me callan, y me callo, cuando estoy por hablar. Consciente de mi inconveniencia quisiera morirme, o aunque sea aceptar ese mutismo forzoso al que me tengo que subyugar. Soy incapaz de perdonar por el simple hecho de que yo mismo fui concebido como imperdonable. Y ahí está el problema. De sobra me sé nefando y despreciable pero ni así escarmiento, todavía busco hablar y respirar.

A los otros muertos les da por recordar con nostalgia la vida, pero conmigo eso no funciona pues yo nací muerto viviente. Condenado a desear respirar, mientras ellos vivían vidas alocadas que los convertían en bandidos. Amantes Bandidos que se robaban besos, caricias, promesas, anhelos, deseos y alguna que otra calamidad. Algunos se mantenían, se mantienen, se mantendrán bandidos hasta la muerte, otros se dejan legalizar por alguna estabilidad. Ahí acaba el bandidaje y solo queda esperar la muerte, siempre y cuando nada sucediese que los volviese a ilegalizar.

Mientras tanto yo ando de Amante Furtivo. Escucho todo, lo comprendo además, predigo el futuro y compruebo que la ventaja del silente es que puede ver más. Soy el testigo y el envidioso de los amantes bandidos y sus hazañas. Escucho de ellos en boca de a quienes me quiero mostrar. Esos seres gracias a los que existo y que cuando se enteran de mí no pueden evitar sentirse asustados y ya me quieren asfixiar. Y mientras relatan las hazañas o los planes de los amantes bandidos, yo me ahogo en mi impotencia, en el silencio que se me impone. Entonces me precio de furtivo para poder maquinar estrategias y embustes que me permitan acercarme a imponer mi verdad. Me caga no existir más que en una probabilidad lejana, un secreto a voces, ser un pinche zombie vegetariano que no termina de aceptar su papel de mudo y muerto. Ser furtivo es la única respuesta que encuentro desde el silencio, y hasta me conformo con que sea una respuesta tan flaca, escuálida incluso, que no garantice nada más que toneladas y toneladas de fe. A los amantes bandidos la fe los propulsiona al éxito, a los furtivos nos envenena e impulsa a saltar a los vacíos que no sabemos si podremos circunnavegar.

Se supone que la faceta del Amante Furtivo está ahí para algo lograr. Que de tantas trampas, indirectas y estratagemas algo salga que me permita creer que puedo llegar a más que esta simple bazofia de lanzarse a habitar sentimentalismos solitarios, de desear ser deseado y hasta sobrestimar con la misma libertad con que me subestiman. Lo cierto es que me gustaría dejar de comprender los porqués de cada falla que atormentan al Amante Furtivo, los motivos por los cuales es difícil que sus anhelos sean escuchados, mucho menos validados. Me perjudican pues. Me arruinan el esfuerzo de mentirme para creerme el Amante Silencioso que algún día les arrebatará la damisela a los amantes bandidos. Creerme el Amante Silencioso para no tener que aceptar que los Amantes Furtivos lo son para no tener que vivir un final, que los Muertitos Silenciosos eligen callarse porque les da miedo que la vida los termine de matar.

Y no lo puedo evitar. Nunca seré un amante bandido, aun peor el oficial. No seré ni el muertito ruidoso, jamás podré existir sin pasar por el secreto y la imposibilidad. A las damiselas no les agrada lo que tienen que decir los silencios de los Furtivos y los Silenciosos. A nadie en realidad. Ni siquiera a nosotros mismos nos gusta escucharnos cuando estamos tan conscientes de qué implica la imposibilidad. Pero ni modo, que igual existo. Me conformo con poco, sueño alto, sobrestimo y hasta se me ocurre esperar que de tanta lucha, alguien a quien le hablo se le ocurra escuchar.

 

I. Prólegomenos a una historia

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Cartas a los Jonquieres me devolvió a la lectura de Cortázar tras cuatro años de llorarlo atrasadamente por morirse y dejarnos así, egoísta como la misma muerte. O egoísta yo, por reprochárselo. Siendo Los Premios lo último que había leído, esos cuatro años se vieron interrumpidos por una breve remembranza de Las Ménades, cuento con el que coqueteaba releer pero que al final se quedó en puro coqueteo.

Hace cinco años debía presentar un trabajo para una materia de la universidad. El trabajo consistía en analizar la estructura de personalidad de alguien famoso a quien admirásemos. Y Julio fue el primero en venir a mi cabeza. Por supuesto que no fue el único, pero fue el primero y el último. Me arremangué las flojeras, me sacudí la importancia de otras materias y me dediqué a leer biografías de Julio, análisis de su literatura, me di la tarea de leer y releer toda obra suya que yo poseyese, me conseguí documentales y grabaciones, entrevistas y todo aquello que me pudiese acercar a elaborar la biografía.

Cartas a los Jonquieres me dio el placer de humanizar a Cortázar de la manera correcta. El análisis psicológico lo arruina de alguna forma, contamina un poquito la magia de su literatura con los embates desalmados, disfrazados de buenoides, de la sistémica y el psicoanálisis encrudece la belleza de las palabras cortazarianas con sus reales acertados y sus imaginarios tan palpables. Pero leerlo hablar con los Jonquieres es una de esas delicias que lo fuerzan a uno a extrañarlo al Julito (Cortázar) y hasta llorar cuando lees que le dedica el Oso a los Jonquieres menores, asistir al nacimiento de los cronopios y leer a Cortázar tan íntimo, tan intelectual, tan capaz de usar varios tonos, de hacer literatura incluso cuando no está escribiendo un cuento o una novela, verlo en la misma cotidianeidad que rompió en sus escritos, darse cuenta que él también escribía para poder lo que no podía.

Otro habría sido el trabajo si hubiera tenido acceso a este libro. Pero no fue así. En todo caso llegó para devolverme a Cortázar y olvidar los estragos del análisis psicológico, conocerle facetas nuevas a uno de los escritores que más influenció a mi escritura. Por eso presentó acá una versión con redacción revisada de la biografía que hice para el trabajo mencionado, y además incluyo el dichoso trabajo íntegro (es decir, sin corregir los horrores de mi yo hace cuatro años).

