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Akira Toriyama es un genio. La forma en que avanza la historia de Dragon Ball Z responde a una estructuración narrativa propia de la novela. Podemos ser testigos del desarrollo de las vidas de los guerreros Z y su paso por el mundo, al cual defienden de temibles monstruos como Cell o Majin Buu. Interesante es notar los pequeños elementos que se van dando alrededor de las predecibles sagas (todos sabemos que triunfará el bien y que serán Goku o Gohan quienes salven el día) y que salpimientan de la manera más suculenta el relato que trae Toriyama.

Son las pequeñas cosas. Algún comentario existencialista del narrador, alguna acción, aparentemente, fútil de cualquiera de los personajes que cobra una relevancia considerable en el futuro, incluso las partes subidas de tono que censuran en la versión latina, todos esos toqueteos y comentarios pervertidos del maestro Roshi, hasta la mera existencia de Maron, tan parecida a Bulma, tan representativa de la imagen que nos hacemos de la ligereza sexual. Pero, a todo esto, creo que uno de los elementos más interesantes es Míster Satán y la fe ciega que el mundo le tiene.

Es fe y es ciega (aunque ambas palabras se impliquen la una a la otra) pues poco sabe la humanidad sobre las hazañas de Míster Satán, solo conscientes de lo que quieren saber y hallando la calma y la felicidad en ello. Al buen Míster lo conocemos durante la saga de Cell donde nos lo presentan, y se queda para siempre, como un payaso, un típico charlatán papanatas que se da aires de importancia, negándose a admitir que todo lo que sus ojos presencian son cosas más allá de su entendimiento. Míster Satán mira sin mirar las hazañas de los Guerreros Z y no solo se sorprende, sino que les teme. Les tiene un miedo tremendo, de esos que a cualquier humano paralizarían, pero que, en él, no alcanza a ser más fuerte que su arrogancia (no confundir con el orgullo, eso es terreno del buen Vegeta), esa su necesidad de ser admirado para saberse por encima del resto de la humanidad.

Personalmente, pienso que debe ser una felicidad cruel esa de sentirse por encima de los demás sabihqdefaulténdose un fraude. Incluso me atrevería a compararlo con el fardo tortuoso de angustia que deben cargar los plagiadores que han logrado triunfar sin nunca haber sido capaces de expresar una idea propia. Pero nada de eso parece molestarle al buen farsante de Míster Satán, quien se vale de fanfarronería, mentiras y mucha fortuna para ser testigo de situaciones peligrosas, de las que sale incólume, y que torcerá a su conveniencia a la hora de dar el relato de lo acaecido, beneficiándose de paso. Un tipo cómico al que, por lo general, si viéramos en nuestro día a día (trabajo, colegio, noticias) mostrando esa parte suya que tanto oculta, calificaríamos de despreciable cobarde y embustero; y ese es el héroe supremo de una humanidad que ha visto, y ve, cosas más impresionantes que Míster Satán pero que insiste en creerlo el más poderoso, ensalzándolo como a un Jesús de las artes marciales. Quizá de mucho más que solo las artes marciales.

Y ese es el otro lado que complementa este asunto: la humanidad y su fe ciega (redundando, nuevamente) en Míster Satán. Hay un punto en que ese recurso cómico que usa Toriyama para que la historia no tenga tonos tan graves se abre a una interpretación más seria. Míster Satán miente, sí, pero los que más se mienten son los propios humanos, pues son ellos quienes perpetúan la farsa de su salvador. No importará que hayan grabaciones de los juegos de Cell que delatan la cobardía de Míster Satán, o que lo hayan visto hacer toda clase de papelones en el torneo de las Artes Marciales en que participan el Supremo Kaio-sama y Kibito, ya que la gente elige vendarse los ojos y apoyan las mentiras que el campeón dice. Aceptan las excusas de tropiezos falsos, dolores de estómago que no lo dejan pelear, eligen creerle cuando clama que se dejó vencer en su pelea con el pequeño Trunks, o sus mil peripecias y embustes cuando Majin Buu es convocado. En ese sentido, tampoco importaría que la gente se enterase que la androide 18 lo chantajeó para dejarse vencer por él, ni siquiera tendría la menor relevancia que vean las peleas de los Guerreros Z, cuando ni les interesa si se quedan mudos y con los ojos desorbitados ante las manifestaciones sobrenaturales de los poderes de los Guerreros Z. Creo que hasta es posible decir que tendría nula relevancia si ellos mismos pudiesen volar como esos seres fantásticos a los que, deliberadamente, niegan reconocimiento. Para ellos las habilidades de Goku y sus amigos serán trucos sucios y baratos que no engañan al ojo supremo de su Salvador, pues su fe está basada en algo que ellos piensan que ha sucedido, creyentes acérrimos de ser poseedores de pruebas irrefutables y absolutas que nadie puede, ni debería cuestionar.

Sin embargo, lo más curioso no es la fanfarronería del suertudo Míster Satán, ni los velos a prueba de realidad que la humanidad se coloca para poder llamarlo campeón del universo, lo más curioso es que son los mismos Guerreros Z quienes terminan por alcahuetear los comportamientos de ambos. En un principio porque no les importa por mucho que a algunos SatanBlueEyesde ellos les indigne, pues es válido decir que tienen cosas más importantes en las que pensar que un don nadie dándose aires de algo que no es; después continúa sin importarles porque no tienen esa lujuria de adoración que posee Míster Satán, sea debido a que no se consideran dignos de ser adorados, quizás porque nunca son suficientemente fuertes bajo sus propios estándares, o porque todas sus vidas han conocido a seres impresionantes de poder apabullante que siempre los hicieron sentirse pequeños, hasta puede influir que algunos deseen cosas simples como una novia, una familia, paz interna, derrotar a un eterno rival o convertirse en un investigador, sea como sea lo más factible es que para seres que hablan con Kami-sama (Dios, literalmente) como a un cuate más, los embustes de Míster Satán y lo que sea que quieran creer los humanos no son asuntos que los inquieten o molesten, son más bien asuntos nimios que no merecen mucha atención, o mayor indignación que la de una maldición ligera o un par de ojos entornados. Los molesta, pero no les quita el sueño. Ya por el final los vemos deseosos de quitarse la molesta carga de la fama y la opinión pública usando a Míster Satán como receptáculo de algo que ellos no quieren y que a él, obviamente, le gusta. Tal vez por eso, al final de la serie, los vemos como cómplices del “campeón”, además de políticamente emparentados gracias al matrimonio de Gohan y Videl.

Así que tenemos a todo un universo conspirando para que Míster Satán sea un héroe. A todos les conviene, sea para disfrutar la fama, o para evitarla, sea para tener algo que los ayude a levantarse cada día de sus camas, completamente convencidos de que no todo es basura bajo el sol. Y si bien este último grupo decide ver las cosas incompletas, no significa que estén por completo equivocados, después de todo aun siendo un papanatas mentiroso que vive de aprovecharse de la gente, no es que Mister Satán sea un bueno para nada. Quizá no sea tan relevante como se pinta, pero sus acciones son vitales para la resolución del nudo de la trama en las sagas que estuvo presente. No solo distrae al Majin Buu gordo, llegando incluso a convertirlo en casi inofensivo, también le salva la vida cuando Vegeta desea asesinarlo (rogando por él hasta las lágrimas), mucho antes de eso ayuda lanzando hasta Gohan la cabeza de número 16, quien convencerá al joven sayayin de que no hay nada malo en pelear para proteger al mundo (lo cual, junto al deseo de salvar a sus seres queridos, liberará el tremendo poder de Gohan), pero lo más relevante será que en la hora más oscura, cuando Vegeta arriesga su vida luchando contra Kid Buu mientras Goku junta energías del universo para formar una tremenda genki dama, en ese momento no será Goku, ni kami-sama, ni Vegeta quienes convenzan a los humanos de salvarse a sí mismos, será el mismísimo hombre al que eligieron como embustero oficial quien los salvará usando esas mismas mentiras, cerrando el círculo al convertirse en el héroe que siempre clamaba ser, sin serlo.

Es de locos. Y lo es porque no es raro encontrar ejemplos de esto fuera de la ficción; en nuestros pensamientos, creencias e ideales con los que procuramos explicarnos la vida los unos a los otros, en todas esas mentiras pintadas de verdades podemos encontrar alguna suerte de bondad, un beneficio que por muy grande que sea, al final, no justifica nada.

De todas formas, Míster Satán no es el único caso interesante en el universo que crea Toriyama, pues este es vasto y las historias narradas en él tienen interpretaciones muy divertidas. Pero me quedo con la pregunta de qué habrá pensado Toriyama al escribir a Míster Satán. Tal vez solo en un bufón que terminó siendo más profundo de lo que se esperaba, o quizá nos quiso mostrar un poco de lo que piensa de los humanos y la perpetuación de las farsas. Lo cierto es que todo esto está abierto a interpretaciones pues, una vez público, el personaje deja de pertenecerle al escritor y se vuelve propiedad de los lectores. Aunque, probablemente, no perderíamos nada con preguntarle.

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- Mira a tu cuerpo –

Una marioneta pintada, un pobre juguete

De partes unidas listas para colapsar,

Una cosa sufriente y enferma

Con la cabeza llena de falsos imaginarios

La Dhammapada

Las hermanas Escobar y yo teníamos mucha historia entre nosotros cuando tocaron mi timbre aquella mañana de invierno. Estaba yo totalmente cansado y asqueado de los excesos de la noche previa, así que el retumbar infernal del timbre me despertó de un profundo letargo que solo abandoné por la insistencia del repiqueteo de la campana. Cuando abrí la puerta me las encontré, de repente, frente a mí tras un año y medio que no sabía nada sobre ellas. Quedé totalmente petrificado al encontrarlas tan sanas, tan hermosas, como si la vida se hubiese encargado de sonreírles y sonreírles en aquel tiempo que pasamos separados. Las envidié, pues en mí se mostraban pruebas de todo lo contrario, cualquier observador ajeno a nuestra historia se habría preguntado qué hacían aquellos preciosos ángeles hablando con ese roñoso y destrozado intento de hombre. Lo admito, estaba demacrado, estresado, fuera de forma, deprimido y siempre intoxicado, mientras que ellas parecían rubicundas, alegres, tan preciosas como las más finas modelos famosas, incluso tenían un aire de contagioso bienestar que no tardó en molestarme. Me saludaron con cariño, me dieron abrazos cuya sinceridad me asqueó en un principio pero que, poco a poco, fueron quebrándome hasta que me encontré a mi mismo confortado como crío en el refugio del abrazo de ambas, con los ojos secos y furiosos, pero aun así disfrutando del abrazo de las hermanas.

