Rumi

Quisiera poder indirectearte sin que otras se sientan aludidas. Me gustaría poder dar rienda suelta a todas aquellas pasiones encadenadas que se desviven por ti, que te sueñan, que imploran por ser reconocidas y validadas. Sería agradable poder dejar el secretismo de publicar imágenes, frases, canciones, todas dedicadas a nadie pero siempre pensadas para que lleguen a ti. Son esas indirectas que siempre lanzo y que todo el mundo parece tomar como suyas. Obvio. Los cripticismos tienen la mala costumbre de ser abiertamente interpretables, y la gente tiene la horrible necesidad de encontrarse en las palabras de los demás. Pero las indirectas son la maldición de los romanticones amargados. Son como soñar sabiendo que no se debería. Reprimirse se vuelve fácil una vez que se acostumbra uno a las derrotas.

 
Pero es injusto darle ese enfoque. Incluso suena como una de esas quejas de gente molesta que no tiene nada mejor que hacer que lamentarse porque su vida apesta. Quizá en un punto si lo es, porque hasta en eso indirecteamos loGraham Greene, The End of the Affairs romanticones amargados. Por algún lugar tiene que salir nuestra frustración, así como nuestros sentimientos mal guardados. Es pura histeria. Si uno indirectea es porque se muere porque se descubra la verdad tras los velos en los que se oculta. Si yo te indirecteo tanto, es porque me gustaría que algún día pudieses ver a través de todo y descubras eso que no quiero decir, eso que susurro a gritos tan patéticamente. Que me veas a mi sin las máscaras que recubren mis acciones, pero porque tú te esforzaste por descubrirlo. Al fin y al cabo, las pasiones intensas anhelan ser correspondidas con más de lo que ellas dan. Y lo que yo quiero es que me veas con los mismos ojos con que yo te veo a ti: como a ese ser único, increíble, especial que colma mi mente en cada charla que tenemos, que me llena de drama, tragedia, euforia y risas con pocas palabras, que me llena de impaciencia con sus silencios y me hace desear ser interesante al menos un rato para poder estar a la altura de semejante giganta, de alguien que vive tan intensa y reprimida, tan sentida e ignorada, que se ama, que se odia. Tan intensa e imperfectamente humana que me maravilla.

 
Así son las cosas que por ti siento: intensas. Por cada sorpresa que me brindas, por todas esas palabras que salen de tu cabeza, por como las juntas y ese tu modo de eJohn Steinbeck, East of Edenxpresarlas, por todo lo que me dices que sientes y todas las cosas que callas, por tus amores que me despiertan celos ridículos, por tu distancia física y tu encierro emocional que apenas puede contener la mar de angustias, penas, inseguridades, cariños, deseos, anhelos y todas esas maricadas que a mí tanto me gustan. Y es una intensidad que tú, sin querer (y no creo que, si supieras, lo querrías), alimentas con cada ausencia, con cada silencio, con cada secreto, charla, imagen, canción, programa, video, sin notar que le das alas a tu amante más aguerrido y cobarde, a tu fanático más leal, a tu stalker más terrorífico, a tu amigo más incondicional, al único hombre que nunca hará nada para dañarte.

 
Pero esta indirecta ya se está tornando demasiado obvia. Este escrito es el peor ejemplo de histeriqueo que jamás he escrito pero, últimamente, hay tanto silencio que necesitaba romperlo aunque sea un poquito. Aun a riesgo de que lo leas y te asustes, aun a riesgo de que otras lo lean y se sientan aludidas erróneamente, o de alguna de esas mofas crueles que se hace a las cursilerías. No los culpo, incluso yo odio a las re malditas y predecibles cursilerías. Pero ni modo, no se puede negar lo que uno siente. Y de tanto callarlo cuando charlamos, al menos quiero darme el gusto de escribirlo. Pese a mis amarguras, a mi pesimismo y a mi inevitable mala costumbre de ser realista. Además que es la segunda semana que vuelvo a escribir, después de tanto tiempo, y quise que estuviese dedicado a ti. Aunque no sepas quién eres.

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Numerar lo Incontable

Publicado: junio 10, 2013 en Zopilotadas
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Jailón: Persona de mucho dinero que tiende a ser creído, derrochador y siempre intenta ir con las nuevas tendencias de la moda. Tienen una jerga y tono de habla especiales.

 

Ponerle un porcentaje a la jailonería es una pequeña forma de suicidio ¿a quién le gusta reconocerse en una palabra que se usa como insulto? Mucho menos ponerle un número a ese oprobio, que en el fondo es tremendamente cómodo. No es posible negar que el jailonismo va de la mano de una agradable sensación de bienestar y de poca necesidad de hacer las cosas uno mismo. Algo así como soñar despierto y dormir soñando. No lo digo en forma negativa, tarde o temprano todos vemos la realidad y su crudeza, pero si asevero que ser jailón permite, no necesariamente implica, encerrarse de las crudezas del trabajo, el mundo, la vida y todos esos incómodos etcéteras ¿cómo no querer ser un poquito jailón si esto implica no vivir torturado por vivir?