 

II. Historia del Gran Cronopio   

 Julio Cortázar fue un famoso escritor que sacudió a la literatura al proponer nuevos estilos de escritura e incluso nuevas formas de entender a las palabras. Esas son las palabras de un fanático que sabe que Cortázar fue importante porque fue quien puso en el aire la cuestión de la literatura como un juego. La gente que lo conoció lo recuerda como un personaje sin igual, un ser que fascinaba al auditorio tan solo con mostrarse en el lugar, elocuente y erudito, de memoria milimétrica, Cortázar resultaba un hombre inolvidable. Como escritor, fue descrito como un excepcional cuentista, novelista de vanguardia, poeta sensible, dramaturgo lleno de ideas, crítico original e iluminador, realizador de artefactos artísticos en forma de libro, que renovaron los criterios industriales de producción. Como se dijo: un escritor que proponía jugar con la literatura, más que otra cosa, por no quedarse estancado en una sola forma de narrar, intentando tener variaciones en su estilo.

Pero pongámonos biográficos.

Julio Florencio Cortázar nació en Bruselas, el 24 de agosto de 1914 a las tres y cuarto de la tarde. Hijo de María Herminia Descotte y Julio José Cortázar Arias, dos argentinos, residentes en Bélgica por cuestiones diplomáticas según los relatos oficiales, cuestiones de turismo según el mismo Cortázar y cuestiones de asuntos familiares según el biógrafo Montes-Bradley. Bruselas se encontraba, en ese entonces, ocupada por los alemanes debido a la Primera Guerra Mundial, por dicha razón todo belga se transformaba instantáneamente en ciudadano alemán, pero (y no sin esfuerzo) José Cortázar logra que su hijo sea inscrito como argentino mediante un trámite consular. Los Cortázar habitan en Bruselas hasta el 2 de septiembre de 1915, fecha en la que se trasladan a Zürich, donde habitarían por espacio de 2 años, tiempo tras el cual se mudan a Barcelona, de donde Julio Cortázar guardará vagos recuerdos infantiles. Es esta la época en que Julio José deja el hogar, abandonando a sus dos hijos con su mujer y su suegra. Esto generó un rencor en la madre de Cortázar, que más tarde intentaría proyectar en su hijo e hija, pues se quedaba sola en una sociedad machista donde, según el mismo Cortázar, no podía desarrollarse como podría haberlo hecho sino conformándose con lo “honorable” para una mujer. La familia pasó por grandes apuros económicos durante mucho tiempo y la ausencia del esposo de doña Descotte pesó como muerte. Sin embargo se ha dicho que aquel padre “inexistente” (como lo nombró el mismo Cortázar), ese fantasma, reapareció mucho tiempo después, presentándosele a Julio para pedirle que eligiera un seudónimo para publicar puesto que se sentía incómodo con el hecho de que su apellido se convirtiese en famoso, esta es una variante a la afirmación de Cortázar según la cual no volvió a saber de su padre hasta la muerte del mismo. La variante también nos dice que Cortázar lo despidió de mala manera y desde aquel entonces solo firmó como Julio Cortázar, en una especie de venganza a los años de abandono. La figura ausente del padre es my notaria en los cuentos de Cortázar, ya sea por la inexistencia de una figura paterna en los mismos o por el retrato de chicos solitarios o padres errados. La biógrafa Paciencia Otaña afirma que esa ausencia es gran culpable de la producción literaria de Cortázar y fuente inagotable de temáticas constantes, un vacío que funciona como clave de la obra cortazariana.

Para 1918 la familia Cortázar (menos el padre; sin embargo una variante nos indica que el padre abandonó a la familia en 1920) se trasladan para Argentina, instalándose en Banfield, una localidad del sur de Buenos Aires. En esta vivienda Cortázar pasó una infancia sin padre, rodeado de una madre mimosa con fuerte rencor contra su esposo desertor,  una abuela que lo fascina, una hermana un año menor que él y una tía inefable. A lo largo de su infancia, estas mujeres estaban encima de Cortázar impidiendo que saliese a la calle, o hiciese cualquier actividad riesgosa porcortazar miedo a que se rompiese un hueso o contrajese una gripe, esto, sumado a la facilidad con que el muchacho se enfermaba, lo hacía un niño bastante sobreprotegido. Es más, se sabe que el niño sufrió varias enfermedades entre las que se pueden mencionar asmas, fracturas y un surmenage (síndrome de fatiga crónica: es un tipo de depresión que bloquea al sistema nervioso; cuando una persona lo padece su cuerpo pierde el control, se desmaya, deja de reaccionar ante cualquier estímulo, incluso puede caer en shock, y parecer un “zombi”). Cortázar vivió una infancia llena de miedo y sobreprotección femenina, pero a la cual recuerda con un cariño inmenso, no solo por el ambiente suburbano que lo rodeaba, sino una niñez poblada de barriletes y dominada por el ingenio de juegos que le proponían el atlas Tesoro de la juventud, el Pequeño Larousse Ilustrado, lentes de aumento, insectos, tesoros de la cómoda de su abuela, perros, gatos y un loro parlanchín que repetía Cocó (sobrenombre de Cortázar) y Memé (sobrenombre de Ofelia, hermana de Julio), el mismo Cortázar diría: “Crecí en Banfield, pueblo suburbano de Buenos Aires, en una casa con jardín lleno de gatos, perros, tortugas y cotorras: el paraíso. Pero en ese paraíso yo era Adán.”. La relación con las mujeres de su familia fue muy íntima, especialmente con su madre por la cuál guardaba un cariño profundo y con quien nunca perdió contacto, incluso tras su partida a París.

En 1923, a los 9, realiza sus primero trabajos literarios que la familia sospecha como plagios. Esta suposición lo deprimió de sobremanera, haciéndolo sentir que el mundo era conspiración gigante contra un niño indefenso. Pese a dichas dudas, la madre considera a su hijo como un chico excepcional que debía recibir el doble de atención que algún chico normal. En esta época el niño leía demasiado y algunos médicos llegaron incluso a prohibirle al lectura, cosa que dejaba descorazonado a Julio; para no tener que prohibirle a su hijo la lectura que tanto adoraba, Herminia lo metió en clases de piano y trompeta; más tarde el gusto por estos instrumentos y el saxo lo conduciría al amor por el jazz. En estos primeros años adquirió conciencia de que era distinto  a los demás, no menos ni más, simplemente distinto. Estos primeros escritos, de la infancia de Cortázar, son textos inspirados sobretodo en Edgar Allan Poe y Julio Verne, Cortázar creía ciegamente en las palabras de los libros y en la realidad fantástica que estos le mostraban, y es a partir de esas realidades en las que creía fervientemente posibles, que escribe varios poemas y una novela.

En el transcurso de 1928 cursaría sus estudios en la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta, a la que calificaría de “pésima, una de las peores escuelas imaginables”. Se recibiría en 1932 como maestro de la normal que lo habilitaba para ejercer en el magisterio. Ya en estos tiempos Cortázar se sentía hastiado de vivir en Argentina y parecía no encontrar solución a su dilema (que más tarde retrataría en su cuento Un lugar llamado Kindberg). Es también este el año que descubre el mítico libro Opio de Jean Cocteau que cambiaría su modo de ver la literatura y le harían descubrir el surrealismo.