Durante el abrazo las recordé como no las recordaba desde que sus abandonos en mi vida iniciaron. Mi mente viajó en el tiempo sin que yo pudiera evitarlo y, pronto, me encontré a mi mismo pensando en el tiempo en que las conocí, cuando aun íbamos a la escuela y estábamos en séptimo básico. Era la tercera vez que me enamoraba en toda mi vida. La escogida fue Martha, dos años menor que yo, un año menor que su hermana Raquel. Martha captó mi atención, primero, por su belleza innegable, acompañada de sus ojos cafés hipnotizantes, además de su trato fácil y agradable; años más tarde me seguiría enamorando, esta vez con su aspecto inocentón que salpimentaba la sensualidad de sus piernas y sus pechos, además de esos ojos tan grandes y redondos que gritaban ternura con un brillo peligroso y seductor que la disfrazaba de víctima y disimulaba su malicia. Raquel, su hermana, era más sensual, era un remolino de lujuria latente que inquietaba hasta al más cauto, sus ojos eran achinados en comparación a los redondos perfectos que eran los ojos de su hermana, pero eso solo le daba un aire más críptico a sus miradas penetrantes, miradas que yo disfrutaba mucho y a las que me sometía en largos diálogos que solo trataban de mi amor platónico por su hermana. Eran temporadas divertidas, aquellas de colegio, temporadas fáciles y llenas de dicha en que solo tenía que preocuparme de mi mudez ante Martha y disfrutar de mi estrecha amistad con Raquel. Para resumirlo en una palabra: cómodo. Era total y absolutamente cómodo estar así, atrapado en un amor imposible al que nunca podría tener, siendo consolado por otro amor imposible del cual ni yo era consciente.

Ese fue el antecedente, una infancia incómoda que solo cobraba sentido cuando olía, en la sana distancia, el perfume de Martha mientras las manos de Raquel acariciaban mi rosto. Todas esas tardes en casa de las Escobar riendo y jugando, dichoso de ser el centro de las atenciones de ambas hermanas, como si fuéramos ya un triangulo amoroso, aun en la tierna infancia. Luego vendría una adolescencia tumultuosa, totalmente rendida a los encantos florecientes de las Escobar, que cada día se parecían más a las leyendas de belleza que leía en los libros de ficción que poblaron aquella etapa de mi vida. Disfruté mucho de sus atenciones durante toda mi adolescencia, eran mías y solo mías, por más que sus atenciones nunca habían derivado en aquellos sentimientos románticos que yo tanto ansiaba.

Tras ello, ya cumplidos los dieciocho, desaparecieron de mi historia por un tiempo, temporada que aproveché para vivir. Lo recuerdo como si fuera reciente, pues el primer día sin las Escobar en mí vida fue triste, lleno de lamentos por su forzada partida, obligadas a morar en otro país, tan lejos del mío que cuando me lo anunciaron, lo primero que pensé fue que no las volvería a ver nunca jamás. Días pasaron antes de que pudiese digerirlo, mas cuando lo hice empecé a sentirme aliviado, como consciente de una cadena que me tenía atrapado a ellas y que con ellas lejos cesaba de existir. Fue así que caí en los vicios. Suena a una cobarde justificación y lo más probable es que lo sea. La ausencia de las hermanas me reveló un vacío dentro de mí que solo los vicios me ayudaban a olvidar, un vacío que me empujaba cada vez más lejos en los caminos más tumultuosos y malsanos, pues solo en esa miseria podía yo dejar atrás los hermosos días de antaño. Me había convertido en un parásito que chupaba vitalidad de los demás para mantener su patético intento de vida vigente Admitiré que no lo recuerdo con arrepentimiento, las memorias de esos días no me ruborizan en lo más mínimo, por mucho que cometí actos innombrables. Todo fue en aras de la diversión, de la juventud y la irresponsabilidad, todo fue para poder un día decir que yo había vivido como nadie, que había disfrutado de los excesos cuando el cuerpo aun era joven. Según Raquel eso me hacía un viejo atrapado en un cuerpo juvenil, pero en esos tiempos no estaba Raquel para recordármelo. Durante esos años, el perfume de Martha y el toque de Raquel no eran más que pueriles e inocentes recuerdos de una época mejor, una mucho más feliz y sencilla.

Volvieron a mi vida cuando recién daba yo mis primeros pasos en el mundo de los adultos. Me aterrorizaba la perspectiva de pagar por mis propias necesidades y eso cortó todos mis vicios con una efectividad que ningún duodécimo paso podría haber logrado. Dejé de ser el parásito vicioso y, en adelante, tuve que concentrarme en ignorar la voz caótica detrás de mi cabeza que me invitaba al desorden. Aprendí a callarla para poder hacerme un androide más del sistema, otro esclavo de la rutina que deja de tener aventuras y las cambia por un ambiente tranquilo, donde el miedo se traslada de los finales a los inicios y donde la inercia es la única amenaza a lo más preciado que tenemos los androides: la conformidad con el estancamiento. Era miserable, de verdad miserable, en aquella no tan lejana época, tenía que pelear cada día contra las tentaciones más ruines y triunfar si quería sobrevivir en el mundo de los autómatas, un mundo que hedía a engranajes triturando los cuerpos de los trabajadores para seguir lubricados con la sangre y el sufrimiento de estos. Quizá lo pinto exageradamente, pero lo hago porque fue así como lo viví en su momento. Fue esa dificultad de resistir las tentaciones la que forjó la dureza de mis modos y el silencio con que manifestaba mi conformismo. Creo, firmemente, que estaba en camino a convertirme en un ser despreciable, de aquellos que consideran al mundo inocente y a la gente buena, esos caprichosos cobardes que derraman lágrimas ante la primera manifestación del azar, o de la malicia del mundo. Ahora me da un poco de gusto verme como soy hoy, sin hallar culpa cuando analizo las cosas que hago para sobrevivir, para mantener viva mi sangre.

En esta época de androide recibí un llamado telefónico de un número desconocido. Fue peculiar porque al agarrar el celular me sentí extraño, y cuando al otro lado escuché la voz de Martha me sentí completamente fuera de mí, como si la imposibilidad se diese la contra a sí misma y se manifestase para mis oídos. Creo que habría esperado una llamada de Raquel, creo que hasta la iba ansiando desde el día de nuestra separación, más seguro de la amistad que tenía con ella que de las ínfulas amorosas que tuve con su hermana, por ello resultó aun más bizarro que fuera la voz de Martha la que me buscaba y me pedía un encuentro, una cita, un café. Lo que sea con tal de volver a contemplarnos.

Acepté, en medio del más profundo y desesperante terror acepté. No sé qué me asustaba tanto, no sé qué fue lo que me llevó a temblar cada vez que recordaba la cita que tendría en unos días. Pudo ser la antelación, la emoción de la reunión posiblemente, pero creo que hubo un oscuro presagio para quien era yo en ese entonces, como si un recóndito y misterioso resabio de magia me anunciara que aquel encuentro con Martha sería algo fuera de lugar, un reencuentro muy esperado en que todos los anhelos pasados serían cumplidos, por fin.

Previsiblemente no fue así. Martha me trató con cariño, con infinita ternura me hablaba y me contaba de su vida, de todo lo que había hecho desde que habíamos dejado de vernos, lo hizo con terrible detalle, lo cual me permitió inferir no solo los pormenores de su historia, sino los de su hermana y toda su familia también. La vida no había sido del todo amable con los Escobar, tenían fortuna económica, sí, pero a cambio la salud de los padres se precipitaba al abismo final, la muerte los esperaba en forma de tumores malignos inoperables que lentamente trasladaban a los señores Escobar más allá del alcance de sus hijas. A la par, Raquel había desaparecido en una sucesión de novios infieles que los padres miraban con malos ojos, pero Raquel parecía no querer parar, parecía no entender todo el sufrimiento que a sus padres traían sus ires y venires por las vidas de tipos que no la merecían. Ahí intuí el motivo por el que había sido convocado y Martha me lo confirmó minutos después, cuando me pidió que la ayudara a convencer a su hermana de calmarse un poco, aunque fuese por un rato para darles una tregua a sus enfermos padres. Yo no supe qué responder, no sabía cómo hablar de eso con Raquel, a quién, además, no veía hacía años, pero Martha ya lo tenía todo planeado, según ella solo tenía que volver a su vida para que ella encontrase, nuevamente, el camino adecuado. Fue así que volví a ver cada día a las hermanas Escobar.

¿Qué puedo decir de esa temporada? Llegaba por la noche, me recibía Raquel con una sonrisa muy amplia y me daba abrazos mientras Martha preparaba algo de comer, entonces nos echábamos a ver televisión sin verla, más concentrados en amenas charlas que me dejaban completamente sonriente. Fue una época alegre, eufórica mejor dicho. Me reencontré con los días de mi niñez al acompañar a Martha y Raquel cada minuto que podía. Las dos vivían juntas en un apartamento minúsculo, en el centro de la ciudad, al cual me trasladaba después de enfrentar mi agotadora jornada laboral. Llegaba a la puerta de ese apartamento con los ojos casi cerrados del cansancio, con el humor por los suelos debido a los inevitables choques con jefes o compañeros de trabajo, fatigado por las exigencias que la rutina imponía en mi vida, manejándola como le daba la regalada gana, sin consideración a mis proyectos y anhelos, perdidos ya en el remolino de mantener vivo mi vicioso consumismo con el que construía el hogar perfecto, equipado con los mejores muebles, los ornamentos más caros e inútiles que podía encontrar, esclavizado a hipotecas, cuotas, deudas y todos esos tormentos. Admito que tras todas esas jornadas agotadoras para ganarme el dinero que pagaría mis deudas, llegaba desganado y dispuesto a irme tras media hora de visita. Siempre me decía eso a mí mismo: “media hora y me largo que tengo mucho que hacer mañana” pero me quedaba, hasta bien entrada la madrugada me quedaba con ellas y reíamos y comíamos, bebíamos a veces, era un espacio donde hasta un androide como yo podía sentirse menos maquina y más humano, un lugar donde dejaba de preguntarme por qué necesitaba, un solitario como yo, el paquete de la casa, los muebles, los ornamentos cuando no tenía ni perro que me ladre. Me concentraba en reír, en disfrutar de la compañía de las hermanas que consolaban mis dudas y me daban ánimos para volver al trabajo a cumplir mis jornadas laborales y ganar el sustento, pagar mis deudas, ahorrarme dinero, ser un androide feliz y conforme.