 

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Identikit de una fiesta jailona (?)

El primer número que viene a mi cabeza es 60%, un poco por querer ser realista pero sin vender mis muchos ideales de justicia izquierdosa y cinismo crítico. Pero sé que es una burda mentira, pues soy de los primeros en aferrarse a los artificios de la comodidad, es fácil ser crítico e implacable si la infancia ha sido fácil y lujosa. Ya con esto en mente me pongo un 80%, como cifra que evidencie mi gusto por lo cómodo, por gastar en cosas innecesarias pero placenteras, por ir a un café caro o al cine más seguido de lo que me permite el bolsillo y, claro, por a veces, meterme a hacer malabares económicos para poder compartir con ciertos círculos sociales míos. Es darse gustos extravagantes para un estudiante, como solo querer comprar libros en físico porque leer en computadora apesta. Pero 80% es una cifra que olvida que mi hablar no es tan jailón, que frecuento lugares y personas “under” más por el gusto de su compañía que por una especie de búsqueda de lo exótico y que, finalmente, me muevo en todos los jailonismos haciendo trampa. Sea estafando a los demás para que se dignen a salir de sus comodidades, manipulándolos para que se convenzan que el café es mejor en la Virgen de los Deseos y no en la Terraza, mintiéndoles sobre un lugar de moda para llevarlos donde su sentido común vomita de asco.

 
Ser jailón es aparentar, es ser arrogante, es ser ingenuo, es gastar sin más límite que el del dinero paterno, es creerse mejor, es creerse en Estados Unidos y no en Bolivia, es ser cómodo, es histeria, es ser limitado, es ser hipócrita, es no querer ver más allá de lo que se le ha enseñado que es bueno, es este rechazo a todo aquel que no es como uno, que no habla como uno, que ni huele como uno, que no se ve como uno. Y muchas de estas cosas son comunes en un ser humano, más allá de lo jailón que pueda ser.

 
Ponerle un porcentaje a mi jailonería se ha probado como un reto. No sé si es porque puedo verlo desde el criticismo de la intelectualidad, o por pura negación puesto que jailón es un término connotado como insulto. En el fondo sé que soy jailón a ratos, es decir cuando gasto sin medida, cuando me rindo a mis extravagancias, cuando me doy el lujo del ocio y muchos etcéteras. Pero, también, sé que tengo otro lado más explorador, aventurero, más consciente del mundo que me rodea y de las vicisitudes del día a día. Sé que este otro lado sabe disfrutar y excederse sin extravagancias ridículas, o económicamente asesinas. Prefiero poner punto final diciendo que mi porcentaje de jailonismo es tan dinámico, que sería de poca visión darle una cifra fija.

Comercial de un producto falso.

Guión y voz: Adrián Paredes

Vídeo  —  Publicado: abril 25, 2013 en Uncategorized
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Una crítica a Coelho

Una grandiosa y muy precisa crítica a la literatura de mister Coelho.

Enlace  —  Publicado: abril 22, 2013 en Uncategorized
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Reblogueado desde The Libertine:

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Edits created by The Libertine

Photographer: Peter Lindbergh
Fashion Editor: Karl Templer
Hair: Paul Hanlon
Make-up: Emmanuel Sammartino

Dat eyes...

The Pathology of Nowhere

 

 

Resistir implica la conciencia de un hastío de algo en específico. Resistir es tomar una acción en contra de cualquier cosa, más allá del porqué y para qué (mismos que pueden variar de persona a persona, de grupo a grupo). En medio de los anestésicos de la sociedad actual, el concepto de resistencia se hace extraño y débil. Por un lado no hay motivos, ni objetivos claros (no hay gran lucha que nos radicalice, ni opresor demarcado al cual asesinar) que nos hagan desear romper con el status quo. Por otro lado, la subjetividad individualista que trajo el postmodernismo, además del boom del confort, hacen que el planteamiento de salir de los límites se nos antoje una especie de incomodidad equiparable a salir de cama en un día frío, lluvioso y feriado. Si a esto sumamos a la moldeada actitud de la actual generación hedonista, sin ideales y poco pensamiento crítico, que prefiere renunciar a los porqués existencialistas (esos grandes complicadores de la vida), en beneficio de los para qués funcionalistas e ideas de caridad asistencialista, es polémico afirmar, como haré yo, que aún es posible resistirse al sistema hoy en día.