Para 1935 obtiene el título de profesor en Letras (que, según Cortázar, esto significaba que podía enseñar cualquier cosa, desde matemáticas hasta geografía), además de ingresar a la facultad de Filosofía y Letras; sin embargo abandonaría esta para poder ayudar en el hogar con los ingresos económicos, es durante esta época que Julio escribía cuentos que no se animaba a publicar. Poco tiempo después, en 1937, sería destinado a un pequeño pueblo llamado Bolívar, del cual se marcharía dos años más tarde, el año 1939, con destino a otro pueblito llamado Chivilcoy. Es importante recalcar la angustia de Cortázar ante la perspectiva de vivir en ambos pueblos, donde se sentía abrumado y ahogado. A partir de entonces hasta el día que zarpó a París, vivió principalmente de la docencia, ayudándose con traducciones y trabajos de oficina que despreciaba, repartiéndose el tiempo de modo que pudiese leer con la voracidad habitual que le atribuían sus amigos, conocer gente pese a su fama de solitario y escribir sin esperanzas de ser publicado. Más tarde los habitantes de Chivilcoy le recordarían como aquél profesor joven con altura de basquetbolista, cara aniñada, que pronunciaba las “erres” como “egues” (debido a que Cortázar sufría de una condición conocida como dislalia), solitario, taciturno y que se pasaba horas leyendo libros de autores franceses en lugares públicos. En 1944, Cortázar se encuentra impartiendo una cátedra de Literatura Francesa en Cuyo, Mendoza y es por ese entonces que empezó a participar en actividades antiperonistas. Sin embargo, Perón ganaría las elecciones en 1945 y Cortázar entonces renuncia a esta cátedra, que Cortázar consideraría demasiado politizada durante la época. En Mendoza, Cortázar conoce a Sergio Sergi, quien sería de entonces en adelante, gran amigo suyo. En 1946 se publica el cuento Casa Tomada en la revista Los anales de Buenos Aires dirigida por Jorge Luis Borges, quién había leído y recomendado fervientemente el cuento de Cortázar; este gesto de Borges no pasaría desapercibido por su fama de austero e irónico a la hora del elogiar a otros escritores. También publicaría un artículo sobre John Keats y colaboraría con varias revistas de la época. En 1947, también en anales de Buenos Aires publicaría Bestiario.

En 1948 obtiene un titulo de traductor público de inglés y francés, superando en apenas nueve un meses una carrera de 3 años. Durante estos tiempos sacrificados sufre de creencias paranoicas sobre cucarachas en la comida, miedo Cortazar-785294paranoico que concluye con la creación del cuento Circe; este sería el año donde conocería a su primera esposa Aurora Bernárdez. Ya en 1949 publicaría Los Reyes, esta vez bajo su verdadero nombre; durante ese mismo año escribe una novela denominada Divertimento, publicada póstumamente en 1986,  que en cierta forma es un preludio a su famosa novela Rayuela. También, en 1950, escribe otra novela denominada El Examen, rechazada por el asesor literario, Guillermo de Torre. Cortázar también la  presentará a un concurso convocado por la misma editorial, sin éxito. Esta novela también será editada tras la  muerte del escritor, en 1986. Poco después Cortázar sería visto trabajando como gerente de la Cámara del Libro lo cual vino acompañado de ataques nerviosos que perturbaban su paz. Además de estos ataques neuróticos por la carga de trabajar en la Cámara del Libro, al tiempo que termina sus estudios como traductor público, se le suma su enorme disconformismo con el Peronismo de la época y el no poder escribir por lo ocupado que estaba. Todo esto impulsaría a Cortázar a realizar su primer viaje a Europa usando todos sus ahorros, en una estadía que se alargaría de 1949 a 1950.

Entonces llega 1951, que se convertiría en un año clave dentro la vida de Cortázar no solo por la publicación de Bestiario, sino porque obtiene una beca del gobierno francés y realiza un segundo viaje París, ya muy decidido a quedarse allí con tan solo una maleta con su ropa y un disco de jazz “Stack O’Lee blues”. De su temporada previa al viaje, Cortázar luego diría: “Por entonces, llevaba adelante una vida casi mínima, convencido de ser solterón irreductible, amigo de muy poca gente, melómano lector a jornada completa, enamorado del cine, burguesito ciego a casi todo lo que pasaba más allá de esfera estética”. Comienza a trabajar como traductor en la UNESCO que le brindó un salario fijo y viajes gratis alrededor del mundo con viáticos para cualquier gasto imprevisto y con un empleo como ese asegurado, empieza a desarrollar una vida en esa París que tanto había añorado. Sería en Europa donde se desarrollaría como el gran escritor que llegó a ser. Sobre este punto fue criticado más tarde, puesto que muchos críticos no encontraban la forma en que un Latinoamericano haya podido latinoamericanizarse estando en justamente en Europa, es decir lejos del idioma castellano; sin embargo se ha planteado que su genialidad se debió más a una evolución ideológica, él mismo diría: “Es paradójico, pero tengo claro que si no me hubiese instalado en París, jamás hubiera entendido bien a la sociedad en que me formé, ni comprendido la lógica de sus cambios políticos”. En 1952 se publicaría Axolotl en Buenos aires literaria. En 1953 se casa con Aurora Bernárdez, su primera esposa y para el año 54 realiza un viaje que influenciaría en gran parte en la creación del mítico personaje cortazariano La Maga. Cortazar publica Torito en Buenos Aires literaria y  continua escribiendo lo que luego serán las Historias de cronopios y de famas, que ya había empezado a escribir durante el 51. El 56 publica Final del Juego y el 59 Las Armas Secretas, donde aparece el cuento El Perseguidor; Cortázar dedicaría este cuento a Charlie Parker pues el cuento mismo había nacido luego de que Cortázar leyese sobre la muerte del mismo, después declararía: “Fue una iluminación. Terminé de leer ese artículo (que anunciaba la muerte de Charlie Parker) y al otro día o ese mismo día, no me acuerdo, empecé a escribir el   cuento. Porque de inmediato sentí que el personaje era él (…) era lo que yo había estado buscando”. Es desde este cuento que Cortázar empieza a abordar “un problema de tipo existencial, de tipo humano”, que pasaría a ser ampliado en Los Premios (1960) y sobre todo en Rayuela. El año del 61 realizaría su primer viaje a Cuba, a partir de este momento se empezaría a manifestar un cambio en Cortázar al empezar actuar de manera más política, dado su aparente “letargo” en el tema hasta aquel entonces, desde ese entonces se convertiría en un devoto defensor de la Revolución cubana.