Todo eso terminó un día en que antes de llegar al apartamento de las Escobar me encontré con Martha esperándome en la esquina de su cuadra. Me miró con una determinación que abrumó mis sentidos y confundió mis pensamientos durante un breve instante en que no pude respirar, me pidió que por favor esa noche no fuera a su casa pero que al día siguiente me pasase por ahí para visitarlas en el transcurso de la tarde. “No puedo” le dije “tú sabes muy bien que trabajo” agregué angustiado ¿por qué me negaba mi refugio nocturno? ¿Dónde curaría mi angustia laboral si no era en la relajada felicidad de pasarla bien con las Escobar? Pero ella me insistió delicadamente, hasta el punto en que mi terquedad cedió y le juré que al día siguiente acudiría a su llamado.

Tuve que reportarme enfermo aquella misma mañana, mandando una nota médica del puño y letra de un amigo galeno, al cual terminé debiendo un par de complicados favores de los cuales no quiero hablar en este momento. Sin embargo logré presentarme en el departamento de las Escobar ni bien el reloj dio las dos de la tarde. Dentro pensé que encontraría a ambas hermanas, así que grande fue mi sorpresa cuando solo me encontré con Martha. La tarde fue incómoda, no podía entender porqué pero sí lo sentía en los huesos y en la mente, algo no cuadraba en la hermenéutica de nuestras cortesías, algo había cambiado en nuestras miradas y en la forma en que las palabras sonaban cuando eran expulsadas de nuestras mentes a través de nuestras bocas. Como si algo estuviese descolocado y no hubiese forma de especificar qué. Esto era molesto en más de un sentido, pues le quitaba el aura de santuario al hogar de las Escobar, el único lugar donde me deshacía de todas mis preocupaciones terrenales estaba siendo mancillado por aquel ambiente extraño que la actitud de Martha propiciaba.

Pero he ahí que los designios misteriosos del vacío comenzaron a obrar. Cuando ya empezaba a enfadarme por la situación, Martha rompió un silencio que venía arrastrando desde hacia media hora y me pidió que le hiciese un hijo. La sorpresa que experimenté solo puede ser medida en cifras inefables, en expresiones en mi rostro que no creo poder repetir jamás, mientras que el rostro de Martha era frío, totalmente calculador e inconmovible ante mi sorpresa. Nos enfrascamos en otro silencio, aunque lo cierto es que solo era yo el callado, abstraído en la realización de que nunca había notado la frialdad en los ojos de Martha, mientras ella me lanzaba un discurso de la cercanía de la muerte de sus padres, del deseo de darles un nieto antes del amargo final y no sé cuantas justificaciones a semejante propuesta. Admito que mi deseo por ella se remontaba a la infancia, incluso puedo confesar que más de una vez incurrí en vergonzosas prácticas onanistas con ella en mente, prácticas sazonadas por fantasías cursis e imposibles en las que ella me entregaba todo su ser y se sometía a mis deseos más sublimes, en coitos en los que, a veces, participaba también Raquel, su hermana. No me oponía a tener relaciones sexuales con ella, para nada, pero sí me inquietaba la petición de un hijo. ¿Cómo podía darle yo un hijo? ¿Acaso era posible que yo fuera capaz de engendrar a un pequeño androide que terminaría igual de atrapado en la gran maquinaria del mundo en aras de sobrevivir? ¿Qué, en el vasto mundo de Dios, podía haberle hecho pensar a esta muchacha que yo era el candidato ideal para ser padre de su primogénito?

Ninguna de estas preguntas me fueron respondidas entonces. Por enésima vez en mi vida no supe qué hacer, ni qué pensar y mientras yo callaba completamente inmóvil, Martha se desnudaba revelando las carnes que siempre había imaginado en aquellas noches adolescentes. Mas ni siquiera mi cuerpo respondía a ninguna de las órdenes de mi cerebro, estaba paralizado de terror y por eso dejé que me quitara la ropa y me eché en su cama mientras ella frotaba su piel contra la mía, dejándome completamente electrizado ante cada embate de su cuerpo rozando al mío. Y ni así pude obtener una erección, en un acto que declaro fue una completa traición al joven yo que tanto había soñado con las Escobar, seguro de que nunca las tendría, poco consciente de la traición de su yo del futuro. Ese sentimiento no ayudaba al cometido de las caricias de Martha. Sin embargo ella insistía, me susurraba muchos por favores al oído, me rogaba que le plantase mi semilla, que la hiciera mía para siempre, que ella lo venía soñando desde que éramos más jóvenes, como si estuviera hablando directamente a mi pasado, haciéndome feliz demasiado tarde. Llegó al punto de estimularme de todas las maneras posibles con sus palabras, con sus caricias, con su lengua y hasta con su sexo, no fue hasta después de horas que pudo obtener una erección mía y la aprovechó sin perder el tiempo mientras yo me quedaba inmóvil, nuevamente, y perdido en el miedo a procrear, el más arraigado temor a arrastrar una nueva vida al destino mísero de los humanos, enjaulados por la sociedad, obligados a vivir engañados por empleos mentirosos que prometen bienestar al ingenuo que los necesita, solo para encerrarlos en círculos viciosos que perpetuán la desesperanza del ciclo de la vida y la muerte. Vidas controladas por una insistente ceguera que nos protege de ver los hilos que cuelgan de nuestros cuerpos de marionetas. Tales eran mis pensamientos mientras Martha me montaba, gimiendo suavemente, estimulando mis temores con una mirada espectral que tardó mucho en desaparecer de mi vida. Tardé demasiado en acabar, pero cuando lo hice fue cuantioso y dentro ella, cumpliendo así con la petición que ella me había formulado horas antes.

Luego se echó a lado mío y se quedó dormida. No tapó su desnudez con nada, solo se durmió y me dejó a solas con mis pensamientos. Podría haberme detenido a pensar en todo lo acaecido, pude – y a toda costa evité – llorar amargamente pues, por alguna razón, eso deseaba; tenía un peso titánico en el pecho, una angustia insoportable que me lleno de pensamientos oscuros y me obligó a salir a medio vestir de aquel lugar que alguna vez había considerado mi santuario. Ni bien llegué a la calle me largué a correr como nunca he corrido en mi vida, hasta que mis ojos ardían por el contacto con el sudor y mis extremidades pedían a gritos un descanso antes de que sucumbieran y quedaran completamente destrozadas. No podía entender el origen de mi ansiedad, no lograba comprender nada en ese momento, solo sabía que vislumbraba dentro mío algo innombrable que amenazaba con cambiar la configuración de mis días, un oscuro presagio que me eliminaría poco a poco, hasta que no quedase de mí más que un mísero intento de humano, una burda imitación de vivir, y a eso se reduciría mi historia.

Así se manifestaban los miedos en mi cabeza y yo intentaba olvidarlos con el dolor de mi fatigado cuerpo. No fue hasta que tropecé y me rompí el brazo que pude dejar de gritar en mi mente y escuché una voz acusadora y angelical que me recordó que yo era un androide, que yo había sido un parásito, un mísero intento de humano que imitaba, burdamente, lo que en su achicada percepción era vivir. Me levanté con la nariz sangrante y el brazo torcido, cojeé por los callejones más oscuros de esta ciudad hasta que la voz de Raquel me llegó como si de un sueño dentro una pesadilla se tratase. Efectivamente, pude notar que ella estaba ahí cuando sequé el sudor de mis ojos y dejé entrar aire a mis desvencijados pulmones. Me pareció un milagro hermoso y terrible encontrarme con ella, captar el olor a desodorante femenino que ella siempre desprendía y que colmó todos mis sentidos en apenas segundos. No sé cómo explicarlo, pero estoy seguro de que pude tocar ese aroma, pude verlo, degustarlo y hasta escucharlo abrirse paso por el aire frío de la noche, en aquel callejón que carecía de tráfico, apenas iluminado por una luz titilante. Raquel me dio un abrazo poderoso mientras decía cosas sin sentido, mencionaba algo sobre una rastrera y me preguntaba si es que había acabado dentro su hermana; yo respondí con la verdad a esa y muchas otras preguntas que prefiero no recordar, pues delataban al autómata que soy, a la mísera simulacra de humano que he sido siempre.

Ignoro cuando fue que me puse a gritarle, tampoco recuerdo qué fue lo que me provocó tanta rabia. Solo sé que de un momento a otro me vi a mi mismo gritándole a Raquel como si ella fuese la culpable de mi cobardía, de mi miseria y mi angustia. Me abochorna confesar que hasta le di un revés en pleno rostro y me avergüenza aun más confesar que encontré placentero verla gritar de esa manera, no porque sus gritos indicaran que sufría, sino porque me pedía que continuara, lo gritaba a viva voz, parecía desquiciada y perdida en morbosas peticiones de más golpes, de muchísimo más dolor que solo mis propias manos podían darle. “Lo deseo” me repetía, “dámelo” gritaba en mi oído hasta que mis instintos más deplorables estallaron a flor de piel y, poniéndola contra la pared, arranqué sus ropas y la tuve ahí mismo, olvidado de toda vergüenza y cuidado, del riesgo mortal que implicaba haber estado dentro de otra mujer unas horas antes – nada menos que su hermana – sin protección y entrar dentro ella, también sin protección. Tuve a Raquel en aquel callejón gris que brillaba naranja intermitentemente, gracias al palpitante y magro fulgor del poste de luz, la tuve violentamente mientras el sudor volvía a cegar mis ojos y la sangre de mi nariz bañaba su espalda, primero, y su hombro y pecho izquierdo, después, hasta que ya no quedó nada de mi semilla y toda fue vertida dentro Raquel.

Cuando abrí los ojos ya era de día y estaba tirado en plena acera, con los pantalones abajo y la cara manchada por sangre seca. Por mi vida que no alcanzo a recordar en qué momento me desmayé, pero poco me importaba ese tonto detalle en aquel instante pues estaba ahogado por una profunda vergüenza que logró resquebrajar las resoluciones más intensas de mi corazón. Ni siquiera intenté asearme, o beber, o comer, volví a correr sin el menor aprecio por mi cuerpo de androide, ni la fatiga acumulada del traumático día anterior que me había tocado vivir, solo corrí al hogar de las Escobar y estuve tocando la puerta por buena parte de la mañana sin respuesta alguna. Alrededor del mediodía la frustración le ganó a mi paciencia y le di una patada a la puerta que, para mi sorpresa, se abrió con facilidad pues no estaba cerrada con llave. Dentro no me esperaba nada y por mucho que esperé un par de meses sin moverme de ese lugar, las Escobar nunca retornaron. Dejaron todas sus cosas atrás y se marcharon a donde yo no podía perseguirlas.