 
Complicado. Difícil. Lento. Improbable. Si bien es posible darle todos estos calificativos a semejante intento de verbo, también es necesario salvaguardarnos de todo tipo de extremismos. No cabe duda que pensar en términos tan simplistas es atractivo por fácil (otro problema de la actualidad), lo que hace que negar la posibilidad de resistencia sea abandonarse a una sola chance, como si el mundo fuese escueto. Cosa que no es, por mucho que así lo diga Coca-Cola y todas las marcas del mercado que nos venden placer, confort e ideas de completitud y felicidad (en un doble mensaje que, también, nos evidencia como vacíos, superfluos e incompletos). El mercado es así, se vale de nuestros complejos para chupar toda la sangre posible, convenciéndonos de anestesiarnos con pensamientos de bienestar y realización relacionados a cuanto tiene uJust don'tno, y cuanto le falta por tener. Eso se suma a otras anestesias que, pese a la globalización, nos alejan de enfrentar realidades como la guerra y la hambruna, que están menos promocionadas, por los medios, que las películas ¿no nos enteramos antes sobre la nueva película de Iron Man, antes de informarnos de cómo continúa (o cómo empezó) la situación de la franja de Gaza? Esto no sorprende en una generación criada en la única creencia del individualismo, tan propio de la postmodernidad, que invita a la letanía: “Yo soy yo. No hay nadie como yo. Soy un hermoso copo de nieve.”, repitiéndola hasta la creencia y permitiendo la proliferación de un egoísmo extremista, que ayuda a poner velos a incómodas realidades ¿quién, que esté seguro de ser bueno, vería necesario cambiar? ¿Quién, que se crea feliz, completo y funcional, arriesgaría reflexionar sobre hambrunas y otras bajezas, a costa de su propia sanidad y funcionalidad? ¿Cómo se sale de una lógica tan centrada en lo que se cree cada quién que es su bienestar?

 
El hastío parece algo improbable en medio de tanta novedad. Nos bombardean con nuevas tecnologías, novedosos conocimientos, chismes, películas y demasiados etcéteras que brillan con esa obviedad cegadora que fulgura nuestros ojos. Sin embargo el hastío es ese fenómeno inevitable por el cual las cosas se presentan como brillosas. Se ha vuelto tan común, hastiarse, que cada día nos deben sorprender con cosas “originales”. El problema no está en que nos hastiemos, sino en que no nos lo admitamos y prefiramos seguir en aquella rutina tan conocida, en esa seguridad cálida que brinda creer en absolutismos.

 
Y los absolutismos son fuerzas que caen bajo el peso de sus inestabilidades. Incluso en algo tan obvio como la cicatriz que dejará la postmodernidad. La ruptura de la lógica moderna exige replanteamientos espirituales, renuncias tecnológicas y crisis existenciales. Es sabido que las formas de control del mercado, globalización y postmodernidad apuntan a alimentar vacíos. Juego peligroso, puesto que es el mismo vacío quién desemboca en una incomodidad e inconformismo que nos harían dudar de hasta el más abrumante absolutismo. Y es que la completitud, según Lacan, es imposible. Ningún humano, neurótico, está satisfecho, ni puede estarlo. Si la probabilidad del hacer y el azar lo permiten, esta insatisfacción empujará a la resistencia porque, más que creer, las personas disfrutamos de quejarnos y rabiar, o conformarnos pensándonos completos. Bien llevado, o explotado, se puede inflamar al fuego buscando quemar la apatía individualista de nuestra conformidad. Bien direccionado se puede hacer del hastío el motor, la excusa, para revolucionar la forma de pensar en la actualidad.

 

 

The Pathology of Nowhere

 

 

Se conocieron en una fiesta donde ambos fingían ser alguien más. Él, dando libre albedrío a su eterna y secreta curiosidad por los superhéroes, bajo la cómoda evasiva del “no había otro disfraz”, y ella usando aquel escote que nunca habría usado en la vida real. Hablaron de cosas de las que jamás volvieron a hablar. Así, él, se permitió filosofar sobre Superman y denigrar al loser de Aquaman, y ella se sorprendió de estar tan coqueta y descarada. Atrevida, sucia y traviesa como nunca había sido, ni tampoco sería nunca más.

 
A ella la ilusionó que un chico tan lindo hablase de cosas como Spiderman. Él no podía dejar de pensar en aquella figura despampanante que el disfraz de gatita dejaba entrever y admirar. Se emborracharon y se besaron, sin detenerse a considerar el lugar donde estaban, y quienes los vieron testificaron, luego, que parecía que se devoraban y que faltaba poquito para que empezaran a desnudarse.

 
Se despidieron, aquella noche, sin coito, ni manoseo pero sí con una fuerte promesa y gana de intimar. En un atrevimiento poco común, se lanzaron a planear encuentros más allá de la desechable cercanía de aquel prende intenso y pasional. A él lo ilusionaba intimar pélvicamente para calmar una sed cachonda que su mano ya no podía saciar, a ella la ilusionaba la chance de que después de tanto beso a sapos, este fuese el dichoso príncipe a quién se había cansado de esperar.

 
El primer encuentro estuvo marcado por la incomodidad. Se vieron en una plaza concurrida y calurosa, y ni siquiera supieron como saludar ¿debía, él, tomar el control y besarla en la boca sin dudar? ¿Debía, ella, quedarse esperando a que su príncipe le diese por ser romántico robándole un beso? En lugar de todo eso, se dieron un incómodo saludo distante, sin tocarse y apenas mirándose, para luego arrepentirse y besarse en las mejillas, ambos sonrientes como si aquello no fuese un adelanto de la decepción que les tocaría vivir.