En el transcurso de 1963 se publicaría Rayuela, marcando un importante hito tanto en la historia de la literatura como en la vida de Julio Cortázar. La novela más famosa de Cortázar vendería 5.000 ejemplares en su primer año de publicación. Esto lo convertiría en una celebridad en el mundo, haciéndolo una importante figura pública, hecho que más tarde explotaría ya sea como portavoz de las demandas y necesidades de la izquierda latinoamericana o discutiendo repetidas veces con los opositores a Fidel Castro, en ocasiones para denunciar los crímenes de las 20071031elpepucul_19dictaduras y en sus últimos años para apoyar a la revolución sandinista. Pero esta fama no era muy de su agrado, ya sea por el constante acoso de sus admiradores o las innumerables entrevistas a las que se veía sometido. Por tanto desde 1965 pasa largas temporadas en su casa de campo en Saignon; Yurkievich diría a propósito de esto: “La fama era aplastante para él. Todo lector se sentía amigo íntimo, incluso gente que no lo conocía. Cualquiera podía, en cualquier momento, tocarle el timbre, enviado por Fulano o Zutano y entrar en su intimidad.” Tras ello se publicarían Todos los Fuegos el Fuego (1966),  La Vuelta al Día en Ochenta Mundos (1967) y 62, Modelo para Armar (1968). Esta ultima provocaría una reacción de puro desconcierto en la crítica ante la estructura peculiar de este libro. También publica Último Round (1969).

El año 1970, Cortázar viaja junto a su, ahora, concubina Ugné Karvelis a Chile para presenciar la ascensión al poder de Salvador Allende. La separación con Aurora Bernárdez había sido en buenos términos y seguirían manteniendo una estrecha relación amistosa. Ugné era una politizada traductora y mujer de época, muy alejada del estereotipo de mujer de letras que representaba Aurora. Tiempo más tarde publica Libro de Manuel (1973) y Octaedro (1974), ambos libros demostrarían lo comprometido que estaba Cortázar con las causas de la revolución izquierdista de Latinoamérica. El año 78 se separa de Ugné Karvelis, con la que sigue manteniendo una estrecha amistad. Ya para ese año emprende una relación con la que sería su tercera esposa Carol Dunlop, una mujer intelectual que le permitió seguir creyendo en la literatura como un juego. En los años siguientes Cortázar publicaría Queremos Tanto a Glenda (1980) y Deshoras (1982). El 24 de julio de 1981 Cortázar obtendría la ciudadanía francesa gracias a uno de los primeros decretos del gobierno socialista de François Miterrand. Este mismo año, por motivos de salud, tiene que ser internado en un hospital donde es diagnosticado con leucemia, cosa que Dunlop no le avisa por pena y temor a que su marido se deprimiese, al mismo tiempo que ella misma había sido diagnosticada con una condición terminal que Cortázar no había querido anunciar a su mujer para que esta no se deprimiese, creando así una situación irónicamente cortazariana. El año de la publicación de Deshoras (1982) muere su tercera esposa Carol Dunlop.

Al año siguiente aparece el libro Los autonautas de la cosmopista, escrito a cuatro manos con, su ya fallecida tercera esposa, Carol Dunlop; en este libro se narra un viaje de treinta y tres días entre París y Marsella a razón de dos parkings por día que la pareja había realizado. Los derechos de autor de este último libro los destina para el sandinismo nicaragüense. Este mismo año viaja a La Habana para asistir a una reunión del Comité Permanente de Intelectuales por la Soberanía de los pueblos de Nuestra América, y entre el 30 de noviembre y el 4 de diciembre viaja de vuelta a Buenos Aires, viaje que aprovecha para visitar a su madre después de la caída de  la dictadura y la asunción del gobierno del presidente Raúl Alfonsín. Hay que destacar que pese a que Cortázar, aun a la distancia, había luchado contra la dictadura en la Argentina y había sido fichado como un peligro “sacrificable” por la misma, las autoridades del nuevo gobierno ignoran su presencia, sin embargo el pueblo argentino lo recibe calurosamente, mucha gente lo reconoce en las calles. Este mismo año se publica Nicaragua tan violentamente dulce.

Hasta que, finalmente, un domingo 12 de febrero de 1984 Julio Cortázar moriría en París, su hogar desde 1951, por una leucemia crónica. Su muerte turbó profundamente al mundo cultural alrededor del globo pues había fallecido uno de los escritores considerados como de los más importantes de la lengua española, un intelectual como pocos y una personalidad que tenía tantos fans como una estrella de cine. Ese mismo día se llevaría a cabo un suceso inédito en Buenos Aires: una invasión de mariposas. Esto fue explicado como una oleada de calor de una zona rural cercana que originó esta migración tan peculiar y, ya después, este fenómeno no se repitió nunca más. Si bien en el momento nadie pudo relacionar aquella muerte con aquel suceso de lógica tan cortazariana, luego sería casi inevitable pensar en la invasión de las mariposas como acaso un tributo del mundo hacia su hijo ya muerto.

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III. Palabras finales

Y de nuevo Cartas a los Jonquieres, libro que actúa a modo de diario desde el 50 hasta el 81. Una biografía de Cortázar escrita por el mismo, pero no en ese egotista de hablar de su persona sino en el de contar a amigos queridos que acaecía en sus andares, durante una época en que aun la carta era el medio de comunicación transcontinental y el internet no había llegado a simplificarnos problemas y la imaginación. Cortázar, el Gran Cronopio, se presentaba CortazarPsikebacomo ese intelectual que uno asumía por encima de los meros mortales. Basta leer un libro, un cuento, un texto de él para saberse un bicho tuerto que recién está empezando a aprender a leer. Pero Cortázar no era esto, Cartas a los Jonquieres lo prueba. Cortázar era un hombre lleno de temores, como cualquier otro, que los exorcizaba en su literatura, misma que estaba contaminada por su inmensa inteligencia y cultura. Era un niño juguetón que se proponía ser travieso en cada que escribía. Era un ingenuo sentimental y de fácil creencia, como de pronta amargura. Era un humano. Uno noble e increíble, pero humano nomás. Y no por ello menos merecedor de nuestra idolatría.