Huelga decir que mi primer mes ahí estuvo dominado por la culpa. Cada día me despertaba y revivía las escenas vividas con cada una de las hermanas. Por mucho tiempo lamenté mi indecisión, mis dudas, mi cobardía frente a Martha, pero luego recordaba mi violencia, mi morbosidad y el descontrol frente a Raquel y ya no sabía qué pensar. El segundo mes estuvo dominado por la rabia, pues empecé a preguntarme demasiados porqués que me mantenían en vela, que me hicieron olvidar mi programación de autómata y me permitieron dejar ir todas las angustias, transformadas en una furia asesina que no encontraba donde ser encausada. O al menos no lo encontraba hasta que, al terminar el segundo mes en casa de las Escobar, destruí el lugar con mis propias manos en un estallido tremendo y sin precedentes que dejó cicatrices en todo mi cuerpo.

Pasé el siguiente año y medio ganando el dinero justo para sobrevivir y para costear vicios, fueran los que fueran, ninguno me quedaba corto, todos esos vicios me ayudaban a dejar de lado mi pasado de autómata, olvidando que si bien ya no era uno, me había convertido en otro tipo de esclavo. Uno mucho peor pues no lograba olvidar las angustias de su pasado de androide, ni podía perdonar a quienes le habían robado la comodidad de esa vida. Tenía cuantiosos ahorros acumulados, precisamente, en esa época, pero era dinero que las Escobar me habían motivado a ganar y por lo mismo me asqueaba. No quería volver a entrar en contacto con lo ya vivido, ni siquiera con el futuro, solo deseaba olvidarlo todo y morirme en vida. Y así fue hasta que, una mañana de invierno, abrí la puerta y ahí estaban las Escobar.

No fue un encuentro grato. Tuve que recurrir a todo mi autocontrol para no vomitar, para no estallar en lágrimas de crío al verlas sentadas en mi desastrosa sala, todas serias y altivas, frías con un aura gélida que lastimó mi cabeza torturada por una resaca karmática que hacía tiempo venía durmiendo con más alcohol y narcóticos. Pero esa resaca tenía que llegar, ver a las Escobar lo hizo más claro que nunca.

Me lo explicaron todo y vaya que dolió, cada palabra que dijeron dolió como lanzas atravesando mi pútrida carne. Era todo una mentira, desde la tierna infancia hasta el último y pérfido día. Yo no era más que una apuesta entre las hermanas, una víctima de un, particularmente enfermo, juego largo, un juego que había evolucionado con el tiempo. “Empezó como apuestas de quién te hacía reír” comenzó Martha, “luego pasamos a ver quién lograba hacerte llorar, pero nunca nadie ganó esa apuesta” continuó Raquel, “el tiempo trajo diferentes retos que fuimos logrando, mantuvimos un registro de nuestros puntajes muy estricto” siguió Martha y, entre ambas, me contaron acerca muchas de sus apuestas, de esa cruel y encarnizada competición que, muy a mi pesar, encontré apasionante por el relato fiero que daban mis dos torturadoras. La noche ya teñía el cielo cuando llegaron a la apuesta final, la trampa en la que caí como idiota al creerme esa mentira infame de los padres moribundos, de la vida descontrolada de Raquel, toda una sinfonía tocada por la mejor de las sinfónicas, pero por esa noche me consolé con el hecho de que esa apuesta final, al parecer, había resultado infructuosa.

Se fueron esa misma noche. Dijeron que se marchaban del país, que Martha tenía un prometido europeo y que Raquel recorrería Asia. Naturalmente no les creí nada de nada, pero comprendí que no mentían en el hecho de que se marchaban y de que, por fin, me dejarían en paz. Entonces retornó la angustia, cuando Martha y Raquel me dieron un último beso de despedida y me anunciaron que partían sin más arrepentimiento que nunca haber logrado cumplir con la apuesta de hacerme llorar, punto que habría roto el empate en que todo había quedado.

Esa noche no dormí, acosado por pensamientos nefastos traídos por las revelaciones de aquella jornada. No lloré, no experimenté ira, no sentí absolutamente nada, como si ya no fuera ni un autómata, ni un parásito, como si por fin fuera un homúnculo sin sentimientos, creado para no reaccionar, ni indignarme, perdido en la más absoluta apatía. Y esperé. Esperé a que la madrugada pasase, vi como los cielos oscuros se fueron destiñendo hasta que alcanzaron las tonalidades grises del amanecer y el sol fue saliendo poco a poco, iluminando mis cansados ojos rojos que miraban al vacío como nunca antes lo habían hecho – directamente y sin velos – sin más mentiras que las propias que me salvaban de enloquecer, ojos desfallecientes que no parpadearon cuando el timbre sonó y no se cerraron en la media hora que esperé tras el repiqueteo de la campana. Cuando, por fin, me levante y abrí la puerta me esperaban dos pequeños paquetes que se movían y respiraban pero, milagrosamente, no lloraban.

Metí a los bebés a casa y las revisé por toda buena parte de una hora. Eran dos niñas preciosas a las que nombré en el acto, las acomodé en mi cama y las contemplé con los mismos ojos rojos que hacía poco contemplaban el vacío. Después de un rato viéndolas dormir, descubrí que sonreía como un idiota y supe que ya no era ni un androide, ni un parásito, ni un homúnculo. No supe, ni sé que soy, pero ahí mismo descubrí que importa poco lo que yo sea o lo que yo pueda ser, nunca dejaré de ser un esclavo, mas ahora puedo ser un esclavo feliz, un esclavo que sonríe y ama a sus nuevas amas. Un esclavo que rompió a llorar mientras las contemplaba, sangre de su sangre, rendido a amarlas.

Cuando Lucifer llegó al lugar donde lo habían invocado apenas pudo contener un bufido de molestia. No le molestaban los llamados, después de todo eran parte de su trabajo así que los asumía con total responsabilidad; lo que lo fastidiaba era la maldita actitud humana de pensar en él como un condenado villano, uno de esos seres enfermos que disfrutaban con la sangre, la muerte, y otras basuras muy humanas que no terminaban de entender. Pero, aun si era uno de esos raros humanos que entendían, lo hacían temblar mientras mantenía la cara impávida para no dar a relucir su asco, o su miedo, o algo que no tenía nombre en palabras humanas, algo que solo él y Dios conocían; ese sentimiento de observar a los humanos, de escucharlos hablar como si fuesen dueños de la verdad  querer reírse, querer llorar, querer gritar con todas sus fuerzas, mandando al olvido mundos y creando otros en el proceso.

Luego reparó en el humano que lo había invocado, notó que no era uno de esos tipos fríos y, de verdad, malignos, tampoco era uno de esos poseros sanguinarios, peor un metalero tatuado con frases satánicas que no tenían pies ni cabeza para quien sea que lo conociese a él o a su vasta progenie, en realidad su invocador no era más que un tipo raro, de pelo largo, todo lampiño y flacucho, vestido con pilchas finas y rimbombantes; parecía otro de esos hijitos de papá que lo llamaban cuando un morbo picaba sus curiosidades y hacían rituales con una emoción colmada de fantasías estúpidas y rencores floridos, rencores que buscaban ser satisfechos a costa de cualquier precio imposible, esos malcriados que en un arranque de ira mandaban al infierno a sus padres y vivían el resto de sus vidas lamentándose, culpándolo a él por algo tan monstruoso como quitarle a sus padres. Cobardes hipócritas a los que les llegaba demasiado tarde el arrepentimiento, que no podían asumir la responsabilidad de sus actos hasta que sus vidas terminaban en un solo lamento de culpa. Putos humanos y su entendimiento tan pobre de todo.

- Loco, mirá que no tengo nada de plata y hay un conciertango brutal en unos días. – dijo el muchacho con una voz gruesa infestada de algunos gallos que delataban lo joven que era. – pero tampoco te puedo estar dando mi alma ¿no ve? Entonces ¿qué propones flaco? ¿qué puedo darte a cambio de algunos billetotes?

Lucifer no contestó. Recordó sus días en el cielo, cuando los ángeles vagaban por los algodonosos confines de las nubes, derrochando grácilmente la exacta actitud del muchacho, como si aquel chico flacucho fuese un ángel caído que venía a recordarle aquellos días horribles en que se tenía que tragar a los ángeles y sus pavoneos coquetos y egomaníacos, sin mencionar a Dios y sus pretensiones de haber creado a los ángeles y a las cosas cuando ni siquiera sabía qué rayos hacía el mentado árbol prohibido a los humanos, cuando los humanos todavía eran dos y no eran tan variados, ni tan cretinos.

- Respóndeme, pues, loquito que estoy desesperado. – el muchacho esperó un buen rato pero a Lucifer no se le ocurría qué podía responderle a un ser tan angélico, le costaba comunicarse con esa clase de seres, no por nada había escapado del cielo. – porque si no se te ocurre nada yo tengo un par de ideas por ahí que te pueden estar sirviendo.

Mantuvo el silencio, pero asintió con la cabeza, notó que el muchacho se estremecía aunque no había miedo en aquellos ojos ambarinos que gritaban “jale” por todas partes.

- Yo en eso del alma no creo, pero por si acaso cuido la mía. Aunque, eso sí, puedo asegurarme de darte varias otras almas, vos me dices más o menos cómo y yo me doy forma de conseguirlas, porque un alma es un alma pero varias…bueno, vos debes ser de esos que mientras más consiga mejor está, así que es buena oferta ¿o no?

Lucifer se empecinó en su quieta y silenciosa terquedad. No emitió sonido alguno, solo recordó a Dios y sus ángeles, recordó la caída al infierno y la libertad absoluta de saberse su propio jefe, los deberes magros de ser el portero del inframundo y la plena sensación de bienestar que traía no oír los coros divinos, ni oler los alientos angélicos que se desgastaban en palabras tan propias de la boca de Dios, como si todos fueran el lamebotas ese de Metatron que solo repetía incansablemente lo que Dios improvisaba en las borracheras más intensas.

- Tengo una mejor idea… – prosiguió el muchacho.