 
Su noviazgo empezó más por inercia que por voluntad. Él la buscaba porque quería tirar, a ella le gustaba que un chico la quisiese cortejar. Calificada como geek por sus iguales, ella nunca había estado consciente de que tan alto era, en verdad, su atractivo y sensualidad. Rechazada, enamoradiza y limitada, la chica iba por el mundo creyéndose fea, siendo incluso más linda y sensual que una pornstar. Él era un chico muy sociable, parco y un tanto inseguro, que hacía de dos años que no hacía más que dedicarse a acariciarse viendo videos en redtube, pornhub y tube8. Si un día empezaron a usar los títulos de pareja, fue porque ambos buscaban deshacerse de los complejos que los acomplejaban, los forzaban a tildarse de perdedores sin perdón, ni antifaz.

 
Su treceavo encuentro, primero con los títulos de noviazgo ya vigentes, se caracterizó por una lucha encarnizada en que la idea de pareja se impuso, a lo que iba encarrilado a una funcional amistad. Angustiados por no saber si tomarse la mano, si saludarse de pico, o darle un apodo cariñoso al otro (incluso preguntarse si aun era muy pronto para ello), encerrándose en un retroceso a esos noviazgos adolescentes que ambos ya habían experimentado con anterioridad.

 
A partir de entonces todo empezó a declinar. La ilusión, de ambos, era la de que toda pareja termina por amarse entre ellos a pesar de toda adversidad, y no estaban conscientes de que, en realidad, es un tanto más común que se terminen odiando debido, justamente, a las adversidades. A ella le incomodaba el poco respeto que él sentía por ella, a él le molestaba que ella pensase que el sexo fuese un modo de faltarle el respeto. Él odiaba el nivel de detalle y atención que ella exigía para sentirse deseada, ella se deprimía por la malagana con que él hacía cosas lindas por ella. Él siempre la manoseaba, la ignoraba cuando ella deseaba hablar, le criticaba su ropa de monja, su poca sensualidad, era brusco durante el sexo, no se llevaba bien con sus amigas, hablaba mucho de fútbol y tomaba hasta la total borrachera cada fin de semana. Ella nunca estaba de humor para el sexo, siempre ocupada y nunca disponible para salir o hacer lo que sea juntos, lo celaba con toda chica que le hablaba, pero ella misma no admitía que sus amigos frikis le tenían ganas, y lo miraba con mala cara cuando él deseaba comentar sobre la Champions y no sobre Spiderman.

 

Desencuentros. Ella deseaba un Príncipe Azul, él una Puta Insaciable. Ella esperaba que los modelos de Disney y las mentiras de una vida mejor se impusieran a la cruda realidad de los hombres en que se fijaba, que de nobles poco tenían en verdad. Él anhelaba que la vida fuese tan simple como la trama de una película porno, donde no se tenía más que decir un par de cosas tontas para que una mujer voluptuosa se entregase a un desenfreno sin límites, ni piedad. Ella esperaba todo el romance y un final feliz, olvidando que los finales felices son un incompleto que no censura la vida, que anula la muerte. Él no deseaba ver más allá de sus deseos básicos, de su miedo paralizante a explorar lo que no podía palpar. Ella no deseaba ver que los hombres son hombres y no príncipes, él no se admitía que no hay algo tan simple como un ser humano que solo desee tirar, que no hay mujer, ni tampoco un hombre, que no sea un estereotipo y nada más. Y mientras más se encerraban en esas lógicas burbuja, esperando que cambie lo que no podía cambiar, más se ahondaba el pútrido rencor que los llevaría a pensar en matar, en llorar, en mirar al cielo y pedir que todo acabase sin tener que volver a mirarse, nunca, nunca jamás.

 

 

De Príncipes Azules y Putas Insaciables280386735_n

 
A quién corresponda,

 
Escribo porque no encuentro otra forma de calificar lo que vivo más que como fruto de la curiosidad. Una de esas de la misma clase que las que matan a los gatos. Observo ese posible futuro níveo, esa posibilidad improbable, y luego reparo en toda la parafernalia que viene con mi adorable forma de ser. No es fácil enfrentarte a un deseo cuando te sientes vulnerable.

 
Pero no me he presentado. Mi nombre es irrelevante, así que puede llamarme como le venga en gana. Aunque tampoco es que tendrá muchas chances de llamarme por algún nombre dada su calidad de simple lector de las palabras que vomita mi bolígrafo. Si todo esto aún lo turba, confesaré que empecé este texto como un grito de auxilio desesperado, luego lo descubrí como una confesión atolondrada, y no tardé en redefinirla como una carta suicida. Ahora mismo descubro que esta es una de esas cartas escritas por un anónimo y leída por otro. Es reconfortante vaciar el alma de sus mierdas en los oídos de juicios que no alcanzaremos a degustar.