 

IV. El trabajito psicológico

http://www.mediafire.com/view/64gjmbh9rcb4hm1/Julio_Flo…doc

 

 

Originalmente publicado en Hay una lesbiana en mi sopa:

Que el cine es sexista, no es algo que nos pille de nuevas. Lo tienen claro algunas de nuestras lectoras, indignadas por el tratamiento que se le da a las lesbianas en La Vida de Adèle, y lo tienen también claro las estadísticas a lo largo de la historia. Y es que los fríos números nunca mienten. Solo el 9% de las 250 películas más taquilleras del año pasado fueron dirigidas por mujeres. Y en 85 años, han sido cuatro las ocasiones en las que una mujer ha sido candidata al Oscar a la mejor dirección. ¿La única que lo ganó? Kathryn Bigelow, y para eso tuvimos que esperar hasta 2010.

Si nos vamos a otros certámenes, la cosa tampoco mejora. El de Cannes es ya tristemente conocido por lo que algunos catalogan de machismo, una muestra más de que, detrás de las cámaras, las mujeres todavía tienen un…

Ver original 765 palabras más

Para la Gata Negra

No one’s got it all

- Regina Spektor, Hero

If you ask me to be honest
I think we should really worked
With your obnoxious depression
And communication skills

-          Juan Son, Mermaid Sashimi

 

And the hardest part
Was letting go, not taking part
You really broke my heart

-          Coldplay, The Hardest Part

 

I survived.

I speak, I breathe,
I’m incomplete
I’m alive – hooray!
You’re wrong again
‘Cause I feel no love

-          Queens of the Stone Age, The Vampyre of Time and Memories

 

Nunca más ya podre verte

Amarga tierra de ingratitud

Por amarte y por quererte

Tronchó la muerte mi juventud

Y a extraño poder te llevarás

Mi flor de amor

-          Taki Ongoy, Último Baile

 

And it was
A leap of faith I could not take
A promise that I could not make

-          Placebo, Ashtray Heart

 

But now I have finally seen the end

And I’m not expecting you to care But I have finally seen the light

 I have finally realized
I need to love

-          Muse, Madness

        

I didn’t want to ask you, baby
I didn’t want to have to ask anybody, baby,
Is anyone asking maybe?
Can anyone even hear me?

-          The Strokes, Machu Picchu

 

Aspiró delicadamente la boquilla de la pipa, expulsando el humo a medida que invadía su boca. El contraste gris azabache del anochecer invitaba a fumar lento, con disfrute, dejándose llevar por el aroma a vainilla de aquel tabaco, como pidiéndole perdón al tiempo, a las memorias, a los sueños. Miró por la ventana al cielo rompiéndose en aquel espectáculo, escuchando de fondo Último Baile de Taki Ongoy, permitiendo que los líricos se asienten en sus pensamientos. Contaminado, arrepentido, oscuro, silente e incompleto. Así estaba X. Además de sentado frente a una ventana, con un enorme San Bernardo echado a su lado, con pipa en mano, una taza de café en el alfeizar y un chocolate que el animal veía fijamente en cada que se movía.

Puso pausa a la música. Dio más bocanadas a la pipa. Las luces de la ciudad empezaban a pintarse, el paisaje se iluminaba artificiosamente pero el aire nostálgico no se quería marchar, el velo de la noche se hacía cada vez más evidente y X sentía que estaba en el mismo anochecer de siempre, abrumado por la sensación de deja vu, convencido de que el aire lo transportaba a un día infinito que jamás se terminaba y evocaba a un encierro agradable. X se maravilló ante los gritos del silencio absoluto, pensando que ni siquiera la ciudad se atrevía romper aquella calma de anochecer, notando que hasta su respiración parecía más estridente y el infierno se desataba en sus pensamientos.

Le dio un sorbo al café, cargado y con mucha azúcar, olió y mordió su barra de chocolate y concluyó con una larga bocanada a la pipa. Las primeras estrellas se asomaban brillando coquetamente en los augurios que traía el cielo y su promesa de luna llena. Ahí apareció la gata. Dio un rodeo al San Bernardo y se posó en las faldas de X, buscando el chocolate, estirándose desvergonzada, maullando y mirando casi dulcemente, casi fijamente a los ojos de X. Acostumbrada a la presencia de X, la gata negra de ojos miel no se sabía hurtada de su hogar. O a lo mejor sí, pero no le importaba. X la trataba más que bien y había dejado que la felina se apoderase de su pequeño reino donde vivía con su San Bernardo, sus libros, sus fantasías, sus series y su soledad. La gata negra había llegado a apoderarse de la cama, de los asientos, a dejar rastros de su pelaje por doquier, el olor a sus meos se sentía especialmente fuerte en el cuarto de X y en la mini sala donde la gata negra era reina absoluta, maullando cada hora en punto, solo para recordarle a X que seguía ahí, o que se iba pero al rato volvía. A veces su miau significaba tengo hambre, otras quiero caricias, otras veces aquel solitario maullido – pues nunca había un segundo, mucho menos un tercero – era una queja que X escuchaba divertido o una risa que iluminaba al mismísimo San Bernardo. Pero siempre desde la sala. Si la gata negra maullaba, X era quién tenía que ir a ella. Tratarla como reina o ignorarla rotundamente. Aunque, a veces la gata negra cedía y marchaba a donde fuera que estuviese X. Lo miraba como con reproche y volvía a maullar ese miau de mil significados.

La gata negra se echó encima del San Bernardo. El perrazo emitió un ligero lamento desde la garganta, pero no se movió ni un ápice ya resignado a la soberanía gatuna en tierra de perros. X los observó divertido, olvidando por un momento al anochecer, y acarició la cabeza del San Bernardo, como reconociendo la escena, volviendo a sentir el deja vu, atorándose en el día infinito de nostalgias e ilusiones, frustraciones tercas que se rehusaban a marcharse, memorias vívidas de lo que sentía como una muerte. X lo sabía, lo aceptaba y hasta había llegado a necesitarlo. Era esa gata negra, era una memoria que se rehusaba a darse por muerta, X evocaba un dolor de hacía dos años atrás. Tiempo suficiente para parir una tortura impensable y ayudarla a crecer, nutrirla de rencores, lamentos, excusas, arrepentimientos y deseos furiosos, incluso ansiosos, deseos que visitaban ese solitario reino de X y le recordaban lo perdido. Una falla que encontraba un alivio superfluo en dejar a la gata negra reinar en los recovecos de aquel reino solitario.

La noche al fin reinaba absoluta. De afuera se escuchaban aullidos y ladridos de callejeros. La gata negra maulló y se subió a las faldas de X, quien no sabía si la felina buscaba caricias o comida. La gata negra ronroneó al sentir el toque brusco de X en su pelaje y comenzó a estirarse, cerrando los ojos complacida. X continuó acariciándola, automático, rutinario, deseoso. “¿Deseoso?” resonó en su cabeza, mientras la gata negra se relamía con los ojos cerrados ¿era todo eso, que se arremolinaba en su cuerpo, un deseo o un recuerdo? Podía ser posible que sus ojos lo engañasen, pero ¿acaso la patita de la gata negra se había transformado en una sensual pierna humana de piel canela?