Pocas cosas arruinaban el humor de Lucifer como las actitudes angelicales. Los condenados humanos pensaban en los ángeles como seres de luz, como la inocencia más bondadosa que un mundo pútrido como el suyo podía anhelar. A los humanos les gustaban los ángeles pues en ellos podían proyectar todos sus sueños de perfección y todas las bondades que el tiempo les iba robando, los humanos elegían rezar a los ángeles buscando sus protecciones porque en el fondo sabían que a los ángeles les valía tres palmas de pito lo que pudiese pasarles, y los humanos eran tan mentirosos que lo único que querían eran más mentiras que los dejasen seguir adelante, siempre adelante, nunca atrás, ni a los lados, ni arriba, ni abajo.

- Te daré las almas de millones de infantes, lo haré en un pestañeo y las tendrás en la palma de tu mano.

El muchacho insistía, ajeno a que Lucifer estaba pero no estaba y en tal condición no hizo nada cuando el chico tomó su mano, ni tampoco hizo nada cuando la sintió posada sobre el miembro erecto del jovenzuelo, solo pudo recordar a Dios y sus berrinches mientras el muchacho le cerraba los dedos en torno a su pene y movía su mano asiéndolo por la muñeca, empezando lento y continuando cada vez más rápido, progresivamente raído, soltando jadeos fuertes y gemidos que parecían gruñidos trancados en su garganta. Cerró los ojos y vio claramente a los coros de ángeles rodeándolo, a Dios mirando sonriente desde un trono improvisado desde donde se hacía al importante, y cuando en su mano nadaron muchos infantes condenados a la no-vida, cuando el último gemido del muchacho hubo escapado, solo entonces volvió a sentir la cálida ligereza de las sustancias angelicales chorreando de su rostro, los coros de risas y el chillido furioso que salió de su boca mandando a la mierda a Dios, que era peor que los mortales, separando el suave algodón de las nubes y tirándose al vacío, inmortal y liberado, dejando que el viento limpiase los restos de ese mundo celestial pegados a su rostro, listo para darle la bienvenida al calor de los fuegos infernales, que hacia rato clamaban por alguien que los cuidase, ansioso de ser el custodio de ese ejercito de pecadores a los ojos de un cretino, que no tenían quien los hiciese sentir bien en sus concepciones masoquistas del perdón, ni quien les brindase la paz eterna de saber que podían pagar todas sus deudas, todas sus culpas.

Cuando abrió los ojos vio los perdidos irises del muchacho muy cercanos a los suyos y supo que él tampoco era nada como para juzgar a los mortales por mentirse, cuando justamente chasqueaba los dedos para dejarle un montón de dinero al flacucho muchacho, quien se reía como desquiciado.

Contamínese

Publicado: octubre 23, 2014 en Zopilotadas
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Detrás del miedo se esconde la verdad, porque todo aquello que tememos nos recuerda a esa realidad incómoda de la que escapamos como pirofóbicos en llamas. Puede tratarse de muchas cosas en el vasto espectro que tiene el reino de lo terrorífico, pero sea lo que sea, es algo que refleja algo muy intimo, tan nuestro que ponerle colmillos o cubrirlo de sangre resulta más cómodo que mirar a los ojos del vacío dentro nuestros seres.

Pero habría que dejarnos de joder, habría que aprender a abrazar el miedo y consumirlo hasta acostumbrarnos a su amargo sabor, hasta pillarle el gusto a mirarle las cuencas vacías a la muerte. Piénselo, por un rato piense en las probabilidades que ello le abriría en su vida. Sin importar quién sea usted, podría dejarse de mamadas y, de una buena vez, cumplir con todas las cosas que no ha estado haciendo. “Claro, muy fácil decirlo” estará pensando “de seguro este cabrón no sigue su propio ofensivo consejo”, no voy a decirle que no pero tampoco le diré que sí; solo le diré que ambos (usted, lector, y yo, escritor) somos unos pendejos por asumir tanto. En todo caso, déme un gustito, ya sé que me dió por llamarlo pendejo y, hasta quizá, jodido, pero deme gustito en reflexionar esto que le escribo porque, admítalo, si aun no ha hecho ciertas cosas no es por falta de tiempo, de dinero o de ganas, no, ambos sabemos que hay un cobarde dentro suyo, o una cobarde. En realidad no es que importe su género, lo que importa es que es usted un cobarde genérico y haría mejor en ahorrarnos tiempo y de una vez admitirlo.

Pero ¿quién puede culparlo? ¿Acaso la vida es sencilla como para no tener que valerse de la cobardía solo para seguir vivo? ¿No es el miedo algo que nos inculcan diferentes adultos cuando no somos más que niños? ¿No lo inculcamos nosotros en otros niños, casi como completando el círculo? Es cierto, admitamos que el miedo es útil, nos da límites que nos alejan de peligros intensos que es posible no podríamos soportar, pero es, también, la excusa perfecta para quedarnos quietos hasta que la inercia decida mandarnos, de todos modos, donde tanto temíamos ir.

Entonces ¿por qué no dar el salto? ¿Por qué no cerrar los ojos al borde del precipicio? ¿Por qué no zambullirte cuando no sabes nadar? ¿Qué tiene el re maldito monstruo de cien cabezas que no podamos aprender a tolerar? De acuerdo, tiene colmillos filosos, garras ensangrentadas, un aire de duda y terror que inunda nuestros pulmones, nos quita la respiración y nos hace temblar, seguros de que pronto nos iremos al otro lado mirando esos ojos vacíos donde podemos ver la oscuridad que nos reclama, la verdad detrás nuestros miedos que no queremos enfrentar, ni aun cuando el monstruo ya está a punto de devorarnos. Sí, todo eso. Y más.

Pero repito: déjese de joder. El monstruo siempre nos agarra, el miedo no es una excusa y no alcanza la vida para casi vivirla, hay que contaminarse del terror y estar a punto de casi morirnos siempre que se pueda.

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Acá les dejo el link a mi crítica de Guardianes de la Galaxia en la Revista Gorila, para verlo solo hagan clic en la imagen.

 

 

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Trabajar en la Revista Gorila es muy gratificante, especialmente porque me tengo que ocupar de cosas como ver películas, ir a parrilladas, escribir guiones y reír (todo el tiempo). Parte del trabajo, también, es escribir esta clase de artículos (sencillos y que intentan ser chistosos), que quisiera compartir con ustedes también. Acá el link.

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El joven manos de tijera

Publicado: julio 29, 2014 en Inefable

omnicida:

Un artista ambigüo, de los que usan la espada para escribir y la pluma para matar. Muy capo Juan Camilo Uribe, y buen artículo para informarse un poco sobre él.

Originalmente publicado en :

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Declaración de amor a Venezuela. 1976.
(Colección Museo de Arte Moderno de Bogotá).

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Santa Clara Punk. 1993.
(Colección Particular, Medellín).

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En estos días en que hemos estado desempolvando y organizando la biblioteca popdelux nos encontrarnos con un libro sobre la obra del artista Juan Camilo Uribe (1945-2005) y caímos en cuenta de que nunca habíamos dicho ni una palabra sobre su obra aquí en Populardelujo. Lo cual es una falla terrible porque su trabajo es una referencia clave en lo que a la reflexión sobre la gráfica popular en Colombia se refiere.

Hasta la aparición de la obra de Uribe “nadie había creado algo tan propio con elementos de la imaginería religiosa y los objetos de uso común” escriben en el libro los curadores Alberto Sierra y María del Rosario Escobar. Esto significa que cualquiera que de 1969 para acá haya sacado a un Divino Niño, a una Virgen del…

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Ella es una gordibuena de peligrosas curvas que me ha guiñado el ojo y luego, casi inevitablemente, hemos terminado en su cuarto, en casa de sus padres, intentando no hacer ruido y riendo ante nuestra estrepitosa falla en ello. Tiene ojos grandes y cabello castaño, se mueve mejor que yo en este asunto del juego previo y, hasta, retrasa el acto, como si con esa histeria quisiera matarme con una espera desgraciada. Cuando, por fin, empieza a quitarse sus pantaletas color naranja claro, lo hace de espaldas, agachada, como presumiendo de la casi perfecta redondez de la figura en forma de corazón que puedo apreciar cuando sus manos tocan el suelo. Y entonces, sin motivo, me viene a la cabeza la imagen de un durazno.

Pocos admiten los devaneos de la cachondez interna. A veces pasa que vemos un jugoso durazno, o un plátano recién pelado, quizá una cerveza explotando y expulsando espuma por doquier, o escuchamos un llanto plagado de gemidos que nos recuerdan a otro tipo de gemidos que llegan durante la intimidad de una buena follada y, por lo general, nos preguntamos: “¿qué me pasa?”, sea porque la situación no amerita que pensemos en sexo o porque, tal vez, pensamos que lo hacemos demasiado. Bien puede pasar que aceptemos, o no, dichos pensamientos, pero eso no quita que siempre están ahí y que llegarán en momentos insospechados, pues a la cachondez le importa poco cuan apropiada es su presencia.

Lo gracioso son las situaciones que esto genera. A lo apropiado lo dejamos pasar por su condición de niño bueno y legal, pero es cuando nos calienta el llanto, o le vemos lo sexy a una fruta, o cuando una erección perturba el curso de actividades que poco, o nada, tenían que ver con cualquier acto sexual, es ahí cuando nos da por levantarnos el estandarte de lo inapropiado y, encima, darnos palo con su mástil. Pero eso no solo pasa por esa tendencia santurrona de la presión social y la dichosa decencia, todo eso también es atribuible a que nos hemos olvidado de la picardía.

Es un juego, nada más. Los más se escandalizan si es que la cachondez los asalta en plena escena dramática, cuando la protagonista de la película se está muriendo y el pelmazo de su enamorado, al que le queda corto el rol de príncipe azul, se desvive en lágrimas. “¿Por qué esto me está excitando?” se preguntará, al igual que lo harán la publicista negociando un contrato, el abogado cocinando un bife, la abuela leyendo el libro de su nieta, el padre yendo al colegio de su hija, un político diciendo la verdad, o una jovencita cuidando ancianos. Y será un por qué tortuoso y cargado de dudas, apuntando como revólver bien cargado a la cabeza de sus certezas y amenazando con acabarlas. Ni siquiera tiene que ser continuo, ni constante, a veces no es más que un relámpago de pensamiento que impresiona tanto al que lo ha concebido, que después la duda se hace fuerte y abrumadora, tanto que da paso al miedo y a muchas muletas que, en realidad, evitan que caminemos. Humanos, demasiado humanos.