 
Podría confesar mis muchos crímenes. He robado, mentido, estafado, violado, matado, he usado megaupload y todo lo que poseo ha sido adquirido de variopintas deshonestidades sin jamás haber sido atrapado. Pero ya decidí que esta no es una confesión, ni una redención pues de esas cosas que hice nunca me he arrepentido. Además que todo eso es aburrido. Sería como si usted escribiese acerca su aburrido día en la oficina (o respectivo lugar de trabajo) que ni siquiera usted encuentra interesante. Mis cómplices dicen que debería escribir un libro de mis hazañas, pues ganaría mucho dinero, pero no le veo sentido ya que si lo hiciese no tendría que volver a trabajar, ni tampoco tendría cosas nuevas para contar. No. Prefiero escribir acerca cosas más irregulares para mi persona.

 
Por ejemplo: todo lo ocurrido que me trajo a donde sea que me encuentre. Hará cosa de un mes, o más, que estaba yo robando drogas de un hospital, cuando una extraña erección me distrajo de mi tarea. Y escribo extraña, no porque mi pajarito sea deforme, defectuoso o, mucho menos, pequeño. Es más, las mujeres suelen decir que el mío es un pajarraco, no un pajarito. Digo extraña, porque era como si no terminase de decidirse. Se endurecía un rato y luego quedaba blando como torta, para inflamarse casi inmediatamente, y perder volumen en tan solo un segundo.

 
Mi primera reacción fue la de echarle la culpa a los brebajes de la pinche borrachera en la que había estado el día anterior. Maldije, pues no sabía que putas podrían haberme dado en esa bacanal como para que pasase lo que estaba pasando. Tuve que dejar lo que hacía y pedirle a un médico que me revisase, dada la suerte de estar en un hospital mientras ocurrió. Cuando el doctor vio mi pene, abrió los ojos maravillado y lo estudió por horas. Su expresión pasaba del pasmo a una curiosidad que me incomodaba un poco. No me gusta que los maricones me miren, peor que me miren la pichula. No digo que el doctor que me revisó haya sido gay, pero bueno. El caso es que el doctor miró mi pirula y tras un buen rato de analizar, auscultar e incluso olisquear, me dijo que yo debía de estar enamorado.

 
Mi primera reacción fue rascarme las bolas, que me picaban desde hacía rato. Luego me sorbí los mocos y le dije al doc que eso era imposible, que no había aval posible a esa afirmación y que me mostrase una prueba fehaciente que certificase que yo estuviese siendo afectado por aquel sentimiento. El doc me miró como preparando un discurso de esos que cambian la vida, y me dijo “tus huevadas” y se alejó de mi pito, marchándose y dejándome hecho todo un signo de interrogación ¿Enamorado? ¿Cómo? Aunque la verdadera pregunta era ¿de quién?

 
No es fácil decidir las cosas desde la visión ajena. Si el doc decía que estaba enamorado, no significaba que lo estuviese. Quizá lo que yo llamo excitamiento es amor para este doctor exagerado y marica. La cosa es que me dejó pensando en quién podía haberme resultado interesante de aquella manera. Serán mierdas, pero son mierdas médicas y nunca me ha gustado subestimar el diagnostico de un médico.

 
Soy un hombre hecho y derecho. Soy caballeroso, gano buen dinero de mis matufias y garcho al menos una vez a la semana. Por eso me costó tanto identificar a Mónica como el objeto de mis deseos. Primero me detuve a pensar en todas aquellas con las que me había acostado en los últimos meses. Eso, señor lector, generó tanta duda de mi parte que incluso me esmeré en encontrarles algo a cada mujer que consideré digna de mis amores y erecciones. Incluso llegué a salir con dos, intentando escucharlas, mirarlas de cerca, hasta comprender sus huevadas. Pero mientras más me pasaba haciendo esto, más desconcertado me sentía ante la perspectiva de algún amor. Para empeorar las cosas, las erecciones intermitentes (nombradas así por el médico que me diagnosticó ese día, y que luego me revisaba cada semana desconcertado, aunque emocionado porque decía que esa condición lo haría famoso entre los médicos) eran de nunca acabar. Si bien tenía descansillos de un par de horas, mi pichi oscilaba entre estar blando o duro continuamente a lo largo del día.

 
Es difícil buscar algo que conoces por otro nombre. Mi problema con Mónica no es que me moleste esta intermitencia eréctil que me causa su ausencia. No, no. Lo molesto fue creerme atrapado en el enamoramiento cuando lo único que sentía era curiosidad. Y ese, señor lector, es el problema de vivir de lo que dicen los demás. Uno se esfuerza tanto por comprender lo que se dice de uno, que termina por olvidar lo que de verdad quiere uno pensar. Mi gran pedo fue explorar tanta mujer pensando que lo me afectaba era enamoramiento y no curiosidad.