X, de pura sorpresa, derrumbó la taza de café sobre su alfombra. A la pipa humeante la apretaba con su mano izquierda y encima suyo algo pasaba, algo que le despertaba los sentidos y engendraba una mano traviesa que se movía por un pelaje que ya no era pelaje. X no quiso mirar. Sintió que la gata negra era más grande, palpó una piel suave y sedosa, reconoció formas poco gatunas entre sus dedos y hasta la olió. De los vericuetos de su memoria, o tal vez de las profundidades de su anhelo, incluso podía ser que fueran las venganzas de sus frustraciones quienes se encargaban de convertir el olor del café derramado en la alfombra, el chocolate a medio comer, el humo de vainilla disolviéndose en el aire, o inclusive los meos felinos en una suerte de olor a vino tinto. ¿Debía X abrir los ojos? ¿Estaba listo para que la fuerza de lo que sea que pasaba lo aplastase con tantas cosas evidentes?

X separó los párpados lentamente. Se quedó mirando la luna llena prometida por un rato. Lloraba. Movía su mano ansiosa, manteniendo las caricias sin parar. Pero lloraba cuanto podía antes de tener que enfrentar lo que creía que iba a mirar. “X” dijo una voz suave y grave pero muy femenina, o quizá “X” aullaron sus ideas desaforadas, o acaso eran sus manos tembleques. Algo gritaba “X”.

X miró abajo como un ateo presenciando un milagro. Una femenina figura espléndida ronroneaba en su regazo. Desnuda, flaquita, echada sobre su estómago, todita color canela, excepto en el pelo negro y los ojos que, por mucho que X no los veía, él sabía que eran ligeramente claros, propensos al brillo, redondos, grandes y egipcios. Pero ella miraba hacia abajo y movía sus pequeños pies sobre sus muslos poderosos como bisagras, lentamente y como acompasando las caricias de X en su espalda. Sus nalgas, redondas e ideales, se balanceaban ligeramente ante cada compás, cada caricia arqueaba el cuerpo de la muchacha color canela haciendo que sus pequeños bultos en el pecho se presionasen jugosamente contra el jean de X, forzándola a mover la cabeza como perdida y complacida. X reconoció aquella piel y su toque se volvió ansioso, desesperado habría dicho algún testigo casual, o triste habrían testificado observadores más cuidadosos. Pero no X, quien sentía volverse loco a medida que tocaba más y más a la muchacha color canela, sudando ligeramente mientras la sangre se concentraba en un solo punto de su fisiología y en sus pensamientos se manifestaban las lujurias más concupiscentes, los deseos más básicos y las necesidades más obvias. X se sabía engañado por un cerebro solitario, X se sabía víctima de algún dios cruel y bromista, X se supo un terco reincidente, drogadicto de su propio anhelo y dealer de su más jodido veneno. La muchacha color canela gemía del mismo modo que gime uno al comer algo delicioso, la muchacha color canela se acariciaba el cuello con una mano y pasaba la otra entre su pelo negro. El olor a vino tinto embriaga a X, los ruidos de la calle parecían lejanos. Su reino nunca se había sentido tan vasto y solitario.

La muchacha color canela se dio la vuelta. Sus ojos egipcios se posaron en X casi rendidos, casi eróticos, un poco tiernos, y X se quedó fijo en esos labios con forma de corazón, húmedos y listos para ser mordidos y saboreados. Entonces notó que los pezones de la muchacha color canela lo miraban fijamente y les devolvió la mirada como a viejos amigos, como si de alguna forma los hubiera conocido de toda la vida, los palpó consciente de que la sangre se concentraba más y más, notando el peligro de una explosión como única consecuencia lógica a tanto deseo.

La muchacha color canela se levantó y se sentó en el alfeizar de la ventana. X se acomodó los pantalones y respiró profundamente, puso stop a la música, retrocedió unas cuantas canciones y puso play nuevamente. Inmediatamente sonó un piano y una hermosa voz femenina: “He never ever saw it coming at all“. Supo que necesitaba hablar. Pero igual guardó silencio por un rato. Un rato muy largo.

-  ¿Cómoda? – preguntó repentinamente mientras su radio escupía de sus parlantes un: “Field trip to the chocolate factory/Field trip to the slaughter house/Field trip to darkest places/You can hold up in your mind/Your philosophy, your poetry/You beautiful scum back/Even though you don’t have feelings/I’m obsessed with you right now” – Claro que estás cómoda. De eso se trató todo al final ¿no? De que estuvieses cómoda. Con tu vida, con tus conformismos, con las limitaciones. Conmigo, con él, con quien sea tenías que estar cómoda hasta que ya no lo estabas y, cómo podía saber yo que, te escabullías. – la muchacha color canela cruzó las piernas –  “Al diablo con X, qué importan sus anhelos, o las cosas que me dice, y las que yo dije aun peor.” – X apretaba la pipa con furia en una mano, y posaba la otra sobre las piernas de la muchacha color canela. Dentro suyo lo recorría un escalofrío, un nerviosismo de virgen que le quitaba el aliento – ¿No me aseguraste que tú también? Lo recuerdo bien, lo he recordado mucho. Lo dijiste frente a una verja negra como tu gata, a las seis de la mañana, mientras regresábamos de una noche intensa y espléndida. – el silencio reinó el cuarto mientras la muchacha color canela lo miraba fijamente casi triste, casi soberbia – Y luego te narré mis sueños, te dije mi nombre, te conté quien era. Te hice mi reina. – la muchacha color canela puso sus manos sobre la mano traviesa de X, sonriéndole tímidamente con la mirada – Me dejé llevar por la fe en tu Palabra, por un rato dejé de lado a la nada y te convertí en todo, me preparé para una corta eternidad a tu lado y fui feliz.  Aun desde mi insistente soledad, mi especial forma de ser, pese a mis constantes pedos mentales y mi empeño en la autodestrucción creí, por un segundo, que eso temblaría ante aquello que íbamos a construir. – en las bocinas resonó: “Everything I know is wrong/Everything I do, it’s just comes undone/And everything is torn apart” – Y ni siquiera días después, horas después machucaste eso. Cortaste de plano todo anhelo, sueño, deseo. Whatever. La cosa es que lo mataste. Me mataste.