Hay un sabor dulcemente delicioso en reírnos de la cachondez. En mirar un durazno y encontrarlo parecido a alguna parte de la biología de otra persona, en reír con aquellos que ríen sonrojados ante alguna frase desafortunada, de algún desubicado que no sabe que decir “dame de tu mayonesa” puede suscitar chistes burdos, simplones y, hasta, los mal catalogados, chistes infantiles. Pero ¿y qué? Seguro, toda exageración aburre y los chistes, o los pensamientos, morbosos tienden a salirse de control con relativa sencillez (¿será que son como el sexo al que evocan, en este sentido?), pero bien controlados, y acompañados de una sana picardía, traen más risas que otra cosa. Risas que hasta podrían convertirse en curiosidad, en el descubrimiento de nuevos placeres o novedosos fracasos. Que importa, nada les quita lo bailado. Mejor dicho: “lo reído” y, aun mejor dicho, “lo gozado”.

Se señala con el dedo al humorista soez, se lo llega a calificar de inmoral por valerse del mismo descaro con que los santurrones entierran sus pensamientos impuros y proclaman pureza, o exigen respeto faltando al mismo, encerrados en su idea “solo yo estoy en lo correcto” y empeñándose en seguir las reglas de libros escritos, o no, que determinan, en perversos absolutismos, qué sí y qué no, qué bien o qué mal. Pero repito: es un juego. Vale la pena ver que sale de él. Puede ser bueno, malo, divertido, aburrido, fatal o una gloria, la cosa es dejar surgir al pensamiento, mirar con una sonrisa al durazno y darle un pícaro mordisco. Quizá así se calienten las cosas.

 

 

A continuación pongo un capítulo del libro “Tormenta de Espadas” de George R.R. Martin, perteneciente a su saga “Canción de Hielo y Fuego”. Según yo este es uno de los mejores capítulos de toda la saga, escrito de manera preciosa y metódica, que desarrollan y brindan un punto de viraje a un personaje impresionante. Si bien la serie de HBO logró captar muy bien esto, no pudieron darle la intensidad y emoción que uno siente al leer el libro, adentrados como estamos en la mente de Jamie, y eso que Nikolaj Coster-Waldau hizo un trabajo magistral e impresionante en la escena de la bañera. Por eso comparto este capítulo, pues es el que mejor retrata el maravilloso y brutal personaje que es Jamie.

 

JAMIE (4)

La mano le ardía.

Le seguía ardiendo mucho tiempo después de que se apagara la antorcha con la que le habían quemado el muñón sanguinolento, días y días después; todavía sentía la lanzada del fuego en el brazo, y sus dedos, los dedos que ya no tenía, se retorcían en las llamas.

Ya lo habían herido antes, pero nunca de aquella manera. Jamás había imaginado que se pudiera sentir tanto dolor. A veces, sin que supiera por qué, se le escapaban de los labios antiguas oraciones, plegarias que había aprendido de niño y que no había vuelto a recordar en años, las mismas que había rezado, arrodillado junto a Cersei, en el sept de Roca Casterly. En ocasiones llegaba incluso a llorar, hasta que oyó cómo se reían los Titiriteros. Aquello hizo que se le secaran los ojos y se le muriera el corazón, y en sus oraciones pidió que la fiebre le quemara las lágrimas.

«Ahora entiendo cómo se ha sentido Tyrion cada vez que se reían de él.»

Cuando se cayó de la silla por segunda vez, lo ataron a Brienne de Tarth y los obligaron a compartir caballo de nuevo. Una jornada, en vez de ponerlos espalda contra espalda, los ataron cara a cara.

—Mirad a los amantes —suspiró Shagwell—. ¿No son un bonito espectáculo? Sería muy cruel separar al buen caballero de su dama. —Soltó una carcajada, su carcajada aguda tan característica—. Aunque no se sabe bien cuál es el caballero y cuál la dama.

«Yo te explicaría la diferencia, si tuviera las dos manos», pensó Jaime. Le dolían los brazos y las cuerdas le habían dejado entumecidas las piernas, pero al cabo de un tiempo todo eso dejó de importar. Su mundo se redujo al palpitar agónico de su mano fantasma y a la presión de Brienne contra él. «Por lo menos es cálida», se consoló, aunque el aliento de la moza era tan hediondo como el suyo propio.

Su mano siempre se interponía entre ellos. Urswyck se la había colgado del cuello con una cuerda, de manera que le golpeteaba el pecho a él y las tetas a Brienne mientras Jaime perdía el conocimiento y lo volvía a recuperar. La hinchazón le había cerrado el ojo derecho, la herida que le había hecho Brienne durante la pelea estaba infectada, pero lo que más le dolía era la mano. Del muñón le salía sangre y pus, y la extremidad inexistente palpitaba con cada paso del caballo.

Tenía la garganta tan en carne viva que era incapaz de comer, pero bebía vino cuando se lo daban, y agua si no le ofrecían otra cosa. En cierta ocasión le dieron una taza, bebió el contenido con ansia, tembloroso, y los Compañeros Audaces estallaron en carcajadas tan violentas que le dolieron los oídos.

—Lo que estás bebiendo son meados de caballo —le dijo Rorge.

Jaime tenía tanta sed que de todos modos terminó de beber, pero inmediatamente lo vomitó todo. Obligaron a Brienne a limpiarle la barba, igual que la habían hecho limpiarlo cuando se hizo de vientre en la silla.

Una mañana fría y húmeda en la que se sentía un poco más fuerte, la locura se apoderó de él, cogió la espada del dorniense con la mano izquierda y, con torpeza, la sacó de la vaina.

«Que me maten —pensó—, me da igual, con tal de morir peleando, con una espada en la mano.» Pero no sirvió de nada. Shagwell se le acercó a saltitos, y esquivó con facilidad la estocada de Jaime, que perdió el equilibrio y se tambaleó hacia delante mientras lanzaba golpes contra el bufón. Pero Shagwell giró, se agachó y se apartó, hasta que todos los Titiriteros se estuvieron riendo de los esfuerzos fútiles de Jaime. Cuando tropezó contra una roca y cayó de rodillas, el bufón le saltó encima y le plantó un beso húmedo en la cabeza.

Por último, Rorge lo tiró a un lado y de una patada apartó la espada de los dedos débiles de Jaime cuando trató de esgrimirla de nuevo.

—Ha zido muy divertido, Matarreyez —dijo Vargo Hoat—. Pero, como vuelvaz a intentarlo, te cortaré la otra mano, o zi lo prefierez un pie.

Después de aquello, Jaime se quedó tendido de espaldas, contemplando el cielo nocturno y tratando de no sentir el dolor que le subía por el brazo cada vez que lo movía. La noche era de una extraña belleza. La luna estaba en cuarto creciente y le parecía que jamás había visto tantas estrellas. La Corona del Rey estaba en el cenit, divisó el Corcel sobre las patas traseras, y allí estaba también el Cisne. La Doncella Luna, tímida como siempre, quedaba medio oculta detrás de un pino.

«¿Cómo es posible que una noche sea tan bella? —se preguntó—. ¿Por qué salen todas esas estrellas a mirar a alguien como yo?»

—Jaime —susurró Brienne con voz tan queda que pensó que estaba soñando—. Jaime, ¿qué hacéis?

—Morirme —susurró a su vez.

—No —dijo ella—. No, tenéis que vivir.

Le hubiera gustado echarse a reír.

—Dejad de decirme lo que tengo que hacer, moza. Me moriré si me place.

—¿Tan cobarde sois?

El mero sonido de la palabra lo conmocionó. Él era Jaime Lannister, caballero de la Guardia Real, el Matarreyes. Jamás nadie lo había llamado cobarde. Otras cosas, sí: renegado, mentiroso, asesino… Decían que era cruel, traicionero y despiadado. Pero cobarde, jamás.

—¿Qué puedo hacer, aparte de morir?

—Vivir —replicó—. Vivir, pelear y vengaros.

Pero lo dijo en voz demasiado alta. Rorge la oyó, aunque no distinguiera las palabras, se acercó, la pateó y le dijo que tuviera quieta la lengua si no quería que se la cortaran.

«Cobarde —pensó Jaime mientras Brienne trataba de contener los sollozos—. ¿Será posible? Me han cortado la mano de la espada. ¿Qué pasa, que yo sólo era eso, una mano que esgrimía una espada? Por los dioses, ¿será verdad?»

La moza estaba en lo cierto. No podía morir. Cersei lo esperaba. Lo iba a necesitar. Y también Tyrion, su hermano pequeño, que lo quería por una mentira. Y también lo esperaban sus enemigos; el Joven Lobo, que lo había derrotado en el Bosque Susurrante y había matado a sus hombres, Edmure Tully, que lo había encerrado y encadenado en la oscuridad, aquellos Compañeros Audaces…

Cuando llegó la mañana se forzó a comer. Le dieron un potaje de avena, alimento para caballos, pero se obligó a tragar hasta la última cucharada. Aquella noche volvió a comer y también al día siguiente.

«Vive —se dijo con dureza cuando el potaje estuvo a punto de hacerle vomitar—, vive por Cersei, vive por Tyrion. Vive por la venganza. Un Lannister siempre paga sus deudas. —La mano amputada latía, ardía y apestaba—. Cuando llegue a Desembarco del Rey me haré forjar una mano nueva, una mano de oro, y algún día le arrancaré la garganta con ella a Vargo Hoat.»

Los días y las noches se fundían en una neblina de dolor. Durante el día dormitaba en la silla, apretado contra Brienne y con el hedor de la mano podrida en la nariz, y por las noches yacía despierto sobre el duro suelo, atrapado en una vigilia de pesadilla. Aunque estaba muy débil, siempre lo ataban a un árbol. En cierto modo lo consolaba saber que, incluso en sus circunstancias, le seguían teniendo miedo.

Brienne siempre estaba atada junto a él. Yacía allí con las cuerdas, como una enorme vaca muerta, sin decir palabra.

«La moza se ha construido una fortaleza por dentro. No tardarán en violarla, pero detrás de sus murallas no la pueden tocar.» En cambio, las murallas de Jaime habían desaparecido. Le habían quitado la mano, le habían quitado la mano de la espada, y sin ella no era nada. La otra no le servía para gran cosa. Desde que aprendió a caminar, el brazo izquierdo había sido para el escudo, sólo para el escudo. Era la mano derecha la que hacía de él un caballero, era la mano derecha la que hacía de él un hombre.