 
Un cacho de esos por fin me cansé de tanta mierda. Decidí rendirme y aprender a vivir con mis erecciones oscilatorias. Obviamente no fue cosa fácil. Llamaba mucho la atención durante mi rutina y, francamente, le quitaba mucho feeling a casi todo lo que hacía. Hay que afrontar que cuando alguien te asalta y ves que pasa eso en su entrepierna, como que cuesta tomarlo en cuenta. Lo mismo en mi trabajo diurno de psicólogo, a los pacientes les cuesta hablar de cosas como sus infancias con tanto movimiento en los pantalones del terapeuta.

 
Descubrí a la causante de esta intermitencia eréctil mientras me afeitaba una mañana. Y fue un cague de risa recordar a Mónica al observar un frasco de crema Nívea. Era ella la novia del colega con el que compartíamos consulta y que lo visitaba de vez en cuando. La primera vez que la vi, llevaba un vestido veraniego blanco que dejaba al aire sus brazos y piernas de una blancura criminal. Decir que eran fosforescentes a la luz quizá sea poco. Recuerdo haberme sentido impresionado por la dulzura de su rostro y expresiones, soy de esos que les gusta saber que está matando inocencias cuando tira, me hace sentir como el chico bueno, el que les ilustra lo mierda que es la vida y cuanto nos quiere joder. Mi colega de consulta diría que la vida es bella y que simplemente nos quiere hacer el amor, pero yo diría que de todos modos nos la quiere meter. Y si usted es hombre, señor don lector, comprenderá que significa eso y que mi colega es un marica.

 
Había otros motivos por los que esta muchacha empezó a llamarme la atención, más allá de su blancura e inocencia. Un motivo era mi colega, que me caía gordo y hacía mucho que deseaba darle una lección, otro motivo era que Mónica, más allá de su aura de ternurita, tenía unos ojos criminales, de brillo peligroso, de intensa sensualidad y vértigo. De lo que se dice una loca de mierda. Además que está buena.

 
Aquella mañana vi la crema y esa blancura me trajo a la cabeza a Mónica y su vestidito. Y se me quedó dura. Firme, tiesa y sin vacilar. Sabe Dios cuantas mujeres había estado conquistando, o pagando, o forzando, buscando justamente eso, pero nunca nada. Por eso cuando mi pija se quedó inflamada y envalentonada de tanto pensar en Mónica, supe que había encontrado la solución a mi problema. Quiero decir, si una mujer te vuelve permanente lo intermitente debe ser porque la amas. Especialmente si es con las erecciones de tu poronga.

 
El problema, paciente lector, es que yo en el fondo soy tímido. Y hasta caballeresco. Todas esas mujeres a las que conquisté, o forcé, nunca significaron nada para mí. Eran simples transacciones donde yo recibía placer y ellas también. Y nadie piensa mucho cuando va a un cajero a sacar plata. Ahora, no nos confundamos y lleguemos a conclusiones apresuradas. Mónica no significa nada para mí. Lo que me mueve es la preocupación por mis erecciones oscilatorias, y algo de curiosidad por probar la locura que se esconde en su mirada. Así que mi dilema era afrontar a esta chica sintiendo algo más que necesidad. Para empeorar las cosas, ese mismo día encontré llorando a mi colega en su consultorio pues Mónica lo había dejado para siempre. Mi primera reacción fue arder en deseos de echarle en cara que la vida es una mierda, pero entonces me di cuenta que ya no tendría acceso a ella.

 
No escribiré aquí los detalles de cómo logré encontrar a Mónica nuevamente, ni de los métodos de los que me valí para conocerla y entrar en su órbita. En parte porque me da paja. Aparte que no quiero pensar mucho en ello, pues todo fue puro engaño muy trabajado que me absorbieron y fatigaron a límites que yo no imaginaba posibles.

 
Siempre me he visto a mi mismo como un hombre sin límites, uno que donde se lo propone la pone. Y no me refiero solo al sexo. Al principio no me di cuenta, porque estaba muy distraído preparando mis estafas y artimañas, pero una vez que me vi delante Mónica apenas si pude pedirle una cita. Y no era porque delante suyo mi pito se ponía como roca, delatando su agrandamiento en mi pantalón. No, no, no. Algo más pasaba ahí. Algo que me bloqueaba cuando le hablaba, algo que me hacía sentir ridículo, poco compatible con una mujer tan correcta y gentil. Maricadas de ese estilo.

 
El miedo es como una boa constrictora. Te paraliza, te inutiliza, te aplasta y te devora. El miedo contamina todo, con el tiempo nos posee y nos abruma, nos vuelve inválidos pusilánimes y timoratos que no pueden hacer nada. Que tiemblan ante el mero pensamiento de cambiar. Los cobardes somos seres rencorosos, que echamos la culpa de nuestras fallas y derrotas a todo, menos a nuestra falta de coraje. Somos asquerosos, y lo sabemos bien. Pero admitirlo sería como poner en evidencia que tenemos que enfrentarlo ¿quién desea pelear consigo mismo?