>> Y claro, después me buscaste como si nada. – la mano exploradora de X acariciaba, la muchacha color canela cerraba los ojos como animalito cuando le rascan detrás de las orejas – “Amigo” me llamaste, con vergüenza en tu voz, con culpa mientras me mirabas y yo te evité.  Me preguntabas “¿Por qué te alejas?”, y yo resoplaba furioso, como si no supieses. – X guardó un corto silencio. La muchacha color canela lo miraba casi fijamente, casi preocupadamente. X aun sostenía la pipa, y con la otra mano se frotaba el rostro. – Me escondí en mis tugurios, en otros senos, más grandes y más nefastos, huía de ti refugiándome en todo lugar en que las sensaciones le ganaban a los sentimientos y a toda costa busqué perderte de mi vida – y la música dijo: “Si el capricho de la suerte/Me deparó tan triste fin/Para mí la misma muerte/Será mi hermoso verde jardín/Allí brotará, mi pobre amor/Blanco jazmín.” -, y logré volverte ausente. Te dejé en paz con tus perros falderos, con tus laberintos, con tus tatuajes, tus terapias, con tus chocolates europeos, tu música de Daniel Johnston, Tarafs de Hadiouks y Avenge Seafold, me alejé de ti, de Dalí y Hunter Thompson. Te olvidé recordándote cada día. Me forcé a sentir cosas parecidas por otras, pero nunca iguales. Me colé en tu casa cuando sabía que no estabas y te robé a tu gata para tener con que recordarte, pero también para vengarme, lastimarte, sentir que algo te dolía como todo me había dolido a mí.

>>Por dos años. Sí. Fueron dos jodidos años los que he estado invirtiendo en olvidar aquel domingo en que me dejaste. – la luna brillaba en la piel canela de la muchacha, su cuerpo desnudo, su elegancia, su mirada le parecían a X divinos, dolorosos, estrepitosos – Y yo alimenté rencores y rencores, porque yo lo sabía querida, yo estaba seguro de que tú y yo – y en lo parlantes resonó “You were alone before we met/No more folorn than one could get/How could we know/We had found treasure/How sinister and how correct.” – estábamos en lo correcto mientras nos duró el sueño. Tú y yo podríamos haber sido como Beren y Luthién.

>>No te culpo. Ya no. – X relajó el tenso cuerpo, dejó que su mirada lo hiciese vulnerable – Hace un mes que me ayudaron a ver que no fuiste solo tú quien me dejó, fui también yo quien me rendí. Deje de lado la insistencia y la lucha, empecinado en victimizarme, en sentirme dolido y tratar de culparte del desastre de nuestros sueños – dijo mientras pensaba “mis sueños” – rotos. Y luego de dos años noté que necesitaba olvidarte, que quizá nunca te superaría pero que ya era hora de hacerlo. – X calló, y en su silencio notó que la música ya no decía nada – Pero tú fuiste la primera a quien le dediqué ese sentimiento innombrable. Y ni siquiera fue completo, ni siquiera pude dártelo todo y me quedé con tanto para ti dentro mío, que siento que no alcancé a darte casi nada. Porque yo fui un cobarde – admitió al fin –, porque tú también lo fuiste. Tal vez porque me engañaste, o me engañé yo solito. Puta mierda, no sé. Quisiera saber. Preguntarte – continuó X sintiendo la pena y la frustración ganándole en el pecho, pesados sentimientos que le recordaban que a veces es mejor el olvido que perdona al olvido que resiente – hasta que punto fueron reales los besos y todo eso. ¿Te arrepientes? ¿Ya nos olvidó el tiempo? ¿Habrá un mañana? ¿Será que alguna otra me acepte como tú lo hiciste en un principio? – la muchacha color canela lo miró casi enamorada, casi culposa – Responde por favor – rogó X – Dímelo, de una vez explícamelo todo.

- Miau.

Un lengüetazo canino en su mano sacó a X de su monólogo. El reloj en el aparato de música decía que eran las doce, su reloj de pulsera indicaba que eran las veintitrés en punto. La gata negra, sentada en el alfeizar de la ventana, miraba a X casi tiernamente, casi fijamente cuando dio su único maullido de cada hora en punto. X acarició al San Bernardo, agradecido y preguntándose qué significaba aquel miau. Aspiró el olor a café que llegaba de la alfombra, vació el tabaco chamuscado al cenicero, mascó el chocolate, puso stop a la música, se incorporó y se estiró mientras la gata negra y el San Bernardo miraban fijamente sus movimientos, contempló a la noche una vez más, y bajó a la cocina para preparar comida para ambos animales.

Hola a todos. Empecé con este asunto de las recomendaciones en La Cabina Azul, y lo adoro tanto que ahora lo muevo a mi blog. Cada semana les dejaré las cosas que me gustaría que los demás puedan ver, escuchar y disfrutar. A ver, entremos en materia.

SERIE: The Thick of It es de las más perfectas exposiciones de humor negro y político que encontré hasta ahora. Además de tener un estilo de cámaras y filmación que los distingue, los personajes y el guión están desarrollados de una manera simple pero que igual suena a compleja. Los chistes son contundentes y bien pensados, y lo hacen reír a uno con la seguridad de que si viera aquello en la vida real también se reíria pero con un dejo de realismo más trágico. Con un reparto muy bueno, donde está incluido el próximo Doctor Peter Capaldi (encarnando al mítico Malcolm Tucker, un personaje inolvidable) esta es de las mejores series de comedia que jamás verán y se encontrarán pensando en que tanto se parece la política tal como se la maneja en la serie a la de la vida real. Les dejo un link a sus tres primeras temporadas, y otro a su cuarta y última.
Link a las 3 primeras temporadas: http://thepiratebay.sx/torrent/6191900/
Link para la cuarta temporada: http://thepiratebay.sx/torrent/8512242/The_Thick_Of_It_%28UK%29_COMPLETE_Series_4_%282012%29_720p

MÚSICA: El ámbito de la música boliviana posee bandas buenas, rescatables y pésimas. Pero una de las mejores fue Enfant, donde Horuset trajo música como pocas veces se ha creado en Bolivia y lo hizo de la mano de contribuidores como el gran Freddy Mendizabal, Alex Iturralde, Dan Zlotnik, Mark Aanderud, Pier Alour, Andrea Camacho, Marcelo Villegas y Armando Rivero. Para mí, lo mejor que escuché de músicos bolivianos. Descarguenlo por acá: http://www.mediafire.com/download/awmaxa2x3r3c24z/Enfant+-+Filium+Ex+Machina+%28320+kbps%29.rar#1