Un día oyó a Urswyck comentar algo sobre Harrenhal y recordó que era allí a donde se dirigían. Aquello hizo que soltara una carcajada sonora, y Timeon le azotó el rostro con una fusta larga y fina. El corte sangró, pero aparte de la mano apenas si notaba nada.

—¿Por qué os reísteis? —le preguntó aquella noche la moza en un susurro.

—En Harrenhal fue donde me pusieron la capa blanca —respondió, también en susurros—. En el gran torneo de Whent. Él quería presumir de su gran castillo y de sus valientes hijos. Yo también quería presumir. Sólo tenía quince años, pero aquel día nadie me habría podido derrotar. Aerys no me dejaba participar en las justas y me echó de allí. —Se rió de nuevo—. Pero ahora voy a volver.

Oyeron la carcajada. Aquella noche le tocó a Jaime recibir las patadas y los puñetazos. Tampoco los sintió, hasta que Rorge le pisoteó el muñón con una bota, y se desmayó.

Fue a la noche siguiente cuando por fin acudieron, y fueron los tres peores: Shagwell, el desnarigado Rorge y el obeso dothraki Zollo, el que le había cortado la mano. Mientras se acercaban, Zollo y Rorge discutían sobre quién sería el primero; por lo visto no cabía duda de que el bufón iba a ser el último. Shagwell sugirió que ambos fueran los primeros y la tomaran por delante y por detrás. Por lo visto a Zollo y a Rorge les gustó la idea, aunque entonces empezaron a discutir quién la tomaría por delante y quién por detrás.

«También la dejarán tullida, pero por dentro, donde no se nota.»

—Moza —susurró mientras Zollo y Rorge se insultaban—, que se queden con la carne, vos marchaos bien lejos. Todo acabará antes, y así obtendrán menos placer.

—No obtendrán placer alguno de lo que les voy a dar —susurró ella a su vez, desafiante.

«Mujer estúpida, testaruda y valiente. —Iba a hacer que la mataran y lo sabía—. Bueno, ¿y a mí qué me importa? Si no hubiera sido tan terca yo no habría perdido la mano.» Pero, casi sin querer, volvió a hablar en susurros.

—Dejadlos hacer y escapad a vuestro interior. —Eso era lo que había hecho él cuando mataron a los Stark en su presencia; Lord Rickard se coció en su armadura, mientras su hijo Brandon se estrangulaba intentando salvarlo—. Pensad en Renly si lo amabais. Pensad en Tarth, en las montañas, los mares, los estanques, las cascadas, en todo lo que teníais en vuestra Isla Zafiro…

Pero para entonces, Rorge ya había ganado la discusión.

—Eres la mujer más fea que he visto jamás —le dijo a Brienne—, pero te puedo dejar más fea todavía. ¿Quieres una nariz como la mía? Intenta resistirte y la tendrás. Y dos ojos son demasiados. Sólo un grito y te sacaré uno, y luego te lo haré comer. Y también te arrancaré los dientes, uno a uno.

—Ay, sí, Rorge —suplicó Shagwell—. Sin dientes quedará igualita que mi anciana madre. —Soltó una risita—. Y siempre he deseado metérsela por el culo a mi anciana madre.

—Qué bufón tan gracioso. —Jaime soltó una risita—. Me sé un acertijo, Shagwell. ¿Qué tienen las viejas de Tarth en vez de dientes? Espera, te lo digo yo… ¡Zafiros! —gritó tan alto como pudo.

Rorge soltó una maldición y volvió a patearle el muñón. Jaime lanzó un aullido. «No sabía que pudiera haber tanto dolor en el mundo», fue lo último que le pasó por la cabeza. No había manera de saber cuánto tiempo estuvo inconsciente, pero cuando el dolor le devolvió el conocimiento allí estaban Urswyck y el propio Vargo Hoat.

—¡Nada de tocarle loz dientez! —gritó la Cabra, cubriendo a Zollo de salivillas—. ¡Y tiene que zeguir doncella, idiotaz! ¡Noz darán un zaco de zafiroz por ella!

Y desde entonces, todas las noches, Hoat les puso un guardia para protegerlos de los suyos.

Pasaron dos noches en silencio hasta que, por último, la moza reunió valor para volverse hacia él.

—¿Jaime? —le preguntó en susurros—. ¿Por qué gritasteis?

—¿Queréis decir que por qué grité «zafiros»? Pensad un poco, moza. ¿Creéis que esa gentuza hubiera reaccionado si llego a gritar «¡Que la violan!»?

—No teníais por qué gritar nada.

—Ya es demasiado difícil miraros teniendo nariz. Además, quería oír cómo la Cabra decía «zafiroz». —Soltó una risita—. Tenéis suerte de que sea tan mentiroso. Un hombre de honor les habría contado la verdad acerca de la Isla Zafiro.

—De todos modos, os lo agradezco, ser —dijo ella.

—Un Lannister siempre paga sus deudas —dijo—. Eso fue por lo del río y por las piedras que le tirasteis a Robin Ryger. —La mano le ardía de nuevo. Jaime apretó los dientes.

La Cabra quería montar un espectáculo con su llegada, de manera que hicieron desmontar a Jaime cuando aún estaban a un par de kilómetros de las puertas de Harrenhal, le ataron una cuerda a la cintura y a Brienne, otra en torno a las muñecas. Los extremos de ambas cuerdas iban a parar al pomo de la silla de Vargo Hoat. Ambos caminaron a tropezones, codo con codo, tras el caballo rayado del qohoriense.

A Jaime la rabia lo mantenía en pie. El vendaje del muñón estaba gris y apestaba a pus. Los dedos fantasmales le dolían con cada paso.

«Soy más fuerte de lo que imaginan —se dijo—. Sigo siendo un Lannister. Sigo siendo un caballero de la Guardia Real. —Llegaría a Harrenhal y luego a Desembarco del Rey. Viviría—. Y pagaré esta deuda con intereses.»

Cuando se aproximaron a las imponentes murallas del monstruoso castillo de Harren el Negro, Brienne le apretó el brazo.

—Lord Bolton es ahora el señor de este castillo. Los Bolton son vasallos de los Stark.

—Los Bolton despellejan a sus enemigos.

Era lo único que Jaime recordaba acerca del norteño. Seguro que Tyrion habría sabido todo lo relativo al señor de Fuerte Terror, pero Tyrion estaba a miles de leguas de distancia, con Cersei.

«No puedo morir mientras Cersei viva —se dijo—. Nacimos juntos y moriremos juntos.»

El grupo de casas que se habían alzado junto a los muros estaban quemadas, reducidas a cenizas y a piedras ennegrecidas, y muchos hombres con sus monturas habían acampado recientemente a orillas del lago, donde Lord Whent había celebrado su gran torneo en el año de la falsa primavera. Una sonrisa de amargura aleteó en los labios de Jaime al cruzar el terreno desolado. Habían excavado una letrina en el mismísimo lugar donde él se había arrodillado ante el rey para prestarle juramento.

«Nunca llegué a imaginarme cuán deprisa lo dulce se tornaría amargo. Aerys no me dejó disfrutar ni una noche. Me honró y luego me escupió.»

—Mirad los estandartes —señaló Brienne—. El hombre desollado y los torreones gemelos, ¿veis? Los caballeros juramentados del rey Robb. Allí, sobre la caseta de la guardia, gris sobre blanco. El huargo.

—Pues sí —asintió Jaime mirando hacia arriba—, es la mierda del lobo ése. Y lo que hay a ambos lados son cabezas.

Los soldados, los criados y los seguidores del campamento iban detrás de ellos y los abucheaban. Una perra con manchas les pisó los talones entre ladridos y gruñidos hasta que uno de los lysenos la atravesó con una lanza y se puso al galope para encabezar la columna.

—¡Llevo el estandarte del Matarreyes! —gritó al tiempo que agitaba el cadáver del perro sobre la cabeza de Jaime.

Las murallas de Harrenhal eran tan gruesas que pasar bajo ellas era como atravesar un túnel de piedra. Vargo Hoat había enviado por delante a dos de sus dothrakis para informar a Lord Bolton de que se aproximaban, de manera que el patio de armas estaba abarrotado de curiosos. Abrieron paso al tambaleante Jaime. La cuerda que llevaba a la cintura se tensaba y lo tironeaba cada vez que aflojaba el paso.

—¡Oz traigo al Matarreyez! —anunció Vargo Hoat con su voz ceceante.

Una lanza golpeó a Jaime en la rabadilla y lo hizo caer. El instinto le hizo echar las manos al frente para frenar la caída. Cuando el muñón golpeó contra el suelo, el dolor fue cegador, pero aun así se las arregló para incorporarse sobre una rodilla. Ante él, una amplia escalinata de piedra llevaba a la entrada de una de las colosales torres redondas de Harrenhal. Cinco caballeros y un norteño lo miraban desde arriba, el norteño con sus ojos claros, vestido con lana y pieles, y los caballeros imponentes con sus armaduras y corazas, con el emblema de los torreones gemelos bordado en las sobrevestas.

—Vaya, los Frey —dijo Jaime—. Ser Danwell, Ser Aenys, Ser Hosteen. —Conocía de vista a los hijos de Lord Walder; al fin y al cabo, su tía estaba casada con uno de ellos—. Recibid mi más sentido pésame.

—¿Por qué, ser? —quiso saber Ser Danwell Frey.

—Por la muerte del hijo de vuestro hermano, Ser Cleos —dijo Jaime—. Iba con nosotros hasta que unos forajidos nos dieron alcance y lo llenaron de flechas. Urswyck y su gentuza desvalijaron el cadáver y lo abandonaron a los lobos.

—¡Mis señores! —Brienne se liberó como pudo y dio un paso adelante—. He visto vuestros estandartes. ¡Por vuestros juramentos, escuchadme!

—¿Quién habla? —quiso saber Ser Aenys Frey.

—Ez la niñera del Lannizter.

—Soy Brienne de Tarth, hija de Lord Selwyn, el Lucero de la Tarde, e igual que vosotros vasallo juramentado de la Casa Stark.

Ser Aenys le escupió a los pies.

—Eso es lo que valen vuestros juramentos. Nosotros confiamos en la palabra de Robb Stark y él pagó nuestra fidelidad con traición.

«Esto se pone interesante.» Jaime se volvió para ver cómo encajaba Brienne la acusación, pero la moza era terca como una mula.