 
No que yo ame a esta cojuda. Creo que lo único es que me excita con lo buena que está, me maravilla su piel casi albina, sus ojos, su mirada, su forma de ser positiva, funcional, correcta ¿cómo podría Batman casarse con el Guasón? Y ¿cómo admitirme que soy un cobarde? Yo que me cago hasta en Dios, que he realizado las proezas más increíbles de lo que ningún afeminadito escritor podría imaginarse, yo que soy famoso en el alto y bajo mundo. Incluso el del medio, por si se tarda señor lector. Pero no encuentro la forma de enfrentar mi cobardía cada que la veo y la deseo y me la quiero tirar. Así como quiero acariciarla y saber cómo harían dos personas como nosotros para estar juntos. Siquiera si somos compatibles. O si es que importa algo tan neurótico como la compatibilidad.

 
Hay batallas que son perdidas en la cabeza antes que en el campo de batalla. Empecé este texto como un desahogo, lo continué como una carta suicida, y ahora lo termino como una plegaria de piedad. Que alguien me salve de estas erecciones intermitentes pero sin enfrentar a Mónica, que alguien me quite esta curiosidad que siento por Mónica, que ningún médico llame amor a sangre concentrada en mis cuerpos cavernosos, que ningún idiota positivo y optimista se vea (a mis ojos) más digno de Mónica que yo mismo, que alguien me permita regresar a la maldita ignorancia, a no saberme un cobarde, un marica sin remedio que se pasma ante la posibilidad del rechazo, que me salven de alegrarme como un niño cuando Mónica me habla, cuando parece que podría vivir en la cómoda eternidad de tenerla cerca sin buscar nada más que su presencia, sin tener que lidiar con la sangre poniéndome tieso. Rescátenme de imaginármela desnuda, a mi lado, atrapada por mi brazo derecho y con la mano izquierda explorando sus cavidades más privadas, y ella pidiendo más y más, porque los cobardes preferimos el reino de lo imaginado donde somos dioses sin necesidad de cambiar nada. Arránquenme de esta realidad tan real, que siempre he sido mejor en lo irreal, como los engaños y las estafas.

 
Acabo esta carta, a quien sea que corresponda, pidiendo que trate con paciencia al bulto que con ella venía, puesto que lo más probable es que sea yo, todo derrotado. No se ría de mi erección intermitente (ese bultito que se achica y se agranda) y sálveme de la muerte, pero cuando esté de nuevo consciente (porque lo más probable es que me haya chupado jodido y esté perdido de borracho) no me consuele, ni me reflexione. Guárdese sus opiniones, y déjeme hundirme en mi dolor, deje que yo decida que tanto y cuando me voy a la mierda. Y si quién leyó esto eres tú Mónica, pues solo puedo decirte ¿quieres salir el miércoles por la noche?

 

 

Té para Tres

Publicado: febrero 11, 2013 en Cuentos
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- Inspirado en la canción del mismo título de Soda Estéreo

- Para la Pequeña Gatita, porque le gusta esta canción, porque también escribió sobre ella y por su duro fin de semana.

Él se ha puesto sus ropas más elegantes. Él ha sacado la vajilla de una de esas bisabuelas que nunca conoció, y la ha invitado a tomar el té en esa tarde de agua que cae. La mesa ha sido puesta con la minuciosidad obsesiva que le ayuda a sobrellevar su vitalidad desde el día en que adquirió conciencia. Con la misma neurosis con que puede ignorar el desliz de su pareja.

 

La lluvia golpeaba el techo causando un ruido molesto. La mujer miraba su taza, escondía sus ojos de la penetración de la mirada de su esposo. “¿Un poco de miel?” pregunta el marido con voz ronca y asfixiante, con esa monotonía de la misma carne que pruebas una y otra vez. Y ya no quieres más.

 

Su eclipse no se había completado. Ella se pandeaba de rabia en aquel vestido corto y floreado, tan rosado y chillón, con sus labios rojísimos invadidos por un pucho, que se desgastaba poco a poco en el aire amargo, dejando que el té se enfriase como si no desease beberlo. “No basta” dijo, de repente, la mujer. Él bebió un sorbo largo, simulando que no veía las lágrimas que su mujer vertía por el otro.

 

Se sumió en su brebaje buscando una manera de convertirla en algo menos críptico, distraído en encontrar una forma de romper el código arcano de su nuevo problema, evitar la corrupción de su lecho ¿cómo reparar las ruinas de algo irreversible?

 

Las lágrimas silenciosas estallaron en sollozos, y estos se convirtieron en un llanto ruidoso y desesperado. La mujer se cubre la cara con ambas manos, mientras el marido observa paciente. Ella aun deja que su té se enfríe y repite el nombre del tercero en quedos murmullos. Cuando cesa sus lloriqueos, mira al marido casi con sorpresa, rencor y pena. “No hay nada mejor…” empieza, la mujer, pero la interrumpe el marido: “No hay nada mejor que casa” sentencia con mirada suave y voz fría. Ella rompe a llorar de nuevo con renovadas energías. Afuera sigue lloviendo.