LIBRO: Dado que pronto saldrá una continuación de Fight Club (novel) en foma de novela gráfica (y me enteré de que la trama revolucionará alrededor de Tyler Durden mirando como Cornelius, el narrador de la anterior entrega, se aburre en su vida sin salida) pues recomiendo fuertemente que se lean el libro. La película es increíble y siempre será la mejor de los noventas. Pero el libro no se queda atrás y nos brinda una perspectiva más cruda de los eventos en la vida de Tyler Durden. Acá se las dejo: http://kickass.to/fight-club-by-chuck-palahniuk-epub-mobi-retail-t6883215.html

JUEGO: Retornemos al clásico Warcraft. Sí, el WoW es cool y nos trajo muchas sonrisas (hasta que lo arruinó todo a partir del Cataclysm) pero no podemos olvidarnos de sus gloriosos inicios. Ahora si no quieren retroceder demasiado, pueden quedarse con el WarCraft 3, que marcó un cambio en los juegos y que fue el primer paso ahcie el WoW. Dicen que supuestamente se lo puede bajar de acá: http://warcraft-iii-reign-of-chaos.en.softonic.com/

COMIC: Pocos críticos, movimientistas y/o (ae, ae) intelectuales han podido lograr lo que Quino (Joaquín Salvador Lavado) logra en cada una de sus tiras cómicas. Más conocido por la célebre e impresionante Mafalda, Quino ha publicado las más graciosas y descorazonantes tiras cómicas, solo superadas por Bill Waterson con Calvin y Hobbes. En este Tumblr encontrarán imágenes, además de links de descarga: http://quinoterapia.tumblr.com/

PELÍCULA: In the Loop es una película que reunió a todo el personal de The Thick Of It (y a otros que formarían parte de Veep la nueva serie del creador de The Thick of It, Armando Ianucci). Como la serie la película es excelente. Veremos a los actores de la serie en roles distintos (a excepción de Capaldi que nos trae otra gloriosa interpretación de Malcolm Tucker) y hasta veremos a actores como Gandolfini y Will Smith. La película está muy bien balanceada, inteligentemente escrita, los personajes tienen líneas poderosas y la crítica al conflicto del armisticio contra Iraq. Quienes quieran ver como funciona la política y horrorizarse/reírse de ello, no se pueden perder esta película. Acá les dejo el link: http://kickass.to/in-the-loop-dvdrip-t5205027.html

Eso es todo por esta semana. Les agradezco la atención y espero que disfruten de lo recomendado.

Adrián Nieve

Lágrimas. Bañado en lágrimas. Así está uno cuando termina de ver “An Adventure in Time and Space” y los créditos están pasando. Se seca uno las lágrimas, y hasta quizá un ocasional moco, y sonríe ampliamente agradeciendo, dentro suyo, a Mark Gatiss por semejante guión, a Verity Lambert por pelear encarnizadamente contra las probabilidades, a Sydney Newman por la idea que lo trajo todo, Waris Hussein por realizarlo, al necesariamente ausente David Whitaker y a Hartnell por haber sido el primero no solo en el rol, sino también el primero en amarlo. Pero si nos sinceramos, en el fondo está uno agradeciendo ser whovian.

Nunca he sido fan de Gatiss como escritor. Si bien admiro su atención a los detalles que parecen nimios,  y que discretamente y sin jamás ser dichos,  devienen en importantes (cosa muy difícil de lograr), nunca me ha gustado su manera de crear tramas obvias, muy masticadas y hasta mediocres. Creo que eso hace casi innecesario aclarar que no le guardaba fe al docudrama “An Adventure in Time and Space”, especialmente desde que se anunció que estaría a cargo suyo. Lo que yo no sabía, o no recordaba mejor dicho, es que Gatiss es un whovian de la más alta cepa y que este sería, es, será su homenaje, su carta de amor al programa que solo los fanáticos, los creyentes, cachan en todas sus dimensiones. No solo por esos cameos que lo dejan a uno, al fan empedernido, con los ojos bien abiertos y una sonrisa ligera en el rostro, son también los guiños añorálgicos que se presentan; ver la consola original, atestiguar, aunque sea artificialmente, el primer viaje de la TARDIS, ver la ya mítica escena de los Daleks en Londres siendo filmada, pero creo que lo más impresionante es poder conocer a los responsables de nuestros suspiros y alegrías; Verity Lambert la primera verdadera whovian, la companion por excelencia, quien le dio al Primer Doctor lo que él nos daría a nosotros a través de 50 años de viajes temporo-espaciales: la elección de creer.

En nosotros mismos, en el Doctor, en la vida, en las regeneraciones, en quienes nos acompañan, en una ideología, una filosofía, en la mismísima nada, en la incertidumbre o en un dios. Escojan su veneno. Los whovians aprenden a creer en algo, justamente porque ya lo hacían pero, quizá, lo habían olvidado. Verity Lambert apoya a Hartnell, lo ayuda a creer, y en el trayecto Hartnell termina por ser el más creyente de un proyecto en el que pocos creyeron desde un inicio. Hartnell, como todos los fans, ama al programa y ha tocado su vida de tal forma que todo empieza a verse distinto gracias al Doctor, aun más por ser él quien lo encarna.

Pero Gatiss no se olvida de Hartnell la Persona, en su viaje para mostrarnos a Hartnell el Doctor. La Persona se revela como un viejo amargado, gruñón y hasta torpe. Un hombre que buscaba desesperado una prueba de su valor, un sentido para darse a sí mismo antes de poder estar en paz con los demás. Una Persona que lucha contra el mismísimo tiempo, para poder darle espacio al Doctor, quien se aferra a esa mescolanza entre aquellas dos naturalezas para hacerse inigualable. Hartnell el Doctor será siempre inolvidable para los whovians. Pero ahora, gracias a Gatiss y Moffat, Hartnell la Persona lo será también, si es que no lo era ya desde antes.

¿Cómo no llorar ante ese guiño, maligno si se le pregunta a un whovian, que Gatiss puso en boca de un Hartnell, quien llorando con toda su alma y mandando al diablo a la compostura, pronuncia ese “I don’t wanna go” que ya antes nos ha hecho añicos los corazones? ¿Cómo no romper en un estrepitoso llanto silente cuando Hartnell ve a Matt Smith con el rostro impreso de esa expresión infante de completo entendimiento que solo Smith puede lograr? Lagrimear cuando menos, o entender que si lloras es porque viste al fanático que eres reflejado en Hartnell y Lambert. Amar al Primer Doctor porque amó ser el primer Doctor.

A todo esto me queda hacer una advertencia tardía: esta no es una crítica. Es una felicitación, es un homenaje, es una declaración de amor, de lealtad. Es la prueba de que soy whovian.

Hartnell y Bradley