—No sé nada de ninguna traición. —Sacudió las cuerdas que le ataban las muñecas—. Lady Catelyn me envió a entregar a Lannister a su hermano en Desembarco del Rey…

—Cuando los encontramos, ella estaba intentando ahogarlo —dijo Urswyck el Fiel.

—Fue un ataque de ira —se disculpó la moza sonrojándose—, perdí el control, pero jamás lo habría matado. Si llega a morir, los Lannister pasarán por la espada a las hijas de mi señora.

—¿Y a nosotros qué nos importa? —Ser Aenys se había quedado igual.

—Devolvámoslo a Aguasdulces a cambio de un rescate —pidió Ser Danwell.

—Roca Casterly tiene más oro —se opuso otro hermano.

—¡Matémoslo! —pidió otro—. ¡Su cabeza por la de Ned Stark!

El bufón Shagwell, con su disfraz gris y rosa, dio una voltereta que acabó al pie de las escaleras y empezó a cantar.

—«Un día el león bailó con el oso, fue maravilloso…»

—Zilencio, eztúpido. —Vargo Hoat le dio una bofetada—. El Matarreyez no ez para el ozo. Ez mío.

—Si muere no será de nadie. —Roose Bolton hablaba tan bajo que los hombres se callaron para escucharlo—. Y por favor, mi señor, recordad que no tendréis el mando de Harrenhal hasta que no emprenda la marcha hacia el norte.

—¿Será posible que seáis el Señor de Fuerte Terror? —La fiebre hacía que Jaime se sintiera tan valeroso como mareado—. La última vez que supe algo de vos, mi padre os había puesto en fuga con el rabo entre las piernas. ¿Qué hizo que dejarais de correr, mi señor?

El silencio de Bolton era cien veces más amenazador que la malevolencia ceceante de Vargo Hoat. Pálido como la niebla de la mañana, sus ojos escondían más de lo que revelaban. A Jaime no le gustaban aquellos ojos. Le recordaban el día en que Ned Stark lo había encontrado sentado en el Trono de Hierro, en Desembarco del Rey. Por fin, el señor de Fuerte Terror frunció los labios.

—Habéis perdido una mano —dijo.

—No —replicó Jaime—, la tengo aquí, colgada del cuello.

Roose Bolton extendió el brazo, se la arrancó de un tirón y se la tiró a la Cabra.

—Llevaos esto de mi vista. Me ofende.

—Ze la enviaré a zu zeñor padre. Le diré que tiene que pagarnoz cien mil dragonez zi no quiere que le devolvamoz al Matarreyez pedazo por pedazo. Y cuando ya tengamoz zu oro, ezo ez lo que haremoz: ¡Entregaremoz a Zer Jaime a Karztark y a cambio él noz dará una doncella!

Los Compañeros Audaces rompieron en carcajadas.

—Excelente plan —dijo Roose Bolton, en el mismo tono que habría podido decir «excelente vino» a un compañero de mesa—, aunque Lord Karstark no os entregará a su hija. El rey Robb le quitó una cabeza de altura, por traición y asesinato. En cuanto a Lord Tywin, sigue en Desembarco del Rey y allí permanecerá hasta el año nuevo, cuando su nieto tome por esposa a una hija de Altojardín.

—De Invernalia —dijo Brienne—. Queréis decir de Invernalia. El rey Joffrey está prometido a Sansa Stark.

—Ya no. La batalla del Aguasnegras lo cambió todo. La rosa y el león se unieron para acabar con las huestes de Stannis Baratheon y reducir su flota a cenizas.

«Te lo advertí, Urswyck —pensó Jaime—. Y a ti, Cabra. Si apuestas contra los leones, pierdes algo más que la bolsa.»

—¿Hay alguna noticia de mi hermana? —preguntó.

—Está bien. Al igual que vuestro… sobrino. —Bolton hizo una pausa antes de «sobrino», una pausa que quería decir «lo sé»—. Vuestro hermano vive también, aunque resultó herido en la batalla. —Hizo un gesto con la mano para llamar a un norteño de aspecto severo, con cota de mallas tachonada de clavos—. Escoltad a Ser Jaime hasta Qyburn. Y soltadle las manos a esta mujer. —Mientras cortaban la cuerda que ataba las muñecas de Brienne, se volvió hacia ella—. Mi señora, os ruego que nos perdonéis. Corren tiempos difíciles, es difícil distinguir al amigo del enemigo.

Brienne se frotó la cara interior de la muñeca, la soga de cáñamo se la había dejado en carne viva.

—Mi señor, estos hombres trataron de violarme.

—¿De veras? —Lord Bolton clavó los ojos claros en Vargo Hoat—. Eso no me complace. Lo de la mano de Ser Jaime, tampoco.

Por cada Compañero Audaz, en el patio había cinco norteños y otros tantos Freys. La Cabra no era ningún prodigio de inteligencia, pero sabía contar. No dijo nada.

—Me quitaron la espada —dijo Brienne—, la armadura…

—Aquí no tendréis necesidad de armadura alguna, mi señora —le dijo Lord Bolton—. En Harrenhal os encontráis bajo mi protección. Amabel, buscad habitaciones adecuadas para Lady Brienne. Walton, ocupaos de Ser Jaime de inmediato.

No esperó respuesta, sino que se dio la vuelta y subió por las escaleras con la capa ribeteada en piel ondeando a la espalda. Jaime sólo tuvo tiempo de intercambiar una mirada rápida con Brienne antes de que los escoltaran en direcciones opuestas.

En las estancias del maestre, debajo de la pajarera, un hombre de cabello gris y aspecto paternal llamado Qyburn tragó saliva cuando vio qué había bajo las vendas del muñón de Jaime.

—¿Tan mal está? ¿Voy a morir?

Qyburn presionó la herida con un dedo y arrugó la nariz ante el borbotón de pus.

—No. Aunque, si hubieran pasado unos días más… —Cortó la manga del jubón de Jaime—. La podredumbre se ha extendido. ¿Veis lo blanda que está la carne? Tengo que cortarla toda. Para estar seguros habría que cortaros el brazo.

—Hacedlo y os mataré —le prometió Jaime—. Limpiad el muñón y cosedlo. Prefiero correr el riesgo.

—Podría respetaros la parte superior del brazo —dijo Qyburn con el ceño fruncido— y cortar por el codo, pero…

—Si me cortáis algo del brazo más os vale cortarme también el otro, o si no después lo utilizaré para estrangularos.

Qyburn lo miró a los ojos. Viera lo que viera en ellos, lo hizo meditar un instante.

—Muy bien. Cortaré la carne podrida y nada más. Trataré de quemar la podredumbre con vino hirviendo y una cataplasma de ortigas, mostaza en grano y moho del pan. Tal vez baste con eso, ya que estáis tan determinado. Os daré la leche de la amapola…

—No. —Jaime no se atrevía a permitir que lo durmieran. Pese a las promesas del hombre, al despertar podía encontrarse sin brazo.

—Os dolerá. —Qyburn se quedó boquiabierto.

—Gritaré.

—Os dolerá mucho.

—Gritaré muy fuerte.

—¿Aceptaréis al menos beber un poco de vino?

—¿Reza alguna vez el Septon Supremo?

—No sabría qué deciros. Traeré el vino. Recostaos, tengo que ataros el brazo.

Con un cuenco y una hoja bien afilada, Qyburn limpió el muñón mientras Jaime tragaba el vino fuerte, aunque buena parte se le derramaba encima. Su mano izquierda no parecía conocer el camino hacia la boca, pero eso al menos tenía una ventaja: el olor del vino en la barba sucia ayudaba a disfrazar el hedor del pus.

Pero no le sirvió de nada cuando llegó el momento de recortar la carne podrida. Entonces Jaime gritó y golpeó la mesa con el puño, una vez, otra y otra. Gritó de nuevo cuando Qyburn le vertió el vino hirviendo sobre lo que le quedaba del muñón. Pese a todas las promesas y todos los temores, durante un rato perdió el conocimiento. Cuando despertó, el maestre le estaba cosiendo el brazo con una aguja y cuerda de tripa.

—He dejado una tira de piel para doblarla en la muñeca.

—No es la primera vez que hacéis esto —murmuró Jaime con debilidad. Notaba sabor a sangre en la boca, se había mordido la lengua.

—Todo el que sirve a Vargo Hoat ha visto muchos muñones. Los va dejando a su paso.

Jaime pensó que Qyburn no tenía aspecto de monstruo. Era reservado, de voz suave y cálidos ojos castaños.

—¿Cómo es que un maestre cabalga con los Compañeros Audaces?

—La Ciudadela me quitó la cadena. —Qyburn dejó a un lado la aguja—. Tengo que cuidaros también ese corte que tenéis sobre el ojo. La carne está muy inflamada.

—Habladme de la batalla. —Jaime cerró los ojos y permitió que Qyburn y el vino hicieran su trabajo.

Como encargado de los cuervos de Harrenhal, Qyburn habría sido el primero en enterarse de las noticias.

—Lord Stannis quedó atrapado entre vuestro padre y el fuego. Se dice que el Gnomo prendió fuego al mismísimo río.

Jaime vio llamas verdes que se alzaban hacia el cielo, más altas que las más altas torres, mientras hombres con las ropas incendiadas gritaban por las calles.

«Esto lo he soñado antes.» Resultaba casi divertido, pero no tenía a nadie con quien compartir el chiste.

—Abrid el ojo. —Qyburn empapó en agua caliente un paño y le limpió la costra de sangre seca. El párpado estaba hinchado, pero Jaime consiguió abrirlo un poco. Vio sobre él el rostro del maestre—. ¿Cómo os habéis hecho esto? —preguntó.

—Fue regalo de una moza.

—¿Un cortejo difícil, mi señor?

—Esa moza es más grande que yo y más fea que vos. Más vale que la atendáis a ella también. Todavía cojea de la pierna que le pinché durante la pelea.

—Preguntaré por ella. ¿Qué es esa mujer para vos?

—Mi protectora. —Por mucho que doliera, Jaime no tuvo más remedio que echarse a reír.

—Machacaré unas hierbas para que las mezcléis con el vino, os bajarán la fiebre. Mañana por la mañana volveré y os pondré una sanguijuela en el ojo para sacar la sangre sucia.

—Una sanguijuela. Qué encanto.

—Lord Bolton es muy aficionado a las sanguijuelas —dijo Qyburn con toda ceremonia.

—Sí —dijo Jaime—. Ya me lo imagino.

 

(Este texto no me pertenece, ni escribí nada en él, este texto pertenece a George R.R. Martin)