 

 

Las ilusiones se pagan caras. Uno pone demasiado de sí mismo en esperanzas, quizá cuerdas, quizá idiotas, pero esperanzas al fin y al cabo. Las encontramos, las criamos, las alimentamos, les damos lumbre, techo, atención y cariño en la ingenua espera de que nos traten bien cuando crezcan, alimentándonos de su esencia para poder creer que hay algo más allá de la basura del día a día. Para poder escapar al obvio maltrato de los pesimismos y los derrotismos, para ignorar sus pintas extravagantes y medio góticas que alejan a quienes gustan vestirse de la puta “pureza” del color blanco.

 
Lo malo de las ilusiones y las esperanzas es que son fáciles de concebir y, encima, son más fértiles que conejos. Se empieza con una y, sin saber cómo, se termina teniendo mil, de las cuáles cinco son sanas, tres son productivas y una es posible. Solo una termina por darnos un poco de lo que quisimos inicialmente, y ni siquiera exactamentaaaawe así. Lo que recibimos de lo que esperamos es, indudablemente, menos de lo que jamás nos atrevimos a imaginar. Y aunque nos duele, lo recibimos agradecidos, como sedientos viajeros bebiendo agua sucia. Arrodillados y sumisos, nos humillamos agradecidos ante nuestras esperanzas que nos miran como las mascotas suyas que somos y sonríen con una confianza improbable en un ser humano. Y somos felices con semejante oprobio.

 
Lo más terrible es que les agarramos un cariño extraño. De esos intensos cargados de ternura y bienestar. Casi como adoptar a un cachorro tierno y suavecito que nos mira desde su inevitable estado indefenso y se ampara, sin querer, en esa su belleza cándida para que lo cuidemos, alimentemos y queramos en orden de no dejarlo morir ¿qué clase de monstruo mata cachorritos? Ya, cuando menos lo esperamos, las queremos, a las ilusiones y esperanzas, demasiado como para dejarlas ir. Y no quieren irse, aún cuando la vida se encarga de reducir sus probabilidades de existencia, las esperanzas se mantienen y se agarran con uñas y dientes a nuestros pensamientos.

 
Ver la verdad de las esperanzas no es sencillo. Si nos quitamos los velos de bienestar que nos trae el creer en algo, las esperanzas no se parecerán a tiernos cachorros sino a demonios grotescos que nos seducen con sus artes de ilusionistas, se aferran a nuestros pensamientos y nos violan con esa delicadeza imposible del optimismo y los lindos pensamientos. Uno no sabe que lo violan, que lo agreden y lastiman, disfrutándolo sin querer, pidiéndole más, a gritos, a sus muchos violadores. Nadie quiere admitirse como un abusado por sus propias esperanzas, nadie quiere pensarlas como dañinas, especialmente cuando se cumplen y nos dan un hermoso efecto placebo con tan solo un poco de lo que esperábamos.

 
Imagino que habrá más de una persona que saltará ante estas aseveraciones. Mentiras, exageraciones, pesimismos las llamarán y se refugiarán en las cálidas faldas de sus esperanzas y optimismos. Obvio. Nadie quiere enterarse que lo que creen que les hace bien, en realidad les hace mal. A ningún padre le gusta escuchar, y de pasob94f19dcfdd8e6e2322a7db7b9c3c92b-d5hqsqp admitir, que su hijo es un tarado sin gracia, ni talento más que poder recordar que debe respirar para mantenerse vivo. Y a duras penas. Tampoco nos gustaría que alguno de nuestros muchos mesías nos confesase que todo lo que ha predicado ha sido una elaborada farsa para hacerse de dinero ¿quién soportaría el sonido de sus confesiones? ¿Quién realizaría el conteo de suicidas decepcionados, desamparados sin sus esperanzas?

 
Pero seamos sinceros. Las necesitamos. Las esperanzas son como las palabras: traicioneras, sensuales, mentirosas, confusas pero imprescindibles dadas sus funciones. Sin palabras no hay formas de “comunicarse”, sin esperanzas no hay forma de seguir, de creer, ni de verle el lado luminoso- el dichoso silver lining, como en la genial novela de Matthew Quick The Silver Linings Playbook- que al fin y al cabo nos sirve para mentirnos y así darnos la capacidad de continuar sin que duelan mucho las verdades.

 
Solo puedo dar un sano consejo: no siempre es el lado luminoso de las cosas lo apropiado para enfrentar al mundo -de nuevo, lean a Matthew Quick- puesto que a veces necesitamos, también, usar la óptica del lado oscuro para poder comprender ciertas cosas. Además que ya es suficiente con que nuestros demonios nos persigan y torturen como para que, encima, alimentemos el hambre de las esperanzas e ilusiones –cuídense de embusteros como Coelho- cayendo en ese desesperado agujero de que luminoso siempre es bueno. No siempre, y si no me creen comparen el Parachutes de la etapa pesimista de Coldplay con el de su etapa más optimista: el Viva la Vida! No hay donde perderse, el Parachutes gana por knock-out en el primer round.